— Creo que di instrucciones precisas al respecto, así que no comprendo por qué razón ella está aquí. ¿No fui explícita? ¿Quién la dejó pasar? —exige molesta.

México le dedica una mirada molesta a su administrador mientras se dirigen a la sala de estar; lugar donde, le han informado, le espera un visita indeseada. Por toda respuesta, su administrador se encoge de hombros disimuladamente mientras le ofrece un gesto de resignación. México se limita a guardar la poca compostura que le queda para la conversación que le espera con la recién llegada. Debe actuar con cautela y mucha sensatez si quiere salir de una pieza de esta desagradable situación. Objetivo que le parece inalcanzable dadas las circunstancias. Las cosas serían distintas si no fuera porque la hacienda que heredó de su madre enfrenta el mismo problema una vez más en un corto periodo de tiempo. Es como si la suerte la esquivara haciéndole creer que todo ha pasado para luego presentarle la misma dificultad, pero duplicada, a la menor oportunidad. Tal parece que nunca se verá libre de este círculo vicioso. Siendo honesta consigo misma, México no puede pensar que esto pueda ser de otra manera. Su madre había sido una ama y señora de la hacienda muy severa, controladora y algo despiadada. Como resultado cundió el descontento contra su estilo de gobernar la casa entre varios de sus trabajadores, un número considerable de ellos, y siempre hubo que contratar apresuradamente a los reemplazos. Después de casarse, fue su marido quien pasó a tomar las riendas de la situación. Su padre no mejoró demasiado el trato, ni la administración, pero fue mejor aceptado de cualquier manera pese a que se limitó a hacer lo mínimo indispensable por la hacienda. Ahora que México ha recibido la estafeta, considera que no se ha desempeñado mejor que sus progenitores. Su popularidad no es la mejor, aunque tampoco la peor. Sospecha que en parte la causa radica en que es una mujer y no tiene grandes expectativas de un matrimonio ventajoso que proporcione esperanza para el futuro.

— Es ella, señorita —le asegura Veracruz, quien también les acompaña—. No hay manera de negarle la visita.

México hace una mueca, pero no comenta más. Debe admitir que no se tomó en serio eso de ser la dueña desde el principio. Cuando su padre les leyó el testamento que, aseguró, fue dispuesto por su madre poco antes de su muerte, ella creyó que se trataba simplemente de las precauciones que su padre mismo estaba tomando anticipándose a un segundo matrimonio. Sus hermanas y ella sospechaban que algo pasaba entre su padre y su ahora madrastra, mas en aquel momento nada parecía estar dado por hecho. Nunca pensaron que su padre en efecto contraería segundas nupcias tan pronto. Tampoco les pasó por la cabeza que fuera a dejarlas a ellas, a sus hijas, realmente a su suerte, siendo el reparto todo menos una farsa. México asumió que sólo legalmente ellas estarían a cargo de todo, no que ése sería el comienzo de una abrupta independencia. Independencia para la cual nunca se sintió preparada. No del todo considerando la gran responsabilidad que se le confió repentinamente. Con el reparto de una herencia que pudo haber esperado hasta que ellas mismas se casaran o, en el peor de los casos, a que su padre muriera, su progenitor depositó sin mucho cuidado una carga enorme en los hombros de cada una de sus hijas. Nunca miró atrás, y no era que tuviera muchos asuntos por delante. Tras el reparto, su padre se dedicó a vivir el resto de sus días encerrado en su biblioteca. Porque eso sí, se le vio más activo antes que después de haber desposado a su madrastra. Su madrastra. Tan sólo pensar en ella México vuelve a su realidad y a la dificultad que debe afrontar. Ella apenas y se detiene llegando ante la puerta de la sala. Lo hace el tiempo suficiente para relajar su semblante y tratar de preparar un saludo cordial para la mujer que la aguarda en el interior. Hospitalidad, cordialidad y diplomacia repite varias veces para sí, como si la mera idea de esos conceptos fuera a sacarla del apuro en estos momentos. No desea dedicar alguna de esas tres cosas a la persona que la aguarda en la sala, pero no tiene otra opción por el momento. Es mejor terminar con esto de una buena vez. México no va a darse por vencida fácilmente, menos aún ante una señora nacida en Europa.

