Para México no es difícil reconocer que su despacho no es el lugar más agradable para permanecer, ni el más adecuado para refugiarse la mayor parte del tiempo. Por tanto, no lamenta que en los últimos días haya tenido pocas oportunidades de venir, ni siquiera para despachar sus asuntos. Eso tampoco es un alivio. Éste es el único lugar en que se siente en control de su existencia. Entre estas cuatro paredes nadie se atreve a importunarla so cualquier pretexto. En efecto, no hay quien se aventure en sus pequeños dominios, incluida su madrastra. Por lo anterior, éste fue el primer lugar que se le pasó por la cabeza cuando su Capital solicitó entrevistarse con ella en privado. Lo que Ciudad de México quería tratar con ella es un asunto del cual debe encargarse personalmente. Sólo existe un pendiente de ese tipo ahora que su madrastra parece tener el mando absoluto de su vida. Con todo, hubiera querido elegir otro lugar, en éste comienza a sentirse atrapada.

— Ciu, apreciaría que te expliques mejor —pide México a sabiendas de que no le hará la menor gracia enterarse de los detalles que está solicitando—. Sabes tan bien como yo que no puedo desaparecer por mucho tiempo, especialmente hoy. Un retraso así le daría a la señora De Hispania suficientes razones para actuar.

A pocas horas del baile en que se hará el anuncio oficial de su compromiso lo que menos desea México es tener, o enterarse de, más problemas. Pese a ello, no consentirá de ninguna manera que no se le notifique acerca de cualquier complicación ni dificultad que llegue a darse. Soportará lo mejor que pueda lo que tenga que ser. A estas alturas lo único que desea es asegurarse de que no se trata de un imprevisto de último momento, al menos para ella.

— La Capital de Doña Francia, París, llegó a la hacienda hace unos meses acompañada de un grupo de servidores. Es seguro que permanece aquí con instrucciones precisas de su señora para algo más que solamente vigilar los preparativos del baile que ofrece la Casa de Hispania en su honor, señorita. Sospecho que algo serio debe interesarles, ya que previamente Doña Francia se había sentido en la necesidad de llamar en persona a la puerta de mi despacho exigiendo que le facilitara los registros del personal de la hacienda. Con esos registros en mano, su Capital ha estado pasando lista a nuestros servidores. El grupo que trajo se encarga de mantener bajo supervisión las encomiendas ya revisadas. No hace falta decirle que eso constituye un inconveniente para nosotros. Podrían enterarse de algo que no querríamos que supieran. Bajo las actuales circunstancias, invitados como Corpancho deben dejar la hacienda cuanto antes. Yucatán arregló la estadía de él y de sus colaboradores con algunos servidores de su hermana, la señorita Cuba, para que puedan permanecer cerca. Pese a ello, la comunicación será difícil. De hecho, ya lo es. Estoy esperando que Yucatán me confirme noticias suyas todavía. Además, fue difícil poner al tanto a la señorita Perú y a su Capital. En realidad, con tanta vigilancia, me es imposible coordinar con Lima para lo que sea. Hemos improvisado demasiado en solitario —su Capital se permite una pausa antes de continuar—. Estamos rezando porque las aguas se calmen y no pase a mayores, señorita.

México procura mantener un semblante tranquilo y la mente despejada en un intento por impedir que su ánimo se derrumbe. Lo que le comunican es todo lo que no deseaba oír de ninguna manera. Nada puede hacer para resolverlo. La suerte está echada.

— ¿Qué dice Juárez de todo esto, Ciu? —indaga en un intento por no perder los estribos.

Por lo menos quiere obtener toda información que pueda proporcionarle alguna sensación de seguridad, que arroje algún rayo de esperanza sobre una solución favorable para esta dificultad.

— Nada que pueda decir con certeza, señorita —admite su Capital acentuando su aprehensión al hablar de un tema aparentemente aún más delicado—. Desde que tuvo el desacuerdo con Doña Francia al respecto de cómo saldar las deudas que le mencioné el otro día, no he vuelto a hablar con él. Pocos han vuelto a verle o saben algo de él. Tengo entendido que el altercado se complicó después de recibir correspondencia justo antes de la llegada del señor Germania. Oaxaca dice que el contenido le sentó fatal. Lo que sí le puedo asegurar es que no fue despedido o castigado, aunque es como si hubiera ocurrido algo parecido. Chihuahua lo encontró conversando con sus hombres una tarde, pero no se quedó. Otros Estados me han hecho saber testimonios semejantes. Ya nadie está seguro de si se trata de un rumor o es verdad, aunque hay suficientes elementos como para creer que hay algo de cierto en eso. Los detalles están en este reporte —Ciudad de México deposita sobre el escritorio de ella un manojo de hojas de considerable volumen—. En resumen, el señor Juárez es más un paria que nuestro administrador. Doña Francia no podría estar más contenta por eso, aunque juraría que en el fondo eso le preocupaba. No quiso hablar con usted acerca de la falta de un administrador porque resolvió el problema a su acomodo. Estamos trabajando con el administrador que vino con el señor Germania. Doña Francia y la Capital París parecen entenderse bien con él, mas ha habido muchas quejas de parte de los otros servidores —México nota que su Capital pone sumo cuidado en las palabras que emplea, eso es preocupante—. El nuevo administrador es, ¿cómo decirlo? Es extravagante, sofisticado, ingenioso, a veces extraño. No hace nada que podamos entender del todo. Sus planes de organización están reformando la que nos es tan familiar. Las opiniones al respecto no están definidas, señorita. Hay un gran temor de producir menos mezclado con una alegría cautelosa por recibir un mejor trato. Hay indignación por la introducción de usos y costumbres desconocidas junto a la novedad que significa su implementación entre nosotros. Hay sentimientos encontrados al respecto por donde mire, pero el descontento es evidente. Creo poder asegurarle que va a haber una revuelta en la hacienda si esta situación no se detiene, ya sea para bien o para mal. Motivos los hay de los más variados. Tlalpan me ha comunicado su preocupación por once de sus hombres en particular. Teme que los azoten o que los despidan. No es el único. Todos mis subordinados comparten su sentir. Los Estados no reportan algo muy diferente en relación a los suyos. Incluso Hidalgo pidió licencia para dejar su puesto de vigilancia y volverse a su encomienda para poner orden de nuevo. Le preocupan las minas. No pude negarle nada. Mejía y Miramón se ofrecieron a reemplazarlo. No levantarán sospecha, puesto que ya han estado al servicio de Doña Francia. Tienen una reputación imposible de mejorar.

A México le gustaría hacer una observación o algún tipo de comentario. Le resulta imposible. Intuye que una órden o instrucción suya será inútil. No obstante, eso no es lo que la sumerge en el silencio. Sabe que nada que se le pueda ocurrir podrá tener efecto, ni sentido. México se apresura a respirar hondo lo más discreto que puede antes de hablar.

— ¿Por qué hasta ahora estoy siendo informada de esto, Ciu? —exige a falta de algo mejor para decir.

— La Capital París nos tiene limitados. No nos ha dejado respirar a gusto hasta hoy, cuando la ha requerido Doña Francia en otro lado. Su grupo se ha relajado bastante en su ausencia —explica su Capital.

