Como la lluvia que cae en invierno, como el viento que fluye en la tormenta, los días en la aldea de la hoja continuaron avanzando.
Rápidos, agitados, interminables, las reuniones para la organización de las pruebas Chunnin comenzaron tal y como había sido organizado. Paso a paso, se abordaron los diferentes temas que involucraban la selección y la seguridad, las pruebas y objetivos buscados.
Minutos de descanso casi no existían, los entretiempos eran utilizados por las distintas delegaciones para reuniones y acuerdos políticos que podían beneficiar a las aldeas.
Y desde la última vez que Sasuke y Hinata se reunieron, 3 días habían pasado.
Aquella larga misión a la que había sido convocado no estaba dentro de sus planes.
—¡Al fin! —exclamó Naruto, con evidente cansancio— mañana podremos regresar.
Abrió con entusiasmo las grandes puertas de la prisión donde habían dejado a los bandidos que habían ido a atrapar, a solicitud del líder de esa pequeña aldea que solicitó sus servicios. Y salió a la casi desierta calle, donde el sol ya se había ocultado.
Ino sonrió y miró a Ten-Ten con entusiasmo.
—Dicen que, en esta aldea, hay una calle conocida por sus joyerías y tiendas de ropa—comentó la rubia—. Creo que me iré a dar una vuelta por el lugar, se acerca el cumpleaños de Sai.
Su compañera, asintió.
—Yo también aprovecharé de ir, hace mucho quiero comprar un par de aros—agregó Ten-Ten.
Naruto las observó con atención y negó, pero, extrañamente, Sasuke guardó silencio y se acercó. Ino sonrió al notar que el Uchiha también hubiese decidido ir, pero no dijo nada más, solo se limitó en hacerle una seña para que las siguiera mientras Naruto suspiraba y decidía que las acompañaría también.
El trayecto fue corto, la cárcel no estaba demasiado lejos del centro comercial de la aldea, y, tal y como Yamanaka había indicado, el lugar estaba lleno de tiendas pequeñas con diversos productos, extendiéndose por 2 cuadras completas.
Nada más al llegar al lugar, las chicas se separaron de ellos y se perdieron, Naruto, que ya estaba cansado, ingresó a un pequeño restaurant indicando que esperaría ahí y Sasuke, algo perdido, comenzó a recorrer las calles.
Quería comprarle algo a Hinata, algo que ella pudiera usar, algo que se volviera especial, un secreto entre los dos; quería provocarle una sonrisa, de esas dulces que solo a veces ella mostraba en la intimidad (esas que él había visto muy pocas veces, y por casualidad).
Así que caminó, sin tener muy claro que era lo que debería escoger, pero seguro de que debería ser especial.
Se detuvo frente un pequeño local donde vendían accesorios como carteras y bufandas, pero no logró encontrar nada que llamara su atención.
Avanzó, y paró en el siguiente local que vendía ropa y pensó que, quizás, podría regalarle algo de ahí; cuando dejó Konoha sus únicas pertenencias eran lo que sus amigos le habían regalado y ahora, probablemente tenía solo las ropas que se usaban en el clima cálido de la arena.
Quizás, alguna ropa podría servir…
Iba a dar un paso al interior, pero se detuvo inseguro; él no tenía claro que tallas ella usaba, ni si era adecuado que le regalara algo tan personal.
Negó, algo avergonzado de su atrevimiento y continuó avanzando, pasando local tras local, y de pronto, encontró una pequeña joyería, y observó.
No sabía mucho de joyas ni artesanía, pero se notaba que era un trabajo delicado y único el que se había realizado en cada pieza de las que se exhibía en el mostrador.
—La pulsera de los recuerdos.
Se giró con sorpresa, al escuchar esa voz femenina que conocía, pero que no esperaba encontrar ahí; Ino estaba inclinada hacia la vitrina, señalándole una pulsera en específico.
Quiso decir algo al verla ahí, algo que no revelara su verdadero objetivo, pero ella no lo miró, simplemente continuó hablando como si hubiesen ido conversando todo el camino hasta ahí.
—Se supone que solo se puede obtener a través de un regalo de alguien que te quiera—continuó Yamanaka—, y cada pequeña joya que le agregues debe tener un significado especial.
Sasuke, entre avergonzado y sorprendido, volvió su mirada la pulsera que ella indicaba, sin negar que estaba buscando algo para regalar.
—Hinata hace años que mira estas pulseras—comentó Ino, enderezándose—, le regaló una a su hermana… pero ella jamás recibió una, el idiota de Naruto le regaló una a Sakura para su cumpleaños hace casi dos años atrás.
Casi dos años atrás, probablemente cuando Naruto escuchó la conversación de Sakura e Ino, en la que ella revelaba que estaba enamorada de él.
Frunció el ceño con rabia.
¿Qué pasaba por la cabeza de su amigo para hacer algo así?
¿Cómo se sintió Hinata cuando supo del regalo?
Llevó su mirada, llena de determinación hacia la rubia y asintió, agradeciéndole que le hubiese contado esa historia y abrió la puerta del local.
