—Si me permite, señorita. La noto algo solitaria esta noche. ¿Puedo invitarle un trago?

Casino Royal. Al sur de Westalis. Un par de años atrás. 23:12PM.

Últimamente Nighftall ha estado actuando de manera estrambótica conmigo. Infrecuentemente me incluye en trabajos que solíamos acometer entre los dos. Dice que prefiere ganar experiencia por si sola. Que la extravagancia de la noche, es lo que la motiva a modificar sus estrategias. Experimentar nuevos modelos en el mundillo del engaño. Pero es algo impropio de ella, de los años que la conozco. Considero inverosímil que, de un tiempo a esta parte, sus víctimas sean en su mayoría varones jóvenes. Como de mi edad. ¿Qué pretende? ¿Sacarme celos? Sabe perfectamente lo que pienso de este estilo de vida y empezar a retozar con mi sanidad mental no es recomendable.

Esa noche, la seguí al bar del casino. Oculto entre la multitud que paseaba por los alrededores, la música en vivo y la mesa más apartada de todas. Era mi cuarto vaso de vodka sunrise; por lo fue inevitable sentir los primeros efectos del alcohol recorrer mis venas. Agazapado, lo suficientemente cerca y a la vez lejos como para merodear sus movimientos; divisé como un muchacho de apariencia pueril la abordó. Natural. Al verla sola en la barra, con una copa de agua para degustar y un ceñido vestido que me sacaba suspiros. Cualquiera hubiese caído en la elegancia que su encanto femenino desprendía. No supe a ciencia cierta qué clase de gesto gallardo le prometió aquel varón, como para que mi compañera aceptara sin chistar. Pero acabaron juntos en aquel sector.

Leí sus labios, tentado a figurarme que era lo que tanto platicaban. La cólera se apoderó de mí.

—John Spencer, un placer —estrechó su mano.

—Karla Nighty. El placer es todo mío —correspondió.

—No frecuentas mucho este lugar ¿O sí? —pregunta el pelinegro, exigiéndole al cantinero dos copas de champaña—. Es la primera vez que veo tu rostro.

—Por lo que veo, tu si —sisea Fiona, recibiendo el brebaje con gentileza—. Digo, como para conocer a todas las mujeres que vienen al casino.

—Solo las que merecen la pena recordar —bufa el varón, brindando—. Y sin duda tu eres una de ellas. Al igual que la crupier del Poker. Salud por eso.

—Vaya…todo un playboy —ríe Frost, fingiendo una mueca grácil contra el vidrio—. Tengo entendido que solo los clientes frecuentes tienen acceso al sector de Black Jack.

—En efecto. Es que verás…tengo un problema con las apuestas —esclarece el ojinegro, tocándose la nuca—. Un tanto ludópata. Si no suelo ganar una buena tanda, no vuelvo a casa temprano.

—¿Y? ¿Esta noche fue buena? —inquiere la peliblanca, con voz sagaz.

—De maravillas ¿Ya viste el contador de allá? —apunta, hacia la zona de ruletas—. Cada vez que alguien se lleva el premio gordo, el marcador vuelve a cero hasta que el pozo se acumula. Y hoy, me tocó a mí —agrega, extrayendo del interior de su billetera un cheque con muchos ceros—. ¡TA-DAN! Al portador. Pretendo cobrarlo por la mañana e irme de vacaciones al norte.

—Qué maravilla. Se ve que tienes talento, John —balbucea Fiona, con la visual afilada cual gato en plena cacería—. Solo ten cuidado en no perder ese trozo de papel. Es valioso.

—Descuida. Por eso mismo no he bebido nada. Tu eres…—declara, ruborizado—. Mi primera copa, jeje…

—¿Te hospedas aquí?

—Si. Tengo un cuarto en el hotel de arriba —carcajea, brioso— ¿Y qué hay de ti? ¿Cómo fue tu noche?

—Terrible. No soy buena en el juego, al parecer —niega, cabizbaja.

—Bueno, bien dicen que "malo en el juego, bueno en el amor" ¿No? —bromea Spencer.

—En eso…—Fiona desvía la mirada, fingiendo malestar—. Tampoco me ha ido bien. Soy un fiasco. Mi marido me fue infiel la semana pasada. ¿Puedes creerlo? La pillé con la criada. Una polaca pelirroja muy tetona —se lo acaba de inventar—. Les gustaba follar vestidos de animales.

—Su-supongo que…tenía sus debilidades, el hombre —bufa, confundido— Tremendo fetiche…

—Es un cerdo. Espero nunca más volver a encontrármelo —exhala, simulando verse tentada a soltar un par de lagrimones—. Es horrible…lo único que quiero es distraerme y olvidarme de todo. Tengo derecho a ser feliz ¿No crees, John?

—En efecto, claro —asiente, ansioso.

—¿Me encuentras guapa? —insinúa Frost, palpando sus dedos contra los suyos— ¿Soy una mujer atractiva para ti?

—Muy guapa, sin duda —traga saliva, obnubilado—. Creo que eres la mujer más hermosa que han visto mis ojos…

—Gracias. Creo que…—Nightfall se termina el trago, sentenciando finalmente—. Ya no quiero seguir aquí. ¿Te parece si nos vamos a un lugar más tranquilo?

—Sin duda…—acepta John, compungido de los dedos hasta las orejas—. Vamos a mi cuarto…

—Te sigo…—murmura, en tono coqueto.

Mierda. ¿Pero qué cree que hace? ¿A dónde pretende llevarlo? Esto es el colmo. Y todo encima delante de mí. De seguro el maldito ese se quiere propasar con ella.

—Tsk…—Twilight aprieta el puño, azotando el vaso contra la mesilla—. No lo permitiré. Nightfall es mía. Mia y de nadie más.

Me levanto. Dejo un par de billetes sueltos por ahí y me escabullo detrás de ellos, apremiando que no noten mi presencia. Toman el ascensor de la derecha. Mientras yo, me monto en el de la izquierda. Tras pasar un par de plantas, me percato que se adentran en el cuarto 809, de la esquina. Conque eso querías ¿Verdad? ¿Revolcarte con este cerdo infeliz? Oh, Fiona. Te has equivocado conmigo al hacer esto. Yo seré muchas cosas, pero cara de estúpido no me verás. No me costó mucho caminar hasta la puerta y pegar oreja a la madera. Soy testigo auditivo de lo que se ciñe en el interior. Llega a mis oídos tan fuerte y claro, el cómo la hebilla de su pantalón cae violentamente al suelo.

Víctima de la borrachera, la injuria del engaño y el desprovisto menester de sentirme deshonrado, extraigo un arma desde el bolsillo de mi chaqueta.

—Se acabó.

De una sola patada vehemente, vuelo la puerta. Me doy de cara con la verdad. Una escena aberrante, totalmente descarriada. En donde aquel tipejo permanecía montado sobre ella, con los pantalones abajo y la camisa semi abierta; con claros signos expresivos de lujuria en el rostro.

—¡¿Qué demonios significa esto, Karla?! —berrea Loid, furioso.

—¡Woah! —brinca Fiona, pasmada. Rápidamente reúne sus prendas de vestir y se resta del conflicto, corriendo hacia el sofá— ¡¿Robert?!

—¡¿Y tú quien carajos eres?! —chilla John, estupefacto.

—¡Es mi esposo! —advierte Nightfall, descalabrada.

—¡¿Quién mierda eres tú, bastardo?! —aúlla Twilight, hecho un verdadero animal— ¡¿Cómo te atreves a tocar a mi mujer?!

—¡¿Cómo que tu esposo?! —farfulle Spencer, aturdido— ¡¿No estaban separados?!

Vistiendo el papel perfecto de un energúmeno humano, me abalanzo hacia el sujeto y caigo de lleno sobre anatomía. Apresado entre mis piernas, le apunto el cañón de la pistola directo a su frente.

—¡Nunca dije que estuviéramos separados! —explica una ultrajada Fiona— ¡Solo dije que me fue infiel!

—¡¿Pe-pero yo no-…?! —se va a la chucha.

—¡Ya cállate, animal! —Forger recarga el arma, presionándola con más fuerza—. Di tus últimas palabras…

—¡Es muy celoso! —aúlla Frost— ¡Por favor, querido! ¡No le hagas nada! ¡Déjalo ir!

—¡Perdona! ¡Perdona, de verdad! ¡No sabía! ¡No tenía idea! —repite una y otra vez el varón, suplicando por su vida— ¡Escucha a tu mujer y déjame ir!

Je…

—Bien —Twilight retrae el revolver y se levanta. Aunque no sin antes, fulminarlo con la mirada—. Largo.

—¡Kyagh!

Verlo huir despavorido por el pasillo en solo calzoncillos, me produce un placer excelso que no logro dimensionar. Es una maravilla, para el cine contemporáneo. Fiona relaja el semblante y suelta un gruñido hastiado; vistiéndose en el proceso. Con la desenvoltura de costumbre, me peino un poco. Es que el exceso de acción, me dejó un tanto desalineado.

—Eso fue un tanto excesivo ¿No crees? —expresa la fémina, levantando los pantalones de su víctima— ¿Cómo cuantos tragos te tomaste?

—¿Qué importa? Me veía increíble —espeta Loid, acomodándose la corbata— ¿O acaso no fui convincente?

—Bastante. Por poco y me trago lo del marido celoso —revela Frost, mostrándole la billetera—. Ya tengo lo que quería.

—¿De cuánto estamos hablando? —consulta el ojiazul, templado.

—Lo suficiente como para irnos de esta ciudad apestosa —le enseña el cheque—. Bastantes ceros. Son al portador, podemos cobrarlo mañana.

—Déjame ver eso.

—No —reniega Frost, con altivez y orgullo—. Mi trabajo, mi premio.

—Jm —esboza Loid, brioso—. Como me estimula que seas tan profesional. Últimamente me has impresionado, Nightfall. Tus habilidades han mejorado un 200% desde las primeras veces. Y pensar que antes temblabas del miedo.

—Actualízate ¿Quieres? —bufa la ojinegra, divertida con su comentario— ¿Por quién me tomas? Ya no soy esa chica inocente que conociste antes.

—Es cierto. Te lo concedo —halaga el varón, con satisfacción—. Eres una cómplice ideal. Dispuesta a morir con la mentira.

—Ya vámonos de aquí —sisea, caminando hacia la puerta—. Tengo frio.

—Espera —la ataja—. Me parece que esto amerita una celebración de por medio ¿No? Mas que mal, esta fue tu idea.

—¿Y qué sugieres al respecto? —examina la peliblanca, ligeramente abochornada—. No tengo ganas de beber más alcohol.

—En realidad estaba pensando en algo mucho más íntimo que eso —masculle Loid, observando por el ventanal del cuarto hacia el exterior—. Nevó bastante y la laguna se ha congelado. ¿No te gustaría aprender a patinar sobre hielo?

—¿Eh? —parpadea Fiona, encandilada con su insinuación— ¿Ahora…?

—¿No dijiste que siempre quisiste hacerlo desde pequeña, pero te daba vergüenza? —asiente, en una mueca jovial—. Es la noche ideal. No hay nadie mirando. ¿Vamos?

—…

Hubieran visto como sus ojitos azabaches desprendían chispas de alegría en ese momento. Esa noche, arrendamos un par de patines en la recepción del hotel y nos fuimos de lleno a probarlos. Yo era muy diestro en el arte del patinaje. Ella no. Muy nula. Sin embargo, curiosamente aceptó encantada a mi idea. Resguardando que no se cayera, la tomé de las manos y nos deslizamos lentamente por el solidificado suelo. Consciente de que Fiona era muy astuta pero un tanto frágil de pies, ver como sus piernas tiritaban timoratas me causó mucha ternura. No sé por cuánto tiempo estuvimos ensayando movimientos peristálticos, sobre aquella marisma. Pero sin duda para ella, fue una grata sorpresa lograr tal objetivo. Por esos días, verla sonreír tan amena era mi mayor goce. Mas allá de la fortuna que habíamos amañado juntos, estafando personas. Fueron momentos apacibles que yo atesoré con la gracia de un compañero fiel a su lado. Un cómplice de usanzas. Cosas, que el dinero no podía comprar. Eso fue lo que construí con Nightfall a mi lado. Tiempo de calidad y constancia en crecer como personas. Mas allá de nuestras peligrosas artimañas.

