5 años después
— Milord, Robert está aquí con un mensaje.
Harry dejó el libro que leía sobre el brazo de la butaca y se puso de pie. En las últimas semanas, el intercambio de misivas entre su casa en Godric 's Hollow y Londres había sido intenso.
Remus y Sirius le mantenían al tanto de los acontecimientos, la esposa de Edward, Victoire, estaba a punto de dar a luz. Aunque las últimas misivas no eran muy optimistas porque el frío en Londres estaba siendo especialmente húmedo ese año y ni los huesos ni los pulmones de su padrino lo estaban pasando bien.
— Buenos días, Robert —saludó al joven lacayo, que se había convertido en la mano derecha de Jackson.
— No tan buenos, milord —le respondió con voz grave y gesto serio, tendiéndole la carta.
Por un momento, el pecho de Harry se apretó por su padrino e incluso comenzó a reprocharse por su autoimpuesto exilio, pero al abrir la nota las palabras eran otras, enormemente tristes.
"Estimado Harry, Victoire ha fallecido durante el parto. Son dos niños, que de momento viven aunque los médicos no son muy optimistas. Por favor, ven, te necesitamos, Edward te necesita.
Sirius"
Con el rostro demudado, miró al joven frente a él.
— Ve a la cocina a que Rose te prepare algo caliente. Y dile que avise de que tengan listo el carruaje en una hora, te vuelves conmigo.
Y se dio la vuelta para subir las escaleras, con el pensamiento en el joven viudo. La maldita vida iba a hacer que el ciclo del padre se repitiera en el hijo. Pero Edward no era su padre y Harry sabía demasiado bien que no se habían casado en las mismas circunstancias.
La decisión tomada cinco años antes de quedarse en Londres para vivir con lord Black había generado controversia, como cabía esperar. Cuando sus padres volvieron de su viaje por Europa, Edward ya estaba pretendiendo a Victoire Weasley. En menos de un año desde que había llegado a Londres, con solo veintiuno y ella con dieciocho, se estaban comprometiendo.
Mientras preparaba una maleta, más centrado en las emociones que en la ropa, recordaba las discusiones de los últimos años. Su estúpida actitud de hermano mayor qué Edward odiaba, él creyéndose con la autoridad para decirle que era innecesario dejar sus estudios para cuidar de Regulus o que era apresurado prometerse y casarse en unos meses.
Y era culpa suya, lo sabía, él era el que le había dicho que debía casarse y tener hijos, él era el que lo había alejado a base de ponerse en un papel que no le correspondía. Por eso había vuelto a la vida del campo, porque en la ciudad se encontraba a cada paso con él y no había sabido gestionar a ese adulto que estaba furioso con él la mayoría del tiempo.
Cerró la maleta con un golpe seco. No es que necesitara demasiadas cosas, en su casa de Londres tenía lo necesario, hacía tiempo que su vida estaba a caballo entre las dos casas, pero sí había necesitado ese momento para ordenar sus emociones.
La muerte de Lord Black, al poco tiempo de anunciar su compromiso, había supuesto un golpe para todos. Para Edward, que realmente estaba unido a su tío desde que había comenzado a vivir en su casa, para Sirius porque apenas había tenido tiempo de recuperar a su hermano y para Remus, que había tenido que lidiar con la pena de las dos personas más importantes de su vida y con una mudanza a Londres, necesitados los tres de la cercanía.
Para Harry, además del dolor por la pérdida de su amigo, estaba el asumir que perdía también un poco a Remus y Sirius. Ya no vivirían en la misma casa, porque el nuevo lord Black había rogado a su padre y a Sirius que se instalaran en su casa con él. Y evidentemente Remus había corrido hacia su hijo.
Sin una conversación real sobre ello, a Harry le quedó claro que su padrino estaba al tanto de sus desencuentros con Edward y eso le avergonzaba, porque, con la auto impuesta distancia, se había percatado de que era el responsable de esos desencuentros: había espantado al muchacho porque no podía gestionar lo que él joven sentía por él, esa era la realidad, una que le había golpeado en la frente después de muchos paseos a solas por su propiedad a caballo y algunas charlas con Charles, que seguía siendo su único confesor.
— Milord —saludó Jones cuando llegó al vestíbulo con la maleta—. Robert nos ha contado, transmita por favor nuestro más sincero pésame a lord Black.
— Lo haré. No he tenido ocasión de decirle a Jeremy que me marcho, ¿te importa hablar con él de mi parte?
— Sin ningún problema, milord. Cuidado con los caminos, hay niebla.
Harry sonrió un poco, el hombre, algo más joven que su padrino, era el modelo de perfecto gobernante de una casa en el campo, él y su hijo estaban haciendo un gran trabajo de equipo desde el retiro de Remus. Él y Jackson le hacían la vida increíblemente fácil, consiguiendo que siempre se sintiera en casa indistintamente de donde estuviera quedándose.
— ¿Robert ha podido comer y descansar algo?
— Está todavía en la cocina. ¿Vuelve con usted en el carruaje?
— No tiene sentido que vuelva a caballo con este tiempo si yo tengo que hacer el viaje también —confirmó a la par que dejaba la maleta en el suelo y comenzaba a ponerse la capa de viaje.
— No creo que esté cómodo yendo con usted, —El mayordomo se acercó para ayudarle a colocar bien la prenda— seguramente prefiera el pescante con el cochero.
— ¿Tan mala compañía soy, Jones? —bromeó.
— Por supuesto que no, milord.
El hombre era un gran profesional, pero el sentido del humor seguía sin ser su fuerte. Harry esbozó una sonrisa que no llegó a cuajar y se sentó las escaleras de piedra, para escándalo de su mayordomo.
— ¿Milord está bien? —le preguntó, rígido.
— Un poco cansado, Jones. Es uno de esos días en los que la vida parece que me está pasando por encima.
— Milord necesita una familia.
Era sin lugar a dudas el comentario más personal de su vida. Harry no recordaba no conocer al mayordomo, en su infancia era el adolescente que hacía los mandados, la sombra fiel de su padre para aprender el oficio. Y sabía que había cercanía y confianza, pero también que nunca jamás habían abusado de ella, igual que el joven Jeremy, al que había visto crecer con Edward.
— Tenía una y se ha desmoronado.
— Milord aún guarda duelo a monsieur, pero la vida sigue. Perdóneme si me estoy sobrepasando.
— Perdonado. —Trató de sonreír alentador, pero apenas le salió una mueca—Yo estaba reflexionando sobre eso mismo también. Estoy harto de la casa silenciosa.
El mayordomo le dio la razón con un ligero cabeceo, pero ya no apuntó nada más, se limitó a despedirse con una inclinación y dirigirse a la cocina para buscar a Robert.
Al llegar a Londres, Harry dio órdenes al cochero para ir directamente a casa de lord Black. El nerviosismo y la preocupación le habían hecho el viaje muy largo, el hecho de que la carta estuviera firmada por Sirius le escamaba.
La cara del viejo mayordomo al abrirle la puerta era inescrutable. Acostumbrado al buen trato de sus propios criados, el servicio en casa de lord Black le había parecido siempre tan sombrío como la vieja mansión.
— Lord Potter —le saludó con voz cascada y una reverencia bastante artrítica.
— Kreacher —respondió, entrando en el vestíbulo, sacando la actitud de noble que pocas veces usaba, erguido y con voz profunda.
— El señor Black está en el despacho.
A Harry no le pasó desapercibido el gesto de sutil desagrado al hablar, el viejo mayordomo ya estaba en la casa cuando Sirius fue expulsado y estaba claro que no era admirador de su antiguo señorito, pero lo reconocía en ese momento como la persona responsable de la casa.
— No hace falta que me acompañe —le dijo Harry, entregándole la capa, echando a andar por el pasillo que llevaba al despacho sin ganas de ver más el avinagrado gesto del criado.
— Sí, milord —contestó Kreacher a sus espaldas antes de alejarse murmurando entre dientes, una costumbre que tenía hacía años y el anterior lord Black y el actual detestaban.
Lo primero que pensó al entrar en el despacho fue que a Sirius parecía que le había golpeado un huracán. Siempre había tenido una apariencia más joven que su pareja, por su talante, por su trabajo y porque gozaba de mejor salud que Remus sin duda. Pero esa tarde parecía que le habían caído los sesenta y tres años de golpe y alguno más de regalo.
— Sirius —saludó al entrar en el despacho, porque el hombre parecía distraído, con la mirada fija en el fuego.
— ¡Harry! —exclamó, poniéndose de pie para abrazarlo— Has llegado muy rápido.
— Lo más que he podido tal y como están los caminos. ¿Y Remus? ¿Está bien?
