—¿Estás segura de esto?
—Sí, totalmente—respondió—. Esto es lo que deseo.
La brisa tibia, del perpetuo verano de Suna, ingresó por la ventana de la oficina moviendo ligeramente los rojizos cabellos del Kazekage. Sus ojos, de inigualable aguamarina, la miraron con curiosidad un momento, como si quisieran encontrar alguna duda en su resolución.
Pero Hinata ya no dudaba.
Con firmeza, sus claros ojos, que hasta hace un año atrás habían sido tan importantes en su vida, que habían definido tantas cosas en su destino, devolvieron la mirada sin titubear y Gaara asintió.
—Entonces—volvió a hablar el Kazekage, ahora con un aire mucho más solemne—, desde este momento, oficialmente, eres un ninja en retiro.
Sonrió, mientras sentía que una extraña y calmada alegría la recorría, lentamente y comenzaba a relajar su cuerpo, que no había notado que se encontraba tenso. Ese era el último paso, esa era la etapa final de su transición; el cordón faltante que debía cortar para liberarse por completo y ya estaba totalmente preparada para hacerlo. Así que se inclinó en una respetuosa reverencia hacia Gaara, porque eso era lo mínimo que podía hacer por él.
Ella le debía todo: su nueva vida, su apellido, su hogar, su confianza y la oportunidad. Él, su hermana y sus amigos le habían dado alas que ella jamás había conocido.
Era afortunada.
Incómodo, con aquella muestra de profundo respeto y agradecimiento, y sintiéndose completamente fuera de lugar, Gaara se levantó de su asiento y se acercó en silencio mientras ella continuaba en su posición, con la cabeza inclinada.
—Hinata de la Arena—llamó él, frente a ella.
Hinata alzó nuevamente la mirada, encontrándose con sus ojos que la observaban intensamente.
—Eres… oficialmente un "civil" de nuestra aldea.
No más sangre en sus manos.
No más luchas en su cuerpo.
No más muertes que pesaran en su conciencia.
No más ninja, a menos que ocurriera una catástrofe y no hubiese nadie más disponible.
No más… Nunca más.
Unos fuertes brazos la rodearon en un cálido abrazo de forma inesperada, torpe, pero totalmente sincero.
—No te inclines ante nadie—le dijo, en un susurro—, no permitas que te controlen y, por sobre todas las cosas, Hinata, se feliz.
Esas palabras, esas simples declaraciones que antes parecían tan ajenas, lejanas, como si no le pertenecieran, ahora podía escucharlas; ahora podía creer que ella también podía decirlas, vivirlas.
Y las lágrimas fluyeron libres y livianas, abundantes e imparables; como un dulce río que, después de un largo y tormentoso camino, había encontrado aquella enorme desembocadura hacia el mar. Su destino comenzaba ahí, en esa playa que ahora podía recorrer descalza, con sus pies en la caliente arena y el océano que mojaba su piel; ella decidiría como se internaría en el mar.
Suna había sido el oasis que le había entregado las fuerzas para poder avanzar.
—¡Gracias! — respondió ella, aferrándose, con sus delgados dedos, a la espalda de su amigo—¡Muchísimas gracias por todo!
En la lejanía, pequeñas estrellas iluminaron esa terrible y ya no tan solitaria oscuridad…
Y los días continuaron avanzando, rápidos, agitados y cansadores. La actividad en su café se llevó su completa dedicación ahora que ya no había misiones o reuniones que atender.
Su negocio crecía de maneras que ella no había esperado cuando inició y la gente comenzó a hacer largas filas de espera para poder ingresar a su local.
Quizás, además del nuevo café en Konoha, necesitaría otro en Suna también.
Sonrió mientras veía como los tres meseros, que había contratado para que le ayudaran, recibían a los siguientes clientes en la fila para ingresar y asintió a su propio pensamiento.
Sí, también abriría un nuevo café en Suna.
Después de haber organizado su negocio como correspondía, se marchó hacia Konoha, tal y como había predispuesto para comenzar con las preparaciones de su nuevo café en la aldea.
Había pasado un mes y medio desde la última visita, y Kiba la había ayudado con la compra del nuevo local, que consiguió por un buen precio.
Cargada con un pequeño bolso, ropas cómodas para el viaje y la comida necesaria, caminó con tranquilidad por ese trayecto que ya conocía, pero que por primera vez hacia como civil.