En realidad, todo lo que relaté hace un rato fue mentira. Un montaje. Parte de una obra de teatro digna de un óscar. Hacía muy poco habíamos comenzado esta ruta delictual juntos. Pero con el pasar de los años, nuestra confianza y relación fue creciendo. Sentando las bases de un futuro prometedor. Luego de su primera misión en solitario, comencé a verla con otros ojos. Unos de total devoción hacia su persona. Me arrojé de lleno a entrenarla, a potenciarla, a mejorar día a día su increíble talento de la persuasión y manipulación. Sin darme cuenta, que había creado a un monstruo. Una verdadera máquina de hacer dinero y de frívola subsistencia. Que me permitiera de manera egoísta alcanzar mis ecuánimes objetivos.

Tiempo después, visitamos muchas más ciudades y pueblos. Recorriendo casi la mitad del país. Y expandiendo nuestra red de ficciones y futesas a otras naciones aledañas. Nunca nadie nos pudo delatar. No había quien nos plantara problema alguno. Hicimos de las nuestras en innumerables ocasiones. Usufrutuando de nuestra capacidad y aptitud para escabullirnos solapadamente incluso entre las elites respetadas de todo gobierno. Hasta que un día, el menos inesperado. Alguien nos declaró su admiración sin tapujos. Nos habíamos vuelto tan famosos, que era de esperarse que un caza "talentos" nos reclutara. Su nombre era Sylvia Sherwood. Anteriormente había trabajado para una contra inteligencia de guerra y ahora retirada, se dedicaba al mercado negro de productos ilícitos. Se hacía llamar "mercader". Handler, para otros que no manejaban el idioma. Y a partir de ese momento, inicie una cofradía con ella al son de una beneficencia mutua. Ella nos ofrecía trabajo constante con un porcentaje transcendental si conseguíamos lo que buscaba. A cambio, tendríamos su silencio absoluto y nuestra abnegada fidelidad.

Para finales del último año en Westalis, nos encargó adquirir unos documentos privados del ex primer ministro. Nada que fuese de un valor tan monetario según yo. Desconocía quienes eran sus clientes. Los fieles compradores, como ella los llamaba. Pero preguntar en este trabajo, era ponerle un precio a tu trasero. Sin chistar, agradecí en todo momento que nos pagara muy bien por cada adeudo considerado. Su última petición, exigía apoderarnos de un diamante en particular. Le llamaban el "Smirnof". Una reliquia rara, casi invaluable que había sido robada durante la guerra a una familia acaudalada. Y que ahora descansaba en un museo. Poco y nada conocía de su origen. Mas no ambicionaba cuestionar el propósito del compromiso. Y fue así, como acabamos metidos de lleno en Ostania. La nación que en algún momento fue enemiga de la mía. Con el pasar de los días, comprendí que, si bien la guerra había terminado, aun se libraba un constante jale y empuje malicioso entre dos bandos. Algo así como una ofensiva fría.

Lo cierto es que con Nightfall ya habíamos afiatado una relación de complicidad mucho más intensa. Y nunca vi venir…esos celos.

[…]

—Bienvenida una vez más, señorita Briar —saluda el recepcionista— ¿Habitación de costumbre?

—No, por favor. Que esta vez me den la suite presidencial —solicita Yor, abochornada—. No vengo sola…

¿De costumbre?

Hotel Ritz. Centro de Berlint. 22:20PM. Volvemos al presente.

Me suplicó un montón de veces que la dejara, que me fuera a casa, que la abandonara casi a su suerte. Pero realmente no puedo hacerlo. Es algo que me acomete por dentro. En las entrañas. Va más allá de mi calidad como embustero. Es que simplemente no pude. ¿Por qué? Porque la llevo siguiendo por tantas lunas, que se me hace inverosímil arrojarla al abismo del olvido. Por inequívoco que suene, Yor no parece ser la chica que deliberadamente pretendí echar ver al estudio. En lo más congenio de mi inteligencia, no preconcebí que negaba de plano, conocer nada de sus ambiciones. De hecho, me acabo de enterar. Para mi admiración, que frecuenta no llegar a casa y pernocta en este albergue. Es clienta acostumbrada. ¿Es rebelde? ¿Su hermano no se entera? Me parece fascinante ¿Lo hubieran reflexionado? Ni en mis peores pesadillas. Hasta le tenían una cuenta abierta para que tomara, comiera e hiciera lo que se le salía del culo. Yo, que en algún punto de esta noctívaga contienda pretendía volver con Fiona…ya no ambiciono aquello. Este lugar me parece fabuloso.

—No me voy a casa aun —determina Loid, decisivo—. La acompañaré hasta que se duerma y luego me iré.

—Ya no me digas así —esclarece la muchacha, descorchando una botella de vino—. Tutéame.

No sé si sea prudente…—asiente, dócil—. De acuerdo…

—¿Te tomas una copa? —propone Briar, serena—. Deja te sirvo una.

Acepté el vino. Mas que mal, el hotel pagaba. ¿Es sensato esto? No lo sé. Pero de cierta forma se me está proveyendo todo tan expeditamente que sería ilógico negar lo que escudriño. Les juro que no me quedé con las intenciones barriales de pretender timarla tan rápido. Me encanta. Me apetece, darme mi tiempo. De tal manera que no levante sospechas de mi intencionalidad por mis objetivos. Sin embargo, algo me jugó en contra. Y es que, al parecer mi víctima, ya sopesaba sentimientos que yo ni un domingo sospeché. Sentada en el sofá, con la TV encendida en una telenovela simplona; de mano en un trago de uva fermentada, se abrió a mí.

—Mira, Loid. En realidad, estoy muy cansada. Mas bien, cabreada —exhala atosigada, Yor—. Tú no eres quien para escucharlo ni yo para contarlo, pero en el fondo se ha dado así. Y no pretendo fingir mi descontento. Yo…—añade, más ebria de lo habitual. Pero no para hablar mal—. Yo no soy nada de lo que estás pensando ahora mismo. Y por lo demás, no pretendo ya ocultar mi verdadera personalidad con nadie.

Pero esta chica…—carraspea el rubio, liado— ¿Disculpa?

—Mi hermano Yuri se ha tomado muy a personal el hecho de querer cuidarme. Pero sin darse cuenta y de una forma muy inocente se ha desaforado —refuta Yor, molesta—. Es algo que no seguiré permitiendo. Si alguien intenta aprovecharse de manera desmedida conmigo es obvio que actuaré conforme a mis propias convicciones.

Esto es…—Forger aprieta los labios, bosquejando una mueca grácil. Dice—. Comprendo. Pero quiero que sepas que, de todo corazón, no estoy pensando nada malo de ti ahora mismo. Aunque me lo digas. Te pediría, no sacar conclusiones apresuradas —añade, sensitivo—. Me hace sentir muy mal.

Por eso me gustaste…—balbucea.

—¿Cómo…?

Esperen. Esto va…demasiado rápido. Ni si quiera he movido tanto los hilos como para que me idealice así. Porque es una idealización ¿O no? Si no es… ¿Qué es?

—Tú ves cosas donde nadie más las ve ¿No? Es lo que me dijiste en la subasta, esa noche que te conocí —confiesa Briar, cabizbaja y repleta de un rubor carmesí—. Yo sé que hubo una conexión entre nosotros, desde ese día. Es por eso que Yuri se volvió casi medio loco, en el proceso. Porque también lo vio.

No, yo en el fondo quería…

—¿Te gusté? —inquiere Yor.

Me gusta tu dinero, Yor —carraspea Twilight—. Bueno, yo…

—¿Si te gusté? —insiste, girándose hacia el—. Porque tu…si me gustaste. Mucho…

¿Qué me…? —traga saliva, compungido— ¿Cómo que te gusto mucho?

—Mucho. Es lo que te digo —sentencia Briar, encandilada con sus pupilas— ¿Tu no?

Mierda. Mierda, mierda, mierda ¡MIERDA! Nunca jamás nadie me lo dijo tan abiertamente. Quiero rumiar que es fruto de que tomó demás, pero… ¿Cómo puedo ser tan imbécil? Si de todas las cosas de las que me jacto, mi capacidad de embaucar mujeres o personas, es innegable. Fiona una vez me preguntó algo similar ¿Saben? Pero yo estaba muy seguro sobre mis vocaciones de decirle lo que sentía por ella; que no se me hizo complicación. Y ahora mismo, no sé qué coño responderla a esta muchacha. No es Nightfall. No me mira igual. No habla igual. No me ve de la misma forma. Una representación tan agradable y placentera de mi propia existencia, me agrede. Porque en el fondo, yo estaba siguiendo un método maquiavélico. Y ella acaba de sentenciar algo así como un reencuentro de otras vidas. ¿Qué demonios?

—Yo sí. Claro que sí, Yor —miente Loid. Desviando la mirada con pecado, más que otra cosa—. Por supuesto que sentimos lo mismo. La misma conexión —finge, acometido de culpa—. Conocerte fue genial — ¿Qué estoy diciendo? Dios. Yo no…

—Quiero demostrarle a mi hermano que no soy la mujer que piensa —sisea, apagando la TV—. Deseo que me vea feliz. Contenta y tomando decisiones propias.

Es-Espérate un poco. Esto no…

Muy tarde. Yor reposa el brebaje encima la mesa y se arrima a mí, sentándose de lleno sobre mis muslos. Me congelo. Les juro que lo hago. Con la sensación apesadumbra de concebir lo que busca, pero al mismo tiempo renegando de ello; sujeto su cintura con vehemencia entre mis dedos. En un acto grotesco, me tomo de plano y lleno el vino de mi copa. Pero es ella quien me la arrebata vacía de las manos y la deja a un costado. Se vuelca en presencia, confiriéndome una sonrisa tan bonita y sensitiva, que finalmente me desarma. Aproxima sus labios a los míos y nos acoplamos en un beso lascivo. Entre que mi lengua juega con la suya dentro de su cavidad bucal y viceversa. Esta chica es virgen. Jamás ha sido tocada por nadie. Ni hombres ni mujeres. Pero mi hombría crece debajo de la ropa, vigoroso por atención. Es inevitable. Lo presiente, palpando la zona con sus dígitos delicados y gentiles. Indiscutiblemente me apremia soltarle el brasier. Sus pechos quedan a mi merced. Jóvenes y anémicos. Succiono con brío la zona. Ella suelta un gimoteo nervudo, pero complaciente. Finalmente, elevada entre mis brazos la llevo hasta el cuarto.

No traje ni un maldito condón. Porque no esperaba este final. Yo solo quería dejarla bien en su hogar. Cómoda. No sé, que nos depara el futuro. Solo espero que esto no sea al final de un comienzo. Porque ahora que la veo bien, timorata entre mis brazos…me parece una mujer maravillosa. Nunca antes me acosté así con nadie. Ni si quiera con Fiona. ¿Esto que es…?

[…]

—En verdad lamento mucho lo que sucedió, Mercader —profesa Frost, preocupada—. Realmente las cosas no salieron como lo planeado y temo que, por este descuido, ya no desees confiar en nosotros.

—¿Qué cosas dices? —ríe la pelirroja, llevando un trago a los labios—. Tu y Twilight siempre han sido muy profesionales para su rubro. Y jamás me han fallado en ningún encargo. Los clientes pueden esperar.

En algún bar de Berlint. A esa misma hora.

—Si. Pero el diamante…

—El diamante sigue en una sola pieza ¿No? —se encoge de hombros, centrando la vista en los comensales del local—. Mientras continue completo, aún pueden conseguirlo. Porque me imagino que ya saben quién lo tiene ¿Verdad?

—Claro. Está bajo la mira. Precisamente ese es el inconveniente —explica Fiona, jugueteando con su copa—. Fue adquirido por una familia importante de Ostania.

