Disclaimer: Todo lo que puedan reconocer, lamentablemente no es mío (sería rica o pasarían cosas muy diferentes).
Capítulo 4
A dos días de la cena con sus amigas, la sugerencia de exorcismo seguía rondando en cabeza de Kotoko, tomando mayor atractivo conforme pasaban los minutos de considerarla. Entre ratos libres regresaba a su mente y se volvía una opción factible para despejar su cuerpo de aquel hombre, que como primer amor conjugaría su iniciación en los besos y en el sexo, hechos bastante habituales para muchas mujeres.
Y podría decir que su primer novio no habría sido su primer todo.
Casi en su salida del viernes, convencida, se sentía excitada ante la perspectiva de acostarse con Irie-kun, más que nada para finalmente experimentar de lo que otras hablaban. Llevaba tiempo curiosa de lo que sus tres mejores amigas ya habían vivido, porque en el fondo se sentía excluida gracias al desconocimiento, si bien raras veces se mencionaba el tema. Así también, sentía que él le debía algo por ilusionarla unos instantes de su vida y resultaba ser el único por el que había sentido algo (que podía servir de aliciente a su cuerpo).
No sería para tanto en lo que él respectaba, los hombres aceptaban de buen talante la ocasión para acostarse sin ataduras. Cuando menos así lo había leído.
Y no tenía novia, según los rumores, por lo que ella no debía preocuparse en ese aspecto.
Su dilema era el cómo planteárselo a Irie-kun. No podía simplemente llegar a su oficina y externar su intención, o mandarle un mensaje en el número que le había proporcionado en su comienzo en la empresa.
Probablemente tendría que averiguar su dirección con su hermano, o aguardar por él en la noche para hacerle la invitación.
Optaba por lo primero al abordar el ascensor con sus compañeros, para darse cuenta que había olvidado el teléfono, tras rebuscar en su bolso. Les deseó buen fin de semana al bajarse en medio camino y esperar para meterse a otra cabina.
—¿Otra vez tarde?
Su teléfono cayó de sus manos al oír la pregunta de Irie-kun, sorprendida en su ensimismamiento de redactar un mensaje para Yuuki-kun. Con el corazón acelerado, se arrodilló para recuperar su móvil de la alfombra. Soltó un suspiro de alivio al verlo intacto.
Limpió polvillo invisible de las rodillas inmaculadas de su pantalón negro, pensando que era una señal del destino que él apareciera, antes de encararlo.
Sus ojos violáceos lucían ligeramente chispeantes de humor, aunque esa vez ella no se sintió muy irritada por su actitud, habiéndose enfrentado a semanas tranquilas en su presencia. No la corregía innecesariamente, sino aprobaba su desempeño y podía apostar que respetaba lo que hacía, o disimulaba muy bien el que menospreciase su aportación al trabajo; parecía que había madurado o ella ya había superado su animadversión del primer día, en el que admitía haber estado puntillosa por los acontecimientos.
Incluso asumía haberse dado demasiada importancia para él.
—Estoy lista para irme —replicó, reparando que llevaba mucho tiempo en silencio.
—Podría jurar que te vi con los demás —musitó Irie-kun con una sonrisa de lado, incitándola a externar su olvido, lo cual no haría para no someterse.
Eso no significaba que había aprendido a mentir, era transparente y negarlo le dejaría peor. No obstante, continuaría la plática para sacar a colación su propósito con él.
Le pesó durante unos segundos, porque era igual a emplear una estratagema, o algo así.
—Debería seguir nuestro ejemplo.
—Cuando estemos a solas, puedes tutearme, nuestras familias son cercanas. —Apenas perceptiblemente él arrugó la nariz, y no lo habría notado sin la subrepticia advertencia en sus ojos.
Asintió. De hecho, haría menos incómodo lo que pretendía que ocurriera.
—Y… en efecto, voy de salida.
Descubrió anonadada que era la primera vez que lo veía titubear, o eso recordaba.
—Qué bueno, llamo al elevador —se apresuró a responder, dubitativa de la elección de palabras correcta para un efímero semi idilio. Prontamente se dirigió a la salida, donde él se le unió a los pocos segundos, como único acompañante.
Abordaron juntos la cabina y en el espejo descubrió que su aspecto no era el más tentador de todos. Su coleta levemente suelta dejaba escapar hebras de cabello desordenadas, su brillo labial había desaparecido y sus ropas ejecutivas no eran sensuales, pues la blusa ocultaba todo rastro de su delgadez y medianos senos.
