Como una larga noche de invierno que comienza a morir, que avanza en esas horas frías y silenciosas, calmas y lentas, la luz del amanecer irrumpió con suaves y tímidos colores a su alrededor.

La tormenta oscura, violenta, incontrolable, diluyó su ira en el cielo… en un vendaval atemorizador; en ese huracán que poco a poco se fue transformando en un viento helado que se volvió agradable y cálido.

La lluvia hizo una tranquila y lenta transición para volverse garúa, perdiéndose en la brisa, dejando ese agradable aroma a petricor que inundó su corazón.

… El tiempo pasó…

La luna y el sol continuaron persiguiéndose, en ese interminable e imperturbable ciclo durante semanas o meses, y jamás se detuvieron.

Los árboles se tiñeron de verdes y alegres colores, mostrando sus flores más bellas.

Y de aquél último encuentro, de esa difícil despedida, 6 meses pasaron.

Las doradas e inertes arenas del desierto la habían envuelto como un cálido y tranquilo abrazo, calmando su corazón, sellando una a una sus heridas; permitiéndole avanzar. Volver a soñar era posible, encontrar un camino y su lugar parecía alcanzable. Y esa silenciosa y gran oficina donde estaba, era el inicio de su nueva vida.

—Kazekage.

La mirada del aludido viajó desde el documento que estaba leyendo en su escritorio, hacia ella, que se encontraba de pie frente a él. Y no fue amable.

Lo ojos de ella lo miraron con sorpresa, para luego fruncir el ceño mientras abrazaba la carpeta que pretendía entregarle. Ya sabía de que se trataba, llevaba un tiempo pidiéndole que dejara las formalidades con él.

Se miraron un momento, desafiándose mutuamente sin palabras, hasta que ella cedió.

—Gaara—volvió a llamarlo y él se mostró más relajado—, aquí está el siguiente documento. Solo require tu firma.

Él asintió, recibiendo la carpeta con tranquilidad.

—Hinata—respondió—¿queda algo más para hoy?

Ella volvió a su escritorio, ese que Gaara hace 6 meses atrás mandó a colocar cuando decidió dejar de ser ninja para volverse su secretaria.

Había sido una decisión bastante simple de tomar cuando ingresó en su primer día y vio el caos de la oficina. Temari, quien hasta ese momento, a veces ejercía ese rol para ayudarlo, se había marchado a Konoha por dos meses.

Él, en un principio, había dudado en aceptar pensando que ella preferiría ejercer como ninja, pero Hinata se encargó de hacerle entender que para ella estaba bien.

—No—respondió, luego de mirar una pequeña agenda—, esto es lo último.

Gaara firmó rápidamente, dejó la lapicera en su lugar y se levantó.

Como ya era costumbre, salieron juntos de la oficina en un agradable silencio que solo era levemente interrumpido por los sonidos de la aldea. Avanzaron, por las calles de arena dorada y construcciones lisas que, a esas horas, cobraban vida con alegres luces de colores que iluminaban la noche que caía.

Y cuando iban a doblar en la esquina que llevaba a la zona residencial donde ambos tenían sus hogares, ella lo llamó.

—¿Me acompañarías a un lugar?

Él, con sorpresa, la observó colocarse un poco nerviosa, pero extrañamente contenta y asintió.

La siguió, hacia la dirección contraria, volviendo a la zona del comercio pero hacia una plaza tranquila con lugares para comer. Notó como ella lo guiaba hacia un pequeño local cerrado, con un antejardín algo abandonado, y se detenía en la entrada.

Intrigado, continuó siguiéndola cuando ella abrió la puerta y avanzó por un caminito de piedra que llevaba a la entrada de lo que parecía una casa y la abrió.

Ella ingresó por la puerta principal, se giró hacia él y sonrió algo avergonzada.

—Bienvenido—le dijo sosteniendo la puerta invitándolo a pasar—, a mi café.

Inevitablemente sonrió al escucharla, e inmediatamente observó a su alrededor, el pequeño lugar estaba vacío y oscuro, pero parecía agradable y acojedor. Temari se alegraría de saber que finalmente Hinata le había hecho caso en instalarse con un negocio así, luego de haber probado sus dulces durante estos meses.

—Será todo un éxito—respondió.

El tiempo fluyó.

Los segundos, los minutos, las horas, los días… se transformaron en un lento ir y venir de trivialidades sin importancia, de tareas insípidas, de noches sin descanso y eternas esperas.

