17. Hecha pedazos.
Nancy se encuentra en otra sección de la galería. Está solitaria, casi todo el mundo está pendiente de Daryl. No sabe si seguirá hablando, o no, quizás ya se esté despidiendo de todos y alguien le está haciendo una oferta. Ojalá, se lo merece.
Ella ha tenido que huir de ahí para poder encerrar a Carol. En cuanto localizó a Ed sus sentimientos empezaron a desbordarse, y comenzar a llorar en público no era una opción.
Ezekiel intentó hablar con ella, pero lo esquivó cortante. No estaba de humor para tonterías, y ahora se arrepiente de haberlo tratado así. No es mal tipo, sólo un poco intenso, ya hablará en otro momento con ese pedante.
Procura relajarse mirando las fotografías. Hay una que llama especialmente su atención: Las lápidas de la familia de Daryl. Tres piedras mal colocadas con nombres y apellidos, a sus pies dos cervezas y algún tipo de refresco barato, y en primer plano la mano de Daryl queriendo brindar con ellos sosteniendo uno de los licores más caros que hay actualmente en el mercado.
Sonríe. Si ella hiciera esa foto sería a la inversa. Pasó de ser una niña que lo tuvo todo a no tener nada. Ni siquiera infancia.
Acaricia la lápida de Anne Dixon con sus dedos. Supone que esa será ella en unos años, o quizás no, posiblemente acabe tirada en una cuneta y termine siendo devorada por las alimañas como suelen acabar todas aquellas que Negan considera morralla, ya sea por viejas, por enfermas o por rebeldes.
Sólo espera que su niña tenga un futuro parecido al de Daryl y sea feliz.
Mira a su lado y traga saliva al reconocer a la persona que acaba de llegar a contemplar la fotografía al igual que hace ella, es la pareja de Eduard.
Se gira sobresaltada intentando localizarlo, pero él no parece estar.
Respira.
Presta atención a la chica. Es muy joven, de baja estatura, piel bronceada, cabello largo negro liso y ojos oscuros rasgados. Es preciosa, y físicamente todo lo contrario a ella.
—Hola —saluda la chica amablemente sonriéndole jovial al sentirse observada —Me encanta tu vestido, estás guapísima —dice con sinceridad.
Carol echa un rápido vistazo a su vestido intentando descifrar si sus palabras van cargadas de sarcasmo o burla.
—Hola —devuelve ella con sequedad, aunque quería ser amable —Gracias, tú también —intenta corregirlo.
No puede odiarla, no le sale odiarla. No es más que una cría inocente la cual ha sido engañada al igual que ella.
—Vaya, embarazada —finge acabar de darse cuenta.
—Sí, de siete meses —confirma entusiasmada —, Es una niña.
'Como tú' piensa Carol.
Mira cómo se acaricia su abultado vientre. Siete meses, ya no le queda nada. La ve tan delgada, pequeña y frágil que lo único que siente por ella es compasión.
—Qué poquito te queda, estaréis muy contentos.
La chica sonríe.
—Sí, sobre todo su padre que hasta ha reformado la habitación de princesas que antes era mía en la casa que tiene aquí en Nueva York —comenta con ilusión infantil.
—¿Tu habitación? —pregunta no queriendo confirmar lo que piensa.
Ella se sonroja.
—Sí, Eddy me apadrinó y acogió de niña y me hizo una habitación alucinante con un castillo de princesa, toboganes, tocador... y ahora que soy mayor pues nuestra niña la disfrutará.
Carol traga saliva. No puede ser verdad.
—Qué bien, y... ¿Ya tiene nombre? —pregunta con cierto temor.
—Sarah, como mi suegra.
—Sarah —repite sintiendo como la última esperanza de un futuro mejor se desvanece.
Esa habitación nunca fue para Sophia, no pensó en ella cuando la construyó, y esa S en la puerta no era su inicial.
Mira de nuevo a esa joven. Le asusta la naturalidad con la que le ha contado que Eduard la apadrinó, acogió como a una hija y luego la convirtió en su esposa, ¿Cómo puede ver normal eso? Pero luego recuerda que ella lleva romantizando su relación con él cuando apenas tenía 12 años, y se obliga a callar. Ella no es la más adecuada para echar en cara nada.
Qué estúpida es. Todos sus deseos de que Ed tenga una buena explicación sobre esa chica se esfuman de un plumazo. No hay excusas, lo que le contó Eric es real. Todo.
—Mi amor —llama una voz masculina.
Ambas mujeres se giran y Eduard se paraliza un instante al verla allí.
—Lieze,l mi vida, ya está el coche listo para irnos a casa, Martínez te acompaña, dame un segundo, ahora voy yo —pide sin dejar de mirar a Nancy.
La chica le da un suave beso y marcha de allí junto al chófer mientras ellos dos se quedan solos.
—¿Qué haces aquí? —pregunta con cierto desagrado recortando la distancia entre ellos. Intenta acariciar su rostro, pero ella da un paso atrás.
Carol tiene que hacer un esfuerzo para no explotar.
—Daryl me invitó —responde cruzándose de brazos toda digna —¿Quién es ella?
—Tú no tendrías que estar aquí. Te dije que no vinieras.
—Me dijiste que no me traías. ¿Quién es ella? —repite.
—Mira nena, no...
—¡NO ME LLAMES NENA, NO TIENES NINGÚN DERECHO A LLAMARME ASÍ! —grita enfurecida —. Me has engañado, Eduard.
Eduard se pellizca el puente de la nariz.
—Ella no es más que un puto error.
Carol ríe sarcástica.
—No, ella es una cría a la que has dejado embarazada porque a tus más de sesenta años eres incapaz de ponerte un condón. Tú eres el puto error. El de ella y el mío —lo señala.
Se miran intensamente sin mover un músculo, pero ninguno habla.
—Adiós, Eduard.
Intenta irse de ahí, pero él la agarra con fuerza del cabello obligándola a mirarle. Su corazón salta aterrorizado.
Eduard observa sus rasgos y acaricia su mejilla con ternura teniendo su otra mano en su nuca para inmovilizarla.
Sonríe maravillado.
—Eres la mujer más hermosa que he conocido en mi vida —repite casi con exactitud la frase que le dijo Daryl. Todos los hombres son iguales.
Toma su rostro obligándola a besarlo, pero ella se resiste escapando de su agarre en un brusco movimiento que hasta le duele.
—No, Ed, se acabó. Deja de intentar encandilarme —solloza dolida —¿Quieres follar? paga y tendrás a Nancy, pero no esperes ver sentimiento alguno, Carol ya no existe para ti —sus ojos se llenan de lágrimas —No voy a vivir contigo, y mucho menos mi hija. Estoy cansada de que me rompas el corazón, no te haces una idea de cuánto duele. Si de verdad te importo déjame ir, por favor —suplica en un llando de tristeza absoluta.
Ojalá nunca se hubiesen reencontrado.
—¿Ya te has olvidado del trato? —la mira amenazante.
Se limpia las lágrimas y sorbe por la nariz.
Asiente.
—El trato era que yo pasaba las noches contigo y tú te olvidabas de Sophia. Y pienso cumplirlo, pero nada más, no me hagas promesas que sabes que no son verdad porque no vas a conseguir nada de mí —advierte intentando contener sus lágrimas.
Eduard la observa detenidamente.
—¿Te has acostado con él? —pregunta amenazante.
Carol alza la vista y lo mira dolida.
—¿Y tú con ella?
La agarra con fuerza de ambos brazos.
—¿Te has acostado con él? —repite con los dientes apretados.
Ella lo mira con una expresión de odio que atraviesa el alma.
—Soy puta, es lo que hago.
Eduard estrangula su brazo con sus dedos y la arrastra hacia otra sala para sorpresa y horror de ella.
—No te he alimentado, dado asistencia médica y costeado análisis para que me lo pagues así, fornicando con un cualquiera.
La empuja al interior de La sala continua que parece una sala de reuniones y echa el cerrojo bloqueando la puerta.
—Quítate el vestido —pide cruzándose de brazos frente a ella — ¡QUE TE QUITES EL MALDITO VESTIDO!
Carol obedece sintiendo como su mundo se desmorona del todo.
