—¡Sylvia! ¡Tenemos que irnos! —vocifera el pelirrojo— ¡Ahora!
—¡¿Qué está pasando, Albert?! —exclama perpleja, Sylvia— ¡¿A dónde?!
—No más preguntas. Por favor —advierte el varón—. Coge a Agatha y arma un par de mochilas. Solo ropa de invierno. Los de Ostania van a bombardearnos. Es inminente. Debemos largarnos de acá.
—¡¿Qué?!
—¡Mami! —expresa la menor, estirando sus manitas— ¡Los malos nos atacan! ¡Tenemos que ir con los buenos!
—No, hija. Nada de eso —aclara Sherwood, azorada—. En la guerra, todos son malos. No hay bandos. Pero lo cierto, es que…
Poblado de Livient. Westalis. 23 de agosto del primer invierno. Hace 20 años atrás.
—¡A todos los patriotas que sean de Ostania, viviendo en tierras enemigas! —vociferaba un militar al son de un megáfono— ¡La nación los necesita de vuelta! ¡Por favor, regresen ahora! ¡Deben cruzar la frontera cuanto antes!
Un tumulto de Ostanianos se atiborra sobre un surco de entradas y salidas. Los militares del Este se han apostado con armamento bélico e invitan a los rezagados, retornar antes del ametrallamiento. La guerra se ha declarado entre ambas naciones. Todo se vuelve un caos. Mujeres, niños, ancianos, inseparables luchan por intentar cruzar la frontera. Se aglutinan mostrando credenciales que les den el paso seguro como reales compatriotas. Pero los militares son reacios a no recibir a cualquiera. Ponen excusas extrañas y enrarecen el ambiente. Todo el panorama es siniestro.
—¡Siguiente!
—Yo —declara Albert, mostrando su pasaporte—. Albert Sherwood. Soy Ostaniano. Nacido y criado al noreste de Kielberg.
—¿Profesión? —le interroga el marcial.
—Soy joyero —explica el fortachón—. Llevo 9 años viviendo en Westalis, por trabajo.
—De acuerdo. Usted puede pasar —tras examinar el documento, el militar estampa un sello nacional—. Pero su esposa e hija se quedarán acá. No son Ostanianas. Nacieron en Westalis.
—¡¿Qué dice?! —protesta el padre de familia— ¡Oiga! ¡Eso no corresponde!
—¡Espere! —protesta Sylvia, quien en brazos carga a la menor— ¡Esto es injusto! ¡Estoy casada con un Ostaniano! ¡Tengo la doble nacionalidad ahora! ¡Es legal!
—¡No durante la guerra, señora! —aúlla el uniformado, empujándola violentamente hacia atrás— ¡Las relaciones diplomáticas están cortadas! ¡No permitimos perros del Oeste en nuestra nación! ¡Atrás!
—¡No toques a mi mujer, maldito infeliz! —exclama el señor Sherwood, lanzándole un puñetazo en la cara— ¡Hijo de puta! ¡Pelea con un hombre si tienes huevos!
—¡¿Qué mierda te crees, insidioso?! —chasquea el oficial— ¡Aprésenlo!
Ambos se enfrascan en una contienda campal. El robusto hombre se lía a madrazos con cuatro soldados rasos que de poca monta le dan cara. Finalmente, uno de los generales lanza un disparo al aire, advirtiendo cesar el conflicto y los matará a todos.
—¡¿Qué significa este desorden?! —desentona.
—¡General! —indica otro, medio magullado— ¡Este traidor intenta cruzar la frontera con su esposa e hija Westaliana!
—¿Albert? —parpadea, reconociéndolo al instante— ¿Eres tú?
—¡General Briar! —advierte el Ostaniano, descalabrado y con el labio partido— ¡Soy yo! ¡Por favor! ¡Déjeme pasar! ¡Estos hombres no permiten que mi familia venga conmigo!
—¿Qué mierda creen que hacen, estúpidos? —les regaña, ofuscado— ¡Es solo un patriota con su familia! ¡Al que se niegue lo doy de baja ahora mismo!
—¡S-sí, señor! —asienten, obedientemente.
—Gracias, general…—exhala aliviado, el pelirrojo—. Ven, cariño. Todo estará bien.
—Venga conmigo, Albert. Estarán seguros a mi lado —Briar los invita a acompañarlo—. Por favor, perdonen a estos ignorantes. Es la primera vez que ven la guerra en persona. No comprenden lo que significa.
—Descuide, ya me di cuenta que les falta algo de disciplina —suelta un escupo de sangre en el proceso.
—¿Cómo estás Sylvia? Te pido una disculpa de ante mano —sisea el militar, escoltándola hacia su vehículo—. Por favor, suban. Los llevaré a la capital.
