9:30 del Dragón. Nuboso, cuarto mes.
Ferelden. Torre del Lago Calenhad.
Elsa
El eco de sus pasos, mezclado con el crepitar de las antorchas, eran el único sonido en la oscuridad del pasillo. El toque de queda había pasado hace cuatro horas, así que todos los magos y aprendices dormían dentro de sus habitaciones. Sólo los templarios y los Tranquilos permanecían en vela.
El palpitar inquieto de su corazón era lo único que delataba su verdadera naturaleza, pues su postura perfecta, sus pasos uniformes, y su rostro inexpresivo simulaban a la perfección el caminar de un Tranquilo. Su cabellera nívea yacía atada bajo una peluca marrón, y un chal gris ocultaba su túnica dorada.
El disfraz funcionó a la perfección: los pocos templarios que la vieron pasar ni siquiera la miraron dos veces.
Descendió los escalones hasta llegar a la primera planta. Cruzó la biblioteca, dejó atrás sin problemas los aposentos de los aprendices y entró a un salón espacioso. El enorme portón que llevaba hacia el exterior era custodiado por tres templarios, dos hombres y una mujer.
Elsa se dirigía hacia el sótano, así que necesitaba cruzar el salón y llegar al corredor, al otro extremo. Intentó caminar sin siquiera mirarlos, esperando que su disfraz le permitiera camuflarse entre las sombras que generaba el enorme candelabro plateado.
Para su mala suerte, uno de los templarios se percató de su presencia y se aproximó con una mano en el pomo de su espada.
—¿Se puede saber a dónde vais? —cuestionó con eco debajo de su yelmo—. El sótano está cerrado.
La espalda de la maga disfrazada estaba tan rígida como el portón de metal.
—Mis disculpas. El Primer Encantador solicitó un libro del sótano —dijo con la voz más fría y monótona que pudo articular.
—No se nos ha informado sobre ello. —Los ojos verdes del templario parecían brillar bajo su yelmo—. Me temo que uno de nosotros tendrá que acompañaros.
—Yo la escoltaré —anunció el templario femenino, su yelmo no permitía ver más que sus ojos castaños.
—¿Segura, Arla? —preguntó el tercer caballero, su voz parecía más juvenil que la del primero.
La mujer se encogió de hombros.
—Es mejor que estar aquí sin hacer nada.
Los templarios masculinos no opusieron más resistencia.
Elsa siguió su caminata uniforme, con la caballeriza siguiéndola detrás. Atravesaron el corredor circular, y llegaron hasta las escalinatas que descendían hacia la puerta metálica del sótano.
—¿Tienes la llave? —preguntó Elsa en un susurro.
—Sí, no fue fácil, pero la conseguí sin que Greagoir se diera cuenta —dijo la caballeriza, cambiando el tono falso que usó hace unos minutos—. ¿Tienes la vara?
Elsa asintió en respuesta. Acarició la vara de fuego con su mano derecha, oculta debajo de su manga. Lily se la había pedido para poder abrir una de las puertas que cuidaban las filacterias. Por fortuna, ya no era una aprendiz, así que pudo solicitarla en el almacén sin inconvenientes.
Abrieron la puerta y ahí estaba Jowan, esperándolas con los brazos cruzados, las manos sudorosas y los ojos inyectados en ansiedad.
—¡Por fin llegaron! me estaba empezando a preocupar.
—Yo creí que no tú no lo ibas a lograr —comentó la caballeriza, quitándose el yelmo.
—Soy más escurridizo de lo que crees, Lily. Estás advertida —le guiñó el ojo—. Todavía no puedo creer que hayas convencido a ser Arla de que se quedara en sus aposentos y, encima, te prestara su armadura.
—Soy más persuasiva de lo que crees, cariño. —Devolvió el guiño—. Ya conoces el dicho, "poned lirio sobre la mesa y el templario os bailará encantado".
—Pueden besuquearse después —gruñó Elsa—. Si tardamos más de lo necesario los templarios se darán cuenta de que algo va mal.