—¿Quién?

—Los Briar.

—¿Siguen con vida? —especula Sylvia, sorprendida—. Vaya. Y yo que pensé que se habían ido para no volver. Que osados.

—¿Los conoces?

—Por supuesto. La familia Briar fue importante durante la guerra. Financiaron varias campañas de asalto en el frente, con dinero extraído de las mineras que los Desmond les entregaron —revela Sherwood, apoyando el puño contra la mejilla—. Aunque, a decir verdad, no esperaba que estuvieran interesados específicamente en esa joya. Mas bien, que tuvieran la solvencia para conseguir hacerse de él. Creí que estaban en banca rota luego de la muerte de los padres.

—Muy por el contrario. Viven bajo una mina de oro —relata Nightfall, liada—. Esa es la complicación. Desconozco de donde habrán conseguido el dinero para ello, pero durante la subasta desembucharon un dineral.

—Ha de haber sido un porcentaje menor —exhala la mayor, con voz huraña—. Probablemente era el importe que le dieron al tener un valor sentimental. Porque en el mercado en donde yo me muevo, ese diamante cuesta una fortuna. Mas del triple por el que pagaron. Y mi cliente, está dispuesto a vender su alma por tenerlo.

—¿Puedo preguntar quién es?

—No. Ciertamente no puedes —carcajea Handler, divertida—. Y de igual forma tampoco podría decírtelo, porque no conozco su rostro.

—¿Trabajas con personas sin saber quiénes son? —pestañea la peliblanca, un tanto absorta—. Eso suena algo peligroso ¿No crees?

—¿Tu hablándome del peligro? ¡Jajaja! Eres graciosa, Fiona. Te lo concedo —chista Sylvia, rellenando su vaso—. Pero créeme cuando te digo esto. Es mucho más arriesgado conocer la identidad de las personas, que no conocerla. Si quieres mantener tu trasero a salvo, es mejor no hacer muchas preguntas y restarse del asunto. Exponerse demás, podría comprometer tu vida. Lo importante aquí es el dinero que mueves.

—Es cierto, que torpe. Discúlpame —musita la peliblanca, degustando de su bebida—. Puede ser que trabajando por tantos años con Twilight me haya hecho algo a la idea de que todos los compañeros son de confianza.

—¿Tu confías en Twilight? —examina Sylvia, arqueando una ceja con suspicacia.

—Por supuesto. Lo hago. Al igual que el en mi —detalla la menor—. Somos cómplices. Lo hemos sido desde que nos conocimos, prácticamente. El éxito de nuestro trabajo radica específicamente en eso. La confianza que nos tenemos el uno por el otro. No hay secreto que el me oculte. Conozco todo sobre él.

—Mmh…es una excelente forma de admitir solapadamente, que te acuestas con él.

—Y-yo no…—Fiona se ruboriza de sopetón—. No he dicho eso…

—Vamos ¿Por quién me tomas? —bufa Handler, aventurada—. Se ve a leguas que el chico te gusta. Y aquí entre nos, como mujeres…tiene lo suyo. Incluso yo podría fantasear con él, si quisiera…

—¡¿Mercader?! —se espanta.

—¡Te estoy gastando una broma, mujer! ¡Relájate! —le palmotea el hombro, animada—. Siempre tan frívola y minuciosa. La vida no es solo trabajo, Fiona. Gozar un poco de ella, no te hará daño.

—Yo gozo bastante de mi vida con Twilight. Créeme —admite la chica, apabullada—. Es solo que como te dije, este tema del diamante se torció un poco.

—Óyeme…—Sylvia hace una pausa prolongada, en contemplativo semblante. Al parecer, el motivo de dicha reunión va más allá de una simple cuestión de negocios. Puede notarlo en su rostro. Realmente le preocupa el tema. Pero hay algo más detrás…— ¿Realmente me citaste esta noche para contarme sobre los avances del diamante o es por otra cosa? Porque ahora que lo pienso bien…—mira hacia la derecha y luego hacia la izquierda— ¿En dónde mierda está Twilight? ¿Por qué no vino el en persona a darme explicaciones?

—Supongo que…—desvía la mirada, cabizbaja—. Tratando de conseguir la joya.

Un segundo. Esta chica no está realmente preocupada por el resultado de este trabajo. En el fondo, ella…—Sherwood empequeñece los ojos, altiva—. Dime una cosa, Fiona. ¿Quién tiene ese diamante, ahora mismo?

—Yor Briar. La hija mayor de la familia y heredera de la fortuna.

Lo sabía. Una mujer de por medio…—Mercader aprieta los labios, simulando no enterarse de lo obvio—. Escucha. No sé si te sirva de algo lo que te diré. Pero al igual que tú, yo también llevo años trabajando con Twilight. Técnicamente ustedes dos llegaron a mí, por él. Y si bien me ha servido fielmente con todos los encargos, te puedo asegurar que pase lo que pase, conseguirá lograr su objetivo. Es un hombre muy decidido y testarudo cuando algo se le mete en la cabeza —adiciona—. No importa si es una viuda de guerra con alzheimer, un viejo moribundo de cáncer o una jovencita virginal sin vida social. El sabe diferenciar y separar las cosas. Por favor, no te calientes más la cabeza. Finalmente, son cómplices del mismo delito.

—Claro. Somos cómplices —repite Fiona— Nada más que eso…

—La complicidad, es impagable hoy en día. Date con una roca en el pecho —determina la mayor, alzando la mano para pedir otra ronda—. No te vayas aún. Vamos por otra tanda y luego te dejo en tu casa.

—Descuida, puedo irme por mi cuenta.

—Bueno, como quieras —exhala, restándole importancia al asunto—. Solo un consejo, Nightfall. Independientemente de cómo salga el resultado de esto, nunca dejes de ser profesional en tu trabajo. A veces las cosas se tuercen un poco, como dijiste. Pero al igual que un barco se extravía en la marea tormentosa, siempre toca puerto.

—¿Incluso si tenga que encallar? —Frost le sigue el juego, ahondando más en la moraleja— ¿A la fuerza?

—Encallará, probablemente. Pero de que llega, llega.

—¿Y si náufraga? —balbucea, indiscreta.

—¿Teniendo a Loid Forger de capitán? —mofa, con soberbia—. Eso jamás pasará. Se hundirá con el barco, si es necesario. En lo onírico, morir con la contienda, es la verdadera proeza del aventurero.

Morir con la mentira…—cavila la joven, repasando una y otra vez mil ideas en su cabeza— Pues si él está dispuesto a eso. Yo también. Y enterraré mi corazón, en un lugar donde nunca nadie pueda hallarlo.

[…]

Siento como si algo lacerara mi mejilla al rojo vivo. ¿Qué demonios es? Me cuesta trabajo abrir los parpados. No siento mis piernas y parte de mis dedos cosquillean, importunándome al tacto. ¿En dónde estoy? Al principio no logro reconocer el techo. Con el acabado mate blanquecino y la lampara colgando. Además, el aroma que flota impetuoso en el aire, me acomete de una dulzura que no es semejante a mi perfume ¿Es mi habitación?

Mmhm…

El quejido femenino de una voz apacible se desliza hasta mis oídos. La he escuchado tan fuerte y claro, que pareciera que la tengo encima. Un segundo. Paren todo. Joder, si está encima. ¡Encima de mi pecho! ¡¿Qué pasó?! Abro de lleno los ojos. Lo que me quemaba el rostro, era el fulgor de la mañana escabulléndose por un haz de luz; entre las cortinas. ¿Ya es de día? ¿En qué momento? Me duele muchísimo la cabeza. Siento como si hubiese bebido a destajo, hasta perder la consciencia. Porque ahora mismo, una jaqueca similar a una resaca me agrede desde la sien hasta la nuca.

¿Yor Briar está…?

¿A ver?

Levanto un poco las colchas.

Si. Está desnuda. Completamente como dios la trajo al mundo. ¿Y yo? Al rojo vivo, más encuerado que un cerdo despellejado. Siendo yo un hombre tan diestro y maduro de mis facultades sexoafectivas. Esto es por lejos el peor escenario que pude llegar a conjeturar. Bajo ningún punto de vista, tenía que pasar. Mi plan era simple. Engatusarla, enamorarla, robarle todo y si te he visto no me acuerdo. ¡Sin tener que caer en esta horrenda trampa! Ok. Esperen. Ya sé lo que muchas personas deben de estar pensando de mí. "Pero si eres un mentiroso de mierda, Loid. Te dedicas a engañar personas, incluso mujeres. ¿No juegas con esto también?" ¡Definitivamente, no! ¡No me acuesto con mis victimas! ¡Carajo! Y no es que me esté dando ínfulas de que eso, me haga ser una persona más honrada. Al contrario. Estoy muy consciente de mis porquerías. Pero hasta incluso yo, tengo mis límites. Porque si bien jugar a enamorar mujeres, puede llegar a ser un camino oscuro para una persona inescrupulosa como yo. Arrebatarle su virginidad es…otra cosa. No lo entenderían. Es demasiado complejo. Una cosa es sustraer su dinero y otra es despojarla de su valía. Es como ser cleptómano. Asaltar y no matar. Porque si le robas la vida a otra persona, te conviertes automáticamente en un asesino. ¿Me explico? Como el traficante de drogas, no consume su producto. O como el proxeneta, no viola a sus trabajadoras sexuales.

No, bueno. Malos ejemplos. Es solo que…

Tengo que salir de aquí —se remueve, sutilmente sobre las frazadas—. Este… ¿Yor…?

5 minutos más, por favor…—murmura adormilada, la muchacha.

No, hija. Esto tiene que ser ahora —Forger se reclina sobre la cama, empujándola delicadamente hacia un costado de la cama—. Yor…tengo que irme.

—¿Irte?

Finalmente, abre sus ojitos. Somnolienta, un tanto desatendida y casta. Me regala la primera vista de la mañana. Me he paralizado, de pies a cabeza. La forma en la que esta chica me observa…es macabra. De un punto de vista afectivo porque si fuera con maldad, de seguro salgo corriendo. Sin embargo, no es su malevolencia lo que me intimida. Es su…

No soy una pieza de museo ¿Sabes? No te confundas —Twilight se desliza por las sábanas, sentándose en la orilla de esta—. Si. Discúlpame. Tengo cosas que hacer — Carajo. ¿En dónde demonios dejé mi ropa? Veo un calcetín tirado por la silla…—se ruboriza, timorato— ¿De…casualidad sabes donde dejé mis calzoncillos?

—No sé…—sisea Yor, agazapándose en la almohada como un felino, ronroneando—. Por ahí, quien sabe. Que sueño…

No me está prestando para nada atención —espeta Twilight, abochornado—. Yor, por favor. No me-…

Alguien llama a la puerta. Instintivamente mi primera reacción es esconderme, como el vil ladrón que soy. Me agacho, abrigándome con tan solo un cojín que pillé tirado en el piso. Automáticamente Briar se levanta, acomodando una bata blanca de vestir sobre sus hombros y entre bostezos transpuestos, acude a la puerta. Ha pasado por alto mi presencia en el cuarto.

—¿Diga?

—Señorita Briar, buenos días —comenta el mozo—. Room Service como de costumbre. Le traje su desayuno habitual. Aunque esta vez, agregamos doble porción. El recepcionista nos dijo que tenía un invitado especial. Espero sea de su agrado.

—Ah. Si…—murmura la pelinegra, más despeinada que otra cosa—. Déjelo por la sala.

Noto que el muchacho hace ingreso al comedor. Destapa un sinfín de platillos exquisitos, sobre una bandeja con ruedas. Con fragancias aromáticas que despertarían el apetito a un tiranosaurio. Se me hace agua a la boca, no lo niego. De pronto capta mi presencia y se entiesa. Literalmente, me ha visto íntegramente desnudo. Tan solo con un almohadón cubriendo mi entrepierna. Me ruborizo. El también. Me saluda con la mano. Yo hago lo mismo. Se va.

Dios…el cringe que di. Seguro no duerme esta noche. Pobre chico.