— Convaleciente todavía de una infección de pulmón. La última vez que lo he revisado dormía, ajeno a todo lo que ha estado pasando. Las últimas noches han sido difíciles, se ahogaba… me ha dado un par de sustos, la verdad.
— ¿Y Edward?
Los ojos grises de Sirius lo miraron de una manera que le estremeció. Su compañero era sagrado, pero su hijo… a Sirius no le pasaba por alto que Edward había adorado toda su vida a Harry y en ese momento llevaban sin verse desde la boda, tres años atrás.
— No sé dónde está —respondió por fin, con la voz ronca por la preocupación—. Cuando el médico salió a decir que no habían podido hacer nada más por ella, desapareció en medio del revuelo.
— Oh, dios. ¿Quieres que salga a buscarlo? —preguntó, dando ya un paso hacia afuera.
— Si ha cogido un caballo ahora mismo puede estar en cualquier parte. Y los Weasley aún están aquí, Harry.
— Ve con Remus, yo hablaré con William. Supongo que Fleur estará con los bebés.
— No lo sé. Dominique y Gabrielle también están por ahí, creo que preparando el cuerpo y yo… mierda Harry, Victoire está muerta.
Lo dijo como si de repente acabara de ser consciente de que esa era la realidad, con los codos apoyados en las rodillas y la cara entre las manos. Y seguramente así fuera. Harry rodeó la mesa y le apoyó la mano en el hombro.
— No sé cómo voy a explicarle esto a Remus —resonó la voz de Sirius amortiguada por las palmas de sus manos—. Ser abuelo le tiene lleno de ilusión y, maldición, ese acontecimiento es lo único bueno que ha habido en esta maldita casa en los últimos años.
— Me temo que no hay manera de evitar esa conversación. Y que te va a necesitar, mucho. Respecto a Edward…
— No es tu responsabilidad, Harry —se giró para decirle, desmostrando lo bien que lo conocía—. Ni la mía, es un adulto, insistió mucho en ello cuando tomó sus propias decisiones, ¿recuerdas?
— ¿Vas a decírselo a Remus
— No, los problemas y las malas noticias de uno en uno. Y mientras esperemos que aparezca, si su suegro sale a buscarlo será mucho peor.
El vaticinio de Sirius respecto a la reacción de William Weasley a la desaparición de su yerno erraba por poco. Cuando el joven lord apareció por la casa casi veinticuatro horas después, con aspecto de haber bebido y la ropa desordenada, lo primero que recibió fue un puñetazo. Pero no de su suegro, sino de el hermano menor de Victoire.
El joven Louis, que apenas había cumplido los dieciocho, fue sujetado por su padre cuando levantó el brazo para golpear a su cuñado de nuevo. En el vestíbulo el silencio era denso mientras Louise bajaba el brazo, aún mirando a Edward con la mandíbula apretada. Lord Black tenía la mano sobre la mejilla golpeada y miraba al suelo, congelado e incapaz de enfrentarse a su familia política.
— Ve a ver si tu madre necesita ayuda —le dijo William a su hijo, liberando su brazo.
— Padre…—intentó protestar el muchacho.
— Ve, Louise.
En cuanto su hijo desapareció escaleras arriba, William enganchó a su yerno del brazo y lo arrastró hasta el comedor. Lo sentó en una silla y llamó a una de las criadas para que preparara té fuerte y algo más que Edward no escuchó. Después, ya solos, William se acercó a Edward y lo sujetó por la barbilla para revisar el pómulo que ya se estaba poniendo morado.
— Debería inscribir a mi hijo en clases de boxeo, golpea bien —comentó, soltándole la cara y retrocediendo para dar la vuelta a la mesa y sentarse frente a él.
Edward levantó por fin la mirada para mirar a su suegro. Hasta ese momento no habían tenido la relación habitual entre suegro y yerno, porque William lo conocía desde que era niño, había sido como un tío más para él mientras crecía. Y precisamente por esa cercanía, la decepción que brillaba en la cara del hombre dolía todavía más.
— Bebe —le exigió, con voz dura cuando la criada le puso la taza de té delante de él.
— Señor Weasley, yo…
— Cállate y bebe, Edward, ahora.
Con la cabeza gacha, lord Black obedeció. Sopló con cuidado la taza y se la llevó a los labios.
— Creo que decirte que estoy decepcionado contigo se queda corto, Edward.
— Lo lamento, yo…
— ¿Te has parado a pensar en tus responsabilidades? ¿tus hijos? ¿en tu padre enfermo?
Lord Black levantó la cabeza, sorprendido.
— Pensaba que estaría furioso conmigo por matar a su hija.
William parpadeó varias veces. Ese joven, al que efectivamente conocía desde hacía años y apreciaba como parte de su familia, tan cercano como para negarse a usar su título y tratarle de usted, parecía destrozado por el remordimiento, pero no por el correcto.
— Tú no has matado a mi hija. Si he de estar furioso con alguien será con Dios, pero a ti puedo reclamarte que huyas de lo que necesita aquí tu atención. Este es tu lugar, tienes decisiones que tomar. Ni siquiera has conocido a los niños. Necesitan un nombre.
— Yo no… —cogió aire y trató de enderezarse Edward— Deberían ser ustedes los que les pongan nombre si van a criarlos.
— Hijo… por mucho que seguramente mi mujer esté convencida de que solo ella puede hacerse cargo de sus nietos, lo cierto es que son tus hijos, tu responsabilidad. Te ayudaremos en lo necesario, pero esto no es un cachorro que regalas, son criaturas que llevan tu sangre, tus herederos. Termínate el té y sube a asearte. Y pasa a ver a tu padre antes de nada.
El joven abrió más los ojos, preocupado de golpe, como si el té estuviera empezando a despejar su alcoholizado cerebro.
— ¿Él está bien? ¿Y los niños?
— Sirius ha estado encubriéndote, pero Remus no es estúpido ni está tan enfermo como para no sospechar.
— ¿Y mis hijos? —insistió Edward.
Su suegro sonrió un poco por las palabras usadas por primera vez por el joven.
— Tus hijos bien. La noche ha sido difícil, pero el médico dice que saldrán adelante. Ve, he pedido que te prepararán un baño además.
— ¿Por qué no está usted furioso conmigo? —preguntó el joven con voz ahogada después de un par de largos parpadeos.
— Edward… te aseguro que te habría golpeado yo si no hubiera llegado antes Louis, pero eso no va a devolverme a mi hija. Tendrás que lidiar con Fleur, me temo, y ya es bastante castigo eso.
Edward apuró la taza y se puso de pie.
— Ella mereció un esposo mejor —le dijo a su suegro, mirándolo de frente, derrochando sinceridad y pesar a partes iguales— . Pero trataré de ser un buen padre.
— Se lo debes. Y a tus hijos. Y dejaré que Fleur te desolle si vuelves a correr como un niñato, lord Black.
Y ahí Edward sonrió mínimamente y salió de la habitación, con paso más firme que el que tenía al llegar a casa.
Varias horas más tarde, Edward salía cerrando la puerta con cuidado del dormitorio de sus hijos. Sus hijos, en su cabeza esas dos palabras resonaban como campanadas. Caminó cabizbajo por el pasillo, reflexivo, con las manos en los bolsillos, por eso no vio a la persona que estaba unos metros más allá.
— Edward.
Levantó la mirada, con el ceño un poco fruncido, hacía tres años que no escuchaba esa voz y que fuera allí y en ese momento le hizo preguntarse fugazmente si se había quedado dormido en el sillón viendo a los bebés dormir.
— ¿Qué demonios haces aquí? —espetó.
El rostro de Harry se contrajo por el desagrado en el tono y las palabras.
— Sirius me escribió, pensé que podría ser de ayuda.
— En ese momento lo único que necesito es irme a dormir y que al despertar mi mujer esté viva. Y creo que está fuera de tus posibilidades hacer brujería.
Tal cual estaban saliendo las desagradables palabras de sus labios, Edward se estaba arrepintiendo de ellas. Estaba cansado, estaba triste y abrumado por las circunstancias y la fragilidad que todo eso implicaba le hacía desear buscar refugio en la persona frente a él, que había insistido una y otra vez en apartarl
Vio a Harry morderse el labio, un gesto que hacía cuando era más joven cuando estaba indeciso con algo y luego dar un paso hacia él.
— Lo siento —le dijo con suavidad y los ojos brillantes.
— ¿Qué sientes? —respondió con acritud.
— Siento tu pérdida.
Edward bufó.
— ¿Acaso no me crees? —cuestionó Harry, agarrándole del antebrazo.
Pero él se liberó con violencia y dio un paso atrás.
— No, no te creo. No es necesaria tu ayuda, milord, vuelve a tu casa y déjame en paz, no te necesito para nada.
