Ha estado intentando relajarse por todos los medios que su limitada situación le permite sin mucho éxito. Sentada frente al tocador de su habitación, México observa a través del espejo a Nuevo León terminar de arreglar su peinado. Su propio reflejo le permite apreciar a México que el resultado es apropiado para esta noche. Es como debe ser, pero la expresión en su rostro no transmite la más mínima satisfacción. Su vanidad no encuentra motivos para alcanzar su plenitud. De tan sólo pensar en la causa de su desdicha, ella siente cómo la tensión se apodera poco a poco de su cuerpo. México alisa su falda en un impulso desesperado por mantener la calma, pero se detiene a medio camino por temor a que la brusquedad de su movimiento arruine sin querer la tela. No puede permitirse un descuido así. No cuando su madrastra ha terminado por aprobar su conducta lo suficiente como para no enviarle a uno de sus servidores para supervisarla. La poca libertad que pueda obtener quiere conservarla a cómo dé lugar. De otra manera no podría haber elegido vestir uno de sus trajes, de los mejores que tiene incluso, para presentarse a la reunión oficial con su prometido. Dadas las circunstancias, necesita sentirse lo más cómoda posible y este conjunto es una buena elección. El traje forma parte de una serie de prendas hechas a mano por cada uno de sus Estados, con mucho esmero, para una ocasión especial. Éste fue confeccionado por Veracruz. Como con el resto, México esperaba usarlo para una ocasión realmente especial. Así que es comprensible que lamente profundamente que la oportunidad que tanto esperó para estrenarlo tenga el tinte de un compromiso, peor aún de este tipo. El hombre para el que supuestamente se arregla no merece el esfuerzo. No merece las atenciones de nadie; ni siquiera las de Hidalgo, quien acudió a ella a primera hora de la mañana para comunicarle en persona que su padre había decidido que él atendiera personalmente al Imperio para vigilarlo más de cerca. Hidalgo quiso saber de qué podía disponer para cumplir una orden que hasta cierto punto no podía rechazar. Ella tuvo que dar su consentimiento, pero no supo, y no lo ha determinado hasta ahora, cómo tomarse el hecho de que su padre al menos pretende dejar claro de lado de quién se encuentra. México contaba con que no le faltara el soporte de sus servidores, el de su padre no le sirve de mucho si no va a actuar por sus propios medios. No logra explicárselo. Estaba segura de haber oído a su madrastra quejarse sin cesar de que el señor Hispania, quien desgraciadamente es su marido, tiene un marcado desinterés por este compromiso y, en general, por todas las cosas asociadas a la noción de responsabilidad. ¿Qué hace su padre haciendo este tipo de encargo a uno de los Estados de su hija? ¿Tiene autoridad para eso sólo porque es su padre? ¿Es que no piensa hacer más que enterarse de primera mano quién es su futuro yerno? México frunce el ceño disgustada ante la dirección que están tomando sus pensamientos.

— Hemos terminado, señorita —anuncia Nuevo León en cuanto termina con su tarea. Se la escucha satisfecha con su trabajo.

México interrumpe su reflexión al oírla. Se observa con detenimiento a través del espejo. ¿Hace cuánto que no se permitía este tipo de lujos? El cambio le hace sentirse bien, pero... Ahí va de nuevo. Debe parar antes de avergonzarse de lucir tan arreglada cuando su gente no tiene ni para comer.

— Siempre me sorprendes, Nuevo León —aprecia México tratando de acomodarse en distintas posiciones para apreciar su imagen por completo.

— Esta noche debe lucir su mejor versión, independientemente de la situación, señorita —responde su Estado tomando una distancia respetuosa para hacer una ligera reverencia.

México se obliga a no sollozar. Debe ser fuerte, necesita serlo desde antes de poner un pie fuera de su habitación. No puede permitirse flaquear ni antes, ni después, nunca. Debe comportarse. No necesita derrumbarse frente a nadie, en especial no delante de su familia, su madrastra y las visitas.

— Estado de México acaba de informarnos que las visitas se encuentran reunidas con los señores y que la esperan para cenar, señorita. Ciudad de México no debe tardar —anuncia otra de sus Estados acercándose a ella—. A nombre de todos los que no podemos acompañarla, señorita, le deseo toda la suerte que sea posible. Nuestra lealtad está con usted.

— Es todo un detalle de su parte, Jalisco —corresponde México, no puede evitar conmoverse.

— Habla por todos sin excepción —concuerda Nuevo León.

México sonríe agradecida a sus damas de compañía. Va a necesitar toda la suerte y la entereza de espíritu que se pueda. Esta muestra de apoyo le da el último aliciente para hacer acopio de todo el valor y toda la determinación de que es capaz para dirigirse a la reunión que se avecina sin desfallecer en el intento. México se pone en pie, irguiéndose lo mejor que puede, y respira hondo. Tiene que relajarse o su madrastra será más insoportable de lo que ya lo es habitualmente. Complacerla es imposible, así que México no se explica por cuál razón, supone que poderosa, se toma la molestia de intentarlo. Lo de menos es superar imprevistos de última hora. El auténtico reto es lucir francesamente presentable. Eso es inconcebible para cualquiera que no sea su madrastra o, en su defecto, un Galia de los pies a la cabeza. Su madrastra no merece tanta dedicación, tampoco el tal Imperio Austriaco. No obstante, aquí está, en la intimidad de su habitación, empeñada en lucir lo mejor posible. Siendo honesta, le importa poco estar tan presentable como su madrastra desea que se muestre. Ella no es del tipo que se anda con pretensiones absurdas de ningún tipo. Lo que la motiva muy en el fondo a esforzarse es no avergonzar a su familia. Se siente atrapada entre resignarse a su suerte o acabar con esto de una buena vez, sin terminar de decidirse. Ocurra lo que ocurra su consuelo es que, al menos, se ve como ella misma en su mejor versión. Admite que no le gustaría parecer demasiado descuidada. Tiene claro que no le hace ilusión conocer a su prometido, ni casarse con alguien de Europa. Sólo desea verse a la altura. Como alguien capaz de responder como se debe a lo que sea que demanden sus circunstancias. Tampoco es que espere que algo en específico ocurra, pero... ¿qué podría esperar de un prometido que ni siquiera se molesta en aparentar interés por ella? La actitud del Imperio supera la insolencia. No esperaba nada bueno de él y, pese a ello, se ha llevado una ingrata sorpresa.

