9:30 del Dragón. Nuboso, cuarto mes.

Ferelden. Castillo de Pináculo.

Anna

Los pasillos y corredores de piedra brillaban con la luz del sol, filtrada a través de las ventanas de los muros y los tragaluces del techo. Sin embargo, todo el castillo tenía un ambiente solitario: apenas había unos cuantos soldados y caballeros custodiando las esquinas de los corredores, la mayoría estaba preparándose en el patio central para partir al sur.

Anna giró a la izquierda sin siquiera prestar atención. Ella conocía a la perfección estos pasillos, e incluso los pasajes ocultos que yacían tras los muros de casi cada rincón del castillo. Sabía cuántos pasos necesitaba para llegar desde su habitación hasta los establos. Hubo un tiempo en que se enorgullecía de lo bien que conocía el castillo, pero ahora deseaba que siguiera siendo todo un mundo por explorar, y no un lugar monótono en el que vivía agobiada por la rutina, sin nada nuevo que ver.

Dio media vuelta y cruzó por el arco de una puerta. El Gran Salón la esperaba. Dos mesas largas de caoba se extendían en cada lado. Y al fondo, en el extremo central, se alzaba el imponente trono del Teyrn, tallado con abeto y argentita. El estandarte de los Cousland caía a cada lado del trono: una laureola verde con bordes blancos en campo azul.

Cualquier persona habría deseado sentarse algún día en ese trono, la misma Anna en su infancia añoraba el día en que se convirtiera en señora de Pináculo. Pero ahora todo lo que quería era viajar, cabalgar y luchar en tantos torneos como le fuera posible. Por desgracia, sabía que algún día se convertiría en la Teyrna y su vida de aventuras y diversión llegaría a su fin.

A los pies del trono, Agdar Cousland y Rendon Howe conversaban, resguardados por guardias de Pináculo y Amaranthine.

—¿Entonces vuestras tropas llegarán hoy? —preguntó Agdar Cousland. Su cabello rubio escondía bien las canas y su postura recatada le hacía parecer un rey.

—Confío en que empiecen a llegar esta noche, para que podamos partir mañana.—dijo Rendon Howe—. Os pido mis disculpas por la tardanza, mi señor. La culpa es toda mía.

—No hay de qué preocuparse —dijo el Teyrn—. Mi esposa e hija atenderán a vuestro ejército. Os esperaré en Ostagar.

—Será como en los viejos tiempo, mi señor —sonrió el Arl—. Aunque los dos teníamos menos canas en la cabeza. Y luchábamos contra los orlesianos, no contra esos… monstruos.

Anna se acercó.

—Padre, ser Kai me dijo que me has llamado.

El Teyrn asintió.

—Sí, hay algunas cuestiones que debemos discutir. —Agdar miró al Arl—. Lord Howe, mi hija Anna.

—No hay necesidad de ser tan formales, mi señor —sonrió Rendon—. Después de todo, muy pronto seremos familia. Encantado de volver a verte, querida.

—Lo mismo digo, Arl Howe —dijo Anna. Nunca fue cercana al Arl, pero siempre procuró ser educada con su futuro suegro.

—Hans está ansioso con el compromiso —continuó Rendon—. No hay día en que no hablé de ti. Tiene hartos a los criados del Alcázar. Delilah también ha preguntado por ti, seguramente esté deseosa de pasar el tiempo con su futura hermana.

—Seguro que ya tendremos tiempo de ponernos al día —dijo Anna con una sonrisa. Le agradaba pasar el tiempo con Delilah Howe, con ella podía hablar de cosas de las que normalmente no hablaría, como vestidos y zapatos.

—En cualquier caso, Anna —dijo su padre—, te he hecho llamar por una razón. Mientras tu primo y yo estamos lejos, voy a dejar el castillo a tu cargo.

—Así que no me vas a dejar ir contigo, ¿verdad? —gruñó Anna.

—Ya te dije que no. Vamos a la guerra —le recordó Agdar—, es mejor que te quedes a cargo con tu madre. Y, además, es la oportunidad perfecta para que demuestres que eres una heredera digna del teyrnir.