— Edward, por favor… —rogó Harry, con la mano aún extendida hacia él.
— ¿Quieres saber lo que siento yo? —contestó, en susurros que cortaban como el cristal— Me casé con mi amiga de la infancia y ahora está muerta.—Señaló con el índice extendido hacia la habitación donde las mujeres Weasley velaban el cuerpo de Victoire— Es tu culpa.
Los ojos verdes parpadearon varias veces mientras dejaba caer despacio el brazo hasta colgar laxo junto a su cuerpo. Pero no se fue, siguió allí, apenas a un metro, recibiendo su inquina.
— Tú y tu discurso de que debía tener una vida normal , de que buscara alguien con quien crear una familia. ¿Y ahora qué, Harry? Ahora soy un asesino, he matado a mi mujer.
— Tú no has matado a Victoire —respondió con voz rota.
— Maté a mi madre al nacer y ahora he matado a mi mujer. Dime lord Potter, —Se inclinó sobre él hasta que sus caras estuvieron a apenas un par de palmos, con los dientes apretados y los ojos enrojecidos de rabia y lágrimas contenidas— ¿Cómo voy a mirar a su familia a la cara? Dios…. ¿Cómo voy a mirar a mis hijos a la cara?
— Edward… —tuvo que parar a carraspear para aclararse la garganta e intentar bajar el nudo que se había creado en ella por los reproches del joven— Las mujeres mueren en los partos, es así desde que el mundo es mundo y no es culpa tuya que fueran gemelos y se complicara. Ahora tienes que sobreponerte precisamente por tus hijos. Habla con tu padre de esto, ha estado en tu lugar.
— Mi padre no tenía remordimientos, no se casó con mi madre amando a otra persona. No se ha pasado tres años acostándose con su mujer con la luz apagada y los ojos cerrados para poder cumplir con su deber. Así que no, Harry, no quiero tu pésame, ni tus palabras bienintencionadas. Quiero no tener que verte porque me estoy ahogando en culpabilidad.
Con la misma violencia con la que se había desembarazado de su agarre, Edward le dio la espalda y recorrió el camino hasta su habitación. Abrió la puerta de un tirón y se encerró dentro, apoyando la espalda contra la madera mientras se dejaba caer hasta quedar sentado en el suelo.
Era una persona terrible y se merecía que Dios lo castigara, pero a él, no a su esposa muerta en la flor de la vida o a sus hijos que tendrían que crecer como él sin madre. Frustrado y superado por el dolor y el remordimiento, se golpeó con los puños cerrados la frente. Porque a su larga lista de errores y malas decisiones había que añadir el ser incapaz de dominar a su maldito corazón.
Maldición, ¿qué clase de persona acaba de perder a su esposa y siente que nada de eso importa cuando hace daño a la persona que realmente ha amado toda su vida y eso hace que sienta su corazón retorcerse en el pecho? El rostro dolorido de Harry estaría clavado en sus retinas durante mucho tiempo.
— Bastardo —masculló, golpeándose aún— bastardo, bastardo, bastardo…
Fuera, en el pasillo, Harry llegó hasta la puerta por la que había desaparecido y levantó la mano para llamar, pero el tenue eco de las palabras de Edward hizo que dibujara una mueca de tristeza y se diera la vuelta para bajar las escaleras y salir de la casa sin despedirse de nadie.
A pesar de las palabras de Edward, Harry acudió dos días después al funeral. Pensó, en su inocencia, que pasaría desapercibido entre tanta gente, pero no contó con que llevaba desaparecido de la sociedad londinense tres años y que la última vez que muchas de esas personas le habían visto había sido intercambiando tensas palabras con el marido de la difunta en su boda.
Al salir de la iglesia se encontró con Charles, que le saludó con la protocolaria inclinación de cabeza que usaba siempre que se cruzaban en espacios públicos.
— Lord Potter.
— Weasley —le saludó también con una inclinación de cabeza—. Mi más sentido pésame.
— Gracias, milord. ¿Cuántos días llevas en Londres?
— Llegué el mismo día.
Charles no comentó nada más, solo miró significativamente a lord Black, que estaba recibiendo los saludos de varias personas, flanqueado por sus suegros. Harry respondió con un pequeño movimiento de cabeza de negación. El muchacho, porque aunque ahora fuera un hombre viudo con dos hijos para él seguía siendo su muchacho, había marcado las distancias en los últimos días cada vez que Harry había ido a visitar a Remus.
— ¿Y vas a quedarte?
— En cuanto mi padrino esté recuperado volveré al campo. El invierno aquí es insoportable.
— Como si no hubiera nieve y barro allá entre ovejas.
Harry no entró al trapo, a Charlie le encantaba provocarle hablando de él como si fuera un pastor asalvajado viviendo entre sus animales en la montaña.
— Voy a marcharme —respondió finalmente, mirando a su alrededor, incómodo por ser el centro de atención y el evidente chismorreo.
— ¿Nos vemos ahora en casa de mi hermano? hay una pequeña reunión familiar.
— No soy familia, Charles.
— Eso es una soberana estupidez, milord.
Pero Harry no respondió, solo volvió a mirar a Edward un momento antes de despedirse con un movimiento de cabeza y alejarse caminando con cuidado entre la nieve.
Un par de horas después, fue Edward el que se acercó a hablar con su tío político.
— ¿Y Harry?
— No ha venido.
— Pero estuvo en el funeral.
— Ya. Le dije que había una reunión familiar y me contestó que no es familia. ¿Tienes algo que ver con eso? —le preguntó Charles con fiereza.
Edward bebió del vaso que llevaba en la mano y lo dejó sobre la mesa más cercana.
— No estamos en los mejores términos —admitió por fin, incapaz de sostener la mirada azul.
Charles suspiró, exasperado. Conocía al chico desde que apenas levantaba un metro del suelo. Y conocía a Harry, en todos los sentidos. Ya era hora de que uno de los dos espabilara.
— Edward… —Se acercó para hablarle bajo, sujetando su antebrazo— ¿me aceptas un consejo? el de alguien que conoce a lord Potter desde hace mucho tiempo y muy profundamente.
— Por supuesto.
— Eres la persona con más potencial para dañarle en el mundo porque se siente culpable de haberte alejado. Ya hemos pasado por esto antes, y se lo hicieron a él, alejarle porque la otra persona tenía miedo. Sé inteligente y ábrele una puerta, tiéndele una mano para que pueda perdonarse, si le dejas acercarse caerá sin remedio.
El joven le miró con ojos redondos de sorpresa, no esperaba la franqueza de su tío.
— Yo… no sé qué decir —murmuró.
El fornido pelirrojo le golpeó la espalda con fuerza y sonrió.
— Di gracias, muchacho, y luego hazle caso a ese viejo zorro, sé de qué hablo. Devuélvele la familia que ha perdido, hazlo reír de nuevo. Eso es lo que hace falta para conquistarle, aunque yo negaré haber tenido esta conversación en el funeral de tu esposa, especialmente ante mi hermano. Y mi cuñada, que da más miedo que una criatura mítica de esas de las historias que te contaba tu padre de crío.
Edward lo vio alejarse aún paralizado por la sorpresa. No podía ser tan sencillo, no se lo merecía, no después de todo lo que había hecho. Tomó de nuevo el vaso que había dejado sobre la mesa y miró a su alrededor. En el otro extremo de la habitación su padre estaba sentado en una silla, aún con aspecto débil y enfermo. Junto a él, Sirius le hablaba, todas las líneas de su cuerpo gritando contención, porque seguramente querría estar cogiendo su mano como tantas veces les había visto hacer cuando charlaban en casa perdidos en su pequeño mundo.
Los admiró y fue consciente de golpe del sacrificio que habían hecho por él mudándose a Londres, dejando atrás toda la paz y respeto que habían construido en sus años juntos para tener que convivir con una sociedad que no les aportaba más que desprecio. Y eso le hizo entender también las palabras de Charles al decirle que debía devolver a Harry su familia, porque era él quien la había roto con su egoísmo y su pataleta de niño que no conseguía el amor de quien deseaba.
Apenas había pasado una semana del funeral. La vida en la casa era más manejable, la niñera y el ama de cría que Victoire y su madre habían elegido un par de meses atrás estaban ya al cargo de los dos pequeños, aunque todavía vigiladas de cerca por Fleur. La salud de Remus mejoraba y Sirius parecía haber recuperado su talante habitual, lo que le permitía estar más atento al del Edward.
Por su parte, lord Black trataba de centrarse en sus responsabilidades, las antiguas y las nuevas. Pasar tiempo en el cuarto de los niños, aunque fuera silenciosamente sentado en un sillón viendo a las dos mujeres trabajar, se había convertido en un hábito. Le fascinaban esas diminutas personitas envueltas en pañales de telas suaves que lloriqueaban como pequeños gatitos y agitaban indignadamente los brazos y las piernas en el aire cuando querían atención.