— Es una grata sorpresa verla por estos rumbos, señora De Hispania —saluda México sin muestras de realmente estar contenta de verla en su casa y forzando una sonrisa amable en los labios—. ¿Cómo se ha encontrado estos días? Hace mucho que no nos visita.

La dama a quien se dirige se encuentra sentada en el mejor asiento de la sala. Su postura refleja elegancia y altivez mientras se inclina para depositar sobre la mesita central la taza de té que seguramente alguien le preparó apresuradamente. Junto a la tetera, también hay algunos bocadillos y pastelillos, pero no parece que su madrastra quiera perder su tiempo en una visita convencional. México la observa detenidamente. Su invitada está vestida acorde al último grito de la moda. Telas finas, pedrería de lujo, maquillaje impecable. Perdería su tiempo saliendo a comprobar que el carruaje y la vestimenta que llevan los servidores que la acompañan van acorde a la imagen que está acostumbrada a presentar. La mujer viene dispuesta a dejar claro que no debe ser ignorada. ¿A qué vino si no? Cabe aclarar que su madrastra sólo la ha visitado en una ocasión anterior y México hace tiempo que no pisa la casa de su padre, donde suele pasar la mayor parte de su tiempo, a causa de lo demandante que es la situación en la hacienda. Dadas las circunstancias que rodean su visita, la presencia de esta particular mujer no le causa sorpresa, menos aún una grata.

— De maravilla, Mexique. Me extraña que no estuvieras mejor preparada para mi visita. Quiero decir, supongo que no ignoras que he recibido noticias magníficas —le responde su madrastra con una sonrisa deslumbrante mientras dedica una mirada de desaprobación al vestido tan sencillo que luce su hijastra. México no reacciona ante su escrutinio, sospecha que no le va agradar comprobar sus sospechas acerca de la razón detrás del trato amable que está recibiendo—. Me complace ver que no se debe a que no gozas de salud. ¿Cómo van las cosas en la hacienda?

México reprime una mueca de disgusto, lo mínimo que se permite en otras circunstancias. No se hacía ilusiones de que su madrastra estuviera de paso para socializar. No obstante, le hubiera gustado descartar la posibilidad de que hubiera llegado para hacer negocios o entrometerse de la única manera en que le es posible dada la disposición de los bienes familiares. México no espera otra cosa de ella, aunque tampoco está muy contenta con haber estado en lo correcto. Lo que realmente le molesta es que necesita como mínimo un buen consejo. Está desesperada, más bien, un poco perdida. Requiere de asistencia y su madrastra no es un buen árbol a qué arrimarse. ¿Quién puede serlo realmente? Algunas veces, México quisiera tirar todo por la borda y darse por vencida. Le ha tocado la propiedad más alejada de la familia y rodeada de vecinos maliciosos. Cuando considera vender todo para al fin librarse de los problemas, desiste casi de inmediato a causa de su maldito orgullo. Mal administrada o no, esta pequeña hacienda es lo único que le queda de su difunta madre y de una de las ramas perdidas de la familia a la que su progenitora perteneció. Una familia orgullosa de su historia. No va a renunciar a su legado porque las cosas no sean como le gustaría. No va a deshacerse de todo lo que a su familia le costó construir en siglos. No permitirá que sus ancestros se avergüencen de ella a ese grado.

— Me imagino que no muy bien, Mexique —continúa su madrastra sin darle tiempo a responder, seguramente sabe de la situación de antemano—. Vayamos al grano. Asumo que tu administrador ya te ha puesto al corriente de los asuntos que me traen hasta aquí.