Ambos asintieron en respuesta.
Cerraron la puerta a sus espaldas, y comenzaron a adentrarse en los corredores oscuros y silenciosos del sótano.
Elsa y Jowan conjuraron una pequeña esfera de luz flotante sobre sus palmas, para iluminar el camino.
El sótano era un lugar inquietante y excitante a la vez. Daba la sensación de que cada muro ocultaba tras de sí secretos inimaginables. El corredor parecía hacerse más angosto conforme avanzaban, aunque los muros siempre se mantuvieron en la misma posición.
Giraron hacia la derecha en una esquina y entraron en una sala. La primera puerta los esperaba, brillando bajo tres antorchas.
Sin embargo, estaba custodiada por cuatro juegos de armaduras encantadas que, al notar la presencia de los intrusos se activaron y los atacaron.
En un segundo, Elsa hizo un ademán, elevó el puño y al cerrarlo una armadura se convirtió en una estatua de hielo sólido. Giró, movió los brazos con gracilidad y una corriente de escarcha salió disparada desde sus manos hasta dos armaduras que corrieron la misma suerte que la primera. Por último, la cuarta custodia de la puerta fue derribada por un pico de hielo que le golpeó en el peto, inutilizando el resto de partes.
—Wow —dijo Lily sin aliento.
—¿Estás bien? —le preguntó Elsa, preocupada de que su magia la hubiese herido.
—¿Eh? ¡Ah así! Por supuesto, estoy bien. Es solo que nunca había visto a un mago en acción. Eso fue increíble.
Las mejillas de Elsa se encendieron y agradeció la escasa iluminación del túnel.
—¡Y eso no fue nada! —exclamó Jowan—. Deberías verla practicando con los Encantadores. Te aseguro que en el mundo no hay nadie que controle la magia elemental de hielo tan bien como Elsa. Incluso en una ocasión congeló todo el almacén.
—No me lo recuerdes, por favor —murmuró Elsa al rememorar aquel bochornoso episodio.
—¿Congelar todo el almacén? —cuestionó Lily asombrada—. Pero si se supone que los Tranquilos lo protegen con piedras rúnicas.
—¡Exacto! —señaló Jowan con orgullo—. Ya te imaginarás la sorpresa de todos cuando una chica de trece años congeló todo el lugar después de que Niall…
—No son necesarios los detalles Jowan —gruñó Elsa—. Hay una filacteria que recuperar, ¿recuerdas?
—Cierto. Lo siento. Me distraje.
—Tan distraído como siempre —sonrió Lily—. Por cierto, ¿no deberíamos destruir las estatuas mientras aún son hielo?
—No te preocupes —dijo Elsa—. No se van a descongelar
—¿Cómo? —Lily lo miró confundida—. Admito que no soy una gran experta en magia, pero sé que, una vez concluido un hechizo, su efecto se elimina.
—¡La magia de Elsa es increíble! —exclamó Jowan—. ¿No te lo había dicho ya?
—Creí que eran exageraciones.
Elsa no pudo evitar sentirse ofendida. ¿Exageraciones? Si Lily no fue una humana normal, le habría enseñado cuán equivocada estaba.
—Basta de charla —sentenció la maga—. Abramos esa puerta.
Lily asintió antes de antes de volverse hacia la enorme puerta.
—La Capilla llama a esta entrada "puerta de las víctimas". Está hecha con doscientas sesenta y siete tablas, una por cada templario original.
—La Capilla siempre tan imaginativa —Jowan puso los ojos en blanco—. ¿Y cómo la pasaremos?
—Sólo un templario y un mago que tengan las llaves pueden hacerlo. El mago debe decir la contraseña para poder entrar, pero debe de ser alguien que ya haya pasado por su Angustia. Primero, la contraseña… —Lily miró la enorme puerta—. "Espada del hacedor, Lágrimas del Velo. Escuchad mi llamado. Abrid". —Terminó de recitar y un crujido se escuchó detrás de la puerta—. Ahora, la puerta debe sentir el manádel mago, ¡date prisa! Cualquier hechizo servirá.