A México se le forma un nudo en la garganta. Se las arregla para hablar de nuevo.

— Ya ni parece que soy la dueña —suspira apesadumbrada—. Acompáñame, Ciu, necesito tomar aire fresco antes de tener que volver a casa de mi padre. La señora De Hispania me espera ahí dentro de poco —añade resignada.

Necesita pensar y con permanecer sentada en su despacho corre el riesgo de hundirse en su miseria. No le será de utilidad a su gente con esa actitud. Debe tomar cartas en el asunto y buscar una solución a este problema de inmediato. No tiene tiempo para compadecer su suerte.

— Tampoco queremos que se angustie innecesariamente, señorita —añade Ciudad de México intentando animarla—. Queremos que la Casa de su madre continúe dirigiéndonos y haremos lo que esté en nuestras manos para que siga siendo así. Estoy seguro de que incluso el administrador Juárez está puesto en lograrlo, aunque desconocemos qué pretende hacer con su ir y venir constante.

México acepta sus palabras sin decir más. Ambos salen de su despacho. Ella realmente necesita despejar la mente y tomar una decisión, pero es aún más urgente trasladarse a casa de su padre.

— Confío en ustedes, Ciu. Lamentablemente tengo un pendiente imposible de aplazar —admite reacia a reconocer su impotencia.

Una melodía suave y agradable, proveniente de la banda colocada en uno de los extremos del gran salón, llama a los invitados a abandonar por un momento sus preocupaciones y dejarse llevar por su agradable secuencia de notas. Ha logrado embaucar a todos, excepto a México y muy probablemente a su padre. Por desgracia, a la única señorita Hispania presente no le apetece dejarse contagiar por completo de tan engañosa impresión, pese a que la encuentra lo suficientemente distractora como para no sentirse tan irritada como cuando llegó. Esto es así, en parte, porque tiene la firme intención de permanecer tan indiferente y estoica como le plazca en su propia celebración. Se trata de su modo de protestar puesto que le es imposible hacer otra cosa. Así que permanecerá distante hasta que no le quede más remedio. Los invitados no la echarán de menos. No cuando tienen suficiente con conversar animadamente aquí y allá en pequeños grupos. Algunos incluso aprovechan para comer algún aperitivo de los dispuestos en mesas colocadas a cierta distancia de lo que será la pista de baile o tomar alguna copa de las bandejas que circulan por el salón. Otros más brindan anticipadamente por la pareja, seguramente lo hacen en honor del futuro novio. Su madrastra ha de estar complacida con el cuadro que ofrecen. México de ninguna manera. ¿Qué otra cosa podía esperar cuando ningún familiar, amigo o conocido confirmó su asistencia, menos aún aceptó su invitación? Nada. No le sorprendió comprobar que todos los asistentes vienen exclusivamente por invitación de su madrastra. No puede esperar tanta solidaridad y tolerancia de su familia. Lo importante para ellos es dejar claro su rechazo. Lo demás carece de importancia.

— Al fin te apareces, Mexique. ¿Qué es lo que te entretiene al punto de ignorar a tus propios invitados? Es una lástima que Pérou no esté presente para ponerte el ejemplo. Quería presentarla a unos conocidos. No importa ahora. Tuve que excusarte con algunos de ellos, pero eso no te exime de atenderlos apropiadamente lo más pronto posible —reprocha su madrastra observándola con desaprobación—. ¿Dónde está Autriche? Él tampoco ha aparecido, debería estar contigo.

México suprime un gruñido. Prefiere seguir confinada a una de las esquinas del gran salón, en vez de saludar y agradecer su presencia a cada invitado que se presente para celebrar con ella.

— ¿Por qué debería estar conmigo el señor Germania? —pregunta México, el desafío conciliado sólo a medias en su tono.

Su madrastra reprime un gesto de fastidio.

— Ésta es la primera aparición de ambos como pareja en sociedad, ma chérie. Es de nuestro más alto interés que los dos se comporten como lo que son y van a ser dentro de poco. Es increíble que después de todo el tiempo que han pasado juntos todavía no hayan establecido una relación apropiada como la pareja que son. Aparte de eso, Mexique, es indispensable que te conduzcas como la dama que te enseñé a ser y no como la pueblerina que has dejado de ser —le aclara su madrastra con falsa dulzura y condescendencia insultante.

¿En serio cree esta mujer que el señor Germania y ella son o van a ser algo significativo? ¿En serio cree que México puede ser una remilgada sin cansarse? Ella quisiera hacerle saber algunas cosas, pero algo más pasa a tener su absoluta atención y molestia. Al desviar la mirada de una señora De Hispania insufrible y disgustada, México no hace más que maldecir en silencio. Seguramente esta mujer se tomó la libertad de invitar a sus hijos sin siquiera prevenirla, pese a que México le dejó claro que no deseaba la presencia de ninguno de ellos, muy en especial la de este hijo en particular. Era de esperar que no la escuchara pues, al fin y al cabo, y sin reparar en detalles, se trata de uno de tantos personajes distinguidos que ocupan una posición central en el mundo al que pertenecen. Por ahora será catalogado como inofensivo, pero sus intenciones son otras. Podrá engañar a muchos, pero no a México. No en vano él es uno de los socios que más le han dado dolores de cabeza. No quisiera ni oírle mentar por el momento, pero lo tiene en persona asistiendo a su fiesta en casa de su padre. Para colmo, hace como si viniera solo. México se resigna de mala gana. No parece que vaya a poder ignorarlo. No cuando, además, este individuo siempre ha sido bueno invadiendo el espacio personal de otros.

Mon cher fils. Veo que tendremos el placer de contar con su presencia en esta ocasión —se lamenta más que se complace su madrastra—. Saluda a los invitados, Mexique —ordena recuperando su fiereza y determinación—. Necesito hablar con min fils en privado.

Una vez sola, México se detiene a debatir si obedecer o no hacerlo. No quiere saludar a ninguno de sus invitados, mas carece de buenas razones para rehusarse. Derrotada por su propia lógica, ella se decide por simular mansedumbre. Eso le podría beneficiar más tarde de llegar a requerirlo.

— Pensé que Dona França jamás te dejaría sola. No tienes buena cara, pero me alegra verte de nuevo, prima —escucha la voz a sus espaldas que interrumpe su tren de pensamientos.

México no oculta su alivio al girarse y encontrarse cara a cara con su primo Brasil, el hijo del hermano menor de su padre, quien se ha aproximado a ella con la expresión relajada que tanto lo caracteriza, a él y a Don Portugal. Pensar en que no se encuentra tan sola como creía entre tanta gente extraña la anima un poco. Brasil es familia. Eso sí que puede hacer la diferencia para ella.

— Brasil, qué alegría verte. ¿Cómo has estado? —saluda México cambiando su alivio por satisfacción, mezclada con cierto desazón al notar que su primo está solo—. ¿Nadie te acompaña esta vez? ¿Se encuentra bien tío Portugal? ¿Qué tal le va a Gran?

Su primo menea la cabeza negando algo. En su mirada hay una disculpa que no le augura nada bueno a México.