Esta vez México contiene un improperio de los peores que se sabe. He ahí el porqué está disgustada con su administrador. Se suponía que el hombre impediría que esta intrusa, perdón, su madrastra, interviniera en sus vidas de manera tan apabullante y autoritaria. Debió de suponer que ninguno de sus trabajadores, por más devoto que le fuera, iba a ofrecer resistencia ante el ímpetu de alguien que incluso está por encima de ella en la jerarquía. El resultado es que ahora su madrastra llega seguida de su séquito, se instala despreocupadamente en el hogar de México como si de su propiedad se tratara. No esperaba menos de uno de los últimos miembros de la familia Galia. En comparación, y pese a también provenir de una familia respetable, a México le cuesta mucho dejar claro que no es una Colonia. Que Dios le dé paciencia porque no puede hacer algo contra la grosera intromisión de su madrastra. Está segura de que su padre no dirá nada al respecto, ni siquiera porque vaya a quejarse con él. Supone que es por algo que él se casó con la mujer que tenía dominada a la crema y nata de Europa. Seguramente su padre no pensó en la posibilidad de que traería ese terror a América, en particular a su familia. Algún beneficio ha de tener el enlace. Lamentablemente es uno que México no alcanza a apreciar.

— Por supuesto, señora De Hispania. Estoy al corriente, pero antes de darle una respuesta quiero saber si el interesado ha hablado con mi padre. Asumo que en su defecto usted ya le ha informado, pero usted sabe tan bien como yo que eso no es apropiado. Por tanto, puede estar segura de que rehuso entrar en semejante acuerdo sin el consentimiento explícito de mi padre, ni su entera intervención. Debo añadir que no veo el beneficio de un enlace como el propuesto —declara México con repugnancia mal disimulada.

El único beneficio que puede apreciar por tener a Francia Galia como la señora De Hispania, su madrastra, es que puede tener la certeza absoluta de que el hijo de ella no la agobiará más con sus propuestas malintencionadas. Al menos por una temporada. El señor Reino Unido Britania habrá sido un retorcido catrín con una descendencia igual de insoportable, pero México admiraba su habilidad para mantener a sus hijos a raya mientras Dios se lo permitió. A su muerte, su viuda y sus hijos decidieron desentenderse unos de los otros, dejando a los herederos del difunto Britania libres de hacer lo que les viniera en gana. En particular, uno de ellos decidió hacer la vida imposible a sus vecinos, entre los que se cuentan México y sus hermanas. Esto tan solo tuvo fin después de la boda de sus respectivos progenitores vivos entre sí. Su hermanastro no podría romper con las buenas costumbres, no por el momento. Primero tiene que ser realmente poderoso o que los Galia caigan en desgracia. Para el alivio de todos, ambas cosas no asoman en el horizonte de un futuro inmediato. Lo que no significa que ahora las hermanas Hispania estén libres de toda amenaza. La esposa de su padre consideró más apropiado encargarse de sus nuevas hijas que hacerlo con sus propios vástagos. Como resultado, aunque Estados Unidos no se atreva ni a mirarlas de reojo, su querida madre planea sus destinos a su conveniencia. Eso es tener mucha suerte, especialmente para México. Nótese el sarcasmo.

— ¿Es que tienes una oferta mejor, Mexique? —se mofa su interlocutora haciéndole hervir la sangre—. Dudo que la opinión de tu padre, o su mera intervención, valga de algo en este asunto. Es un hecho. Además, te puedo garantizar que no llegarás a tener mejor oportunidad que ésta, ma chérie. Me cuesta imaginar que tengas algo mejor que hacer que escuchar y obedecer. No estás en posición de rehusar nada. Te informo que tu padre está enterado y no se opondrá mucho que digamos. Tómalo como que él sabe apreciar mejor que tú la oportunidad que se te ofrece, en especial cuando puedes volver a ser un Imperio. Reconozco que hasta a mí me ha sorprendido, lo creía falto de sensatez.

