Amanecía en Medellín, Colombia y Kagura se alistaba para ir a trabajar ella era profesora de educación física en un colegio de la ciudad de la eterna primavera y al haberse criado en las zonas montañosas de aquel país sudamericano le permitía sentirse en calma con el caos de la gran ciudad.
Casi a las seis y media de la mañana llegó al colegio vestida con un conjunto deportivo morado, en sus audífonos resonaba el potente sonido de la agrupación Queen mientras se dirigía a la sala de profesores a calificar varios trabajos de investigación.
—¡Q'hubo, Kagura! — el profesor de matemáticas, Francisco Pacheco, entró como siempre alegre —. ¿Escuchando rock?
—Ajá... Me llamaron a las dos de la mañana pa' pedirme un favor, un conocido de Japón... yo no sé cómo se enteró que yo tengo una colección grandísima de acetatos — mencionó la mujer —. ¿Y usted ya desayunó? Venga cuénteme cómo le fue por allá en el Eje Cafetero, Pacho.
—¡No, si viera! Hubo un trancón ni el verraco, casi que no entramos a Salento — Pacho se sentó junto a ella —, eso fue lo único malo y ya después nos fuimos a ver el valle del Cocora.
—¿Y tomó fotos o me trajo aunque sea un llaverito? — Kagura se rio.
—Oigan a esta, claro que le traje algo — el hombre sacó de su morral una libra de café de origen.
—Ay qué bonito, Pacho muchísimas gracias.
El timbre para ir a clases sonó y los dos maestros se separaron para ir a dictar sus respectivas materias, Kagura pudo poner a todos a hacer el test de Cooper mientras investigaba qué banda podría ser de ayuda a Sesshomaru. Los doce minutos del extenuante test físico culminaron con los muchachos casi "colgando los tenis".
—Profe — llamó un estudiante de octavo grado —, el profe Francisco la necesita.
—Bueno, ya voy. Deme un momentico — pidió la mujer de ojos rojos.
Finalmente cuando terminó la hora de educación física Kagura se fue al salón donde estaba Francisco, allí ella de encontró con una sorpresa pues aquel hombre de cabello lacio voluminoso sujetaba con delicadeza un CD en su estuche original.
—Pacho — llamó Kagura.
—Tenga, le regalo esto, su cumpleaños fue hace poquito así que le compré este CD para su cumpleaños — el hombre le sonrió.
—Aay que bonito — la mujer sonrió ampliamente —. Kraken IV piel de cobre — leyó en la portada —. Oiga este era el único que me faltaba en la colección de Kraken... Espere, ¡Claro! Le voy a enviar toda la discografía a mi conocido en Japón. ¡Ja, ja! Gracias.
(...)
Cuando la mañana llegó al país del sol naciente Sayuri y Joakim se encontraban en la misma escena del incendio, ella olfateaba mientras el hombre movía sus dos orejas de considerable tamaño en busca de alguna pista que les llevara al que quemó esa casa.
—Hay un olor diferente aquí — Sayuri habló seriamente.
—Mira esto — Joakim dejó caer agua sobre las cenizas de la casa la cual hirvió de inmediato —. Ahí hay algo.
Cómo si se tratara de un perro, Sayuri escarbó hasta llegar al fondo de los escombros de aquella casa hecha cenizas y hollín, allí descubrió algo raro: un insecto de un tamaño desproporcionado que casi cabía en la palma de la mano de la joven.
—¿Un insecto? — preguntó Sayuri.
—Nikola es el que sabe de esos animales — mencionó el mayor —, lo llamaré. Todo esto me huele a rata... la marioneta que hallamos hace una semana, los asesinatos, Whitesnake apareciendo en esta época.
—Debe haber alguien que esté matando gente para llamar la atención — murmuró la joven —, maldición necesitamos más pistas. Debe haber algo que nos dé un indicio.
Joakim buscó en todo el entorno algo, miraba los muros, algunas casas aledañas y cualquier lugar, finalmente no se dió por vencido hasta que en un poste de luz notó una cámara de seguridad, luego vio otra en una casa y finalmente una tercera en un garaje.