— Milord, ¿quiere cogerlo?
Las palabras de la niñera le sobresaltaron. Estaba distraído viendo a uno de los bebés comer y no había visto a la mujer acercarse con el otro en brazos. La miró con una cara que debía ser tan espantada que la niñera trató de ocultar una sonrisa divertida y le dejó con cuidado al pequeño en el regazo, dándole instrucciones calmadas sobre cómo sujetarlo.
— Así, milord, sujétele la cabeza. Muy bien.
La mujer dio un paso atrás y contempló enternecida al joven lord, tieso como un palo, contemplando a su hijo con los ojos muy abiertos.
— Es tan frágil…
— Y le necesita, milord. Sin su madre, necesitan al resto de los suyos alrededor para hacerlos sentir amados.
Edward dejó de mirar un momento a su hijo para mirar a la niñera.
— Yo tampoco tuve madre. Y mi padre se aseguró siempre de rodearme de amor. Aún lo hace.
— Fue usted afortunado. Yo llevo mucho tiempo cuidando niños, no todo el mundo tiene una familia como la suya. ¿Quiere usted sujetarlo un poco? Voy a cambiar las sábanas de la cuna.
— Sí —respondió con suavidad, de nuevo perdido en la cara del bebé, que bostezaba y se retorcía un poco para acomodarse entre sus rígidos brazos.
Así lo encontró Sirius unos minutos después, mirando a su hijo dormir, sin atreverse a moverse para no despertarlo.
— Ojalá tener talento artístico para dibujarte ahora mismo, Ted.
El joven apartó la mirada del bebé para mirar a su segundo padre, que arrastraba una silla sin protocolo para sentarse frente a su butaca mientras las dos mujeres salían con discreción de la habitación tras dejar al otro bebé descansando en la cuna.
— ¿Ocurre algo? ¿Padre está bien? —cuestionó ansioso.
— Sí —le tranquilizó Sirius—, el doctor acaba de verlo, dice que está prácticamente recuperado.
— Ah. —Soltó aire aliviado Edward— ¿Hay algo más? —cuestionó, reconociendo en la cara de Sirius que así era, había algo que no sabía como decirle.
— El doctor dice también que este clima no es bueno para él. Además de sus pulmones, tiene las articulaciones tan inflamadas que le cuesta moverse.
— Necesita un cambio de aires —comprendió.
— Yo… sé que es un momento difícil para ti, pero estoy preocupado por su recuperación y me gustaría que consideraras la idea de que volvamos a Godric 's Hollow en cuanto el clima mejore. La primavera allí es menos húmeda y el calor del verano más manejable para sus pulmones.
— Por supuesto.
— ¿Te parece bien entonces?
Edward se reacomodó al bebé entre los brazos y, mirándolo dormir de nuevo, habló con suavidad.
— Fue egoísta pediros que os trasladarais aquí, vuestra vida estaba allí. Tú odias esta casa además.
— Lo hicimos de corazón —le recordó, acariciando con cuidado la cara del bebé dormido—, hijo, como todo cuando se refiere a ti. Creo que ahora vas a poder entender lo que es el amor de un padre y todo lo que se puede sacrificar en nombre de ese sentimiento.
— Gracias. Por cuidar de mi padre y de mí estos años, Sirius.
— No me des las gracias, vosotros me acogisteis en vuestras vidas, el agradecido soy yo.
Permanecieron unos minutos en silencio, Edward tratando de decidir si era capaz de levantarse y dejar al pequeño en la cuna, pero con otra idea rondando en su cabeza que le hizo morderse el interior de la mejilla, un gesto que le delató ante la aguda mirada de Sirius.
— ¿Hay algo más de lo que quieras hablar? —le preguntó por fin.
— Estos días estoy… sobrepasado, son muchas emociones. Pero no quiero desahogarme contigo y que pienses que necesito que os quedeis —confesó el joven, mirándolo ente su flequillo.
— Te prometo no hacerlo. Habla conmigo, Teddy —invitó Sirius, poniéndole la mano en la rodilla e inclinándose un poco hacia él.
El apodo familiar, que en realidad solo Sirius y Harry habían usado con él mientras crecía, le tocó en la herida abierta.
— ¿Rompí nuestra familia porque Harry no me quiso? —soltó a bocajarro por fin.
Sirius se echó hacia atrás en su silla y sonrió de lado, las manos ahora unidas en su regazo.
— Vaya, cinco años sin sacar a la luz a tu pobre corazón roto adolescente —comentó en tono jocoso.
— No me tomes el pelo —le contestó Edward, con el ceño un poco fruncido.
— Trato de que el nivel de drama Black que se está asomando no sea inmanejable, Ted.
El joven lord bufó y volvió a reacomodarse en el sillón, doblando una pierna para que fuera más fácil sujetar al bebé y a la vez hablarle mirándolo a la cara.
— Cuando estabais en Europa intenté meterme en su cama, literalmente.
— ¿Y él cómo reaccionó?
— Me dijo que era un niño, que creciera y buscara tener una vida normal.
— Y tú reaccionaste lanzándote de cabeza a la vida adulta, ya veo.
Edward negó con la cabeza, un poco irritado con que Sirius no pareciera estar tomándose en serio sus errores.
— Os aparté de él, dos veces, y le he tratado muy mal en estos años. Y cuando vino a tratar de ayudar la semana pasada le dije cosas terribles —insisitió.
— Hijo… el amor nos idiotiza y nos vuelve egoístas. ¿Quieres arreglarlo?
— No sé cómo hacerlo, porque cuando lo tengo delante no pienso con racionalidad.
Frente a él, Sirius sonrió con algo parecido a la nostalgia y cruzó el tobillo derecho sobre la rodilla izquierda. Con las dos manos apoyadas sobre ese tobillo, se inclinó de nuevo un poco hacia delante para contarle en tono confidente.
— Recuerdo esa sensación, cuando tu padre y yo estábamos juntos en la guerra. Hice muchas estupideces creyendo que tenía que sacarme de dentro lo que él me despertaba, porque ya había arruinado mi vida y la de otra persona por dejarme llevar.
— ¿Cómo qué? —preguntó Edward curioso, ninguno de los dos hombres era dado a contarle cosas de esa época, apenas sabía que se habían conocido en el ejército y que Sirius estaba allí cuando su padre fue herido y por eso se habían perdido de vista.
— Como hacer alarde de ir con prostitutas. O ser temerario al punto de que tu padre saltara delante de una bomba para salvarme. Y años después, nos volvemos a encontrar y tu padre aún está dispuesto a perdonarme y jugarse su buen nombre para estar conmigo.
— ¿Qué hiciste para que te perdonara?—cuestionó tras absorber la información.
— Ser honesto y jugármela. El resto seguro que no quieres saberlo.
Edward enrojeció.
— Quizá sí —murmuró al cabo de unos segundos.
— ¿Disculpa? —interrogó Sirius, alzando las cejas de sorpresa, pero también con un poco de diversión.
— Yo no… solo he estado con Victoire —confesó el joven, avergonzado.
— Pensé que aprovecharías la universidad para experimentar.
— ¿En serio?
— Hijo, era tu tiempo de libertad, habría sido perfectamente normal. Te sorprendería la cantidad de sexo entre hombres que hay en las residencias universitarias.
— Es extraño tener esta conversación con mi hijo en brazos, me dan ganas de taparle los oídos.
Sirius fue a reír pero ahogó la carcajada con la palma de la mano al darse cuenta de que eso despertaría a los dos niños seguramente. Se compadeció del evidente apuro de Edward y decidió cambiar de tema sin sutileza, señalando al bebé dormido con la cabeza.
— ¿Ya has decidido nombres?
— Victoire quería que llevara el nombre de su abuelo. Yo ya llevo el nombre de uno de los míos, pero… ¿te importaría que el otro se llamara Regulus?
Esta vez la expresiva cara de Sirius pasó de la diversión a la emoción en milésimas de segundo y su voz se suavizó al hablar de su hermano.
— Oh. Claro que no, a él le habría hecho muy feliz, estoy seguro de que lo habría mimado como a un nieto.
— Creo que a la abuela también le gustaría. Arthur y Regulus pues. Hablaré con la señora Weasley para el bautizo cuando acabe el luto. ¿Me ayudas a dejarlo en la cuna? se me ha dormido el brazo.
De nuevo con aire divertido, Sirius le cogió al niño dormido con sorprendente habilidad y lo dejó en la gran cuna. Rápidamente, algún mecanismo inconsciente hizo que el bebé estirara una mano ansiosa hasta tocar a su gemelo, para luego volver a relajarse, todo ello sin llegar a abrir los ojos.