— Antes que nada, mis felicitaciones y mis mejores deseos para ambos por su compromiso, México. No podría estar más feliz por ustedes. Áustria es un amigo mío muy cercano y tú eres familia —agrega Brasil con gusto. México no puede contagiarse de su sentimiento, ni aunque lo intentara—. Mi padre y mi mujer te envían sus disculpas y saludos, además de sus felicitaciones. A veces la vida no deja a mi padre reparar en lo viejo que se ha vuelto —bromea ajeno al sentir de ella—. Tiene una agenda ocupada que lo trae de un lado al otro del océano. Sin duda no hubiera querido ser la causa de que estuviéramos a punto de no venir del todo, fue él mismo quien se ofreció a quedarse en mi lugar. Te seré honesto, prima, yo no quería dejar a mi mujer sola, dada su condición tan delicada, pero ella misma no me lo permitió. Creo que no ignoras que a Grã-Colômbia no le hizo mucha gracia tu compromiso, pero te hizo una promesa y ella es de cumplir la palabra dada. Su estado le impide viajar, así que casi me exigió que viniera. Opinó que te haría falta respaldo y compruebo que no se equivocaba.

— Siempre me he alegrado por la permanencia de Gran en la familia y eso no va a cambiar —admite México con sinceridad, aunque algo en su interior no puede evitar entristecerse—. Gracias, Brasil, digo, por no dejarme sola. Aprecio tu esfuerzo. Como sabrás, ni siquiera mis hermanas están presentes. Mi primo y mi padre son lo único con que puedo contar en la categoría de familia. Hazle saber a Gran que yo tampoco he olvidado lo que le prometí y que tampoco pienso faltarle, pase lo que pase.

— Si de algo sirve —observa Brasil adivinando el conflicto interno de su prima—, como ya dije, conozco bien a mi futuro primo. No tengo duda que será alguien que cuidará de ti, prima. Suma a eso que no es el único al que he tratado de su familia. En general, se puede decir que los rumores que circulan acerca de los Germania, tengan fundamento o no, no concuerdan del todo con la familia, por lo menos no con todos sus miembros. Aquí medio mundo ve con desconfianza a quien quiera que venga de Europa. No los culpo, pero eso a veces es un problema.

México no comenta nada, pero agradece en silencio las palabras de su primo. No puede quedar tranquila con eso, aunque acepta que tal vez, sólo tal vez, está juzgando muy dura y anticipadamente a su futuro esposo. Realmente no le conoce, ni siquiera por lo poco que ha demostrado ser hasta ahora. Buscando las palabras adecuadas para responder a las de aliento de su primo, México desvía su mirada en otra dirección. Al hacerlo, se percata del joven enfundado en un uniforme militar que se aproxima a ellos. Reconoce al joven sin mucho esfuerzo. Hay cosas en esta vida que no se olvidan fácilmente. Aunque sus hermanas le han hablado de él, lo que le han comentado es poco ilustrativo. Fueron tiempos difíciles, sin duda. En resumen, el joven no goza de una buena reputación. Lo que contrasta con sus escasos encuentros en algunas ocasiones y con el hecho mismo de que son familia en algún grado. México no tiene nada personal contra él. Eso lo tiene claro.

— He ahí uno de los Germania de quienes hablo, prima. Te presento al Capitão Chile de los Andes —anuncia Brasil a México confiando en que hace lo correcto—. Él no pertenece a la rama principal de los Germania como Áustria, pero es muy cercano al actual cabeza de familia. Las malas lenguas te dirán que es demasiado el favor del que goza como para pensar que se trata de un mero primo lejano y que es un poco despiadado. Eso se puede explicar fácilmente porque es un militar talentoso. Supongo que tienes que conocerlo mejor para pensar algo más que sólo eso —luego se gira hacia el recién llegado—. Capitão, ella es mi prima y la prometida de Áustria, la senhorita México Hispania. Seguramente ha oído hablar de ella.

México le dedica una mirada de incredulidad a su primo antes de ocuparse del Capitán. ¿Cómo va a estar tranquila a sabiendas de que ese tipo de rumores van a estar merodeando a su alrededor por el resto de su vida? Si esta perspectiva distinta de dos de los miembros del clan Germania resulta fundamentada, esa familia seguirá siendo para ella tan digna de desconfianza y recelo como en un principio. ¿Por qué razón debería creer que con ella planean a ser diferentes? Eso sí, esta revelación le facilitaría presentarse ante sus amistades y aliados del brazo de ese Germania en particular sin querer repudiarlo en el acto. Quizá eso es lo que necesita para tener la tranquilidad de aceptar su destino, de dejar la casa paterna y su familia de la mano de alguien que su propio padre jamás hubiera aprobado, mucho menos considerado. Pero eso quizá son supuestos muy frágiles e inciertos.

— Es un placer volver a encontrarme con usted, señorita Hispania. Mi tío se la vive hablando de la formidable prometida de la Casa —saluda el Capitán con una sonrisa de estar disfrutando de algún secreto que obviamente no piensa compartir.

Ignorando su saludo críptico y sin preguntar por el dichoso tío que seguramente no conoce, México encuentra al Capitán accesible y carismático. Tal y como lo recuerda el día en que se presentó en su hacienda con la disposición de ofrecerle todo el apoyo que requiriera. Eso siempre estará a su favor, lo sigue estando pese a los comentarios tan poco favorables de sus hermanas.

— El placer es mío, Capitán. No recuerdo haber oído alguna vez que usted fuera un Germania. Es una sorpresa —replica México sospechando que está por llevarse una sorpresa otra vez con este individuo tan simpático—. No creo haberle agradecido lo suficiente el gesto que tuvo conmigo hace tiempo, así que deseo reiterarle mi agradecimiento.

— No tenía porqué saberlo. Mis afiliaciones no son algo del dominio público —replica el Capitán ensanchando su sonrisa y cambiando de tema sin más—. No fue nada en realidad. Sabe bien que para cuando llegué, todo ya había sido arreglado. Usted se valió muy bien por sí misma.

— De ninguna manera, Capitán —protesta México entrando en confianza de inmediato—. Usted fue de los primeros en reconocer que yo era por derecho la única heredera legítima e indiscutible de una de las ramas de la familia de mi madre. Sabe de sobra que los números no me favorecían. La opinión predominante prefería que mi padre pasara los títulos y las tierras a un pariente varón o, de darse el caso, a mi esposo. Con la adicional condición de que el heredero tomara posesión de todo hasta la muerte del titular en turno. Su presencia infundió cierto respeto y acalló a los inconformes, Capitán. Es bueno saber que el señor Germania cuenta con personas como usted de su lado.

México no está bromeando. No comprende cómo alguien como el Capitán puede pertenecer a la misma familia que alguien como su prometido, pero quizá todo se reduzca al hecho de ser o no ser parte de la familia principal. O quizá está otra vez dejándose llevar por el desagrado que siente por el señor Germania. O quizá no.

— Rara vez se puede escoger bando, señorita Hispania —afirma el Capitán sin ahondar más en su afirmación, ni parecer realmente resignado o incómodo al decirla.

— Sin duda —corresponde México segura de que ambos coinciden en esto por razones enteramente diferentes.