—Sasuke—llamó Ino antes de que él terminara de ingresar—, elije con cuidado como irás armando esa pulsera, Hinata entenderá el mensaje mas no tus verdaderas intenciones. Ella nunca ha sido cortejada.
Ingresó a la tienda, todavía con la última frase de Ino dándole vueltas en la cabeza.
¿Nunca había sido cortejada?
¿Y Naruto?
Pero nada más al tratar de recordar cómo había iniciado todo, comprendió; Naruto conoció los sentimientos de Hinata en esas extrañas aguas cuando fueron a rescatar a Hanabi de Toneri, se dio cuenta de que él también la quería en ese momento y comenzaron a salir.
No tuvo que buscarla, ni perseguirla, ni intentar ganarse su corazón; Hinata siempre había sido la que estaba ahí para él, esperándolo.
Joder, Ino tenía razón, Naruto fue un idiota.
Salió del lugar después de casi una hora, en la que se preocupó de elegir cuidadosamente la primera joya que le agregaría a esa pulsera, cargando una pequeña cajita azul con un moño plateado. La miró un momento, y luego la guardó en una pequeña mochila que utilizaba para cuando estaba de misión.
Y la noche avanzó…
Tranquila, fría, solitaria, la luna avanzó entre las espesas nubes del cielo y el suelo se vistió de blancos y azules colores. La nieve cubrió toda la aldea.
—¿Estás segura de que quieres venir a vivir aquí? —comentó Kankuro a Temari, mientras se aferraba a su tazón de café caliente que le habían servido para el desayuno en el hotel.
La rubia sonrió, envolviéndose una bufanda violeta en el cuello y frotándose las manos.
—Solo debo abrigarme más y podré disfrutar de la nieve ¿no? —dijo, mirando a Hinata.
La aludida asintió, mientras se sentaba a su lado en la misma mesa y le pasaba unos guantes extra que había traído.
Gaara llegó al poco rato, luciendo igual de congelado que el resto de sus compañeros, pero intentando disimularlo, y se sentó con ellos.
—Hoy será nuestro último día—comentó mientras recibía su taza de café—mañana regresaremos a Suna.
—Genial, solo debemos sobrevivir hoy—se alegró Kankuro.
Terminaron de desayunar, y salieron inmediatamente del hotel rumbo a la torre del Hokage, donde se daría comienzo a la última sesión del encuentro.
Y las últimas y largas 8 horas avanzaron, entre discusiones y acuerdos, mientras el sol recorría el cielo.
"Estúpida nieve" pensó Sasuke mientras miraba como el sol comenzaba a teñirse de naranjos colores anunciando el atardecer y ellos recién llegaban a la aldea. Habían sufrido un retraso en el regreso porque la ruta más rápida se había cortado por la nieve.
Aceleró el paso, impaciente, pasando a través de las puertas de la aldea para ir rápidamente con el Hokage y así quedar libre para buscar a Hinata; era su última noche en Konoha. Pero sus compañeros no parecían tener la misma prisa que él, o al menos así lo creyó hasta que vio a su amigo avanzar serio y rápido mientras caminaba.
Había olvidado que Naruto también le había pedido cenar juntos, tal vez… planeaba invitarla ese mismo día.
No, no. No podía permitirlo.
—Tengo un asunto que atender en la oficina del Hokage—comentó Ino—puedo encargarme yo de ir a reportar la misión.
Sasuke volvió su mirada, con asombro, hacia Yamanaka notando que ella lo miraba también con una leve sonrisa y casi, solo casi, se sintió cohibido al comprender que ella estaba dándole una oportunidad.
Ino era mucho más perceptiva de lo que creía, y no tenía dudas de que ella se había dado cuenta de lo que él sentía. Tenía que mantenerse atento hasta entender la razón del porqué le estaba ayudando.
Así que asintió, con un leve movimiento de cabeza y comenzó a correr en dirección al Hotel. Notando, muy a su pesar, que Naruto también había echado a correr; tenía que llegar a Hinata antes que él.
Parecía un idiota, lo sabía, avanzar a todo lo que podía entre la nieve y personas, intentando dejar atrás a su amigo no representaba una versión muy madura de él. Continuar, sin mirar atrás por miedo a ver el rostro ilusionado del Uzumaki, tampoco hablaba muy bien de él, pero no podía hacer mucho más al respecto. Solo quería verla, escuchar su voz recibiéndolo, entregarle su regalo y disfrutar de una agradable cena en su compañía; ahora no había culpas ni temores, porque ella no le correspondía a Naruto; Hinata era libre.
Así que, tragándose la vergüenza, se levantó del suelo con toda la dignidad posible, luego de haber caído de frente al suelo por un resbalón en el piso con hielo, y continuó la última calle que le quedaba hacia el hotel.
Casi a tropezones, ingresó corriendo al hotel por la puerta principal, olvidando la imagen que Uchiha Sasuke, el vengador, debía mantener.
