No volvieron a tocar el tema de su compromiso desde entonces. Más aún, no volvieron a verse. Contrario a lo que pudiera esperarse, él no la evitó. No en un sentido estricto. Al día siguiente, a su regreso de su acostumbrado paseo matutino, México fue informada de su partida. Le había dejado un mensaje porque ella no se encontraba en la hacienda y él llevaba prisa. Cuando Veracruz le pasó el recado, México trató de no pensar tanto en la repentina marcha, más aún porque coincidió con la de su madrastra. Ese pequeño detalle trajo mucha inquietud, pero como de cualquier manera tenía muchas dificultades por atender no le pareció adecuado perder su tiempo pensando en aquello. Por un lado, porque si esa partida precipitada terminaba en la disolución tan deseada de su compromiso, sus problemas se resolverían solos, por lo menos el principal. Por otro, porque no podía permitirse desperdiciar la oportunidad de retomar, aunque fuera temporalmente, la dirección de su hacienda. Lo disfrutaría hasta el último instante nada más por sentir una vez más el estar en control de su existencia por completo. Así que no dedicó mucho tiempo a pensar en nada que no concerniera a ella o a los suyos. A decir verdad le hubiera gustado meditar en lo ocurrido al encontrarse más serena. No obstante, careció del tiempo suficiente para dedicarle. Hasta ahora.
— No te culpo de nada, Metztli. Hiciste lo que tenías que hacer, aunque no me agrada que se haya largado así sin más —declara su gemela con nulo entusiasmo—. ¿Eres consciente de que no fue lo último que hicieron juntos? Si no, entonces te recuerdo que no te firmó ninguna disolución. Lo que significa que sigues prometida en matrimonio a Imperio Austriaco, nos guste o no. Tu situación no podría ser peor. Su partida no te la puedes adjudicar por completo, ¿o sí? ¿Sabes a qué se fueron él y la esposa de Taita de regreso a Europa? Contrario a lo que nos gustaría, espero que no tenga nada que ver contigo, menos aún con nuestra familia. De ser así, las cosas quizá se compliquen innecesariamente. Una mera conexión como ésa del compromiso es suficiente para que te comparta cualquiera de sus problemas de llegar a tenerlos. No puedes saber qué ocurre del otro lado. A decir verdad, yo tampoco. Vine tan rápido como me fue posible, pero creo que eres consciente de que no te puedo prometer nada. Tendrás que ser prudente y andarte con cuidado, Metztli.
México escucha a su gemela con pesar, no importa que parezca más interesada en la taza de té frente a ella. Ambas se encuentran sentadas a la mesa preparada en el jardín para recibir a las cinco hermanas Hispania. Se encuentran en confianza, esperando al resto de las invitadas. Con la retirada de su madrastra, también marchó París y su gente, lo que le deja a México el camino libre para recibir visitas o hacerlas a voluntad.
— Perú, debiste haber estado ahí para poder entenderme. El muy… —México deja su frase inconclusa al ver la advertencia en el rostro de su gemela. A veces detesta a su hermana y a sus buenas maneras imperturbables—. ¡Claro que no puedes entenderlo! Al final del día no me libré de él, a pesar de lo que haya pasado. El… estirado ése se cree el señor del mundo, que puede ofender sin consecuencias a quien quiera. Es tan parecido a la señora De Hispania… ¡Ni siquiera porque le lancé a la cara unas cuantas verdades firmó el estúpido papel, Perú! ¿Qué tiene en la cabeza? ¿Paja? ¿Qué se supone que debo hacer? ¡Debió de haber accedido! ¡Recurrí a lo que la señora De Hispania siempre censura en mí y ni siquiera se dignó fruncir la boca! —finaliza bastante agitada.
— ¿No has hablado con Taita? —suspira Perú.
— Con todo el respeto que nos merece, Perú. ¿Crees que Padre va a entrometerse en lo que debería importarle? Antes se muere que volver a ocuparse de alguna de nosotras —protesta México—. Claro que no he hablado con él. Se lo tomó como una broma bastante buena la última vez que intenté hablar con él de algo serio. Y de eso nos separan años.
— Típico de Taita —murmura su gemela decepcionada.
— ¿Y no has pensado que, quizá, tan sólo quizá, tu demanda la sazonaste con un prejuicio que hasta te queda grande o la expresaste con orgullo desbordante, Metztli? —ríe su gemela intentando enmendar su error.
— ¡No te burles, Perú! —reclama México molesta y frunciendo el ceño, para después pasar a una indecisión marcada—. Debo decir que con ellos el Coronel también se marchó sin avisar —confiesa con cautela.
Perú parece apagarse por un instante, pero se recupera de inmediato. México nota de inmediato su esfuerzo.
— Sí, sí, ni lo menciones, Metztli —exclama exagerando una indiferencia que está lejos de sentir—. ¿Qué tal le va a tu amiga, la señorita Puerto Rico?
México acepta el cambio de tema, a pesar de que no se trata de un tema tan sencillo de abordar para ella.
— Ya sabes lo que opino. No tiene remedio ahora que él ha hablado. Supongo que nuestra amistad estaba condenada a no durar. Me siento fatal por eso, Perú —le confía México con cansancio—. Con todo, me ha invitado a su boda. Todos lo estamos. ¿Cómo rehusarme? En cuanto supo que se casaría me tuvo en cuenta y en cuanto supo la fecha me trajo la invitación. Ni siquiera cambió de opinión cuando fui honesta con ella. Es obvio que no se ha arrepentido y que yo debo respetar su decisión aunque no me crea capaz —confiesa al final no muy orgullosa de sí.
— Fue su decisión —concuerda Perú mirando a su gemela con tristeza—. Deberías de estar feliz por ella, Metztli. Tiene garantizado un futuro que eligió voluntariamente. No es exigente, ni idealista. Más bien es práctica. Comienzo a comprender qué quería decir cuando dijo que la situación en América no está para ser tan quisquillosa. ¿Sabes que quiero decir con eso?
México le dedica una expresión de incredulidad.
— ¡No me vengas ahora con que has cambiado de opinión, Perú! No después de todo lo que hemos hecho. En cuanto a Puerto, en algo no debe dudar de mí. Es mi mejor amiga. No le deseo otra cosa que una buena vida. Lo digo de corazón —declara México—, pero… sé que no la tendrá con él. Con él no logrará nada…
Ella suena sincera, pero Perú sospecha que en el fondo nunca la perdonará por haberse arruinado de esa manera.
— Tendrás que resolver eso antes de su boda, Metztli, y de pasó arreglar lo tuyo. Al parecer su ceremonia tendrá lugar antes que la tuya. Ya tendrás experiencia para cuando no tengas más que enfrentar tus dilemas.
— Ni me lo recuerdes, Perú. Sabes que odio a mi prometido casi tanto como al suyo —murmura México cruzándose de brazos.
