Capítulo 43
Penélope tarareó la canción que sonaba ese momento en la radio mientras cerraba el grifo de la ducha. Cogió una toalla, se secó tranquilamente y se hidrató la piel. Ya había escogido la ropa que quería ponerse, así que se dirigió a la habitación y comenzó a vestirse.
Esa noche tenía una cita, por primera vez en meses, después de haber dejado a Kevin. Se había resistido, pero finalmente, se había descargado una aplicación de citas. No era muy fan de esas cosas, pero creía que no estaba hecha para estar sola. Estaba acostumbrada, pero no quería decir que le gustara.
Pasó las manos por la falda, alisándola. Negra, con grandes flores rojas. La blusa negra también, y una chaqueta roja con una flor negra en la solapa. En los pies, unos zapatos de tacón rojos y un pequeño bolso negro. Las gafas, con montura negra y ribetes rojos. El pelo suelto decorado con dos pequeñas horquillas, rojas y negras. El rojo y negro eran su color, y esa noche, se sentía poderosa.
Se echó unas gotas de su perfume favorito, y cantó a viva voz la canción que sonaba en la radio. Cuando acabó, la apagó, cogió el bolso y después de un último vistazo, se marchó a lo que tal vez, podría ser su próximo futuro amoroso.
Se bajó del taxi frente al restaurante, y fue ahí cuando comenzó a ponerse nerviosa. ¿Y si no le gustaba? ¿O si era él el que no le gustaba a ella? Sabía que no pasaba nada, un bloqueo en la aplicación y a seguir. La ciudad era muy grande y había muchos peces en el mar. No obstante, las dudas llenaron su mente en cuanto pisó la acera.
Pero ella no era una cobarde, y ya que se había arreglado, se sentía guapa por dentro y por fuera, iba a aprovechar la noche. Entró en el restaurante dispuesta a todo.
La acompañaron a la mesa, y ahí supo que no se había equivocado. Los ojos verdes que la miraban y la sonrisa enorme que iluminaba todo el restaurante, le quitaron todas las dudas de golpe.
-Hola, soy Josh. Debes de ser Penélope -se levantó y le separó la silla para que pudiera sentarse.
-Debo de serlo, porque todos me llaman así -respondió con una sonrisa.
Josh rio por su broma mientras se sentaba y ella se relajó. Todo había comenzado bien.
Josh era alto, con el pelo rubio alborotado por unos bonitos rizos, unos ojos verdes enormes y unos labios carnosos que invitaban a besarlos sin parar. La nariz recta y pómulos marcados. Tenía los antebrazos fuertes y los pectorales marcados.
La conversación fluyó sin problema, y Penélope pensó durante un momento que tal vez podría funcionar. No quería ilusionarse, era sólo una cena, pero a veces todo lo bueno empezaba con lo más simple.
Emily sonrió al leer el mensaje de Penélope, que le contaba brevemente su cita de la noche anterior con el dios griego cincelado en piedra, como ella lo había bautizado.
-Emily, deja el móvil un rato. Vamos a centrarnos en este suplicio, y luego puedes volver a coquetear con tu novio -bromeó Erin mientras llamaba al timbre.
Acababan de llegar a casa de su madre. Ninguna de las dos quería ir a esa reunión, pero les había parecido oportuno ir después de varios meses sin ver a su madre y de su insistencia.
-Te informo, querida hermana, que el mensaje es de Penélope, no de mi adorado novio -contestó la aludida.
-¿Coqueteas con Penélope? -Erin levantó una ceja, divertida.
Iba a contestar cuando la puerta se abrió. El mayordomo de su madre, que había estado a su servicio casi desde que ellas tenían memoria, inclinó la cabeza a modo de saludo.
-¡Andrew! ¡Qué alegría verte! Sigues igual que siempre -Emily fue la primera en entrar, y saludó al hombre con una palmada en el hombro.
-Un gusto saludarlas de nuevo. Señorita Prentiss. Señora Strauss. La embajadora las espera en la sala de estar.
-Gracias -Erin le sonrió cálidamente.