Anna no pudo evitar la oleada de irritación que ascendió desde su estómago.

—Mis habilidades en combate superan a la de muchos de tus caballeros —protestó con la mandíbula tensa.

—Soy consciente de tu capacidad con la espada y el escudo —reconoció Agdar impasible—. Pero combatir en clases de práctica y en torneos es muy diferente al campo de batalla. Además, pelearemos contra engendros tenebrosos, es muy riesgoso.

—Si ya han sido derrotados antes, ahora también —resopló Anna—. ¿Qué tan duros pueden ser?

—Ya he dicho que no, y esa es mi última palabra sobre el tema. No insistas.

La pelirroja se limitó a refunfuñar entre dientes. Sabía que no era buena idea provocar a su padre. En una ocasión, cuando tenía catorce, se escapó en su palafrén para seguirlo en su camino a Denerim; fue castigada durante un año completo sin sus clases de equitación, y no se le permitió asistir al torneo anual de Pináculo. No estaba dispuesta a afrontar un castigo similar. Ya tenía suficiente con tener que quedarse a cargo del castillo.

—Entonces… —Los ojos de Agdar se calentaron por un instante antes de recobrar su frialdad natural—, ¿puedo confiar en que Pináculo quedará en buenas manos?

Anna suspiró derrotada, se tragó su enojo y su orgullo.

—No prometo que el teyrnir estará justo como lo dejaste.

—Mientras no incendies medio Pináculo me conformo. Tu madre te ayudará, si lo necesitas. Entretanto, quiero que busques a Fergus para decirle que se prepare: partimos al atardecer.

—Para que sepas, si algún día hay guerra otra vez, no me quedaré aquí de brazos cruzados.

—Ya lo veremos —por un segundo, pareció que Agdar sonrió—. Ahora, ve y haz lo que te digo.

Anna puso los ojos en blanco, pero no siguió discutiendo con su padre. Ya había tentado su suerte lo suficiente.

—Fue un placer verle, Arl Howe —Anna hizo una reverencia de despedida—. Por favor, dele mis saludos a Hans y Delilah cuando pueda. ¿Nathaniel sigue en el extranjero?

—Así es, querida —asintió Howe—. Me temo que no regresará a Ferelden sino hasta dentro de dos años.

—Pues más le vale estar aquí para mi boda con su hermano. Me excuso, mis señores.

La pelirroja hizo otra reverencia y caminó hacia la puerta contraria de por la que llegó. Seguramente Fergus estaba en las alcobas con su esposa e hijo, así que Anna se dirigió para allá. Sin embargo, alguien la interceptó.

—Lady Anna, me alegro de haberos encontrado —dijo ser Gilmore, caballero jurado de la familia Cousland, y un par de años mayor que Anna, superándola en altura por una cabeza; su nariz regordeta, rostro ovalado y cabello rubio rojizo perfectamente cortado acentuaban su aspecto de soldado.

—¡Gilmore! Qué milagro, ¿no deberías estar vigilando un pasillo vacío?

—Yo solo vigilo los pasillos más importantes, mi señora —replicó ser Gilmore con una sonrisa.

—Sí claro —Anna rodó los ojos—, y ya te he dicho que no seas tan formal conmigo. Sabes muy bien cuánto odio que me digan "lady Anna esto…", "mi dama aquello…", ¡Parecen un montón de nobles petulantes en la corte!

—Es la costumbre, mi señora —respondió ser Gilmore con una sonrisa burlona.

Anna puso los ojos en blanco.

—Muy bien, ¿qué es ese asunto tan importante que requiere de mi noble y regia presencia?

—Vuestra madre me ha solicitado que os busque. Tal parece que Olaf ha estado haciendo ciertos eh… alborotos en la cocina, y Gerda amenaza con marcharse.

—¿Esa era la importantísima tarea? Bien, iré. Pero sólo porque Olaf merece mi atención… Y porque si Gerda continúa con sus amenazas, puede que un día de estos sí termine marchándose.

—Vamos, no hay tiempo que perder.

—¿Vamos? —La Cousland lo miró con altivez fingida—. ¿Y quién te dio permiso para acompañarme?