—Hablemos con quién sea dueño de esas cámaras — el hombre señaló las cámaras de seguridad —, si no me equivoco es posible que hayan grabado...
—Es cierto — exclamó Sayuri —eres un genio, querido.
El mayor se sonrojó notablemente al recibir ese cumplido, solamente esbozó una sonrisa a su compañera momentáneamente ella de inmediato giró su cabeza notoriamente al sentirse observada por Joakim. Joakim se levantó del lugar y le ofreció su mano a Sayuri para que pudiera levantarse del suelo, pensaba en una manera con la cual poder sacar esa tensión que conllevaba el caso de los asesinatos en la ciudad. Los dos caminaron por las calles sin mencionar una palabra aunque se sentían cómodos con la compañía del otro, el olfato del hombre extranjero se puso en marcha al pasar por en frente de un almacén cerrado con una puerta levadiza; Joakim se detuvo y Sayuri siguió su camino un par de pasos hasta dejar de notar la presencia de su acompañante.
—Huele a gasolina detrás de esa puerta de ese garaje — murmuró el hombre.
—¿No será que un auto tiene una fuga? — cuestionó la chica.
—Lo dudo mucho — el extranjero se tronó las manos —, vamos a investigar.
La puerta fue abierta con aparente normalidad, algo extraño para Joakim, su suspicacia parecía haberle hecho una mala pasada cuando vio un auto allí sin embargo al dar un paso adelante chocó con un hilo de nylon casi imperceptible a la vista de cualquiera, luego el sonido de algo activándose como una bomba lo hizo retroceder.
Gran error.
Segundos después todo el garaje explotó el mil pedazos arrojando a los dos investigadores contra el pavimento de la calle de aquel vecindario, en esos momentos los dos hanyōs agradecían tener esa naturaleza híbrida pues gracias a ella pudieron sobrevivir.
—¿Qué demonios? — masculló el hanyō y vio hacia arriba una extraña serpiente roja —. Un ayakashi o un youkai...
Sacó su arma y disparó varias veces destruyendo la criatura sin dejar rastro alguno, caminó un poco y dio un salto posándose sobre lo que quedó del tejado de aquel almacén hallando un trozo de tela con flamas bordadas con hilos rojos y amarillos, aquello parecía ser lo único que sobrevivió a aquella explosión.
—Oye Sayuri — habló el hombre —tenemos un indicio — saltó y se puso frente a ella mostrando ese trozo de tela —. Tiene un olor particular.
—Huele a cera para velas — mencionó ella al verlo confundido —. O sea parafina.
—Sí, es verdad... sea quién sea el dueño de esto que parece un haori nos dio una pista muy importante para acabar con este caso — Joakim mencionó con un ademán de alegría —ahora sabemos que hay alguien detrás de todo esto. Puede que sean Onmyojis como lo dijiste en la morgue hace una semana.
—Le diré a los chicos — Sayuri texteó en su teléfono un mensaje a Nikola y Raquel —listo ya les dije.
—Eres rápida — comentó el hombre.
—Ya sabes cómo soy — ella le guiñó el ojo.
A Joakim un color carmín coloreó sus mejillas de un hombre blanco balcánico, una chica asiática con genes británicos le hizo sentirse feliz tras venir de un complicado pasado de una persona testigo fiel de los horrores de una guerra civil.
Al otro lado de la ciudad, más específicamente en el aeropuerto internacional de Tokio una persona de unos veintidós años más o menos llegaba a la terminal aérea aquella persona se quitó la capucha que cubría su cabeza dejando ver a una hermosa chica de cabellera roja sujeta en dos coletas, ojos verdes cubiertos por grandes gafas de sol.
—¡Movete de prisa, Abi! ¡Hay que buscar un hotel! — exclamó la mujer.
—Ayame relajate — respondió Abi —, pará el carro, che.
Las dos mujeres escandalosas se subieron a un taxi para ir a buscar el hotel donde han de tomar para ir a su hotel.