— Tengo presente a cada uno de ustedes en cada paso que doy —declara México con solemnidad en su deseo por dejar claro que es digna del voto de confianza. Es la primera vez que sus servidores le hacen saber algo así explícitamente y eso significa mucho para ella—. Haré lo que sea por mantenernos a flote.

Lo cual será difícil y le costará caro. Es un hecho que, de ocurrir, esta unión fallará inevitablemente. El desagrado que su futuro esposo siente por ella es correspondido. El hombre será un Imperio, pero tiene peores modales que México. Ella desea vengar la afrenta. Es inmaduro de su parte, pero desea aliviar la herida causada a su ego. Merece respeto y consideración como dictan las buenas costumbres. ¡Por Dios, él no se ha molestado en rechazar el compromiso! Es, en parte, también su culpa el que ambos estén atrapados en este lío. No fue ella quien se le ofreció en bandeja de plata a él, faltaría más. Un matrimonio arreglado no involucra atracción sentimental de ningún tipo como premisa fundamental. La criaron para aceptar la frialdad del cálculo. Puede vivir con la ausencia de interés de este hombre hacia su persona. Lo que no puede perdonar es que él no ha intentado entablar una relación civilizada y cordial con ella. Se les designó vivir juntos y él no ha hecho nada por poner de su parte. Por supuesto que ella podría tomar la iniciativa, pero en algo tiene razón su madrastra: a México no le corresponde ese papel, al menos, no tan evidente. En teoría, él fue quien pidió su mano. Se supone que él es el principal interesado. Para la desgracia de México, la buena sociedad espera que el hombre actúe y que la mujer espere pacientemente a que algo ocurra. Nunca maldijo su posición en la vida con tanta pasión como ahora. Ya sabría qué esperar del sinvergüenza de no ser por eso. Pese a ello, puede decir que se da una idea. ¿Qué clase de marido puede esperarse de un hombre que acepta desposar a una mujer con la que ni siquiera desea aparentar? Hay de por medio demasiadas cosas como para darle al ingrato el desplante que se merece. Ella es hija de un Reino y descendiente de los Hispania. Adicionalmente es la legítima heredera de los Chicomoztoc, por parte de su madre. Ella es igual a cualquiera de las otras mujeres que él hubiera podido escoger como esposa. Incluso es igual a él, puesto que ostentó alguna vez el título que él conserva. Por más que México quiera hacerlo a su manera, su desprecio debe ser mostrado acorde a su posición. Ningún hijo de Europa va a ningunearla sólo porque se le da la gana. Su familia, decadente o no, pertenece a una casa noble. Hará lo que sea para hacerse respetar, a ella y a su nombre. Con mucha suerte, quizá eso sea suficiente para cancelar el compromiso. Otras alternativas podrían ser más efectivas, pero no quiere arruinarse, ni involucrar a otros en sus problemas. La dificultad reside en que no tiene claro si desea arriesgarse, ni qué tanto desea arruinarse. Para ella quedaría bien, pero no desea condenar a sus hermanas por su fracaso. Particularmente, no desea arruinarle la vida a Perú a causa de su desesperación.

— Señorita, he venido para escoltarla. Le esperan abajo —saluda Ciudad de México repentinamente desde la puerta abierta de su habitación—. Su señor padre y Doña Francia se encuentran en compañía de sus invitados. Sus señoritas hermanas desean que le haga saber a usted que la aguardan para presentarse juntas —agrega su Capital con cierta satisfacción—. Si se me permite opinar, diré que me alegra que no la vayan a dejar sola con aquél.

Las palabras de su Capital, en específico lo referente a sus hermanas, la inclinan a resolverse por favorecer una solución a su problema más prudente que arriesgada. Las circunstancias lo ameritan, así como la reputación de sus hermanas. Su madrastra se las ha arreglado para garantizar ninguna escapatoria. Eso está por verse. Por ahora debería alegrarse porque al menos puede ingeniárselas para tener la oportunidad de desquitarse y hacerle pagar la ofensa al Imperio.

— El tiempo ha pasado volando desde que se dignó anunciar que vendría por fin de visita, Ciu —observa ella dirigiéndose hacia la puerta para aceptar el brazo que le ofrece su Capital.

— Parece que el señor Germania lleva prisa por algo. Lo he notado ansioso y algo inquieto —observa a su vez la Capital —. Compadezco a Hidalgo, carga con la peor de sus encomiendas. Nadie sabe interpretar al sobrino. El caballero es reservado, distante, demasiado serio y muy grosero.

— La suerte que nos ha tocado —suspira México con pesar—. Intenta que nadie lo moleste demasiado, Ciu. Es un invitado de la señora De Hispania y no estamos en condiciones de buscarnos problemas con ella. Hidalgo tiene instrucciones, pero no le vendría mal que le eches una mano de vez en cuando.

— Como guste, señorita —ambos salen al pasillo. Su Capital permanece en silencio hasta que comienzan a recorrerlo en dirección a la planta baja—. Debo informarle que he recibido una carta de Lima —empieza con mucho cuidado de no ser oído más que por ella—. Reitera su intención de colaborar con nosotros. Si la aceptamos, planea enviarnos un servidor suyo que medie entre nosotros para continuar con los planes. El hombre en cuestión es de su entera confianza, incluido para lo que sea que se ofrezca. Parece que fungió por un tiempo como administrador de su señorita hermana y es abogado. Está calificado para actuar en caso de emergencia. No se preocupe, podrá pasar desapercibido con facilidad. Doña Francia no nos pone la suficiente atención y el Imperio ni siquiera nos conoce.

— Interesante. Perú no me ha mencionado algo al respecto. Supongo que todavía hay puntos ciegos por atacar si su Capital está dispuesta a continuar con nosotros. Ahora creo entender. Es por eso que la señora De Hispania me mantiene ocupada o aislada todo el tiempo —reconoce México con cansancio—. Hazle saber a Lima que aceptamos su oferta, Ciu. Veré si puedo hablar con mi hermana más tarde —y al vislumbrar en la distancia a sus hermanas ante las puertas de la sala en que las esperan, agrega en voz baja—. Es vital que nadie más sepa de las intenciones de Lima, Ciu.