No era una misión, ella no iba como ninja; era un simple viaje de negocios, sin embargo, se sentía extraño caminar sintiéndose vulnerable, sin llevar armas y tratando de no estar alerta para verificar enemigos. Acostumbrarse sería un proceso largo, pero estaba segura de que sería para mejor.
Y caminó, dejando atrás las agradables arenas del desierto a las que ya se había acostumbrado muy bien. Avanzó durante largas horas en soledad, tarareando alguna que otra canción que había escuchado en la radio y que antes no se permitía disfrutar, mientras se internaba en ese paisaje que cada vez se volvía más verde y frondoso. Y sonrió, dándose cuenta de que, al verse y sentirse tan libre, sus pasos a veces se transformaban en saltitos divertidos que imitaban un tímido baile mientras avanzaba; de todas formas, hasta el momento no se había encontrado con mucha gente que la pudiera juzgar y no había prisas.
—Oh, así que también puedes cantar.
Dio un pequeño salto hacia atrás, dándose cuenta de la presencia que estaba cerca y notó como su cuerpo adoptó una posición defensiva, como si fuera a entrar en una pelea, por acto reflejo.
—Hey—habló Kiba, apareciendo entre los arbustos, sonriendo amablemente—, veo que hay cosas que no se olvidan tan fácilmente.
Ella sonrió al comentario de su amigo que hacía referencia a lo mismo que ella había notado y se relajó.
Quizás, con el tiempo, terminaría olvidando aquellas costumbres que la mantenían siempre lista para luchar; ya no las necesitaba.
Con tranquilidad, caminaron el resto del trayecto hacia la aldea, mientras ella le contaba como había dejado de ser ninja, sus planes para una segunda cafetería en Suna y lo que pensaba hacer en la que abriría en Konoha. Akamaru, que iba caminando al otro lado de Hinata, cargaba la mochila de ella en su espalda mientras recibía caricias en la frente.
Al poco andar, cruzaron sin mayores problemas las puertas de la aldea y Kiba la guió hasta su casa, en el complejo Inuzuka, donde se quedaría un par de días. Hana, la hermana de su amigo, la recibió con la alegría habitual y no tardó en entablar conversación; quería todos los detalles de lo que había sido su vida en el desierto.
La noche llegó rápido, y la mañana siguiente los alcanzó en un abrir y cerrar de ojos.
Se levantó con energía, se vistió con ropa cómoda y cargó su mochila con lo necesario; ese día comenzaría a preparar su cafetería.
Caminaron por las calles de la aldea mientras los locales comerciales recién abrían sus puertas y pasaron a comprar café para llevar, Kiba no podía parar de bostezar. Cruzaron la calle principal, y casi al terminar la calle comercial, se detuvieron frente a una casa de tamaño mediano, con dos pisos, pintada completamente de un color rojo desteñido, y tejas anaranjadas y rotas.
El panorama no parecía muy alentador, o al menos, así lo hubiese sentido cualquiera que pasara por ahí; pero ella no.
Una increíble emoción la embargó nada más al detenerse frente a esa casa vieja y descuidada, y saber que era completamente suya; era el fruto de lo que había obtenido con su cafetería en Suna.
Esa casa era suya.
Suya para remodelar, para cambiar; para continuar el sueño que ya estaba cumpliendo.
Esa casa era suya, y se sentía como un regreso triunfal al lugar que la vio marchar completamente derrotada; casi sentía que completaba una venganza, infantil y no planificada, contra el mundo.
Sonrió, tomó las llaves que Kiba le estaba entregando y abrió las viejas puertas de madera mientras quitaba el letrero que decía "En venta".
El primer piso se mostró amplio e iluminado, un espacio abierto, con algunos pilares interiores en el medio. Tomó nota de que el piso estaba manchado, probablemente tendría que cambiarlo, y las paredes había que retocarlas.
Lo siguiente que encontró fue un pasillo que conectaba a una pequeña cocina, no había mayores muebles salvo un lavaplatos viejo y conexiones para el gas y electricidad. La sala que había al lado estaba completamente vacía, así que lo mejor que podía hacer ahí era unir los dos espacios y crear una cocina espaciosa, que sería el corazón de su cafetería.
Volvió al pasillo, que conectaba el salón principal con lo que sería la cocina, y continuó avanzando hasta el final, donde una puerta corredera de vidrio (que por la suciedad casi no dejaba ver hacia el otro lado) escondía un enorme espacio al aire libre.