—Hola, soy Sasuke Uchiha—dijo al recepcionista con voz ahogada y acelerada—busco a…
No hubo necesidad de terminar la oración; Hinata estaba ahí, frente a él, bajando por las amplias escaleras del lugar y mirando en su dirección.
De pronto, se sintió completamente fuera de lugar; ella lucía pulcra, tranquila y hermosa; él todavía tenía la respiración agitada por la carrera, probablemente su aspecto no era el mejor después de un día completo de viaje y su ropa de misiones no era la más adecuada para solicitar una cena (cita, aunque ella no se diera por enterada).
Sin embargo, sus pies se movieron a su encuentro antes de que él pudiera procesar y ella, al verlo acercarse en su dirección avanzó hacia él preocupada.
—Sasuke—llamó al estar frente a él—¿estás… bien?
—Sí—respondió mientras sonreía—¿me acompañas a cenar?
Ella lo miró perpleja por unos momentos, sin saber cómo reaccionar ante la imagen de cansancio que él proyectaba y su invitación; no tenía problemas en aceptar, pero Sasuke se veía demasiado agotado como para salir, en su opinión, debería ir directo a la cama a descansar.
Pero la intensa y demandante mirada, la expresión tan determinada del Uchiha le hizo aceptar.
Asintió y le pidió un momento para ir por su abrigo y sus cosas a su dormitorio.
Abrigada, con un gorro de lana, chaqueta y guantes, apareció nuevamente luego de 5 minutos; se había apurado lo más que podía, le preocupaba Sasuke.
Nada más al abrir la puerta de la recepción, el aire frío les recibió provocándoles un escalofrío. Hinata, instintivamente guardó sus manos en sus bolsillos y se hundió un poco más en su bufanda.
—Entonces—comenzó Sasuke la conversación mientras comenzaban a bajar las escaleras hacia la calle—, tenemos dos opciones para elegir, los dos restaurantes abrieron hace poco así que no los conoces.
Ella, entusiasmada, llevó su mirada hacia él para prestarle mayor atención, olvidando completamente las dificultades del camino, y lo inevitable sucedió.
El momento perfecto para un cliché de novela romántica.
Hinata muy pocas veces olvidaba que era una kunoichi, mucho menos perdía la elegancia que tanto la caracterizaba; sin embargo, ante la idea de conocer un lugar completamente nuevo, se transformó en una ciudadana más.
No hubo control de chacra, ni instintos entrenados, mucho menos detección de peligro.
Y resbaló.
Agradeció totalmente no llevar falda o vestido, porque sus pies dejaron de sentir el piso y se elevaron al suelo de un momento a otro. Y se vio de golpe, sentada en el hielo y resbalando escalera abajo.
Lejos de sentir vergüenza y demasiado dolor, notó que, en su caída, no estaba sola; a su lado, Sasuke, en un intento por evitar que cayera al suelo, también resbaló, pero evitó que la espalda de ella chocara también en el suelo sujetándola con su brazo.
Cualquier vestigio de dignidad había quedado perdido 4 escalones más arriba, antes de caer.
Tan pronto como se detuvo el estrepitoso descenso, un incómodo silencio los inundó. Hinata, algo asustada, llevó su mirada a él para cerciorarse de que no se hubiese hecho daño, y cuando comprobó que estaba todo bien, estalló en una alegre y contagiosa risa que lo sorprendió.
Ella nunca había reído así de libre con él, y notarlo, saber que era con él, le hizo soltar una sonora carcajada también.
—Oh, Sasuke—le dijo entre risas—¿Cómo es posible que el shinobi más fuerte de la aldea se cayera conmigo por la escalera?
—Bueno… no podía dejarte caer sola ¿no?
—Muy caballeroso de tu parte—respondió ella—, me siento afortunada.
Con un poco más de cuidado, Sasuke se levantó primero del piso congelado y ofreció su mano para ayudarla, y Hinata al tomarla, notó inmediatamente que algo no estaba bien con él, reafirmando lo que ya había notado cuando lo vio.
Sin pensarlo mucho, nada más al soltarse de su ayuda, se sacó el guante de su mano y le tocó la frente para verificar lo que había sospechado desde el principio: temperatura más alta de lo normal.
Sasuke estaba ardiendo en fiebre.
Frunció el ceño en preocupación, sin percatarse de la cercanía, ni reparar en el contacto, mucho menos notó que él estaba nervioso por toda la situación y antes de que lograra decir algo, una voz conocida los interrumpió.
—Hinata.
Ambos dirigieron inmediatamente su atención a la izquierda, desde donde provenía la voz, al reconocer de quién se trataba.
Sus ojos azules, intensos como el cielo de verano, fueron de Sasuke a Hinata sin entender completamente la situación, y restándole mayor importancia al asunto. Sabía que su amigo le tenía cariño a Hinata, que habían formado un vínculo luego de que los presentó.