Aunque parece que está aceptando su condena, eso no significa que vaya a doblar las manos y dejarse hacer. No caerá definitivamente sin antes dar un poco más de batalla. Independientemente de lo que desee, ella debe actuar acorde a sus actuales condiciones. Si llega la oportunidad de liberarse, estará más que dispuesta a aprovecharla.

— No se preocupe por eso, Jefa. Usted haga lo que tenga que hacer, nosotros nos encargamos del resto. No está sola —le asegura su Capital antes de saludar a las jóvenes reunidas y dejarla en su compañía.

México encuentra fácil el sonreír un poco esta vez. Por el momento, es hora de salir a escena.

Decir que ya tiene resuelto el asunto sería mentir descaradamente. Dado que el señor Hispania ha demostrado una indisposición sin reservas al salir a su encuentro, Austria no duda que se mostrará de acuerdo con su propuesta de negociar la anulación de un compromiso que no tuvo oportunidad ni de rechazar. Sin embargo, no contaba con un pequeño detalle: hablar con el padre de su todavía prometida resulta en la práctica toda una odisea. Debió de haberlo supuesto. Su tío carece del hábito de salir al encuentro de los invitados de su esposa para, como mínimo, darles la bienvenida a su hogar tal y como se espera de un anfitrión. Esta vez no fue muy diferente a las otras, salvo porque de hecho el señor Hispania se dignó recibirlos en persona. No es ninguna contradicción, aunque lo parezca. Su futuro suegro salió a su encuentro, les dio una escueta bienvenida y dio algunas instrucciones para luego desaparecer sin dejar rastro. Tan ausente como en otras ocasiones. Fue gracias a un comentario de poca importancia hecho por Ciudad de México a Hidalgo que Austria descubrió el pasatiempo preferido del señor Hispania: encerrarse en la biblioteca de la casa en la que se encuentre durante todo el tiempo que le sea posible. Austria no pudo creerlo en un principio, pero poco a poco le vio el sentido. Resultaba incluso lógico, comentarios y juicios personales aparte. A pesar de su descubrimiento y para su mala suerte, Austria no tuvo más remedio que dejarse guiar por los dos Estados, servidores tan leales a su prometida que resulta incuestionable su alineación en todo este asunto, a donde sea que tuvieran órdenes de conducirlo a él y al Coronel. Sin darse cuenta, terminó pasando el resto del día esperando poder escabullirse sin éxito. Primero, porque tuvo que revisar algunos detalles en su alojamiento. Luego, debido a que le invitaron a hacer un recorrido apresurado por la hacienda en compañía del Coronel e Hidalgo. Al final, a causa de que su tía quiso prepararlo para sobrevivir a su encuentro con los Hispania bajo el simple pretexto de querer tomar el té con él en privado. Para su mala, o quizá buena, suerte, en ningún momento se topó con algún miembro de la familia, ni otro servidor que pudiera indicarle el camino a la biblioteca. Aunado a eso, tampoco se dio la oportunidad de descansar ni un poco. Austria se resignó a esperar a que el señor Hispania se dignara aparecer, cosa que no ocurrió. Tuvo que esperar a la hora de la cena, pese a que no le entusiasmaba tener que participar en ella. No cuando su tía no lo ha dejado en paz desde su sesión de té con su eterna cantinela. No ve la hora de poder dejar esta casa de desquiciados, cuanto antes mejor o terminará peor que ellos.

Autriche, mon neveu, me alegra tanto que al fin podamos tenerte con nosotros —confiesa su tía una vez más olvidándose por completo de que el Coronel o su marido se encuentran también junto a ella y que, por tanto, está siendo grosera al ignorarlos completamente—. No sabes cuánto me complace poder presentarlos, a Mexique y a ti, después de tanto tiempo.

Austria reconoce el reproche implícito que lleva escuchando desde que llegó, mas no comenta algo en su defensa. Tiene sus pensamientos puestos en otro lado y no desea hacer partícipe de ellos a su tía. En particular porque Austria no juzga que sea adecuado tratar su propuesta con el señor Hispania frente a ella. No, definitivamente carecería de las condiciones adecuadas para exponer su causa. También tiene en cuenta el tiempo del que dispondría. Las hermanas Hispania, que no terminan de llegar, pueden aparecer en cualquier momento.

Querida, no agobies así al joven. Estoy seguro de que tu sobrino tuvo mejores cosas que hacer que perder su tiempo en este viaje. No lo culpo por eso —interviene el señor Hispania con tono reposado que, para sorpresa de los presentes, resulta bastante agresivo—. Da gracias porque al fin tuvo la disposición para nosotros.

Austria deja sin descifrar el posible mensaje oculto. Su tía está a punto de censurar la actitud de su marido, cuando un Estado de la casa la interrumpe para anunciar la entrada de las señoritas de la familia. Al poco después, un quinteto de jovencitas hace acto de presencia en la estancia. Austria se toma un momento para observarlas con detenimiento mientras saludan a su padre con una deferencia que no dedican a su madrastra. Lo que le lleva a preguntarse por la razón de tal diferencia, mas opta por dejarlo pasar para no perderse de otros detalles. Las hermanas Hispania al menos no distan mucho de lo que se dice de ellas. Austria identifica enseguida quiénes son las gemelas. Al momento se percata de que su parecido no permitiría confundirlas, ni siquiera por accidente. La que parece ser la mayor resalta entre sus hermanas por sus ojos dorados muy brillantes, una sonrisa amable en sus labios y sus ademanes realizados con extrema delicadeza. Austria encuentra a esta señorita muy sonriente y superficial para su gusto. En cambio, los fulminantes ojos plateados de su gemela son más fríos que un témpano de hielo, más amenazantes que la peor tormenta en ultramar, sin descontar que la sencilla fluidez de sus movimientos la hace parecer más genuina y natural. Se nota reacia a mostrarse afable. Por lo visto, las gemelas parecen dos polos opuestos se las mire por donde se quiera. Austria juzga suficiente su veredicto y pasa a la hermana siguiente en edad. Ésta es demasiado seria, todo en ella está sumamente calculado por lo que su afectación es insoportable. A Austria le resulta tan ordinaria que no sabría apreciar su belleza, si es que la posee. Tanto que decide estudiar a las dos hermanas restantes, quienes le resultan demasiado jóvenes como para permitírseles un comportamiento en público tan desenvuelto como el que presentan. ¿Cómo es que su tía permite aquello? De ese par de niñas tontorronas, la menor parece un flirt incorregible. La otra es bonita, sin ser notable, y parece ser simple. En general, ninguna es desagradable a la vista, aunque no por eso alguna podría ser considerada elegible para ser una esposa adecuada. Austria ahora entiende porqué su tía quiere casar a una de sus opciones más decentes primero. Eso le abriría camino al resto más fácilmente. Si le hubieran consultado a tiempo, Austria no hubiera escogido a alguna de las hijastras de su tía como nada. Ninguna es lo suficientemente atractiva como para estar tentado a plantearse la mera idea de cortejarla siquiera. Su tía no parece compartir su punto de vista, dado el plan maquiavélico que ha fraguado junto a su madre y su hermano.

