Ensimismada en su teléfono revisando algunos comentarios en sus historias que subía a internet, cosas que no llegaban si Aome se esmeraba en sus promociones. Inuyasha estaba acostado en un futón que Naomi le había prestado, si bien habían vivido mucho tiempo en Inglaterra no dejaban de tener raíces niponas. El peliblanco se quedó mirando el techo mientras entre el ruido de la lluvia y el insomnio que le causaban esas continuas pesadillas ya lo empezaban a hacer pensar bien las cosas.
—Oye Aome — Inuyasha la miró de soslayo —¿Has vuelto a tener esas pesadillas?
—Sí, y cada vez las veo me recuerda a tu espada — mencionó la chica dejando su celular en el nochero —. No sé... ¡Ket!
—Yo pienso que tú y yo venimos de otra época, lo digo porque es posible que seamos la reencarnación de otras personas. Yo podría ser la reencarnación de una sacerdotisa que no recuerdo su nombre, creo yo... que se llama como tú... Kagome
—¿Pero qué tonterías estás diciendo? Eso de la reencarnación es una estupidez — Aome se cruzó de brazos —además soñé con alguien idéntico a ti y con tu mismo nombre.
—¡Ahg si yo fuera esa chica te tiraría al suelo con un "abajo"! — voceó el muchacho enojado.
—¿Con un "abajo"? Explícate
—¡Lo digo porque es posible que esos sueños sean recuerdos de vidas pasadas, piénsalo bien — Inuyasha se sentó en la cama —. Sora me contó sobre la perla de Shikon — la Higurashi asintió —, yo puedo utilizar flechas purificadoras y además... yo tengo más afinidad con el pozo devorador de huesos tan es así que soñé en Yokimura con él!
—Eso... — la hanyō estuvo procesando por un momento —significa que... si de verdad el asunto de la perla de Shikon ocurrió de verdad, yo sería la reencarnación de ese tal Inuyasha y tú...
—Yo sería la de esa tal Kagome... ¡Es un embrollo! — masculló el albino jalándose el pelo —. ¿No sería más fácil que hayamos reencarnado al revés? Es decir, la Kagome del pasado reencarne en ti y el Inuyasha del pasado en mí.
—¡Ya sé que es una mierda! ¡Keh! Ahora guarda silencio porque mi madre intenta dormir, menso.
—Iremos a dónde un amigo que sabe de estos asuntos — mencionó Inuyasha —irás conmigo.
—¡Ket! — Aome se volvió a acostar.
Los dos parecían estar enojados pero esas peleas seguirían, en cierta medida ambos se sentían bien estando juntos, ciertamente algo que sentía ella era una sensación de tranquilidad al tener al hanyō de cabellera blanca junto a ella. Inuyasha estaba feliz, por alguna razón no deseaba separarse de ella, y quizá sus almas hayan decidido intercambiar de cuerpos en esta nueva vida.
A la mañana siguiente, Naomi recibió la noticia que las clases se habían suspendido por la tormenta, Inuyasha se levantó rápidamente pero la escuchar algo en la televisión se detuvo en la puerta.
"Las clases en toda la ciudad de Tokio se han visto obligadas a suspender por daños estructurales debido al tifón Faxai" informó el periodista.
Luego de un rato la luz se cortó, pero tras unas dos horas sin energía eléctrica regresó y entre las cosas inusuales que hacía Aome como prácticamente completarse como una cachorra incluso comiendo comida para perros como si fueran papas fritas, él se sentía en casa.
—Oye Inuyasha — Sota lo llamó —. ¿Podrías ayudarme con mi tarea de matemáticas?
A Inuyasha se le escurrió el sudor por su frente hasta que Aome le pareció algo curioso ver a aquel semidemonio nervioso por unos problemas matemáticos de primaria.
—¡Ay en lo que soy más malo!
—No te sientas intimidado — Aome le dio ánimos —anímate, Inuyasha, sé que puedes — ella de terminó el paquetico de comida para perro —. Ay se acabó.
—En serio Aome tú eres rara, muy rara en el buen sentido de la palabra — afirmó el albino.
Las mejillas de la chica se tornaron de un color rosado vibrante ante ese elogio, luego ella giró su cabeza bruscamente ignorando al hanyō aun así él se fue hacia el cuarto de Sota para ayudarle con su tarea. Desde la puerta Naomi los observaba con calma especialmente a Inuyasha en su manera tan tranquila de explicar, ciertamente era una especie de hermano mayor aunque sí que era más bien un cuñado.