México aprieta los puños con fuerza, reprimiendo las ganas de lanzarle a la cara uno de los pastelillos dispuestos para recibirla. No sería la primera vez que intenta no cometer contra su madrastra ese tipo de barbaridad. Ella ha dicho Imperio. El asunto en cuestión es delicado para México, tanto así que es un tabú entre sus servidores. No es muy amable de su parte recordárselo. ¡Desde luego que ella tiene mejores cosas que hacer que soportar los aires de grandeza y la insolencia de su madrastra! Tiene los pendientes de sus tierras, de la gente que está a su cargo y que hace su mejor esfuerzo por mantener la hacienda funcionando. Acaban de pasar una de sus peores temporadas y no desea ver cómo la escasez destruye su propiedad una vez más. No desea enfrentar otra dificultad igual a la de hace un par de años, pero no está en condiciones de pedir otro préstamo. Su hacienda no ha producido lo suficiente como para saldar las deudas que ha contraído en el intento de resistir la sequía y la pérdida de ganado. No tiene dinero, ni mucho menos puede darse una vida decente. Parece que la ruina es inevitable. Eso y más ya le costaron en alguna ocasión el título de Imperio. Uno que obtuvo demasiado fácil e inmediatamente después de su toma de posesión de la hacienda. Su peor pesadilla es que ahora sus problemas le vayan a costar algo más caro todavía. No hace falta agregar que su madrastra viene a aprovechar su desgracia.

— De este lado del mundo ese título es lo que menos nos importa. Valoramos más nuestra independencia y libertad —espeta México en un intento desesperado por imponer algo de respeto.

No es su mejor argumento, pero es verdad que valora el título que se ha ganado a pulso y que le ha costado mucho conservar. De nada sirve haber sido presentada como una joven República ante las familias más importantes de América, si ni siquiera puede sostener su hacienda. Quizá una República promedio no tiene la influencia, ni el poder de un Imperio, pero es capaz de mantener su título respetable. Aunque nada se compara al hijo de su madrastra. Estados Unidos le está dando el lustre necesario para hacerlo respetable, impresionante y muy popular. El joven Britania sabe sacar partido de cada circunstancia con que cuenta. México, al contrario, no goza de tan buena fortuna. Basta recordar con qué facilidad fue obligada a participar en el penoso desfile por la mujer con la que ahora habla. Una desgracia a la que también se verán sometidas sus hermanas si nadie pone un alto a esta locura. Es obvio que su madrastra busca crear alguna conexión útil para su propio beneficio. Sólo que olvidó un pequeño detalle: las hermanas Hispania carecen de una generosa dote y de una familia aún poderosa que las respalde. A decir verdad, empezó con México para experimentar y tantear el terreno con la que considera su peor hija. Sobra decir que su plan no funcionó como esperaba. Cuando menos, no lo hacía hasta hace relativamente poco.

— Todos pasamos por la fiebre de la rebeldía propia de la juventud, ma chérie. Yo al menos lo hice, pero eso no dura mucho —declara su madrastra con condescendencia afectada—. Tarde o temprano debemos despertar del sueño de la inocencia. Tu deber es hacerlo pronto por tu familia, por tu padre, por tus hermanas.

"Y por usted" quisiera agregar México disgustada, pero no lo expresa en voz alta. En todo caso, lo único que podría admitir a regañadientes es que no está en condiciones de negociar nada. Ella no pudo mantener el título de Imperio y, ahora que ostenta el de República, su familia no es de gran ayuda con su reputación. Su padre tiene fama de desobligado. Algunas de sus hermanas carecen de la recomendación y el comportamiento propios de señoritas de sociedad. Algunos de los servidores de cada miembro de la familia ocasionan más daños que beneficios. En general, los Hispania han perdido poder y fortuna con el pasar de las últimas generaciones. La familia de su madre está extinta casi por completo, pero conserva un poco de importancia local. No hay nada interesante por rescatar en conjunto.