Volver a estar los tres bajo el mismo techo era una sensación que a Harry le calentaba el corazón. Aunque le entristecía que el motivo de la vuelta a Potter's Manor fuera la delicada salud de su padrino, estaba gozando y mucho de la sensación de tenerlos de vuelta. Lo que no esperaba era recibir una carta de Edward a los pocos días, preguntándole si tendría a bien acogerles a él, los niños, la niñera y el ama de cría a mitad del mes de mayo, con intención de pasar el verano con ellos para aprovechar las temperaturas más suaves del campo.
— ¿Seguro que no te importa? —preguntó Remus unos días antes de la llegada del pequeño grupo.
— Por supuesto que no. Esta es la casa de Edward y me alegra que elija pasar el verano aquí en lugar de la propiedad de Irlanda.
— El viaje en barco con los bebés le horroriza. Y esa casa necesita muchos arreglos, no es lugar para estar con niños ahora mismo —comentó Sirius, que apuraba su desayuno mientras leía el periódico.
— Gracias por decirme que mi casa es mejor opción que una que se cae a pedazos, Sirius —respondió lord Potter con diversión.
Sirius apartó la mirada del papel y lo miró sin entender, las palabras habían salido de su boca sin calar realmente en su cerebro.
— Solo digo que es lógico que prefiera estar en casa con su gente a estar en Irlanda en una casa en obras.
Remus negó con la cabeza, con una ligera diversión en su cara.
— No lo intentes, Harry, no va a entenderlo. En cualquier caso me agrada la idea de pasar el verano todos juntos de nuevo. ¿Vendrán los Weasley?
— Imagino que sí, y más estando los niños aquí. No hay problema, tenemos sitio de sobra. Rosa ya está pensando en menús.
— Le encanta la casa llena. Y tener aquí a los hijos de Edward —comentó Remus, aludiendo a que la cocinera había sido de joven el ama de cría y niñera de su hijo.
— Sí. A mí también, la verdad —reconoció Harry, limpiándose los labios con la servilleta e incorporándose—. Le he pedido que me ayude a preparar un dormitorio para ellos, vamos a revisar el desván para buscar la cuna.
Los dos hombres vieron a Harry salir del comedor.
— Camina más ligero —observó Sirius.
— Le hace feliz. Ojalá tengáis razón Charles y tú.
— Ojalá. La familia unida de nuevo, patriarca —le tomó un poco el pelo.
— Veremos, hay muchas penas que superar —respondió, Remus, algo más serio, poniéndose de pie con esfuerzo, usando el bastón y apoyándose a la par en la mesa con fuerza.
Sirius lo sujetó de la cintura cuando pasó por su lado y alzó la cara hacia él, pidiendo un beso. Por supuesto, Remus se inclinó despacio y se lo dio. Luego abandonó el comedor también sintiéndose un poco más ligero.
Las semanas pasaban y la primavera ya iba a convertirse en verano cuando llegaron las tormentas. Acostumbrados a pasar el día al aire libre, aprovechando el buen tiempo en el jardín, los habitantes de la casa parecían más ruidosos de lo habitual. O esa era la sensación de Harry, que permanecía en la biblioteca.
— ¿Harry? —escuchó la voz de Edward desde la puerta de la gran sala.
— Aquí, al fondo.
Edward se dejó caer en la otra butaca junto a la chimenea apagada.
— ¿Te escondes de mi escandalosa prole?
Harry sonrió y dejó sobre la mesa el libro que leía.
— La tormenta los tiene nerviosos. Pero no, no me escondo.
— Apenas te he visto estos últimos días. ¿Va todo bien?
— He estado durmiendo regular. El estómago.
— ¿Has consultado con el doctor?
— No hace falta. Ocurre siempre para estas fechas.
EL joven se lo quedó mirando sin entender unos segundos, hasta que de repente una idea llegó rápidamente al ver el cuadro sobre la chimenea.
— El cumpleaños de Draco. Lo siento, se me pasó.
— No pasa nada. —Le quitó importancia con un gesto de la mano— Soy un sentimental y las fechas importantes me afectan, por eso sé que el malestar pasará solo.
No le creyó, solo había que ver que buscaba refugio en el lugar que más le recordaba a él de toda la casa, pero no quiso insistir, así que cambió del tema.
— Apenas hemos hablado desde que llegamos. Ni siquiera te he dado las gracias por recibirnos.
— Ni lo intentes. Esta es tu casa, no necesitas una invitación. Pero sí debo decir que me ha sorprendido gratamente que quisieras venir y que lo hicieras con los niños.
— Puedes ser directo con esto, Harry: me he comportado contigo de un modo lamentable.
— ¿Y esta visita quiere ser una disculpa?
— Al menos un puente tendido. Rompí mi familia, puse a mi padre y a Sirius en la tesitura de tener que elegir entre nosotros dos y te dejamos solo. Espero que puedas perdonarme y que haya manera de recuperar nuestra hermandad, Harry.
Lord Potter parpadeó y algo pasó por su rostro con la palabra hermandad, pero finalmente sonrió, una sonrisa trémula por la emoción, y estiró la mano hacia él.
— No hay nada imperdonable cuando se trata de ti, lord Black.
El joven le estrechó la mano con energía, pero con un ligero rictus de molestia.
— ¿Qué?
— No me llames así.
— Eres lord Black.
— ¿Y? En ti me suena mal.
Harry movió la cabeza, divertido, un gesto que a Edward le recordó a su propio padre.
— De acuerdo, Edward.
Un carraspeo junto a la puerta de la biblioteca les avisó de una tercera presencia. Enseguida apareció Jones.
— Milord… milords—se corrigió al ver a Edward—, la cena se va a servir en unos minutos. Lord Black, la señora Pompfrey me pide que le diga que ya ha acostado a los niños para la noche.
— Gracias, Jones —Edward se puso en pie y se estiró la chaqueta— iré a verlos un momento antes de la cena.
Se despidió con una pequeña inclinación de cabeza y salió de la biblioteca, seguido por la mirada de ambos hombres.
— ¿Es extraño verlo como un padre, verdad? —preguntó Harry, poniéndose también de pie.
— Rose está muy orgullosa de él. Creo que todos, en realidad, milord.
— Ahora veremos crecer a sus hijos. Y a tus nietos, Jones. Enhorabuena, Jeremy me lo ha dicho esta mañana.
— Gracias, milord —se esponjó el mayordomo—. Estamos muy contentos.
Con una inclinación más pronunciada, Jones abandonó la biblioteca. Lord Potter miró por última vez el retrato sobre la chimenea.
— Ya es un hombre, Draco —murmuró.
Y salió de la habitación con las manos enlazadas a la espalda.
Al comenzar el verano, pudieron disfrutar de diez días soleados antes de que volvieran las tormentas. Era difícil no recordar como, lo que parecía media vida antes, las tormentas de primavera también habían sido determinantes para cambiar las relaciones de los habitantes de Potters Manor.
En los días en los que el clima los mantenía encerrados en la casa, Harry y Edward habían cogido la costumbre de reunirse con Jeremy y Remus. Como administradores de las propiedades de lord Potter, ambos hombres usaban su experiencia para aconsejar al joven lord Black en la administración de sus activos, más extendidos geográficamente pero menos eficientes a nivel económico.
A Edward no le pasaba por alto que en ese tiempo Harry no solo le trataba como a un igual, sin ninguno de los gestos que en el pasado había interpretado como excesivamente protectores y paternalistas por su parte, sino que también lo estaba introduciendo en el conocimiento de la herencia Potter.
— ¿Puedo hacerte una pregunta? —cuestionó un día de lluvia, mientras tomaban un jerez antes de la comida.
— Miedo me da si lo planteas con tanta prudencia —respondió con un dejo divertido Harry, recostándose en su asiento para cruzar un tobillo sobre la rodilla contraria.
— Bueno, es personal.
— Vaya. Dime.
— Tengo la sensación de que estás aprovechando mi presencia para darme a conocer tu herencia. ¿Es así?
Harry asintió y dejó la copa sobre la mesa, entrelazando los dedos sobre su regazo.
— Testé a tu favor cuando naciste, sí.
— ¿Por qué no me lo has dicho nunca? —preguntó, sin acritud, con genuina curiosidad.
— Porque Regulus te nombró su heredero y me pareció que era excesivo. De hecho lo consulté con un abogado en Londres y me dijo que la corona podía oponerse a la unión de títulos.
— ¿Y qué ha cambiado?
— Ahora uno de tus hijos puede heredarme. Además, estás aquí, me parece natural hablar contigo de estas cosas.