La conversación fluye en dirección a temas más triviales incluyendo a su primo en el proceso. No obstante, ésta no puede durar para siempre, menos aún con París materializándose entre ellos para recordar a México su deber. Con todo, ella puede decir que esa breve charla la deja con renovados ánimos para tratar con el resto de los invitados. No obstante, conforme va saludando al resto, México se siente cada vez más decaída y con menos seguridad. Ahora se encuentra con un nudo en la garganta y sin compañía, asomada a uno de los ventanales que dan al jardín. De vuelta a un rincón.

— Todavía estás a tiempo, Mexico —reconoce esa voz que hubiera deseado no volver a oír. Ella se gira involuntariamente para encarar al que ha hablado, el cual se encuentra a una distancia respetable de ella—. Puedo ayudarte a huir en este preciso instante. Sabes que tengo los medios para hacerlo y ofrecerte algo mejor. No tienes que continuar esta farsa que no te corresponde de ninguna manera —su interlocutor decide que es buena idea dar un paso más hacia ella para reafirmar su ofrecimiento—. Mexico, yo nunca te recriminaré las condiciones en que te unes a mí. Parece extraño que me exprese así, lo sé. Me presenté con otros valores cuando fui investido con el título de Confederación —habla tranquilo, seguro de que ella aceptará su oferta sin pensárselo dos veces—. La razón es que nunca he dejado de ser la República que fui. Ningún Imperio es mejor que nosotros…

— Debería darle vergüenza hablar de este modo estando en donde se encuentra, señor Britania —le acusa ella con indignación. Ya le ha dejado hablar demasiado. Su confianza la irrita—. No me interesa lo que usted pueda ofrecer bajo ninguna circunstancia, sin importar cómo lo ponga. Tampoco me tienta arruinarme de ningún modo, mucho menos por usted. No fue ninguna excusa ni broma de mal gusto cuando afirmé que usted no es el aliado ideal. Le debo lealtad y consideración a los míos, a mi familia y a mi amiga. Usted no es digno de tanto, dudo que alguien lo sea. Haga el favor de no volver a tocar el tema, señor Britania, y yo olvidaré que usted ha abierto la boca. No me interesa su oferta, ni lo hará en el futuro. Le ruego que lo entienda.

México ha intentado susurrar lo más que ha podido, pero duda haberse podido controlar tan bien. Además, no descarta que alguien cerca de ellos haya entendido lo esencial de su discusión como mínimo.

— Te gusta hacerte la difícil, Mexico, pero siempre terminas cediendo. ¿Realmente estás dispuesta a aceptar unirte al mundo que repudiaste al convertirte en una República? ¡Lo dudo! —presiona su interlocutor optando por una sonrisa autosuficiente.

México no podría sentirse más ofendida. ¿Quién se cree que es este hombre? Tan lleno de sí está que no puede aceptar una negativa como respuesta. Ella quisiera hacer pozole con él, pero no lo hará. Simplemente porque no merece un honor así. México fue un Imperio y renunció a ese mundo. Claro que lo desprecia... un poco. Los beneficios que trae el título son algo que no le vendría mal justo ahora, sobre todo si esta vez lo hace bien. Hacerlo bien implicaría hacerlo por sus propios medios, mas, dadas las circunstancias, no tiene más opción que dejar que alguien lo haga por ella. En cierto sentido, no debe dejar pasar la oportunidad que se le presenta para precisamente ser libre otra vez... aunque sea a medias.

— Esos son asuntos privados que escapan a su jurisdicción, señor Britania —bufa México por toda respuesta. Se las arregla para encararlo desafiante.

— Jamás se me ocurrió que fuera tan necia e ingenua, Miss Mexico. Será mejor que no recurra a mí cuando las consecuencias la alcancen —declara su interlocutor con desdén, es evidente que quiere ser él el que lance la última piedra.

México se siente asqueada. Ni en mil años acudiría a él. No importa que el señor Britania no sea un Imperio, actúa como uno.

— ¿Qué se puede esperar del hijo de dos Imperios, señor Britania? —observa dispuesta a no dejarse intimidar. Es consciente de que está empleando el mismo tono condescendiente de su madrastra, quizá incluso esté replicando a la perfección la expresión de rostro correspondiente. Ver la cara que pone su viejo conocido es suficiente para confirmarlo—. El linaje de usted habla por sí mismo como para poder considerarle una auténtica República. Haga el favor de retirarse si no le agrada lo que ha aceptado atestiguar. De lo contrario, haga el favor de guardarse sus comentarios. Lo dejo a su elección, tocayo.

México se aleja dispuesta a no tolerarlo ni un momento más. En otras palabras, retoma el camino rumbo a un destino que no le agrada más que el señor Britania. Simplemente no va a destrozar la vida de su familia y la propia por un hombre que nunca ha demostrado tener buenas intenciones. Para su desgracia ninguna de sus opciones parece tenerlas, así que prefiere quedarse como está, quiere decir, con su prometido, que darle otra oportunidad al viejo conocido. Va contra el refrán y todo sentido común, lo reconoce, pero lo prefiere así. Ella no es capricho de nadie, menos de ese infeliz. Ella no es una pieza más en el juego de nadie, menos aún el suyo. Quiere al menos elegir para quién va a jugar y sabe que para ese hombre no desea ni siquiera considerarlo…

— Quisiera pedir disculpas por su comportamiento. Me encargaré de que mein Cousin no vuelva a molestarla en el futuro, Frau Mexiko —promete alguien más interrumpiendo su hilo de maldiciones.

México parpadea un momento algo extraviada tratando de enfocar al joven hombre de postura demasiado rígida parado cerca de ella.

— Oh, es usted señor Germania. No le vi acercarse —admite después de haberse recuperado y sin poder creer que tiene al señor Germania prometiendo protegerla—. No se tome tantas molestias por el señor Britania, desde que compartimos a su madre es difícil que se me acerque.

— Aunque no es imposible, acaba de hacerlo a espaldas de mi tía —objeta su prometido—. Dudo que subestime de esa forma a su antiguo socio como para sentirse tranquila. Haré lo que pueda por mantenerlo alejado de usted —insiste, luego cambia de tema y se relaja—. Tengo que pedirle que me acompañe, Frau Mexiko. Ha llegado el momento y nuestra tía cree prudente que hagamos acto de aparición juntos.

Ella respira hondo y asiente con la cabeza. Luego, se limita a dejarse guiar por su prometido hacia el centro del gran salón, donde su padre espera a que se unan a él para comenzar el número.

— Es muy amable de su parte, señor Germania —murmura México sin emoción antes de que ambos lleguen donde el padre de ella—, pero hay asuntos de los que debo encargarme yo misma.

Su prometido asiente no muy complacido con la respuesta. México ensaya una ligera sonrisa y continúa avanzando para reunirse con su padre. Desde que se le acercó, Imperio Austriaco parece muy amable y atento, algo que no había demostrado anteriormente. México quisiera gritar. Da por sentado que, en privado, la ha estado juzgando todo este tiempo. Que Dios le dé paciencia o jura que cometerá una locura pronto.