Y su cotidianidad, aquella que se había visto interrumpida por esa cálida y agradable presencia que vivió con él en su hogar por un par de días, ahora se sentía extraña y vacía.

Ella había inundado todo.

Ella se había llevado todo.

Y ya no estaba.

Desde el más pequeño e insignificante recuedo, desde aquel incómodo y forzado primer encuentro, su mundo se fue adaptando, cambiando y se expandió a un sin fin de nuevos colores.

Navegar en ese mar suave y calmo que la rodeaba, sumerjirse en esas sonrisas tímidas y sinceras y dejarse llevar por esas aguas tibias que no exigian nada, habían transfomado su cansado corazón.

La extrañaba.

Joder, no había nada que deseara más que verla ingresar a su hogar. No había nada que esperara más que abrir esa puerta y encontrarla ahí, o cruzarse en la calle, o en su cafetería favorita o camino a la florería… donde fuera. Solo quería verla, saber que se encontraba bien, escuchar su suave voz decir su nombre con ese timbre agradable que la caracterizaba.

Y, aún cuando sabía que dejarla ir había sido la mejor desición, no había forma que se diera por vencido sin luchar.

—Sasuke—escuchó su nombre–, puedes pasar.

No, no había forma que no intentara todo cuando Hinata en ningún momento lo había rechazado.

Por eso se encontraba ahí, por ese vivido recuerdo de último cumpleaños cuando ella, con esas simples palabras, le hizo sentir como todas sus cargas se liberaban.

Quería mostrarle que él también podía cambiar y avanzar.

—¿Cómo se siente tu brazo?—preguntó Sakura, mientras se acercaba a examinarlo.

Elevó su brazo nuevo, permitiendo que su amiga lo examinara, como llevaba haciendo desde hace 5 meses atrás.

—Bien—respondió—, ya no lo siento rígido.

Ella asintió y volvió a su escritorio para anotar algo en un papel que luego le extendió.

—Estás oficialmente dado de alta— le sonrió—. Solo debes volver para una revisión anual o en caso de molestias.

Tratando de disimular el conflicto de emociones que aquella noticia le provocaba, se despidió de su compañera y abandonó a paso lento el hospital.

Correr a Suna, luego de terminado su tratamiento, era lo primero que había pensado cuando decidió aceptar el brazo, pero hacerlo sería solo considerar sus propios sentimientos olvidando por completo los tiempos que Hinata necesitaba.

"Puedes ir y buscar tu destino, y yo te estaré esperando"

Él había prometido esperar el tiempo que fuera necesario para que ella sanara.

Así que esperó.

Y esperó.

Y esperó.

Y el tiempo avanzó...

Lentas, a veces demasiado rápidas, las noches siguieron su curso transformándose en días; la brisa cálida se convirtió en un viento frío que inundó las calles de la aldea, llevándose las verdes y alegres hojas del verano, para traer consigo aquellos rojizos colores del otoño. La lluvia inalterable, regresó como frías lágrimas del cielo que se perdían en el suelo, en el río, en la blanca niebla que le recordaba su ausencia.

El invierno, nuevamente regresó…

Y un año completo pasó.

Ese pequeño departamento, que guardó sus tardes de soledad, fue reemplazado por una casa de tamaño mediano, con un gran terreno para cultivar. La cocina, que jamás había sido de su atracción, poco a poco comenzó a completarse en cada ida ocasional al centro de la aldea.

Su living, se fue formando con tonalidades azules, blancas y pequeños detalles violetas; en un conjunto de muebles simples pero lo suficientemente acogedores como para pensar que ahí vivía alguien más.

Y en su recibidor, había un par de pantuflas extra, en color violeta, que continuaban esperando ser utilizadas.

Desde aquel lejano lugar, él continuaba anhelando aquello que no lograba alcanzar.

Temprano, como siempre había acostumbrado, salió de su hogar rumbo a los campos de entrenamiento para realizar su rutina diaria de ejercicios, el viento frío y el pronóstico de la primera nieve de la temporada que se acercaba no iban a detener; nunca lo habían hecho.

Entrenar hasta perder el aliento era de las pocas cosas que le ayudaba a despejar su cabeza de los recuerdos que lo atormentaban.

Pero al momento que desenfundaba Kusanagi, un temerario anbu apareció frente a él, solicitando su presencia ante el Hokage.