— Lo sé, Metztli, por eso espero que no tengas que hacerlo —agrega Perú—. Aunque eso no es excusa, deberías hacer las paces con la señorita Puerto Rico. Ella te necesita. ¡Por Dios! Es tu mejor amiga —se permite increparle al final—. Puedo entender tu indiferencia por el trío que se ha marchado sin más, aunque yo no podría con res…
— Te entiendo, Perú —la interrumpe México en un intento por evitarle abordar un tema tan delicado.
— Creí que le interesaba, Meztli —intenta justificarse su gemela un poco dolida, más bien, desilusionada.
A México le enoja comprobar que han logrado alcanzar el corazón de oro de su hermana sólo para destrozarlo sin más.
— Pues quizá sí, pero no como creíamos —ofrece México con precaución.
— No quieras protegerme de lo inevitable, Metztli. Me entristece, pero no lloraré eternamente por alguien a quien no le intereso. Ha sido una buena amistad y el mejor conocido que he podido tener. Será un bonito recuerdo, nada más —pronuncia Perú con solemnidad.
— Nada es perfecto en esta vida, Perú —se disculpa México—. Ya quisiera asegurarte que será como si nunca lo hubieras conocido. Desgraciadamente dudo poder convencerte de algo así. Nadie te merece, Perú. Nunca lo olvides —concluye con una sonrisa.
— Lo sé, soy fantástica. ¿Qué harías sin mí, Metztli? —le devuelve su gemela de la misma manera. Se muestra momentáneamente animada.
México siente alivio al ver a su hermana reír genuinamente por primera vez desde que empezó la conversación. El cual le dura poco a causa de las palabras con que Perú continúa su intervención.
— Permíteme cambiar de tema, Metztli. La mujer de Taita no ha regresado de Europa, así que no habrá quien me detenga —hace una pausa, México espera hasta que ella parece preparada para revelarle su secreto—. Me voy una temporada, Metztli. Creo que sabes que nuestro primo Brasil sigue de visita con Taita. Me ha propuesto que le acompañe de vuelta a casa con Gran y tío Portugal. Acepté. Pienso que no hará ningún daño adelantar el viaje que planeábamos por el nacimiento de su wawa. No tienes inconveniente, ¿verdad, Metztli? Me alejaré un tiempo y lo emplearé bastante bien. Cuidaré de Gran y le haré compañía hasta que ustedes nos alcancen. Todas juntas será diferente.
— Entonces, puedo presumir que no asistirás a la boda de Puerto. Suerte la tuya que puedes darte ese lujo —acepta México.
No va a oponerse ni criticarla a su gemela, ella está casi segura de que haría lo mismo estando en su lugar. Situación que no es el caso para México. Ser la prometida de Austria la ha convertido en algo así como la representante oficial de su familia. A eso hay que añadir que su asistencia está doblemente comprometida por tratarse del matrimonio de su hermanastro y vecino y de su mejor amiga y pariente lejana. A ojos de todos hay que añadir que está próxima a ser la prima del novio. Tiene que empezar a socializar con las relaciones y la familia de su marido cuanto antes.
— Necesito cambiar de aires, Meztli —elabora Perú a modo de disculpa—. Necesito cambiar de aires para pensar con claridad. Me consuelo pensando que el señor Germania estará ese día ahí para ti. Por más ilógico que parezca, en esta ocasión quiero confiar en él.
— Y yo que creía que estabas de mi lado —se lamenta México a medias en broma a medias en serio—. No tienes porqué excusarte, Perú. Siempre estás para los demás que ya viene siendo tiempo que pienses en ti y seas un poco egoísta —México decide levantarse de su asiento y rodear la mesa para abrazar con fuerza a su hermana—. Sé que decidirás bien, Perú. Tú siempre sabes qué hacer, ¿Segura que quieres irte para pensar con el primo Imperio y su agitada vida? —sólo desea saber que su gemela ha sopesado bien su plan—. Te vas a distraer, pero no sé si te quede tiempo para reflexionar.
— Es mi mejor opción, Metztli. Prometimos acompañar a Gran en el parto de cualquier manera —recuerda Perú—. Sabes que se la está pasando muy mal ahora que su embarazo ha avanzado, pero no quiso dejarte sola por su causa, sin importar cuánto no le agrade lo tuyo. Necesita a alguien que la apoye. Necesito sentir que mi vida no depende de que él recuerde que existo o no.
— Me preocupaba que no pensaras en ti lo suficiente, Perú, pero veo que me preocupo en vano. Estoy aliviada —concede México.
— Nadie más que tú y Taita lo saben, Metztli —señala su gemela devolviéndole el abrazo—. Tú tampoco piensas demasiado en ti. Te lo recuerdo. No necesitamos que te cases con un Imperio para garantizarnos una buena vida. ¿Queda claro?
— Prometamos que escogeremos la mejor decisión posible para nuestro propio bien — propone México alejándose un poco para mirar a su gemela a la cara—. ¿Te preocupa algo en especial? —Perú no contesta y menea la cabeza negando.
México intenta no pensar demasiado en las implicaciones de su última promesa. Mañana volverá a preocuparse, al fin y al cabo sus problemas no han acabado, pero por hoy puede enfocarse en otras cosas, en su familia, que merecen su atención absoluta. Pero más tarde, cuando el resto de sus hermanas se encuentra presente, se arrepiente de haberlo pensado así. Esto no es lo que tenía en mente cuando planeó esta pequeña reunión. Necesita relajarse, necesita tomarse un respiro, no que la agobien con sus comentarios y le recuerden sus desgracias. Esto que hacen es pasarse de la raya. Más tardaron en llegar sus demás hermanas que lo que les tomó empezar a increparle su conformismo. Aunque esto más parece un coliseo que una reunión familiar por diversión.
— No puedo creer que seas tan aguafiestas, Metztli —se queja desde su silla Cuba—. No todos los días puedes tratar con tantas personas importantes. Ésta es una oportunidad de oro y tú simplemente la echas por la borda. ¿Qué no ves que acudirán posibles pretendientes? Quizá creas que tú no lo necesitas, pero el resto de tus hermanas necesitamos un buen marido. Aún todas seguimos solteras. Tenemos que prepararnos, conseguir telas, ese tipo de cosas, como antes.
— Te recuerdo que no es mi labor andar de casamentera —protesta México tocando instintivamente el anillo que lleva puesto desde que quedó claro que se iba a casar.
— Oh, no quieres que piensen mal de ti —apunta Cuba con sarcasmo, por supuesto que no se le escapó el gesto.
— Ni me preguntes porqué lo uso —advierte México—. La razón por la que me lo han dado y lo llevo encima no significa nada para mí.
Cuba le lanza una mirada de incredulidad.
— No lo entiendo, Metztli. Dudo que alguna de nosotras lo haga —interviene Bolivia—. Tu prometido podrá ser un Imperio, pero el hombre en cuestión es detestable. Si no creyera conocerte, diría que te lo estás tomando en serio.
— ¡Por supuesto que no lo hago! —exclama México con cansancio—. Aunque sería un problema que yo no respetara el acuerdo. No soy la de la posición privilegiada en el convenio.