Elsa lanzó un rayo arcano y la puerta se abrió con un chirrido.
El corredor que los recibió estaba adornado más por juegos de armaduras en cada lado. Esta vez, sin embargo, eran cuatro veces más de las que protegían la puerta de las víctimas.
—Quédense detrás de mí —indicó Elsa mientras erguía un muro de hielo entre ellos y los guardianes.
Había un hechizo en particular que podría acabar con casi todas las armaduras de un solo golpe. Pero requería de toda su voluntad y maná para realizarlo con éxito. Si fallaba, no solo quedaría agotada y al borde del desmayo, sino que tampoco podría lanzar más hechizos mientras se recuperaba.
Inhaló hondo, dejando que el aire llenara sus pulmones, mientras movía ambos brazos simulando corrientes de aire y agua. Sus músculos se relajaron ante la influencia mágica del Velo que llenó su cuerpo; esa sensación siempre era agradable. Entonces bajó ambos brazos con violencia y una poderosa tormenta de escarcha envolvió a las armaduras. Era como un ciclón en miniatura.
El muro de hielo desapareció y Elsa cayó sobre sus rodilla, apenas sosteniéndose.
—¡Elsa! —Jowan corrió a auxiliarla—. ¿Estás bien?
—S-solo… necesito tomar… aire —respondió agitada.
—Ten, traje una poción de lirio por si acaso. —El castaño le entregó un pequeño frasco de vidrio con un líquido celeste dentro.
Elsa lo bebió con cautela, sintiendo su garganta ser rasgada y quemada. Odiaba el lirio. Incluso las pociones preparadas por Tranquilos y alquimistas que reducían la radiación del lirio puro era desagradable. Pero beberlo era la forma más rápida para que un mago recuperase parte de su maná, la energía vital ligada al Velo necesaria para conjurar cualquier hechizo. Los magos más experimentados y fuertes de voluntad tenían un alto índice de maná, siendo capaces de conjurar una cantidad exagerada de hechizos sin descanso.
Sin embargo, Elsa apenas podía conjurar siete hechizos antes de agotarse. Tampoco ayudaba que cada hechizo de hielo era más fuerte de lo común. Por ende, si un mago llegase a estar en un combate real era indispensable que llevase consigo pociones de lirio. Esta vez, solo bebió un poco, pero al instante sintió como el mareo desaparecía y su fuerza volvía.
—Olviden lo que dije antes —comentó Lily—. Esto sí fue increíble.
Una pequeña sonrisa adornó los labios de Elsa.
La tormenta de escarcha se había desvanecido y casi todas las armaduras eran ahora estatuas de hielo, mientras las que estuvieron más lejos del centro del ciclón cayeron en pedazos por la fuerza de atracción.
No pudo evitar sentirse orgullosa. Esta demostración fue el reflejo del enorme control que tenía de su voluntad y, por ende, de su magia. Lejos había quedado esa niña asustada que no podía ni siquiera controlar su poder. Elsa jamás permitiría que su magia se volviese a salir de control.
—Andando, tenemos una filacteria que encontrar. —Con ayuda de Jowan, Elsa se reincorporó y continuaron su camino.
No tardaron mucho tiempo en encontrar la segunda barricada. Era un portón de hierro, más imponente que la puerta anterior.
—Aquí es. Del otro lado deben de estar las filacterias —anunció Lily—. Usa la varita de fuego. Yo abriré la cerradura de Greagoir.
La maga hizo que la varita lanzara una ola de flamas anaranjadas. Una mueca cruzó su cara al sentir la magia caliente fluir cerca de su mano, su estómago dio un vuelco y tuvo la repentina necesidad de intentar apagar el fuego. Siempre odió la magia de fuego.
Esperaron un instante y las llamas se apaciguaron, pero la puerta seguía sin abrirse.