-¿Por qué le siguen llamando embajadora si hace años que se ha jubilado? -susurró Emily mientras se dirigían allí.
-No tengo ni idea. La próxima vez se lo preguntas.
La embajadora estaba frente al ventanal, sentada en un gran sillón. Desde atrás, no se la veía, pero tenía una mano apoyada en el reposabrazos. Las dos se dirigieron hacia allí en cuanto entraron.
-Elizabeth, ya estamos aquí. Nos ha surgido algo y sólo podemos…-Emily calló de golpe y Erin se llevó una mano a la boca, conmocionada.
La mujer que las miraba no se parecía en nada a su madre. Los síntomas de la enfermedad, que supusieron cáncer, la tenían demacrada y envejecida. Había perdido el cabello, también las cejas, tenía la piel sin brillo y estaba visiblemente más delgada. El pañuelo que llevaba en la cabeza le daba un aspecto todavía más extraño.
-Si os sentáis, os lo explico todo -hasta la voz le había cambiado.
Las dos cogieron una silla y se sentaron frente a ella. Emily cogió, casi inconscientemente, la mano de Erin. Lo hacía cuando eran pequeñas y siempre se sentía mejor.
-A principios de año, descubrí que tenía un bulto en el pecho. Me hicieron varias pruebas y descubrieron que era maligno.
"Cuando estuve en vuestra casa hace unos meses y os dije que me iba a Rusia, era verdad, pero también estuve en Houston. Me operaron, me hicieron una doble mastectomía y luego viajé a Rusia. Hay muy buenos profesionales.
Ninguna de las dos dijo nada durante unos minutos, conmocionadas todavía por la noticia.
-Pero si os lo estáis preguntando, el tratamiento está funcionando. En un par de meses debo volver a una revisión y los médicos son optimistas.
El silencio llenó de nuevo la estancia, hasta que Erin lo rompió con un suspiro irritado.
-Y no se te ocurrió informarnos de todo esto cuando fuiste a vernos ¿verdad? Era mucho mejor guardártelo para ti. ¿Y si algo hubiera salido mal? ¿Nos hubiéramos enterado en tu funeral?
-Entiendo que tal vez no lo hice bien, pero…
-Lo raro es que tú hagas algo bien, madre -Erin sentía la mirada de Emily sobre ella-. Tú siempre haces las cosas a tu manera, sin importar el bienestar de los demás, o si tienen alguna opinión sobre eso.
Y antes de que su madre pudiera contestar, se levantó y abandonó la sala. Elizabeth giró la cabeza hacia la ventana, y Emily esperó unos minutos. Luego se levantó y sin saber de dónde venía el sentimiento, besó a su madre en la mejilla y también se marchó.
Cuando Emily abrió la puerta, Aaron pudo ver la tristeza en los ojos de la chica. Inmediatamente sonrió al verlo, tal vez para quitarle importancia a la expresión seria del abogado. Lo había llamado un rato antes y le había contado brevemente el encuentro con su madre. Estaba preocupada por Erin.
-Está su habitación. Se encerró cuando llegamos y no ha salido para nada. Eso sí, he escuchado ruido. Cuando viváis juntos y os peleéis, la casa estará impoluta.
Aaron soltó una pequeña risa, sabiendo a qué se refería. Erin le había contado que cuando estaba enfadada, solía limpiar y ordenar la casa.
-Voy a ir a comprar la cena. ¿Te apetece comida tailandesa? -preguntó la morena cogiendo las llaves.
-Sí, perfecto -respondió dirigiéndose al cuarto de Erin.
Esperó hasta que Emily se fue para entrar. Luego abrió sin llamar. La habitación estaba hecha un desastre, con toda la ropa y las cosas encima de la cama o tiradas por el suelo. Erin estaba junto a la cama, apoyada en la pared con las piernas estiradas y mirando al vacío. Cerró la puerta con cuidado y se sentó a su lado.
-¿Quieres hablar de ello? -preguntó al cabo de un momento.