Tanto dolor no podía quedarse encerrada más tiempo, y ahora Nancy está oculta en lo más profundo de su ser implorando que la deje salir para manejar la situación. Es inútil. Carol es todo lo que queda ahí.
Se muestra desnuda frente a él.
—Yo... —Intenta hablar, pero él le cruza la cara de una bofetada con tanta fuerza que la hace caer al suelo.
Ella se queda unos instantes en shock con las manos apoyadas en el frío mármol viendo como la sangre que brota de su labio gotea sin descanso. ¿Le ha pegado? ¿Acaba de pegarle?
—Oye Aaron, ¿Has visto a Nancy? —pregunta Daryl. No logra verla entre la gente. Lleva buscándola demasiado tiempo.
Aaron mira a su alrededor, Nancy no está, pero Eduard parece que tampoco. Lo ha tenido localizado y entretenido desde que llegó para evitar que se encuentren, pero durante el discurso se despistó.
—¿Has mirado en los baños? —pregunta antes de revelar algo que no debe. Daryl asiente —. ¿En toda la galería? ¿La entrada? Quizás salió a fumar.
—Sí, joder, por todos lados —mira la expresión preocupada de Aaron —¿Qué ocurre? —pregunta temeroso.
Aaron se rasca la cabeza con nerviosismo.
—No sé, quizás me equivoque, ojalá lo haga, pero su cliente estas dos últimas semanas ha sido Eduard Wallace, y... Y está aquí esta noche, pero ahora no lo veo.
Daryl se siente un poco celoso.
—Ahm ¿Crees que estará acostándose con él? —mira a su alrededor y se maldice por haberla perdido de vista. Seguro que le paga esos 5000$ que él no puede darle.
Aaron Niega.
—No... no es eso, Daryl. Él es peligroso, y temo que le haga algo, Nancy ya temía que...
El corazón de Daryl se acelera cuando todas sus alarmas se encienden.
—¿Y qué coño hacía ese tío aquí?
—Es... es alguien importante, tiene poder y...
Daryl no escucha las explicaciones de Aaron, sigue intentando localizarla entre la gente que se marcha como una horda de zombies que acaba de ver un bocado fresco.
Entonces descubre a alguien al que sabe que Nancy seguro no le pasó desapercibida.
—Ey — lo agarra del brazo —. Ezekiel, ¿Has visto a Nancy? O.. o a Edu...
—Eduard Wallace —aclara Aaron.
Ezekiel sonríe.
—Como para no verla, la he contemplado tanto tiempo que creo que mi vista le pertenece. Lástima que su amor es esquivo y su...
—¿DÓNDE ESTÁ? —se impacienta Daryl, no tiene tiempo para tonterías.
Ezekiel frunce el ceño.
—Se fue a la sala de Galería número seis.
Daryl marcha. No le da las gracias, no tiene tiempo. Ya ha estado ahí y no la ha visto, pero por si acaso...
—¿Viste al señor Wallace? —pregunta Aaron.
Ezekiel asiente.
—Sí, fue para allá también en busca de su señora ¿Ocurre algo?
Aaron niega, no quiere crear alarma.
—Nada, no te preocupes. Gracias. Que pases buena noche —se despide, y marcha junto a Daryl.
Eduard camina alrededor de Carol que aún se encuentra en el suelo observando su sangre caer.
—Mírate, ni se te ocurra pensar que voy a molestarme en tratar esas heridas, ¡DAS ASCO AHORA MISMO! Lo del barco te lo perdono porque no tenías opción, pero esto es...
—¡TAMPOCO TENÍA OPCIÓN! ¡SOY PUTA! ¡Si no era Daryl habría sido otro! Haberme traído tú. —responde furiosa con los dientes teñidos de sangre.
—Te dije que este no es lugar para mujeres como tú. Aquí vienen señoras con clase y elegancia, tú sólo llamarías la atención con tu ordinariez.
Carol ríe ante tal estupidez.
—¿Era por eso o porque querías traer a tu novia? —pregunta mirándolo a los ojos desafiante.
—Ya te he dicho que ella no es nadie, sólo un error.
—Pues bien que paseas el error en sociedad y la presentas como tu pareja —escupe.
—¿Qué querías que hiciera? Está embarazada de mi hija, no puedo dejarla tirada.
Carol no se cree lo que oye, y su ira se convierte en dolor.
—Pues conmigo no tuviste reparos. Yo te amaba Ed, de verdad —solloza volviendo a sentir como su corazón llora —Aún lo hago, aún te amo.
Eduard observa como lo mira desde el suelo.
—No es lo mismo, ella no tiene a nadie más que a mí.
—¿Y yo sí? ¿A quién tenía yo, Ed? ¿A mí proxeneta? ¿A mis violadores?
—¡Ella ni siquiera tenía donde dormir!, No podía dejarla a su suerte.
Carol niega con la cabeza.
—Claro que tenía: La habitación que su papá adoptivo le creó y ahora prepara para su hijo-nieto ¡ERES UN PUTO ENFERMO! ¡Yo tenía 12 años cuando me violaste por primera vez! ¡ERA UNA...
Eduard explota y le propina una fuerte patada en el costado que la tumba en el suelo dejándola unos eternos segundos sin respiración.
Se arrodilla junto a ella y la observa intentando tomar aire.
—Nunca te quejaste de follar conmigo, bien que gemías, y me hacías de todo con tus pequeñas manos —le recuerda.
La toma del cuello y la obliga a tumbarse.
—Tan hermosa que eres —murmura con su rostro a un palmo del de ella —. Habrían pagado tanto dinero por ti —presiona su garganta —. Una puta sana, atractiva y con un crío con la que chantajearla, no necesitaban más —añade su otra mano y echa todo su peso sobre su delicado cuello.
Carol intenta librarse de su agarre. Sujeta sus manos, pellizca sus brazos con fuerza, lo araña, patalea.
Ed se ríe.
—Tu mocosa habría vivido bien mientras tú cumplieses.
Le falta el aire. Intenta respirar, pero no puede.
Mira a su alrededor y estira su mano temblorosa intentando agarrar la pesada figura cromada que adorna la mesa de café.
A través de la bruma de sus ojos puede ver la manilla de la puerta subiendo y bajando como si estuviesen intentando abrirla desde el otro lado.
—¿Nancy? —escucha como la llaman, o quizás sea su imaginación, o puede que alguien al final de ese túnel de luz.
Los ojos se le llenan de lágrimas que se derraman al ver su final tan cerca, pero se niega a dejar de luchar.
Eduard presiona con fuerza sobre su glotis. Ha dejado de patalear y golpearle, debe de estar cerca del desmayo.
—¿Cuánto crees que me pagarán por ella? —pregunta relamiéndose por el terror que ve en sus ojos —¿Crees que ¡Aaahh! —grita dolorido cuando algo pesado impacta en su sien haciéndole caer.
—¿Nancy? —vuelve a escuchar la voz, esta vez con más claridad.
Carol da una larga bocanada de aire volviendo a la vida.
—¡Daryl! —intenta gritar, pero su voz no sale.
Jadea ruidosamente llenando sus pulmones e intenta acercarse a la puerta arrastrándose, sin soltar esa figura con forma de elefante que acaba de salvarle la vida.
No tiene fuerzas para caminar, su visión está borrosa y su boca sabe a sangre.
—¡Ayuda! —verbaliza con algo más de fuerza. No sabe si la suficiente como para que la oiga.
Ed vuelve a alcanzarla, se cierne sobre ella y la agarra del brazo alzándola, pero sin llegar a levantarla del todo. Ella lo mira, pero rápidamente cierra los ojos cuando ve su puño levantado dispuesto a golpearla.
—¡SERÁS...
Un fuerte estruendo llama la atención de ambos.
—¡SUÉLTALA, HIJO DE PUTA! —grita furioso Daryl, que lanza su puño derecho en el centro de la nariz de ese capullo, consiguiendo que deje caer al suelo a Nancy, para seguidamente continuar arreglándole la cara a puñetazos.
—¡VAMOS! ¡ATRÉVETE CONMIGO!
—¿Estás bien? —pregunta a Aaron ayudándola a sentarse y tapando su desnudez con su chaqueta.
La abraza con fuerza queriendo protegerla, y ambos observan desde el suelo a esos dos hombres pelear.