Se le ocurrió que él pensaría que impulsivamente había regresado para encontrarlo a solas. No lejos de la verdad, aunque al menos le tomaría desprevenido por su falta de atractivo visual.
—¿Tú te acostarías conmigo? —formuló antes de reflexionarlo, ocurriéndosele de repente la forma de abordar el acto.
El espejo le regaló su reacción sin precedentes ni camuflajes. Sus ojos y boca se abrieron como platos, y su dueño se giró a mirarla en un relampagueo, exudando su conmoción en cada parte visible de su piel.
La gracia por observarlo y el triunfo de desconcertarlo le robó el sentimiento de vergüenza por su propio actuar. Era increíble haber vivido para causarle tal estupor.
—¿Qué…?
—¿Te acostarías conmigo, así como me veo?
Él debía estar pensando que era una pregunta retórica, o más cosas, no sabía la forma en que se movía su mente de genio.
Se sentía afortunada de no haber tenido una respuesta cortante como la última vez que lo había abordado. Pero entonces no era ahora, que le dolería el ego de no parecerle deseable, al corazón por no ser querida.
Podría recomponerse, porque había podido ser inesperada para él.
No apartó la mirada de sus ojos, los cuales cambiaron su asombro para observarla de una manera que no sabría definir, pero que la intrigaron en la misma medida que provocaron apretones en su estómago. Su corazón se ralentizaba en la espera de un veredicto, incapaz de pensar más allá para no distraerse.
El silencio se alargó hasta que llegaron al vestíbulo, cuando con el timbre le quedó claro que no le atraía en lo absoluto, haciendo aparente que los hombres no podían ser animados fácilmente con el sexo, y dando respaldo a su rechazo de años atrás. Fue extraño, pese a que no tenía la intensidad de antes, sintió un peso en su pecho por el impacto.
—Puedo demostrártelo. —Escuchó al poner un pie en el exterior.
Esta vez él no la dejaba ir.
Lentamente se giró, oyendo el atronador sonido de su corazón, por algún motivo loco con el curso que tomaban las cosas.
—Ven conmigo.
Irie-kun no le dio tiempo de fijarse en su rostro o en algo más, ni para detenerse a reclamarse por dejarlo dominar la situación. Callada, lo siguió unos cuantos metros, descubriendo que él vivía en un edificio cercano a las instalaciones de Pandai, un hecho bastante triste y envidiable.
Al dirigirse al apartamento de él, su cara estaba inmutable, pero vio que sus ojos refulgían de un calor que le causó escalofríos a su columna. Le agradó que al llegar a su destino no se detuviera a investigar si reconsideraba la situación, porque ella se dedicaría a pensar que le hacía falta un aseo adecuado antes de lo que iban a hacer.
Cuando se quitó los zapatos, él la pegó a su cuerpo, acortando la distancia para unir sus labios. Fue mejor que la primera vez, haciendo saltar chispas entre ambos y miles de descargas en cada poro de su piel, bajo la que hubo una celebración cuando se encaminaron a una habitación particular, convenientemente ocupada por una amplia cama.
Sus ropas superiores desaparecieron con premura, pero sus prendas íntimas se mantuvieron en su lugar al recostarse en el lecho. Solo con su instinto, acarició el cuerpo de él, maravillada de su figura caliente y las sensaciones que estaba provocando en ella los toques que compartían, porque Irie-kun estaba regalando caricias en diversas partes suyas.
Después su boca se desvió de la suya, abarcando su rostro con menos ímpetu que antes, tornando la situación frenética a una sensual, alimentando sibilinamente su placer. En su pierna notó la presión de su pene hinchado, transmitiendo el ansía que le daba.
Cambiándose el rumbo hacia su oído, Kotoko apoyó sus codos sobre el colchón y se arqueó, dándole acceso a su cuello. Él comenzó a dejar un reguero de besos en su mandíbula, que descendieron hacia su garganta, y luego lentamente lamió el punto donde su pulso latía desbocado, hasta en forma de juego raspar su carne con sus dientes, como si quisiera devorarla.
Sus manos se colaron por debajo de ella y lo sintió liberar la tensión de sus pechos, listos para ser colmados de atenciones.