Todo, totalmente todo el lugar tenía un potencial tremendo para que ella jugara con los espacios como mejor le pareciera.
Contenta, se devolvió al pasillo y subió al segundo piso, encontrando 3 salas, vacías, simples pero amplias; el segundo piso se transformaría en su hogar.
—¡Bien! —exclamó ella apoyando sus manos en sus caderas—Es hora de comenzar.
Kiba frunció el ceño y sonrió con energía mientras se arremangaba las mangas de la chaqueta y asintió.
Mascarillas puestas; escobas, paños y desinfectantes a mano, comenzaron a limpiar el segundo piso.
Su idea era simple, primero acondicionar el lugar donde ella viviría y luego seguir con los arreglos de la cafetería, según sus cálculos, en un mes debería tener todo listo para realizar la inauguración.
Y los días continuaron avanzando rápidos y agotadores. Shino la visitó entre sus deberes y misiones, para ayudarla; Kiba pasaba a dejarla en las mañanas y volvía a buscarla en las tardes, y cuando tenía espacios libres durante el día, iba a ayudarle en lo que necesitara. La primera semana pasó, entre el aseo, las compras de materiales para la remodelación y la planificación, y sin tener tiempo para nada más que caer rendida en la habitación del complejo Inuzuka y despertar temprano al amanecer siguiente.
Y funcionó, al finalizar la primera semana, había limpiado y reacondicionado todo el segundo piso; el piso había sido cambiado por uno totalmente nuevo, las paredes arregladas y pintadas en blanco, y el techo reparado.
—¿Estás segura? —preguntó Kiba mientras miraba el saco de dormir en el suelo limpio—puedes seguir usando la habitación en mi casa.
Ella negó, sonriendo y dejando una pequeña lámpara en el suelo, al lado de donde estaba la cabecera que utilizaría.
—Muchas gracias por el ofrecimiento—respondió—, pero estaré bien.
Kiba ya la había ayudado suficiente y ella no se sentía cómoda quedándose más tiempo en su casa.
Él negó con un divertido movimiento de cabeza, entendiendo completamente por qué ella rechazaba su oferta e indicando que no estaba de acuerdo, pero no insistió. Ella siempre había sido así.
—Cualquier cosa o problema, te devuelves a mi casa o te llevo a la fuerza de regreso—amenazó y ella rió, divertida y asintió.
La primera noche avanzó fría e incómoda, haciendo el invierno aún más notorio, pero lejos de sentirse desanimada, la emoción de saber que era un comienzo, que era parte de lo que significaba iniciar algo por ella misma, le entregó la energía que necesitaba para levantarse a la mañana siguiente.
Se duchó, rápidamente, se vistió con ropas abrigadas y cómodas y salió; ese día tenía un plan.
Ese día pensaba ir a buscar a Sasuke para invitarlo a desayunar; ella le había prometido volver y ya llevaba una semana en la aldea sin haberse presentado con él.
Caminó en dirección a la zona residencial en la que él vivía, tratando de recordar el recorrido que habían hecho la última vez. Se ajustó la bufanda de lana, sus guantes y el gorro que le cubría hasta las orejas, al sentir la fría brisa matutina, y continuó.
Media hora de caminata le sentó bien para despejar la mente y disfrutar el blanco paisaje de Konoha en invierno. Esos treinta minutos también le ayudaron a relajarse y organizar sus pensamientos que, desde el momento en el que salió de su nuevo hogar-negocio, se dispararon en direcciones totalmente desconocidas.
"No…me vuelvas a dejar"
El recuerdo de aquellas palabras dulces susurradas antes de dormir, la última vez, como si fuera un secreto casi incontenible, removieron la arena que calmaba su corazón. Sasuke tenía una manera de decir las cosas que nunca había imaginado; una forma de expresarse tan especial, que volvía las palabras más simples en memorias inolvidables.
¿Siempre había sido así?
Quizás…y ella nunca lo había notado.
Tal vez, ella jamás lo había observado con tanta atención.
Debía ser que, ahora que ya no estaba Naruto como intermediario, aquella relación comenzaba a definirse solo por las interacciones entre los dos; no había terceros. Y la ansiedad, la tensión y ese extraño nerviosismo que en ese momento sentía, se debía a que no sabía llevar muy bien la situación; su amistad era distinta a la que tenía con Shino y Kiba, y todavía no lograba definirla.