—¿Tu lo crees?—escuchó la inconfundible voz de Naruto a medida que se acercaba a la oficina de Kakashi.

—Por supuesto—se oyó la respuesta de Chouji—, debe ser para eso que nos han llamado.

Ingresó a la oficina en medio de las conversaciones que se estaban llevando a cabo mientras esperaban que llegara el Hokage, encontrándose con el resto de sus compañeros de generación. No era habitual que todos fueran convocados de esa forma.

Avanzó, aprovechando esa rara oportunidad, para encontrar a los integrantes del equipo 8 en un rincón conversando con Lee y Ten Ten, y quedó a un par de metros de Shino cuando Kakashi ingresó. Algunas veces, el amigo de Hinata le soltaba un poco de información acerca de ella, otra veces, no tenía tanta suerte.

Con su relajado caminar, el actual Hokage ingresó a su oficina y se sentó en su escritorio como si ninguno de los presentes estuviera ahí. Revisó, con su habitual tranquilidad los cajones de su escritorio, y sacó un montón de pequeños pergaminos que dejó sobre la mesa.

Se acomodó en su asiento mientras el silencio se comenzó a apoderar de la habitación, y con su mirada cansada recorrió uno a uno los personajes que se encontraban frente a él.

—Buenos días— saludó, como si fuera normal tenerlos a todos en su oficina.

Con un silencioso gesto todos respondieron al saludo a su manera, y otros tres anbus cerraron la puerta de la oficina.

—Como todos ya deben saber—continuó— en dos meses más retomaremos los exámenes Chunin.

Las miradas entre sus compañeros no se dejaron esperar ante la confirmación de lo que solo sabían por rumores o conversaciones internas de sus clanes.

—Por eso, en estos días comenzarán a llegar las delegaciones de las aldeas que participaran para tener las primeras reuniones de coordinación—indicó—, y como anfitriones, debemos asegurarnos de que todo salga bien.

Suna, la aldea de la arena también participaría y saber que dentro de la delegación había una pequeña posibilidad de que Hinata viniera aceleró su corazón; Shino le había contado que ella se había vuelto la secretaria del Kazekage.

—Asignaré a algunos de ustedes para patrullar los alrededores de la aldea, manteniendo la seguridad y otros serán escoltas de las delegaciones—siguió comentándoles—, así que les entregaré sus asignaciones, en ellas encontrarán todo lo que necesitan saber.

Tal y como era de esperar él, junto a Sai, Lee, Ino y Ten Ten, fueron asignados a patrullar, el resto de los asistentes, se les asignó escoltar a las delegaciones y a otros a resguardar el perímetro del lugar de reunión.

Había albergado la pequeña esperanza de ser el escolta de la delegación de Suna, pero esa tarea fue asignada a Shino y Kiba.

—Hokage—escuchó como Naruto se acercó a Kakashi mientras los demás abandonaban la oficina sin prestarle atención—, ¿hay alguna posibilidad de que me asignes a escoltar a Gaara?

Se detuvo rápidamente al escuchar entre los murmullos la petición de su amigo, y se volvió para observar la situación, era demasiado obvio que buscaba una oportunidad para encontrarse con la Hyuga.

No podía permitirlo, no quería dejar que él se acercara a Hinata si es que había alguna posibilidad de que ella viniera; aunque fuera egoísta, aunque no tuviera ningún derecho de intervenir, no quería que ella viera al Uzumaki si eso significaba que esos sentimientos pudieran revivir.

Notó, como Kakashi llevó su mirada con sorpresa, desde Naruto hacia Shino por un momento, para luego negar. Hatake sabía, y aun cuando le tenía un gran cariño a su ex alumno, no podía aceptar su solicitud en esta oportunidad.

—Los arreglos ya fueron informados a las respectivas delegaciones—indicó.

Sakura, al ver la situación, le dedicó una mirada de compresión a su amigo y se acercó al Aburame cuando Naruto se retiró.

—El Kazekage—comenzó, un poco tímida ante la fría y seria presencia de Shino— ¿puedo saber cuando llega su delegación?

Ante la negativa de Kakashi, Sakura fue lo suficientemente inteligente como para no preguntar directamente por Hinata sino por la delegación de Suna en general. Si con esa información le podía dar un poco de esperanza a Naruto, entonces era suficiente. Si su amiga venía, esa sería una sorpresa adicional y agradable.