—No, ¡no puede ser! —exclamó Lily—. Por eso Irving y Greagoir usan dos llaves distintas. No es una puerta mágica. ¿Cómo mantienes a los magos lejos de algo? ¡Pues no usas magia!
El estómago de Elsa se encogió.
—No podemos darnos por vencidos —exclamó Jowan—. ¡Hemos llegado muy lejos ¿Qué hay de aquella puerta? —Señaló hacia su derecha—. Puede que nos lleve a otra entrada.
Jowan tenía razón. Si regresaban entonces todo estaría perdido. La parte racional de Elsa le decía que era mejor desistir ahora, mientras aún tenían tiempo. Pero su parte emocional la incitó a seguir avanzando, hacer lo necesario para proteger a su amigo, su hermano.
—No tenemos opción. —Elsa se mordió el labio—. Hay que arriesgarnos.
Rompió la puerta que señaló Jowan con una estalactita de hielo, y el pasillo que los recibió era tan oscuro como los anteriores.
Llegaron hasta una sala amplia. El ambiente era diferente, más pesado y ligero a la vez. Estatuas de guerreros adornaban cada esquina, extraños artilugios como esferas, bastones, amuletos, pociones, libros, piedras brillantes… Elsa quedó maravillada con todo lo que sus ojos azules veían, podría pasar una semana entera ahí encerrada y no terminaría de analizar todos los artilugios. Se sintió tentada de agarrar más de un objeto, irradiaban un aura mágica atrayente que la llamaba como la canción de una sirena, pero se abstuvo; sabía que estos objetos estaban aquí por una razón y podría ser peligroso siquiera tocarlos.
Jowan se aproximó hasta la estatua de un mabari que apuntaba con el hocico a una estantería de libros.
—Miren, pareciese como si fuera una especie de mecanismo secreto… —susurró, tocó la estatua y un crujido de algo cayendo hizo eco en la habitación, proveniente desde atrás de la estantería.
—Ayúdenme a mover esto —pidió Lily mientras empujaba el estante.
Cuando el mueble fue removido, descubrieron que la pared se había ido. Elsa pasó saliva, insegura de entrar en este pasaje que no tenían idea de a dónde los llevaría. Sin embargo, avanzar era su única opción.
El pasillo era mucho más angosto, por lo que tuvieron que caminar de uno en uno para evitar chocar entre sí. Elsa iba delante, procurando no pisar ninguna saliente, su voluta de luz comenzaba a apagarse y su respiración se volvía cada vez más forzada, mientras que la esfera de luz de Jowan se había apagado hace tiempo. Las pisadas de las grebas de Lily a sus espaldas solo consiguieron ponerla más nerviosa. A lo lejos, vio una pared que les impedía seguir caminando.
—¡Maldita sea! —gruñó Jowan desde atrás.
Elsa casi podía ver su expresión facial angustiada y derrotada. Pero ella conocía este tipo de corredores secretos bastante bien. Durante su niñez pasó gran parte del tiempo escondida entre paredes y túneles secretos, escondiéndose del mundo.
—No se desesperen —tranquilizó la platinada, recorriendo la pared con ambas manos—. Por aquí debe de haber algo…
Tocó una piedra sobresaliente y, con un crujido, la pared se movió hacia arriba, dejando un pequeño espacio para poder pasar. Una sonrisa adornó sus labios y entró, su cuerpo esbelto no tuvo problemas para entrar. La oscuridad azulada de la habitación le heló la sangre de una manera casi sobrenatural. Sobre ella se alzaban innumerables estanterías y repisas colgantes con diminutos frascos de vidrio, perfectamente organizados en hileras con marcas que seguían el alfabeto tevinterano.
—¡Oye, Elsa!, ¿qué ves? ¿La encontraste? —preguntó su amigo desde la entrada al túnel—. La armadura que lleva Lily es muy estorbosa, no podemos entrar.