Autriche, tengo el gusto de presentarte a mes filles —anuncia su tía cambiando de tono y actitud al instante, ignora abiertamente la expresión en los rostros de sus hijas al escuchar las dos últimas palabras que ha pronunciado—. Éstas son las hermanas Hispania: Cuba —señala al flirt incorregible—, Bolivie —se refiere a la simple—, Paraguay —mira en dirección de la seria y ordinaria—, Pérou —extiende su mano hacia la de sonrisa fácil y superficial— y Mexique —termina con la de mirada fulminante, quien tuerce la boca en respuesta—. Mexique, ma chérie, él es Österreich Germania, Imperio Austriaco, tu futuro esposo.

Austria la contempla sin expresión en el rostro, pero en el fondo se encuentra confundido. Es muy afortunado, nótese el sarcasmo. ¿Qué se trae esta República contra él si en su vida la ha tratado? Viene siendo reciente el que su atención esté puesta en ella, lo cual tiene el único objetivo de saber de quién debe deshacerse. No le ha quedado más remedio. Por ende, no ha podido ofenderla antes. ¿Será que ella tampoco quiere este compromiso y, en consecuencia, el matrimonio que implica? Le extraña porque, hay que reconocerlo, él es un buen partido en toda la expresión del concepto. ¿Carece de sentido común? Eso no es de importancia. En todo caso, el que no lo acepte es un punto más a su favor. Si la involucrada misma tampoco lo quiere, Austria supone que no tendrá que hablar con su padre. Será más fácil abordarla porque los obligarán a pasar tiempo juntos para conocerse mejor. Nadie tendría porqué enterarse de los pormenores de su acuerdo, tampoco de la negociación en sí misma. Mejor para él. Lo que menos necesita es a Prusia o a su madre entrometiéndose en sus asuntos, sin descontar a su tía y quizá a Alemania. En definitiva, resulta mejor negociar directamente la anulación con ella. Eso le viene como anillo al dedo, valga la ironía.

— Señor Germania, es un placer por fin tenerle de visita con nosotros —no tarda en afirmar su prometida con frialdad a la vez que corresponde a la actitud de Austria con su propio semblante inexpresivo.

Mientras habla, ella da un paso en su dirección, sólo uno, por lo que en realidad no se separa de sus hermanas. Permanece en su sitio, mirándolo fijamente, como si le retara a acercarse a ella. Más bien, como si le estuviera haciendo saber que le deja a él el esfuerzo real de aproximarse e iniciar la interacción. Por alguna razón que no logra definir, Austria intuye que su acción constituye algún tipo de prueba. Una prueba que él sospecha que no debe fallar, o como mínimo no tomarse a la ligera. De eso depende la disposición que a futuro ella tenga para con él y el nivel de probabilidad de que acceda a sus condiciones. O, por lo menos, eso es lo que le gustaría que justifique su reacción. Lamentablemente no es así. Austria corresponde casi por reflejo a la demanda implícita de ella haciendo el desplazamiento necesario para quedar frente a frente. Al tiempo que lo hace, Austria hace un esfuerzo enorme por no delatar la fascinación que ha reemplazado de golpe su propio desagrado. Ha sido suficiente un intercambio carente de todo tipo de interés positivo para afectarlo a tal grado que se ve forzado a recordar que tiene un papel que interpretar. Ante todo, debe ser un Germania sin más interés que el de cumplir su obligación con su familia, al menos por ahora. Una vez colocado frente a su prometida, ella le tiende de mala gana su mano enguantada en un estilo muy bien estudiado. Decidiendo ignorar que no parece tan falta de buenas maneras como creía, Austria toma su mano en la suya con la soltura de años de práctica para depositar un beso en el dorso de ésta. México permanece indiferente ante su gesto y también cuando él se incorpora. Austria se siente complacido por su indiferencia.

— El placer es todo mío, Frau Hispania. Me alegro de no haber demorado más para poder conocerla a usted y a su familia —declara a su vez, recordando que le corresponde decir algo, cualquier cosa—. Me gustaría presentarle a mi muy estimado amigo, el Coronel Argentinien del Lacio —agrega recordando que a su tía le ha importado poco dejar sin presentar a su invitado adicional.

Él no es grosero, ni está tan distraído, como para cometer esa falta de consideración. Pese a ello y a decir verdad, no le parece encontrarse por completo en sus cabales. No es para menos, le ha impresionado bastante el que le hayan destinado como prometida a un delicado y elegante guerrero a la espera de la oportunidad perfecta para lanzarse sobre el enemigo sin pensárselo dos veces. Austria debe tener esto último en consideración cuando busque negociar con ella o terminará maldiciendo eternamente su suerte de vivir rodeado de militares. Mas eso no es todo lo que le ha llamado la atención de ella. Aunado a esa personalidad suya, está su atuendo que no debería encajar con ella y que sin embargo lo hace de maravilla. Su prometida lleva un vestido blanco, con encaje, bordado a detalle, pero sencillo, incluso elegante. La falda es amplia y los hombros los llevaría descubiertos sino fuera por la fina tela que los envuelve. Sujetando esta tela se encuentra un broche de obsidiana con contorno de plata, en cuyo centro hay un águila de oro sobre un nopal, moldeado en cerámica, devorando una serpiente de jade. Atado a la cintura lleva un delantal negro, bordado con flores rojas, que le da una imagen hogareña sin quitarle la fiereza de su postura. Completando el efecto está su cabello castaño oscuro, recogido en un moño alto y adornado con claveles blancos y rojos. Su prometida resultó ser una mujer tradicional, pero con frescura, como no se las encuentra hoy en día en los altos círculos de Europa. Al percatarse de que de hecho piensa genuinamente eso, Austria se propone abandonar sus pensamientos arrobados lo antes posible y con algo de desesperación. Encuentra difícil de creer que ha estado todo este tiempo pendiente de los ojos tan expresivos de su prometida. Le resulta increíble porque le parece que la expresión en esos ojos plateados opacan cualquier defecto que su propietaria pudiera tener. Austria juzga que es la primera vez que se detiene a apreciar los atributos de una mujer de esa manera. Al grado de que él no puede evitar pensar en que su prometida es agradable, una amazona agradable. Debe parar antes de que sus pensamientos comiencen a divagar en direcciones no deseadas. No puede distraerse con ese tipo de tonterías. Ya hablará con ella más tarde, pero de otra cosa que no sea su súbita admiración por sus ojos. Afortunadamente, la atención la desvía la hermana de su amazona, la delicada oréade, quien decide que ha llegado el momento de poner fin a su frío encuentro. Austria agradece en silencio su consideración tan desinteresada.