A Edward le brillaron los ojos y se inclinó hacia delante para hablar.
— Te agradezco la confianza. Y que me estés dejando hablar con mi padre y Jeremy, los administradores del patrimonio Black son muy poco claros explicando. Debería viajar a reunirme con cada uno de ellos, pero en este momento no me veo preparado para abandonar a los niños durante tanto tiempo.
Lord Potter lo miró silencioso, con el rostro un poco en blanco, durante unos segundos mientras apuraba su copa de jerez.
— ¿Qué? —acabó por preguntar Edward, nervioso por el escrutinio.
— ¿Sabes que tienes personal que los cuidaría y no necesitas estar pendiente de ellos, verdad? o podrían hacerse cargo tus suegros.
— Son mis hijos, Harry. Quiero que me tengan como yo tuve a mi padre.
Su anfitrión se recostó de nuevo hacia atrás, con una ligera sonrisa aflorando.
— Vas a ser un gran padre. Y me siento orgulloso de ti, mucho.
— Gracias —Edward enrojeció y desvió un poco la mirada, topándose con el retrato de Draco sobre la chimenea.
— Pero vas a tener que hacer esas visitas, antes de que si hay algún problema se convierta en algo irresoluble. Puedo acompañarte si quieres, podemos programarlo para septiembre y octubre, antes de que empiece el mal tiempo. Cuatro ojos ven más que dos.
— ¿Harías eso por mí? —cuestionó, girándose a mirarlo, sorprendido.
— Te lo estoy ofreciendo. Yo tuve a tu padre ocupándose de todo durante mucho tiempo, y tengo un personal que me hace la vida muy fácil. Pero creo que tus trabajadores llevan mucho tiempo sin ver a su patrón y si mi compañía y mi experiencia pueden ayudarte, te la ofrezco sin dudar. Puedes comentarlo con William cuando vengan en unos días, seguro que estarán encantados de hacerse cargo de los niños dos o tres meses y tú estarías en Londres para pasar el invierno con ellos.
— Vaya. Por supuesto, sí, claro, hablaré con ellos. Lo cierto es que no debería demorarlo mucho, sobre todo lo de Irlanda, creo que la casa necesita reparaciones antes del siguiente invierno.
— Empecemos por allí entonces. ¿A finales de agosto?
— Sí.
Edward guardó silencio, con la copa vacía entre los dedos, y dejó vagar la mirada a través de la ventana abierta. La lluvia hacia cesado lo suficiente como para que las dos cuidadoras hubieran decidido sacar a los niños a tomar el aire. Un tímido sol estaba generando un arcoiris sobre los árboles que rodeaban la casa y el pequeño Reggie, en brazos de su niñera, reía. Decidió tomarlo todo como una señal.
En contra de lo que le había gustado seguramente siendo más joven, Harry había viajado poco. Había estado un par de veces en el continente antes de trasladarse al campo definitivamente para vivir con Draco, pero después de su muerte no había tenido nunca ganas realmente de viajar más allá de lo necesario por sus obligaciones como lord Potter. Así, era la primera vez que tomaba el barco para cruzar de Inglaterra a Irlanda.
El mar de Irlanda era definitivamente ventoso, o eso al menos recordaría Harry durante mucho tiempo de su viaje, el viento, el cabeceo del barco y, por ende, un mareo monumental que le hizo permanecer encerrado en su camarote los más de dos días que duró la travesía. Por su parte, Edward parecía indiferente al mareo y había adoptado un talante divertido al ver a su héroe de la infancia ponerse de color verde. Solícito, se había ofrecido a quedarse con él en el camarote y ponerle paños fríos en la frente.
Para Harry, al malestar por el mareo se sumaba el encierro en el pequeño camarote, que parecía aún más pequeño con Edward por allí. Cada vez que, con los ojos cerrados por el malestar, escuchaba su voz o sentía su tacto, su cerebro se retrotraía a las últimas semanas en Potters Manor. El muy traidor, tenía una serie de imágenes grabadas que le mostraba una y otra vez. Edward acunando a uno de sus hijos mientras hablaba con su padre, Edward en mangas de camisa sentado en una de las sillas que colocaban a la sombra, con un vaso en la mano y observando las lecciones de equitación que Sirius había retomado (aunque ya no se subiera al caballo para ello). Edward inclinado sobre el escritorio, intercambiando ideas con Jeremy sobre la finca que tenía en Gales. Pero la peor, la que más hacía que le latiera el corazón y las ganas de vomitar empeoraran por la ansiedad, era una escena que se había dado solo dos días antes de su partida.
Estaban en el jardín, los dos solos al cargo de los niños durante unos minutos. Ambos pequeños estaban tumbados en el césped sobre una gran manta y jugaban a morderse los pies descalzos. Ellos mientras, sin perderlos de vista, comentaban pormenores del viaje que iban a comenzar cuando, de repente, Arthur consiguió darse la vuelta solo y quedó bocabajo, con una expresión de desconcierto tan cómica que inevitablemente su padre rompió a reír antes de agacharse para cogerlo en brazos y hacerle monerías.
Esa risa. Apenas a medio metro de Edward, a Harry esa risa le hizo latir el corazón muy rápido e hizo que su mirada se quedara colgada de los jóvenes labios . Y ahí fue donde el raciocinio decidió salir por la puerta, porque una fuerza imposible de ignorar, como si una soga marinera tirara de él, le hizo acercarse y callar esa risa con un beso. Un beso que no solo enmudeció a Edward, sino que hizo que abriera mucho los ojos, asustado, pillado totalmente por sorpresa aún con el niño entre sus brazos.
Las voces de la niñera y el ama acercándose a ellos rompieron el momento y Harry aprovechó para huir a la casa murmurando una excusa. Había pasado horas encerrado en su habitación, paseándose arriba y abajo, sin saber cómo afrontar sus acciones, temiendo el momento de encontrarse para la cena, pero cuando se reunieron en el comedor son Remus y Sirius pareció que ese beso no había ocurrido y el mismo Harry decidió ocultarlo en el fondo de su mente, de donde la forzada inactividad y el cuidado de Edward lo hacían salir una y otra vez.
— Te he traído algo de cena.
Harry abrió un ojo, allí estaba Edward, con toda su altura espigada que le hacía tener que agacharse para pasar por las puertas en el barco, y una sonrisa siempre puesta, portando una bandeja en la que se veía algo de fruta y un cuenco de sopa.
— Gracias por cuidar de este anciano —masculló, haciendo palanca con la mano en el colchón para poder levantarse.
Pero justo en ese momento el barco pareció dar un saltito que le hizo perder el ya de por sí precario equilibrio. Ágil como un gamo, Edward dejó la bandeja sobre la mesa y, en dos largos pasos, atravesó el camarote para sujetarlo de un brazo y evitar que cayera tal cual largo era al suelo.
Cuando sintió que el suelo volvía a ser estable, fue a darle las gracias a su salvador por el rápido rescate, pero el joven le estaba mirando de un modo que no supo interpretar, y más cerca de lo que el decoro seguramente marcaría.
— ¿Edward? —murmuró.
— No has vuelto a llamarme Teddy —le planteó, mirándole con tal intensidad que Harry supo que ahí estaba por fin la conversación que no se atrevía a iniciar.
— No eres ese niño. Eres un adulto y mereces mi respeto.
— Yo no quiero tu respeto.
— ¿Qué quieres de mí entonces? —preguntó con voz ahogada, sujetándose a sus antebrazos.
— Quiero que sientas por mí una centésima de lo que yo siento por ti. Quiero ayudarte a curar, Harry. No soy Draco, imposible ser todo lo que él era para ti, pero puedo darte todo lo que soy para intentar tapar ese hueco.
— Eso no parece justo para ti.
— ¿Crees que me preocupa eso? Vamos, Harry, recuerda cómo fue con Draco, cuánto habrías sacrificado por estar con él aunque fuera un acuerdo desigual.
— Quizá ahora no sería un acuerdo tan desigual —murmuró Harry, con la vista fija en sus labios— Dios, Teddy… quiero volver a besarte.
— Estaba convencido de que ibas a lanzar eso al olvido para siempre —respondió el joven con una sonrisa triunfante.
— Créeme, no es así. No puedo cerrar los ojos sin verlo, pero este no es el mejor momento… temería vomitarte encima.
Edward volvió a soltar una carcajada y, sin decir nada más, lo ayudó a acostarse de nuevo. Después, acercó la bandeja y, en un silencio relajado, le ayudó a comer. Al terminar, se puso en pie para salir a devolver la bandeja, pero Harry fue más rápido y estiró la mano para sujetarle de la camisa.
— ¿Te tumbas a mi lado? —suplicó.