Decir que Austria está asombrado es decir poco, aunque intente ocultarlo. Por un lado, ignoraba que su primo tuviera interés en tratar con los Hispania de alguna manera. Sus intenciones son algo que desconoce, pero la expresión que puso su prometida es suficiente para darse una idea. Ahora los motivos de su tía para casar a su hijastra empiezan a adquirir un tinte distinto y cobran bastante sentido. Busca a alguien que pueda obstaculizar a los Britania, específicamente Austria sirve perfecto para ese fin. Por otro lado, le parece absurdo que su prometida esté obstinada en arreglar sus asuntos por ella misma cuando es evidente que no tiene los medios para hacerlo. Austria cree conocerla lo suficiente como para no considerar que habla en serio. Ahora que conoce mejor la situación en que lo han metido, piensa que su problema principal no puede tener una solución tan fácil. Menos aún cuando, después de su primer encuentro, a lo único a que se ha dedicado Austria es a darle a su supuesta futura esposa un saludo cada que se encuentran y dirigirle uno que otro comentario superficial o polémico cada que deben pasar tiempo juntos. El resto de su tiempo lo ha pasado observándola detenidamente desde que se presenta a desayunar hasta que se retira a dormir. Eso a veces incluye verla repartir tareas a los servidores; presenciar sus diferencias con su madrastra; escuchar sus conversaciones efímeras, pero significativas, con su padre; bromear y platicar con su gemela Perú; estudiar con Paraguay; practicar el pianoforte con Bolivia; sermonear a Cuba, en particular por su conducta; hacer o recibir visitas a sus parientes y amistades; intercambiar cartas con sus conexiones y socios; interactuar con el Coronel amablemente; ser reservada y distante con él. Al cabo de un par de días de intensa observación, Austria tiene que reconocer que le han dado a una de las dos únicas hijas virtuosas con que cuenta la familia. Ahora puede considerar a su prometida una buena hija, una hermana ejemplar y un ama y señora de la casa respetable. Le ha tocado en suerte una joven que no se anda con la aparente docilidad que la mayoría de las jóvenes solteras demuestra incluso después de casarse, pero, a pesar de su falta de delicadeza, tiene límites bien definidos. No se preocupa de mantener apariencias, sólo de ser lo suficientemente cortés y mantenerse en el papel que irremediablemente le corresponde. Su conversación es agradable, elocuente e interesante. Claro está, todas las virtudes que pueda tener no opacan su mísera posición en la vida, sus escasas relaciones, su decadente parentela y su problemática familia. Conclusión: buscando una oportunidad para hablar con ella ha desperdiciado tiempo valioso apreciándola. Aprecia en serio a quien le han encasquetado contra su voluntad y sus expectativas. Para colmo, descubrió que encuentra particularmente atractiva la expresión tan vivaz en los ojos plateados de ella.

Está disgustado consigo mismo. No sabría explicar qué es lo que le ha ocurrido. Ha llegado el día en que harán público su compromiso y él todavía no ha hablado con ella. Lo peor de todo es que Austria ni siquiera lamenta el retraso o su nula iniciativa, más bien, se complace con sus hallazgos. Peor aún, en cuanto se percató de que su primo la estaba incomodando, no dudó en salir de su escondite e ir a cerciorarse de que todo se mantuviera en orden. En el trayecto, Austria la observó con detenimiento. Su prometida decidió vestir un traje blanco y sencillo, pero elegante. Comparte un aire con el anterior, pero éste es mucho más colorido y holgado. Sólo ella podría hacer lucir lo que para él son dos rectángulos de tela con los orificios adecuados para las extremidades superiores y la cabeza. Sin embargo, no es capaz de censurar algo en su apariencia. Es fácil reconocer las discrepancias, la indumentaria de ella no concuerda para nada con el traje imperial que él mismo lleva puesto, pero es incapaz de darle importancia a eso. Esto no es nuevo. Hace tiempo que ha notado que provienen de mundos distintos y ha decidido, contra todo buen juicio y sentido común, que no le importa en absoluto. Incluso, mientras se aproximaba a ella, pudo apreciar un brillo aún más intenso en su mirar que el habitual. Un brillo... Debe dejar inconcluso ese pensamiento, por su propio bien. Es por momentos como éste que Austria desearía alejarse lo más que se pueda de este sitio para no volver. De otra manera sería imposible convencerse nuevamente de que debe permanecer firme en su resolución de dejarla pasar.

Frau Mexiko, hoy luce espléndida —comenta involuntariamente poco antes de detenerse frente al padre de ella.

La señorita objeto de su apreciación abre la boca para decir algo, pero la cierra de inmediato al no encontrar una respuesta adecuada. En su lugar, opta por tomar un poco de distancia con la sorpresa plasmada en el rostro. Su actuar sólo la muestra más distante de lo que ya es costumbre en ella.

— Gracias, señor Germania. Usted también luce bien —decide responderle antes de aceptar su halago lo más delicadamente posible.

Como fondo de su intercambio falto de entusiasmo, más de parte de ella, la voz del señor Hispania se deja escuchar fuerte y claro, con una autoridad de la que Austria no le creía capaz.

Méjico, joven Germania, me alegra no tener que mandarlos a llamar —el saludo de su futuro suegro le alerta a Austria de su pésimo humor—. No haría esto si pudiera evitarlo, hija mía —se disculpa.

Austria atestigua en silencio el mudo intercambio que le sigue. Él nota el reproche en la mirada de su prometida y algo más que una disculpa en el gesto del padre de ella. Hay más cosas por las que sorprenderse este día. En primer lugar, el señor Hispania milagrosamente ha permanecido presente desde que llegó el primer invitado. Lo consideraba un padre no indiferente, aunque sí bastante pasivo. En segundo, el que exteriorice su opinión de esta manera es bastante osadía de su parte. No sabía que aún albergara un poco de espíritu en su interior. Más aún al poco tiempo Austria puede verlo transformarse en un auténtico patriarca al girarse hacia la multitud, pedir el silencio y la atención de todos y después hacer el anuncio que tan indispuesto está de hacer.

— Agradezco a todos y cada uno de ustedes su compañía en esta ocasión. Los hemos reunido esta velada, estimados amigos, para compartir con ustedes nuestro gozo —es difícil decir que el señor Hispania siente gozo, o que la familia anfitriona lo comparte, pero hay que señalar que no suena mal su discurso—. Me complace hacerles partícipes de una buena nueva: mi hija, la señorita República Estados Unidos Mexicanos Hispania, se ha prometido en matrimonio con el joven señor Imperio Austria Germania. Ambas familias bendecimos la unión de nuestros hijos y, con ella, la de nuestras…

Austria no le presta tanta atención a lo que el señor Hispania tenga que decir de su próximo matrimonio con su hija, mas se asegura de mostrarse complacido y conforme con lo dicho mientras los asistentes prorrumpen en aplausos y vítores tras el final del discurso. Con todo, no puede detenerse como quisiera a examinar los pensamientos que intentan acaparar su atención de la realidad por completo. La puesta en escena debe continuar. Quizá eso le incentive en un futuro próximo a actuar haciendo a un lado sus propios sentimientos contradictorios. La música ha cambiado de tempo y ya sabe qué debe hacer con eso.