— Es usted muy amable, señor Germania. Esperemos que disfrute su estancia con nosotros. Sean, usted y el Coronel Del Lacio, bienvenidos a América, nuestra tierra natal —declara la hermana mayor con una calidez que Austria casi jura que es natural.

Pone en duda su autenticidad pues conoce de sobra esa actitud de ciertas señoritas que, aún no estando interesadas, no desean herir los sentimientos de nadie y actúan tolerando todo. Opinión que el Coronel, que se ha adelantado hasta colocarse a su lado sin que Austria se diera cuenta, no parece compartir. Lo que le faltaba, al Coronel se le ha ocurrido que es buena idea dejarse impresionar por la hermana de su prometida. Prometida de la que piensa prescindir cuanto antes. Su suerte no podía ser mejor. Sus decisiones podrían repercutir cada vez más directamente en sus relaciones cercanas. Es verdad que al Coronel lo acaba de conocer, pero un amigo de su hermano bien puede convertirse en el suyo. Con eso, Austria acaba involuntariamente de añadir a su lista creciente de pendientes por evitar el arruinarle la existencia al Coronel, sin importar por ahora lo que eso implique o vaya a implicar.

— Es usted muy atenta, señorita Hispania —escucha Austria que el Coronel responde sonriendo y con un entusiasmo demasiado elocuente para la ocasión.

El intercambio es suspendido en ese preciso instante. La tía de Austria, ya no encontrando de interés el giro que toman las presentaciones, les apresura a dirigirse al comedor. La interrupción le permite a Austria recuperarse por completo de la impresión que acaba de llevarse en este primer encuentro con su prometida, la señorita México Hispania. Una vez de vuelta en un dominio absoluto de sí, Austria recuerda que le inculcaron modales y le ofrece su brazo a la joven. Su prometida le dedica una mirada entre indignada y suspicaz, pero no tarda en decidir que va a seguirle la corriente. Ella acepta por extensión que la escolte hasta su asiento y la asista para tomarlo, sin por ello ocultar su disgusto con lo que sea que no le agrade de toda esta situación. Sea lo que sea, Austria espera poder zanjar las dificultades lo antes posible y volver a casa, seguir su camino. Sin duda, su propósito se enuncia más fácil de lo que en realidad va a costarle cumplirlo.

— Y bien, Autriche, ¿quieres compartir con nosotros aquello que te entretuvo tanto que no pudiste venir a visitarnos antes? Te hemos estado esperando en vano por mucho tiempo. Tanto que creímos que nos ibas a fallar —empieza su tía justo después de que él mismo tomara asiento a la mesa.

Austria toma aire para ganar tiempo y pensar en algo sensato para responder. Intentará complacer a su tía, pero también busca hacerla callar. Quizá si finge seguirle el juego logre distraerla lo suficiente como para no advertir sus intenciones de disolución antes de tiempo. Pero si aprovecha y le lanza una que otra indirecta, podría recordarle que no todo es a su entera satisfacción en la partida. Tal vez eso sea suficiente para que abandone su empeño de hacerle sentir mal. Dos pueden jugar al mismo juego. Eso resultaría muy gratificante.

— De los Cárpatos, Tante. Eso debería ser suficiente para usted —empieza Austria buscando las palabras correctas—. Herr De los Cárpatos estuvo insistiendo por mucho tiempo que considerara un trato sumamente ventajoso. No se imagina lo difícil que fue para mí preparar hasta el último detalle con vistas a que un posible rechazo no resulte en un desastre.

Al oírle, su tía inmediatamente frunce el ceño con desaprobación. No comenta nada y dirige la conversación hacia un tema más trivial. Librado de los ataques de su tía, Austria logra notar que las gemelas le observan con detenimiento. Seguramente han entendido algo de lo que ha dicho, lo cual carece de importancia. Él no se detiene a suponer lo que pudieran concluir al respecto. Si entienden algo mal, con suerte jugará a su favor más tarde.

— Anticiparse a todos y cada uno de los movimientos de un socio tan importante es uno de los mayores retos que uno puede enfrentar en esta vida —comenta de improviso su prometida como si se tratara de algo de poca importancia de tan común que es—. Es admirable que alguien pueda lograrlo sin falla.

Austria le dedica un poco de su atención a la vez que alcanza a percibir una ligera sonrisa de aprobación y secreta complicidad de parte del señor Hispania para su hija. Nadie parece asombrado, así que asume que es algo habitual en la familia.

— La experiencia ofrece ciertas ventajas, más cuando se han enfrentado desgracias significativas —decide responderle a la espera de que ella halle algo con qué rebatir.

La parte superior del brazo izquierdo de su prometida entra en tensión con su afirmación. Por lo visto ella ha reaccionado apretando con fuerza su puño por debajo de la mesa.

— La experiencia jamás confiere infalibilidad perfecta. No conozco persona alguna que se haya beneficiado así de la experiencia de desgracias, sean éstas de cualquier tipo —replica ella, mas a Austria le es arrebatado el placer de contraatacar.

Mexique ! —reprocha de inmediato su tía acabando con el argumento—. Te he educado mejor que eso.