Kiba, a diferencia de Shino, la observó con un poco más de comprensión, entendiendo sus intensiones; él sabía que ella no tenía idea de lo que realmente había pasado entre Naruto y Hinata y solo estaba intentando ayudar.

—Prometo no intervenir—agregó Sakura—, solo quiero saber.

—Hoy durante la noche—respondió Shino, cediendo, pero sin agregar nada más.

Sakura, agradecida, sonrió

Y al momento en que su amiga se retiraba, sintió como la dura mirada de Shino se volvía hacia él.

No dijo nada, solo se limitó a esperar a que el Aburame pasara por su lado en su camino de salida, sosteniendo esa mirada que lo examinaba, que lo evaluaba sin ningún pudor, como si estuviera intimidándolo.

Había aprendido con el tiempo, que tanto Shino como Hinata, solo hablaban cuando lo creían correcto y necesario; si él estaba dispuesto a soltar un poco más de información, no servía de nada presionarlo.

—Ella también viene en la delegación.

Fue un susurro suave, seguro, y tan sutil que casi podría perderse en la brisa fría que ingresaba por la puerta de entrada. Pero fue lo suficientemente claro como para acelerarle el corazón.

Hinata volvía.

Sus caminos se volverían a encontrar

Avanzó, un paso tras otro, mientas permitía que el aire helado trajera consigo el olor a tierra húmeda y vegetación que hace mucho no sentía.

Y los ruidos, el crujir suave de las ramas que chocaban entre si con el viento, que se partían bajo sus pies cuando caminaba, y que camuflaba el cantar de traviesos pajaritos que buscaban refugio para dormir, le anunció que ya estaban cerca de su antigua aldea.

Había pasado un año desde que el desierto la cobijó.

—¿Lo extrañabas?

La voz de Gaara se escuchó cerca, sorprendiéndola un poco al no haber notado cuando comenzó a caminar a su lado.

—No lo sé— respondió con sinceridad—, se siente extraño regresar.

Kankuro, que lideraba la pequeña caravana junto a Temari, se detuvo un momento al sentir un par de presencias extrañas más adelante.

Los otros dos ninjas que los acompañaban, y que avanzaban detrás de Gaara y Hinata, cerrando el grupo, se pusieron en alerta.

—Kiba y Shino—indicó ella, que había activado su Byakugan para revisar.

El Kazekage asintió.

—Son los encargados de escoltarnos—dijo Gaara.

No hubo grandes reencuentros, Shino y Kiba habían estado llendo y viniendo entre ambas aldeas por un buen tiempo así que no habían perdido el contacto.

Se saludaron, con la habitual formalidad que requería un Kage con su delegación, y los encaminaron hacia las puertas de la aldea.

Decir que cruzar aquellas emblemáticas y altas puertas que enmarcaban la entrada de Konoha le produjo indiferencia sería una mentira. La ansiedad que la embargo en ese momento, junto al conjunto de emociones que se arremolinaron en su interior fue suficiente como para hacerle detener su andar un momento.

Eran muchos los recuerdos, muchas las emociones, muchas las circunstancias que remecieron su interior al encontrarse nuevamente ahí.

Se había ido sin nada.

Y ahora volvía con sus propios logros.

Su herido corazón había cruzado esas puertas desesperadamente destrozado, vacío y perdido, y si bien, no podía decir que estaba completo nuevamente, al menos podía sentirse tranquila y conforme.

Un año había sido suficiente para regresar y enfrentar sus miedos.

Apretó sus puños, buscando las fuerzas que por un momento había perdido, y encontró una mano tan blanca como la suya que sujetó su la tela de su brazo con decisión.

Volvió su vista al frente, sin sorpresas ni temor, y encontró aquellos ojos aguamarina que la habían acompañado en todo su proceso.

Se miraron un momento, y ella asintió ante esa pregunta que Gaara jamás llegó a exponer en palabras, pero que ella comprendió; estaba asustada, sí, pero lista para enfrentar el destino, y avanzó.

A un ritmo tranquilo, atravesaron las calles de la aldea que a esas horas de la noche se encontraban silenciosas y solitarias. Siguieron a lo largo de una avenida que cruzaba la plaza principal e ingresaron a un lujoso hotel de 5 pisos. Las presentaciones y reuniones con el Hokage serían a la mañana siguiente.