—Tiempo sin verlo, general Briar—murmura la fémina, acongojada. Montándose sobre el asiento trasero con su pequeña—. Lo cierto es que, si no intervenía usted, nos dejaban varados. Temí por mi hija.
—Tu siempre tan gallarda, Sylvia. No te preocupes más. Te prometo seguridad conmigo —halaga el hombre, tomando posición de copiloto—. Vamos, Frederick. Llévanos a zona segura.
—A la orden, general —acelera, el chofer.
—Veo que las negociaciones de paz salieron mal, general —murmura Albert, malogrado— ¿Qué pasó?
—Un caos, Sherwood —niega, cabizbajo—. Les juro que lo intenté. Mas de lo que podría asegurar. Pero Desmond es un animal imparable. Tiene hambre y sed de poder. Su partido tomó todo el control. No hubo caso de convencerlo de lo contrario. Incluso si le di mas opciones. Se arrojó de cara a la violencia y no pudimos hacer nada —masculle, frunciendo el ceño—. Es un hombre obtuso sin razones reales.
—Se entiende que lo intentó, señor —murmura Albert, esperanzado—. Por favor, no se culpe tanto. Hace su trabajo.
—Disculpa si no viene al caso. Pero…—murmura el uniformado— ¿Cómo vas con mi encargo? ¿Pudiste traerlo contigo?
—Por supuesto, coronel. Yo no cometo errores en mi trabajo —decreta el Ostaniano, revelándole entre un manto de seda el diamante—. El Smirnof se encuentra ya pulido y listo para ser devuelto. Como solicitó.
—Es un diamante precioso ¿No te parece? —profesa Briar, examinándolo por sobre el hombro—. Lo has dejado tal y como mi padre lo hubiera querido.
—Es sin duda una pieza valiosa. Me demoré casi un mes en acabarlo. Pero finalmente está listo —se lo extiende—. Por favor, téngalo.
—No. De ninguna manera —se niega el mayor—. Te han despojado de tus tierras y tu hogar. Por favor, consérvalo.
—¿Disculpe?
—Eres un buen joyero, Albert. El mejor que conozco en la nación —le endosa, en una sonrisa socarrona—. Ahora lo necesitarás más que nunca. Creo que te lo mereces más que yo.
—Pe-Pero…general…—espeta Sherwood, descalabrado— ¿Acaso no es la reliquia familiar?
—Si. Ya sé lo que dirás al respecto —bufa, templado—. Lo vi venir. Pero ya nada importa ahora que la guerra finalmente estalló. Mi familia ha caído en desgracia. Los Briar tuvimos que vender casi todo lo que teníamos por órdenes de altos mandos. Quien se rehusara a aceptar, sería colgado. Así lo decretó Donovan.
—Ese hombre es el mal en persona…—señala el orfebre.
—Lo es. Pero, aun así, deseo que conserves tú el diamante —aclara el mayor—. Si los Desmond se apoderan de él, sería peor que morir en la plazoleta. Realmente no tiene un valor monetario. Es más bien sentimental. Viene de generación en generación. Heredado por derecho propio —sentencia, decidido—. Por ningún motivo permitiré que se lo lleven. Pase lo que pase. Podrán haberse adueñado de mi fortuna, pero jamás de ese diamante. Prométeme —le hace jurar—. Que no se los entregarás nunca.
—No mientras viva, general —atestigua, el joyero.
—Ya le dije a mi primogénito que también velara por su seguridad —añade el oficial—. Yuri es un buen niño. Muy obediente. Pero demasiado imperioso. Está muy ávido de poder y temo que eso lo ciegue. Apenas tiene 15 años. Es joven y vehemente —relata, cabizbajo—. Por el momento, el diamante es tuyo. Si él se muestra afanoso por-…
—¡Han comenzado los bombardeos! —advierte el conductor, alzando la vista por el parabrisas—. Dios mío…
—Mierda. ¿Ahora? —gruñe Briar— ¡Pero si ni si quiera han evacuado a todos los civiles de la frontera!
—¡Señor! ¡Westalis está contratacando de vuelta! —brama el mayordomo— ¡Nos caerán encima!
—¡¿Qué dices?! —se gira hacia sus invitados— ¡Sherwood! ¡Tú no-…!
—¡General Briar! —chilla Sylvia, abrazando a su hija.