—¿Qué haces ahí con esa cara de bobito? —suspira Yor, divertida—. Tu ropa está encima del escritorio. Ven a comer conmigo. Me muero de hambre. ¿No tienes hambre?

—Este…si…disculpa —se excusa Loid, febril— ¿Qué está pasando? Yor no es nada…de lo que especulé. ¿Es una artimaña o que chucha? En efecto. Ahí están mis prendas de vestir ¿Cómo es que se acuerda y yo no? —traga saliva, compungido— ¿Crees que sea posible, darme una ducha primero?

—Si, claro —sisea, con naturalidad y poca atención—. El baño está a la derecha. El agua caliente es la roja. Hay jabón y champú para hombres. Pediré espuma de afeitar para que te prepares.

—…

¿Esto es real o qué? Se supone que yo iba a embaucarla a ella. ¿Me está embaucando a mí? Que mierda he hecho durante todo este tiempo entonces…

10:12AM.

He desayunado como los malditos dioses. En esa bandejita venia de todo lo que me gozaba consumir por las mañanas. Como si hubiese leído mi mente. ¿O será que nunca noté que teníamos deleites parecidos? Ya vestido y bañado, me devoré cada centímetro de los alimentos. El café estaba en su punto exacto, tal como me gusta. Sin más ni menos azúcar. Quemado al límite. Esos huevos revueltos con jamón, me saciaron hasta la medula. Las tostadas a la Westalis. El pan brioche, recién horneado, tierno con mantequilla sazonada en romero. La granola, venía en formato compacto. Pequeño y con el yogur acido que patrono. Ni Fiona me dio tal agasajo. ¿Cómo es posible que esto pase? ¿Me ha brindado estos regalos, porque me acosté con ella? No. Es absurdo.

—Te veo contento —exclama Yor, limpiando la comisura de sus labios con una servilleta elegante— ¿Te ha complacido la merienda?

¿Una merienda? Fue un banquete—. Ha estado…maravilloso — Es sublime. ¿Cómo expresarlo sin que suene pobretón? —carraspea el rubio, respingado—. Hasta me da pena irme ahora, he de admitir.

—Comprendo. Pero es cierto que debes hacerlo —determina Yor, levantándose de la mesa—. Me dijiste que tenías cosas que hacer. Así que, te acompaño a la puerta.

¿Por qué de pronto siento que me está echando? Eso ni puto sentido tiene. Si se supone que yo era el primero en escapar —tose Loid, hosco—. N-no…discúlpame si se vio así. Solo dije que tenía apremios que apaciguar. Con unos clientes, es todo.

—Ya veo. Pero, aun así —insiste la pelinegra, abriendo la puerta—. Debes irte, Loid.

¿Por qué…? —traga saliva, descalabrado— ¿No te ha gustado…la noche que pasamos juntos?

—Ha estado de maravillas —halaga la mujer, sonriente—. Pero debe quedarse en lo que fue. Una noche maravillosa.

¿Qué…?

—Perdóname. No te confundas conmigo ni me mal interpretes —esclarece Briar, menoscabada—. Fuiste un compañero muy sagaz y diestro en todo momento. Sin duda tienes talento. No es que te esté expulsando de mi vida. Pero mi hermano es muy aprensivo y es mejor que mantengamos esto en secreto.

Ya veo. ¿Es por Yuri entonces? Maldito crio celoso —Forger se aproxima a ella, tomando sus manitos en el proceso—. Yor, tampoco pretendo que me veas como un gigolo o algo así. En verdad, no siento culpa de nada. Lo hice complacido, con ganas. No hace falta que-…

Que te vaya bien, Loid —sentencia.

No. Ya basta. Paren todo. Si nuestra relación se basará básicamente en sexo, puedo con esto. Lo he hecho antes. Con Fiona. Un momento. ¿Y si le digo que…? A la mierda. ¿Que acabo de imaginar? Por un segundo casi le propongo a Yor que sea mi amante. ¿En serio? No. Eso no es una opción. Lo que vivimos anoche fue sublime. No sé si pueda proponer eso. Fiona es mi amante, ahora mismo. Ya hay quien supla esa necesidad en mi vida. Pero si no puedo lograr eso con ella ¿Qué carajos significa para mi entonces? Yor no…

—Ten. No olvides tu sombrero —añade la pelinegra, adecuando el objeto sobre su cabeza—. Te ves muy guapo con el ¿Sabias? Mira —le acomoda un par de mechones tiernos, por la frente. Sonríe, sagaz—. Gracias por todo. Si necesito de tus servicios como anticuario, te llamaré. Sin duda, eres muy profesional.

—…

¿Yor Briar me ha…rechazado? Esto, no…

—Gracias a ti, Yor —finge complacencia en respuesta, cogiendo su chaqueta y maletín— ¿Si me llamarás? Es que pretendo que-…

Adiós, Loid.

—…

Todo se fue al caño. Señoras y señores. He…fracasado. Me veo a mí mismo en el pórtico de este lujoso hotel, como un completo idiota. Un imbécil. El pelele más absurdo de todo el mundo. Si bien creí entender a las mujeres, profeso que ahora mismo mi soberbia me pasó la cuenta. Se supone que sería yo quien dominara el asunto. ¿En qué momento ella ha tomado las riendas de mi técnica? Yo era quien jugara con ella. No al revés. ¿Por qué carajos me siento humillado? Es tan irrisorio que me irrita de sobremanera…

—Gnh…—Forger oprime los puños, ofuscado— ¿Ahora de qué forma podré acercarme a ella? Si esto, no es…

Pido un coche y demando que me lleve de vuelta a casa con Fiona. Me siento tan basura, que lo único que ambiciono es matar. Necesito soltar feromonas de cólera con alguien. No sé. Algo que me brinde la satisfacción bélica de destrabar toda esta sensación irascible que me acomete. Cambio de rumbo. Le exijo al taxista que me traslade a un centro de tiro. Era eso o morir en el intento. Luego de balear a un par de inertes estatuas hasta quitarles la cabeza, me arresto de lleno a sopesar mi humilde vida como un estafador profesional. Razono algo. Si Yor consintiera mi subsistencia. ¿Podría proponerle otra clase de relación? ¿Una en donde podamos congeniar en la cama sin ser nada? Un momento. ¿Que acabo de imaginar? Por un segundo casi le propongo a Yor que sea mi amante. ¿En serio? No. Eso no es una opción. Lo que vivimos anoche fue excelso. No sé si valga la pena. Vamos, solo fue intimar de manera inocente. Porque fue eso ¿Verdad? ¿Por qué de ágil suelto pensar que fue…amor? ¿Qué demonios sucede en mí? ¿Por qué me siento tan confundido?

Doy un último vistazo a la funda de mi arma y la devuelvo en la gaveta. No entiendo a las mujeres…

Apartamento de ambos. 11:20AM.

—Anoche no llegaste a dormir —le recrimina Fiona, cruzada de brazos— ¿Se puede saber en dónde estabas? No. Espera. Déjame adivinar. Con la niñita mimada, de seguro.

—Nighftall, las cosas no siempre son como parecen ¿Sí? —exhala Loid, agotado—. Sabes muy bien que estaba en casa de los Desmond y luego tuve que hacer de chofer. Es mi trabajo ahora.

—Ya. Pero eso no implica que tengas que revolcarte con ella —espeta la mujer.

—Yo no…—Forger empequeñece los ojos—. No me acosté con Yor —miente.

Hubieran visto el cómo me fulminó con la mirada. Definitivamente, no me creyó ni una sola palabra de lo que le dije. Mas allá de ser mi cómplice penal, era mujer. Una muy recelosa e inteligente mujer. Con la habilidad intuitiva de un sexto sentido que solo ellas profesan. Para nada convencida del engaño, se acercó hasta quedar a escasos centímetros de mi anatomía. Dotada de una nariz canina, me olfateó. Desde el cuello de la camisa hasta los hombros. Era la primera vez que la veía tan sagaz, situándome en una situación bastante incómoda de concebir. ¿Qué pretende hallar? ¿Rastros de ADN o algo así? Yo creo que ni un detective es tan profesional como ella.

—¿Se puede saber, que haces? —suspira Twilight, fingiendo diversión— ¿Qué buscas?

—Hueles a perfume y champú —murmura la peliblanca, pasando sus dedos entre las hebras amarillas de su compañero—. Y tu cabello aún está húmedo.

—Es que me duché, Fiona —se encoge de hombros, templado— ¿Qué pensabas? ¿Qué llegara sucio? Ya te dije que tuve un día agotador. Luego de trabajar, sudé. Dormí en el auto y me ofrecieron el baño para asearme, es todo —la aparta, colgando su sombrero sobre el perchero— ¿Bañarme ahora resulta algo sospechoso?

—No. Pero es increíblemente conveniente; si quieres deshacerte de todo rastro físico —gruñe, malograda—. No me trates como si fuese tonta.

—Eso ni si quiera tiene sentido ¿Te oyes? —berrea, encaminándose hacia el salón—. La sangre, huele. La pólvora, huele. El sexo no — No es verdad. Claro que tiene aroma…

—Puede que el sexo no —rechaza Frost, siguiéndole detrás—. Pero el perfume costoso de una refinada mujer de la elite Ostaniana, se quedaría pegado incluso en la piel de un cerdo.

—¿Tienes ganas de discutir? Porque sinceramente, yo no. Es demasiado temprano para eso —determina Twilight, arrojándose de lleno al sofá—. Mas me preocuparía saber que hiciste tú en mi ausencia.

—Me causa gracia que no quieras lidiar con mis inseguridades —le reprocha.

—¿De qué inseguridades hablas? —parpadea, absorto con lo que escucha—. Creí que habías dicho que Nightfall no sentía tales cosas.

—No uses tus técnicas de manipulación conmigo —frunce el ceño—. No te funcionarán.

—Estas un tanto irascible ¿Sabias? No quiero caer en el machismo de culpar a tu periodo —masculle, de manera hosca—. Será mejor que nos concentremos en el plan. Ya olvídate de eso ¿Quieres? Cuéntame, como te fue con Handler.

—¿Cómo sabes que estuve con ella? —comenta.

—¿Es en serio? —la mira.

—De acuerdo…—retoza su compañera, sentándose a su lado de forma recatada—. Me fue bien y mal. Un poco de todo, la verdad.

—Imagino que debe de estar molesta porque aún no tengo el diamante —relata el rubio—. Yo supongo que le comentaste de que estoy en proceso de adquirirlo.

—Algo así…—desvía la mirada.

—Fiona.

—Que.

—Necesito que me ayudes. Calmar al cliente, era algo que dijimos tu harías desde un comienzo —articula Loid—. Sabes perfectamente que estoy en ello. Por algo aceptamos esta misión.

—Por ahora, será solo tu misión —se levanta, cogiendo un documento desde el estante—. En estos momentos, yo tengo una distinta.

—¿Qué me cuentas? ¿Te ha encargado algo más?

—Solo para que dejes de sacar conclusiones de mierda, quiero que sepas que mientras tú te vuelcas en el diamante —explica Fiona, furibunda—. Yo necesito acercarme a Yuri.

—¿Es una broma? —retoza Forger, liado.

—¿Te parece que yo tenga sentido del humor? —recrimina.

—Basta de sarcasmos. Esto es serio —se levanta también, hostigando sus pasos— ¿Qué demonios tiene que ver el hermano menor en todo esto?

—Velo por ti mismo —le extiende el documento—. Al parecer, el mocoso se ha movido bien en la frontera. Todo indica, de que es miembro de la policía secreta. Entre las muchas redadas que hace, interrogando y ejecutando posibles traidores de la nación. Se ha amañado con una fortuna.

—Un segundo. ¿Qué me cuentas? —espeta, anonadado con el informe que ha leído— ¿El subteniente hace trabajos sucios?

—Ya sé lo que debes de estar pensando. A mí también me atrapó que tuvieran tanta solvencia. Pero fue la misma Mercader la que me dio en el clavo —concluye Fiona, pensativa—. Claramente ese tipo es un tránsfugo. Y dudo mucho que su hermana sepa de sus movimientos.