Salió del trance en el que estaba y comenzó a buscar en las repisas. Vio varios nombres que conocía: Anders, Bernia, Daedran, Niall, Oliver, Tanya… Pero no podía encontrar el nombre de Jowan. Su vientre se revolvió en un dolor punzante al pensar que quizá la filacteria de su amigo ya había sido enviada a otro lugar.
Sus esperanzas estuvieron a punto de morir, hasta que vio de reojo una repisa apartada con tan sólo cuatro filacterias. Sus labios se curvaron triunfantes: una de las cuatro tenía escritas las palabras Jowan Marrel. ¡Por fin!
Sin embargo, su sonrisa murió al reconocer los otros nombres: Liam Farel, Zara Gurlick y Kimarous Surana. Los dos primeros fueron convertidos en Tranquilos hace un año, y el tercero había sido enviado al Círculo de Kirkwall hace dos meses. Si la filacteria de Jowan se encontraba junto a estas tres, significaba que Irving de verdad estaba planeando convertirlo en un Tranquilo, o que sería enviado a otro Círculo.
Elsa cogió la filacteria con recelo. Dudó por un momento. Aún estaba a tiempo de desistir de este plan. Pensó que incluso si Jowan era convertido en un Tranquilo, se quedaría en la Torre, con ella y Aylin. Después de todo, el Primer Encantador nunca haría nada para herir voluntariamente a un mago. Si Jowan se sometía a la Tranquilidad…
De inmediato reprimió sus pensamientos egoístas, al sentir la familiaridad de la culpa en su cabeza. ¿Cómo se atrevía a siquiera pensar en ello? Se había prometido a sí misma que haría cualquier cosa para proteger a sus amigos, su familia. No importaba si Jowan se iba para siempre, estaría a salvo y feliz con su amante ¿verdad?
Reprimió la tristeza en el fondo de su ser y regresó a la encrucijada.
—¡Es mi filacteria! ¡Por fin! —exclamó Jowan al verla. Elsa se metió en el túnel y le entregó el frasco—. Cuesta creer que este frasquito se interpone entre la libertad y yo. Es tan frágil, tan fácil librarse de él… y poner fin al dominio que ejerce sobre mí… —Dejó caer el pequeño frasco y la sangre se derramó por el piso, perdiéndose entre la oscuridad.
Elsa respiró hondo, deseando regresar a su alcoba.
—Cuanto antes salgamos de aquí, mejor.
Regresaron por donde llegaron a paso forzado. Procuraron cerrar el pasaje secreto y no dejar rastro alguno de su presencia. Subieron al primer piso. Lily besó a Jowan en la mejilla, se puso el yelmo y cogió al aprendiz de ambas manos, simulando que lo llevaba apresado. Volvieron al salón principal, tan solo faltaba la última parte de su plan, y ambos estarían fuera de la Torre en pocos minutos.
Elsa se obligó a sonreír, estaba aliviada al saber que su amigo estaría bien y seguiría siendo el mismo, pero no podía apaciguar su amargura al ser consciente de que no lo volvería a ver. En cualquier caso, lo que más importaba era la felicidad de Jowan; así que al menos no todo era amargura.
Su sonrisa forzada murió cuando vio al Caballero Comandante y al Primer Encantador, acompañados por seis templarios, bloqueando el portón.
—Así que lo que decías era cierto, Irving —dijo Greagoir. Irradiaba una furia capaz de amedrentar a cualquier maleficar.
—G-re…Greagoir —balbuceó Lily debajo del yelmo.
—Una Iniciada conspirando con un mago de sangre —resopló el Comandante—. Estoy decepcionado de ti. Pareces sorprendida, pero tienes completo control de tu mente. No es una sierva del mago de sangre. —Giró la cabeza—. Tenías razón, Irving. La Iniciada nos ha traicionado. La Capilla no dejará esto sin castigo. ¿Y ésta? —Señaló a Elsa—. Acaba de ser nombrada Encantadora Menor y ya está desobedeciendo las reglas del Círculo.
—N-no. —Lily se aclaró la garganta—. Ella sólo es una tranquila que convencí para que nos llevara al sótano.