Ella, al reconocer a Naruto, lo saludó amablemente con una pequeña reverencia y se giró hacia su compañero para continuar su conversación, pensando que él solo estaba pasando por ahí y la saludaba amablemente. Sasuke, en cambio, intuía a que se había acercado su amigo, y se asustó; si era lo que él creía, entonces Naruto venía a buscarla para cenar también.
—Hinata— volvió a llamar el Uzumaki, ahora acercándose a ellos y ella volvió su mirada hacia él, con dudas—, quería saber… si te gustaría salir a cenar conmigo.
Ella, incrédula por la situación, se sonrojó un poco; no todos los días recibía dos invitaciones a cenar. Sin embargo, por más insólito que Naruto la estuviera invitando a cenar mientras se mostraba nervioso y adorable, ella no podía aceptar en ese momento. Ya se había comprometido con Sasuke y, además, le preocupaba su salud.
No era momento de cenas amistosas.
Él, todavía ansioso por la respuesta que Hinata le daría a Naruto, sujetó tímidamente la tela del puño de la chaqueta de ella. Sin atreverse a decir nada, pero demasiado inquieto como para mantenerse al margen.
—Muchas gracias por tu invitación— respondió—, pero debo declinar ¿puede ser en otra ocasión?
Sasuke la miró con sorpresa, y Naruto, que había corrido a su casa a cambiarse luego de la misión, para ir a verla limpio y presentable, solo pudo apretar sus puños en frustración y asentir; ella se iba de la aldea al día siguiente.
Él, claramente, ya no era su prioridad. Lo sabía, pero eso no disminuía el dolor.
—¿Volverás a visitarnos? —preguntó, sin perder la esperanza y ella asintió.
—Sí, vendré un par de veces más.
—Entonces, te veré ahí.
Sin nada más que decir, Naruto se giró y comenzó a caminar en dirección opuesta, alejándose cabizbajo.
Ella, un poco incómoda por la situación, mantuvo su mirada un par de segundos más en la espalda de Naruto que se perdía en la esquina de la calle y luego se volvió hacia Sasuke para comenzar a caminar.
—Sasuke, creo que es mejor dejar nuestra cena para otra oportunidad—le dijo ella—, estás ardiendo en fiebre.
Él, que no se esperaba esa reacción en ella, negó totalmente. La fiebre no era un impedimento. Pero Hinata frunció el ceño, simulando un enojo; sabía que él nunca cuidaba mucho sus resfríos.
Cuando era novia de Naruto, muchas veces él la llamó para que le ayudara a cuidar a Sasuke, que generalmente no decía nada hasta que lo encontraba desmayado en el suelo del departamento, cuando iba a buscarlo.
No quería que el Uchiha llegara a ese punto otra vez.
—Sasuke—volvió a llamarlo, a modo de una suave reprimenda.
Y él, que ese día había preparado todo, que pretendía transformar esa cena en su primera cita, sostuvo su mirada como si fuera un desafío. Ella tenía razón, lo sabía, pero…
No podía dejar pasar esa oportunidad.
No iba a volver a verla hasta que ella decidiera regresar.
Había esperado dos largos días por ese momento.
—No—respondió él—, no quiero.
Ella lo miró con sorpresa ante la seguridad con la que habló, y él avanzó un paso más hacia ella, acortando las distancias.
Porque si esta era su última oportunidad, entonces prefería revelarle la verdad.
Y continuó.
—No sé cuándo volveré a verte. No sé en cuantos meses más volverás—soltó y su voz se escuchó mucho más desesperada de lo que pretendió.
Y mientas hablaba, mientras revelaba ese temor que no lo caracterizaba, mientras sentía que ella escapaba de su alcance, sus dedos, que aún se encontraban sujetando el puño de su chaqueta, se deslizaron inconscientemente por su muñeca.
Como un imperceptible susurro que la llamaba.
Como un anhelo que se ocultaba en los silencios.
Las ásperas yemas de sus dedos rozaron su piel en un suave y lento recorrido. Tímido y constante; torpe pero seguro.
Su acción gritaba al cielo lo que él no sabía cómo explicar.
La intensidad en la mirada de Sasuke la atrapó, la enmudeció; una vez más.
Sus dedos, recorriendo su mano en un toque dulce e inexperto la estremeció.
Y su mano, enlazándose completamente a la suya, con una seguridad que dudaba haber experimentado, fue todo lo que él necesito para que ella supiera que él la necesitaba mucho más de lo que podía comprender.
Sasuke parecía querer decir mucho más de lo que sus palabras podían expresar.
Y ella cedió a esa petición silenciosa, sin entender realmente porqué lo hacía.
—Iré contigo—le respondió ella, por alguna razón, en un susurro—. Si te parece, podemos cenar en tu departamento.
La miró un momento, casi sin creer que ella hubiese propuesto eso, y luego sonrió, liberando toda la tensión.
—¿Me… cuidarás? —preguntó, un poco nervioso, un poco jugando y sin soltarla.
Hinata, un poco cohibida por como esos ojos la miraban exigiendo toda su atención, encontró su voz.
—Te cuidaré—confirmó.