— Como si a alguien le interesara —vuelve a atacar Cuba disgustada—. ¿De qué sirvió entonces que yo recibiera en mi hacienda a algunos de tus servidores? ¿Sabes lo que le ocurrió a los enviados de Perú? Dudo que lo ignores. Ahora que tienes razones de sobra para hacerlo, ¿dónde está ese odio que le profesas sin reservas?
Al fondo Perú y Paraguay escuchan en silencio. México sabe que ninguna de las dos, su gemela o ella misma, está en condiciones de discutir esa delicada situación.
— Mi odio yace amordazado en mi conciencia —se apresura a reconocer México—. No sé muy bien qué hacer con todo esto. Es delicado. Un paso en falso y me arruino depor vida, seguramente las arrastraré conmigo en la caída. No arruinaré a nuestra familia por un capricho desmedido.
— Ya estamos grandes como para que sigas cuidando de cada una de nosotras —rezonga Cuba—. ¿Te has detenido a cuidar de ti, Metztli? La sociedad va a acabar contigo de seguir así. Tienes que ocuparte más de ti. ¿Por qué no empiezas por actuar como la soltera que aún eres? —señala sim avergonzarse de su osadía—. Eso te conviene para la boda de tu mejor amiga y nuestro vecino.
— Tenemos suerte de que seas la amiga de la novia —secunda Bolivia—. Es simple. Encuentras a alguien interesante y respetuoso que realmente valga la pena. Luego mandas a... —Bolivia le sonríe una disculpa a Perú—, mandas muy lejos al sobrino de Madame Francia. Al final te casas con alguien mejor y listo. Problema resuelto.
— ¿Esperas que de la nada alguien olvide que estoy comprometida y encima con un Imperio que es hijo de los Germania? —observa México.
No acaba de creerse que las cosas parezcan tan fáciles y tan simples para sus hermanas. ¿Bajo qué piedra han vivido todo este tiempo?
— Nadie se mete con los Imperios, salvo ellos mismos y sus hijos —observa Cuba—, pero puede que tu Imperio sepa reconocer una indirecta cuando la hay.
— No somos seres tan ruines como para permitirnos ser arrastrados por sentimientos tan bajos —interviene Paraguay por primera vez—. La virtud, según A…
— A nadie le importa lo que un muerto haya dicho, Para —la interrumpe Cuba audiblemente irritada.
México inconscientemente dirige su mirada al anillo en su dedo. ¿Vale la pena recuperar un título para el que no está preparada? ¿Desea recuperarlo? ¿Desea pasar por la humillación de...?
— El muy obstinado no lo aceptaría —se decide a revelarles tras una breve pausa—. Entendería la indirecta, pero no la reconocería.
— Lo que menos queremos es un hermano tan desagradable —declara Bolivia en un tono dramático—. Mis más sinceras condolencias si eso ocurre, querida hermana.
— Es una lástima —se lamenta Cuba con fingida compasión—. ¿Sabes que el señor Slav no pudo ocultar su contrariedad al verte prometida oficialmente con el señor Germania? Eso me ha contado un pajarito. Parece ser que tu fiesta de compromiso estuvo… llena de acontecimientos.
— Podrá haber hecho ese gesto por cualquier cosa —objeta México—. Sabes que el señor Slav tiene una concepción de la vida un tanto diferente. No podemos asumir nada de nadie, menos de él. Además, dudo que me vea como algo más que un socio conveniente. Tampoco es que me haya fijado en él más que como un buen aliado. Me agrada su compañía, pero no me he enamorado. No importa que Padre diga que hubiera sido un marido perfecto para mí, yo no lo considero así.
— ¡Mejor así, Metztli! Yo me aseguraré que Padre tenga el yerno que desea. Ustedes —mira con intención a Perú antes de volver donde México— le han fallado. El que le conseguiste y el que estuvo por conseguirle Perú le desagradan sobremanera —la satisfacción anticipada en los ojos de Cuba resplandece sin reservas—. Sería la primera hija en dar gusto a su padre. ¡Una hija ejemplar al fin! Y la mejor sin lugar a dudas.
— Cuba —la regaña Perú, incapaz de mantenerse a raya por más tiempo—. ¿Es ése un buen comportamiento?
México intenta no reírse, tampoco delatar lo horripilante que encuentra aquello.
— Ten cuidado, Cuba. Lo digo en serio —complementa México—. No deseo que seas una más a la lista de burladas por Slav. Nadie ignora la cantidad de hijos ilegítimos que rodean al único heredero de Imperio Ruso. Si vas a ser algo de él, debes ser su socia, su conexión o su esposa. ¿Entendido?
México sabe que prohibirle a alguien hacer algo es inclinarle a hacerlo. Cuba no es muy diferente de eso. Así que debe ser cauta con sus palabras y lo que le pide que haga. Su hermana menor llega a ser muy razonable si no se siente presionada o criticada.
— Igual a un recato aburrido. Sí, sí, las escuché fuerte y claro, hermanas mayores —algo en Cuba traiciona el fastidio con que habla.
— No tientes a la suerte, Cuba —exige Perú tan seria como más puede—. En la familia nadie puede protegerte de todo mal. Metztli tiene razón. Además, la esposa de Taita no va a desaparecer de nuestras vidas tan fácilmente. Es seguro que tendrá planes para ti como los tiene para mí o los tuvo para Metztli. Además, considerando sus principios, tampoco moverá un dedo por ti de llegar a pasarte algo grave.
Cuba sonríe con descaro ante el comentario.
— Lo tendré en cuenta, querida hermana mayor —se limita a responder antes de poner un gesto pícaro—. ¿Entonces, escogemos juntas nuestros vestidos para la boda a la que estamos invitadas?
México mira al cielo despejado que las cubre resignada.
— Michoacán tiene el mío cubierto —informa disfrutando de la reacción de dos de sus hermanas—. ¿Quieren hablar de otra cosa? —la protesta unánime que le sigue es música para sus oídos.
Han pasado días desde que se otorgó el permiso de distraerse un poco con sus hermanas antes de obligarse a atender su dilema. Como resultado no ha dejado de darle vueltas y más vueltas al intercambio que tuvo con el insolente de Germania. Lo que él le dijo tiene algo de cierto, debe reconocerlo, por más que le haya faltado tacto para decirlo. En primer lugar, sí, su padre es muy descuidado. Administra medianamente sus propiedades, gasta demasiado y escasamente le dedica tiempo a sus hijas. A la muerte de su madre, se le acabó la época acaramelada y lo único que quedó fue la indiferencia. En segundo lugar, en efecto, Cuba es un flirt incorregible. Si bien no anda de cascos sueltos, ésa es la impresión que da. Nada le ha hecho cambiar de actitud. Su madrastra le consiente sus impertinencias, pese a que su favorita es indiscutiblemente Perú. Tanto es así que la menor de sus hermanas quiere asegurar un hombre como marido que opaque al de su segunda hermana mayor y al hipotético posible prometido de la otra gemela. Sabrá Dios que quiere demostrar con eso. Siguiente, efectivamente, Paraguay parece haber perdido el interés en todo lo que no sea cultivarse intelectual y artísticamente. El señor Germania no la ha visto en su modo más pedante, pero ha atinado. Su hermana no busca casarse. Su madrastra la ha arruinado con sus constantes críticas y comparaciones. La chica simplemente no desea saber nada de su papel en esta vida si no le va a servir para mostrar al mundo cuánto ha estudiado o practicado algo, de lo contrario no quiere ni oír mentarlo siquiera. Luego está Bolivia quien se encuentra en un intermedio nada conveniente. Ni aspira a un marido espectacular, como Cuba, ni aspira a dejar que la vida siga su curso sin ella, como Paraguay. Bolivia busca algo aceptable y sencillo. Con todo y un objetivo razonable, ni siquiera su actitud ha sido la adecuada para atraer un hombre así. Por último, la desventaja que significa la reserva exagerada de Perú ya la había señalado Puerto Rico; misma que México ignoró despreocupadamente. En conclusión, no puede decir que Germania esté inventando acusaciones. Aunque tampoco se siente con el derecho de decirle a Perú que todo es su culpa, porque eso sería mentirle, pero ahora capta que su gemela no está poniendo mucho de su parte para su felicidad.