—¿Hinata?
Dio un pequeño salto, sobresaltada, al escuchar su nombre en esa voz tan conocida. Había estado tan inmersa en sus propios pensamientos mientras caminaba que no se dio cuenta de que Sasuke estaba parado frente a ella, a pocos metros de su casa.
—Oh…
Con una suave sonrisa, él se acercó rápidamente a ella, mientras Hinata recuperaba la compostura.
—Estás…volviste—dijo él y ella asintió.
Y cuando ella iba a mencionar algo más, notó al Anbu que estaba detrás de él.
—¿Vas a misión? —le preguntó, al observar además que llevaba su ropa de ninja.
Él, desviando la mirada hacia el Anbu con algo de molestia, asintió.
—Sí—le dijo—¿venías a verme?
—Venía a buscarte para invitarte a desayunar—respondió ella.
Dio rápidamente un paso hacia atrás, para despedirse, comprendiendo que él debía marcharse rápidamente, pero Sasuke no se lo permitió. Avanzó hacia ella, mirándola con sorpresa para luego cortar todas las distancias prudentes al acercarse más de lo permitido y tomarle de la manga de su ropa.
—¿Puedo…puedo ir a verte al regresar? —pidió—Estaré en la aldea al anochecer.
Y ante aquella actitud tímida y precavida, Hinata no logró sacar más que un leve movimiento de cabeza para asentir, mientras le estiró un pequeño folleto con la dirección y el logo de su local.
Y el día continuó.
La brisa, fría del invierno, se mezcló en la tormenta que llegó durante la tarde a la aldea, y se llevó, con ese temible ulular del viento, las últimas hojas de los árboles que aun resistían con obstinación. El cielo, se cerró en grises colores, y las cálidas luces de las casas y el fuego se encendieron en la oscuridad.
Tembló, al sentir como su cuerpo se enfriaba con cada pesada gota lluvia que caía, e ingresó rápidamente a la torre del Hokage.
Subió esas conocidas escaleras, que se encontraban casi desiertas en un día frio y lluvioso como ese, y llegó a la oficina de Kakashi.
Sin mucho preámbulo, entregó el reporte de la misión y cuando se disponía a marchar, su superior lo llamó una vez más.
Con un relajado movimiento le lanzó un pergamino cerrado que Sasuke alcanzó a atrapar, notando que tenía un mensaje en su exterior que aludía a su destinatario: Hinata de la Arena.
Volvió su mirada hacia el Hokage, extrañado, y sin entender del todo.
—Vas a verla, ¿no? —respondió Kakashi ante la pregunta que Sasuke no hizo—como lo haces siempre después de cada misión.
Sabía que no era necesario añadir esa última frase a su oración, pero el Hokage no se pudo resistir; molestar a su alumno, de vez en cuando, le proporcionaba la entretención que en esa oficina faltaba.
Y ver como Sasuke se sonrojaba, al verse descubierto, confirmó lo que venía sospechando desde hacía algunos años atrás.
Su pequeño vengador estaba enamorado de la dulce Hinata.
Debía reconocer que cuando comenzó a sospechar, le preocupó que eso afectara su relación con Naruto, pero ahora, después de todo lo que había sucedido, sentía que la ex Hyuga era justo lo que el Uchiha necesitaba.
Hinata era el día soleado que a Sasuke le faltaba.
Sonrió, mientras apoyaba su espalda en el respaldo de su asiento, imaginando lo entretenido que se volverían los días en la aldea observando el desarrollo de aquella nueva historia y sacó el volumen de "Icha Icha Paradise" para continuar leyendo.
La primavera se vendría interesante.
Luego de darse una ducha y cambiarse a ropas más limpias, partió de inmediato a la dirección que Hinata le había entregado; todavía era un horario aceptable para recibir visitas.
Dar con la dirección no fue difícil, el lugar estaba al final de las calles comerciales, justo en el límite de las edificaciones residenciales.
Observó, que las luces interiores estaban apagadas, pero al acercarse a la puerta, notó que estaba abierta. Tocó el timbre, y nadie apareció.
Un fuerte rayo quebró el oscuro cielo y la lluvia comenzó a caer, otra vez.
Sin pensarlo mucho más, abrió la puerta e ingresó; supuso que a Hinata no le iba a molestar que entrara así, con toda esa lluvia.
