Aimeé
Aimeé estaba teniendo problemas para mantenerse en la residencia que rentaban en Almería. Su madre en compañía de su prometido acudían diariamente a ver el estado de su hermana, dejándola atrás y quizás su molestia no habría sido la misma, de haber ignorado que Juan también había acudido diariamente a ver a Mónica.
"No sabía que se hubieran vuelto tan cercanos"
Las noticias de la gravedad de esta habían llegado cuando se encontraran de camino a España, y Don Noel se había tomado la molestia de telegrafiar al puerto de Málaga informándoles del mal estado de salud de Mónica.
Todo había empeorado al tratar de moverse entre las ciudades. Al arribar a puerto, habían restricciones muy duras para la movilización de las personas que llegaban a España y solo una vez se comprobó que ninguno tenía síntomas se les permitió viajar, siempre y cuando fueran ellos quienes cubrieran la operatividad del viaje. Y nuevamente, como había ocurrido durante todo el compromiso, Gustavo se había adelantado sorprendiéndola y asegurado que podría guiar el carruaje que los llevaría a su destino. Lo usual habría sido ir en tren, pero para ello deberían esperar casi una semana más y su madre se negó en redondo.
Así habían llegado hace cuatro días a Almería y sin detenerse acudieron al convento a saber de su hermana. Mayúscula fue su sorpresa cuando al entrar se topó frente a frente con Juan, quién llevaba en sus manos algo parecido a una manta.
Él también estaba sorprendido, al punto de quedar boquiabierto.
― ¡Juan! ― exclamó su madre al verlo ― ¡usted acá! ¿Está aquí por mi Mónica? ― Juan no le quitó la vista de encima y lo vio boquear un par de veces para luego asentir.
Fue el quién cortó las miradas de ambos y se giró hacia su madre para su alivio, sentía que había sido demasiado evidente, sentía que todos les observaban y, al mismo tiempo, que ambos estaban a solas en aquél lugar y que su sorpresa no solo estaba pintada por lo repentino de su presencia, sino que además por la añoranza y los sentimientos que habían compartido ambos.
― Así es doña Catalina ― solo entonces pareció actuar con tranquilidad al asentirle a ella y a su prometido a modo de saludo ― Andrés me pidió venir, le llegó una carta hace un par de semanas informándole del mal estado de la señorita Mónica, solo que él también enfermó de gravedad y no pudo venir.
― ¡Ay! ¡Esta plaga! ― dijo su madre.
―Ha sido una odisea el tratar de llegar hasta acá ― Juan asintió a su prometido y Gustavo le dio a ella una mirada llena de resignación.
― ¿Y sabe usted donde está mi hija? ― preguntó su madre.
― Ahora está en el hospital ― dijo Juan guiándoles hacia la salida del convento ― le dio una infección pulmonar grave, pero en cuanto se sintió mejor trató de ayudar y recayó ― su madre lanzo un dios mío y se llevó las manos al rostro ― ahora está en recuperación y la situación en la ciudad está mejorando.
―Es un alivio escuchar eso ― dijo Gustavo ― ¿no es así querida? ― sintió como le dio un suave apretón en sus manos y no perdió de vista cuándo Juan captó el gesto.
"¿Sentirá celos?"
― ¿Y cómo esta Andrés? ― preguntó ella. Solo que Juan siquiera intentó mirarla cuando contestó:
― Mucho mejor, gracias.
Fue cuando su madre se giró hacia Gustavo y les dijo:
―Hijo, por favor, ve a buscar un lugar para hospedarnos. Yo iré con Juan a ver a Mónica ― nadie le preguntó a ella que le parecía mejor y sin siquiera despedirse, su madre y Juan se alejaron de ambos.
Por su parte Gustavo no tardó en encontrar una residencia y quién los llevara a ella. Su prometido era un hombre eficiente y a Aimeé le resultaba de lo más divertido. Eran características que habían llamado su atención; además de ser físicamente diferente a todos los muchachos que conociera, incluso en Europa, Gustavo destacaba por su altura y la claridad de su cabello y sus ojos, hablaba el español con fluidez y había quedado huérfano de padres cuando tenía catorce años, lo que le entregaría una libertad al momento de casarse que no se habría esperado en su situación.
Era solo que…
"No es Juan, tampoco Andrés…"
Los hermanos Alcázar y Valle, por otro lado, quizás no tuvieran el sentido del humor de Gustavo o su estirpe, quizás sus facciones fueran menos delicadas y sus modos más agrestes, pero Juan había sido embriagante y Andrés apasionado. Y ambos coincidían en la fuerza de su carácter y en la firmeza de su temple.
"¿Aceptara Juan hablar conmigo? ¿Dónde se estaría hospedando?"