Eduard se ve obligado a ponerse en pie cuando Daryl le da una tregua.
No puede enderezarse, está algo encorvado y turbado por los golpes. Lleva la mano a su nariz para comprobar que está sangrando. Es la primera vez que alguien se atreve a tocarle.
Levanta la vista para mirar a su agresor que resuella como un animal defendiendo su territorio.
Intenta hacerle entrar en razón.
—Oye, escucha —no le da tiempo a decir más cuando un puñetazo se encaja en su mandíbula desestabilizándolo al punto de que habría caído al suelo si no llega a apoyarse en el sillón.
Mira a Carol observarlos con ojos llorosos. Si esa zorra no hubiese estado ahí...
—¡NI LA MIRES! —gruñe Daryl siendo más animal que hombre.
Tira de él y lo agarra del cuello de la camisa atrapándolo entre su cuerpo y la pared
—¡ERES HOMBRE MUERTO! ¡¿QUÉ MIERDA ESTABAS HACIENDO?!
—Me intentó robar —se defiende Eduard sollozando con terror.
—¿Y la desnudaste para registrarla? —masculla con los dientes apretados intentando controlar las ganas de matarlo ahí mismo.
—Intentó comprar mi silencio. ¡Díselo tú, vamos! —ordena mirando por encima del hombro de Daryl para localizarla y que pueda ver la amenaza en sus palabras.
—¡A ELLA LA DEJAS EN PAZ! Tienes suerte de que no me apetezca ir a la cárcel —lo arrastra fuera de la sala cuando ve a Abraham acercarse.
Carol los sigue con la mirada y rompe a llorar en cuanto se alejan.
Se pone en pie con ayuda de Aaron y se sienta en el sillón más cercano.
—Me quiere vender, todos sus cuidados no son más que para 'ponerme a punto', para ofrecerme a otros. Y a mi hija también —le revela. Necesita que alguien lo sepa, por si algún día desaparece.
Aaron la atrae hacia él para consolarla.
—¿Cómo he podido caer en su trampa tan fácil? He puesto a mi hija en peligro por mendigar amor —llora odiándose —. Soy la peor madre del mundo.
Se mantiene ahí entre los brazos de ese hombre intentando calmarse, pero no puede. Sigue aterrada y le suplica a Nancy que salga, la necesita, no soporta más con ese dolor.
Daryl vuelve a entrar.
—Abraham lo tiene retenido. Voy a llamar a la policía, ¿Cómo estás, mi vida?
Se agacha junto a ella y mira su rostro lloroso y ensangrentado.
—Qué hijo de puta —Acaricia su labio bajándolo suavemente para asegurarse que la sangre viene sólo de ahí y no falta ninguna pieza dental. Por suerte está todo en su sitio.
Saca tu teléfono. Sus manos aún tiemblan y su respiración sigue acelerada.
—No lo hagas, por favor —le suplica Nancy colocando su mano sobre la pantalla.
Daryl la mira interrogante.
—No conseguirás nada, Daryl, él se irá de rositas y tú no volverás a exponer en la vida.
Niega con la cabeza incrédulo.
—¿Crees que eso me importa? ¡Ha estado a punto de matarte!
—¡Y si denuncias terminará el trabajo! ¿No lo ves? Ya hemos hablado de esto antes —solloza suplicante.
—En eso tiene razón, Daryl —apoya Aaron.
La observa larga rato pensativo con el 911 marcado en el teléfono y su dedo flotando sobre este.
Quiere que se lo lleven arrestado, que su culo acabe entre rejas y Nancy esté a salvo, pero la mira, ve el terror en sus ojos y comprende que eso sería peor.
—Está bien —suspira frustrado guardando el teléfono —, pero te prohíbo volver a verlo.
Se pone en pie dispuesto a marchar con Abraham para decirle que lo deje ir sin más.
Carol frunce el ceño.
—Tú no puedes prohibirme nada, no...
—¡TE LO PROHIBO! Me da igual con quien folles, pero con él no —exclama cansado de su tozudez.
Carol niega. Teme que le forme un espectáculo la próxima noche que el coche de Eduard pase a recogerla.
—Tengo que ir con él, Daryl, él...
—¡ÉL TE PAGA 5000$, YA LO SÉ! ¡NO VAS A IR CON ÉL! —le grita como nunca antes ha hecho —. ¿Tanto te importa el dinero que no miras por tu vida? ¡TE MATARÁ EN CUANTO PUEDA! Como casi hacen en ese puto barco —añade dejando salir toda su rabia —. Eres tan avariciosa que te follarías al mismísimo demonio antes que a mí si te pagase un mísero dólar más —dice liberando ese reproche que tenía guardado en su interior —¡DINERO, DINERO Y DINERO, SÓLO PIENSAS EN...
—¡LA MATARÁ SI NO VOY CON ÉL! —interrumpe esa injusta reprimenda. Lo mira intentando contener el llanto, pero no puede —. O algo peor —murmura.
DARYL se percata de cómo tiembla, siente el terror en sus palabras.
—¿A quién matará? —pregunta bajando el tono al límite del susurro. Todos sus reproches se esfuman —¿A quién matará? —repite.
—A mi familia —corrige con rapidez. Por poco descubre su secreto. No puede bajar más la guardia con Sophia, casi la condena por fiarse de Ed, debe protegerla a toda costa.
La mira sollozar con tanto dolor que tiene que apartar la mirada para no hacerlo también. No le gusta verla así, no puede verla así. Su corazón se encoge de la misma manera que el día que su madre dejó este mundo.
Aprieta las manos en un puño, toma aire, lo deja ir y sale de allí decidido.
—Asco de ricos —gruñe.
Abraham espera reteniendo a Eduard disimuladamente. Por suerte consiguió detenerlo antes de que su jefe montase un espectáculo delante de los camareros y trabajadores del hotel que aún siguen ahí haciendo limpieza. Los escándalos públicos no dan buena imagen, y menos si hay prensa, aunque él tenga toda la razón del mundo. En eso Alexander siempre tuvo mucho cuidado, pero Daryl...
Mira como lo ha dejado. Está sangrando, amoratado, con los pómulos hinchados y la nariz rota. Se lo merece.
—Suéltalo —pide Daryl al llegar ahí —Suéltalo y déjanos solos —ordena autoritario a ver a Abraham dudar.
Él obedece y marcha al interior a ver si la señorita Nancy necesita algo.
Eduard se acomoda la chaqueta al verse liberado y mira a Daryl con altanería.
—Ella te hizo entrar en razón. Es más lista que tú, sabe lo que le conviene.
—¿Qué quieres? —pregunta en un tono frío, duro y carente de emoción —¿Qué quieres a cambio de dejarla en paz? A ella y a su familia.
Eduard se relame sus labios inflamados.
¿Por qué te importa tanto? —lo mira buscando la verdad en sus ojos —. Te gusta —ríe —Te has enamorado de una puta. No puedes ser más patético.
—¿QUÉ QUIERES? ¡DIME UNA CIFRA!
—¿Vas a endeudarte por una mujer a la que no conoces? o peor ¿Una mujer que no existe? ¿Sabes cómo se llama? ¿De dónde es? ¿Quién es esa familia? Yo sí.
—¿Vas a responder o no? —insiste manteniendo la calma.
—¿Has notado si te ha desaparecido dinero estando con ella? ¿Objetos de valor? Es una ladrona, una zorra incapaz de amar, una mentirosa, una maestra del engaño, un súcubo, una...
—Dime qué quieres o te irás sin dientes —amenaza impaciente. Quiere librarse ya de él y volver a cuidar de Nancy.
Eduard sonríe y estudia su propuesta relamiéndose en el poder que ahora mismo tiene sobre él.
—Lo quiero todo. Cada maldito céntimo que ganes vendiendo tu arte mediocre. Todos los derechos y ganancias serán mías durante el resto de tu vida.
—Hecho. No vuelvas a buscarla —y se aleja de ahí.
—Pierdes el tiempo con ella, Dixon. No es más que una puta barata que no tiene donde caerse muerta y que tarde o temprano acabará bajo tierra.
Daryl se detiene, barajando si volverse hacia él o no. Debería dejarlo pasar.
—Las putas como ella no viven muchos años —añade.