—¿Hinata? —llamó, sin atreverse a avanzar más allá de la puerta.
Pero nadie contestó.
Acostumbrado a trabajar en la oscuridad, buscó algún indicio de que ella estuviera en el lugar, se movió por el salón principal, que todavía estaba en construcción y caminó esquivando las cajas selladas que se encontraban repartidas en el piso.
Siguió avanzando, y llegó a un pasillo desde donde parecía venir luz y un suave sonido. Se acercó, encontrando una puerta de madera semi cerrada y la abrió con cuidado.
Hinata estaba ahí.
Vestida con un overol azul oscuro, a pies descalzos, con su cabello tomado en una larga trenza que bailaba en su espalda, mientras cantaba una alegre canción; lucía encantadora.
Se movía con gracia, con pequeños deslizamientos que se asemejaban a un baile que seguía el ritmo de su tímida canción, mientras trasladaba cosas de un lado hacia otro, totalmente desconectada de la realidad.
Su intención no fue asustarla, verla así de relajada, de alegre, era una faceta que no había visto en ella y le pareció completamente fascinante, adorable al máximo, pero las cosas no salieron como esperó y la puerta crujió llamando su atención.
Fue cosa de segundos.
Al prestar atención al ruido de la puerta, ella volteó, sin notar que en el suelo había un largo cilindro de metal que, por descuido, pisó con sus pies descalzos y resbaló. Si no hubiese sido por el dolor que le produjo la barra en el pie, quizás, hubiese podido mantener el equilibrio. Pero no, dolió, perdió el equilibrio y la caja que estaba moviendo cayó al suelo, sobre su pie.
Y el desastre podría haber sido peor si no fuera porque Sasuke, haciendo gala de su velocidad, llegó a su posición antes de que ella tocara el suelo y la sujetó.
Sus brazos rodearon su cintura y su pecho la contuvo, deteniendo el movimiento, como si se tratara de un abrazo.
—¿Te encuentras bien? — le preguntó, y se encontraba tan cerca, que su voz se escuchó como un susurro en su oído.
Ella negó, mientras cerraba sus ojos y se permitió apoyarse en él para poder sujetar su pie ante el dolor.
—Duele—logró decir.
—Voy a sentarte en el suelo—dijo él—, para que puedas revisar tu pie.
Hinata asintió, mientras sujetaba su pie y trataba de inhalar y exhalar profundamente para pasar aquella primera oleada de intenso dolor.
Con cuidado la sentó en el suelo, con él a su espalda todavía sujetándola, y se quedaron un momento así.
—Uh…—murmuró ella, cuando comenzó a sentir que el dolor cedía—pasó—dijo, refiriéndose al dolor.
—Deberíamos ir al médico—indicó él.
Ella, un poco más relajada, se enderezó y apoyó su espalda en Sasuke como si se tratara de un respaldo y giró levemente su rostro hacia la izquierda, hacia él.
—No es necesario—respondió, sonriendo divertida—, parece que solo será un esguince simple.
Movió los dedos de sus pies, para mostrarle que no había nada roto y suspiró como si se encontrara cansada; solo en ese momento, Sasuke reparó en la situación.
Hinata estaba en sus brazos, completamente relajada con su cercanía, como si fuera natural olvidar las distancias entre ellos.
Que bajara la guardia con él era agradable; que le permitiera acercarse así era tentador. Él podía empezar a creer que ella… podría llegar a darle una oportunidad.
—Hinata—llamó él, apoyando su mejilla cerca de su oreja, probando hasta donde lo dejaría avanzar—, regresé de misión.
Ella, que se había distraído, notó como él se había acurrucado un poco más a su alrededor, sintiendo el roce del contacto de su mejilla contra su cabeza, y sus brazos tensarse alrededor de su cintura. Como si buscara aferrarse a ella.
Y le agradó; la presencia de Sasuke se sentía, extrañamente, bien.
Sus brazos se sentían… seguros; su cercanía no parecía invasiva.
Tranquilizador.
Cerró sus ojos, permitiéndose disfrutar un momento de esa rara situación sin cuestionarse, y respondió a ese acuerdo que ambos tenían, desde hace mucho tiempo atrás.
—Bienvenido, Sasuke.