—Vuestra señora madre, mi dama. —El caballero le devolvió la mirada altiva—. Y le temo más a ella que a vos.

—No pensabas lo mismo cuando te vencí en el torneo pasado —sonrió la Cousland, comenzando a caminar hacia la cocina.

—¿Una victoria y mi señora ya presume? —ser Gilmore negó con la cabeza—. Os advierto que no será tan fácil la próxima vez.

—Mmh, ya veremos…

Cuando por fin llegaron a la cocina, fueron recibidos por una Gerda furiosa regañando a un par de criados que se limitaban a esconder la mirada. Anna no pudo evitar sonreír ante la escena, aunque sintiendo cierta lastima hacia los elfos.

—¡Sacad a esa bestia de mi despensa! —gritó la mujer esgrimiendo un cucharón de madera.

—Pero no podemos ni acercarnos —protestó uno de los elfos—. ¡Casi me arranca la mano!

Anna se acercó junto a ser Gilmore.

—¡Por fin has llegado! —exclamó Gerda—. Rápido, saca a tu bestia de mi despensa antes de que acabe con todo.

—Mhmm, no sé. —Anna se llevó una mano a la barbilla—. Creo que Olaf necesita una buena merienda, ¿tú qué opinas, Gilmore?

—Déjate de tus bromas —gruñó la mujer—. Sólo saca a ese perro del demonio antes de que se coma todas las reservas.

—Bien, bien. —La Cousland elevó ambas manos en señal de derrota—. Sacaré a mi perro. Al pobrecito Olaf que sólo quería un pequeño bocadito de la enorme despensa.

La joven abrió la puerta de la despensa e ingresó junto al caballero. El mabari de pelaje blanco ladraba y gruñía a unos costales de maíz blanco, dando vueltas con notoria desesperación; al escuchar la puerta de la despensa cerrarse, el perro dio media vuelta y vio a Anna.

—¿Qué pasa chico? —preguntó la pelirroja acariciando su pelaje erizado una vez que se acercó a ella—. ¿Hay algo ahí dentro?

Olaf respondió con un ladrido de afirmación, para después girarse y continuar gruñendo a los costales.

—¿Oís eso? —le preguntó ser Gilmore—. Suena como…

—¡Ratas! —anunció Anna cuando vio salir de entre los costales a al menos una docena de roedores de pelaje negro con el tamaño de un gato.

De inmediato, la Cousland desenvainó su espada y se dispuso a acabar con las alimañas. Gilmore hizo lo mismo, mientras que Olaf despedazaba a las ratas con sus poderosas mandíbulas. Cuando por fin acabaron con las alimañas, el estómago de Anna casi le juega una mala pasada y regresa su desayuno, por suerte consiguió pasar las náuseas.

—¿Ratas gigantes? Esto me recuerda al comienzo de todos los aburridos cuentos de aventuras que contaba mi abuelo —comentó Gilmore.

—Odio a las ratas —gruñó ella limpiando su espada con un trapo que encontró sobre una repisa—. ¿Cómo diablos llegaron aquí en primer lugar? Nunca había visto ratas de semejante tamaño.

—Parecen ratas de la Espesura de Korcari —señaló el caballero—. Según los viejos cuentos, en aquellas tierras habitan ratas tan grandes que podrían comerse a un lobo.

—Bueno, éstas ya no se comerán a nadie. —Anna reflexionó por un momento hasta que una idea vino a su cabeza—. ¿Crees que estén huyendo de los engendros tenebrosos?

—Puede ser. Pero ¿por qué llegar tan hasta el norte?

—No sé y no quiero saber. Mejor salgamos de aquí, este lugar me da nauseas.

Olaf dio un ladrido de aprobación y ser Gilmore asintió con vehemencia. Al salir de la despensa, Gerda recibió al perro el ceño fruncido.

—¡Miren nada más! —profirió la mujer—. ¡Viene lamiéndose la barriga el condenado! ¡Oh no me mires con esos ojos! Sabes que soy inmune a tus encantos. Está bien— suspiró, cogiendo un filete de la mesa de madera—. Toma, para que luego no digas que soy mala contigo.