Sasuke sonrió suave y algo más relajado, de una forma mucho más infantil de lo que ella hubiese imaginado y asintió.
Y ella, después de un breve momento de tensión, se relajó.
Luego de la confirmación de Hinata, Sasuke inmediatamente llevó la mano que tenía apresada al bolsillo de su chaqueta, sin soltarla, guardándola y comenzó a caminar llevándola con él, sin darle tiempo a pensarlo mucho más.
—Umm…Sasuke—habló, llamándolo, e intentando un débil y educado movimiento para soltarse mientras caminaban.
Él sabía, tenía claro que más allá de cualquier cosa que ella pudiera sentir en ese momento, Hinata buscaba soltarse para mantener las seguras distancias que la mantenían inalcanzable; buscaba soltarse porque no sabía cómo actuar en esa situación.
Porque, a pesar de que ella nunca intentaba acercase, jamás buscaba alejarse; nunca lo rechazaba.
Así que decidió presionar un poco más la situación.
—Se siente bien caminar así—le dijo él y le apretó levemente la mano en su bolsillo para que ella entendiera claramente a que se refería—, pero si de verdad te desagrada… te soltaré.
Ella lo miró con sorpresa un momento, insegura, y cuando él pensó que recibiría su primer rechazo, ella asintió.
Llevó su rostro hacia el otro lado, rápidamente, al sentir como un sonrojo se apoderaba de él, mientras una enorme sensación de alegría lo recorrió.
Hinata no lo había rechazado; había permitido que avanzara un poco más.
—Por cierto— dijo él, recobrando la compostura y procurando cambiar de tema—, ahora vivo en otro lugar.
El trayecto desde el Hotel al sector residencial donde se ubicaba la casa de Sasuke duró alrededor de una hora. El viento frío, el piso congelado y resbaladizo, y la nieve que comenzó a caer nuevamente, hicieron del camino una divertida travesía para esquivar el piso congelado, evitar resbalones y liberar pies hundidos en la nieve.
En silencio, Sasuke abrió la puerta de la reja principal, dejando ver un jardín de entrada totalmente teñido de blanco. Hinata observó con entusiasmo el lugar, intentando averiguar que había debajo del espeso manto de nieve que cubría todo.
—En primavera—habló él mientras la guiaba a la puerta de entrada de la casa—, me gustaría que me ayudaras a elegir como armar el jardín, todavía no me he podido dedicar a ello.
Ella asintió, mirando todavía a su alrededor y dejándose guiar.
Un pequeño pero agradable recibidor fue lo primero que vio cuando ingresaron. Sasuke cerró la puerta tras él, y liberó su mano para sacarse la chaqueta y colgarla en el perchero para luego girarse a ella, que se encontraba detenida mirando el lugar.
Su rostro cansado, esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción al ver los observadores ojos de Hinata recorrer lo poco que todavía se podía apreciar de su hogar. Así que mientras ella se distraía, él se acercó, y como si fuera lo más natural del mundo, le sacó el gorro de lana que ella llevaba puesto y lo colgó, para luego devolverse y acomodarle su largo y negro cabello que había quedado despeinado, mientras ella se desanudaba la bufanda.
Hinata no reparó en que sus acciones hablaban de una relación distinta y más íntima de la que antes habían tenido; ella no notó que Sasuke se mostraba mucho más cercano.
—Tu casa es muy bonita—le dijo, mientras le pasaba su chaqueta y él la colgaba.
Le pasó aquellas pantuflas violetas que había guardado hace un buen tiempo atrás para ella, y la guio hacia la sala de estar, dándole un pequeño recorrido por el lugar, y encendiendo todas las estufas para calefaccionar el ambiente, hasta que finalmente la llevó a la cocina, tal y como ella había solicitado.
—Sasuke—llamó ella al verlo colocarse un delantal de cocina para comenzar—, yo me encargaré de la cena. Tu ve a darte una buena ducha con agua caliente, estás congelado.
Asintió sin resistir, ella tenía razón, había vuelto de su misión y había pasado directo a buscarla sin preocuparse de descansar ni cambiarse de ropa por algo más abrigador.
15 minutos después, apareció por el pasillo luciendo mucho más relajado, pero sintiendo el cansancio y los efectos de la fiebre que Hinata le había mencionado.
Se acercó a la cocina en silencio, mientras la observaba revisar las ollas con su preparación, notando lo agradable que era estar acompañado en ese lugar.
Se había imaginado esa escena, se había imaginado con ella riendo y conversando, mientras ambos cocinaban el almuerzo de un domingo cualquiera, esa era una de las razones por las que había elegido ese lugar.
Había pensado que podría vivir con ella ahí, tal como lo habían hecho en esos pocos días antes de que se fuera a Suna; tal como le había prometido antes de que decidiera liberarla y dejarla ir.
No era que se sintiera particularmente solo, era que su presencia lo llenaba todo, encajando sin invadir, sin forzar, sin imponerse ni asfixiar.
Su mirada volvió a él cuando lo sintió llegar e inmediatamente se acercó, preocupada.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó.