Y esa frase es la gota que colma el vaso. Se gira hacia él y lo enfrente.
—Escúchame bien: Si se hace daño, si muere, si enferma, si la atropellan, si la alcanza un rayo, si algo le pasa a ella o a su familia, cualquier cosa, por pequeña que sea, juro que te mato —amenaza con una sinceridad que él ha debido notar, porque lo mira un instante, sonríe altivo y se marcha sin decir palabra.
Daryl vuelve con Nancy.
Ella ya está vestida y sentada en un pequeño sofá de dos plazas con la mirada perdida.
Abraham le ofrece una pequeña botella de agua, y prácticamente debe ponérsela en las manos para que la agarre.
Eric también está ahí junto a Aaron.
Espera a que alguno de ellos haga contacto visual para hacerles un gesto con la cabeza para que los dejen a solas.
Aaron se detiene a su altura.
—No nos habla, está como ida, creo que habría que llamar a una ambulancia.
Daryl la mira con preocupación.
Asiente.
—Yo me encargo, id a casa, gracias.
—Estaré en el recibidor por si necesitáis algo —avisa Abraham —. Murmuró que quería agua, pero no bebe —comenta preocupado.
Daryl golpea su hombro suavemente en agradecimiento y se queda a solas con Nancy.
Se acerca lentamente, como si se aproximase a un animal salvaje al que pretende acariciar.
—Ya está, lo he dejado ir sin más, como querías —le dice suavemente para tranquilizarla.
Ella ni siquiera se mueve. Le resulta tan extraño tenerla así
—Deja que te vea.
Acaricia sus labios y limpia la sangre de ellos con ayuda del pañuelo que adorna el bolsillo de su chaqueta. El muy bestia se lo ha partido con el bofetón que le ha dado, que hasta su mano se ha quedado marcada en su mejilla.
Duele ver la rabia con la que debió golpearla.
Se maldice por no haber llegado antes, nada de eso habría pasado.
Traga saliva cuando ve su cuello. Si lo que le hizo ella en la piscina le dejó marcas, lo que le ha hecho él es otro nivel. Sus dedos están grabados en su piel, a un lado y al otro de la zona de su garganta dejando un enorme y doloroso moretón.
Tiene varios hematomas en cada brazo. Debió agarrarla con muchísima fuerza .
Se acerca a su mejilla enrojecida y la besa suavemente deseando que hasta su último golpe desaparezca.
Debió derribar la puerta directamente en cuanto vio que estaba cerrada en lugar de llamar. El grito de Ed le hizo tomar impulso, y el suave 'ayuda' que escuchó de Nancy le dio las fuerzas necesarias para derribar la puerta. Le duele el hombro, sabe que se lo ha lastimado, y cree que se ha debido romper un dedo de la mano por todos los puñetazos que dio, pero eso es la menor de sus preocupaciones.
Acaricia su brazo desnudo.
—¿Quieres hablar de ello? pregunta con cuidado. Le gustaría saber qué pasó, porqué ese tío amenaza a su familia, porqué tanto interés en ella, pero sólo si ella así lo desea, no va a empujarla a nada.
—Ey —la toma de la barbilla obligándola a mirarlo —¿Vamos al hospital?
Carol vuelve en sí al encontrarse con el rostro de Daryl que la mira preocupado.
Aprieta los labios intentando contener el llanto, pero sus lágrimas se desbordan haciendo que todo su esfuerzo sea inútil.
—Lo siento mucho, Daryl. Te he estropeado la noche —solloza —. Lo siento, de verdad, no quería...
Daryl se rompe. Verla llorar es algo completamente nuevo para él.
—No, nena ¿Qué dices? —la abraza con fuerza —Tú eres lo único bueno de esta noche —acaricia su espalda y deja que se desahogue sobre su hombro dolorido. Ella no devuelve el abrazó, sólo se deja consolar.
No es Nancy quien está derramando lágrimas, no es Nancy quien ha estado a punto de ser asesinada. Es una mujer que tiene una vida más allá de lo que haga en las noches. Sabe que tiene pareja, quizás también tenga padres, hermanos, sobrinos, o su familia sean Carol y Sophia. Él los protegerá a todos, hasta a ese hombre que tiene el honor de llamarla 'mi amor'. Aunque se pase la vida regalando los beneficios de su trabajo a otro, no le importa, todo sea por su bienestar.
Carol se aleja de él, aparte de joderle la exposición también le va a joder el traje.
—No iba a venir, no quería venir, sabía que de alguna forma u otra... —niega con la cabeza —Este no es lugar para mí.
Daryl alza la vista intentando tener sus lágrimas bajo control. No puede llorar también, tiene que ser fuerte, tiene que ser su consuelo
—Él era el único que sobraba aquí. Si lo llego a saber le habría pedido al leprechaun de la puerta que no lo dejase entrar.
La mira buscando la manera de consolarla, ya que el abrazo no ha funcionado. Sus ojos están cargados de lágrimas que se suicidan contra sus manos entrelazadas en su regazo. Todo su cuerpo tiembla, y la ve tan frágil... ¿A dónde se fue la mujer de hace unas horas?
Acaricia su mejilla intentando limpiar sus lágrimas, pero es inútil, es como poner el parabrisas del coche un día de lluvias torrenciales.
Carol se levanta y apoya la cabeza contra la pared más próxima como la niña que acaba de ser castigada. Se lo merece.
Necesita a Nancy, la quiere de vuelta, pero no quiere salir. Sus sentimientos la inundan y se desbordan en forma de lágrimas, necesita a la mujer fría sin sentimientos que guarda en su interior, pero no la encuentra, se está ahogando dentro y no consigue rescatarla.
Camina por la sala intentando calmarse, pero los sollozos e hipidos no cesan, se siente ridícula.
Daryl la mira sentado desde el sofá sin saber qué hacer. ¿Correr a abrazarla?, ¿Darle su espacio? Se decide por lo segundo viendo que ella camina lentamente parándose a observar cada rincón.
Carol pasea despacio acariciando el terciopelo de los sillones. Sillones como los de la primera casa a la que fue llevada los primeros días en ese mundo para aprender a satisfacer a los hombres. Porque claro, no valía con dejarse violar. Debía saber qué posturas usar, cómo besar, cómo seducir, cómo masturbar o hacer sexo oral, beso negro..., y no sólo a hombres, también a mujeres, sobre todo para la hora de hacer tríos, u orgías donde ninguna de las mujeres quería estar ahí, pero debían fingir que se deseaban.
Mira los cuadros pintados que adornan la sala y a su mente llega ese cuadro de El Bosco que miraba fijamente contando cada personaje que aparecía para evadirse mientras era violada. 450 hay.
Daryl respira tranquilo al notar que su llanto ha cesado, y ahora sólo pasea como un alma en pena con semblante triste por el lugar.
Observa como se acerca a un piano de cola colocado en una de las esquinas y lo acaricia con delicadeza sonriendo suavemente, hasta que con los dedos de una mano toca unas teclas al azar a su paso, o eso cree él, pero cuando agudiza el oído...
—¿Qué es? —pregunta sin pensar. Sabe que ha escuchado esa melodía antes.
Carol da un paso atrás y vuelve a acariciar las teclas repitiendo el inicio de esa melodía.
—Claro de Luna, de Beethoven —responde sin mirarle, casi sin voz, como si diese un dato sin importancia.
Daryl se percata de la suave sonrisa que vuelve a dibujar. Casi imperceptible, pero él la ve.
—¿Sabes tocar el piano?
—Algo —dice en un susurro cuando su mente viaja al pasado. A un tiempo mejor.
—Continúa —pide queriendo retener un poco más a la mujer que tiene delante, a ver si consiga que vuelva a sonreírle.
Ella se muerde el labio vacilante.
—No sé si me acuerdo —murmura.
Se sienta al piano y coloca sus manos en posición.
Sonríe para sí al tocar las primeras notas. Supone que es como montar en bici, que nunca se olvida.
—Es una composición sencilla de tocar, pero de niña no abarcaba todas las teclas con mis manos —comenta, orgullosa de lo fácil que le resulta ahora.
Daryl se pierde en lo que ve.