Le arrojó el pedazo de carne y Olaf lo atrapó con el hocico. Era sorprendente el nivel de persuasión de ese perro.

—De hecho, se lo merece —expresó Anna con orgullo—. Sólo protegía la despensa de ratas, ¡ratas enormes!

—¿Ratas gigantes? —La criada elfa exclamó aterrada—. ¡¿Qué haremos si intentan mordemos?!

—Oh, maravilloso —espetó Gerda—, ahora has asustado a los criados. Al menos espero que esos animalejos estén fuera de mi cocina.

—Por supuesto —asintió Anna elevando su pecho—. Olaf y yo nos encargamos de todo, no tienes de qué preocuparte.

—Ejem. —Ser Gilmore carraspeó la garganta.

—Y Gilmore también ayudó —terminó moviendo la mano con desinterés—, un poco. En cualquier caso, dentro está hecho un desastre, será mejor que alguien limpie lo antes posible.

Los criados entendieron su indirecta y se apresuraron a entrar con escobas y trapos.

—Te veré después, nana —se despidió Anna caminando a la salida junto a su amigo y su perro.

—Bueno, mi señora —dijo ser Gilmore una vez que estuvieron fuera de la concina—. Yo también me retiro, el deber siempre llama.

—¿Deber? —se burló la pecosa—. Pero si todo lo que hacen es pararse en las esquinas todo el día como estatuas.

—Gajes del oficio, mi señora —le recordó el caballero—, gajes del oficio.

—Pensé que irías a Ostagar —comentó Anna antes de despedirse.

—Yo también lo creí, pero el Teyrn nos ha pedido a mí y a ser Kai que nos quedemos para cuidar del castillo.

—¿Ser Kai también se queda?

—El Teyrn tendrá sus razones, nosotros sólo obedecemos. —Se encogió de hombros—. Bueno, mi señora, os veré después. Con vuestro permiso.

—En serio, si me sigues hablando de "señora" tendré que golpearte —advirtió una vez que el joven caballero le daba la espalda.

—Primero tendríais que alcanzarme, mi dama. Y nunca fuisteis las más veloz.

Gilmore echó a correr antes de que Anna pudiera reaccionar.

—Algún día —se prometió a sí misma—, algún día.

Olaf ladró y la miró expectante.

—Bien chico, ahora debemos ir a buscar a Fergus. ¿Estás conmigo?

El ladrido del perro le dio la respuesta.

Se dirigieron de regreso al Gran Salón, pero dieron vuelta hacia la derecha para ir al corredor ascendente que conducía a la planta alta. Ahí, en medio del corredor, estaba su madre conversando con tres personas.

El cabello negro y largo de Idun descendía por sus hombros, completamente liso; contrarío a Anna, a su madre le gustaba llevar el cabello suelto y bien peinado.

—…Y esto me lo regaló Agdar cuando fue a Orlais: tal parece que se lo dio el antiguo emperador, quien estaba borracho y lo confundió con el rey. —Idun ahogó una risa con el dorso de su mano.

La pelirroja puso los ojos en blanco y se aproximó, deseando que su madre no la incluyera en la empalagosa e inútil conversación. Le sorprendía la habilidad innata de su madre para hablar sobre temas irrelevantes durante horas y horas en los bailes, fiestas, y banquetes que se celebraban anualmente.

—Ah, Anna —exclamó Idun al ver a su hija—. Veo que ya te has encargado del problema en la cocina. Ven, quiero que conozcas a mi amiga: la Bannesa Landra Oswin.

—Creo que ya nos hemos conocido, querida —dijo lady Landra—. En una fiesta hace algunos años. Ahora estáis más hermosa y bella que nunca.

—¿No estabas ebria? —cuestionó Anna, mientras fruncía la nariz intentando recordarla.

—¡Anna! —reprendió Idun—. Por favor perdonad a mi hija, necesita mejorar sus cortesías.

—No te mortifiques, Idun. —La Bannesa sonrió—. Fue una fiesta bastante divertida, después de todo. ¡Todavía me acuerdo de las locuras del Bann Lynus!