— Claro —respondió Edward, sonriendo de nuevo.
Dejó la bandeja sobre la mesa y se quitó los zapatos mientras Harry se movía hacia la pared, dejándole espacio en el angosto colchón.
Tumbado de lado, muy pegado a él, Edward se atrevió a besar con suavidad sus labios, apenas un roce. Después repitió el gesto en su frente, pómulos y barbilla, antes de esconder la cara en la curva de su cuello.
— Dios bendito, no puedo creer que esté haciendo esto.
— ¿Abrazarme en la cama completamente vestidos? —intentó bromear Harry al darse cuenta de que había pasado uno de sus largos brazos sobre su pecho para acercarlo aún más a él.
— Permitirme creer que esto está pasando de verdad.
Harry tragó el nudo que esas palabras habían generado en su garganta y cerró los ojos, tratando de concentrarse en su calor y su presencia para no pensar en el mareo.
— Para ser precisos, cualquier cosa que esperes más allá de esto va a tener que esperar a suelo firme —consiguió por fin articular.
— Esperar es lo mío. Parece que no hay muchos viajes por mar en el futuro, Lord Potter.
— No soy un gran viajero. Se lo dejo a tu padre y a Sirius. ¿Te han dicho que si Remus mejora quieren volver al continente la próxima primavera? a Italia.
— Padre lo comentó. Puede que también dijera algo de que ibas a patrocinarlo quisieran ellos o no.
Con una risita, Harry se giró un poco para acurrucarse contra el estrecho pecho de su muchacho, enredando sus piernas. Y abrió los ojos para fijarlos en los suyos, a ver si concentrarse en esos dos brillantes puntos ayudaba con el mareo. Pareció que sí, porque consiguió hablar con más animación.
— Tu padre nunca ha cobrado un sueldo. No quiso, decidió cuando se hizo cargo de mí que no quería dinero por ello. Yo lo supe al hacerme mayor, así que hice cálculos y, cuando comenzó a hablar de retiro y viajes, le dije que había en un banco una cuenta con su sueldo de todos esos años. Se ofendió, claro.
— No creo que te sorprendiera.
— No lo hizo, pero conseguí que entendiera que no era por cuidar de mí, sino por su trabajo administrando mi patrimonio, algo de lo que nunca jamás abusó. Tenía una pequeña herencia de sus padres, de ahí salía su ropa o sus libros. Y después los tuyos. Yo quería darle la libertad de conocer mundo, que era su ilusión y la de Sirius.
Enternecido, Edward le acarició la cara.
— Eres increíble —susurró.
— No me sobrevalores. Aún tengo clavadas las cosas que le dije cuando murió Draco. Fueron terribles.
— Entiendo que te enfadaras, y también entiendo ahora lo que ellos querían hacer por mí. ¿Tú sabías quién era Sirius cuando lo trajiste a darme clases? —preguntó, era algo que siempre había sospechado.
Harry asintió levemente.
— Regulus me lo pidió. No sabía que tu padre y él se conocían. Pero lo vi, vi las chispas, y traté de ayudarles.
— Eres un romántico —bromeó Edward, acariciando arriba y abajo con la mano abierta su cintura.
— Nos ha educado el mismo hombre, creo que su afición a la mitología, con sus emociones grandilocuentes y sobredimensionadas me ha marcado —comentó adormilado.
Edward volvió a besarle la frente e hizo mención de separarse para marchar a su habitación, pero Harry volvió a sujetarlo.
— ¿Te quedas y me abrazas? parece que así disminuye esa odiosa sensación de estar flotando en medio de la nada.
— Por supuesto. Duerme —le dijo, apagando la lámpara de aceite.
— Gracias —le respondió en un susurro, relajándose contra su pecho.
— Oh, dios mio.
Edward miró a Harry, arrodillado ante él. Los ojos verdes con los que había soñado desde niño le estaban mirando con un calor ardiente, abrasador, mientras los labios que acababa de besar se cerraban alrededor de su hombría, imposiblemente apretados y húmedos. El placer era tan increíble, arrullado además por los sonidos húmedos y la vibración de los gemidos que salían de la garganta de lord Potter.
Las manos morenas y fuertes, esas que había admirado muchas veces sujetando las bridas en sus paseos a caballo, o incluso cuando manejaba los cubiertos, se aferraron a sus caderas y no pudo evitar acercar una de las suyas hasta los rizos oscuros entre los que brillaban algunas canas y acariciarlos, con una suavidad y un cuidado incoherentes con lo que el resto de su cuerpo estaba pidiendo. Lo cierto era que estaba tan sorprendido, era tan grande la sensación de estar soñando, que necesitaba que el tacto le dijera que no, que ese que tocaba era el cabello que había querido acariciar durante tanto tiempo.
Sujetó la cara de Harry con el mismo cuidado que si estuviera sujetando su corazón. Pasó despacio los pulgares por los pómulos ligeramente enrojecidos, las primeras patas de gallo y las gruesas cejas oscuras. La fascinación de poder estar tocándolo de esa manera casi le distrajo de la felación, al punto de que Harry se lo sacó de la boca para preguntar, con voz ronca.
— ¿Estás bien?
— Yo… creo que estoy un poco abrumado—confesó Edward—. No puedo creer que esto esté pasando por fin.
Harry se puso en pie y lo miró, aún con las manos apoyadas en las estrechas caderas uniéndolos.
— Yo no puedo creer que aún me quieras con todo lo que te he hecho esperar —admitió.
— Oh, Harry. Te habría esperado toda mi vida —le dijo, acercándose más y uniendo sus frentes, con los ojos cerrados para contener la emoción—. ¿He estropeado el momento?
— Tenemos muchas noches para que te compense con tanto placer que borre mis faltas —le dijo en un susurro que a Edward le puso la piel de gallina.
Con una risa trémula, Edward volvió a besarle, sintiendo su propio sabor en su lengua. Desde que habían tomado tierra y comenzado el viaje hacia la propiedad que tenía cerca de Dublín, por suerte era un viaje corto en carruaje, había estado esperando a tener la oportunidad de estar a solas con Harry. Pero no había sido tan sencillo y había tenido que aguantar dos días apenas robándose besos tras puertas cerradas antes de conseguir colarse en el dormitorio de Lord Potter en la casa en la que se alojaban tras ver el lamentable estado de la casa Black.
No renegaba de los besos para nada, le encantaba besar a Harry, es más, le encantaba saber que podía besar a Harry. El problema era que cada vez que sus labios se rozaban sentía la excitación llenar rápidamente su vientre. De hecho, en un momento de la primera tarde revisando la casa Black había tenido un incidente con un largo beso en una despensa que había terminado con él muy incómodo toda la tarde por la humedad de su ropa interior.
Y así estaba en ese momento, recuperada la concentración gracias a los hábiles labios que ahora se deslizaban por su cuello, a Harry apenas le hizo falta tocarle un poco para que un orgasmo lo atacara y amenazara con doblarle las rodillas.
— Me encanta que seas tan receptivo —le murmuró, aún lamiendo su oreja.
— ¿No te preocupa que sea un disparador excesivamente veloz? —preguntó Edward, frotando su muslo contra el rígido pene desatendido de Harry.
Con una carcajada, lord Potter se separó de él y se acercó hasta el palanganero para lavarse las manos y coger un paño con el que limpiar las salpicaduras en el vientre de Edward. Después, tras dejar la toalla junto a la palangana, se subió a la cama y lo llamó con un gesto.
— No me preocupa —le respondió por fin, entre beso y beso cuando el joven se tumbó sobre él—. La juventud dispara pronto, pero recarga rápido también.
Lo confirmó moviendo las caderas hacia arriba para rozar su pene con el del joven, ya semiduro otra vez.
— ¿Puedo...? ¿me dejarías? —balbuceó Edward, empujando más fuerte contra él.
— Necesitarás un poco de aceite. Está sobre el tocador.
Edward se elevó un poco sobre él, apoyando las manos en la cama a los lados de su cabeza, con una sonrisa traviesa.
— ¿Ha venido usted preparado para desflorarme, lord Potter?
Harry se impulsó un poco hacia arriba para besarle, todo lengua y dientes.
— Aprendí hace tiempo que es más placentero masturbarse cuando la mano resbala, lord Black. Y parece que va a ser usted el que me desflore a mí.
— Espera, ¿tú nunca...?
— ¿El receptor? no.
— Vaya, ahora estoy más nervioso. Y halagado, creo. ¿Debería sentirme halagado?
Con una carcajada, Harry interrumpió sus balbuceos nerviosos y mostró su buena forma girándolos a los dos para quedar encima. Volvió a besarlo, pero esta vez era menos salvaje y más tranquilizador. Después se levantó y caminó hasta el tocador, brindándole a Edward una muy agradable vista de su musculoso trasero y sus anchas espaldas.