Sus manos apenas se mueven del lugar, sólo una pequeña elevación o inclinación. Son sus dedos los que se mueven entre teclas. Las notas están próximas unas de otras y ella incluso tiene la valentía de cerrar los ojos.
Y sonríe, sonríe de la forma más hermosa que él jamás ha visto.
Sabe que no está bien, pero saca su teléfono y la graba furtivamente queriendo guardar ese momento para él.
—¿Ibas a un conservatorio? —pregunta con necesidad.
Carol vaga por sus recuerdos y niega con la cabeza.
—Mi madre me enseñó, era pianista —se sincera sin darse cuenta —Me sentaba sobre su regazo y tocábamos juntas.
Aún puede oler su fragancia y sentir el suave tacto de sus manos guiando las suyas. Su risa, su voz dulce diciéndole 'Muy bien, mi amor' 'Pronto te saldrá' 'Inténtalo otra vez'.
Puede ver a su padre observándolas con una expresión de puro amor dibujada en su rostro. Recuerda cómo se acercaba por detrás y les hacía cosquillas, interrumpiendo esa lección de piano y llenando la casa de risas.
Los necesita tanto en su vida. Nunca tuvo tiempo de llorarlos, en menos de una semana pasó de ser una niña amada a un juguete roto para uso y disfrute de quién quisiera pagar por ello.
Se pregunta si aún hay alguien buscándola o ya la han dado por muerta, total, han pasado más de veinte años. Lo más probable es que ya no quede nadie que se preocupe por ella.
Entonces recuerda a Eduard, ese hombre que supuestamente la amaba. Él rozaba los 50 y ella tenía poco más de una década de vida ¿Cómo pudo pensar que eso era amor? Por Dios, si era mayor que su padre. Ningún hombre que pague por sexo sabe dar amor.
Su cuerpo se tensa haciendo que falle la nota, y ella vuelve en sí.
—Sólo era una niña —murmura.
Daryl arquea una ceja.
—¿Una niña, quién? —intenta comprender lo que dice.
Mira sus manos, ya no es esa niña de ocho años, ha crecido, lo hizo antes de lo que debía, le enseñaron un mundo que desconocía y le descubrieron lo que era el auténtico dolor. Aún recuerda cómo se enfadaban con ella y la golpeaban por no comprender lo que le pedían. Ni hablaba el idioma ni sabía lo que era una felación.
Recuerda cómo se aferraba a su muñeca de trapo llorando mientras la embestían con furia. Los recuerda a todos gigantes, eran hombres enormes con falos descomunales, pero sólo era su perspectiva, la perspectiva de una niña de 8 años que se orinaba encima del terror que sentía cada vez que se abría la puerta de esa sala de tortura que llamaba habitación. Recuerda cómo se acurrucaba en una esquina desnuda, en la soledad de la noche, llorando y llamando a sus padres una y otra vez como haría cualquier niño con una pesadilla, pero su pesadilla era muy real, nunca despertaba, ni lo hará.
Daryl la observa petrificada con la vista fija en las teclas, pero sin hacer movimiento alguno, como si de una muñeca de cera se tratase.
Guarda el teléfono.
—¿Ocurre algo? —pregunta preocupado.
—No puedo más —responde ella en un susurro carente de emoción y sin moverse un milímetro.
—¿A qué te refieres? —duda que hable de la sinfonía.
De nuevo sus ojos se llenan de lágrimas que resbalan por su mejilla lentamente. Aprieta los labios con fuerza y niega con la cabeza.
—¿No me lo quieres decir?
—No puedo —se quiebra, volviendo a llorar ¿Dónde mierda está Nancy?
Daryl no sabe qué hacer, siente que se está rompiendo y él no encuentra la manera de volver a juntar los pedazos. No sabe qué le hizo exactamente Eduard más allá de lo que su cuerpo muestra, pero hay algo mal con ella. No sabe si está en shock, sí debería llamar a una ambulancia o...
Decide acercarse y sentarse junto a ella en esa estrecha banqueta de piano.
—Quiero ayudarte, de verdad, pero... no sé cómo —toma su mano, tan rígida que parece que si aprieta un poco se quebrará —. ¿Qué quieres que haga?
—Sólo quiero ir a casa —solloza.
Daryl asiente. Supone que necesita el consuelo de su pareja.
—Vale, vamos, te llevo —se ofrece, pero ella niega —¿Te pido un taxi? —pregunta. Sabe que nunca ha querido desvelarle donde vive.
—Ya nadie me espera allí —llora.
A Daryl le encantaría poder meterse dentro de su cabeza.
—Intento comprenderte, cariño, pero es que no sé qué intentas decirme —dice frustrado por no comprender a ese enigma de mujer y sintiéndose imbécil por ello.
Carol gira la cabeza y mira a Daryl a los ojos.
—Sólo quiero olvidar —murmura —. No pensar —suplica por ayuda. Los recuerdos que pensaba que tenía bloqueados la están matando, le queman por dentro, duelen de una manera que sólo la existencia de Sophia hace que no haya subido hasta la última planta de ese edificio y lanzado al vacío.
Daryl se lame los labios. Quiere decirle que eso sería poner un parche, que debe enfrentarse a lo que le ocurre, pero la mira, ve su dolor tan intenso que hasta él puede sentirlo, y piensa que no merece sufrir más.
Mira a su alrededor buscando alguna manera de rescatarla de sus propios pensamientos. Recuerda cada sala de ese edificio que horas antes recorrió y... sonríe ampliamente.
—Vamos, ven, te voy a enseñar algo —le ofrece su mano, y ella la toma temblorosa poniéndose en pie junto a él.
La rodea con su brazo y la mantiene ahí mientras caminan por los pasillos del edificio. Sigue con la cabeza baja y los brazos cruzados como si tuviese frío, dejándose guiar a donde quiera que vaya a llevarla.
Daryl coloca su chaqueta sobre sus hombros. Le sorprende lo alta que es y lo pequeña que la está viendo ahora mismo.
Entran al ascensor de paredes de cristal y pulsa el botón de la cuarta planta. Este se eleva alejándolos de ese lugar cuya arquitectura es preciosa, pero ella ni siquiera está prestando atención. Tiene los ojos abiertos, pero parece no ver nada.
La puerta se abre para dejarlos en un ambiente completamente distinto.
Los colores vivos de ese lugar hacen reaccionar a Carol, que se fija como justo al inicio del pasillo hay una ardilla de cartón que le indica que el tamaño máximo para poder estar ahí es 1'30m. Alza la vista y mira a Daryl en busca de respuestas.
Daryl sonríe algo tímido.
Se agacha para pasar por la puerta y extiende la mano a Nancy para que lo siga.
Ella lo mira como si estuviese loco.
—Sobrepaso el límite de altura por cerca de 50cm —dice con suavidad.
Daryl arquea una ceja ¿Desde cuándo es tan respetuosa con las normas?
—Tienes pase vip, te follas al dueño ¿Recuerdas? —toma su mano a la fuerza y tira de ella con cuidado obligándola a entrar.
Carol mira el lugar. Es una sala infantil con una zona llena de trampolines por el suelo y paredes, al otro lado hay un rocódromo con distintos niveles, un gigantesco castillo hinchable, un parque de bolas con tobogán, una zona de recreativos, y un rincón con suelo de gomaespuma y pequeñas mesas y sillas de colores, dispuesto para hacer manualidades.
Daryl se quita los zapatos y corre a las camas elásticas. Salta y se gira en el aire para mirarla a ella, que continúa mirando a su alrededor como si temiese que alguien fuera a entrar para echarlos de allí.
—Siempre quise ir a un sitio de estos de niño, pero entre que no teníamos un duro y que nunca me invitaban a cumpleaños pues me quedé con las ganas.
Ella dibuja una suave pero triste sonrisa. Supone que es buena señal.
Extiende sus brazos invitándola a unirse.
—Vamos, nena.
Pero ella sólo lo mira, agarrada a su chaqueta, atenta a...
—¡DIOS! —se queja cuando su cabeza choca con el flexo del techo emitiendo un sonido metálico y haciendo titilar la luz.
La escucha reír. ¡Está riendo! música para sus oídos.
—¿Lo estabas viendo venir, no? —finge enfadarse, pero su sonrisa le delata. Puede ver cómo ha recuperado un poco el brillo de sus ojos, y eso le gusta.