— Por supuesto, señora De Hispania. Nuestros invitados tendrán oportunidad de comprobarlo más tarde —alega su prometida con despreocupación descarada.

Austria no puede evitar sonreír, reprimiendo una carcajada. Ante sus ojos la joven no se ha desacreditado ni siquiera un poco. Todo lo contrario, está ganando puntos. Algo peligroso, si desea admitirlo.

Con su madrastra empeñada en que ambos actúen como si su compromiso fuera fruto de una relación normal entre personas desconocidas, estos días la tarea principal de México ha consistido en entretener a uno de los visitantes en particular junto con todo lo que cae automáticamente bajo esa categoría. Del otro invitado no hay porqué preocuparse. Hay quien está más que dispuesta a sacrificarse para no dejar abandonado al pobre Coronel mientras el resto de la familia se dedica a sus asuntos y México se las ve con su prometido. Tarea que le está resultando particularmente intolerable porque Imperio Austriaco se muestra más que inaccesible. México agradece que sea su gemela la persona que ha decidido sacrificarse con ella. Aunque, a decir verdad, ella sospecha de la inexistencia de un sacrificio de parte de Perú. Con todo, le agradece el gesto porque no espera del resto de sus hermanas ni de cerca algo parecido. Tan pronto como se terminó la obligación para ellas de estar presentes, el trío de jóvenes decidió desaparecer, no sin antes prometer volver otro día. Se trataba de palabras bonitas, pero vanas obviamente. Sin embargo, eso no fue lo que inquietó a México. Paraguay seguramente desapareció por el mismo rumbo que su padre, sino es que en verdad volvió a su hacienda. No puede estar tan segura del rumbo de las otras dos. La partida de Bolivia y Cuba es preocupante, porque seguramente fueron a chismear un rato por ahí antes de irse a casa. México sólo pide en silencio que no hayan ido donde la tía Rarámuri. Su tía gusta de aislarse por periodos de tiempo prolongados y a su regreso busca quien la ponga al corriente de los últimos acontecimientos. Ella y el tío Yaqui van a pegar el grito al cielo cuando se enteren de la nueva. México será miserable cuando los tenga que enfrentar. La única esperanza que le queda es que, para cuando sea inevitable encontrarse con ellos, ya se les haya pasado el disgusto lo suficiente como para que le sea más sencillo tratar con ellos civilizadamente. Estaba tan centrada en sí misma con su desventura que jamás pensó en cómo podía ser percibida su suerte por el resto de su parentela. De sus Estados y familia directa, así como del resto de sus servidores ya sabe qué puede esperar. Pero eso no es lo único que le preocupa. Viene siendo un objetivo constante, e inalcanzable, de unos días a la fecha el sobrevivir al silencio tenso, y consecuente tedio, que le produce pasar su preciado tiempo en compañía de su futuro esposo.

— ¿Quisiera hablar de algo antes de que esto se vuelva más incómodo, señor Germania? —aventura ella. Se escucha a sí misma con incredulidad, pero se obliga a continuar lo más afable que puede—. He podido notar en estos días que usted es de pocas palabras a menos que quiera defender un punto de vista contrario al mío y dejar en evidencia lo distintos que somos el uno del otro.

Intenta no parecer muy interesada, tampoco tan indiferente, ni desafiante, ni insolente. México ha aprovechado la ausencia de su madrastra para detener la música y hacer la observación. Oportunidades como está tiene pocas. Se encuentran sentados al pianoforte por instrucciones de su madrastra, quien insistió que México debía tocar algo para los invitados todas las tardes. Su justificación fue que, si no practica lo suficiente, ¿cuándo va a convertirse en una intérprete competente? A México jamás le interesó serlo, pero las circunstancias la orillan a complacer a la mujer que busca crear un terreno común de interés para ambos, y que de preferencia sea uno que haga sentir cómodo a su sobrino. Suma a eso que nunca en su vida se había sentido tan vigilada, tan obligada a ser lo que ni por asomo es. Éste es apenas un pequeño acto de rebeldía. Algunas veces México se pregunta qué hubiera sido de ella sin el empeño de su madrastra por verla casada. Hay tantas posibilidades que se termina mareando. El matrimonio no es el fin de la vida, por supuesto que no, mas sí la última decisión crucial de ésta, a su parecer. Se trata de la única oportunidad de una mujer de cambiar de situación, casa, hogar y familia. Como es casi irreversible, hay que elegir con cuidado. Una vez decidido sólo la viudez, la muerte o una anulación pueden deshacer el entuerto. Como eso es muy difícil de obtener por las buenas, casi siempre queda la resignación en el peor de los casos. Debería de abandonar sus cavilaciones. Sea lo que sea lo que hubiera ocurrido, su realidad es ésta. Ya sea sentada al pianoforte, ya sea dando paseos cortos por ahí, ya sea sentados en la biblioteca, ésa es su realidad: ellos dos siempre en compañía de alguien que se haya ofrecido de chaperón, o de vigilante, en turno. Una realidad en que la llegada de este Imperio sentado a su lado no trajo más que una cosa buena a la vida de su familia, que no de ella en particular.

— ¿De qué le gustaría hablar, Frau Hispania? —inquiere genuinamente interesado el Imperio.

Ella casi golpea las teclas al unísono de la impresión. No ha sido rechazada como esperaba. Eso ya es algo. Lo observa por el rabillo del ojo con cautela antes de reanudar la pieza que había comenzado. Necesita escoger con sumo cuidado sus siguientes palabras, pero se distrae pronto al ver de lejos la interacción de su hermana con el Coronel. México sonríe sin prestar demasiada atención a otra cosa. Ella suele contemplarlos desde la distancia. Sus observaciones siempre la dejan satisfecha. Las atenciones que el Coronel dedica a Perú parecen honestas, sin segundas intenciones. A primera vista el Coronel quedó encandilado con su hermana. Un hombre amable, que cuenta con buenas cualidades y que sólo tiene ojos para ella. Agréguese que se encuentra en mejores circunstancias en la vida que su familia. Lo anterior es sólo parte de lo que hace al Coronel especial ante los ojos de Perú. Está más que claro que su gemela es completamente parcial a él. México no podría pedir más para su hermana. Es más, se alegra por ella ante tan buenas expectativas. Si bien enamorarse no es algo que las mujeres se den el lujo de esperar para casarse, el que se tenga posibilidades de hacerlo con alguien tan conveniente no es desdeñable. Al menos le da vivacidad y calidez a un compromiso y a un futuro matrimonio. Demasiado bueno para ser verdad, hasta quisiera envidiar a Perú.