— ¿Por qué debería? No soy la mejor candidata —desafía México con petulancia.

Es evidente que está desesperada. Se siente ridícula intentando salvar lo insalvable. De nada cuenta que, según la mayoría de quienes les rodean, y entre ellos su propio progenitor, Perú y México sean lo más cercano a algo decente que la familia puede ofrecer. Perú es la más guapa, educada y agradable, pero México suele ser considerada la que más se le acerca, casi su igual. Ambas tienen las propiedades y administraciones más prometedoras bajo el supuesto cuidado de su padre, pero tampoco es que sea una ventaja palpable. Tanto es así que una parte de los servidores de Perú y todos los de Bolivia, una de sus hermanas menores, quisieron entrar en conversaciones para negociar una asociación. Una especie de alianza que permitiera pagar las deudas y obtener ganancias reales. Perú nunca estuvo muy convencida. Sencillamente pensó que, de llegar a contraer matrimonio alguna de las dos o ambas, la asociación sólo les causaría problemas. Tener herederos sólo complicaría más las cosas. Como resultado, la asociación fracasó. El resto de sus hermanas también tiene sus propias dificultades. Paraguay suele ser ignorada por todos, así que cada vez que puede suele refugiarse en su biblioteca sin que nadie note su ausencia. Su desempeño como propietaria se ha visto obstaculizado más de una vez por algunos vecinos suyos, pero ha sabido sobrevivir por su cuenta. Cuba suele deambular por ahí en busca de una alianza ventajosa sin demasiado decoro ni pensarlo demasiado. La suerte no le ha sonreído demasiado, pero tampoco la ha arruinado.

— Pero es a ti a quien quieren, no a alguna de tus hermanas, Mexique. Eres afortunada. Hay quien te valora por lo que eres —recalca su madrastra con ferocidad, es notorio que comienza a perder la paciencia y el buen humor.

De reojo México nota que su administrador se muestra agitado ante el intercambio poco fructífero entre ambas mujeres. México sabe de sobra la razón de su inquietud. El problema no se queda en una propuesta indeseada y una dificultad financiera significativa. Cala más al interior de su núcleo más cercano: algunos de sus servidores apoyan la intervención de su madrastra. Lo ven como la solución a todos sus problemas, con el plus de la elevación de rango de su señora y las posibles ventajas que eso traiga. Algo que consideran que sólo podrá obtener gracias a este enlace. El resto se escandaliza ante la mera idea de ver a su señora vendida al mejor postor. Consideran que ella no necesita grilletes de ese tipo, pues la consideran capaz, madura y preparada como para vivir por su cuenta y dirigir la hacienda. Todas esas cualidades, pese a que agradece el apoyo, de nada cuentan para su madrastra. La suya, que es la opinión que importa, es que es más que evidente que México no sobrevivirá sin un marido. No hace falta precisar quién terminó haciendo valer su voluntad por la fuerza.

— ¿Y se puede saber cómo es que alguien importante se ha dejado engañar, señora De Hispania? —indaga México con recelo y sintiéndose derrotada.

El inicio de su calvario ocurrió cuando tuvo que desfilar por Europa. Ahí fue presentada ante las familias más influyentes y acaudaladas que contaran con hijos solteros, ninguno heredero, eso sí, pero la conexión lo valía. Todavía se estremece al recordar la mirada escrutadora con que cada miembro de las familias propietarias de algún título de Imperio, Reino o Principado la evaluó. Se sintió humillada y quería gritar de pura impotencia, mas hubo que controlarse. Estaba indefensa y sola, a la completa merced de su autoproclamada nueva madre. En efecto, no iba acompañada de aliados, ni familia que la socorriera. Siempre dudó que aquello pudiera tener algún sentido, menos todavía éxito. Ella no tenía nada bueno que ofrecer y sí bastantes problemas. La única que podría haberles impresionado de alguna manera era Perú, pero su gemela, la más bonita y amable de las dos, estaba reservada para el final. Por tanto, su querida hermana no estuvo ahí para causar sensación. No todavía. Está en manos de México que nunca lo haga.