Ella asiente lentamente.
—Por alguna razón hay un límite de altura.
Él toca su cabeza y se mira la mano esperando ver sangre.
—Exagerado.
Iba a reírse, pero Daryl sigue sentado con la cabeza agachada y gimiendo de dolor, por lo que acaba preocupándose ¿Y si realmente se ha hecho daño?
Se quita los tacones, suelta la chaqueta, y se remanga el vestido antes de entrar a la zona de trampolines.
Estaba a punto de agacharse a ayudarlo, pero...
—¡Daryl! —grita cuando cae patéticamente de culo tras el suave empujón que Daryl le da.
Él se ríe feliz de haberla engañado.
—Idiota —lo insulta mirándolo desde el suelo.
Daryl sonríe orgulloso.
—Te lo debía por reírte de mí —le ofrece su mano y ella la acepta sin dudar, por lo que cuando está en pie comienza a saltar sin soltarla.
—¡Vamos! —la anima al ver que no colabora.
—Esto es ridículo, Daryl, parecemos Pedro y Heidi —se ríe cuando la fuerza y peso de él acaban haciendo que ella se eleve también, viéndose obligada a saltar.
Daryl se muere con la forma que tiene de morderse el labio y sonreír cada vez que hacen contacto visual. Sonríe, y sus ojos brillan. Su cabello se desordena e invade su rostro de una forma extrañamente sensual.
La suelta cuando siente que ya está cómoda ahí.
—Ey, mira lo que hago —llama su atención. Y entonces salta, se sienta en el aire para rebotar sobre sus posaderas y vuelve a caer de pie.
—¡Tachán!
—Puf —menosprecia Carol —. Menuda mierda de acrobacia.
Daryl lejos de sentirse insultado se emociona al notar que la vuelve a traer junto a él, aunque sea a Nancy.
—¿Menuda mierda? A ver qué sabes hacer tú, lista.
Carol se lo piensa un poco, pero los gestos de Daryl imitando a una gallina para llamarla cobarde hacen que intente algo que años atrás aprendió.
Mira hacia arriba procurando ser más lista que él y no colocarse bajo una de las luces.
—Aprende, niño rico.
—¡No me jodas! — Exclama sorprendido al verla hacer un mortal hacia atrás a una pierna con facilidad.
Le gusta la manera en la que su vestido vuela y forma una O perfecta, sus largas piernas separadas y extendidas en un ángulo casi imposible, y su cabeza hacia abajo mirando desafiante el suelo que se encuentra medio metro bajo ella.
No llega a caer de pie y ella lanza una maldición.
Podría burlarse de ella tal y como ella hizo con él, pero tiene un plan mejor.
—Espera, voy a coger la cámara, hazlo otra vez.
Nancy resopla.
—Me duele el culo por tu culpa cuando caigo ¿Sabes? —se queja.
—¿Quién quería azotes? Pues ahora te aguantas. Hazlo otra vez, por favor —ruega cámara en mano preparado para captar el momento. No sabe qué saldrá de ahí, hay poca iluminación, puede que sea una mierda desenfocada o una obra de arte.
Carol lo mira antes de volver a intentarlo.
Salta varias veces para coger altura suficiente, y en uno de estos saltos flexiona las rodillas y se impulsa sobre una sola pierna dejando que la otra vaya hacia delante para impulsar su cuerpo hacia atrás y acabar cabeza abajo, con las piernas separadas casi en un ángulo de 180° dibujando un círculo en el aire con ayuda del vestido.
—¡Joder! —se vuelve a quejar al caer sentada de nuevo —. Por cojones que me sale.
Daryl sonríe al verla tan cabezota intentándolo una vez más.
Decide aprovechar que está entretenida para mandar un WhatsApp a Abraham para pedirle un favor.
Carol respira con dificultad tras el cuarto intento fallido.
Se queda tumbada mirando hacia el techo. De niña le salía. Aún mantiene la flexibilidad de sus años de gimnasia rítmica, pero supone que la técnica la ha perdido. Su cuerpo ha cambiado, sus caderas se han ensanchado, su pecho desarrollado, ha crecido y obviamente también pesa más.
—¿Quieres probar el tobogán? —la rescata Daryl cuando estaba a punto de volver a perderse en sus recuerdos.
Carol se apoya sobre un codo y mira hacia el parque de bolas. Parece divertido, pero tienen un problema.
—No cabemos por ahí.
Daryl frunce el ceño.
—¿Cómo que no?
Camina hacia el lugar, debe arrastrarse por un túnel, escalar una escalera acolchada y pasar por un suelo de red para llegar al segundo nivel donde está el tobogán.
La mira desde esa altura, sigue en el mismo lugar, observándolo divertida.
La plataforma cruje bajo su peso. Se sienta y mira ese túnel oscuro y estrecho de color verde por el que debe entrar. Ahora tiene dudas, pero no puede darle la razón a Nancy.
Se deja resbalar.
—Mierda —gruñe cuando sus hombros se atascan quedando sus brazos por arriba como si alguien le hubiese apuntado con un arma y le pidiese que levante las manos.
—Te lo dije —canturrea ella que se acerca a deleitarse con la escena.
Hace el recorrido sin dificultad, más allá de la que le provoca el largo del vestido.
Se muerde la mejilla cuando lo ve ahí atrapado.
—Ahora es el momento de llamar al Oompa Loompa de la puerta.
—Ya se fue ¡Tira de mí, anda! —se impacienta.
—Qué sexy, si no fuera una zona infantil aprovecharía el momento —seduce colocando sus piernas a cada lado de la cabeza de ese pobre niño rico.
Daryl la mira ahí de pie. La tela de su vestido le tapa la visión, y él se muere porque se siente en su cara, pero ella tiene razón, es una zona de niños, no es lugar para eso.
—Sácame, anda.
Ella se aleja unos metros.
—¿Qué pasaría si me voy y te dejo aquí? ¿Quién te buscaría en un parque infantil? Te morirías, y el día de la inauguración algún crío daría con tus huesos —fantasea maliciosa.
Daryl bufa.
—Eres siniestra, nena ¡Sácame ya, por favor!
Ella se ríe. Supone que ya ha esperado suficiente.
Tira de sus brazos mientras él se impulsa hacia arriba con las piernas.
—¡Cómo pesas, dios! —jadea.
Daryl sacude sus pantalones una vez que sale y se pone en pie. Su hombro le duele ahora más aún, pero no tanto como su orgullo.
La mira riéndose de él. Preciosa.
—Míranos, tú haciendo mortales y yo atascándome en un tobogán —ríe avergonzado.
—Sí, has perdido todo tu sexapil —chasques la lengua mirándolo burlona.
—¿Ah sí? —pasea la mirada por su alrededor, tiene que haber algo con lo que pueda impresionarla. Eso no puede quedar así.
Sonríe al encontrarlo.
—Ven conmigo —la invita a seguirlo.
El camino de vuelta se le hace más largo.
Pasa el suelo de red, baja las escaleras acolchadas, atraviesa el túnel y...
—¿Cómo has bajado? —se sorprende al encontrársela esperando abajo.
—El tobogán es más rápido —se ríe. Supone que es de las pocas cosas buenas que tiene el estar tan delgada.
—Ja ja —ríe sarcástico —Has tenido suerte de que no se haya atascado ese precioso culo tuyo.
Se quita la corbata y camisa y se la entrega a Nancy que lo mira interrogante.
—Con esa ropa no puedo escalar bien —se explica señalando el rocódromo.
—¿Intentas seducirme escalando una pared? Eres consciente de que está pensado para niños, ¿Verdad? —se burla.
Él no la escucha, se coloca frente al rocódromo buscando la sección del máximo nivel de dificultad.
Extiende el brazo todo lo que puede y agarra la presa que está a su alcance. Salta y agarra otra presa con su otra mano. Se guarda el grito de dolor que está a punto de dar. No es sólo el hombro, también tiene un dedo roto.
Las piernas las mantiene muertas, todo el esfuerzo lo realiza con las extremidades superiores.
Tiene que subir, aunque le duela. Absurdamente siente que debe demostrarle lo que es capaz de hacer.