Eso había ocurrido el día en que llegaran, al atardecer Gustavo había tenido que ir por su madre para guiarla de vuelta a su momentáneo hogar, para que él posteriormente se hospedara en un hotel cercano. Cierto, aquella había sido otra característica de Gustavo; no había intentado nada con ella, ni un acercamiento inapropiado, ni un abrazo más extenso y apretado, siquiera un beso. Toda la virtuosidad caballeresca se había presentado frente a ella en los casi tres años de compromiso que llevaban y le habían provocado los peores ataques de histeria que recordara.
Todo muy bien cubierto, por su madre, desde luego. Quién, desde que ocurriera lo de las cartas a Juan y a Andrés no la dejaba sola, ni a sol, ni a sombra. Incluso cuando Mónica comenzó con esa locura de la educación.
"¿Por qué lo creían así?"
Ella se había educado con Mónica y sabía de la capacidad y, por sobre todo de su paciencia, para tratar con otros, especialmente con las niñas de los primeros grados. Además estas parecían adorarla; Mónica era organizada, empática –quizás demasiado- y atenta. Si los tiempos ya estaban cambiando ¿Qué había de malo en que ella cumpliera su sueño?
"En que yo cumpla mi sueño"
Se suponía que el suyo había sido el de ser una gran anfitriona, una señora de casa capaz de dirigir a toda la alta sociedad, en su momento, de Méxicoy Andrés había sido el llamado al elevarla a ese nivel, hasta que Juan le sacó el alma a besos en los jardines olvidados de Camporeal. Todo se había enturbiado aún más cuando ambos hermanos llegaran por ella a Almería. Andrés había sido una sorpresa, pero cuando Mónica llegó a su lado para decirle que había tenido que ocultar Juan, ella sabía que, al menos, por el lado del mayor de los Alcázar había perdido.
Finalmente Juan había mentido sobre su visita a Almería, ella había creído que por ella. Pero al recordar ese momento, con el paso de los años entendió que Juan había mentido por Andrés. Cualquier cosa que llegara a sentir por ella, se veía aplastado por la fidelidad que este mostrara hacía su hermano. Lo ocurrido en Madrid lo había confirmado y cuando Juan finalmente dejó de hablarle se le hizo claro.
Fue el orgullo lo que llevó a decir que ella no perdía nada, entre un niño y un resentido estaba mejor sola. Además la fortuna finalmente les había sonreído cuando los condes llegaran a apadrinarlas en esa temporada, lo que se había convertido en una tras otra de embriagantes jornadas con lo mejor de la sociedad europea, habían conocidos a nobles de España, Portugal, Francia, Inglaterra y Alemania. Frente a ellos los Alcázar y Valle solo eran unas personas oscuras y olvidadas de un olvidado rincón del mundo, incluso Andrés, incluso Juan, incluso su orgulloso tío Francisco.
Conocer a Gustavo había sido un alivio, un escape a todo lo que se la había impuesto durante su vida. Su prometido desde el inicio había sido abierto, sosegado y extrañamente Aimeé había podido hablar con él de lo que fuera. No tenía problemas en llevarla a las fiestas que fueran, a viajar con ella a los lugares que quisieran y era muy amoroso y atento con su madre. A veces Aimeé creía que en ella buscaba a la que había perdido cuando era un niño. Y en más de una ocasión los había sorprendido hablando de una forma tan animada, tan familiar que no podía menos que agradecerlo. Gustavo le sabía las mañas a su madre y con ellos conseguía de ella lo que quisiera; la extensión del compromiso, por ejemplo, o derechamente el llevarla a lugares que antes jamás habría aprobado, pero que Aimeé había deseado conocer.
En su momento había creído que era para que estuvieran a solas, pero en esos años Gustavo con suerte la había besado muy castamente en solo un par de ocasiones y el mayor contacto físico que habían tenido se parecía mucho a la forma en la cual presionara su mano el día en que se encontraran con Juan.
Si no fuera por la vida social que aquel compromiso le había traído, sino fuera por los viajes, los regalos, los vestidos, las joyas, las modistas y los chefs que Gustavo había puesto a su disposición. Aimeé ya habría terminado el compromiso.
"Al menos Mónica está en el lugar que quiere"
Incluso si aquello la había alejado de la sociedad.
Aimeé escuchó la campanilla de la entrada y se apresuró a esta, mientras que una de las sirvientas daba la bienvenida a su madre y a Gustavo.
― ¡Mamita! ¿Cómo te fue? ¿Cómo está Mónica? ―esta suspiró, para abanicarse el rostro y decir.
― Afortunadamente, tu hermana está mucho mejor.
― Pero su médico no quiere darle el alta aún, para evitar otra recaída ― dijo su prometido con una suave sonrisa en el rostro. Aimeé quiso preguntar si habían visto a Juan, pero se mordió la lengua.