Se despidió de sus amigos con la promesa de juntarse a almorzar al día siguiente e ingresó al hotel junto a sus compañeros de la arena, dejó su maleta en la habitación, acomodó un par de cosas y tomo una relajante ducha después del día de viaje.

Sin poder dejar de sentir esa ansiedad que le invadió después de ingresar a la aldea, decidió salir a tomar un pequeño paseo antes de volver a dormir; había un lugar al que quería ir.

Agotado, después de un largo día de patrullaje por los alrededores de la aldea, dejó la oficina del Hokage con rapidez luego de dar su respectivo reporte.

Caminó, a paso rápido por las escaleras que bajaban de la torre para llegar al hall principal, donde se estaba la salida, y ahí, en medio de todo su apuro por salir del lugar para marchase a casa, el encuentro inesperado ocurrió.

Kiba, Akamaru y Shino venían ingresando.

Si ellos estaban ahí…

Si ingresaban a la torre del Hokage a esa hora… solo podía significar que la delegación de Suna había llegado y venían a reportarlo.

Hinata estaba en Konoha, y todo el cansancio, el hambre y el sueño podían esperar un poco más.

Apretó sus puños mientras sentía como la ansiedad se apoderaba completamente de él, de aquellas extrañas formas que todavía le costaba admitir pero que ya no negaba, y buscó la mirada del Aburame para una confirmación. Sabía que él también se había percatado de su presencia.

Shino, que sintió la mirada intensa que el Uchiha le estaba dedicando, la sostuvo un momento, mientras conversaba con Kiba, para luego asentir levemente, sin decir nada más.

Tampoco era que necesitara decir algo al respecto, no era que él necesitara una confirmación más, ambos solo tenían un solo tema en común.

Y corrió, como si aquel largo y cansador día no hubiese pasado, y sus pies estuvieran hechos del mismo viento del inverno; ligero, sin mirar atrás.

No había un plan, no tenía claro como la enfrentaría, ni siquiera sabía que le iba a decir y sin embargo, no importó.

Solo necesitaba avanzar, seguir, moverse… y acortar esa terrible distancia que lo mantenía oculto en la lejanía.

Sin prudencia alguna, cruzó calle tras calle; giró esquina tras esquina, esquivando a duras penas a los pocos transeúntes que se mantenían en las calles, y continuó.

Ella estaba cerca.

Ella estaba en la aldea.

Ella se encontraba bajo la misma noche de luna llena que él, después de tanto tiempo.

Pero no la encontraba.

¡Joder!

¿Podría ser que ya estuviera en el hotel?

¿Debería esperar al día siguiente?

Miró a su alrededor, deteniéndose al otro lado de la plaza donde se encontraba el Hotel con las delegaciones, recuperando el aliento mientras observaba. Se negaba a marcharse sin un encuentro, no creía ser capaz de mantenerse despierto sin al menos divisarla en la distancia… y entre la oscuridad de la calle del frente, doblando una esquina que daba hacia el cerro, una silueta se vislumbró.

Hinata.

Ella estaba ahí, moviéndose en la oscuridad, perdiéndose en el sendero que ingresaba al cerro con el rostro de los Kages; Hinata iba al mirador.

El camino de ascenso no había cambiado mucho en su ausencia, el frondoso bosque se mantenía igual que en el pasado invierno y el pasto húmedo se perdía entre las hojas secas que cubrían el piso.

La nostalgia que le producía el momento se mezclaba con sentimientos que aún no lograba reconciliar en su totalidad; el dolor y la angustia jamás desaparecerían, pero sentía que al menos ahora, podía enfrentarlos con tranquilidad.

Y mientras avanzaba, sumergida en ese mar con olas de pensamientos que iban y venían, el frío viento de la zona más alta de esa montaña la envolvió, y aquella vista espectacular de la aldea se mostró en todo su esplendor.

Ir a ese lugar, en esa despejada noche de luna llena había sido la mejor decisión.

Sonrió, deteniéndose en el medio de aquel mirador, y cerró sus ojos permitiéndose disfrutar del aire frío que la atravesó.

Y lo sintió.

Aquella presencia conocida, ese caminar discreto y silencioso.

…Sasuke…

Quiso voltear, quiso girarse al momento en que lo notó, más su cuerpo la obligó a permanecer quieta, hundida en su posición, incapacitada de enfrentarlo.