—Sin duda lord Farrae sabe cómo hacer una célebre fiesta —añadió un joven rubio que las acompañaba—. Tuvimos que cargarte hasta el carruaje. Éramos cuatro y apenas pudimos…

—No son necesarios tantos detalles, hijo —interrumpió lady Oswin, sonrosada. Fijó sus ojos dorados en Anna—. Espero que recuerdes a mi hijo, Edrick.

—No espero que me recuerde, mi lady —dijo Edrick—. Si mal no recuerdo, solo bailamos una vez, antes de que vuestro prometido os robase de la fiesta.

Anna rio ante el recuerdo.

—Hans puede ser un poco celoso a veces, pero siempre le recuerdo quién manda. Aunque lamento decepcionarte, Oswin: recuerdo muy bien que mis pies sufrieron bastante durante ese baile.

Las orejas del joven se enrojecieron.

—Lamento haberos causado molestias esa velada. Me temo que mis habilidades de baile están lejos de ser excepcionales. Tengo dos pies izquierdos, por lo que tampoco soy muy versado con la espada.

—¡Pero vuestras habilidades son asombrosas, lady Anna! —añadió la elfa que acompañaba a lady Landra—. Oh, disculpad mi impertinencia, mi señora.

—Esta es mi doncella de compañía, lady Idona —dijo Landra Oswin—. Puede ser un poco entusiasta a veces.

—Está bien —sonrió Anna—. No es como si yo fuera la viva imagen de la cortesía.

—Es un gusto conocerla, mi dama. —Idona se inclinó—. Sin duda es la doncella más hermosa en todo Ferelden, los rumores ni siquiera le hacen justicia.

—Y eso lo dice después de haberte visto combatir, sudando, esta mañana —añadió Idun.

—Sin duda vuestra habilidad en combate es formidable —reconoció Edrick.

—¡Sí! ¡Derrotasteis a esos tres caballeros sola! —El rostro de Idona era una mezcla de admiración y euforia.

Los labios de la pelirroja se curvaron ante el alago.

—Yo también fui una formidable guerrera en mis tiempos —alegó Idun—. Mi hermana Alftanna y yo éramos conocidas como "las damas piratas". Nuestro buque de guerra, el Rodfick, nos dio la victoria contra los orlesianos en las costas de Amaranthine; con la ayuda de Eleanor Mac Enraig, por supuesto. Parece que fue hace un siglo. —Suspiró—. Con el tiempo encontré el camino en artes más delicadas.

—Bueno, por el momento creo que será mejor que me retire a mis aposentos —dijo lady Leandra. Edrick, Idona, venid conmigo.

Los tres se despidieron con una reverencia y salieron por donde Anna había llegado.

Idun suspiró profundamente.

—Cariño… Deberías ir a despedirte de Fergus, mientras aún hay tiempo.

—¿Por qué él sí puede ir y yo no? —Anna ya sabía la respuesta.

—Porque Alftanna le dio permiso. —La sonrisa de Idun no llegó a sus ojos—. Mira, sé que es difícil quedarse en el castillo y ver cómo se marchan los demás, pero el deber es lo primero. Lo entiendes, ¿no?

—Sí, mamá. Después de todo, soy una Cousland —sonrió con ironía.

—Bien. Además, tendremos muchas cosas que hacer. —Su tono jovial no pudo ocultar su desosiego—. ¡Ya verás que nos divertiremos!

—No puedo esperar a hacer cuentas de granos de trigo y resolver los problemas de los vasallos.

—No olvides las reuniones con los señores y terratenientes, querida —sonrió Idun.

—Ni me lo recuerdes —gimió Anna—. Tan solo de pensarlo me muero de aburrimiento.

—Algunas veces pueden ser hasta divertidas. Solo imagínatelos como peces.

—¿Peces? —Anna hizo una mueca de extrañeza—. ¿Por qué peces?

—Las reuniones se hacen más amenas —Idun se encogió de hombros—. Por ejemplo, ¿recuerdas a ser Althorne? Su cara alargada, ojos saltones y bigote largo lo hacen parecer un bacalao.