— Dame tu mano derecha —le indicó.
Obediente y excitado, sus pupilas habían devorado los iris color avellana, extendió la mano. Despacio, Harry quitó el corcho del frasquito, del que salió un intenso aroma a sándalo, y vertió una pequeña cantidad en los dedos, extendiéndolo después con un suave masaje. El momento, las caricias, los olores, le parecieron a Edward terriblemente íntimos. La tranquila confianza que Harry exudaba y a la vez depositaba en él era muy sensual y le calentaba desde dentro.
Harry se tumbó bocabajo, con la cara entre los brazos y una almohada bajo sus caderas.
— Despacio, un dedo cada vez, ¿vale?
Edward cogió aire y se colocó entre sus piernas abiertas. Acercó la punta de un dedo aceitado hasta la separación entre los fuertes glúteos y lo deslizó hacia abajo, despacio, sintiendo como a Harry se le ponía la piel de gallina. El llegar a ese pequeño orificio que era su objetivo, lo introdujo un poco, sin perder de vista las reacciones de Harry. Cuando llegaba a la segunda falange, le pareció que se tensaba, así que se agachó, sin salirse, y comenzó a besar su espalda, algo con lo que había fantaseado largamente. Alternó lengua, labios y nariz para acariciar y se sintió muy satisfecho de sí mismo cuando Harry susurró un ahogado "Otro más".
Perdió la noción del tiempo. La posibilidad de besar y acariciar todo el cuerpo bajo él, los muslos gruesos, los testículos inflamados, se perdió en todo ese placer lento sin dejar de usar sus dedos para preparar a Harry, hasta que un murmullo le hizo detenerse.
— Sácalos.
Por un momento temió haber hecho algo, pero cuando Harry se dio la vuelta sobre el colón lo que se encontró fue un furioso sonrojo en sus pómulos y un pene enhiesto y amoratado a punto de explotar.
— Túmbate bocarriba.
Le excitaba la autoridad, así que obedeció rápidamente, con un cosquilleo que hacía a su propio pene gotear. Lo cual empeoró cuando Harry volvió a tomar el aceite y le cogió la mano para repetir el masaje, concentrado. Después, sin avisarle, agarró con fuerza el pene de Edward y lo lubricó.
— Mantenlo así para mí, ¿vale?
Solo atinó a asentir, toda la sangre del cuerpo concentrada en su pene. Por eso le pilló desprevenido que Harry se agarrara con la mano limpia al cabecero de la cama y se pusiera en cuclillas sobre él para penetrarse, muy despacio, sin separar la mirada de la suya.
— Oh, maldición —juró Edward, apretando los dientes, tratando de aguantar el orgasmo que se estaba formando en su vientre por el calor y la estrechez.
Harry no dijo nada, solo respiró por la boca y le cogió la mano que había lubricado para llevarla a su pene, que había perdido un poco de tensión. Despacio, acoplaron los movimientos arriba y abajo de Harry con la mano de Edward. Poco a poco, los jadeos se hicieron más fuertes y la velocidad aumentó.
— Harry, yo... creo que no voy a aguantar mucho más.
Con una sonrisa ladeada, Harry se dobló para besarle con fuerza antes de cambiar el ángulo, inclinando la espalda más hacia atrás, y aumentar aún más la fuerza de sus envites.
— Ahí Edward, golpea ahí —le rogó, necesitado de un poco más de estímulo.
Apretando los dientes otra vez, Edward dobló las rodillas para poder hacer mas fuerza y se clavó profundamente en él, rozando su próstata, una, dos y tres veces. Contempló con los ojos muy abiertos como Harry gemía, con los ojos cerrados, y a continuación eyaculaba con fuerza en su mano. Esa visión, y el apretón de su recto sobre su pene, llevó directo a Edward al segundo orgasmo.
Con los ojos cerrados, sintió como salía de Harry y el peso sobre el colchón junto a él. Le apartó con ternura el flequillo sudado de la frente y tuvo que abrir los ojos para disfrutar de las vistas. Los ojos que se encontró mirándolo brillaban de una manera que le estremeció.
— Gracias.
— ¿Por qué me las das? tú me has regalado tu flor.
Harry rio y le besó. Se dio la vuelta para ponerse bocarriba y le cogió la mano para entrelazar los dedos.
— Por amarme. Te prometo cuidar del regalo que me haces.
Estremecido, Edward solo pudo responder apretando su mano de vuelta. Cerró los ojos y trató de regular su respiración, concentrándose en la felicidad por las promesas dichas e incluso las no dichas.
No había vuelto al cementerio de Godric's Hollow desde el entierro de Draco. El lugar era antiguo, pero el párroco lo cuidaba con mimo, las lápidas estaban limpias y en los panteones las rejas de metal brillaban.
No perdió el tiempo buscando la tumba de su madre, Dora no estaba allí, sino en Londres enterrada junto a sus padres. Y la única razón por la que Draco no estaba allí también era que en ese momento su abuela ya había muerto y lord Potter había podido tomar la decisión de enterrarlo en el discreto cementerio rural, bajo un árbol enorme. Cuando estuvo en el entierro de su primo, su mente no estaba realmente allí. Estaba lejos, ya en Europa, huyendo del pesar y los remordimientos.
Lo vio desde lejos, algo que no tenía mucho mérito porque no había nadie más a esa hora en el cementerio y porque tenía un radar interno capaz de localizar a lord Potter en cualquier momento y lugar. Ahí estaban los hombros anchos, los brazos fuertes y las manos grandes y morenas. El cabello oscuro siempre un poco alborotado y la cintura que ya no era tan estrecha como cuando era joven. Y por supuesto, ahí estaba la reacción de su cuerpo, el cosquilleo en el vientre, el nudo en el estómago, el picor en las manos que querían acariciar.
Dio unos pasos hacia él, sin ocultar su presencia, no quería interrumpir lo que fuera que estuviera haciendo.
— Ted… —le saludó con una sonrisa trémula.
— Jones me ha dicho que estabas aquí.
Harry le invitó con un gesto a unirse a él delante de la tumba. Sin dudar, se colocó codo con codo, tan cerca que los dorsos de sus manos se rozaban. Después de su tiempo viajando juntos, la cercanía se había convertido en algo tan necesario como respirar.
Tomó aire profundamente al mirar la lápida. Era de piedra blanca y bajo el nombre completo de Draco y las fechas que delimitaban su vida, Harry había hecho tallar "Siempre en mi cielo".
— ¿El párroco no ha protestado de la frase?
— Pago su sueldo, no se atrevería —respondió Harry con un atisbo de humor.
— Entiendo que es algo entre vosotros —cuestionó, señalando la frase.
— El día que lo conocí me habló de su constelación. Mientras estuvimos alejados, ese grupo de estrellas era lo único que tenía que me acercaba a él. Y ahora sigue siendo mi recordatorio, inconscientemente busco al Dragón en el cielo siempre que salgo de noche.
Edward necesitó carraspear para aclararse la garganta. A pesar de la seguridad de su naciente relación, aún le perturbaba el dolor de la pérdida en Harry.
— Fui un ingrato con él.
— Nunca tuvo más que buenas palabras sobre ti.
— Eso no lo mejora, Harry. —Negó con la cabeza— Fue por él que decidí Cambridge, porque él quería que fuera a Oxford. Un niño mimado haciendo una pataleta tras otra. ¿Le hablas cuando vienes aquí?
— A veces.
El joven tomó aire y se agachó, poniendo una mano sobre la piedra fría.
— Lo siento, Draco. Estaba celoso, porque Harry te quería. No tengo más excusa que esa.
Sintió la mano de Harry apretando su hombro y, sin poder evitarlo, puso una de las suyas encima, necesitado de contacto.
— Y lo siento también por querer ocupar tu sitio.
Con un suspiro, lord Potter se agachó junto a él.
— Un mes antes de morir, comenzó a insistir en que yo debía seguir con mi vida, formar una familia con alguien que me cuidara. Creo que si le preguntáramos, te daría las gracias por querer ser precisamente tú esa persona. Porque confiaría en ti.
— ¿Y tú? ¿Confiarás en mí? —le preguntó con la voz ahogada por la emoción.
Por respuesta, Harry miró un momento alrededor y, sabiéndose solos, acompañados nada más que de sus caballos, le sujetó la cara con su cálida mano y besó con suavidad sus labios.
— Con mi corazón, Teddy —le aseguró, uniendo sus frentes.
A su alrededor, las hojas caídas de los arboles se levantaron con el viento del otoño, ocultándolos un momento de las miradas ajenas, como si los fantasmas del cementerio quisieran proteger su amor.