— Nos estamos volviendo razonables, ma chérie —celebra su madrastra con satisfacción genuina depositando un sobre sobre la mesa—. Aquí está el resto de los detalles e instrucciones para tus servidores. Que quede claro, petite fille, nada es negociable. Tu futuro prometido, un sobrino mío de buen linaje, vendrá dentro de pocas semanas para firmar el contrato. Aprovechen para conocerse. Mientras tanto, yo me encargaré de prepararte. No pienso permitir que me avergüences con tu falta de educación y modales ante mi familia. Mon Dieu ! A veces pareces una salvaje. Para cuando Autriche llegue, habrás dejado de ser una simple pueblerina para haberte convertido en toda una dama. Confía en mí ahora que estamos próximas a ser familia de verdad, Mexique —prosigue la mujer al tiempo que la mandíbula de la mencionada se tensa y su mirada se endurece—. Te dejaré por ahora, pero mañana mismo empezamos con los preparativos —termina segura de que no encontrará oposición a sus demandas.

México permanece clavada en su sitio al tiempo que fulmina el sobre con la mirada. Su madrastra sale de la sala dando órdenes a diestra y siniestra, como si acabara de comprar la hacienda. Para México está claro, no tiene más opción que someterse por el momento. La joven Hispania frunce el ceño al recordar lo que ya sabe del querido sobrino de su madrastra. En efecto, México puede decir que el señorito Austria Germania le resulta conocido de alguna manera. Nunca fueron presentados debidamente, ni se cruzó en estricto sentido con él en alguna ocasión. Él no fue muy social mientras ella estuvo en Europa. Así que eso no cuenta para ella. En realidad, ella está considerando las ocasiones en que cerró algún que otro negocio de poca importancia con miembros de su familia, incluido él, pero no trató con ninguno en persona. Sólo representantes y apoderados, ella también envió los suyos. Si llegó a estar de visita, acompañado o no, en América fue porque ahora también era el hogar de su tía. Ella y sus hermanas pasaban la mayor parte de esas visitas fuera del alcance de la vista por instrucciones de su madrastra. Eso no les impidió saciar su curiosidad por la misteriosa parentela. Los Germania, por ejemplo, destilaban poder. Incluso su padre gustaba de bromear diciendo que los hijos estaban en edad de dominar al mundo. Lo decía a medio camino entre la burla y la aprehensión. Pese a su imponente presencia, ni Imperio Austriaco, ni el resto de los visitantes despertó mucha simpatía en la familia Hispania. De ninguna manera impresionaron a las dos hermanas menores, a quienes les gustaba espiar desde la ventana cada vez que les era posible. Así que no serían objeto de estima de las demás, que tenían suficiente con los comentarios de sus hermanas. No era para menos. Con una Galia en casa, se presentaba gente distinta a la puerta. Su madrastra recibía muchas visitas, pero gustaba de mantener todo en secreto y recibirlas en privado. Detalle que a las hermanas les resultaba sospechoso y extraño. Les daba la sensación de que la nueva señora De Hispania ocultaba algo. Más aún porque los que nunca se presentaron en el nuevo domicilio de ella fueron precisamente los hijos de su primer matrimonio.

— Vamos a salir de ésta, le doy mi palabra, señora —promete su administrador, quien con su declaración de lealtad saca a México de sus más negros pensamientos.