—¿Crees que soy idiota? —bufó Greagoir—. Reconocería su rostro en cualquier parte.
—Estoy muy decepcionado de ti —expresó Irving con amargura en la voz. Su mirada hizo que Elsa se encogiera.
—¡A ti no te importan los magos! —proclamó Jowan señalando a Irving con un dedo—. ¡Solo quieres plagarte a los antojos de la Capilla!
Elsa estuvo a punto de maldecir en voz alta al chico, pero se mordió los cachetes y puso una mano en su hombro.
—¡Jowan, cálmate! No empeores las cosas.
—¡BASTA! —rugió Greagoir—. Como Caballero Comandante de los templarios aquí reunidos condeno a muerte a este mago de sangre. Y esta Iniciada, ha mancillado la Capilla y sus votos. Llevadla a Aeonar —ladró y tres templarios desvainaron sus espadas.
Lily retrocedió aterrada.
—La… p-prisión de los magos. No… por favor. ¡Ahí no!
—¡NO! —gritó Jowan poniéndose enfrente de su amada—. ¡No permitiré que la toquen!
Entonces sucedió. Fue en un parpadeo, un fugaz instante que apenas dio tiempo a los templarios para reaccionar. Jowan sacó un cuchillo de su túnica y lo clavó en su mano.
Elsa dejó de respirar por un momento y sintió algo caliente manchar su rostro. Se llevó un dedo a la mejilla y vio, paralizada, el líquido rojo. Sus ojos se abrieron y de sus labios salió el mascullo de un animal moribundo. ¡No! No podía ser verdad. ¡Él se lo había dicho!, la miró a los ojos y le dijo que eran simples rumores.
Una nube roja envolvió a Jowan, hizo un ademán con las manos y un estruendoso eco azotó los muros del salón. Greagoir, Irving y los seis templarios fueron arrojados por una fuerza sobrenatural. Golpearon el muro y cayeron inconscientes.
—Por el Hacedor… ¡magia de sangre! —exclamó Lily mientras retrocedía lentamente—. ¿Cómo has podido? Dijiste que nunca… —Su voz se rompió.
—Lo confieso, ¡caí en la tentación! —lloró Jowan tratando de acercársele—. ¡Creí que me convertiría en un mago mejor!
—La magia de sangre es maligna, Jowan. Corrompe a la gente… los cambia…
—Voy a dejarla. Toda la magia. ¡Lo prometo! —suplicó Jowan con lágrimas rojas—. Solo quiero estar contigo, Lily. Por favor, ven conmigo…
—Confiaba en ti. Estaba dispuesta a sacrificarlo todo por ti. Yo… ya no sé quién eres, mago de sangre. ¡Aléjate de mí!
—¡No, por favor! Dame una oportunidad. —Extendió su mano llena de sangre, intentando alcanzarla.
Elsa no podía moverse. Seguramente estaba soñando ¡Sí! Debía de ser eso, tenía queserlo. A lo mejor su alma estaba atrapada en el Velo: un demonio la había poseído y le obligaba a ver ilusiones desgarradoras. Y, en cuanto despertara de la ilusión, volvería a la Torre, y sus amigos la estarían esperando con sonrisas cálidas y con una taza llena de chocolate caliente. Pero el dolor al sentir que sus intestinos se estrujaban entre sí, el nudo agobiante de su yugular, sus puños contraídos y las uñas encajadas en su piel, le dijeron a gritos que no estaba soñando.
—Jowan. —De alguna manera consiguió encontrar su voz, pero no pudo reconocer su frialdad. Pensó que se parecía a la voz furiosa y helada del hombre que veía en sus recuerdos, el hombre que una vez llamó padre—. Lárgate.
Jowan la miró con un profundo dolor, mientras el agua roja corría por las cicatrices de sus mejillas.
Elsa tuvo que morderse ambos cachetes para evitar retractarse cuando el pelinegro corrió a la salida, abrió el portón y se fue sin mirar atrás.