— Hay que abrir el baile —le murmura al oído a su prometida omitiendo su resignación y, para evitar que ella se aleje por toda reacción, de inmediato le pregunta en voz alta extendiendo su mano hacia ella—. ¿Me concedería esta pieza, meine zukünftige Frau?

Ella lo observa escéptica. Parpadea unas cuantas veces antes de contestar.

— Cla... claro, será un placer, seño..., querido —le responde ella masticando con dificultad la última palabra y depositando su propia mano en la suya para dejarse conducir al centro de la pista de baile.

Austria no sabe cómo sentirse al respecto. Su prometida le ha seguido el juego de alguna manera, con dificultad, por supuesto, pero lo ha hecho. Algo en él respiró aliviado al recibir su reacción. Pero algo en él también se sintió decepcionado al constatar su escasa disposición a tratarlo con confianza. Un día de estos este conflicto interno suyo va acabar con él. Permanecen bailando en silencio. Uno tan pesado que la pieza parece no tener fin hasta que ella intenta entablar conversación.

— Ha venido mucha gente importante, señor Germania. Mucha, salvo mi familia —observa ella como quien no quiere la cosa—. Es una grata sorpresa la solitaria presencia de mi primo. Me ha alegrado que me presentara a un conocido tanto de usted como de él y mío. No sabía que tuviéramos amigos en común, señor Germania. Tampoco ha faltado un representante de los Britania, aunque no estamos en los mejores términos. Los Scandian me resultan casi extraños. De no ser porque he tenido uno que otro encuentro con ellos, no me parecerían ni remotamente amables. Lo que ha llamado mi atención es que Don Imperio Ruso ha enviado a su hijo…

Ante la mención de la Unión, Austria se crispa sin poder contenerse. No sabe a dónde quiere ir a dar ella, pero la mera mención de ese individuo nunca ha podido dejarlo tranquilo.

— La habilidad de Slav para dar una buena impresión discrepa con su habilidad para mantenerla. No siempre su familia tiene a un buen administrador al mando —la interrumpe secamente.

— Oh, típico —replica ella aparentando naturalidad—. Debe causarle demasiada repulsión como para al fin haber hablado demasiado.

— Le pasa a todos con respecto a todos —sonríe Austria tomándose el comentario como una broma—. El tipo de personal que uno tenga refleja la política y habilidad que uno maneja. Entre nosotros eso es crucial para mantener nuestra posición e influencia. Los peores están destinados a caer. No merecen su posición, por baja que sea.

— Esas son fuertes afirmaciones, señor Germania —señala su pareja de baile olvidándose de aparentar indiferencia.

Ella lo mira con una mezcla de desconfianza y molestia. Austria se detiene a observarla por un momento. Este pequeño intercambio es lo más que ha hecho su prometida por no parecer tan seria, superficial y distante en su trato con él. No puede contar las otras conversaciones que han mantenido en su tiempo de calidad juntos. Ésas han sido tan banales que hasta ésta parece demasiado íntima.

— No veo al resto de los Germania reunidos esta noche —advierte México cambiando de tema, abandonando su exaltación pasajera y regresando a su seriedad habitual.

— Harán su aparición a su debido tiempo, Frau Mexiko. Para ese entonces ya habrá quedado resuelto más de un pendiente. Mi hermano ha enviado al Capitán De los Andes como su representante —explica Austria sin elaborar demasiado.

De ser posible ella nunca se enterará de la auténtica situación de la familia. No es como si su matrimonio vaya a concretarse, así que ¿para qué molestarse?

— Espero que sus pendientes sean fáciles de atender —replica ella. Austria no desea decir más, ella continúa—. No veo a la señorita De los Cárpatos por ningún lado.

Maldice para sus adentros. Austria siente la tensión aumentar, pero intenta aminorar la rigidez de su cuerpo. Ella lo notaría enseguida. ¿Cómo se le ocurre mencionar eso precisamente ahora? De no haber sido porque aquella vez se concentró más en hacer callar a su tía que de cuidar sus palabras, su prometida jamás hubiera oído mentar a Hungría de los Cárpatos. Ni de broma, ni por casualidad, ni por nada.

— Ella y su familia presentarán sus felicitaciones en su momento —declara Austria—. Aún queda por arreglar algunos asuntos con ellos.

— Creí entender que ya se había negociado la paz con esa familia —insiste su prometida con inocencia aparente.

Preußen se encarga de eso —asegura Austria con más aspereza de la que le gustaría—. Está considerando a la segunda hija, la señorita Polen.

— No sabía que fuera más codiciada la familia que la joven —presiona ella sin piedad y con mucha determinación.

— Más bien, mi familia es la codiciada —a Austria no le importa como suena la afirmación, desea que abandonen el tema cuanto antes—. ¿Podríamos hablar de otra cosa? Usted piensa como si fuera el cabeza de familia —su tono de fastidio no es una buena señal.

— Tal parece que debo sentirme afortunada —sonríe su prometida con malicia—. No sólo entraré en una familia inalcanzable para la mayoría, sino que además soy una adición especial. Escucho con frecuencia que no debería mostrar que pienso porque los hombres no desean una mujer que lo haga. Supongo que es demasiado para los pobres tiranos tener una esposa inteligente.

El tono triunfal con el que habla ella le hace suponer a Austria a dónde quería llegar ella desde el principio y que él se lo ha permitido al morder el anzuelo. Lo que no entiende es con qué propósito lo hizo. Decide no comentar más y la conversación muere en el acto. Terminan de bailar al compás de la pieza de apertura en silencio. Luego Austria se dedica a sacar a bailar a otras invitadas mientras su prometida acepta algunas peticiones dirigidas a ella. Ambos reciben felicitaciones y conversan con los invitados en conjunto o por separado. No vuelven a mantener una conversación seria en toda la noche. Eso sí, en algún momento, durante la velada, Austria se promete que hablará con ella al día siguiente. Ya tiene la excusa perfecta.

— Señor Germania, no me parece necesario tener más personal —expresa México algo ofendida.

México nunca estará de acuerdo con nada que provenga de su prometido, menos aún esta propuesta. Tampoco aprueba su poca disposición a considerarla en sus planes. No le está presentando una propuesta. Simplemente le está avisando lo que ya está más que hecho. Además, no tiene idea de las opiniones de este hombre, ni sabe cuáles son sus intenciones. ¿Cómo podría darse una relación del tipo que sea entre ellos en estas condiciones? No ha deseado abordar ningún asunto concerniente a su relación, pero ya ha tomado decisiones por ambos sin consultarla primero. Más aún, le molesta lo parecido que su actuar tiene con el de su madrastra, se nota que son familia. México no puede permitir que esto continúe así. Tendrá que hacerse escuchar de alguna manera. A él no le debe las consideraciones que le debe a su madrastra, así que empleará todos sus esfuerzos en dejarle algunas cosas claras.

— Insisto, Frau Mexiko. Es mi deber cuidar de usted —replica su prometido con firmeza—. Quiero dejarla bien posicionada, así que hay que hacer esto de la manera correcta desde el principio.