El hombre incluso le sonríe en un intento por darle ánimos. Si fuera así de simple, no se preocuparía. Menuda suerte la suya. Un Germania que no se dignó dedicarle la menor cortesía cuando hubo oportunidad. El mismo que parece ser cercano a su madrastra, con lo que el joven es clasificado como despreciable de inmediato. Hijo de la única madre que la miró calculadora, comprensible ahora que sabe que pensó en su hijo menor. La misma señora distinguida resultó ser la buena amiga y prima de su madrastra, además de la mismísima esposa del cabeza de familia de los Germania. De no haber sido aquella vez por los servidores que rechazan su posible compromiso, los cuales se inventaron un pretexto para que regresara a casa antes de lo esperado, su madrastra la hubiera entregado en bandeja de plata a esa mujer o al primer cretino que le hubiera visto el beneficio. Creyó ingenuamente haber escapado a ese destino. Qué equivocada estaba. De inmediato México sacude la cabeza con violencia. Prefiere no darle tantas vueltas al asunto.

— Nos encomendamos a Dios —repone ella a sabiendas que ni la promesa de su administrador ni su plegaria serán suficientes—. Juárez, asegúrate de no darle tantos problemas a la señora De Hispania y dile a Miramón que la atienda lo mejor posible. Que le ayude Mejía de ser necesario, pero no quiero a nadie más a su servicio. Dile a Ciudad de México que necesito hablar con él, es urgente.

— Como ordene, señora —asegura su administrador, no menos convencido que ella, antes de retirarse a cumplir su encargo.

Una vez sola, México se permite tomar asiento y soltar un suspiro con resignación. Toma entre sus manos el sobre que le ha traído su madrastra con aire pensativo y sin la menor intención de abrirlo. Su situación no podría ser peor. No espera nada bueno de esa visita que le han anunciado, ni de su madrastra, ni de nadie que apoye este compromiso. Va a buscar la manera de burlar las cláusulas del mismo o, en el mejor de los casos, anularlo. Entre tanto, va a rezar mucho para que todo salga bien. Eso es lo último que le queda.

— ¿Me mandó llamar, Jefa? —su Capital entra en la habitación algo consternado.

— Sí, Ciu. Necesito a nuestros mejores abogados. Tenemos que anular un contrato —anuncia México con la mayor convicción de que es capaz, entregándole a su vez el sobre.

Honestamente, México nunca creyó que no hubiera una posibilidad contra el maldito compromiso como mínimo, pero ahora comprueba cuán equivocada estaba. Ni por un instante pensó en firmar los documentos que le presentaron en cuanto supo de qué iba el negocio. Tampoco es que hubiera hecho falta su consentimiento por escrito antes o que haga falta ahora. Su firma es un mero convencionalismo que nunca pensó cumplir. Eso no le impidió creer por un instante que estaba a nada de librarse del matrimonio que le imponían. Su lema había sido desde el principio que antes muerta que casarse con un Imperio. Ahora no está tan segura de su firmeza, tiene la prueba ante sí. En estos momentos sostiene una pluma entintada con su mano, los documentos dispuestos frente a ella y encima la mirada impaciente de su madrastra apremiándole a estampar su nombre en donde es necesario. No es ningún alivio saberse de memoria los pormenores del trato. Lo único que México lamenta es la pérdida de tiempo, recursos y esfuerzo. Ella y sus servidores se dedicaron en cuerpo y alma a revisar los documentos del compromiso y del contrato prenupcial de principio a fin. Lo hicieron buscando una falla, un punto ciego, lo que fuera que les diera oportunidad de apelar. Zacapoaxtla y Puebla encabezaron al grupo que revisó las condiciones de estos documentos. Hallaron todas las ambigüedades e irregularidades que pudieron haber valido la anulación. Eso casi le supuso a México una victoria segura, pero no hubo ruptura del compromiso como desenlace. Su madrastra quería verla casada con su sobrino y se aseguró de que así fuera. A México le duró poco el gusto de haber visto caer a una grande, pero, hay que ser honestos, la mujer en cuestión sólo la había subestimado demasiado.

— Vamos, Mexique. ¿Qué estás esperando? Esto tiene que estar de camino a Europa mañana por la mañana —le exigen sin mucho tacto—. Autriche se ha retrasado un poco, pero esto tiene que quedar listo cuanto antes.