— De lo que guste mientras no sea polémico. No he tratado con usted en mi vida, señor Germania. No sabemos nada el uno del otro más que nuestras opiniones más contrarias. Si todo sigue así, esto no augura nada bueno para nuestro futuro juntos —elabora para allanar el terreno.

Al contrario de lo que México pudiera pensar, su madrastra es de otra opinión. La mujer apostaba tanto por Perú, que le causa molestia que sea México a quien realmente le sacará provecho. Considera que es un desperdicio tanto encanto de muchacha para un hombre que fácilmente caerá al título de República cuando su servicio militar acabe. El Coronel Del Lacio es por ahora una Confederación y, a diferencia de Imperio Austriaco, no está bajo el control del parentesco de su madrastra. Es pariente de una amiga suya, pero eso no es suficiente por obvias razones. Lo cual es un alivio para México en muchos sentidos. Sólo falta comprobar qué tan manipulable es. Con todo, la alegría que la mantiene optimista le dura lo que tarda en recordar el mirar frío e inexpresivo de su prometido clavado insistentemente en ella. Entonces, se recuerda a sí misma que ella no ha corrido con tanta suerte. Su prometido es una certeza absoluta y muy cruda, por desgracia. Si no se resigna, será su demonio personal. Si logra entenderlo, no será tan tortuoso vivir con él. Es difícil tratarlo dadas las circunstancias.

— ¿Qué quiere decir con nuestro futuro juntos? —inquiere él con un poco de alarma.

México tiene la impresión de que siempre está juzgando a los demás. Ella pudo notar el duro escrutinio a que sometió a su familia apenas puso un pie aquí y la desaprobación inmediata que le siguió cuando hubo terminado su inspección. El Imperio se ha limitado a observarla en la distancia y a discutir con ella desde entonces. A estas alturas ya ha de haber encontrado todos los defectos posibles ante los que puede fruncir su noble ceño. México en realidad no tiene ni idea, pero se lo puede imaginar sin dificultad. El hombre ha permanecido bajo el más absoluto silencio salvo las escasas ocasiones en que cree apropiado saludarla o dedicarle reflexiones que la inviten a debatir, sino es que oraciones muy breves para el resto de las oportunidades de tener un intercambio verbal. De cierto modo, no le ha dirigido la palabra propiamente dicho desde que llegó. México no quiere ni imaginar cómo será vivir con él su día a día. Su comportamiento tan peculiar comienza a pesarle más de lo que ya lo hacía. Ya suponía que sería un pretencioso altivo de mierda, pero no quiso afirmar nada hasta no comprobarlo. Viéndolo bien, el Imperio podrá ser de facciones agradables, incluso calificar como un hombre guapo, pero sus maneras y comentarios lacónicos, cuando no groseros y desafiantes, arruinan cualquier favor que pudiera hacerle su apariencia. Ahora que tiene la evidencia de que no se ha equivocado, tiene decidido averiguar de una vez por todas sus intenciones. Finalmente, su actual localización ante el instrumento le confiere tanto oportunidad de interactuar con él sin la cercanía de terceros, como de escapar a las exigencias de su madrastra de manera discreta. Pese a que parece ser amable, a ella le resulta difícil tratar a este hombre que va a ser su marido. México decide arriesgarse y aprovechar su buena disposición. Él parece estar pensando algo en específico, mas no ha entrado en detalles cuando le ha contestado.

— ¿Opina de otra manera? —inquiere México, no quisiera que se guarde su opinión de nada, por tanto se cuida de responder su pregunta.

Como Austria no responde de inmediato, México se prepara para insistir. Objetivo que no alcanza. En su lugar, maldice por lo bajo cuando ve a Hidalgo acercarse. Sonríe algo forzado en cuanto su Estado llega frente a ellos. Esta vez no deseaba ser interrumpida, pues en este pequeño intercambio se estaba dando una oportunidad que quizá no vuelva a presentarse. No sin medio mundo vigilando muy de cerca, principalmente su madrastra o alguno de sus servidores. Tendrá que ser paciente y esperar a que los astros vuelvan a alinearse. México abre la boca para recibir a Hidalgo, pero éste se le adelanta.

— Señorita, —le anuncia Hidalgo con ceremonia— la señorita Del Caribe Hispania acaba de llegar. La espera en la habitación contigua.

México se levanta de su asiento dejando para después sus intenciones de socializar con su prometido. Ella no va a anteponer sus asuntos con un desconocido a una charla con su amiga. Sin dedicar una palabra, ni una mirada de soslayo a nadie, se dirige a la puerta para salir de la habitación lo antes posible.

— Te encargo esto, Hidalgo —sonríe con ganas antes de desaparecer tras la puerta.

Una vez fuera, México recapacita lo suficiente como para sentir algo de culpa. No por su prometido, sino por su hermana. Perú se quedó sola con el Imperio, Estrasburgo, que no es apoyo de ningún tipo, el Coronel y la amenaza de aparición de su madrastra en cualquier momento. Detesta ser la causante indirecta de que la burbuja de felicidad de su hermana vaya a ser reventada. Tampoco es que pueda remediarlo, porque no piensa volver. Por lo que, haciendo a un lado su pesar lo mejor que puede, México continúa su camino. Perú está en buenas manos con el Coronel a su lado. México confía que el hombre sabrá cuidar de su hermana. Al fin de cuentas, ha sido muy atento y educado con la familia de ellas sin que la mayoría de ésta lo merezca. El Coronel sabe agradar a quien le rodee, pero México está segura de que es aún más auténtico con su gemela. Esto termina por convencerla de que el suyo no es un error tan grave. Pronto se olvida de todo al ver que Puerto Rico la espera en el pasillo, y no en alguna habitación vecina, con una expresión conspiratoria en el rostro.

— Veo que interrumpo una velada magnífica, inolvidable —saluda con una amplia sonrisa—. ¿Me equivoco, México?

— Oh, sí, la mejor de mi vida —contesta México en el mismo tono—. Gracias por venir, Puerto. No sabes lo bien que me viene tenerte aquí.

