Gracias a todos los que me leen


Bajo el sol de la tarde Inuyasha y Aome rodaban por las calles de Tokio de vez en cuando haciendo uno que otro truco, de forma casi inesperada una bajada de escaleras con barandal se apareció frente a los dos jóvenes hanyō.

Inuyasha pedaleó más de prisa consiguiendo un salto perfecto, Aome siguió su ejemplo con la diferencia que bajó deslizando su tabla por la baranda de hierro, lo malo es que al momento de salir de allí y caer sobre la patineta, esta se rompió en dos partes desiguales.

—¡Cielos! — Aome pateó su tabla partida a la mitad —¡Ket! me quiero volver changa.

—Ya bájale dos rayas a tu berrinche — exclamó Inuyasha —. Mi hermano tiene un amigo que vende patinetas.

—¡Lo digo porque fue un regalo de mi hermana Sayuri! — ella le gruñó.

Aunque fueran más comunes sus "peleas" los dos sabían que podían confiarse el uno en el otro, Aome le dio la espalda y recogió los pedazos de la patineta aunque fueran grandes le dolía el alma saber que tras dos años de tenerla guardada en su casa no podrá volverla a usar jamás.

—¡Ya relájate, todo en esta vida tiene solución! — voceó el albino —. Te ayudo a comprarte una nueva patineta y te invito un helado y no acepto un "no" por respuesta.

—¡Ket! — ella chasqueó la lengua —, bien... te acepto el helado, canoso.

Mientras iban de camino a aquel lugar mencionado por Inuyasha pasaron por una obra de construcción y sin querer la bicicleta de aquel chico pasó por encima de una tabla con un clavo y claro se tenía que desinflar al pasar el objeto puntiagudo atravesando el caucho de la llanta.

—Vaya percance — murmuró Inuyasha sin exaltarse demasiado —, de todas formas tenemos que ir con él.

—¿Por qué estás tan tranquilo? — le preguntó la chica algo molesta.

—Por favor Aome, es simple, no había visto esa tabla — el chico levantó su bicicleta y se la puso en su hombro —. Además esto tiene solución, cambiarle la rueda y ya.

Los humos de la joven hanyō se aplacaron bastante solo con ver la sonrisa de su acompañante, quien su tranquilidad era como el océano en paz en una costa. Era verdad que eran diferentes, ella tenía temperamento explosivo que en cualquier momento entra en erupción cuál volcán activo, por su parte él se caracterizaba por su paciencia y calma que se asemejaba a un océano, aunque no ha embravecido por una tempestad la Higurashi estaba consciente de eso.

Inuyasha creyendo que la chica se le había perdido la llamó y ella se le acercó, indudablemente él simple y llanamente le tomó de la mano y continuaron caminando por la callejuela hasta llegar al taller de aquel célebre amigo del hermano del hanyō que tanto hablaba. Ese acto tan sencillo provocó en Aome un sonrojo notable en su rostro pasando de su característico tono claro en su piel a un agradable tono rosado en sus mejillas, ella bajó sus orejas en señal de vergüenza y tras ese manto de color carmín que coloreaba sus mejillas había una sonrisa traviesa en sus labios.

—Ya casi llegamos — afirmó Inuyasha.

Aome puso los ojos en blanco e Inuyasha continuó caminando al frente, ella soltó su mano y lo siguió por la acera.

Doblaron en una esquina hacia un edificio de dos plantas con una puerta de garaje abierta donde se apreciaba una tienda de bicicletas y todo tipo de medio de transporte alternativo, al fondo en un pequeño patio se encontraba la carrocería de un auto viejo desguazado con sus llantas puestas en las esquinas donde abundaba la maleza y en el centro en un andén de cemento agrietado por la erosión.

—Buenos días — saludó Inuyasha entrando en la tienda.

—Ban-Kate soluciones ¿en qué puedo colaborar? — un joven moreno de cabello negro largo atado en una trenza estaba tras el mostrador revisando su celular y al voltear su mirada descubrió a Inuyasha —. ¿Tú eres el hermano pequeño de Sesshomaru? Te ves... diferente.

—Ya lo sé, Bankotsu — el albino mencionó incómodo —, vine por dos cosas. Una patineta para mi... novia y una rueda para mi bici.

—¿Me permites ver tu skate? — pidió Bankotsu.

Ella estaba en las nubes, distante y pensativa. Por demás está decir que estaba muy sonrojada ante la forma que se dirigió a ella Inuyasha... "Su novia".

—Tierra llamando a Kagome, ¿tenemos algo en Orion? — Inuyasha pasó una mano frente a la chica.

—¡Ah! — ella reaccionó y le mostró la patineta a Bankotsu.

—¡Bonito entierro, feo el muerto! — el muchacho estaba más que sorprendido —¿Podría explicarme alguno de los dos cómo rayos uno de los modelos que Jakotsu y yo hicimos.

—Digamos que hubo un pequeño accidente... — Aome se explicó —iba a hacer un salto y terminé cayéndole encima y partiéndola a la mitad.

Bankotsu la miró con enfado y suspiró con pesadez optando más bien por deshacerse de los pedazos en la basura, inmediatamente Aome los recogió y siguió al dueño de la tienda por el pasillo esquivando las ruedas de bicicleta colgadas del techo.

—¿Por qué la tiraste? ¿No tendrá arreglo?

—Le caíste encima, es una tabla rota y ya no funciona — Bankotsu acomodó unos zapatos para skaters en la repisa —, no hay manera que una cosa como tu patineta pueda repararse.

Aome estaba al borde de las lágrimas, entonces Inuyasha la notó y sintió que su aroma había cambiado ligeramente; se acercó a la chica y la tomó por el antebrazo poniéndola a un lado para luego encarar a Bankotsu.

—¡Bankotsu! — exclamó Inuyasha —. ¿No entiendes que es una pieza valiosa para ella? Una skate nueva no tendría el mismo valor sentimental que esta — le mostró los pedazos —, no sé si haya una manera de repararla pero conozco bien a Aome y lo que le gusta. No me gusta verla triste.

—¡Vaya! Así que no mentías al decir que era tu novia — Bankotsu sonrió burlesco enfadando a Inuyasha.

—¿Y qué si lo es? — él voceó y luego sonrió —¿O me vas a decir que no has salido del closet?

—¡A mí me gustan las mujeres! — Bankotsu se mostró enfadado a más no poder y luego suspiró —, eres como un Sesshomaru, maldición... tú y tu humor negro, los dos son unos malditos hijos de perra cuando se lo proponen. El que sabe sobre eso es Jakotsu.

Victorioso sonrió Inuyasha al ver que el destino le reservaba, la esperanza de que la patineta de Aome pudiera ser reparada se había instalado en ella a vivir, aunque el sinsabor de haberla roto siguiera atormentando a la joven hanyō se sentía aliviada por las palabras que salieron de la boca de su acompañante.