"Puedes ir y buscar tu destino—recordó—, y yo te estaré esperando"

Estaba asustada, completamente temerosa de aquel recuerdo que se repetía una y otra vez en su memoria desde el día en que se marchó, atormentándola; confundiéndola con esas palabras que nunca nadie había dirigido a ella, de esa forma tan íntima y a la vez segura.

Él había sido el primero, quizás sería el único, y a pesar de que sabía que no había un significado más profundo en esas palabras, su corazón se aceleraba descontrolado cada vez que lo recordaba.

No podía equivocarse, no podía confundirse con él; no con él.

Cerró sus ojos, buscando serenarse para recuperar la compostura; inhaló, exhaló, y cuando estaba lista para girarse y enfrentarlo, lo inesperado ocurrió.

—Bienvenida, a casa.

Como un susurro suave, dulce; como una canción lenta y agradable; como la brisa tímida y silenciosa, la voz de Sasuke llegó a sus oídos como una melodía que transmitía un secreto entre los dos.

Y su corazón, ese que había estado sanando en el mar de arenas tranquilas y seguras que la acogieron, se estremeció.

Esta vez, era él quién decía aquellas simples palabras para ella.

Contenerse había sido imposible, acortar la poca distancia en la que se encontraba cuando finalmente la alcanzó, había sido un acto involuntario en medio de todos aquellos sentimientos se arremolinaron en su interior al saberla cerca.

El viento sopló, levantando las hojas secas y muertas del invierno; la luna, grande y redonda alcanzó su punto más alto en esa noche estrellada; y la aldea resplandecía en la oscuridad, mostrando una vista maravillosa en el mirador, pero nada de eso importó.

Nada podía importar más que estar ahí, ese momento, dejándose llevar por ese violento mar que arremetía con fuerza contra su corazón; que rompía cada muralla que protegía su interior.

Y por primera vez, se rindió.

Dió un paso más hacia ella, cerrando todas las distancias, y apoyó su frente en su cabello mientras ella continuaba dandole la espalda, sorprendiéndola. Cerró sus ojos, intentando de alguna forma contener ese huracan incontrolable de sentimientos que lo azotaban sin compasión y acercó, de manera torpe y tímida, su mano izquierda a la de ella, que colgaba a su lado.

Y deslizó sus dedos entre los suyos.

Un toque sutil, inexperto; una caricia suave y contenida; una reclamación de algo que no le pertenecía y que se detuvo ahí, con sus dedos enredándose en los suyos, sin terminar de sujetar su mano.

Un acercamiento anhelado que lo estremeció.

Una caricia tímida e inesperada que le robó el aliento y la confundió.

—Te extrañé.

En un suspiro cansado, él soltó esas palabras que tenía atrapadas en su interior desde el primer instante en que la vió.

Y Hinata, que por un instante, había pretendido mantener la compostura, aquella faceta distante y reservada que siempre llevó, dudó.

Aquellas sinceras palabras, ese dulce y temeroso toque, derritieron cualquier defensa que instalara en su corazón, porque sabía, que en ese momento, él estaba siendo totalmente franco.

Escuchar a Sasuke ahí, soltando esas palabras tan simples de aquella forma torpe e inesperada removió su corazón, como nunca pensó que llegaría a suceder.

¿Estaría bien si ella…admitiera?

¿Sería correcto dejarse llevar?

Las únicas personas con las que esas palabras salían naturales eran con Shino, Kiba y Hanabi, pero por alguna extraña razón, Sasuke no parecía encajar en ese pequeño grupo especial. No era que no lo hubiese sentido, era que con él lo sentía de una forma que no podía categorizar.

Aceptar que lo había extrañado se sentía como si estuviera aceptando algo más que no podía identificar.

¿Estaría bien si ella… abría un poco más su corazón?

—Te extrañé —repitió.

Su voz se escuchó un poco más clara y segura.

Y eso fue todo lo que él necesitó para quebrar su resolución, y hacerle aceptar lo que jamás se había imaginado experimentar.

Sus dedos, que se habían mantenido inertes, sin saber como responder al encuentro que él había iniciado, cedieron. Respondió a esa caricia sin temor y dejó que sus dedos terminaran de unirlos en un enlace nuevo y disntinto.

No quería pensar, no quería analizar lo que ocurría en su interior; por esta vez, no le iba a importar.

—Yo…también te extrañé.

Se conocían, en silencios y circunstancias que los llevaron por caminos separados; en momentos y recuerdos que muy pocas veces los juntaron; y ahora, ella estaba en un lugar donde él intentaría llegar.