¿Podrían haberle dado un examen más meticuloso de su familia? Probablemente sí, pero el que dispone no es desdeñable. Hay que admitirlo. Si ninguna de ellas ha tenido un pretendiente formal y aceptable, es precisamente por la falta de todos los elementos necesarios para ser una joven casadera realmente atractiva. Ellas tendrán la fortuna de ser bonitas, pero realmente hay pocas cosas materiales, políticas y económicas que las recomienden. Luego está su ascendencia materna. Una estirpe noble, rica y poderosa, pero sin nombre ni título europeos. Ellas no han logrado recuperar la gloria de ninguna de las dos ramas familiares de que descienden. La llegada de su madrastra a la familia no significó una adición decisiva, pero un matrimonio sumamente ventajoso podría hacer milagros por el resto. El señor Germania podría ser su milagro personal. México detesta darle la razón al engreído ése. ¿Por qué reconsiderar su opinión? No se lo explica, pero cree que tiene que ver con el hecho de que mostró un leve atisbo de sensibilidad, quizá de empatía. Parece que Germania se preocupa por los demás, al menos por su amigo. Tal vez fue por eso que enseguida se volcó contra Perú. Ella intentó defender a su hermana, pero no está segura de haberlo hecho bien. También está la disposición de él para prestar atención a los demás. Él estaba muy molesto por todo este asunto del compromiso con ella, pero se tomó la molestia de observar a todos en su familia. Para desdeñarla a ella y a los suyos como hace, les ha tomado en cuenta bastante. No está tratando con un idiota. Si se ve desde esa perspectiva, las cosas adquieren un cariz distinto. El señor Germania ya no le parece tan desagradable como antes.
— Jefa, disculpe la interrupción. Se trata de Don Maximiliano —le informa Ciudad de México entrando sin avisar a su despacho. México asiente a la espera de que continúe—. El problema del que ya le había hablado ha empeorado. No he recibido respuesta de Doña Francia, ni del señor Germania. No hay medio de saber cuándo regresarán.
México está enterada a detalle de la situación. Como supuso, una parte de su gente no aceptó de buena gana al nuevo administrador, pero la presencia constante, prácticamente diaria, tanto de su madrastra como del futuro amo de la casa, siempre la mantuvo a raya. Ahora que ambos señores están de viaje, los ánimos se han avivado una vez más. ¡Claro, ella está pintada! Su gente hace y deshace sin consultarla. Ganas no le sobran de meterlos a todos en cintura por igual y sin piedad. ¡Ella es la dueña, ama y señora de este maldito lugar, carajo! ¿Acaso nadie puede entender eso?
— ¿Qué ha pasado esta vez? —suspira México con fastidio.
Ciudad de México se endereza para empezar su informe sin alterarse.
— El antiguo administrador —la alarma de ella se dispara al cielo al oír hablar así de ese hombre— ha comenzado a movilizar a la gente que trabaja con Coahuila, Chihuahua, Hidalgo, San Luis Potosí y Querétaro. Buscan movilizar a toda la hacienda. Van a meter presión para que no…
México se levanta de golpe de su asiento. Las desavenencias por quién administra o no su propiedad van a terminar con ella. Sí, quería que ese antiguo administrador suyo encontrara la manera de anular su compromiso con el joven señor Germania y que pusiera un alto legal a la intromisión de su madrastra. No lo hizo, pero no tiene porqué meterse con el que ha ocupado su lugar. Su hacienda no tiene que pagar por los resentimientos y las frustraciones personales de todos.
— Van a arruinar todo si esto sigue escalando —protesta México y se levanta de su asiento—. Más que nunca necesitamos unidad. Llévame donde Juárez, Ciu. Necesito hablar seriamente con él y sus seguidores. Hay maneras de arreglar esto. ¿¡Voy a creer!?
¡A qué hora se les ocurre desaparecer a esos dos! Ahora tendrá que responder por personal que ni siquiera ella contrató.
•
Maldito, Preußen, ¿en qué estabas pensando cuando se te ocurrió que hacerle esto a los Galia era prudente? ¿Por qué tenía que ser justo ahora? ¿Qué no ves que necesito…? ¡Qué va, yo no necesito nada! ¡Estúpido cabeza de familia!
Austria aún no comprende del todo porqué está devuelta en Europa, en específico de visita en la casa familiar de los Galia. Supone que hubo un cambio de planes que nadie le notificó. Tampoco acaba de explicarse la extraña actitud de su tía. Se la nota extrañamente relajada, con indicios de ocultar una ansiedad asfixiante. Nunca la había visto tan vulnerable. Nunca sospechó que algún día la vería regresar a casa así de agitada a causa del llamado urgente de su abuelo. ¿No se suponía que los Galia son individuos de temer, una familia formidable? Ahora resulta que, según alcanza a vislumbrar, no pueden siquiera enfrentar una deserción, ni ninguno de ellos puede hacerse cargo de las consecuencias. Austria no puede evitar pensar en su madre. ¿Cómo lo estará pasando ella? ¿Cómo se lo están tomando sus hermanos, en especial el cabeza de familia, y el resto de sus familiares y amistades? No quiere imaginarla deshecha por la noticia. Si es sincero, tiene bastante con ver a su tía aceptando de buena gana la compañía de su marido. Ese detalle lo mantiene perplejo. Cuando se enteró, le resultó increíble que el señor Hispania se hubiera ofrecido a acompañarla en su viaje a Europa. No está exagerando. Su tía nunca se entendió con sus propios hijos, ni con el quinteto de hermanas Hispania, ni con el resto de esa familia que se rehúsa a reconocerla como su matriarca. Así que no es sorprendente comprobar que con su marido no está en la mejor de las situaciones. Luego está Prusia, su sobrino, y su súbito cambio de planes; el cual equivale a decir que los Germania le están dando la espalda a los Galia y, con ello, a cualquier entendimiento mutuo existente entre ambas familias hasta este momento. Austria rehúsa reconocer que eso le afecta directamente. Prefiere centrarse en que por primera vez ve resquebrajar la armadura supuestamente impenetrable de su tía. Tal parece que está siendo testigo de su implícita derrota.