Un diluvio de explosiones, bombas y proyectiles los aborda. Por más que el joven mayordomo batalla por esquivarlas, el camino se desfigura frente a él. E inevitablemente, el carro termina volcándose en medio de una lluvia de metrallas y polvo que se disipa luego de unos minutos. Frederick logra salir con vida del auto. Casi de milagro. Arrastrándose a duras penas con la pierna derecha quebrada en dos partes y parte de su brazo izquierdo adolorido. El estruendo ha sido tal, que jura haberse roto los tímpanos. Solo oye un pito sordo con asalto. En medio de tanta afonía, recobra el aliento. Es el llanto horrorizado de una mujer, que lo regresa a sus sentidos más viscerales. Sylvia Sherwood; embetunada en sangre reclama a los vientos la pérdida de su esposo e hija. No solo ellos han muerto en el indiscriminado ataque. Los únicos vestigios en vida del coronel Briar, son una parte de su mano izquierda y huesos deformes. Se ha desvanecido, con el fuego lacerante de la batalla. La guerra, los ha alcanzado.
—General Briar…—masculle lamentado, el acabado sirviente— Perdóneme…
Una pistola recargándose contra su nuca, lo desafía. Sylvia ha perdido los estribos de la razón. Y encañona al mozo, anhelante de venganza. Busca culpables por la perdida. Natural.
—Tu, sabias de esto ¿Verdad?
—No, señora Sherwood —revela el hombre, con la mandíbula pegada al barro, polvo y sangre—. Nos han traicionado…al igual que a usted.
—¿Quién? —masculle la mujer, enajenada— ¡¿Quién?!
—No lo sé ¡Cof! —tose, abatido—. Posiblemente los Desmond. Quien sabe ya…
—Quiero que paguen —exclama la fémina, iracunda— ¡Quiero que mueran!
—Sin duda lo harán —carraspea el hombre, tembloroso—. Pero ahora mismo siento que he perdido tanta sangre, que no podré seguir platicando con usted. En cualquier momento, perderé la conciencia. Si quiere dejarme aquí tirado, la entenderé ¡Cof! ¡Nhg! —vomita.
—¿Qué tengo que hacer para verlos caer? —presiona el arma contra su cabeza— ¡HABLA!
—El…diamante…—balbucea escuálido, el muchacho—. El…di…a…mhm…—se desmaya.
—¿El diamante? ¿El diamante Smirnof? —recula Sylvia, agraviada—. Es cierto. Ese diamante, se lo dio el general a mi esposo. Dijo que era un regalo y que debíamos protegerlo. De los Desmond y de su propio hijo, Yuri. ¿En dónde está?
Sylvia se proyecta mermada a buscarlo entre los escombros del mismísimo accidente. Pero no cuenta con mucho tiempo. Entre la estepa, se eleva una ventisca de polvareda, proveyendo una escena de intrusos de cara a lo ocurrido. No logra su objetivo, dado que, al cabo de unos minutos, cuatro vehículos motorizados se estacionan en la escena. Ha tenido que huir hacia una arboleda de cactus. Agazapada y maltrecha, oye y ve de lejos la situación.
—Han sido proyectiles de Westalis, sin duda —declara uno de los uniformados—. Están todos muertos.
—¡El chofer sigue vivo! —advierte el soldado— ¡Traigan al camillero, de prisa!
—¿Mi padre? —Yuri desciende del vehículo, atolondrado— ¿Está…?
—Lo siento, joven Briar —niega con la cabeza uno de los sargentos—. No sobrevivió. Y no quiero mostrarle lo que quedó de él.
—No quiero ver —sisea el menor, compungido— ¿Dónde está el diamante? Búsquenlo. Tiene que estar por aquí.
—¡Señorito! —advierte un oficial— ¡Se aproxima una tormenta de arena! ¡Debemos irnos!
—¡Quiero ese diamante! —aclara el pelinegro, malogrado— ¡No me iré sin el!
—¡¿Y terminar como el general?! ¡Ni de broma! Es el único varón que queda de la familia Briar —uno de los capitanes lo jala hacia el carro, de vuelta— ¡Se viene con nosotros! ¡Ordenes de Donovan Desmond! ¡Venga!
—¡Pero! ¡Esperen! ¡No! —lucha, de cara a su agarre— ¡El diamante!
—Nos vamos —demanda otro militar, cargando al uno sobreviviente de la escena—. Luego lo interrogaremos. Andando.
Si bien los soldados Ostanianos se han retirado, la borrasca de arenisca azota con vehemencia el lugar. Sylvia intenta a regañadientes soportarla. Mas no logra hacerle frente y termina enterrada en ella. Solo el universo sabrá que le depara.
[…]
—¡Ah! —Sherwood aviva la voz, saliendo de la miseria misma— ¿Qué ha pasado?
Un par de pisadas de caballos la amonestan. Se recoge, diferida. Son soldados de Westalis ahora, quienes incursionan en el lugar. Uno de ellos, el más lozano e inocente; escarba en la sílice y desentierra la alhaja en particular. Invita a otros a verla, anonadado por su belleza. Los Westalianos se han apoderado del diamante. Nunca más tendrá conocimiento sobre en donde cayó ese atractivo trozo de gema. Pues a partir de ese momento le perderá el rastro.