Luego de un momento más, él decidió soltarla y ella intentó levantarse, y como resultado, Hinata entendió que debía visitar el hospital; su pie comenzaba a inflamarse y no podía pisar.
Sin darle tiempo a pensarlo mucho, él la tomó en sus brazos al ver como intentó subir por la estrecha escalera hacia su dormitorio, a saltitos y Hinata, avergonzada, se mantuvo lo más quieta posible para no molestar.
—Muchas gracias por tu ayuda—agradeció ella cuando él la dejó en el piso con cuidado—creo que no vamos a tener una cena hoy.
—Comeremos al regreso—respondió Sasuke, dejando claro que no se iría, ni que le permitiría ir sola.
Ella negó.
—Ya hiciste mucho por mi hoy—le respondió—, necesitas descansar de tu misión y…
—No te estoy dando libertad de elegir—interrumpió él, sonriendo de lado—. Iremos al hospital y luego te quedarás en mi casa, por algún tiempo.
Hinata abrió los ojos con sorpresa y Sasuke sonrió aún más, totalmente divertido ante la situación.
—No es necesario que…—trató de decir ella, avergonzada y él volvió a interrumpirla.
—No pretenderás que te deje vivir aquí sin calefacción, con solo un saco de dormir por cama y completamente sola.
No estaba jugando, a pesar de que el tono con el que lo decía parecía decir lo contrario y Hinata lo sabía.
Sasuke siempre se había preocupado.
Cada vez que Naruto salía de misión, por muchos días, él pasaba a ver como estaba o daba una vuelta por su vecindario creyendo que ella no se daba cuenta. Cada vez que su exnovio no la acompañaba, él la buscaba con alguna excusa para verificar su estado. Y cuando su relación se terminó, él se involucró aún más.
Debía reconocer, que la primera vez que lo notó, creyó que Sasuke la subestimaba como kunoichi e hirió un poco su orgullo; luego comprendió que no se trataba de mirar en menos sus capacidades, sino de como él expresaba su cariño. Él siempre buscaba proteger a quienes estimaba; por eso continuaba acompañando a Naruto, por eso mantenía sus lazos con Sakura, por eso se preocupaba por ella.
Por esa misma razón, Sasuke no había vuelto a abandonar la aldea.
Derrotada, se duchó rápidamente, se puso ropas más abrigadoras y armó su pequeña mochila.
Digna y sin hacer caso al Uchiha, se colocó su mochila a la espalda y bajó a saltos la escalera hacia el primer piso, si no la dejarían volver a su casa por las precarias condiciones en las que estaba, al menos quería demostrar que todavía podía sola. Avanzó hasta la puerta de entrada y tomó un paraguas que tenía colgado en el recibidor, notó que Sasuke se detenía detrás de ella y casi pudo imaginar la sonrisa de burla en su rostro, ante el aguacero y el viento que se desataba afuera.
—Puedes ir saltando por ahí, de posa en posa de agua y quedar mojada antes de llegar al hospital—le dijo él, parándose a su lado, en la puerta—, o puedes aceptar mi ayuda y dejar que te lleve. Soy rápido.
Dos minutos después, Sasuke corría, divertido, por los tejados de la aldea, cargando a Hinata a su espalda, totalmente avergonzada mientras intentaba sostener el paraguas para evitar que ambos se mojaran.
Sin mayores inconvenientes, Sasuke llegó con ella al hospital de la aldea donde, nada más al ingresar a la recepción, se encontró de frente con quien menos esperaba, Naruto.
—¿Sasuke?
Por esas cosas de la vida, Naruto los vio inmediatamente, a diferencia de Sasuke y Hinata, que se encontraban distraídos buscando donde debían acercarse para que la atendieran.
Sasuke, por acto reflejo, giró en dirección a donde venía la voz encontrando a su amigo, que se había detenido frente a él. Y notó como sus ojos se volvieron inmediatamente hacia Hinata, a quien llevaba a su espalda.
—Sakura está por cerrar el turno—dijo Naruto—, vamos.
Sasuke asintió y comenzó a caminar siguiendo a su amigo.
—No, no puedo ir así—habló Hinata intentando detenerlos—. Debo ir a la recepción a registrarme y…
—¡Hinata! —le interrumpieron.
Sakura se cruzó con ellos y se sorprendió, impidiéndole terminar al hacerle un gesto a Sasuke para que la llevara a su oficina.