—Algo he estado averiguando —revela Twilight, tocándose la barbilla con desazón—. Ayer en casa de Melinda, descubrí que comercian con objetos de valor. Por lo mismo, Yor requería de mis servicios. Temía ser estafada y en el fondo, lo fue —se va de lenguas—. Me llamó y me contrató para que pudiera darle un coste monetario a lo que los Desmond adquieren, dado que esa mujer es miembro activo de una asociación de beneficencia.

—Es una estafa mayor a las que solemos hacer nosotros ¿Te enteras? —relata su cómplice, embrollada—. Es básicamente un desfalco al gobierno. Debemos enfocarnos en esto.

—Solo si dejas de lado tus celos —declara Forger, restándose de la conversación—. Me tengo que ir.

—¿Disculpa?

—Aun debo seguir los pasos de Yor —dictamina.

—Pero si acabas de llegar —masculle—. No te acuestes con ella.

—¿Me estás amenazando? —reclama el varón.

—No. Ni de broma. Es solo una sugerencia —esclarece Fiona, deslumbrada—. Mas te vale que seas muy profesional o nos saldrá el tiro por la culata.

—¿Por qué de pronto me tomas como un neonato? —berrea Forger, mosqueado. Chasquea la lengua, azorado—. Me voy. Te acercaré a Yuri. Tienes mi palabra. Adiós.

—…

[…]

—Reporte de todo lo que pasa en casa —demanda Yuri, al teléfono— ¿Mi hermana ha sido abordada por un varón ajeno?

Esa misma tarde. 18:16PM.

—No, pero…—sisea Franky, recubriendo parte del teléfono con la mano—. Hay ciertas cosas que me dan mala espina, Yuri. Sobre todo, la actitud que últimamente está teniendo Yor.

—¿Cómo dices? —gruñe, del otro lado de la línea.

Tsk. Este tipo me va a dar mucho más trabajo del que creí. Es demasiado torpe como para percatarse, de que le escuchaba desde el otro lado de un biombo de papel. Se supone que vine a la mansión en mi calidad de anticuario porque fue Yor quien me contactó. Sin embargo, tener cierto control del terreno me facilita desplazarme por la casona sin levantar muchas sospechas. Me preocupa el hecho de que le esté entregando suspicacias que empañen la mirada que tiene Yuri sobre su hermana. Dejarla sola, aislarla de él, es parte de mí plan. Con el policía dando vueltas no lograré que se ponga de mi lado. Aunque ahora mismo, haber hecho desaparecer al chofer falso me supone una ventaja considerable. Ya que puedo avanzar al siguiente nivel. Que es básicamente, proponerle su reemplazo.

Veo pasar al mayordomo en compañía de mi víctima, en dirección a un cuarto en particular, del cual no reparé en su presencia. Porta consigo una pequeña llave en la mano derecha, con la que abre. Para finalmente hacer ingreso al interior. A pasos reservados, me escabullo por el pasillo y presuntuosamente exploro el lugar por el rabillo del ojo. Me he percatado de que aquel gran librero que se ciñe entre estatuas y cuadros, es en realidad una puerta falsa. Dotada de una palanca escondida por la parte trasera. Al jalarla, este instantáneamente se desliza hacia un costado. Ya veo. ¿Un cuarto secreto? Seguramente es alguna especie de bóveda segura. Frederick, baja las escaleras. Y tras un tiempo prudente de espera reaparece cargando un saco, una maleta y varios cuadros y objetos varios.

Bingo, es ahí en donde guardan todas las cosas de valor. ¿Serán esos los bienes que mencionó Mercader? Yor no da atisbos de estar convencida de lo que hace. Percibo cierto dejo de resquemor en su mirada. La manera acobardada en la que retrae las manos, me da señales de profesarse preocupada. Por lo que tengo entendido, ella desconoce el origen de la fortuna que su hermano ha estado amasando durante estos últimos años. De ser así el panorama- ¿Qué la mantiene en presta aprensión? Esta habitación, no es un lugar ordinario. Parece ser más bien un despacho. Un par de retratos familiares cuelgan desde la izquierda. Hay un escritorio, un cabestrillo de pinturas al óleo, un sofá de lectura y abundantes plantas. El estante regresa a su posición original.

—Frederick. Llama al señor Forger —demanda la pelinegra—. Debe de estar esperando en el vesti-…

—Una maravillosa casa si me permite, señorita Briar —exclama Loid, quitándose el sombrero en un saludo cordial—. Discúlpeme. Pero como tardaba, me adelanté.

—Ah. No se preocupe —murmura la muchacha, esbozando una sonrisa sincera—. Llegó justo a tiempo. Frederick, ya puedes dejarnos solos. Tráenos un té y galletas.

—Como usted ordene —obedece el mayor.

Una vez a solas, ya no hace falta seguir fingiendo esta falsa modestia del anonimato. Consciente de que he falseado al mostrar una careta de lo que no soy, no escatimo en tratarla como una desconocida. Tal vez ella lo haya olvidado, pasando por alto la noche que tuvimos juntos. Pero yo no pretendo caer en tales des apremios. Haber intimado con esta chica…me da un bonus extra a todo lo que me proponga lograr.

—Vine en cuanto recibí tu llamado —expresa el varón, dejando su maletín a un costado—. Quedé un tanto preocupado por la forma en la que nos despedimos esta mañana. ¿No tuviste complicaciones para llegar a casa?

—Que servicial —murmura Yor, serena—. Pero en realidad te cité porque requiero de tus conocimientos con otro tema. No para hablar específicamente de eso.

—Yor. Quiero que sepas, que yo no-…

—¿Me ayudas? —le interrumpe de sopetón, levantando un cuadro del suelo—. Está algo pesado.

¿Por qué tan arisca? Vamos, no pudo haber sido tan malo ¿O sí? Ya me rechazó una vez. Si continúa haciéndolo…—¡Si! Disculpa, que torpe. Déjame a mi —berrea el rubio, siendo el quien cargue con el peso del recuadro. Una vez puesto sobre un pedestal, añade—. Vaya. Es una pieza increíble. "La dama bajo el sol". Pintada por Louis Fraum.

—¿Cuánto crees que cueste esto?

—Mhm…yo diría que unos Đ90 mil, más o menos —revela Twilight, tocándose el mentón—. El autor está muerto por lo que aumenta mucho más su valor al no haber otro igual. Ya nadie podrá crear algo similar.

—Es mucho —espeta Yor, intranquila—. No creo que haya quien pueda adquirirlo.

—Bueno, sin duda los Desmond tienen el capital necesario para ello —añade Forger—. Son ricos.

—No busco vendérselos a ellos —reniega Briar, desviando la mirada—. Mi trato con Melinda compone ciertos objetos solamente. Este, no está en la lista. Bueno…ninguno de los que tengo aquí lo están.

¿No? Que extraño. Pensé que estaría muy interesada en ayudar a contribuir a la causa, como sus padres —carraspea Loid, regresando a la pintura—. Pues si es así, estará un tanto complicado conseguir a alguien. Difícil. Pero imposible no es. Tal vez pueda ayudarte con eso. Tengo un par de contactos. Si me das un par de semanas o un mes, yo-…

—No tengo tanto tiempo —le intercepta, liada—. Tiene que ser entre hoy y mañana.

¿Y ese apuro? ¿Necesita ese dinero, acaso? Pero si esta chica es rica —Twilight hace amago de suspicacia, aparentando una inocencia que no tiene— ¿Por qué tanta prisa? Si me permites consultar, claro.

—Mi hermano regresará la próxima semana. Se quedará por un par de días y no quiero que vea estas cosas aquí —masculle Yor, frunciendo el ceño—. Necesito deshacerme de todo lo que ves en este cuarto a la brevedad posible.

Pero ¿Qué demonios me cuenta? ¿Acaso Yor…? —pestañea, cada vez más intrigado. Sin embargo, evita caer en redundantes preguntas que le hagan desconfiar de su veracidad—. De acuerdo, creo que puedo ayudarte con eso. Aunque te advierto que la metodología que usemos puede que no sea del todo, mhm… "bien vista".

—¿Huh? ¿A qué te refieres? —se voltea a verle, pasmada.

—Este… ¿Cómo explicártelo? Digo, como para que no me veas con ojos extraños, jeje —el anticuario se rasca la nuca, afrentado en una risa infantil—. Digamos que hay un mercado en particular que con gusto compraría todo esto y mucho más. Pero no de una forma bien "habida". ¿Me explico?

—¿Cómo es que, tu…?

Carajo. El mayordomo nos interrumpe sin previo aviso; cortando de lleno el hilo la conversación. La vi hurgada a hacerme una de esas preguntas que cuestionan básicamente tu legalidad. A lo que realmente te dedicas. Era natural, claro. ¿Qué mierda hace un anticuario respetable como yo, deambulando por los foscos y sombrios senderos de la clandestinidad? Un escalofrío sobrehumano me transitó la columna. Si Yor descubre realmente mi identidad, estoy frito.

Frederick, con esa parsimonia de un hombre octogenario al borde de la jubilación, nos deja té y algunos dulces. Se retira, aunque no sin antes indicar.

—Llegaron los nuevos candidatos para el puesto de chofer, señorita Briar ¿Les sirvo algo mientras esperan?

—Si, claro. Diles que en un momento les atiendo —asiente, elevando una taza de té verde—. Termino aquí y voy.

—Con su permiso —asiente.

¿Qué? ¡No! ¡Ningún otro tarado de pacotilla puede tomar provecho de esto, más que yo! Ese lugar ya está tomado, insolentes. No se quieran pasar de listos. Tras escuchar aquello, no sé realmente que cara habré puesto que instintivamente, capté la atención desprevenida de Yor. Briosa, me dice.

—¿Que sucede? —ríe—. Cualquiera pensaría que te ha molestado el hecho de que quiera encontrarle un reemplazo a Robert.

—¿Qué? No. No es nada de eso —refuta, descalabrado— ¡Demonios! Estoy bajando la guardia. Tranquilízate, Twilight. Esta chica es tuya —recula—. Discúlpame. Estaba pensando en cómo vender todo esto, en realidad.

Miente fatal. Lo preocupante es que cree que le sale bien. Que tierno —bufa Yor, tenuemente ruborizada—. Perdóname si por unos segundos te di una mala impresión. En el fondo, no es que esté dudando de tus aptitudes. Se muy bien cómo funciona el mundillo de las antigüedades. Lamentablemente…—adiciona, frustrada—. En esta ocasión, necesito que sea todo por la vía legal.

Como que ¿En esta ocasión? ¿Ha habido otras antes? —traga saliva, compungido—. Yo entiendo, descuida. No pretendo causarte problemas con las autoridades.

—Entonces, señor Forger —Briar deja a un lado su taza, arrimándose hasta su camarada hasta sostener su antebrazo— ¿Podrás con este encargo?

¿Qué está…? —Twilight se paraliza por unos instantes, denostando un rubor en los pómulos; demasiado sugerente—. Yo…claro. Claro que puedo, sin duda. Lo resolveré.

—¡Genial! —suelta la pelinegra, jocosa—. Entonces, quedamos en eso. Puedes ir informándome sobre los avances. Estaré atenta —añade, caminando hacia la puerta—. Ahora, si me disculpas. Debo atender a los muchachos que-…

—Yor. Espera —sentencia Loid, reteniéndola del hombro—. Solo quisiera que supieras, que no solo me dedico a las chucherías. Como bien ya sabes, estuve en el ejército. Y tengo…licencia para tanques.

—¿Tanques? —ladea la cabeza, divertida.

¿En serio dije eso? ¡Pero que idiota! —despabila, nervudo— ¡O sea! ¡No! ¡Me refiero! Ah…—aprieta los puños, decidido—. Quiero decir que también soy muy diestro conduciendo vehículos. De todo tipo. Por eso mencioné lo de los tanques, jeje…

—¿Eso que significa?

—Significa que…—veredicta, azorado—. Que no hace falta que busques a otros. Yo puedo ser tu chofer. Con gusto…tomaré ese papel también.