— Espero que comprendas que esto no es algo personal, Autriche —le advirtió su tía antes de pisar la tierra ancestral de los Galia—. Los Galia no respaldarán por más tiempo tu unión con mi hija. Los Hispania se pronunciarán aparte, aunque no te auguro nada favorable. No me atreveré a proponer la disolución de tu compromiso, no queremos más problemas con tu familia. Espera instrucciones de tu hermano.
Austria se encuentra en la sala todavía sopesando las consecuencias de lo que le han contado. No respondió nada, se mantiene en silencio desde entonces. La disolución se presenta más factible que nunca. Lo curioso es que no sabe cómo se siente al respecto, aunque está seguro que no experimenta precisamente alivio. El patriarca Galia, un Imperio demasiado viejo para estos trotes, no ha mandado nada contra él. Así que podrá permanecer tanto como quiera. La verdad sea dicha, no le apetece hacer una visita a los suyos. No, ni hablar de seguir el ejemplo del señor Hispania quien, aprovechando el viaje, partió hace poco en busca de reconectar con algunos de los suyos. Ya sospechaba Austria que la solidaridad de su tío era bastante notoria como para ser auténtica. No obstante, puede imaginarse la causa. Ahora que se ha designado a la primera de sus hijas para prometerse en matrimonio, es oportuno renovar algunas viejas conexiones a través de los familiares más ancianos y los más lejanos. Los Germania están conectados con los Hispania desde mucho antes de que el actual cabeza de esa familia naciera. Es de comprender que la renovación de la alianza tenga a algunos inquietos. El súbito interés de algunos Hispania no es un buen augurio para Austria, no lo era para su tía. Adicionalmente, a Austria no le agrada la responsabilidad paternal que está desplegando el señor Hispania por los suyos. Muy en el fondo, Austria sabe que ésta no representa una amenaza significativa. Tan sólo se trata del producto de una desconfianza genuina y quizá poco fundamentada, propia de familias con siglos de relaciones de todo tipo, acerca de otras familias. Nada más ni nada menos. Se lo advirtió su tía, aunque por razones diferentes. Aunque, a decir verdad, el juicio de su tía no es muy de fiar, puesto que está parcialmente nublado por su resentimiento hacia la difunta primera señora De Hispania.
Cuando lo comprendió, a Austria le pareció ridículo que su orgullosa tía se sintiera superada por el fantasma de una mujer inferior a ella. Supuso en su momento que el nacimiento de un heredero varón podría arreglar sus aparentes dificultades, pues fue lo único que le faltó a su predecesora, cuyo recuerdo permanece latente en la familia. Mas, dadas las circunstancias que ya no le son ajenas, Austria califica de nula la posibilidad de su tía de engendrarlo. Ella necesita un milagro y no por infertilidad. Su tía tiene el antecedente de varios hijos sanos como para confiar plenamente en su capacidad de concebir. El problema tampoco es su esposo, cinco hijas que han llegado a la madurez son prueba suficiente. Su obstáculo es de otra naturaleza. Su tía no se casó ayer y la distancia con su marido fue clara casi desde el principio. Es una pena que esté pasando eso. Los Galia se ganaron respeto y poder logrando una posición ventajosa entre las familias europeas, rivalizando incluso con los clanes más numerosos. Tal posición les había costado el esfuerzo de generaciones y algunas desgracias personales, pese a ello los resultados fueron satisfactorios. Su tía es el segundo miembro de la familia en llevar el máximo título disponible en su sociedad, se cuenta entre las pocas mujeres poderosas por sí mismas y es la madre de la siguiente generación de los ambiciosos y astutos Britania. Por su parte, la madre de Austria ingresó a la prestigiosa familia Germania por la puerta principal. No hay que descontar que su difunto tío Galia trajo a la familia una mujer de buena familia, su tía Bélgica. La siguiente generación de sangre gala prometió ser estupenda. Prometió, porque su tío murió sin herederos y el abuelo rehúsa dejar la herencia familiar a sus descendientes externos. A Austria no le ofende esa resistencia discriminatoria. El viejo Galia sabe que dejar su legado a los Germania o a los Britania es admitir que los Galia no pudieron contra el tiempo y la tormenta. Equivaldría a capitular en nombre del fracaso. Haciendo los cálculos pertinentes, la única salvación es que su tía dé a luz a un Hispania. Eso equilibraría la balanza. Una familia significativamente menos poderosa, pero de buena cuna. El viejo Galia se sentiría tranquilo con una hijo de su nieta favorita en esas condiciones. Austria asume que es por eso que su presencia fue requerida en esa familia. Admitir al menor de los Germania en el entramado de alianzas fue la manera de asegurar el respaldo de la familia completa para un posible cuñado suyo como el heredero de la Casa de Galia, a la vez de imponer a los Germania límites a sus aspiraciones. El único otro descendiente que podría tener los medios para actuar a su favor incluso queda bloqueado con esa jugada.
Pero un problema insospechado, tal vez el más importante, es que nadie se esperaba que no hubiera heredero aparente, que los Hispania llevaran fuego en la sangre haciéndoles difíciles de gobernar. Austria no puede evitar sonreír al recordar su ejemplo predilecto de esa cualidad tan peculiar en dicha familia. El señor Portugal Hispania no parecía una opción muy conveniente, por lo que la viudez de su hermano mayor era la única gran oportunidad. La prisa no le dio tiempo a su tía de pensar en la posibilidad de no contar con lo necesario para aprovecharla. Tampoco anticipó el primer tambaleo de su propia familia en mucho tiempo. La reducción de su número no debía ser directamente proporcional a la disminución de su influencia. El Pater familias es demasiado viejo como para seguir acaparando el plano político de Europa. En cualquier momento podría dar su último suspiro. Luego está la madre de Austria. La actual viuda De Germania está lejos de ser de alguna ayuda. Su tía pudo aprovechar mientras su primer marido vivió. Ahora los Britania están lejos de su influencia con un hijo rebelde, otro demasiado discreto y el resto sin mucha fuerza política. Austria suspira con pesadez al comprobar la razón por la cual su tía no se opone ni por asomo a su matrimonio con la señorita Hispania. Definitivamente necesita que las Hispania, sobre todo las gemelas, hagan bien las cosas. Él supone que eso significa que el objeto de los afectos del Coronel debe cooperar. Es prioridad que la mayor de las señoritas Hispania contraiga matrimonio con algún Imperio o Reino, quizá Principado. De nada le valdría a su tía entregarla a una República o una Confederación. La gemela de su prometida debe ingresar a una familia fiel a la antigua tradición. Los Del Lacio cumplirán con ese requisito, pero les falta algo por más cultos y poderosos que sean. En conclusión, Austria podrá fácilmente conservar a su futura novia, pero no puede asegurar lo mismo de los demás.
— ¿Ha ocurrido algo grave, Tante? —pregunta de inmediato al notar la mirada de su tía sobre él tras volver de su entrevista con el viejo Galia.