Anna rio al imaginarse al viejo caballero con cara de bacalao.

—Haces las comparaciones más extrañas, madre.

—¿Qué puedo decir? Después de todo, sigo siendo una Eremon.

—Solo para que sepas, si algún día le digo "ser Bacalao", la culpa será toda tuya —bromeó Anna.

Olaf hizo un sonido gutural que sonó a un lamento.

—Mira, todo esto del bacalao ya le dio hambre al pobre de Olaf.

—No tiene llenadera —dijo Idun y esbozó una sonrisa maliciosa—, igual que su dueña.

—Estoy en crecimiento —gruñó Anna entre dientes.

—¿Con 18 años ya? —bromeó Idun.

—Si no tengo un banquete listo para la tarde, me escaparé e iré a Ostagar —advirtió Anna.

—Hazlo y no más aventuras ni torneos por el resto de tu vida, jovencita —replicó su madre.

—¿Quién sabe? —Anna se encogió de hombros—. ¿Tal vez me convierta en Guarda Gris y entonces ya no podrás castigarme?

—¿Guarda Gris? Recuerdo que solías amar escuchar sus historias —dijo Idun con ojos soñadores.

—¿Eh? ¿Yo? —la pelirroja frunció la nariz—. Creo que te equivocas, madre. Yo siempre preferí historias sobre aventureros, como Haliea Cousland.

El rostro de la Teyrna se volvió blanco.

—¡Ah! C-cierto, ya… ya recuerdo. Lo siento querida, a veces me confundo… —Idun miró a otro lado, con pesadez en sus ojos—. No te entretengo más, cariño. Ve a buscar a Fergus ya.

El tono de su madre no dejó lugar a discusiones y Anna reanudó su camino, preguntándose qué rayos fue lo qué pasó. No fueron pocas veces las que se preguntó cómo hacía su madre para pasar de un estado tan alegre a uno tan melancólico. Una vez, cuando era niña, le preguntó por qué tenías esas expresiones tristes y ella le respondió que no estaba triste, sólo cansada. Sabía que, si preguntaba ahora, volvería a obtener la misma respuesta.

Anna llegó a la segunda planta con Olaf siguiéndola como una sombra. La homogeneidad de los pasillos hizo que frunciera la boca y arrugara la nariz. Por lo general, ignoraba los muros de piedra, todos iguales, y se centraba en tararear canciones e imaginar la sensación del viento golpeando su rostro; pero esta vez parecía que la piedra se burlaba de ella y no pudo evitar refunfuñar.

El pasillo cuadrado en el que estaban los aposentos de la familia Cousland brillaba con luminosidad opaca, todo se parecía opaco, a pesar de que el sol brillaba afuera. Anna se aproximó a la habitación a su derecha. La puerta estaba abierta así que se recargó en el arco, viendo la escena dentro.

Su primo Fergus tenía puesta su armadura de acero rojo, su cabello negro estaba perfectamente peinado hacia atrás en una coleta, y el pequeño rastro de una barba en su mentón asemejaba un campo de pasto recién cortado.

—¿De verdad va a haber una guetra? —preguntó el pequeño Oren, de apenas seis años—. ¿Me traerás una espata?

—Se dice "espada", Oren —corrigió Fergus Eremon, mientras se hincaba la altura del niño—. Y te traeré la mejor que encuentre, te lo prometo. Volveré antes de que te des cuenta.

—Ojalá la victoria fuera tan segura —dijo Ofelia—. Mi corazón está… inquieto.

—No atemorices al niño, amor mío —indicó Fergus mientras se levantaba—. Lo que digo es cierto.

Anna se aclaró la garganta con una tos fingida.

—Y aquí está mi primita para despedirse. —Fergus sonrió y se volvió hacia su esposa para poner una mano en su mentón—. Ahora enjuaga tus lágrimas, amor mío, y deséame lo mejor.

—Me dan nauseas —resopló la pelirroja.

—¡Ja! —Se burló Fergus—. ¿Olvidas cuando te atrapé con Hans en los establos de Risco Rojos?

Su rostro pecoso se encendió ante el recuerdo vergonzoso, lanzándole una mirada fulminante a su primo.