― Me alegra escuchar eso ¿Cuándo podré ir a verla?
― ¡Ay hijita! Las visitas siguen restringidas ― dijo su madre mientras se sacaba su sombrero ― incluso a Gustavo no le permiten entrar.
―Pero habló con el doctor ¿o no? ― ambos negaron.
― Solo me referí a lo que tu madre me contó querida ― dicho esto, le dio un suave apretón en el hombro y salió del salón en obvia dirección a la cocina.
― Hoy vi a tu tío Francisco de Moscoso y a su hijo Luis ― dijo su madre ― también solo recién pudieron ir a ver a Mónica. La prometida de tu primo Francisco, también ha enfermado gravemente.
―Es como si el tiempo se hubiera detenido para todos nosotros ― Catalina negó.
―Quién imaginaría que un simple resfriado podría causar tal caos.
― ¿Alguién más fue a visitar a Mónica? ― inquirió Aimeé. Su madre la miró fijamente y solo suspiro.
―Ha sido una suerte que Juan se encontrara acá ― dijo finalmente ― él debió firmar los papeles para su reingreso al Hospital y hacer vigilia con ella. Ha sido muy gentil. Además me dijo que Andrés ya está mejor.
―Me alegro ¿eso te lo dijo hoy?
― Si y como ya estamos aquí dentro de los próximos días volverá a Madrid para ver a Andrés.
"¿Dentro de los próximos días? ¿Cuándo?"
―Me alegro que Mónica se encuentre mejor ¿crees que podría verla alguno de estos días? ―insistió y su madre la miró un par de segundos.
―Gustavo ya sabe el camino y podrá acompañarte, así yo podré descansar hijita ― dijo finalmente doña Catalina, Aimeé se levantó y le dio un beso en la frente, su madre siempre había sido una mujer cálida y eso era algo que ella agradecía enormemente.
Mónica estaba despierta cuando llegó a verla y la enfermedad era visible en su rostro, estaba más delgada y sus siempre brillantes ojos azules, habían tomado un color más oscuro y apagado, como si estuviera muy cansada.
―Luces horrible ― le dijo juguetona, a lo que su hermana sonrió débilmente ― ¿quieres que te arregle el cabello? ― Mónica asintió con suavidad y ambas se acomodaron para darle la facilidad necesaria, su cabello estaba sucio; seguramente no había podido lavárselo debido a su estado convaleciente, según sabía se le había obligado a guardar descanso y ya llevaba semanas en ese estado.
En cierto sentido se sentía aliviada, no había escapado para ella como es que años atrás en Madrid, mientras rechazaba a ambos Alcázar y Valle, Juan se había refugiado en su hermana. Aimeé estaba segura de que había sido para sacarle celos, pero al mismo tiempo sabía que era muy difícil ignorar a Mónica, no solo por su belleza sino por su profundidad. Las acciones que su hermana solía llevar a cabo estaban llenas de un idealismo que le hacia actuar con un nivel de valores que no se veía capaz de igualar.
Aimeé se sabía una mujer entretenida y culta, además de algo maliciosa y sabía usar eso para encantar a quién ella quisiera, mientras que su hermana parecía obviar sus propios encantos y la honestidad de su actuar. Aquello también resultaba atractivo para muchos hombres y estando Andrés y Juan decepcionados por sus acciones –sin justificación a su gusto- quizás este último había puesto sus ojos en Mónica.
Sin embargo, verla tan desmejorada, aunque fuera solo en apariencia le daba una superflua seguridad.
Juan y Mónica no se habían hecho cercanos, solo las extrañas circunstancias en las cuales se veía España y varias de sus ciudades, los había unido y por lo que veía en su hermana, no de una forma romántica. Aun así fue ella la primera en hablar.
― ¿Es cierto que Andrés envío a Juan a cuidarte? ― Mónica asintió.
― Según me dijo Juan, su hermano no estaba mejor que yo.
― ¿No te parece raro?
― ¿Raro?
― Si, es decir. Tú y Andrés no son cercanos ¿o sí? ― Aimeé no vio el gesto desinteresado de Mónica, solo pudo notar como es que esta se encogía de hombros para luego decir.
― Supongo que la madre superiora fue muy enfática en su carta, a esas alturas ya le había avisado a mamá a nuestro padrino y se preocupó cuando nadie le contestó.
― Ya veo ― siguieron hablando de mayores trivialidades entre ambas, algunas de las cuales incluyeron el viaje de Aimeé a San Pedro y las intenciones de su prometido de comprar una casa ahí y otra en la ciudad de México. Aimeé trató de tantear aún más el terreno, pero cada vez que sacó el tema de Juan y su hermana, Mónica se mostraba demasiado tranquila.