México lo mira con la mayor calma de que es capaz. No puede permitirse un desliz emocional. Necesita defender en serio su lugar en esta relación forzada. Pese al asiento que ocupa, ya no le parece que ésta sea su posición. Ella es un ser pensante, maduro y racional. ¿Por qué empeñarse en asumir su incompetencia? Cierto, no ha hecho maravillas con su hacienda, pero eso no significa que sea una ignorante sin remedio. En momentos así desearía que una fuerza imparable acabe con todo en un pestañeo. Lamentablemente esa fuerza imparable no termina de llegar por más que se la prometan de vez en vez o ella misma piense que puede encontrarla en alguna parte.

— Creo que no ha puesto todas sus cartas sobre la mesa, señor Germania. ¿Haría el favor de elaborar con eso de dejarme bien posicionada? —la antipatía que tiene por este hombre agotará fácilmente su paciencia si éste insiste en irse por la tangente.

Se siente sola peleando en este frente. Algunas veces duda de las intenciones de sus abogados y ex-administrador, de sus Estados, de todos los que la rodean. Otras, le preocupa lo que es capaz de hacer la gente que la ayuda. En su desesperación por hacer regresar a los despedidos por su madrastra, algunos podrían comprometer más de lo que deberían. Debido a su propia desconfianza, no hay muchos servidores en que pueda confiar su desesperación e inconformidad. Unos son radicales. No sabrían manejar la situación. Otros están encantados con su compromiso. Jamás entenderían su dilema. No hay comunicación con su madrastra o su prometido. Su posición es incierta. No puede mostrarse tan arisca. Ha pedido la opinión de varios acerca de quienes, según su prometido y su madrastra, administran su propiedad. No parecen malas personas, sólo son extranjeros con ideas a la moda, representan todo lo que su gente se esfuerza en olvidar. Eso no la tranquiliza en absoluto. La reacción hacia ellos fue inmediata y, aunque variada, resulta imposible de erradicar. La suerte ya está echada, ya se lo insinuó su Capital. Les daría su lástima y sus condolencias por la situación en que se han metiendo por propia voluntad, pero tiene que morderse la lengua. No quiere parecer grosera, pero tampoco accesible con el enemigo.

— Me atrevo a suponer que usted no tiene deseos de que este matrimonio se lleve a cabo, Frau Mexiko —plantea Austria yendo directo al grano.

México reprime una sonrisa y una expresión de alivio. No le asombra la afirmación, tampoco le molesta. Quizá éste sea el final de su martirio y la respuesta definitiva a sus propios dilemas. Decide que le dejará hablar. Si no se equivoca, no puede estar en desacuerdo con lo que él dirá.

— Supone bien, señor Germania —responde México lo más neutral que puede, la anticipación amenaza con asomar en sus ojos.

— Yo tampoco estoy deseoso de contraer matrimonio con usted —coincide con ella—, pero habrá algunos problemas si no tratamos esto con cuidado. Así que le propongo continuar con esta molesta situación, ya que es lo que se espera de nosotros. Yo no estoy dispuesto a emparentar con una familia tan decadente y problemática como la suya. Supongo que usted tiene en mente otro tipo de hombre como marido, uno que se acomode a sus circunstancias —México supone que al ver su buena disposición para lo que le ha insinuado, este hombre se ha tomado demasiada confianza—. Todo se reduce a no consumar el matrimonio. Sólo así podríamos pedir más tarde la disolución de nuestra unión sin obstáculo alguno. No le pido nada a cambio, aunque entiendo sus razones para no oponerse abiertamente a la voluntad de mi tía. Por ello, me comprometo a proporcionar personal que no reclamaré después y darle el respaldo necesario, mío y de mi familia, para que usted pueda hacer prosperar su hacienda. Lo que necesita es personal realmente competente, buenas conexiones y una considerable inversión. Con eso resuelto, cada uno quedaría en condiciones de continuar con su vida por su lado. No hay necesidad de hacer esto definitivo.

Retira lo dicho. ¡Claro que puede estar en desacuerdo con este idiota! ¿Quién demonios se cree que es para asumir que ella va aceptar que la califique de esa manera? ¿Que supone que es ella? ¿Nadie que merezca su respeto?

— Si cree que acepté esta tontería por dinero o poder puede ir considerando que está muy equivocado, señor Germania —replica México intentando no explotar en el proceso, pero el fuego se le sale hasta por la boca—. No me vendería por banalidades al mejor postor y sin fijarme en nada más, como hacen las de su tipo. Sé de sobra en qué consiste un matrimonio, pero no estoy desesperada. ¿Acaso cree que yo me regocijo por la perspectiva de ser la mujer de alguien que ni siquiera tiene la mínima disposición de tratarme como su igual? ¿Cree que me entusiasma saber que tengo que actuar apropiadamente con alguien que carece de principios como para mostrarse considerado y hablar claramente acerca de lo que quiere? No sé en qué mundo ha vivido todo este tiempo, señor Germania, pero tenga claro que no toleraré su insolencia. No necesito nada de usted, ni siquiera caridad. El honor de mi familia, incluido el mío, está en juego. No voy a permitir que me juzgue de ninguna manera sólo porque se cree superior a mí, tampoco dejaré que me arruine la vida con su propuesta a causa de su capricho. Tengo hermanas que necesitan que yo haga bien las cosas, incluso en el caso de estar a punto de casarme y no hacerlo. La gente gusta de hablar estupideces de lo que no le importa, pero puedo evitar darles el gusto de arruinarme demasiado. Si desea acabar con el compromiso, señor Germania, hágalo ahora. Sea lo suficientemente hombre como para afrontar las consecuencias.

Su prometido, no, no se merece ese título para México, el estúpido con el que está hablando la mira incrédulo, pero no dice nada. Ella toma aire, no ha terminado.

— Venga, señor Germania, no creo que su arrogancia sea tanta como para no responder algo. Ya se ha dignado a decirme sus planes tan geniales. No es mucho pedirle que se rebaje a hablar conmigo y continuemos esta conversación que tuvo que haber tenido lugar hace tiempo —insiste.

A juzgar por la cara que pone él, México sabe que acaba de dar el paso decisivo. Acepta que ha lanzado la flecha y que ahora debe prepararse para la respuesta. Una parte de ella quisiera que su madrastra estuviera presente. Sería exquisita la cara que pondría al verlos en esta situación. Sus esfuerzos tirados por la borda. Una sonrisa se dibuja en su rostro de tan solo pensar en ello.

Austria contempla a su casi ex-prometida en silencio. En realidad la mira embobado. Quisiera repudiarse a sí mismo tan sólo por eso. Ella acaba de insultarlo y lo único que puede concentrarse es en que el brillo en sus ojos plateados se ha acentuado resaltando la expresividad de su mirada. Juraría que sus iris parecen inyectados de plata fundida. Sacude la cabeza, qué cosas piensa. Necesita pensar fríamente. Tiene razones de sobra para no perderse en un detalle así de insignificante. Pero una vez liberado del hechizo, lo que le queda no resulta agradable. A su mente acuden en tropel todas las veces en que su familia no ha quedado satisfecha con su actuar o no le ha reconocido mérito. Ahora depende de él que se escriba una nueva historia, la de su propia línea. No importa que su tía haya empezado con esto. ¿Qué mejor oportunidad que ser el oponente principal de su primo, el gran Estados Unidos de América Britania? Encima podía atribuirse el nombramiento de otro gran Imperio en esta zona, y ser reconocido como aliado principal. No puede retirarse antes de tiempo. Prusia y Alemania ya han hecho algo con sus vidas. Él ha tenido misiones quizá más importantes. Ha tratado con Venecia del Lacio, con Brasil Hispania, con Bélgica Galia, con Rusia Slav I, con la familia De los Cárpatos. Pero ni siquiera eso le ha rendido los frutos esperados. Ser el hijo menor resulta difícil, ser el tercero lo empeora todo. Nunca eres el posible repuesto, solo la sobra. Sus pensamientos son deprimentes, pero los deja estar porque son el distractor efectivo para olvidarse de los bonitos ojos de la señorita Hispania. Además, le dan el valor necesario para contestarle.