Ella lo miró, pero no reaccionó. Volvió a apartar la mirada de él.
-¿Por qué has venido? -la pregunta lo sorprendió.
-Emily me llamó. Está preocupada por ti. Y además, se supone que debo apoyarte en momentos como este.
-Pues no os preocupéis tanto. ¿No os dais cuenta que cada uno tiene una forma de afrontar las cosas? -estalló, levantándose y alejándose de él.
-Erin…
-No, aléjate.
La cogió suavemente de la mano, y la giró hacia él.
-Erin, háblame. No te lo guardes para ti ¿vale? Estoy aquí para escucharte y apoyarte.
Erin cerró los ojos y apoyó la frente en su hombro, momento que él aprovechó para abrazarla. Estuvieron unos minutos así hasta que ella se separó y tiró de él hasta sentarse de nuevo en el suelo.
-Estoy enfadada. Muy enfadada -empezó.
-¿Por qué tu madre está enferma?
-Porque nos lo ha ocultado. Siempre hace cosas así. A su conveniencia, sin pensar en los demás. No es que de repente vaya a cambiar nuestra relación con ella, han sido muchos años de desprecios y cosas, pero algo así, se dice desde el principio.
-¿Lo hubieras hecho vosotras si hubiese sido al contrario? Si a Emily o a ti os pasase algo así, ¿se lo contarías a ella? -preguntó Aaron mirándola.
-Es que es diferente. Fue ella la mala madre, la que desde el principio nos trató como objetos hasta que empezamos a valerle, y ni siquiera así fuimos lo suficientemente válidas. Pero supongo que no, que no se lo contaríamos, porque también la decepcionaríamos en eso.
Aaron le colocó un mechón detrás de la oreja y posó un pequeño beso en la sien. Estaba entendiendo la decepción en la voz de Erin.
-Y aparte de enfadada, ¿sientes algo más?
-¿Ahora eres psicólogo? -Erin lo miró con una media sonrisa, que hizo que Aaron se inclinara y le diera un breve beso en los labios.
-Sólo quiero que tú te sientas bien. Que saques de dentro ahora todo lo que te preocupa para que no te estreses y vivas preocupada.
Ella resopló y se recostó en la pared. Encogió las piernas, las rodeó con los brazos y apoyó la barbilla en las rodillas.
-Es que no sé cómo sentirme ¿sabes? Porque estoy enfadada, pero es mi madre. Aunque no, definitivamente no la perdono por todo lo que ha hecho. No se ha borrado de un plumazo todo lo que me ha hecho sentir desde que tengo uso de razón, solamente porque esté enferma. Pero supongo que a lo mejor podríamos tener un acercamiento, no sé.
-¿Le has preguntado a tu madre la razón por la cual no os lo contó?
-No. Me enfadé en cuanto terminó de hablar -confesó sonrojándose.
Aaron soltó una carcajada y Erin le dio un pequeño empujón.
-¿De qué te ríes?
-Eres la persona más tranquila que conozco, cariño, pero te enervas enseguida.
-No es cierto. Sólo me pasa con mi madre. Con el resto no me pasa -contestó a la defensiva.
-Te estoy tomando el pelo, Erin -Aaron la cogió de la cintura y la atrajo hacia él.
Estuvieron así abrazados un rato, hasta que ella se separó y se levantó.
-Debería recoger todo esto, ¿me ayudas?
-¿Y Emily no ha llamado a Derek? Me extraña no verlo aquí -preguntó Aaron mientras se ponía de pie.
-Ha llevado a Hank a Chicago a ver a su familia. Volverá el fin de semana que viene.
-Uy, ¡qué suerte tengo! Dos chicas guapas para mí solo -bromeó él.
-¡Aaron! -ella lo golpeó de nuevo en el brazo, haciéndose la ofendida.
Él la cogió por la cintura y la tiró en la cama, haciéndole cosquillas. Ella rio con ganas mientras las manos de Aaron recorrían su cuerpo. Y él supo entonces que no había nada en el mundo que le gustara más que el sonido de su risa.
Continuará…