—¿De verdad? Es que…—Briar rehúye de su mirada, abrazándose así misma con amago de aparente angustia—. Tu ya haces suficiente por mí. ¿No se vería medio abusivo que aparte de ayudarme con esto, también me acarrees a todos lados? No pretendo esclavizarte.

—Para nada —niega Forger, sacudiendo vehementemente la cabeza—. Para mí sería un honor poder ayudarte. Mas ahora, que estás sola y necesitas una mano amiga.

—¿Mano amiga? —repite la heredera, curiosa— ¿Entonces somos amigos ahora?

Esto…no está funcionando. ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Por qué todo lo que hago, digo o pienso, se me devuelve en la misma o cuantiosa intensidad? Yor es acaso ¿Inmune a mí? ¿A mis encantos? ¿A mis insinuaciones? ¿En qué momento esto se ha tornado en mi contra? Si finalmente soy yo quien busca su fortuna. Con cada palabra que sale de mis labios, ella logra indiscutiblemente desbaratarme. Me obliga a situarme en circunstancias incomodas. Situaciones que no logro manejar bien y caigo en la torpeza de un crío. Como si fuese un estúpido amateur. ¿Pero esto de que va?

Quiero arreglarlo. Darlo vuelta a mi favor. Tengo un argumento sólido y validante en la punta de la lengua. Pero no logro ceder. Ni transmitirlo como desearía. ¿Es producto de que nos acostamos anoche?

—Yo…

—¡Es una broma, bobito! —carcajea Yor, dándole un par de palmadas en la espalda a modo de esfuerzo—. Por supuesto que lo somos. Si trabajamos juntos —atañe, alegre—. Si tu deseas ser mi chofer personal. A partir de hoy, lo serás.

—¿Es en serio…? —pestañea Forger, estupefacto.

—Muy en serio. Es más —la fémina abre la puerta— ¡Frederick! ¡Ven un momento!

—¿Me llamó, señorita? —reaparece el mayordomo.

—Si. Cambio de planes —demanda—. Despacha a todos. Diles que ya conseguí a la persona que buscaba y el cupo fue ocupado. Y dales las gracias, de paso. Por las molestias.

—Como usted ordene, señorita Briar. Pero…—advierte el mayor—. Puede que más de alguno se ofusque por el hecho de haber venido hasta aquí sin lograr nada. ¿No desea que les demos algo más?

—Cierto, que torpe —Yor se palmotea la frente, de lengua afuera—. Entrégales una pequeña indemnización. Que no sea mucho. Algo sobrio, para el camino de regreso.

—Se perfectamente a lo que se refiere —asiente—. Con su permio, me retiro.

¿Algo sobrio? En la jerga de mi mundo, eso solo significa una cosa. Soborno. ¿Es mi imaginación o Yor acaba de comprar el silencio de esos hombres? Me estoy desayunando con el sin fin de sorpresas que esta mujer me da. Tanto tiempo estudiándola, investigándola. Y ahora…me veo como un ignorante a su lado. Un completo fracasado. ¿Será que la juzgué de más? ¿O solo no lo vi venir? Esta chica es…una caja de pandora. Se gira hacia mí y me increpa, risueña.

—¿Por qué pones esa cara? —farfulle—. Si no dejas de mirarme así, juraría que has estado siguiéndome o algo parecido. ¿Acaso te di esa impresión de mujer tonta?

¡¿Qué?! —niega Loid, rotundamente y casi desesperado— ¡No! ¡Nada de eso! ¡Muy por el contrario! ¡Me pareces una chica increíblemente inteligente! ¡Sagaz! ¡Segura! ¡Suspicaz! ¡Inteligente! ¡Magna-…!

—Ya basta de tantos desdeñosos argumentos en forma de halagos. No funciona así —exhala, rendida—. Que sepas que, si bien he vivido muchos años bajo el alero de mi hermano menor, ingenua no soy.

—¿Por qué…de pronto me dices todo esto? —inquiere Twilight, denostando un semblante hosco.

—¿Qué cosa?

—Desde que nos conocimos. No, mas bien. Desde lo que pasó anoche en ese cuarto de hotel, no has dejado de repetirme constantemente que "no eres nada" de lo que uno cree —declara, apabullado— ¿Qué pretendes lograr con eso? ¿Confundirme?

—Para nada. Al contrario —explica la joven heredera, gallarda—. Lo único que busco, es que confíes en mí.

—¿Confiar en ti? —no entiende nada.

—¿Tanto te molesta conocer a una mujer como yo? —musita, cabizbaja.

—¿Qué dices?

—Loid. Creí habértelo dejado en claro anoche. Pero si necesitas que te lo repita, no tengo problemas —suspira, serena—. Te dije que, estaba molesta. Cansada del estilo de vida que me han impuesto. Esa persona, nunca fui yo realmente —declara, abiertamente—. También te dije, que no pretendo ya ocultar mi verdadera personalidad con nadie. ¿En verdad soy tan complicada para hablar?

Un momento. Ella tiene razón en eso. Que imbécil. Claro que me lo dijo. Fue muy enfática en recalcármelo. En algún punto de nuestro encuentro, sentenció nuestra relación al revelar que estaba hastiada de simular algo que no era. Y fue eso mismo lo que me dejó muy en claro, a la hora de sentarse sobre mis piernas y regalarme su calor. Todo pre concepto adquirido antes de desnudarnos entre esas sabanas, me abandonó. ¿Por qué seguía tan obtuso, atado a una efigie que no existía? Es que acaso yo ¿Deseaba idealizarla? Pero si Yor no es una mujer que puedas enaltecer, joder. Ella es así de sorprendente. No hay nada que deje más allá de la imaginación, porque todo lo que conjetures de ella…es real. Un segundo. Me…me estoy comenzando a exasperar. Me inquieta. Me impacienta. ¡Me fastidia! ¡¿En qué momento pasé de victimario a victima?! No. Me rehúso a caer en mi propio juego.

Necesito volver a mi centro. A lo que estoy haciendo. Concentrado. Muy metódico, repaso sus palabras en mi cabeza. Hasta que finalmente encuentro un punto débil en su discurso. Una pequeña ventanita, que me dará las riendas de esta relación.

—Tienes razón. Hablaste sobre no ocultar más tu forma de ser —sisea el ojiazul, clavándole una mirada certera—. Pero dijiste "con nadie". Y yo, no soy ese nadie. Soy Loid Forger. Así que. Ya basta de este juego de palabras conmigo. Porque lo que hicimos anoche, aunque tu sigas negándolo a regañadientes, no fue parte de tu plan de sublevación —dictamina, penumbroso—. Puede que yo sea varón y no comprenda muchas cosas de las mujeres. No obstante, estúpido no soy. Se perfectamente que cuando ustedes toman una decisión y eligen, no hay quien las frene de sus objetivos.

—¿Qué quieres escuchar de mí? —refuta Yor, devolviéndole la mirada.

—La verdad —exige.

—¿Cuál verdad?

—La verdad del por qué yo y no otro —inquiere Twilight, injuriado—. Me dijiste que te gusté.

—Estaba ebria —miente.

—Ya basta de insultar tu inteligencia, por favor —reniega el rubio, sujetando con firmeza sus muñecas— ¿En verdad le vas a echar la culpa al alcohol por lo que hiciste? ¿Tu? ¿En serio?

No sé si fue el tono que usé, la cara que le puse o la manera siniestra en como apreté sus manos. Pero algo la irritó de sobremanera. Tanto, que me apartó de un ligero empujoncito condescendiente. Miren. ¿Quieren que les sea sincero? En realidad, estaba cagado del susto. Si. Así mismo como lo leen. Temía desde lo más profundo de mis entrañas que Yor me hubiese solo "usado" para, no sé. Joder. ¿Desflorarse? Ustedes no lo entienden. Esta chica era virgen. Yo la sentí, muy dentro. Tanto de mi ser como el suyo. Y a pesar de que suena lo más mierda y sínico de mi parte, no tenía pensado escalar a tanto. Porque si hablamos de usanzas, yo iba a utilizarla primero. ¡Pero no con eso! Y no digo que sea menos basura. Sin embargo, mis protocolos hormonales me dictaban que lo que pasó anoche, no fue solo un encuentro casual para independizar una fuerza femenina reprimida. Yor tenía 27 años. No era una niña. Era una adulta. Una mujer hecha y derecha. Bien pudo haber encontrado otros preámbulos para llevar a cabo tal acto. Así que, imploraba que me diera una venia. Una luz al final del túnel. Porque si no lograba convencerla lo suficiente con este argumento, todo se pudría.

Irrisoriamente doblegada, finalmente me dijo.

—Está bien. Solo para que ya no te confundas y no tergiverses las cosas —admitió Briar, apartada de su compañero—. Tienes razón. Es cierto. Te elegí a ti para tal hazaña. Y lo hice a propósito. Pensándolo. Cavilándolo. Discúlpame si te ofendí con eso…

Me sentí tan aliviado con su declaración, que solo pude abalanzarme a ella y abrazarla. Casi como un padre rodea a un hijo. Le respondí.

—No me ofendes. Porque, aunque no lo creas, me siento muy honrado de haber sido tu primera experiencia —admite Twilight, ferviente—. Lo confieso con mucha humildad. Te juro que no me estoy dando ínfulas de nada. Pero siento que tomaste una decisión muy sabia. Porque yo, no soy cualquier persona. De alguna manera curiosa, notaste en mi un cierto dejo de responsabilidad afectiva que no sabía que tenía. Es como si…—sisea, avergonzado—. Hubieras leído mi corazón.

Loid…—Yor rodea su pecho, espalda y hombros con ambos brazos. Dulcemente—. Desde el primer momento que te vi, supe que no eras un mal hombre. En ese mismo instante no solo me gustaste. Percibí una calidez y una dulzura difícil de explicar —sisea la pelinegra, frotando sus mejillas rosáceas contra su pecho—. Llegué a mi casa luego de la subasta y no lograba sacarte de mi mente. A partir de ese momento, pasé horas, días y semanas fantaseando contigo. Del cómo sería, ser amada por alguien como tu —esclarece, masajeando sus hebras doradas—. Algo en mi pecho me tironeaba con fuerza. Y me decía a diario "es imposible que ese chico te lastime". Te vi propenso a querer vivir un romance de película, pero cierto atisbo de algo en tu mirada inquisitiva me…alejó —finaliza, soltándolo.

—¿Qué…? —parpadea, descalabrado.

—No te ofendas —reflexiona Briar, timorata—. Pero si bien siento que tienes un niño dulce y amoroso en tu corazón, mi intuición de mujer me dictamina que ocultas muchas cosas. Y mi hermano. Bueno, el…—sisea, desviando la mirada avergonzada—. Ya me advirtió cómo funciona esto.

—Yor, eso no es…

Callé de golpe. Si. Apreté no solo los labios. Si no también el culo. Porque, demonios. Ya cállate un rato Twilight. La chica tiene razón. Te pilló. Sabe conscientemente o inconscientemente que eres un estafador de mierda. Un embustero. Un mentiroso de poca monta. Se dio cuenta, en el preciso momento en que nuestras miradas se enlazaron esa noche. Sin embargo ¿Cómo puedo rehuir de la verdad ahora? Si literalmente me han privado de mi adecuada naturaleza. Desprovisto de la disposición de hombre que soy, más allá de mi candidez. En ese momento concluí por convencerme de que Yor sabía quién era realmente. No sé si por el lavado de cerebro que le hizo Yuri. Pero si, por la potestad de sacar conclusiones, solita. Tonta no era. Maldito sea el día en que discurrí que esta mujer era incauta. Inexperta si es. Pero tan ingenua no. No saben cuanta culpa sostiene mi corazón en estos momentos.