—No lo sé—respondió y contra todo pronóstico, se inclinó hacia ella un poco y movió su cabello con su mano mostrándole la frente— ¿puedes revisar?
Hace un año atrás jamás habría pensado en comportarse así, pero hoy, en ese momento, no había nadie más que ella en ese lugar; y no había ninguna razón para contenerse.
Si ella no se alejaba, él solo podía seguir abriéndose más.
Hinata, sin pensarlo demasiado, llevó una vez más su mano a su frente y midió su temperatura, sin notar que él no dejaba de observarla como si intentara memorizar cada uno de sus rasgos.
—Sigues con fiebre—le dijo ella y se alejó a buscar una taza de té que le había preparado mientras esperaba a que todo se terminara de cocinar.
La cena avanzó agradable y tranquila, mientras la nieve seguía cayendo afuera e inundaba las calles en silencio.
Sasuke le habló sobre su misión, sobre el pequeño pueblo y sobre cómo había estado a la intemperie mientras la tormenta azotaba para esperar a los bandidos que habían ido a atrapar. Hinata le contó sobre las reuniones, sobre los detalles que tenía permitido contar.
Y más rápido de lo que él esperaba, aquel agradable encuentro llegó a su fin.
Hinata salió de la cocina, luego de haber limpiado todo y dejado preparada comida para la mañana siguiente, y se acercó al recibidor para ir por sus cosas.
Se le había hecho demasiado tarde para demorarlo más y Sasuke tenía que descansar.
—Quédate.
Se giró, inmediatamente al escuchar la voz segura del Sasuke que estaba de pie, bloqueando sutilmente la puerta de salida.
Hinata dejó sus zapatos en el piso, para levantarse y observarlo. Ya estaba muy entrada la noche y no era correcto seguir molestándolo ahí.
Negó.
—La nieve se ha vuelto mucho más espesa y hace más frío—insistió él—. Es más seguro si esperas hasta mañana.
Era una excusa, y sabía que Hinata también se había dado cuenta, pero la verdad era que esperaba estar cerca de ella un poco más.
No sabía cuándo volvería a verla otra vez.
No sabía si ella realmente pensaba volver otra vez.
—Sasuke—habló ella, suavizando su mirada—, muchas gracias por el ofrecimiento, pero mi hotel está a solo 30 minutos.
Y al ver que ella aun así se marcharía, él sacó sus zapatos y su chaqueta para acompañarla.
—Iré contigo—le dijo, alistándose también.
La mirada de Hinata mostró la sorpresa que su decisión le causaba y rápidamente negó, no podía dejarlo ir con ella, menos cuando estaba enfermo.
—¡No es necesario! —le dijo— empeorarás tu condición.
Sasuke frunció el ceño, mostrándose totalmente seguro de su decisión.
—No me quedaré tranquilo si te dejo marchar así.
Ella miró al suelo un momento, intentando decidir que era mejor en esa situación para luego volver a mirarlo y asentir. No había mucho que pensar, no era la primera vez que pasaría la noche en el hogar de Sasuke.
—Está bien, me quedaré.
Él sonrió, liberando las tensiones y reprimiendo sus deseos de apretarla en un abrazo; todavía no podía hacer algo así.
Camino con ella de regreso a la sala de estar, mientras jugaba con el regalo que le tenía guardado en su bolsillo, y luego se dirigió a la escalera del segundo piso donde estaba su dormitorio, esperando que ella lo siguiera, pero Hinata no lo hizo. Extrañado, se giró para buscarla y la encontró en el sillón de 3 cuerpos de la sala de estar, acomodando los cojines.
Cierto, esa era la suposición más obvia que cualquiera podría tener.
—No pensarás que te permitiré dormir en el sillón—le dijo, acercándose.
Ella lo miró interrogante y él sonrió, un poco tímido, mientras se armaba de valor y tomaba su mano nuevamente para guiarla escaleras arriba, a su dormitorio.
—¿Es… está bien hacer esto? —preguntó ella, mientras él cerraba un cajón del closet para entregarle un pijama.
Ah, sí. Ella tenía toda la razón en cuestionar una acción así; dos adultos juntos, durmiendo en una misma habitación y, más aún, utilizando la misma cama, podía prestarse para cualquier mal interpretación.
También sabía, que la primera vez que lo hicieron, fue por las circunstancias; ella no quería estar sola en su dolor y su departamento no tenía más piezas ni camas. Y si bien, la situación ahora era distinta, quería tenerla a su lado una vez más, saberla cerca y despertar encontrándola con él, si ella se lo permitía.
—No lo sé—respondió sinceramente, mientras dejaba el pijama en la cama—, pero… ¿realmente importa?
¿Importaba? Se preguntó mientras miraba los seguros ojos de Sasuke.
No, no lo hacía y Hinata lo sabía; ella no le debía explicaciones a nadie ahora, era libre para tomar sus propias decisiones.
Era libre para decidir que prefería compartir la cama con él.
— Será nuestro secreto—le dijo ella sonriendo dulcemente.