—Entonces sólo tengo que fijarme en los signos — Inuyasha mencionó con calma —, una operación puede quedar mala por eso.
—¿En serio? — Sota lo miró preocupado —. Cielos, es muy confuso.
—Ya luego no lo notarás — el hanyō mayor se rio en voz baja —. Ahora bien, esta operación — señaló una división de tres cifras —está mal, te quedaste a uno del resultado y no deja residuo.
Durante el resto de la mañana Inuyasha se la pasó ayudándole a Sota con su tarea de matemáticas, estaba claro que los dos se llevaban de maravilla y eso Aome no lo dejó pasar por alto, mientras terminaba sus propias cosas veía a su invitado compartir un rato su hermano y le llegaban ideas para los dibujos y varias melodías.
Se levantó de su escritorio y empezó a tocar aquella melodía que había interpretado en el bar donde Rin y Sesshomaru se encontraban, Inuyasha se acercó al piano de Hiroyuki apostado en la pared cercana a la puerta de salida y le hizo un acompañamiento. Aquella melodía combinada recordaban a dos personas en el periodo Sengoku peleando juntos, pasando tiempo de calidad, o simplemente tomando el sol juntos en la riviera de un río.
Sin haber ensayado ambos se complementaban a la perfección, ese mini recital que habían dado ellos dejó boquiabiertos a Naomi y Sota por el tremendo talento de ambos chicos. Inuyasha tocó las notas bajas del piano al momento que Aome terminó su parte de violín.
—¿Cuánto tiempo llevas tocando el piano? — inquirió la chica observando al peliblanco.
—Desde pequeño, mi madre me metió a clases de música contra mi voluntad pero realmente terminó gustándome — mencionó el muchacho —no he sido realmente dado al arte, es más, prefiero irme a un estadio y ver béisbol. O ir a entrenar tiro con arco.
—Casi no me gustan los deportes, prefiero quedarme en casa dibujando y bebiendo una malteada de vainilla — la pelinegra se sentó junto a su invitado —. Me aburren los deportes.
—Cómo sea, oye por cierto me gustaría hacer un dueto contigo en el concurso de talentos que se llevará a cabo en tres semanas — el chico sonrió ampliamente —aunque también voy a participar con mi banda.
—Suena maravilloso — Naomi le sonrió a su hija —, amor participa.
—Bueno... Kikyo y yo vamos a participar así que allí estaré — la chica le sonrió al muchacho —. Suena tentadora la idea.
(...)
Ushuaia, Argentina.
Entre el bajo tránsito de una oficina de turismo habitual en épocas dónde apenas aquella región de la mágica Tierra del Fuego se hallaba una bella mujer llamada Ayame, su cabello rojo estaba algo desarreglado por haberse quedado estudiando toda la noche para un parcial que tenía en la tarde de ese día.
—Oye te ves terrible — habló una de sus amigas llamada Abigaíl, de apodo Abi.
Abi tenía el pelo negro y largo, ojos azules y una fascinación por la observación de aves casi tanto como un fanático al fútbol apoya a su selección.
—Tomate un café, te ves terrible o vete a dormir a casa, haceme caso — dijo la pelinegra.
—Mirá, tengo que estar lista para mi examen en la noche. Ya me acostumbré a quedarme hasta tarde — murmuró Ayame sin más —además, Abi es una beca para estudiar en Japón. Así que imaginate volver a ver a todos los de mi infancia — ella se vio nostálgica —Inuyasha, Koga — añadió con un suspiro.
—¿Koga? ¿Te referís al pibe que te gustaba en la secundaria? Che ya pasaron más de cinco años y todavía seguís pensando en él — mencionó Abi —cambiá de página, Ayame.
—¡Callate! — exclamó la pelirroja —, voy a volver a Japón y vos vas a venir conmigo quieras o no.
—¿Eh? ¿Y yo por qué? — masculló la joven pelinegra —ah ya entiendo... Se acerca el puto verano y no hay quien se lo aguante.
—Tenés razón — mencionó Ayame —además quería visitar a mis abuelos ¿sabés? andá conmigo, vamos que Japón es lindo.
Durante el resto del día se la pasaron hablando normalmente, casi a las seis de la tarde a una hora antes de que comenzara el examen de Ayame, parecía estar recargada de energía. Estaba segurísima de pasar el examen para poder entrar en aquella prestigiosa universidad de Tokio. Deseaba ver a sus amigos pronto y deseaba volver a ver especialmente a aquel chico de tez morena y ojos claros que le movía el suelo: Koga.