Su tía le mira irritada. No contesta de inmediato. Austria supone que si lo arrastró consigo hasta aquí, en parte, es porque lo tiene contemplado dentro de sus planes. Eso le da derecho a exigir respuestas, mismas que ya se imagina de qué van.
— Que me perdone Dieu por menospreciar a los hijos de grandes familias, pero no puedo conformarme más que con lo mejor —admite su tía algo ausente, como si hubiera leído los últimos pensamientos de Austria, antes de responder a su pregunta—. Está muy grave, mas nada que no tenga arreglo, Autriche. Se encuentra muy débil, así que quiere dejar todos sus asuntos arreglados. Has captado su interés últimamente, mon cher.
Austria decide presionar un poco más.
— ¿Requiere hablar conmigo, Tante? Salimos tan precipitadamente que ni siquiera nos despedimos. Hubiera querido agradecer la hospitalidad y despedirme de mi futura familia —alega con cuidado de escoger sus palabras y aclarar después—. Ya sabe, no dar malas impresiones.
Austria intenta suprimir una sonrisa irónica sin lograrlo del todo. Su tía decide no indagar al ver que se guarda el chiste para sí. Ha visto a Austria actuar con una frialdad impropia de su carácter frente a los Hispania, así que es extraño que ahora le interese ser amable y se preocupe por la imagen que ofreció a esa familia, su familia.
— No por ahora. Antes necesita descansar un poco. Está demasiado débil —replica ella—. No te preocupes por tu actuar, Autriche, podrás arreglarlo a tu regreso. No es como si te fueran a odiar por eso.
Austria ahora quiere prevenir por todos los medios prorrumpir en sonoras carcajadas ante el recuerdo que le trae lo dicho. Logra evitar un desliz con mucho esfuerzo y sin mucha discreción.
— Dejé a mi personal solo —recuerda Austria recuperando poco a poco la compostura—. Me hubiera gustado dejarles algunas instrucciones.
— Ma fille no hará algo por contrariarte, Autriche, ella sabe lo que le conviene —defiende su tía no muy convencida.
Austria asiente sin rebatir nada directamente, lo que no le impide contraatacar.
— Su propio personal cree saberlo mejor que nosotros. Me atrevo a decir que creen que lo saben mejor que ella —advierte sin más.
La mirada que le lanza la mujer sentada frente a él le hace saber a Austria que su tía sospecha que no le está contando todo, pero tampoco cree que tenga importancia insistir en que se lo confíe.
— Bêtises ! Autriche, esos campesinos podrán dar sorpresas, pero no son una amenaza real —asegura ella—. Si me preocupaba que no te fueras a sentir cómodo con ma fille, al menos ahora constato que te estás tomando en serio tu compromiso.
Su tía nunca habla de su casi fracaso contra los abogados de su hijastra, pero siempre lo tiene presente cada vez que habla de ella. Austria sospecha que, pese a que no lo delate, su tía teme las consecuencias de su ausencia.
— Eso espero, Tante. No queremos sorpresas —su tía lo observa con detenimiento al tiempo que él desvia la mirada hacia la ventana—. Ha llegado mi tío. Creo que es mi turno de salir a dar una vuelta.
— Quédate, Autriche —casi le ordena—. Tu familia puede esperar. Necesitamos que sepas nuestra parte del problema.
Austria mira inquisitivo a su tía sin hacer ademán de querer marcharse.
— Sólo deseo que sepas y calcules minuciosamente lo que hagas de ahora en adelante. No te conviene por ningún motivo tener tu propia agenda —le aclara ella a modo de advertencia.
Austria mira a su tía fingiéndose indiferente al saberse sospechoso de traición. Él no es el que cuenta con agenda propia desde el principio.
— ¿Quién ha dicho que me interesa ir por mi cuenta, Tante? —declara Austria con la mayor frialdad posible—. Si hubiera sido por mí, no hubiera pedido la mano de Frau Hispania. Eso carece de relevancia en el presente, así que no tengo más preocupación que la de mantenerla donde la dejé.
Su tía endurece el rostro disgustada sin comprender el doble sentido de las palabras de Austria. Él decide ignorarla pese a que todo apunta a que está dispuesta a regañarle o decirle algo. Nunca se entera de lo que iba a decirle porque es entonces que un servidor entra con una bandeja en las manos.
— Madame France, Monsieur Germania, ha llegado correspondencia para ambos —anuncia el recién llegado ofreciéndoles los dos sobres sellados que lleva en la bandeja.
— Tiene el sello de la Casa de Hispania en América, no es uno personal —reconoce de inmediato Austria—. ¿Sabes quién lo envía, Straßburg? ¿Sabes si Herr Hispania ha recibido también una carta?
— Efectivamente vienen de América, Monsieur Germania, sin una tercera. Llegaron marcadas como correo normal. No sabría decirle más.
Austria ya no escucha más. Abre el sobre impaciente y comienza a leer. En seguida se encuentra resuelto y dispuesto a hacer lo que considera que debe hacer.
— Straßburg, espero que nadie haya descargado mi equipaje. Necesito que me preparen un carruaje para salir de inmediato. Quiero que alguien se adelante al puerto y me prepare el barco —ordena Austria sin importarle estar en casa ajena. Sólo tiene una cosa en la cabeza y es regresar a América lo antes posible.
— Al momento, Monsieur Germania —contesta Estrasburgo sin inmutarse.
Austria respira hondo. Sólo falta que le anuncien que el carruaje está listo para partir.
— ¿Pero en qué estás pensando, Autriche? —protesta su tía, de quien él se había olvidado por completo—. Lo que pone aquí no es razón suficiente para regresar a América tan precipitadamente. Tienes asuntos más importantes por tratar aquí, con nosotros, con tu familia. Sólo es una carta informativa. Ni siquiera merece una respuesta.
Austria debe concederle a su tía que el contenido de la carta es demasiado ambiguo. Su propósito, bien dice ella, es meramente informativo. El remitente no espera nuevas instrucciones, ni una respuesta de algún tipo. Tampoco parece que demande su presencia inmediata de vuelta en casa. Mucho menos es un mensaje exclusivamente para él porque, por lo visto, su tía también ha recibido un informe. Sólo es un comentario, más bien, una advertencia implícita de que se tomarán medidas de emergencia debido a su ausencia. Una solicitud de no considerar tanta iniciativa como una falta a ningún acuerdo establecido. Con todo, Austria considera que debe volver. Tanto así que ignora las palabras de su tía. No le apetece detenerse a rendir cuentas acerca de su decisión precipitada.
— Lo siento mucho, Tante. Espero que pueda disculparme con los demás, especialmente con Großvater —pide Austria mientras se dirige a la salida—. No pienso ignorar este asunto. Frau Hispania me necesita a su lado aunque no quiera admitirlo.
Quizá esté equivocado, quizá incluso Austria esté exagerando. Sin embargo, cree que regresar con su prometida es lo correcto, lo que debe hacer, como quiere responder. No importa cuánto hayan discutido o cuánto se hayan ofendido mutuamente. Están juntos en esto, pase lo que pase.