Sasuke asintió y dejó la habitación, rápidamente, para darle el espacio para que ella se cambiara de ropa.
Ella nunca notó el sonrojo que se apoderó del rostro del Uchiha al oírla, mucho menos se dio cuenta de que él estuvo a punto de alzar su mano para acariciar su rostro al verla sonreír así. Un secreto entre los dos hablaba de un acercamiento real, de una relación un poco más íntima de la que ya tenían; un secreto hablaba de complicidad, una que él recién comenzaba a experimentar.
Ingresó, luego de haber recobrado la compostura, cuando ella le indicó que estaba lista y se acomodó en la cama a su lado, tratando de evitar mirar como su compañera lucía terriblemente adorable con su pijama que le quedaba grande.
Hinata, en silencio, se acostó también y se tapó, dejando solo su cabeza fuera del cobertor.
La luz se apagó, el silencio reinó.
—Sasuke—llamó ella en un susurro mientras se giraba hacia él—, te extrañé— soltó de la nada.
Y esa extraña confesión que parecía sin contexto alguno, surgió como una verdad que liberó en esa cálida oscuridad que los rodeaba, en ese momento íntimo y seguro que los envolvía, donde Hinata encontró las fuerzas para reconocer eso que no había querido aceptar, en sus días en el desierto. Aquel temible shinobi se había vuelto parte de su vida y ocupaba un espacio en su corazón.
Y ocurrió en el silencio, en la quietud de los días tibios de primavera cuando Naruto los presentó; en el calor de esos agradables días de verano en que él se presentó a cenar después de cada misión; en la brisa fría del otoño que lo mantuvo a su lado cuando Naruto la comenzó a olvidar; en los días de lluvia en los que la sostuvo cuando ella se hundía en su dolor.
Sasuke había estado ahí, acompañándola en cada estación, integrándose por completo en cada momento, haciéndose parte de todos sus recuerdos. Y la asustaba.
Había un miedo irracional a entregar su corazón; un temor incomprensible a mostrar sus sentimientos; un pánico inimaginable a expresar sus debilidades.
No quería ser desechada una vez más, no quería sentirse insuficiente, no quería hundirse otra vez; había cerrado todas las puertas posibles y marcado todas las distancias necesarias.
"Involúcrame"
Pero él, con aquella simple y segura afirmación, armó la primera grieta en su impecable armadura.
Y se derrumbó.
Lloró, a pesar de que lo odiara; gritó, a pesar de que no quería; mostró ese lado oscuro y débil que detestaba. La fachada, con él, simplemente desapareció.
Ella no había sido suficiente; no había sido lo que esperaban; no había cumplido las expectativas; no era fuerte; no era digna; ella no había logrado nada.
No era nada.
No era nadie.
Y a él no le importó.
"Quédate a mi lado"
La abrazó en su peor momento.
"Ya es suficiente, tienes todo el derecho de llorar"
La sostuvo, con sus dulces y simples palabras.
"Puedes ir y encontrar tu destino, y yo te estaré esperando"
Y la liberó, de todas las ataduras que pudieran restringirla.
Sasuke la aceptaba por completo; sacaba esa versión que ella no mostraba. Esa parte, que, hasta el momento, solo Shino y Kiba conocían.
Ya no había motivos para negarlo, ya no tenía que alcanzar la perfección; ya no vivía por los demás.
Podía mostrarse débil, sentimental; podía reír sin reservas, llorar sin temor, gritar de frustración; podía hacer lo que ella quisiera ser.
Y, por eso, a pesar de que se lo había dicho unos días atrás cuando se encontraron, ahora se sentía mucho más real; ahora no era un sentimiento que se expresaba asustado en su interior, era una verdad que aceptaba sin temor.
Porque desde la lejanía, en esa terrible y solitaria oscuridad, ella escuchó su voz en el viento y ahora miraba en su dirección.
Esa terrible distancia que los mantenía inalcanzables comenzaba a dibujar un camino entre los dos.
Sasuke, que en medio de la oscuridad y de su malestar, abrió sus ojos sin sentir el cansancio que lo aquejaba, notó como su corazón se aceleraba ante esa repentina confesión.
No era una declaración de amor, lo sabía; era una sincera aceptación.
Hinata comenzaba a abrirle su corazón; reconocía que algo comenzaba a surgir entre los dos.
—No… me vuelvas a dejar—se atrevió a responder.
Ella lo miró, con esos claros ojos que lo veían todo, y sonrió suavemente antes de girarse para mirar el techo.
—Abriré un café en Konoha—le comentó—, así que estaré visitando la aldea mucho más seguido.
La noche avanzó, la luna continuó su recorrido hasta perderse en las nubes, en el cielo y huyó del sol, que solo la encontró en el amanecer.
La nieve dejó de caer y los fríos colores del invierno se colaron tímidamente por la gruesa cortina de la ventana.
Hinata se levantó en silencio, comprobó que la temperatura de Sasuke ya había bajado y lo arropó un poco más antes de dejar la habitación.
