El celular de Aome vibró y sonó con fuerza mientras ella tocaba el violín frente al espejo, dejó su violín sobre la cama y tomó su celular donde estaba un número desconocido en la pantalla. Arqueó una ceja y contestó el teléfono.

—Hola Kagome, soy yo Kikyo — dijo la voz al otro lado de la línea —, ¿te molestaría mucho mandarme tu ubicación?

—Claro — Aome solamente respondió con calma —¿Podrías decirme quién te dió mi número de teléfono?

—Fue Inuyasha — mencionó la chica.

Cautelosa como ella sola, Aome colgó el celular y le envió la ubicación a Kikyo; no confiaba del todo a aquella joven aunque le haya pedido que fueran dueto en aquel dichoso concurso de talentos. Al cabo de unas horas en las que la hanyō seguía practicando con su violín cuánta canción folk de las islas británicas se le pasara por su cabeza, en lugar de cualquier canción japonesa.

Ella se sentó en la sala con su violín intentando sacar el inicio del Caprice 24 de Paganini, muchos le decían que ella era una prodigio por sacar canciones de oído y tocar las piezas clásicas más difíciles hasta perfeccionar música folk, la cual era su predilecta y favorita.

El timbre del piso donde vivían sonó y Naomi fue a ver por la cámara instalada en la entrada del lujoso edificio de apartamentos, mientras tanto afuera Kikyo veía sorprendida todo lo que, aquella imponente mole de acero y concreto, hormigón y cemento, se levantaba frente a ella recordándole que era pequeña en un mundo de gigantes monstruos en una gran ciudad.

—Hola — saludó Naomi por la cámara —¿estás buscando a alguien?

—Sí, le pedí a Aome la ubicación — respondió la joven.

—Ujum, ¿cuál es tu nombre? — la mujer preguntó con seriedad y desconfianza en su voz.

—Kikyo, Kikyo Tanaka señora.

¿Qué sentía Kikyo en ese momento? Bueno, era una mezcla entre intimidación y miedo, claro que le daba pavor ver a Aome cuando veía al mundo con ojos sin brillo, aclaró su garganta y soltó una tos seca esperando un silencio de unos cuantos segundos que parecía eterno.

—Bien, dile al vigilante que eres invitada — Naomi solamente habló con calma.

Kikyo emitió una exhalación de alivio, se encorvó y miró al cielo nocturno de la ciudad de Tokio y tal como dijo, más bien ordenó, la señora le dijo que venían a visitar a la familia Higurashi. Subió al ascensor sujetando firmemente la correa del estuche de su erhu, los nervios se la comían por dentro y no sabía cómo sentirse. La puerta se abrió en el último piso del edificio, un vibrante pasillo bastante grande y amplio, con toques marfil y grisáceos, sin tanto adorno que le daban una apariencia de modernidad al lugar.

Puertas de madera oscura que aparentaban ser pesadas, luces LED iluminaban su paso al andar, recordaba el número del apartamento de los Higurashi. K 559, siendo el último apartamento de los cinco que habían en ese piso. No decía nada cuando estuvo frente a la puerta del apartamento, no se dió cuenta que la puerta estaba abierta y allí estaba Aome, con su postura imponente, sus orejas de perro bien altas, su cabello negro en degradado a un rojo oscuro y sus hermosos ojos azules.

—¿Cómo noches? Buenas estás. O que diga, buenas noches, ¿cómo estás?

—No tienes porqué estar tan asustada, Kikyo — Aome le respondió con suma serenidad —pensé que eras más decidida pero te atemorizas con alguien cuyo nivel de ingresos es superior.

—Es que... tú vives en una mansión — murmuró la chica humana —, tienes a tus padres.

—¿Y qué? Soy la hija de en medio, mi hermana Sayuri se fue a una cita con un chico, mi mamá está viendo su telenovela, mi papá está trabajando y Sota, estudiando — mencionó la hanyō —entra, no es necesario que te quites los zapatos.

Entre los rumores que había entre los compañeros de su escuela de que, supuestamente, a Kikyo le gustaban las mujeres y los hombres no había llegado a oídos de Aome. Entre los pasillos de aquel enorme apartamento colgaban cuadros y fotografías de los Higurashi en diferentes partes de Inglaterra e incluso una zona que era Gales.

Aome entonces carraspeó la garganta llamándole la atención a Kikyo, que estaba algo nerviosa nuevamente.

—Me gusta tu playera — señaló la camiseta de fútbol que tenía Aome.

—¿Ah sí? — Aome sonrió tranquilamente —, era de mi papá es un club de Inglaterra, se llama Queens Park Rangers. Es algo vieja, creo que es de el 2003 más o menos.

La camiseta en cuestión era blanca con rayas azules, de manga larga usada siempre en invierno, estaba algo deteriorada por el paso del tiempo pero mantenía el escudo, la marca deportiva y el patrocinador principal.

—Ven, vamos a ensayar — Aome la tomó de la mano.

Kikyo sintió una descarga eléctrica por simplemente haber rozado la mano de aquella chica de inusual apariencia.

Al cruzar las puertas de la habitación de la joven Higurashi, Kikyo quedó completamente sorprendida ante la cantidad de dibujos que decoraban las blancas paredes de la habitación, sobre un atril escrito com puño y letra había una partitura apoyada en una silla de oficina con ruedas frente a un computador de mesa y una gran cantidad de lápices y algo de basura de sacapuntas en una caneca. Pero lo que más llamó la atención a Kikyo fue la partitura.

—¿La balada de Setsuna? — preguntó Kikyo y vio otra hoja —¿Hasta el final del amor? ¿Tú las compusiste?

—Sí, las dos... La que me gusta más es La Balada de Setsuna — mencionó la hanyō —, la compuse hace tiempo y se me vino a la mente a una chica tocándole el violín a su madre en coma.

—Es una bella historia, Kagome — Kikyo dijo con una sonrisa —. Bien, tengo varias canciones que podríamos tocar ese día. Pero tenemos poco tiempo.

—Muy bien — la hanyō tronó sus dedos y su cuello —desempaca tu instrumento, yo voy a imprimir las partituras.

No parecía ser real el sentimiento que empezaba a sentir la humana pelinegra, su corazón latía con más fuerza que aquella vez que vio a Inuyasha en la escuela, se sentía abochornada solamente con mirar le bastaba para entender una cosa.

Aome era hermosa y era muy estúpido el que no viera eso y al sentirse observada, la hanyō la miró con una ceja arqueada, como si la viera

—¿Qué pasa? ¿Tengo un mosco en la cara? — preguntó la hanyō algo extrañada por la mirada de su invitada —, ya encontré la USB dónde tengo las partituras.

—Ah... yo — la chica Tanaka estaba nerviosa y con la frente sudada.

—Ay, Kikyo — Aome suspiró y le revolcó el cabello —sé que hace calor a veces pero no es para que te pongas así, querida.

¿Qué diablos le pasaba? Era la cuestión que cruzaba por sus pensamientos, estaba segura que no existiría alguna explicación convincente para ese suceso y lo único que era es: amor a primera vista.