Hinata cada vez se sentía más y más avergonzada de la situación; solo había sido una caída, no necesitaba de esos cuidados.
Sintiéndose pequeña ante la atención que estaba recibiendo, se quedó en silencio mientras Sasuke ingresaba con ella a la oficina y la sentaba en la camilla, como Sakura le había indicado.
Con cuidado, Sakura le quitó la bota que andaba trayendo y dejando en evidencia la inflamación.
Mientras Sakura examinaba y conversaba con Hinata, Sasuke no se alejó, se mantuvo a su lado participando de la discusión y consultando los cuidados que ella debía tener. Naruto, atento, permaneció apoyado en la pared, cercano a la puerta, escuchando.
Y observando.
No era la primera vez que los veía tan cercanos, pero sí fue la primera vez que le incomodó. Sasuke se mostraba distinto… menos distante a su lado.
—Tenías los huesos del pie quebrados—indicó Sakura mientras escribía un informe en su escritorio—, sané parte de ellos, pero necesito continuar un par de sesiones más. Por ahora, voy a tener que inmovilizar tu pie por unos días.
Luego, cambiando completamente su expresión a una mucho más dulce, se volvió hacia Hinata, que estaba guardando en su mochila los medicamentos que le había entregado.
—Me gustaría pasar a verte mañana con Ino, después de mi turno y aprovechar de revisar tu como sigue tu pie. Hace mucho que no nos vemos—le dijo Sakura—¿Dónde te estás quedando?
Hinata, al escucharla, sonrió. Era una buena oportunidad de mostrarle a su amiga como avanzaba su café. Aun cuando no estuviera terminado, se sentía orgullosa de lo que estaba armando.
—¡Oh, estoy quedándome en mi ca…
—Conmigo—interrumpió Sasuke y de pronto, toda la oficina quedó envuelta en un incómodo silencio—. Hinata estará conmigo, en mi casa. Pueden ir a verla allá.
Hinata, notando como la expresión de Sakura cambió inmediatamente, se apresuró a aclarar la situación.
Ella sabía lo mucho que Sakura amaba a Sasuke; conocía todo lo que ella había sufrido por ese amor no correspondido. Y no quería que su relación con él causara algún malentendido entre ellos dos, porque quizás… Sakura aún tenía una oportunidad.
Sakura siempre había amado a Sasuke… y él era un buen hombre como para que ella se rindiera todavía… y ella era amiga de ambos, nada más.
Nada más.
—Será solo por esta noche, Sasuke me ofreció una habitación, amablemente, cuando vio que mi lugar aún no está totalmente habilitado para vivir—aclaró, rápidamente—. Iré con Kiba tan pronto regrese de su misión—se detuvo un momento, incómoda y luego volvió a hablar más rápido—Estaré trabajando en mi café, hasta tarde, podría esperarlas ahí mejor y aprovecho de mostarles el lugar.
Sakura, al ver como Hinata intentaba darle explicaciones, cambió rápidamente su expresión. No le preocupaba que ella estuviera quedándose con él (ya no estaba enamorada), le preocupaban los motivos de Sasuke, y los sentimientos de Naruto al notar la evidente cercanía entre ellos. Ambos sabían que el Uchiha no aceptaba a nadie cerca, mucho menos en su espacio. La excepción que hacía con Hinata era… extraña.
Que estuviera en el hospital, con ella, preguntando por el estado de su lesión, era aún más raro.
Le sonrió, para calmarla, y miró de reojo a Sasuke que se encontraba con la mirada clavada en Hinata, como si quisiera gritarle algo. Fue fácil para ella adivinar que su compañero no dejaría ir a la ex Hyuga a otro lugar.
—Entonces, ¡tenemos una cita Hinata! —respondió Sakura alegremente para calmar la situación.
Asintió, colocándose su mochila a los hombros y levantándose de la camilla donde estaba. Naruto se acercó, para ayudarla, pero Sasuke se adelantó. Sin embargo, Hinata se levantó, ignorando el intento de ambos, hizo una pequeña reverencia a Sakura, despidiéndose y avanzó hacia la salida, diciéndole adiós también a Naruto.
Quería salir luego de ese lugar que comenzaba a asfixiarla; la presencia del Uzumaki todavía no le permitía sentirse totalmente tranquila, la expresión de Sakura le incomodó, la indiferencia de Sasuke le hizo sentir aún peor.