Preparó el desayuno con calma luego de haberse duchado y arreglado, ordenó la mesa y reguló la calefacción para que el ambiente se entibiara antes de que Sasuke se levantara.
La tetera hirvió en el momento en que él se asomaba por la puerta de la cocina, anunciando su llegada. Hinata sonrió a modo de saludo mientras notaba que el semblante del Uchiha lucía mucho mejor después de haber descansado, y lo guio hacia el comedor para desayunar.
—Hinata ¿cerrarías tus ojos un momento? —preguntó, en medio de la conversación, mientras tomaba su té.
Ella lo miró sin comprender esa extraña petición.
—Será solo un momento—aseguró y ella asintió.
Cerró sus ojos, tal como él lo solicitaba y esperó.
—Extiende tu brazo derecho, por favor.
Ella obedeció, y luego de oír un pequeño ruido, sintió que le amarraban algo frío alrededor de la muñeca.
Abrió los ojos a penas él se lo indicó y lo encontró observándola con una extraña timidez que podía ser confundida fácilmente con incomodidad. Una expresión distinta para alguien como él. Y luego de la impresión inicial, llevó su mirada a su muñeca, para descubrir que era lo que le había colocado.
Fue imposible no reconocer la pulsera que le había colocado; sabía de qué se trataba, conocía muy bien qué significaba.
Con cuidado, la acercó para examinarla, para comprobar que quizás se había equivocado, pero no fue así; Sasuke le había entregado la pulsera de los recuerdos.
¿Sabría él de qué se trataba?
¿Sabría que esto solo se regalaba a una persona a la que le tuvieras un gran cariño?
Con dudas, acercó la pulsera aún más para observar la cuenta de plata con dos pequeños diamantes incrustados y la palabra "lazos" grabada.
Se mordió el labio, indecisa, recordando cuando ella le contó a Naruto lo que significaban esas pulseras y él la acompañó a comprarle una a Hanabi, para luego enterarse de que días después, él regresó a la misma tienda a comprarle una a Sakura, para su cumpleaños.
Fue la primera vez que sintió que sintió unos enormes deseos de llorar, pero se obligó a ahogarlo en silencio y a escondidas, llenándose de un sentimiento que se mezclaba entre la envidia, la inseguridad y la vergüenza de estar sintiéndose así; sabía que Naruto era despistado, que, quizás, no había ninguna mala intención, sin embargo, dudó.
Su novio le estaba regalando joyas a otra mujer e, independiente del significado que estas tuvieran, dolió.
Hinata también tenía orgullo.
Hinata también quería ser especial en los ojos del hombre que amaba.
Ese fue el momento en el que ella comenzó a notar un cambio en él.
Nunca dijo nada y tomó una misión el mismo día del cumpleaños de su amiga para no estar ahí.
Dejó a un lado aquel recuerdo incómodo y doloroso, y observó la joya que colgaba en su muñeca izquierda.
Quizás… Debería devolverle el regalo. No era algo que ella debiera recibir.
—Sa...
Pero antes de que ella pudiera completar la oración, Sasuke la interrumpió; había visto la mirada en sus ojos, había visto la duda y recordó lo que Ino le había comentado con Naruto.
Seguramente iba rechazar el regalo; quizás, creía que él no debería regalarle esto a ella; o, tal vez, pensara que él no conocía lo que significaba.
Hinata no iba a ser capaz de quedarse con su regalo si cualquiera de esas condiciones se cumpliera; su forma de ser no se lo permitiría.
—No debes aceptar que nadie más te regale una cuenta para esa pulsera—le dijo, rápidamente, apuntándola con la cuchara con la que revolvía el té—. Me aseguraré de completarla, hasta que no le quede espacio para más.
Ella lo miró con sorpresa al escucharlo hablar tan seriamente, como si le estuviera lanzando un desafío. Y Sasuke, al darse cuenta de cómo se lo había dicho, como continuaba frunciendo el ceño con determinación, se sonrojó.
Joder, parecía un estúpido.
Estaba seguro de que había miles de otras formas de decirle que él sabía de qué se trataba esa pulsera.
Pero antes de que pudiera seguir hundiéndose en su vergüenza, ella sonrió y luego rió suavemente, mostrándose relajada y divertida.
— Suena interesante—respondió ella—, no todos los días se recibe un regalo como este de Sasuke Uchiha.
Hinata lo aceptaba y eso era todo lo que él necesitaba para olvidar la vergüenza y sentirse contento.
Recobrando la compostura, Sasuke también sonrió algo más relajado y le siguió le juego.
—Tendrás motivos para alardear con las demás—respondió—, no le hago regalos a cualquiera.
Y así, luego de una agradable conversación, Hinata se marchó hacia el hotel, para juntarse con sus compañeros y regresar al lugar que ahora llamaba su hogar.
Ya no había temores, no había dudas ni dolor. Esta vez ella cruzaba las puertas de Konoha con la cabeza en alto, la mirada en el frente, y orgullosa.
El futuro se veía prometedor.