Aparentemente Juan la había cuidado con las mayores atenciones y sin segundas intenciones de parte de ninguno de ellos. Tenía cierta lógica ¿no?
Cuando se sintió más tranquila y vio que su hermana estaba cediendo al cansancio, se levantó y decidió retirarse. Mónica le preguntó cuándo volvería y ella le contestó que se turnaría con su mamá para verla, de esa forma podría tener más posibilidades de toparse con Juan si, como ella esperaba, este se decidía a viajar la semana siguiente.
Cuando salió del Hospital estaba hablando con su prometido y el shock que significó verlo de nuevo, hizo que el corazón quisiera salírsele del pecho.
― ¡Juan! ― exclamó ― ¡usted aquí! ― en ese momento Juan si la miró directamente y la saludo con tranquilidad; ella le extendió su mano y él la besó con propiedad, llenándola de escalofríos.
―Le decía a su prometido que vine a despedirme de su hermana, habiendo llegado usted y doña Catalina, la señorita Mónica ya no estará sola. Además también debo velar por mi hermano.
―Tiene usted razón Juan ― agregó Gustavo ― además tanto la señorita Mónica como la ciudad pareciera estar recuperándose ― Aimeé vio a su prometido mirar su reloj y exclamar ― ¡cielo santo!
― ¿Ocurre algo? ― preguntó. Gustavo la miró preocupado y luego señaló.
― Debo volver al hotel ― Aimeé sintió como es que su cabeza maquino todo en menos de un segundo.
―Está bien querido ― dijo ― Juan aquí, si no es mucha molestia claro, puede acompañarme a casa ― Gustavo siquiera la miró, solo se centró en el mayor de los Alcázar y Valle.
―Si es mucha molestia ― le dijo ― puede dejarla en un carruaje.
―No, está bien ― dijo Juan con tranquilidad― yo puedo acompañarla.
Y de la nada todos los planes de Aimeé habían coincidido maravillosamente para, por fin, después de todos esos años hablar. Gustavo, frente a ellos, cruzó la calle a toda velocidad y a mayor velocidad aún desapareció de su vista. Momento en el cual Aimeé extendió su brazo para coger el de Juan, sintió la tensión de este en sus músculos y recordó aquella vez que siendo mucho más jóvenes él le quitó el aliento a besos y como es que sus brazos le habían rodeado para fundirla con él, o esa vez en biblioteca de la casa en Madrid en donde estaba segura sus corazones se habían sincronizado.
Solo que no esperaba que él se deshiciera de su agarre con tanta tranquilidad y suavidad, como quién se quita el polvo de la ropa.
― Solo te llevaré a un carruaje, quiero despedirme de tu hermana ― aquello le golpeó con una fuerza que no pensó lo haría.
― Te estuve esperando, en San Pedro ― dijo ella.
― Eso fue tu culpa por creer que yo iría solo porque lo pides.
Aimeé tragó pesado y avanzó un paso, a diferencia de otras ocasiones Juan no retrocedió. Si antes parecía escapar de su influencia, ahora parecía que ella no le afectaba.
― Esperaba que pudiéramos hablar ― dijo intentando captar su atención.
― No sé de qué podríamos hablar, no tenemos nada en común.
― Si lo tenemos, tenemos un pasado.
― Que ya no existe ― cortó él, esta vez dando un par de pasos. Aimeé se negó a seguirlo. Ella quería hablar, quería decirle tantas cosas, tantas que siquiera sabía por dónde empezar.
― ¿Sigues guardándome rencor por lo que pasó hace años? ― vio a Juan extender el brazo y a un carruaje acercarse.
― No ― dijo finalmente ― ya no te guardo rencor Aimeé, es solo que… ya no me importas.
― ¿Qué?
― Es lógico ¿no crees? ― dijo él acercándose a la acera cuando el carruaje comenzó a detenerse ― tú lo has dicho han pasado años y no esperaras que me quedara a vestir santos por ti, tú no lo hiciste por nadie siquiera por Andrés, era hora de que todos avanzáramos ― Juan había avanzado ¿en que? y la idea que llegó a su cabeza la congeló a medio camino entre la acera y el piso de adoquín justo antes de subirse al carruaje.
― ¿De quién te has enamorado? ― preguntó con un nudo en la garganta que no sabía de donde había salido.
―De tu hermana, claramente ― Juan la agarró de la mano y con la fuerza que ella le sintiera la impulsó hacia el carruaje, sin quitarle la mirada de encima, casi burlesca le cerró la puerta de este en la cara y Aimeé lo escuchó decirle al cochero donde debía llevarla.
En tanto ella, solo se obligó a calmarse. A respirar, una y otra vez, una y otra vez.
N/A:
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Brujhah.