Sentía que no encajaba en ese lugar, que era una intrusa en una posición que no le correspondía, que se estaba interponiendo en el camino de alguien más.
No le gustó.
Y huyó.
La idea de alejarse de Sasuke para no provocar un malentendido con Sakura, de pronto, le dolió.
Su cercanía le agradaba demasiado; su presencia le entregaba una extraña paz; a su lado sentía una desconocida seguridad…
Y se asustó.
No quería ceder a Sasuke…
No, no quería dar un paso al costado.
Y eso estaba mal.
Necesitaba aire, despejarse; tenía que olvidar lo que acababa de descubrir.
—¡Hinata!
Se detuvo de golpe al escuchar la voz de Sasuke llamarla en la distancia y solo en ese momento notó que el hospital había quedado atrás, por unas cuadras, y la llovizna comenzaba a calársele por la ropa.
No se atrevió a volver su mirada hacia él inmediatamente, sabía que su rostro reflejaba la confusión que en ese momento la embargaba y ella no quería que Sasuke la descubriera.
Los pasos se detuvieron, justo detrás, pero ella no estaba lista para encararlo, su respiración todavía se encontraba alterada y estaba segura de que su expresión la iba a delatar.
¿Qué debería decir?
¿Qué excusa le inventaba para justificar su comportamiento? estaba segura de que él había notado lo incomoda que se sintió.
¿Qué podía decirle para que él no sospechara de lo que le ocurría?
—Lo siento.
No fue ella, no fue su voz la que llenó el silencio entre los dos; fue él.
Sasuke se acercó y la atrapó en un abrazo desde la espalda que la estremeció.
Sus brazos se cerraron, fuerte y seguros, a su alrededor; como si buscaran retener un escape imaginario.
Su pecho, se apegó a su espalda, casi como si necesitara sentirla cerca.
Y su voz, siempre segura y firme, se escuchó en un susurro temeroso e inexplicablemente anhelante en su oido.
—De verdad, lo siento—repitió—. No volveré a hacerlo.
No.
Sasuke no tenía de que disculparse; él no tenía la culpa de lo que ella estuviera sintiendo.
Se mordió el labio, nerviosa y llevó sus manos a los brazos de Sasuke para sujetarlo.
—No consideré lo que tu pudieras estar sintiendo cuando…—continuó él—les dije que estarías en mi casa.
Había sido un arrebato.
Había sido una infantil declaración frente a Naruto y Sakura de que ella estaba con él.
Quería que su amigo marcara distancia con ella, quería que Sakura revelara que no estaba enamorada de él, quería que Hinata se diera cuenta de que él podía ser algo más para ella.
Pero ella… en vez de pensar en lo que él estaba haciendo, pensó en lo que Sakura podía sentir.
Y se excusó.
Hinata sabía del estúpido enamoramiento de Sakura y por esa razón, él no era una opción. Ella jamás se permitiría interponerse.
Probablemente también se incomodó ante la presencia de Naruto y Sakura en el mismo lugar.
—No es por eso—respondió ella—. No tienes que disculparte por nada.
Notó como los dedos de Hinata se aferraron a la manga de su chaqueta, con nerviosismo, pero no intentó soltarse, fue más bien como si intentara refugiarse en él.
—Es solo que… estar con Sakura y Naruto, en el mismo lugar, me hizo sentir como en el pasado… insegura.
"Insuficiente y fuera de lugar" pensó, pero no lo dijo. Sakura siempre había sido la primera en el corazón de Naruto y el orgullo, a veces, también dolía.
—Y no me gustó. —completó.
No era una mentira, era una verdad a medias. Lo suficiente como para que Sasuke no se sintiera culpable y ella no desnudara su corazón; no quería, todavía, aceptar lo que había descubierto.
—Supongo que pasará un buen tiempo antes de que deje de sentirme así.
Notó como Sasuke dejó caer su mentón en su hombro y una de sus manos se movió para cubrir la suya que se aferraba a su otro brazo.
—Entonces, debería mantenerme a tu lado para asegurarme de que no te vuelvas a sentir así. —respondió él.
Se sonrojó, no con la violencia en que lo hacía cuando era más joven, pero si lo suficiente como para que sus orejas se sintieran calientes y Sasuke dio cuenta.
Y notarlo, saber que sus palabras habían logrado ese efecto, lo hizo inmensamente feliz.
Ella se estaba haciendo más consciente de él.