Luego de tal profunda platica, mi relación con Yor indiscutiblemente se fragmentó. No por ella ni por mí. Si no por el devenir de nuestros imparciales objetivos. Ecuánime, yo buscaba robarme su dinero. Y ella, robarme el protervo corazón. A partir de ese momento, todo se torció. Recuerdo haber abandonado la mansión, con la boca amarga. Evocaba momentos cursíles con ella, que no llegaban a pulsar con pudor lo que necesitaba alcanzar como hombre. Pero nada ya me importaba. Ese parlamento dictó el futuro. En una analogía que ni por asomo pedí. Entré al apartamento que compartía con mi cómplice. Nightfall. Sin embrago me profesé tan anulado y deslucido; que cuando llegué a casa me desorienté un poco. Esto solo perduró un par de minutos. Porque presenciar ver a mi coautora de delitos en pijama y con una bata de polar; me bastó para saciar mis frustraciones. Así que me abalancé hacia ella y sin atestiguar rechazo alguno ni mayores miramientos, ella me correspondió. Tuvimos un encuentro muy ansioso, casi rayando un poco en la violencia, me atrevería a decir.

A eso de las 3:00 de la mañana, Fiona me brindaba los últimos brincos, montada en mi anatomía. Mis dedos estrujaban su delineada cintura femenina. Sus pequeños y moceros pechos danzaban de arriba abajo, perlados en sudor. Era una vista que atesoraba ver. Como quien es testigo de una pieza de arte en un museo. Esos pezones rosáceos, me invitaban sin agobio a atenderlos con mis labios. Los asistí, seguido de un ósculo lascivo dotado de una lujuria increíble. Nuestras lenguas danzaron en la cavidad bucal de ambos, seguido de un último exasperante jadeo hasta caer muertos de cansancio. Fiona jadeaba contra mi pecho, temblorosa. Llena de frio y de un desprovisto arrojo hacia el éxtasis. Procuré cubrirnos con las sábanas y colchas. Intento darle calor. Aunque yo sudaba como un animal. Me dijo.

¿Qué ha pasado? —implora la chica— Eso fue muy intenso de tu parte ¿Quieres una última ronda?

—Perdóname. No…—siseó Loid, agraviado. Tanteando con los dedos, manosear el velador—. Ya no me quedan preservativos.

—Vamos a descansar entonces —balbuceó Frost, recostándose a su lado. Su amante no lograba quitar esa expresión circunspecta del rostro. Algo surcaba sus pensamientos—¿Qué pasa? ¿Qué te preocupa?

—¿Disculpa?

—Es que…—titubea la peliblanca, preocupada—. No es que me esté quejando ni nada de eso. Pero por alguna razón no te veo de buen humor. Quiero decir, fue una noche increíble. Me hizo recordar las primeras veces en Westalis. Sin embargo…— Algo me dice que tiene que ver con la chica Briar.

—Digamos que hay ciertas complicaciones con lo planeado —encrudece Loid, endureciendo la mirada—. Yor al parecer no era la clase de mujer tonta que creímos.

Lo sabía — ¿Ya te descubrió?

—No, no. Nada de eso. Pero temo que si no soy mas cuidadoso…tal vez sospeche —aclara el rubio, vistiéndose en el proceso—. Al parecer, ser un simple anticuario o su chofer, no bastará.

—¿En que sentido? —Fiona consulta, cubriéndose con las sábanas—. Se más claro, por favor.

—Si quiero realmente acercarme a ella y conseguir ese diamante, tendré que sopesar otra alternativa —declara, mosqueado—. Una mas radical. Jugar con su tiempo no basta. Debo ir de lleno con mis intenciones.

—Comprendo. Se a donde apunta eso —exhala Nightfall, levantándose de la cama—. Estas pensando, en definitiva, abordarla como hombre.

—Si —asiente, decidido—. Es la única manera. Hoy descubrí que, para ganarme su confianza, necesito primero ganarme su corazón.

—Bueno, de igual forma ya lo tenias previsto ¿No? —sisea la muchacha, ya completamente vestida y predispuesta—. Dijiste que la intentarías cortejar. ¿Qué cambia ahora?

—Claro. Pero eso era pretendiendo ser un servicial sujeto a su merced. Y el juego de conquistar a una chica no va por la sumisión —esclarece Forger—. Si no, por lo certero que sea. Tengo que convencerla de que me gusta de verdad.

—O sea fingir que estas enamorado de ella —se encoge de hombros—. Pero no como Twilight. No como un mercader. Si no, como Loid Forger. ¿Es eso?

—Lo siento si el tema te incomoda. Pero a estas alturas, estamos contra el tiempo. Y yo no-…

—Por mi no te detengas —expresa la ojinegra, en tono altivo—. Con lo que pasó hoy, me di cuenta que solo estas interpretando un papel con ella. En el fondo se, que no te gusta. Te gusto yo.

Nightfall. Tu…—Twilight traga saliva, desviando la mirada—. Me alegra que al fin hayas podido comprenderlo con la altura de mira que ameritaba. En efecto, tienes claros mis sentimientos.

—No tengo por qué dudar de ti —sentencia su compañera, gateando hasta su rostro para robarle un beso casto en la frente—. Soy tu cómplice, después de todo. No importa lo que pase. Nada ni nadie nos va a separar.

Aquella muestra sensitiva de cariño por parte de Fiona, me revolvió el estómago. No porque me desagradara aceptar sus apreciaciones. Si no mas bien, por lo infame que estoy siendo. Empujando a dos chicas a sufrir por mí. ¿Qué razón tenía? Que mi compañera declarara tan segura lo que yo profesaba, cuando ni si quiera yo sé lo que siento…fue lo que me irritó. Tantos años en este trabajo y nunca nadie logró confundirme tanto como Yor. Sin embargo, tener la absolución de mi amante, de cierta forma me daba la indulgencia de llevar a cabo esta segunda alternativa. Mientras nos mantuviéramos siendo cómplices de la misma estafa, nada importaba para mí. En el momento en que Fiona me de la espalda, posiblemente…todo se vaya al carajo.

Esa noche dormimos juntos en mi habitación. Algo que no solíamos practicar. Lo hice…a adrede. Con el propósito de darle seguridad. Aunque fuese fraudulenta. El siguiente paso es…

[…]

—Tu estas loco o de plano perdiste la cabeza —berrea Sherwood, incomoda— ¿Te estás escuchando?

En alguna cafetería de Berlint. A la mañana siguiente.

—Créeme que no te solicitaría esto si no fuese realmente importante —argumenta Loid, frustrado—. Necesito vender esas cosas a la brevedad posible. Buscarles un comprador legal. O todo se irá a la mierda.

—Suenas desesperado, Twilight —se reclina Sylvia, tomando un sorbo de su café—. Eso me parece muy poco atractivo en un hombre, te diré. Retráctate y pídelo de otra forma. Y puede que me lo piense.

—Mercader, no tengo otra manera de demandarlo —refuta el ojiazul, importunado—. Por favor, no es momento para ponerte a jugar conmigo. Se que solemos hacernos bromas. Pero es serio…

—Serio o no, me sigue pareciendo una estupidez sin pies ni cabeza —rezonga Handler, malograda—. Sabes perfectamente que yo no me muevo en ese mundo.

—Puede que tu no. Pero estoy seguro de que tienes contactos. Una red suficientemente vasta como para encontrarlo —apela Forger, incursionando en el ego de su compañera—. Vamos, no me digas que no es así. Llevo mucho tiempo trabajando contigo y te encuentro una mujer inteligente. Tu sabes que te admiro.

—Bueno…—carraspea la pelirroja, halagada con sus manipulaciones—. Admito que tienes talento para enardecer el ego de una persona. Si fuese mas tonta caería en ello. Pero no lo soy. Y, aun así, consciente y todo, te doy la razón. En efecto conozco a muchas personas.

—Es imperioso poder vender todo esto, a mas tardar para mañana —Twilight le desliza una lista por la mesa— ¿Se te viene alguien en mente?

—Déjame ver —repasa el pseudo catálogo, arqueando una ceja con suspicacia— ¿Pero esto que es? ¿Un candelabro de la reina Adele? ¿El retrato de un viejo ebrio? No sé ni quien chotas es —se mofa—. Twilight. Son solo chucherías y baratijas burdas.

—Mas fácil aún ¿No? —esboza, en una sonrisa ladina.

—No te lo voy a negar. En efecto es basura —bosqueja la fémina, regresándole su inventario—. Lo mas costoso que vi al boleo fueron un par de anillos del antiguo emperador Etrusco.

—Quédatela. Te servirá —la rechaza—. Así puedes memorizarlo mejor.

—¿Se puede saber de donde sacaste todas estas cosas? —consulta Sherwood, intrigada—. Parece ser un botín de guerra o algo así.

—En realidad no son mías. Están en posición de los Briar —indica Loid, preciso.

—Si, bueno. De seguro no faltará el idiota que quiera adquirir un par de…—cita, sarcástica— "Cartas del emperador Romano a una concubina". Hay gusto para todos aquí.

—¿Lo harás entonces?

—Si. Déjamelo a mi —exhala, rendida a su petición—. Pero esto no te saldrá gratis, Twilight. Me deberás una.

—Pídeme lo que quieras a cambio.

—La verdad es que cuando te miro, se me pasan por la cabeza muchas ideas hacia tu persona —carcajea Sylvia, burlesca—. Pero conociendo tu morboso historial, sería como bajar directo al infierno y no volver.

—¿Eso que significa realmente? —arquea una ceja, suspicaz.

—Que eres demasiado perfecto para ser cierto —revela, guardando el documento en su chaqueta—. Y eso en este trabajo, es suicidio. Sentiría lastima por quien se enamore de ti. Pobrecita.

—¿Debería ofenderme? —escuece, preocupado.

—No creo que esa palabra te llegue ni a los talones —dictamina Sherwood, pidiendo la cuenta entre sonrisas quiméricas—. Pero sentir un poco de vergüenza no te haría mal. Eres un maldito egocéntrico cuando te lo propones.

—No siento culpa ni remordimiento de nada de lo que hago —sentencia Loid, templado—. No es algo muy profesional que digamos.

—¿Ya ves por qué lo digo? —se levanta, arrojando un par de billetes—. Quedamos atentos. Creo saber quien puede comprar todo esto. Te llamaré a eso de las 18:00 en el teléfono de la plazoleta Brohn. Mantente alerta.

—Entendido —asiente—. Ahí estaré.

—Y ya iré pensando…—adiciona—. De qué forma me devolverás este favor.

—Dame un monto.

—Jm…—farfulle, sentenciando el encuentro—. Si hubiera un precio que costear, Twilight. Jamás podrías pagarlo. Tendrías que morir para solventarlo. Hasta luego~

—…

Handler es implacable, como de costumbre. Esa actitud fútil, inmutable, austeramente sagaz, la convierte en una dama inalcanzable. Tal y como tiene que ser, en este negocio vil y macabro. Digna de admiración. No mentí cuando le confesé eso, de igual forma. Era la pura y santa verdad. Tantas noches en vela trabajando con joyas y tahalíes exóticos. Y finalmente es ella, quien me deja muy en claro, que la única cosa que jamás estará en juego es su dignidad. Eso es lo que mas me cautiva en una mujer. Que nada de lo que hagas o digas, resguarda su esencia. Posiblemente sea esa autenticidad, lo que me mantiene prendido a Yor Briar. Esa chica es invaluable. Suena soberbio viniendo de alguien como yo. Pero no voy a negar que lo que me resulta fácil de conseguir, me sacia alífero. Es aburrido. Prefiero mil veces vivir en la quebrada de un abismal peligro constante, que sobrellevar una vida tan monótona.

Luego de aquel encuentro, esperé estoicamente a su llamada. Metido en una cabina clandestina, a las 18:00 en punto; el sonido beligerante del teléfono repicó. Contesté, llevándolo a mi oreja derecha.

Tengo al comprador. Está aquí conmigo y ha accedido a cerrar el trato. Trae todo lo de la lista. Nos vemos a las 22:00 en el viejo muelle del distrito norte. Galpón abandonado.

—Anotado. Nos vemos ahí.

Inequívoco de mi conquista, conduje hasta la mansión de los Briar y me agendé una reunión con Yor en el salón. Durante el camino había fraguado un plan ameno del como iría la transacción sobre la marcha. Sin embargo, cuando le comenté de mi provecho. Me proveyó.