México mantiene suspendida la pluma sin atreverse a mover un músculo. No le recuerden al ingrato de ese sobrino que ni siquiera ha encontrado tiempo para firmar el contrato de su vida. Su mente podrá estar inundada de pensamientos de lo cerca que pudo haber estado de evitarse esta situación o del modo en que podría haber aprovechado que Imperio Austriaco no termine de llegar, pero también está ocupada con otra cosa quizá más espeluznante. Algo más real. Frente a ella, descansando en el mismo escritorio ante el cual se encuentra sentada, ha sido colocada una pequeña caja de terciopelo negro. La misma que su madrastra trajo para, según ella, celebrar oficialmente el compromiso. Esto no era lo que esperaba ni remotamente. Siendo honesta, no esperaba mucho de su prometido. Con todo, cree que no acaba de salir de su asombro. Adivina el contenido de la caja, pero no comprende por qué tiene que ser su madrastra, y no él, la que se la ha presentado. No esperaba nada afectuoso y atento de su parte, aunque sí un poco de cordialidad y atención. Es inaudito que tengan tanta prisa como para ser tan insolentes.

— ¿Lo ha enviado él? —articula la pregunta con dificultad, su incredulidad es mayúscula.

No va a mencionar el nombre de su casi prometido en voz alta. No lo va a reconocer como nada de ella, ni como nadie ya que él mismo no es capaz de mostrar el mínimo de consideración aceptable para ella. No importa que en este instante esté plasmando su nombre en el papel que la relaciona con él legalmente. No va a reconocer este enlace ni porque sea el último que quede sobre la faz de la tierra.

— ¿Quién si no, Mexique? Obviamente este anillo es el que mi sobrino espera que su prometida use. Tengo entendido que él mismo lo diseñó y encargó para la ocasión —informa su madrastra entre irritada por su reacción y orgullosa del gran detalle de que fue capaz su sobrino.

A México le entran unas náuseas horribles.

— Si tan especial lo considera, ¿no pudo dignarse venir para dármelo en persona? —demanda, más que una pregunta lo que dice es una acusación cargada de censura.

— ¿Importa eso, jeune fille? Sólo asegúrate de llevarlo puesto de ahora en adelante y asunto arreglado. Los detalles carecen de importancia —espeta la mujer disgustada.

— No habrá quien no me vea con él puesto —asegura México optando por mostrar desinterés y abandonar la pluma en el tintero.

Lo dice para tranquilizar a su madrastra. Guerra ya la dió, pero finalmente ha perdido la partida y no puede darse lujos innecesarios. Hacer rabiar a su madrastra es uno de ellos. Por tanto, toma la cajita y la abre sin anticipación ni entusiasmo. El anillo plateado la saluda con su brillo. México lo toma con cautela y lo desliza en su dedo sin mucha ceremonia. Contempla la sortija en su mano, intentando apreciar el cambio positivamente. Primeras impresiones y contexto aparte, el resultado no es tan malo como supuso. La plata ayuda a que los dos pequeños rubíes dispuestos a los lados no se pierdan en el color de su piel. El diamante que los separa, más grande que ellos, brilla demasiado para su gusto. En conjunto, el anillo no luce exagerado, ni desproporcionado. Es más, es elegante, discreto e imponente. Se ve tan bien que pareciera que esta cosa estuviera dispuesta a burlarse de ella con su deslumbrante presencia. Debe reconocer que el engreído de su prometido tiene buen gusto. Venderlo le serviría más que llevarlo puesto.

— Mi sobrino aprendió bien de mi lado de la familia —comenta su madrastra visiblemente complacida con el anillo—. La elegancia requiere de sencillez para ser auténtica.

México hace una mueca. Ni que le importara algo de eso. La joya podrá ser lo que quiera, pero solo será eso. Una garantía de buen gusto. Nunca de algo más, menos de buenas intenciones.

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