Carol lo observa subir. Los músculos de su espalda ancha se tensan, así como los de sus brazos con cada tramo que avanza, e inconscientemente ella se muerde el labio sin poder quitarle el ojo de encima. Sí, la está seduciendo escalando un rocódromo infantil.
Es increíble la fuerza que tiene. Ya lo comprobó cuando vio cómo golpeaba a Ed. Su furia, su potencia, su intensidad. Podría destrozarla con un simple azote, o una bofetada, podría apretar sus senos hasta lastimarlos, podría manejarla a su antojo durante el sexo forzando su cuerpo en posiciones dolorosas sólo para él sentir más placer. Podría, pero no lo hace. Hacerle daño no entra en sus planes, más allá de lo que ella le pida. Si está herida la cura, si tiene hambre la alimenta, si tiene sueño la deja dormir, si quiere algo se lo compra, y si se rompe él la lleva a un parque infantil para repararla.
Daryl se baja y se acerca a ella para coger su ropa.
—¿Qué me dices ahora?
Intenta darle un beso, pero ella se echa hacia atrás mirándole turbada.
—¿Ocurre algo? —pregunta aun flotando sobre sus labios.
Carol se fija en sus los ojos. La mira de forma tan suave que parece que realmente la ama, pero entonces recuerda que Ed la miraba igual.
Sacude la cabeza.
—Nada, cariño, sólo me has puesto cachonda —responde Nancy dándole el beso que Carol le negó.
Daryl dibuja una media sonrisa. La desnudaría ahora mismo sí pudiera.
—¿Daryl? —llama Abraham que llega cargado con unas bolsas.
—¡Sí! ¡Aquí! —lo invita a entrar.
Abraham mira ese espacio infantil, y luego a Daryl que se abrocha la camisa. No quiere pensar en lo que han estado haciendo.
—Oh, tranquilo, sólo estábamos saltando.
—¡En horizontal! —añade Nancy que vuelve a intentar hacer el mortal.
—No le hagas caso. ¿Cuánto fue? —pide mirando el ticket —¿Te pediste algo para ti como te dije, no? Toma, te invito yo —dice entregándole el dinero.
—¿Cómo está? —susurra mirándola. Aparentemente vuelve a ser la de siempre.
Daryl se encoge de hombros.
—Ahora parece que mejor.
Se despiden con un gesto de cabeza, agarra las bolsas y las lleva a la zona de pequeñas mesas y sillas.
—¿Te apetece cenar, nena? —pregunta mirándola en el momento justo en el que el salto le sale. Ella lo mira triunfal, y él lo celebra alzando los brazos como si su equipo hubiese marcado el gol decisivo en la final del mundial —¡Esa es mi chica! —la alaba, amando como se sonroja.
—¿Has pedido comida, niño rico? —pregunta mirando el interior de la bolsa de papel con la M mayúscula dibujada —¿Otra vez un Happy Meal?
—Uno no, dos —corrige sacando el suyo —Y un Sundae de chocolate para mi reina.
—Tienes los gustos culinarios de un niño de cinco años —se burla.
—¡A qué te quito el helado! —la mira con seriedad echándose a reír cuando ella lo agarra posesiva.
Se sientan en esas minúsculas sillas.
—Somos Blancanieves en la casa de los enanitos —ríe él, que opta por sentarse mejor en el suelo.
—Hablando de Blancanieves... —Carol le muestra la figura que le tocó con su menú. A Sophia le encantará.
—A mí me ha tocado... —abre la caja y se ríe —¡Ja! Tú, me has tocado tú, mira —le muestra la figura de la princesa Mérida, con su cabello rizado pelirrojo y su vestido verde.
—Toma, llévasela a Sophia —pide entregándosela.
Carol lo mira sorprendida y la toma en su mano como un tesoro, sin entender por qué calienta tanto su corazón ese pequeño gesto.
—Gracias —dice con sinceridad.
Comen en silencio. Daryl observa las heridas de su cuerpo y recuerda el estado en el que estaba hace una hora. Cómo lloraba, como temblaba, como tenía la mirada perdida y se quedaba petrificada ¿Qué le pasaba? ¿Qué le hizo Eduard? Quiere preguntar, pero no se atreve, no le gusta verla llorar, y ahora parece tan feliz mirando esas muñecas... Le encantaría encerrarla en una urna de cristal y llevarla pegada a su pecho para que nadie le haga daño, pero eso es imposible, y lo único que puede hacer es prostituir su obra, sus fotografías, su fuente de ingresos para protegerla a ella y a quienes ella ama.
Carol mira a Daryl servir kétchup sobre sus papas fritas.
Tiene los nudillos de su mano derecha despellejados y amoratados por los puñetazos que le dio a Eduard.
Se siente tan mal por ello...
Aaron le dijo que la única razón por la que estaba invitado era porque tenía poder en ese mundo ¿Qué pasaría ahora? Duda que lo apoye tras golpearlo.
—Daryl... Gracias por salvarme la vida.
Daryl le sonríe con dulzura.
—Mil veces lo haría, nena.
—Boicoteará tu trabajo —afirma sin duda alguna.
Él se encoge de hombros.
—No importa, hay más formas de ganar dinero —dice sin inmutarse. Sabe que eso no pasará, boicotear su obra sería boicotearse él, pero que no verá un duro de su trabajo es un hecho.
Carol sabe que sus palabras no son sinceras. Claro que le importa su obra.
Quizás ella pueda convencer a Ed de que lo apoye, puede que dejando que haga con ella lo que quiera... Que tres días alternos en semana ella pase 24h allí, y cualquiera pueda violarla y él ganar dinero con ello. Eso sí, dejando al margen a Sophia. Con ella que hagan lo que quiera, pero de su niña que se olvide siquiera de mentarla.
A la noche se lo propondrá. A ver cómo la recibe, y si sale viva de esa. Tiembla de miedo.
—Me tienes que enseñar a hacer el mortal ese —pide Daryl al darse cuenta de que está volviendo a perderse en sus pensamientos.
Ella niega.
—¿No? ¿Por qué? ¿No me crees capaz?
Lo mira de arriba a abajo.
—No, eres muy ancho , y tienes poca flexibilidad. Eres un tronco básicamente.
—¿A qué te apuestas que me sale? ¡Vamos!
Carol pone los ojos en blanco y se saca la cucharilla de helado de la boca.
Cabezota.
No le salió. Y tras mil intentos han acabado tumbados en el castillo hinchable con temática marina. Nancy duerme bocarriba con una mano sobre su pecho y la otro pegada a su rostro que está ladeado hacia el lado contrario de donde está Daryl.
Él la mira, apoyado sobre su codo.
No puede dormir, se limita a observarla descansar. No para de darle vueltas a lo que Eduard le dijo.
'¿Vas a endeudarte por una mujer a la que no conoces? ¿Sabes cómo se llama? ¿De dónde es? ¿Quién es esa familia? Yo sí. ¿Has notado si te ha desaparecido dinero estando con ella? ¿Objetos de valor? Es una ladrona, una zorra incapaz de amar, una maestra del engaño, un súcubo'.
Y no le importa. Le da igual ¿Le ha robado? Puede, pero posiblemente tendría motivos de peso para ello. Después de lo que ha visto hoy siente que la mujer que hay tras Nancy no tiene la vida feliz y perfecta que pensaba.
Esa mujer es un misterio, se cierra herméticamente, y cuando alguien la abre a la fuerza o por accidente se rompe de una forma que lo único que desea es volver a cerrarla. Y cuesta, joder si le costó, aún siente que no la cerró del todo.
La única forma de traerla al exterior de forma segura es dejar que sea ella quien abra desde dentro ¿Pero cómo? Sí, a veces se deja ver, pero de forma muy fugaz. Se le escapa una sonrisa, una mirada, una caricia, unas palabras... Pero Nancy toma de nuevo rápido el control sobre ella.
Siente que necesita ayuda, pero no sabe ni por dónde empezar, si al menos conociera a alguien...
Sí, claro que conoce, nunca la ha visto peso sabe que existe, esa mujer que es casi tan esquiva como quién está tras Nancy.
—Carol —susurra para sí.
¿Pero cómo encontrarla? No sabe por dónde buscar. Puede que vaya a la iglesia, al comedor social, o... ¡El colegio! Sophia tiene que ir al colegio, y no puede haber muchos por esa zona. Sólo tendría que presentarse allí a la hora de la salida y...