—Cállate —gruñó intentando ahuyentar su sonrojo—. De cualquier forma, te traigo un mensaje de mi padre: quiere que partan esta tarde, antes del anochecer.

—Así que tú y la tía Idun se harán cargo del retraso de los hombres del Arl. —Fergus hizo una meca—. Pareciese que esos hombres caminan hacia atrás, pero bueno, qué se le va a hacer. Mejor suerte para la próxima guerra, primita. —La miró petulante y Anna puso los ojos en blanco—. Será mejor que me ponga en camino. ¡Hay muchos engendros tenebrosos que matar y muy poco tiempo!

En ese momento, los Teyrns entraron en la recámara. Anna levantó las cejas con extrañeza: pocas veces veía a sus padres juntos en momentos que no fueran fiestas o audiencias; antes, recordó, casi no se despegaban el uno del otro, pero su cercanía se fue perdiendo con el paso de los años.

—Espero que estés listo para partir, Fergus —dijo Agdar, su bigote rubio enmarcaba la rigidez de sus labios.

—Cuídate, sobrino —dijo Idun—. Rezaré por ti cada día que estés lejos.

—Un buen escudo sería más útil —murmuró Anna.

—No te preocupes, tía. —Fergus sonrió, ignorando el comentario de Anna—. Tengo la bendición de mi familia. Así como la Rompe tormentas de mi madre, ¡volveré en una pieza!

Anna admiró la espada negra que colgaba de la cintura de Fergus. Era la reliquia de la familia Eremon: una espada larga forjada con el hueso de un leviatán que asesinó Asimond Eremon, hace más de trescientos años.

—Que el Hacedor nos sustente y preserve a todos —rezó Ofelia—. Que cuide de nuestros hijos, nuestros maridos y nuestros padres, para que nos los devuelva sanos y salvos.

—Y, ya que estamos —añadió Fergus con tono juguetón —, que nos traiga también algo de cerveza y algunas zorras. Eh… para los hombres, naturalmente, jeje.

—¡Fergus! —Ofelia jadeó—. ¿Cómo puedes decir eso delante de tu familia? ¿Qué diría tu madre?

—¿Zorras? —preguntó Oren con voz chillona—. ¿Y para qué quieren los hombres unos animalillos?

—Una zorra es una mujer que sirve cerveza en la taberna, Oren… —explicó Anna con una sonrisa de oreja a oreja—. O una que bebe demasiado.

—Por el hálito del Hacedor —exclamó Idun con una mano en la cabeza—. Esto es como vivir con una manada de adolescentes inmaduros. Y yo que creí que tener una hija sería mi salvación.

—Pues mi primita es más mortífera que veinte adolescentes juntos. —Fergus rio a carcajadas.

Anna sonrió al recordar aquella disputa que tuvo durante el festival de Estivalia pasado, cuando dejó inconscientes a quince jóvenes en una disputa en la taberna local. Aunque no era algo de lo que se jactaba, pues estaban borrachos y eran simples campesinos que nunca habían levantado una espada, mucho menos sabrían cómo luchar.

—Es suficiente —indicó Agdar—. Anna, será mejor que te acuestes temprano. Mañana tienes mucho por hacer.

La pecosa gimió. Esperaba que al menos pudiera quedarse despierta hasta recibir a las tropas de Amaranthine. Además, a ella le gustaba levantarse tarde, la luz del medio día era su gallo despertador. Pero su padre tenía razón, mañana tendría que estar descansada para comenzar sus labores como Teyrna provisional de Pináculo. Era su deber, no tenía opción.

—Al menos espero que me dejes participar en el torneo de este año, ¡esta vez sí ganaré! —expresó Anna con una sonrisa mientras golpeaba su palma con el puño derecho.

Fergus se acercó a ella y puso una mano en su hombro, a modo de consuelo.

—Participar es una cosa, primita; ganar otra.

—La última vez quedé en tercer lugar —objetó con las cejas fruncidas y la nariz arrugada.

—¿Pero no te caíste, tita? —preguntó Oren con inocencia.