— Autriche, mon neveu, debes pensarlo mejor. No puedes salir corriendo sólo por haber recibido un informe así —insiste su tía una vez más—. Ma fille es obediente y leal, además está acostumbrada a ese tipo de incidentes. No puedes abandonar a tu familia por…
Son las últimas palabras de la mujer las que realmente calan hondo en el alma de Austria.
— Disculpe mi insolencia, Tante —exclama Austria parando en seco para encararla mejor—. No entiendo su razonamiento. Me parece que usted considera a Herr Hispania su familia, su única razón es que se trata de su marido. No sé qué la detiene a considerar a las hijas de su marido como suyas, si se la vive llamándolas así todo el tiempo. Tampoco me explico qué podría impedirme, acorde a su criterio, reconocer a Frau Hispania como familia, como mi familia. No sólo es su hijastra, asimismo estamos próximos a casarnos, pronto llevará mi nombre. Poca diferencia puede significar el hecho de que, en nuestro caso, lo único que nos une es una promesa que tenemos intención de cumplir.
Para Austria no tiene sentido, su tía se la pasa llamándola hija. ¿Por qué ahora no la reconoce como familia? No es su hija de sangre, pero pretende tratarla como tal la mayor parte del tiempo. No planea entender a su tía pronto, tiene mejores cosas que hacer. Tampoco va a detenerse a analizar sus impulsos, lleva prisa como para perder su tiempo en eso. De cualquier manera, quiera o no, de palabra o en serio, se trata de su prometida y será su esposa. Lo tiene claro. No han firmado los papeles de la anulación y no planea firmarlos pronto. Su tía, en cambio, piensa distinto. Él la ha sorprendido con su respuesta, lo mira perpleja. Algo atraviesa su rostro por un instante. Algo que la hace lucir fugazmente nostálgica, una emoción que nunca había visto en ella. Luego retoma su semblante de indiferencia y acepta en silencio su decisión sin aprobarla.
— Tenías que ser un Germania —se despide de él antes de dar media vuelta—. Espero que sepas lo que haces, Autriche. Que tengas un buen viaje.
Austria no responde, ni se detiene a preguntar por la razón detrás de su comentario. Su familia se caracteriza por varias cosas un tanto específicas. Él se limita a dirigirse hacia el carruaje que le espera afuera. No sabe qué le ha dado para salir corriendo por una carta que ni siquiera le ha escrito ella. Su Capital, asegurando que no está siguiendo órdenes de nadie, se ha dirigido a su tía y a él. Firmó el informe sin pedir ayuda o instrucciones. Sólo está poniéndolos al corriente, no pide auxilio. Sólo pregunta de pasada y muy sutilmente cuándo volverán, mas no pide que vuelvan. Se limita a desearles una agradable estancia en Europa, no pretende exigirles que la interrumpan. Quizá no sea tan grave. Quizá sea una indirecta. Quizá sólo es parte de lo que cree que debe hacer. Austria agita la cabeza contrariado. Va a enloquecer si continúa pensando. No obstante, no puede dejar de hacerlo. Él es responsable del nuevo personal, pero es consciente que eso no es suficiente para justificar su reacción. Tampoco está convencido de que le importe mucho que la pequeña hacienda sucumba en su ausencia. Eso no es todo. Sólo sabe que se ha inquietado de tan solo pensar en las posibilidades. Una en especial. Una en la que alguien salga lastimado. Sólo sabe que realmente se ha preocupado por todos los que hacen funcionar esa hacienda. Cualquiera puede resultar perjudicado si el problema crece. Sólo sabe que desea regresar y asegurarse de que todos estarán bien. Quiere protegerlos. Ya está. No desea reconocer más.
Y no reconoce más hasta que llega por fin a su destino. En cuanto pone un pie en la propiedad, no se detiene por nada, ni por nadie. Austria no se molesta en esperar a ser atendido, ni anunciado. Lleva tanta prisa que sólo alcanza a detenerse para tocar a la puerta antes de irrumpir en el despacho. Algo de modales debía quedarle pese a su agitación. Tampoco se detiene a reparar en su actuar. Nunca se había movido con tanta soltura por aquella hacienda. Lo que son las cosas. Una reflexión hecha a medias, un impulso y ya es otra persona.
— Señor Germania —es lo único que necesita oír para relajarse.
Austria se desplaza más al interior sólo para encontrar a una mujer que lo mira incrédula. Su repentina aparición debe de haberla sorprendido. Él lo estaría, porque tampoco se lo acaba de creer. Se detiene a examinarla en busca de alguna señal de desgracia. No hay signos de desesperación o angustia, pero es evidente su agotamiento. Ahora puede en verdad respirar a gusto. Verla así es un alivio. Que no lo reciba enojada es uno aún más grande. Quizá esté pasando por alto su último altercado dada la situación que atraviesan. Si su Capital no exagera, la hacienda está pasando por una de sus peores crisis. A ella no parece afectarle, no de manera visible. Es fuerte. No cabe duda de eso. Se siente orgulloso de su futura esposa... Espera, no tan rápido.
— Señor Germania —repite ella al no recibir nada de su parte—, no le esperaba tan pronto.
— Lamento no haberme despedido la última vez como es debido, Frau Hispania. Le ofrezco una disculpa también por no haberla prevenido de mi regreso. Consideré que era mejor volver de inmediato que expresar cualquier cosa por correspondencia. Su Capital me envió un informe detallado de la situación —declara Austria sin pensarlo dos veces.
— No era necesario que se tomara tantas molestias, señor Germania —la incredulidad ha sido reemplazada por desconfianza—. ¿La señora De Hispania le acompaña?
— Soy el único que ha regresado —aclara Austria, es entonces que se percata en su plenitud del significado de lo que ha hecho—. Tante está al tanto de la situación, pero ha preferido ocuparse de sus asuntos personales.
Austria observa a su prometida con cautela y mucha atención. El brillo que cruza por sus ojos es fugaz. Sí, lo admite, vino como alma que lleva el diablo hasta aquí sólo porque ella tiene problemas. Ni él acaba de creérselo, pero así es.
— Yo le prometí que cuidaría de usted, que la ayudaría a ser un Imperio, y voy a cumplirlo, Frau Hispania —declara Austria intentando aparentar a medias su incomodidad.
— Es muy amable de su parte, pero no era necesario —asegura su prometida al tiempo que le sonríe genuinamente por primera vez—. Espero que no se arrepienta algún día, señor Germania —añade con el desafío en la mirada. Austria nota que su postura comienza a relajarse, sus palabras van cargadas de un alivio muy sutil como para señalarlo con seguridad—. Sería demasiado bueno para ser verdad. A la última persona que me tendió la mano no le fue muy bien que digamos. No soportaría agregar a alguien más a la lista de desafortunados.
Austria acepta con solemnidad y sin amedrentarse su advertencia. Ella ha recibido el mensaje. No cabe duda. En silencio le ofrece algo más que un borrón y cuenta nueva.