— Con el debido respeto, Frau Mexiko, pero me importa poco lo que usted quiera o necesite. Si usted desea no tener nada que ver conmigo, entonces es desafortunado para usted que yo necesite esta conexión. Lo único que se espera de esto es que usted salga de su patética incompetencia y que mi familia gane una posición en estas tierras. En ningún momento se ha esperado de nosotros que vivamos realmente como pareja —exclama Austria cada vez más molesto con la respuesta de ella—. Si eso no le interesa, podría decirse que es la más estúpida de sus hermanas. La menor de ustedes será liviana, pero al menos sabe a quién debe voltear a mirar. El heredero de los Slav no es su mejor opción, faltaría más, pero es alguien con una buena posición pese a su pésima fama. Las otras dos parecen lo suficientemente sensatas como para admitir que una no tiene posibilidades y la otra puede aspirar a cualquier cosa. Mis felicitaciones para su gemela, tan diferente de usted. Se nota a leguas que no le interesa mi amigo, el Coronel, pero hace lo posible por no perder…

Un violento golpe en el escritorio toma desprevenido a Austria al punto de hacerlo callar en el acto. Algo más que polvo sale volando por el impacto de una delicada mano contra la madera.

— Ya ha dicho suficiente, señor Germania. No permitiré que insulte a mi familia, menos a mi gemela —ruge México. No eleva la voz, pero sus ojos parecen dos piedras sólidas—. Mi hermana, a diferencia de usted, tiene modales. Mi hermana, a diferencia de Cuba, tiene recato. Mi hermana, a diferencia de mí, es sensata. Jamás haría evidente sus sentimientos bajo ninguna circunstancia. Quizá sea su perdición, pero eso es una cualidad que todos en la familia estimamos en ella. ¡Jamás dudaría de lo que mi hermana siente por el Coronel Del Lacio! Nunca la vi tan fascinada con alguien como lo está con su amigo el Coronel. Así que no me venga con que sabe leer a mi familia mejor que yo, que llevo viviendo con ella toda una vida.

— Se ha enamorado —concluye, más que inquiere, Austria con incredulidad y muy consternado, olvidándose por un momento de su propia situación, en parte por la revelación, en parte porque su interlocutora se ha deshecho de su máscara de señorita de sociedad y se muestra tal cual es en realidad frente a él.

A decir verdad, no la conocía tan bien como creía.

— Como nunca en su vida lo ha estado de alguien —confirma México—. Le partiría la jeta al Coronel Del Lacio si se aprovechara de ella por eso —la apasionada expresión de la señorita Hispania le impide a Austria reír como hubiera querido hacer ante la ridiculez de su afirmación.

— Ha de querer mucho a su hermana —observa él sin lograr entender su actitud.

— Quiero lo mejor para mi familia, por eso estaba dispuesta a casarme con usted —admite ella desafiante—. Ahora que ha hecho de mi conocimiento su opinión al respecto, no veo viable una anulación en que ambos podamos estar de acuerdo. Sepa que no pienso ser su esposa ni de chiste. Desde el inicio demostró su desaprobación en lo que concierne a mi familia. Si hubiera hablado conmigo antes, el evento de ayer jamás hubiera ocurrido. La señora De Hispania y su maldito contrato me habrían importado poco. Sólo me queda asegurarle que daré el no en el altar si usted insiste en seguir con esta farsa. Le garantizo que así nadie le atribuirá culpa, quedará limpio y libre, como desea. Ambos obtendremos lo que buscamos.

— Su familia es poco recomendable —razona Austria en un intento ilógico de limar las asperezas. Podría dejarlo así, finalmente tendrá lo que busca, pero algo se lo impide—. Sus hermanas menores son inmaduras. Nadie que se precie de ser de los mejores círculos se dignará a mirarlas por lo menos. Usted y su gemela serán lo mejor de la familia, pero jamás tendrán oportunidad de asegurar un futuro con tal peso a sus espaldas. No hablemos de su padre, un hombre irresponsable. No sé de dónde mi tía sacó que le convenía casarse en segundas nupcias con el señor Hispania. Le convenía alguien diferente. ¿Así que hágame el favor de explicar por qué no considera nuestro compromiso una ventaja?

— No crea que me hace un favor, señor Germania. Acepto a la familia en que nací. En cambio, a usted no tengo porqué soportarlo —la voz neutra de ella diverge con el disgusto que irradia—. Siempre me dije que mi marido al menos me respetaría. No aspiro a que me ame, sería pedir demasiado. Si usted no puede hacer eso, haga el favor de dejarnos. Sería mejor que se apresurara a pedir la mano de la señorita De los Cárpatos. Estoy segura que es su mujer ideal, por eso ha intentado ocultarle que se casa. Apúrese antes de que alguien se la gane. Yo haré como si la señora De Hispania nunca hubiera maquinado nada. Además a su familia le sobran tierras como para querer algo de las mías. ¿O es que ustedes son de los que piensan que entre más mejor?

— No me intereso en tierra de nadie, mucho menos en una joven señorita de linaje incierto que no está a la altura de mis expectativas —declara Austria, se endereza lo más que puede.

— ¿Y cree que en mis planes está casarme con un europeo estirado y pretencioso que se da aires de grandeza por nada? Antes me quedo para vestir santos. La Virgencita y Santa Rosa saben que soy muy hábil en la costura —la altura de Austria no intimida a México, hasta se ha permitido hacer un chiste a su costa que sólo ella entiende.

— El heredero de los Slav es viudo y sólo tiene un hijo legítimo. Los demás son bastardos cuyas madres abandonó. Espero que su hermana sepa en dónde desea meterse al buscar su atención —agrega Austria—. Tengo mejores cosas por hacer que hacernos perder el tiempo, Frau Mexiko —se despide, pero agrega antes de dar media vuelta y retirarse—. Que pase un buen día.

En cuanto sale, México respira profundo. Cuando él le pidió que hablaran de algo importante, no pensó que se tratara de eso. Se sentiría victoriosa, pero su mirada cae en el papel que descansa en su escritorio. Habría sentido satisfacción al verlo si el engreído de su todavía prometido hubiera firmado su consentimiento para anular el compromiso. Cosa que por supuesto no hizo. Habrán discutido y todo, pero el papel sigue ahí, olvidado sobre su escritorio.

— Le juro que si no me da una buena razón para aceptar lo que quiere, le haré aceptar mi voluntad a como dé lugar, señor Austria Germania —promete en voz alta a la nada.

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