Sus pómulos y mejillas estaban fríos, algo los había empapado. Quería gritar y descargar toda su furia debajo de su cama, de la cama blanca y grande con la que soñaba. Sus labios estaban secos y su boca tenía un sabor metálico. Con la mirada perdida, logró visualizar el cuerpo inmóvil de Irving y, sin pensarlo, corrió para intentar socorrerlo.
—Primer Encantador… ¿se encuentra bien?
—S…sí —murmuró dolorido—. ¿D-dónde está Greagoir?
—Lo sabía… —gruñó el comandante templario mientras se levantaba—. Magia de sangre. Aunque dominar a tantos… nunca imaginé que gozara de semejante poder.
Elsa ayudó a Irving a reincorporarse. Sus ojos empañados apenas conseguían enfocar con claridad el rostro del Primer Encantador.
—Me dijo que no era un mago de sangre… —susurró ella para sus adentros. Quería que sus palabras fuesen reales.
—Nadie podría haberlo sabido, niña —indicó Irving con tristeza—. ¿Estás bien, Greagoir?
—¡Tan bien como cabe esperar dadas las circunstancias! ¡Si me hubieras dejado actuar antes, esto pudo haberse evitado! ¡Ahora tenemos un mago de sangre suelto y ningún modo de localizarlo!
Fugazmente, Elsa volvió al túnel donde Jowan destruyó su filacteria. Sintió rabia al ver la sangre derramarse y perderse en el piso. Ella lo había ayudado, maldita sea, ¡ella ayudó al mago de sangre a escapar! No merecía ser una maga del Círculo, había comprometido la vida de innumerables personas inocentes, y todo para nada.
—¿Dónde está la chica? —cuestionó Greagoir.
—E-estoy… estoy aquí, ser —respondió Lily con voz entrecortada, se había quitado el yelmo y se acercó desde una esquina, con la mirada perdida y el rímel de su maquillaje escurrido hasta la barbilla.
—¡Has ayudado a un mago de sangre! ¡Mira a cuanta buena gente ha hecho daño! —Señaló a tres templarios mal heridos: uno no podía moverse y el cuerpo del otro parecía haberse doblado en una forma inhumana.
Elsa quiso hablar en su nombre, pero las palabras no salieron de su boca. Todo lo que pudo hacer fue ver con impotencia cómo la joven iniciada era arrestada por dos caballeros. Lily no opuso resistencia, sus pasos parecían los de un muerto viviente. No merecía ese cruel destino, no merecía pagar por los crímenes de Jowan.
—Y tú. —Greagoir miró a Elsa—. Sabes por qué existe el repositorio. ¡Hay artefactos, objetos mágicos, que están guardados allí con un buen motivo! ¡Tus ridículos actos han dejado en entredicho a este Círculo! Has ayudado a escapar a un mago de sangre. Todas nuestras medidas de prevención han sido en vano… ¡Por tú culpa! Si fuera por mí, te ejecutaría en este preciso instante.
Las palabras del Caballero Comandante avivaron su furia. Durante su estadía en la Torre siempre bajó la cabeza y acató las órdenes de Greagoir sin protestar; siempre obediente, siempre la dama educada que se le enseñó a ser desde niña. Pero ahora todo lo que quería era decirle que se callara de una buena vez. Se mordió los cachetes, negándose a mirarlo.
—Elsa, querida niña, necesito saber… —le dijo el Primer Encantador—, ¿tomaste algo del repositorio?
—No, Primer Encantador —respondió con sinceridad, mirando sus propios pies. No había tomado nada, pero sus hombros sentían mucho peso, como si hubiese hurtado todos los artilugios de aquel lugar.
Una serie de pasos hicieron eco en la sala. El tintinear de una cota de malla hizo que Elsa alzara la vista. Era Duncan, el Guarda Comandante.