— No se preocupe por mí, Frau Hispania —responde Austria sin soltar su confianza—. Considero que hemos llegado a un acuerdo.
— Délo por hecho —concuerda ella—. Le agradezco su consideración. He estado manejando la situación…
Austria toma asiento frente a ella escuchando atentamente lo que le comparte. Parece que su prometida le ha perdonado su descaro o es muy profesional cuando se trata de asuntos de este tipo. Él ni siquiera se ha dedicado a odiarla por lo que le dijo. Considera que intercambiaron palabras agravantes, pero necesarias. Necesitaban poner sobre la mesa todo lo que consideraran preciso que supiera el otro. No lo hicieron de la mejor manera, pero lo hicieron. Eso los ha dejado con esta inusual comodidad de estar con el otro. Tan agradable es que resulta difícil creer que todavía tienen diferencias que superar. En efecto, todavía hay muchas cosas que tratar entre ellos, pero Austria cree que podrán llegar a ser cercanos. De lograrlo, en un futuro habrá conseguido una persona más en quién confiar en la forma de su esposa. Porque de una cosa está completamente seguro. Es incapaz de recordarse a sí mismo que no planea casarse en serio con ella. Por más que lo intente el pensamiento siempre termina resulta desagradable. Ya no puede ver a su prometida como su prueba final, tras la cuál podría hacer su vida tal y como la planeó desde siempre... sin ella. En definitiva obtiene un mal sabor de boca de tan sólo empezar a imaginarlo. En un intento por dejar claro su sentir, Austria decide compartir su parecer una vez ella ha terminado.
— Tengo que hablar con mis hombres y el resto de los involucrados, habrá que negociar algunas cosas —comienza a planear en voz alta—. No podemos darnos el lujo de perder la cosecha de este año y descuidar al ganado por este inconveniente. Las minas deben reanudar actividades. Tampoco podemos permitirnos perder personal, ni la efectividad de nuestros servidores. Podemos recurrir... —se interrumpe de inmediato al sentir un cambio extraño en el semblante de su prometida—. ¿Dije algo que le molestara, Frau Hispania?
Ella lo mira con una mezcla de desconfianza, asombro, incredulidad y aprobación antes de decantarse por ésta última.
— En lo absoluto, señor Germania —le asegura—. Sólo que me asombra que esté tan comprometido con la causa. Lo noto con un sentido muy fuerte de pertenencia a nuestra gran familia.
— Estamos juntos en esto —reconoce él como si fuera lo más obvio y natural—. Es sincera mi disposición a ayudarle, Frau Hispania. Siento mucho cómo le planteé mis intenciones la primera vez. No tengo excusa, pero quiero que sepa que la considero digna de admiración desde que la conocí. En concreto, quiero pedirle que permanezca a mi lado. Entenderé si no encuentra en usted la voluntad de aceptarme. Sólo le pido que lo considere con detenimiento.
Ella permanece en silencio pensativa. No le extrañaría a Austria si ella no esperaba esto de él, ni nada por el estilo cuando lo vio atravesar la puerta de su despacho y entrar en él con la preocupación y la ansiedad pintadas en la cara. Quizá ella sólo esperaba lo que él le había confiado: una disolución al final de la farsa. O quizá una simulación de matrimonio hasta que pudieran separarse. Austria admite para sus adentros que como mínimo desea una amistad larga sin tener que librarse de ella, eso sí se permitía soñar demasiado. Supone que con su fantástico cambio de actitud la ha dejado tan descolocada que no sabe qué pensar de él. Ella continúa sumergida en sus pensamientos. Austria se impacienta. ¿Qué se supone que quiere que haga con su silencio?
— ¿Comprende que éste no es momento para hablar a la ligera? —demanda ella por fin en un tono lo menos hostil que es capaz de emplear—. Algunas veces no lo comprendo, señor Germania. No comprendo porqué me dice esto. Es difícil saber qué pensar al respecto de usted. Nada lo recomienda demasiado, pero tampoco me ha dado razones para desconfiar de usted —termina México por admitir porque de alguna manera parece que no se atreve a ofenderlo pese a su desconfianza. Para Austria eso es una buena señal comparado a su primera conversación seria—. Haga el favor de hablar en serio conmigo. Es importante para mí que lo haga.
— Sí —responde Austria con firmeza—, hablo en serio. Quiere al menos respeto, lo recuerdo. He tomado mi decisión, esto es definitivo. Si me lo permite, deseo cortejarla como se debe, quiero que nuestro compromiso sea en serio.
Ella cierra los ojos, pero se recupera lo más rápido que puede. Intenta permanecer tranquila pero es imposible. Austria reconoce que le ha metido mucha presión al declararle sus intenciones, mas duda que haya mejor momento que éste para confesarle sus deseos. Este tipo de declaraciones no se pueden tomar a la ligera, ameritan una respuesta. Austria no cambia de posición, ni siquiera ha bajado la guardia. Permanece mirándola fijamente a la espera de que ella le responda cualquier cosa. Su prometida no tiene más que responder salvo lo obvio. Ya le dijo todo lo que podía objetar o comentar acerca de su imprevista declaración. Una palabra más sobraría, o tal vez sería el inicio de una discusión como la primera vez.
— ¿A qué santo le reza uno para salir de situaciones como esta? —la escucha musitar.
Por la cara que pone a Austria se le antoja a que a ella le tranquilizará más encontrar alguna duda, mentira o titubeo en él que la certeza y la resolución que espera estar reflejando. Comprende su estupor, Austria acaba de detonar dinamita justo en sus narices.
— No estoy en condiciones de aceptar nada, lo siento —resuelve tras mucho pensarlo—. Aunque creo que es preciso agradecer su atención, señor Germania. Me gustaría agregar que debería haber más comunicación entre nosotros si quiere que nuestra asociación funcione. No puede esperar a que yo asuma lo poco o mucho que pueda entender hasta que usted decida que es tiempo de romper el silencio y ya no quede mucho por hacer.
— No tiene porqué sentir nada, es comprensible, Frau Hispania —ofrece Austria intentando restarle peso a la situación.
— No, no es comprensible, señor Germania, sólo es una situación extraña —ella intenta aclarar algo que para Austria ha quedado más que definido—. Es difícil para mí aceptar su ofrecimiento tan repentino, son muchas las cosas que han pasado. Ya le he dicho que los que me ayudan terminan mal. Si el ambiente no mejora en la hacienda, ambos estaremos en problemas. Creo que sabe lo suficiente como para entender a qué me refiero. Si lo que haremos termina por funcionar, ambos estaremos bien. No me malinterprete, le otorgo mi voto de confianza plena. Mi familia es otro cantar, no para de señalarlo. Puede estar seguro de que no comparto su opinión. Sólo espero no estarme equivocando con usted al decirle esto.
— No lo hace, Frau Hispania —le asegura él, hay algo más detrás de su afirmación que no puede expresar con palabras.
Austria se acomoda nuevamente en su asiento frente a ella para retomar su reflexión en voz alta. La hacienda no se va a salvar sola. Tienen que apresurarse.
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F I N
P R I M E R A P A R T E