Los índices de él delinearon sus brazos mientras le desprendía del sujetador y en sus ojos violáceos observó el deleite que le otorgaba la tarea, igual que la visión de sus pezones erectos… que no tardó en saborear.
Ella apretó las sábanas con sus dedos y fue perdiéndose en las acciones de él, escalando el olvido al tenerlo chupando sus senos y explorando hasta su entrepierna, en algún momento liberada de la tela protectora.
Sus terminaciones palpitantes e inflamadas concentraron los siguientes movimientos de él, haciendo que el calor y la presión de ella fueran lo único en su mente. Su boca admitió sin cesar el agrado de su constante roce, jadeando más sonora cuando ligeros pellizcos abordaban su clítoris estimulado, efectiva caricia para acercarla al borde.
No disimuló cuando llegó la explosión.
Se perdió durante unos instantes, disfrutando del inmenso placer que acababa de obtener y que peligrosamente podía volverla adicta. Su cuerpo se hallaba en un estado máximo, vibrando de gozo por dentro y disfrutando poco a poco de los remanentes de ese shock eléctrico.
Al enfocarse de nuevo, descubrió a Irie-kun acercándose a la cama con un preservativo cerrado, luciendo su erección libremente.
Kotoko abrió los ojos por los minutos de pérdida y cogió su mano antes de que rasgara la envoltura metálica, queriendo sentir lo que escondido había palpitado en ella. Al ser de proporción mayor a ella, evidentemente su pene lo era… y quizás incomodaría ese inicio.
—No estoy apto para nada más —se sinceró él, sorprendiéndola en el acto de tocar la punta humedecida de su virilidad.
Asintió enmudecida, ciegamente acariciando la tierna pero dura piel masculina, atrapada en la mirada de él al abrir el condón, donde se adivinaba la turbación del momento presente, que llamaba a una próxima culminación.
Ambos dejaron de mirarse para observar el momento en que el látex se unía a su encuentro, tras el que Irie-kun se precipitó sobre ella para besarla de nuevo antes de dirigir su atención a lo siguiente.
La penetración no fue la peor sensación del mundo, pero tampoco la mejor. Lo sintió, diría en realidad, tensándose involuntariamente.
Se pasmó por dentro al comenzar a sentir caricias suyas en su cadera y cintura, provistas por su mano, toda vez que su nariz se deslizaba suavemente por su cuello, disimulando fugitivos besos de su boca.
Lo que vino a continuación fue grato, hubo mayor gusto de su parte en el paquete completo de las acometidas y los mimos en su cuerpo, y al final de ello se aferró a su compañero, conmovida por el instante compartido.
No se movió hasta que la relajación creció y empezó a notar la quemazón de sus miembros poco utilizados, advirtiéndole que podría quedarse dormida.
…y despertar con él le haría tener ilusiones como en el pasado.
Un pánico por la perspectiva la accionó y él lo debió percibir porque abandonó su cuerpo. Al enfocarse él en el condón empleado, ella procedió a levantarse de la cama.
Se apuró en encontrar una de sus prendas de vestir y brincó al sentirse sujetada de la muñeca.
—No vas a irte.
Su mente curiosamente la trasladó a años atrás, a una zona oscura ocupada solo por los dos.
"Te lo mereces", recordó furiosamente.
Él la soltó asombrado y Kotoko se dio cuenta que había hablado en voz alta. Atónita ella misma, aprovechó que estaba estupefacto para vestirse rápidamente y huir.
Fue cuando el aire le golpeó la cara que recuperó la cordura olvidada los últimos días y recordó que él era su jefe.
Naoki no había querido que ella buscara una segunda opinión. Y también se había sujetado a la oportunidad de una relación sexual con Kotoko, su primera —ahora sabía también de ella—, sin usar la lógica y considerar todos los factores subyacentes.
El resultado era ese, rugía con furia en su cabeza, aminorando la emoción que le había proporcionado acostarse con ella. La había tenido entre sus brazos y encontrado el momento de mostrarle que la apreciaba y ahora empezaba a dominarlo el enfado.
Pero no sabía si estaba enojado con ella, consigo mismo… o con las múltiples posibilidades que sugería el término de esa noche.
La más importante de ellas, el poder haberla perdido para siempre.
NA: Interesante suceso, ja,ja.
Kotoko ha sido una chica mala, pero algo de su impulsividad y ocasional egoísmo tenía que suceder XD.
Besos, Karo.