Sonríe. Sí, eso hará. Sólo espera que Carol esté dispuesta a ayudarlo, y revelarle qué es lo que pasa en la vida de su amiga que tanto dolor le causa.
La mira.
—¿Nancy? —la llama para asegurarse de que aún duerme. Ella no se mueve, respira profundamente, transmitiendo la paz que desea que siempre sienta —. Te quiero, mi amor —le dice de forma clandestina, sin entender por qué, tiene que ocultar ese sentimiento tan hermoso —Te protegeré siempre, lo prometo.
Carol despierta sintiéndose descansada.
Mira a su alrededor, Daryl no está, pero su chaqueta descansa sobre ella.
Se desliza medio dormida por ese castillo hinchable que la hace tambalearse y camina hacia donde están sus zapatos.
No sabe qué hora es, no tiene reloj.
Se agacha para pasar por la pequeña puerta que la saca de ese mundo de fantasías y la lleva a la realidad.
—¡Abraham, dios, que susto! —se sobresalta al encontrárselo al otro lado —¿Y Daryl?
—Buenos días, señorita. Daryl ha ido a por el desayuno.
—Desayuno —repite somnolienta.
Agarra la muñeca de Abraham y mira la hora. Debe marcharse.
Sonríe al ver a Daryl llegar con tres vasos de café para llevar y una bolsa de papel entre los dientes.
—Buenos días, dormilona —la saluda casi inentendible.
Le entrega un café a Abraham y agarra la bolsa con la mano.
—Toma, chocolate caliente para ti —le entrega su vaso —Y... —abre la bolsa —. Donut para Abraham, otro para mí, y un croissant de chocolate para Paulette Lemaire —bromea arrancándole una preciosa sonrisa.
Carol da un pequeño sorbo al chocolate. Dios, cuanto ama ese sabor.
—Tengo que irme ya, Daryl —le recuerda.
—Lo sé, nosotros también debemos irnos de aquí. Tengo que volver a mi casa. Vamos, te acompaño a la puerta.
Caminan por los pasillos del hotel.
Carol mira todos los lugares por los que pasan: la piscina climatizada, la galería, la puerta derribada de la sala de reuniones... Siente que un trozo de ella se ha quedado ahí para siempre y no volverá nunca.
Llegan a la entrada del hotel, y Abraham se dirige hacia el coche para esperar a Daryl.
—La parada de bus está justo ahí —le señala a su izquierda, pero ella parece no oírle, mira hacia los lados asustada, como si temiese encontrarse con alguien.
—¿Ocurre algo?
Carol niega.
Mira a su alrededor buscando el coche de Eduard. Puede que esté en cualquier rincón acechando, esperando a que Daryl se vaya para asaltarla.
—Daryl... ¿Me podrías llevar al salón de Eric? —pide sin estar del todo segura de lo que acaba de hacer.
—Claro —acepta feliz de pasar más tiempo con ella. Aunque sabe el porqué: Teme encontrarse con Eduard. Se lo nota en la mirada.
Recorren las calles de Nueva York en el lujoso coche tomando tranquilamente el desayuno sin hablar de nada.
Ella no para de mirar hacia atrás, atenta a los coches que van tras ellos.
A Daryl le gustaría decirle que se tranquilice, que Ed no volverá a molestarla, pero calla, sabe que le hará preguntas y se enfadará con él si se entera del trato que hizo. Prefiere callar y llevarse a la tumba ese secreto.
Entran al fastuoso salón de Eric, donde también se encuentra Aaron.
Ambos están adecentado el lugar.
—Buenos días —saludan ambos hombres al unísono.
—Os devuelvo esto —señala Nancy su vestido —. No he follado con él, pero he hecho cosas que no creeríais, por lo que lo mejor será que lo llevéis a lavar —recomienda —. Y por dios, dadme el desmaquillante o disolvente que me quite esto ¿Cómo puede ser tan duradero? —se pasa el dedo por el ojo para demostrar que no se despinta nada.
Eric ríe divertido.
—Mis materiales son de muy buena calidad. Venga, vamos a devolverte a tu estado natural —se la lleva al interior dejando a Aaron y Daryl a solas.
—¿Qué tal está? —pregunta Aaron preocupado.
Daryl se encoge de hombros.
—De las heridas físicas bien, se recuperará, de las de su mente no lo sé. A veces parece que está bien, que está como siempre, y otras veo que se vuelve a ir. No sé cómo explicarlo, es como cuando estás muy concentrado pensando en algo que ni te das cuenta de que te hablan, pero peor, suelta frases sin sentido y es un mar de lágrimas. No sé qué le hizo o dijo Eduard, pero la dejó rota. No sabes el tiempo que estuvimos en esa sala hasta que más o menos se calmó.
Aaron lo escucha mordiéndose la lengua. Se muere por decirle lo que sabe, pero teme que eso haga que ella huya de ahí, tal y como amenazó y ya no haya forma humana de ayudarla.
Carol se mira al espejo con su ropa de diario: Un viejo pantalón de chándal negro, una sudadera ancha celeste y unas zapatillas deportivas desgastadas.
Así la verá ahora Daryl, con sus pintas de pordiosera, porque ella ha sido tan estúpida de permitir que la acompañe dentro. Podría haberle dicho que se fuera, que la dejasen en la puerta y se largasen, pero no, está con la guardia tan baja que acaba de cometer otro error en su vida.
Podría haberse llevado su vestido rojo en el bolso y salir de allí con él, total, tiene que pasar por El Santuario a dejar el dinero antes de ir a casa, pero hasta en eso se despistó.
Estudia su rostro sin maquillaje.
Su labio luce un poco hinchado y se puede ver el pequeño corte por el que brotó sangre, su mejilla tiene un enorme moretón en el pómulo por la bofetada, y su cuello está lleno de hematomas. Cuando llegue al Santuario los cubrirá tras ducharse. Sophia no puede ver eso.
Por un lado, que Daryl la vea así le compensa, sin arreglar pierde mucho y él perderá el interés en ella y así ninguno de los dos saldrá lastimado.
—Nancy tiene una amiga —comenta Daryl a Aaron —. Voy a intentar contactar con ella a ver si...
—Me voy, gracias por todo —interrumpe Carol la conversación abrazando a Aaron apresuradamente. Tiene prisa.
Daryl la mira, y se olvida de donde está ahora mismo. El mundo se detiene, pero no de la manera que otras veces hizo, esta vez es distinto. No recuerda ni quien es él. Su mente acaba de quedarse en blanco y su sangre ha ido toda a parar a algún lugar de su estómago haciéndolo revolotear de una manera completamente desconocida.
No sabe quién es esa mujer, pero es preciosa. Ni Nancy con su sensualidad ni Paulette con su elegancia han conseguido que sienta lo que él está experimentando ahora mismo.
Su rostro es tan hermoso...
—Daryl, que me voy, ¿Me oyes? —chasquea los dedos frente a sus narices intentando sacarlo de su trance.
La mira sin pestañear, con la boca abierta y los ojos casi saliéndose de su cuenca.
Supone que se habrá llevado la desilusión de su vida, mejor así.
—Adiós, señor Dixon, gracias por todo. —se despide escuetamente sin saber si volverá a buscarla, aunque sean para esos cinco minutos de charla mientras espera que Ed la recoja, está claro que no le gusta lo que ve.
Toma aire y sale de allí preguntándose si esas serán sus últimas horas en la tierra. No sabe qué esperar de Eduard esa noche.
¡Hola! Pues aquí está lo que quedaba del capítulo anterior. Espero que os haya gustado ^^
Mucha angustia, lo sé, pero necesaria para Carol. Angustia que seguirá en el próximo capítulo, pero incluyendo a Sophia.
Supongo que todas habréis notado que la amenaza de Daryl a Ed es casi la misma que la que le dice en la temporada 7.
El cuadro de El Bosco al que se refiere Carol es El jardín de las delicias.
Recomiendo leer la parte en la que toca el piano escuchando esa misma sinfonía.
Sé que habréis amado mucho a Daryl en este capítulo, y si odiabais a Carol por los dos capítulos anteriores en este se lo habréis perdonado todo.
Gracias por leer.