Yo iré contigo.

Mierda. Esto no era…—recula Loid, liado—. Yor, te pido que no te involucres mas de la cuenta. Se que querías que fuese legal. Pero anunciar tu rostro en esta clase de negocios, es muy arriesgado para ti y tu familia.

—Descuida, ya lo repasé —contesta, altiva—. Tengo todo lo necesario. No me voy a mostrar. Solo seré una oyente encubierta. Además, Franky vendrá conmigo.

¡¿Qué me cuenta?! ¡¿El cuatro ojos de pelo afro vendrá igual?! ¡Es una locura! —gruñe—. No. Eso es peligroso. Se que es tu guardaespaldas, pero es un amateur. No entiende nada. Que no venga —retoza.

—¿Disculpa? —Franklin se cruza de brazos, ingresando a la escena—. Lamento "estropear" tu intento de embaucar chicas ricas, Forger. Pero a dónde va la señorita Briar, voy yo.

—No me interesa —Twilight lo fulmina con la mirada—. Nadie te invitó.

—Concretes de Yuri —aclara el menor—. Ya me advirtió de hombres como tú, buscando estafar personas.

¿Ya les dije que sería una molestia? Unas ganas de hacerlo desaparecer del mapa —chista con la lengua—. Tsk…es absurdo. Estás muy mal de la cabeza. Aquí nadie intenta desfalcarlos. Solo estoy cumpliendo con mi deber sobre mis encargos. Dime una cosa, Franky. ¿Tu para quien mierda trabajas realmente? —mete cizaña en el proceso—. Porque el otro día te escuché hablar con Yuri y contarle cosas bien cuestionables, te diré.

¡¿Cómo?! ¡¿Me escuchó?! —Franky se retrae, afrentado— ¡Oe! ¡Eso no fue así! ¡Yo solo-…!

—Franky —masculle Yor, ofuscada—. Imagino que no le has estado metiendo ideas paradójicas a mi hermanito en la cabeza. ¿Verdad? Te comandé un mandato la otra vez.

—¡Y-Yo no-…! —se va a la chucha.

—Que no venga —sentencia Loid—. Ya dije.

—Si. Es mejor —apoya la idea, levantándose—. Franky, te quedas.

—¡PERO! —chilla el muchacho, importunado. Apunta al rubio— ¡Óyeme! ¡Tú no das las ordenes aquí! ¡Y además eso no es cierto! ¡Solo llamó para que le diera un reporte de la seguridad de la mansión! ¡Está mintiendo! ¡No pasó así! ¡Este tipo, no me-…!

—Cuando Yuri no está. Las ordenes las doy yo —la pelinegra lo asesina con una mirada furtiva, dispuesta a incluso despacharlo—. Haz caso o te largas.

Que increíble se siente, apreciar algo de autoridad en algunas situaciones. Instintivamente, Yor me hizo caso. Y en cuanto expuso aquello, no le quedó de otra que someterse y retractarse, cabizbajo.

—De-De acuerdo…no iré…—sisea, derrotado.

—Andando —exige la muchacha—. Prepara el auto. Traeré todo.

—El vehículo está listo. Si me permites —añade el ojiazul, con voz metálica—. Te espero afuera.

—Bien.

[…]

Durante todo el trayecto hacia el muelle, Yor no emitió palabra alguna. Como ya había cambiado mi estrategia de no acercarme a ella en un potencial amigo de lo ajeno; si no, como un chico entusiasmado por su esencia como mujer; le propuse un par de diálogos ingenuos. Le di charla y conversación. Pero ella insistía reacia a objetar mis embrujos. Limitándose a darme respuestas en son monosilabantes de un SI, NO, QUIZAS, QUIEN SABE. Es muy arisca conmigo. Realmente no sé como tomarme esto. No creo que esté rechazándome del todo, porque me confesó abiertamente que yo le gustaba como hombre. Quise incursionar aun poco mas allá, indagando sobre sus gustos musicales, por ejemplo. Prendí la radio del carro. Le comenté que me fascinaba mucho la música clásica y conseguí un barrunto chiquito de un comentario sincero. Me dijo.

—Esa canción le gustaba mucho a mi madre…

Para mí, toda muestra de un preámbulo escueto de confianza era una chance de poder conquistarla desde mi sentir. Un punto a mi favor. Me detuve en una estación de servicio solo para extender nuestro encuentro. Fue apropósito. Todo calculado. Le ofrecí una soda y ella aceptó a gusto. No solo regresé al volante con una bebida. También adquirí un par de gomitas, porque estaba al tanto de su deleite por los dulces masticables de poca solvencia. Cuando llegamos al muelle, aparqué a un costado de la calzada. La noche anterior había nevado y el asfalto se teñía de blanco. Venia bien arropada. Pero para aparentar ser un hombre impaciente, le ofrecí mi abrigo. No se si quiso rechazarlo, pero no le di créditos para hacerlo. Me moví tan vertiginoso y resuelto, provocando una antesala a lo que me diría; que le fue imposible negarse. Acto seguido se bajó del auto y caminó briosa de cara a la transacción. Me dijo.

—Me quedaré detrás de las cajas, oyendo. Si algo sale mal…

—Nada mal saldrá. No temas —sentenció Loid, furibundo— ¿De dónde surge este miedo?

Yor había referido un pavor a las transacciones nocturnas, que algo hizo clic en mí. Esta chica…no es la primera vez que se enfrenta a la clandestinidad. Quizás no de manera directa, pero algo entiende del asunto. Creo que si quiso venir era solamente para reforzar su confianza en mí. Aun me da vuelta lo que me dijo la otra noche. Que yo era bueno, pero ocultaba cosas. Posiblemente esperaba verme agarrándome a palos con no sé. Mafiosos. Me reuní con Handler, que vestía un atuendo, mascara y cabello distinto. Nunca tan descuidada. El "famoso" comprador legal que tenía, resultó ser un hombre del alto mando de Ostania. Portaba un sombrero de copa elegante y una cabellera grisácea maravillosamente bien cuidada. Yo exhibí los objetos, siendo consciente de que Yor miraba todo, solapadamente desde una esquina. Oculta. Con Handler tenemos ciertos códigos casi espías para hablarnos y le advertí escuetamente que Briar nos estaba patrullando. Tras un par de minutos, examinando la mercancía. El hombre dijo.

—Me complace. Es todo lo que busco —asintió con la cabeza—. Si esto es legal. ¿Dónde firmo?

—Acá, por favor —demandó Handler, en un legítimo documento—. Lamento haberlo citado a esta hora y medio extraño. Comprenderá que los de Westalis nos tiene-…

—Me importa una mierda Westalis —renegó el magnate, garabateando sobre el pliego de papel—. Solo puedo confiar en ti, Handler. Listo. Está firmado. ¿Me lo puedo llevar?

—Todo suyo, general Holson —asiente la bermeja—. Legalmente se lleva el paquete completo.

¿Ese no es…el superior de Yuri? —repasa Yor, pasmada con lo que sus ojos divisan— ¿Cómo es que esa mujer y Loid lo conocen? Eso significa…que no mentía cuando habló de ser profesional y muy serio. Dudo mucho que un alto mando Ostaniano se prestara para una estafa. Tal vez…—voltea hacia el rubio, encandilada— Lo juzgué mal…

El trato estaba cerrado. Y de la manera más nomotética posible. Me pagaron en efectivo. Cogí el sobre y lo introduje dentro de mi chaqueta. Me despedí de Sylvia en un escueto cruce de miradas y regresé al estacionamiento en donde Yor me esperaba. La note…distinta. Ligeramente conmovida. Estaba consciente de que presenció en primera plana lo ocurrido dentro del galpón. Pero ¿Cómo debía tomarme su repentino cambio de actitud? ¿Era bueno o malo?

—Ya tengo el dinero. El trato salió bien y ya no estas en posesión de dichos objetos —esbozó Forger, en una sonrisa simplona—. Ten. Es el pago que me dieron —lo recibió—. Se ha levantado un aroma gélido en el aire. Puede que llueva. ¿Volvemos ya?

—Loid…

—¿Mh?

Una brisa nos separaba. En aquel momento, el silencio nos hizo presas febriles de la escena. Yor permanecía cabizbaja, con ambas manos una encima de la otra. El flequillo de su frente ondeaba grácil bajo su sombrero. Siento que quiere decirme algo malo. ¿Acaso no le ha gustado algo o…?

—Creo que te debo una disculpa —siseó Briar, abochornada—. Debes de estar molesto conmigo por lo que te dije en la mansión. Sobre el hecho de…desconfiar de tus propósitos.

No es "molesto" la palabra. Pero…—parpadea de vuelta, confundido— ¿Qué cosas dices? Por supuesto que no. Ni si quiera me lo he tomado personal. Es natural que pienses cosas así de mí. Apenas nos venimos conocimiento y-…

—Solo quiero aclarar, que te atribuí intenciones que realmente no profesas. De una manera injusta. Y deseo…—añadió, levantando la mirada para sostener la suya—. Deseo que me permitas enmendar mi error.

¿Qué quiere decir con eso? ¿Acaso Yor, ya…? —carraspea Twilight, abriéndole la puerta del vehículo—. Eso ya pasó. Como te dije, no nos conocemos tanto. Vamos, sube.

—Quiero…que eso cambie —espeta la pelinegra, empujando suavemente la mano de su compañero hacia adelante, cerrándola—. Quisiera…conocerte, de verdad.

—¿Estás hablando en serio o es…? —se ruboriza tras aquel toque sensitivo.

—Muy en serio —determina azarosa la fémina—. A partir de hoy, quisiera que pudiéramos interactuar como…amigos. Mas que profesionalmente…

—¿No habías dicho que Yuri te había advertido de mí? —exclama el ojiazul, turbado—. Que prácticamente yo era…

—Olvida ya eso. No hay forma de que mi hermano pueda llegar a echar ver tanto como yo si quisiera. Así que —sacude la cabeza, jocosa. Cambiando en 360 su paradigma— ¿Qué dices? ¿Amigos?

—Amigos —asiente Loid, estrechando su mano con ternura—. Estoy ansioso por comenzar con esta cofradía. Creo que tu y yo podríamos hacer grandes cosas juntos ¿No te parece?

—Es cierto —ríe, animada—. Hacemos una muy buena pareja. Hasta parecemos cómplices.

Cómplices…

Era la primera vez que alguien me planteaba aquello, aparte de Nightfall. Por alguna razón que desconocía, la idea se me hacía muy atractiva. Por supuesto que yo ya tenia una persona en mi vida, con esa categoría. Pero ¿Yor Briar? ¿Volverse parte de ello? Sonaba arriesgado, casi rayando en lo temerario. Aventurado, por lo demás. Y, aun así, siendo sensato frente a todos los contras de la situación. Mi corazón dio un vuelco fastuoso, beligerante. Atosigándome de sensaciones novedosas que instintivamente me colmaron de anhelo. Si. Por supuesto que estaría encantado de serlo. Aunque ahora mi misión, no sea esa. Si no…convertirla en mi novia. Y quién sabe más adelante.

La dejé en su casa, sana y salva. Pretendí despedirme de ella con un apretón de manos, como era habitual. Lo que veníamos haciendo de un tiempo a esta parte. Sin embargo, Yor se me acercó tímidamente y permitió que nos diéramos un beso casto en las mejillas. Percibir la tibieza de su pómulo derecho contra el mío, me fulminó por dentro. Es una chica muy cálida. Desprende una dulzura que pocos llegarán a atestiguar.

—Gracias por todo. Que llegues bien a casa.

—A ti. Dulces sueños…

Ya no sentí que nuestra relación siguiese fracturada. Por el contrario. Ahora mas que nunca, veía por fin los frutos de mis esfuerzos. Me subí al carro y sobre estimulado, golpeé el manubrio casi frenético. Celebrando una victoria tras un mundial de tenis. ¡Estoy en las ligas mayores, señores!

Ahora nada ni nadie, podrá detenerme. Ese diamante, será mío. Eso…y mucho más.