—Caballero Comandante. Irving. Si me permiten… —comenzó con elegancia—. No sólo busco magos para el ejército del rey. También estoy reclutando para los Guardas Grises. Irving me habló muy bien de esta maga, y me gustaría que ingresara en las filas de los Guardas.
—Duncan —intervino el Primer Encantador—. Esta persona ha ayudado a un maleficar, y ha mostrado una falta total de consideración por las reglas del Círculo.
—Es un peligro —añadió el comandante templario—. Para todos nosotros y todo Ferelden.
Duncan los miró, inamovible.
—Muy pocas personas lo arriesgan todo por un amigo necesitado, como ella. Me atengo a mi decisión. Reclutaré a esta maga.
—¡No! —objetó Greagoir golpeando su puño—. ¡Me niego a que esto quede sin castigo!
—Un desperdicio de su don —resopló el Guarda—. Ella puede marcar la diferencia en el campo de batalla.
—Ya sabes que Duncan puede invocar el derecho de llamamiento, si lo desea. —Irving puso una mano en la hombrera de Greagoir—. Debemos acceder.
—Greagoir, necesitamos a los magos —presionó Duncan—. Necesitamos a esta maga. Peores cosas asolan este mundo que los magos de sangre, ya lo sabes.
El Guarda se acercó a Elsa con pasos suaves. Greagoir apretó la mandíbula y bufó, apartando la mirada.
Elsa se mantuvo en silencio, con los ojos bajos y la cabeza palpitante.
—Acojo a esta joven maga bajo mi tutela y asumo plena responsabilidad por sus actos —dijo Duncan—. Siguiendo el derecho de llamamiento: a partir de ahora, ningún rey, señor, conde, noble o caballero tiene autoridad sobre ella.
Todo lo que Elsa quería era regresar a su habitación, acostarse en su cama y sollozar; pero no quería la pequeña y sofocante cama de aprendiz, quería la grande, cómoda y blanca que veía en sus recuerdos.
Greagoir respiró con brusquedad.
—Un mago de sangre escapa y su cómplice no sólo queda impune, sino que se convierte en Guarda Gris como recompensa. ¿Es que nuestras reglas no significan nada? ¿Hemos perdido toda autoridad sobre nuestros magos? Esto no augura nada bueno, Irving.
—Ser un Guarda Gris no es ninguna recompensa —replicó Duncan—. A esta joven le espera un camino lleno de deber y sacrificio.
Greagoir estaba a punto de responder, pero fue detenido por Irving.
—Ya basta —reprendió el viejo hechicero—. No tenemos más que decir en este asunto. —Miró a la platinada con ojos cálidos—. El Círculo jamás olvida a sus aprendices, pero los Guardas Grises serán ahora tu familia. Fue un placer tenerte con nosotros, Elsa.
—¿Puedo ir por mis cosas? —preguntó, mirando al vacío. Su bastón seguía en su habitación. También quería despedirse de Aylin.
—Me niego —gruñó Greagoir—. Te quiero fuera ahora mismo.
Irving lo miró con reproche; pero Elsa asintió en silencio, tragándose el nudo creciente de su estómago que la incitaba a maldecirlo en voz alta. Era lo que merecía.
—Ven —dijo Duncan—. Te aguarda tu nueva vida.
Elsa lo siguió en silencio, pasó junto al Primer Encantador y el Caballero Comandante sin siquiera se atreverse a mirarlos una última vez. El portón de metal seguía abierto, así que ella y Duncan salieron sin problemas.
Una sensación extraña la invadió al mirar el cielo estrellado por primera vez en trece años. Quería sonreír. De niña siempre le gustó observar las estrellas brillantes, imaginando que algún día sería capaz de alcanzarlas. Había olvidado esa bella imagen. Pero todo lo que veía ahora era una marea infinita a punto de devorarla. Casi sentía como si todo ese cielo se fuera a caer en cualquier momento.
Un viento suave llenó sus pulmones de frescura, pero todo lo que inhaló fue un olor similar al acre podrido.
Otro hogar perdido y, de nuevo, todo fue culpa suya.