Su cara se enrojeció al recordar el bochornoso momento. Se suponía que sería su día de gloria, derrotaría a ser Kai, el viejo caballero jurado de su familia, y ganaría el torneo de combate cuerpo a cuerpo. Pero todo se vino abajo cuando cayó de espaldas, al pisar un pañuelo que alguien de la multitud había arrojado. Al menos, con su yelmo puesto, la multitud no pudo ver las lágrimas en sus ojos. Al final, el triunfo se lo llevó un tal ser Jory, que Anna ni siquiera conocía.

—No me caí, Oren. —Puso una mano en la cabeza del niño—. Ser Kai me golpeó con su escudo y perdí el equilibrio.

—No trates de justificar tu error, Anna —regañó Agdar—. Debiste estar más atenta al campo de batalla, de haber sido una lucha real estarías muerta.

—¡Agdar! Es suficiente. —Idun lo miró con dureza—. No se hablará de la muerte de nadie en este castillo.

Un silencio sepulcral se plantó en la recámara. Los ojos azules de su padre se enfrentaron a los verdes de su madre. Anna se meció tratando de decir algo para romper la tensión; cada vez que sus padres discutían prefería guardar silencio y salir inmediatamente del lugar.

—Tíos. —Fergus cortó el silencio—. El cielo se vuelve anaranjado.

—Es hora de partir —dijo Agdar apartando la mirada—. Te esperaré en el patio principal, Fergus.

El Teyrn salió de la habitación sin decir nada más. Anna se estremeció ligeramente cuando pasó a su lado, como siempre hacía cada vez que usaba esa voz fría y sin emoción. Sacudió la cabeza y trató de poner una sonrisa que aligerara el ambiente.

—Entonces, primo… —comenzó—, te veré en unos meses. Más te vale regresar en una pieza, porque si no me quedaré con el Rodfick.

—Ya veremos, primita —Fergus la envolvió en un abrazo—. Cuida de mi Oren y de mi Ofelia, ¿vale?

Ella asintió, tragándose el agua que amenazaba con arruinar su maquillaje.

—Y tú cuida de mi padre. Puede ser un cabezota, pero quiero que esté aquí para verme ganar el torneo. —Quería ver sus ojos llenos de orgullo, mientras ella levantaba su espada en el aire. Además, quería demostrarle que era una heredera digna de Pináculo, así que se esforzaría al máximo en cuidar del castillo y del teyrnir, pese a lo mucho que odiaba administrar el castillo y, aún más, las tierras.

Se separaron y Fergus caminó hacia la puerta.

—Oren —dijo Ofelia—, vamos. Tenemos que despedir a tu padre en el patio.

—Te acompaño, Ofelia —expresó Idun—. ¿Vienes Anna?

La pelirroja asintió y detrás de ambas mujeres, con el pequeño Oren a su lado.

—¿Es verdad que nos vas a cuidar mientras papá está fuera, tita? —Preguntó el niño.

—Sí, es cierto. —Asintió hinchando su pecho en una pose exagerada.

—¿Y si atacan el castillo? —La voz de Oren parecía más emocionada que preocupada—. ¡¿Habrá dragones?!

—Los dragones son criaturas horribles —explicó la joven llevando ambas manos a su boca para simular un par de garras—. ¡Se comen a la gente!

—¡Sí! ¡Quiero ver uno! —exclamó el niño con un salto.

—¿Y vas a derrotarlo? —preguntó ella fingiendo seriedad.

—¡Claro que sí! ¿Vas a enseñarme a usar la espata, tita? ¡Yo también quiero luchar contra el mal!

—Por supuesto, Oren. Es más, ¡te convertirás en el mejor espadachín de Ferelden! No, olvida eso, ¡serás el mejor guerrero de todo Thedas!

—¡Urra! —gritó dando vueltas y corriendo por los pasillos, mientras simulaba tener una espada y exclamaba: —¡Toma eso, monstro! ¡Todos los engendros teneborosos temen a mi espata justiciera!

Olaf comenzó a correr alrededor del pequeño Oren, y ambos simulaban tener un combate.

El rostro se Anna se adornó con una pequeña pero sincera sonrisa.