En seguida su amiga pasa a una expresión seria tan sólo oírla.

— No hagas tanto drama, México. Sabes bien que estás en camino de tener la vida que muchas quisieran —la regaña.

Ambas echan a andar alejándose por los pasillos atestados de servidores yendo y viniendo con los preparativos de lo que sea que su madrastra planee esta vez. Todos ellos demasiado ajetreados por causa de las instrucciones exigentes de la señora De Hispania con vistas a tratar como es debido a las visitas.

— ¿Con ese engreído que ni la palabra me puede dirigir? No me hagas reír, Puerto. Pasa que Su Majestad Imperial es un estirado detestable y yo no he tenido el valor de suicidarme, ni mandarle regresar por donde vino —bufa México una vez se encuentran a solas.

— Es un hombre de posición y alcurnia, México —reprocha su amiga manteniendo un tono de voz neutro y meneando ligeramente la cabeza, se le nota un poco exasperada—. Tiene de qué sentirse orgulloso: ha mantenido el legado de su familia hasta ahora o puede que incluso la haya incrementado.

México entorna los ojos.

— Ya quisiera que fuera así. Lo más seguro es que haya fracasado. De otra manera es imposible explicar el que lo hayan condenado conmigo. ¿Quién de ellos viene aquí a enterrarse vivo por voluntad? No digas nada, ya lo sé —declara al ver la mueca divertida de su amiga—. De estar equivocada, eso que dices no es excusa para ser grosero, Puerto. No hemos hablado en serio desde que llegó. Vive de llevarme la contra en todo —protesta México—. ¿Cómo se supone que voy a vivir el resto de mi vida con alguien al que, al parecer, no le intereso en lo más mínimo más que para molestarme?

— Ahí lo tienes, México, no te ha quitado la mirada de encima —replica Puerto Rico, parece estar asombrada por algo; quizá de la paciencia que llega a tener con México—. Tienes su completa atención.

— ¡Será porque no se cansa de censurarme! —grita México no aguantando la frustración.

— Será porque su interés en ti es muy intenso. ¿Qué es lo peor que puede pasar, México? —intenta razonar Puerto Rico, probando otra táctica—. Si se interesa en ti, si le convences, ya no digo que si se enamora de ti, tienes algo a tu favor. Será una unión cómoda, además de ventajosa.

— ¡Interés! Dios me libre —exclama México horrorizada—. Es el último hombre con quien me casaría, si tuviera la oportunidad de decidir.

— Oportunidad de la que careces —le recuerda su amiga señalando lo evidente.

— No me lo recuerdes —murmura México y se tranquiliza un poco.

— Tú sólo pórtate bien con él. No te conviene arruinar nada innecesariamente —aconseja Puerto Rico—. Sé lo que te digo.

— Ojalá fuera tan práctica como tú, Puerto —ahora México parece estar a punto de llorar—. Soy demasiado yo para mi desgracia. No entiendo ni lo que quiero.

— Bien que lo sabes. Para ti no es cuestión de tiempo, ni de pensarlo, lo sé. Todo se reduce a una cuestión de honor, pero sabes lo que te conviene y no es precisamente ponerte difícil —la mirada seria de su amiga le dice a México que no va tolerar sus quejas.

— Desafortunadamente no lo ignoro —la resignación de México es dolorosa de oír, incluso para Puerto Rico.

Puerto Rico es de las pocas que comprende hasta qué punto resulta un sacrificio y una tortura para su amiga dar el paso que se ve obligada a dar.

— ¿Hubieras preferido aceptar al señor Britania cuando te lo propuso? —aventura Puerto Rico como quien no quiere la cosa.

— No —ruge México con odio contenido y una convicción inquebrantable—. Aún no puedo entender cómo es que tú…

— ¿Ves? Pudo ser peor —al menos México ya no suena tan derrotada, así que Puerto Rico la interrumpe de golpe antes de que experimente otro arrebato de un tipo muy distinto—. Así que pórtate como la dama educada que eres, que quizá puedas ser la salvación de Perú. Tiene un pretendiente muy conveniente, pero no parece interesarle lo suficiente.

— ¿Lo has notado? —el tema le levanta el ánimo a México como por arte de magia.

— No le da a entender que le gusta, así que podrías protegerla desde tu posición, en caso de que el Coronel no se dé por enterado —observa Puerto Rico.

— Es evidente que a ella le encanta —exclama México ofendida.

— Sólo para ti, que la conoces bien, México —objeta Puerto Rico seria—. Si ése es el caso, la pobre corre el riesgo de perder su oportunidad de seguir actuando tan correctamente. Alguien en su lugar debe asegurar una propuesta de un pretendiente así lo antes posible. Ya tendrá tiempo de delicadezas cuando se haya casado. Perú es una chica buena, educada y atractiva, pero arriesga demasiado con la etiqueta. Tu familia no está en posición de esperar una segunda oportunidad. Desgraciadamente es así. O Perú aprovecha o lo deja pasar la oportunidad bajo el riesgo de no volver a tener otra igual. Será bonita, pero es pobre. Su hermana es la que con certeza se casa bien, no ella. No puede mantenerse tan discreta, no cuando eso hace que su admirador no pueda leerla claramente.

— Me sorprendes, Puerto, pero tienes razón. Nuestra posición está en desventaja —acepta México con rabia contenida.

Puerto Rico está por agregar algo, pero se ve interrumpida.

— Señorita —llama Nuevo León apareciendo detrás de ellas—, Doña Francia se ha disgustado mucho al no encontrarla y demanda que vuelva.

— En un momento me tendrá de regreso, Nuevo León —México se gira hacia su amiga—. Lamento que lo tengamos que dejar aquí, Puerto. Ya vez que la señora De Hispania controla mi existencia.

— Eres un torbellino de emociones y estás en una posición impredecible, México. Mucha suerte y sé sensata —se despide Puerto Rico—. Toma, espero poder contar contigo este día.

México toma entre sus manos el sobre de papel satinado que le tiende su amiga. De tan solo leer su nombre en él se le revuelve el estómago. Debe recordarse que Puerto Rico la entiende mejor que nadie.

— No importa lo que haya dicho al principio, Puerto. Somos amigas. Estaré ahí para ti, no lo dudes —declara México antes de que ambas señoritas se alejen en direcciones distintas.

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