Rendida al ocaso del mañana, Sylvia se aventura a recrear esta nueva versión de la humanidad. La misma a la cual no le tiene fe alguna. La guerra le ha despojado del amor maternal y familiar. Y sin sentirse con que pueda verse desprovista a la perdida, concluye la travesía en el bajo mundo del mercado negro. El único recuerdo que la atará al pasado, es aquel diamante. Y no descansará, hasta haberlo recuperado.
—Volvemos al presente—
—Me pasé un tiempo siguiéndole el rastro al Smirnof —explica la pelirroja, sensitiva—. No solo estuvo en Westalis. También transitó por Sueden, Hugaria, entre otras naciones. Para cuando finalmente logré dar con su paradero, era demasiado tarde. Los Ostanianos se habían apoderado de, el bajo una jurisdicción ridícula de regresar "joyas patriotas". Intenté contratar a otras personas para conseguirlo. Mas ninguno consiguió obtenerlo —exhala, frustrada—. Los hubieras visto. Cual más inútil que el anterior.
—¿Es por eso que me elegiste a mí? —espeta Loid, esbozando una mueca esquiva—. No lo hiciste porque realmente me admiraras o yo tuviera talento, como me lo comentaste. Trabajando para cumplir con tus expectativas durante un par de años. Con el solo afán de llegar al Smirnof.
—No te ofendas, Twilight. Tampoco va por ese lado —aclara la fémina, jugueteando con su copa de alcohol—. Por supuesto que te elegí a ti por tus habilidades. Tienes un talento innato, no vamos a leernos la suerte entre gitanos con eso. Y lo cierto es que…te tenía tanta fe, que jamás se me pasó por la mente que no lo consiguieras en la subasta —añade, serena—. Al principio me impresionó que hubieras fallado en tu cometido. No eres un hombre que cometa errores. Sin embargo, luego de juntarme con Nightfall y que ella me aclarara el panorama…bueno. Lo entendí mejor.
—¿Y que se supone que entendiste?
—Te obnubilaste con la chica Briar. Es todo —se encoge de hombros, tomando un sorbo extenso y pidiendo otra ronda—. No te culpo. La muchacha tiene lo suyo. Es encantadora por donde se le vea.
—Si tanto querías el diamante —frunce el ceño, hastiado— ¿Por qué no solo te metías de lleno a conseguirlo y ya? Involucrar a otros…
—¿Acaso no escuchaste nada de lo que conté? El mayordomo de los Briar me conoce, tonto —suspira, malograda— ¿Quieres que me exponga a irme presa o algo así? Despabila, por favor.
—¿Por qué te irías a la cárcel por eso? El diamante te pertenece. El general Briar se lo dio a tu esposo —sentencia el rubio—. Finalmente, el Smirnof es tuyo por derecho.
—Partiendo por la base de que no debería estar en Ostania, ¿Por ejemplo? Estoy de ilegal aquí —alza una ceja, suspicaz—. Sin contar el historial delictual que me cargo encima. Para peor, Yuri Briar estaba obsesionado con él desde mucho antes de que estallara la guerra.
—La guerra acabó.
—La guerra aún no ha acabado y eso lo sabes mejor que nadie, Loid Forger —masculle Handler, cruzando una pierna sobre la otra—. De igual forma, esto ya no viene al caso. Si te conté la historia, fue para que dejaras de mirarme con esos ojos tan huraños. No soy tu enemiga.
—¿Quién lo es, entonces? —le reprocha el varón—. ¿Yuri? ¿Yor? ¿Nightfall?
—Pues me atrevería a decir que ahora mismo, los Desmond —manifiesta mercader, con dejo de soberbia en su mirada—. Te metiste con los peces gordos. No creas que no me di cuenta que esa destapadera de información bancaria, fue idea tuya. Aunque por más que le doy vueltas en mi cabeza, no logro dimensionar que tanto te hizo Melinda para que quieras vengarte así.
—Tonterías. No es una venganza como tal —admite Forger, terminándose su trago de un sorbo—. Estoy haciendo justicia, solamente. Lleva muchos años usurpando la economía de este país, como si fuese la dueña.
—¿Desde cuando tan preocupado por Ostania?
—Desde…— Buena pregunta. Ni si quiera es mi nación. Se supone que yo también estoy de ilegal aquí. ¿Qué estoy haciendo? Odio a los Ostanianos —. Desde nunca. No me mal interpretes —flaquea, el ojiazul—. Se ha metido con algunos de mis clientes más valiosos y eso me perjudica a los negocios. No pone precios justos y me obliga a bajar mis costos.
—Te has vuelto muy malo para mentir últimamente, Twilight. Creo que tu relación con Briar te ha ablandado —bufa Sherwood, alzando su copa en un brindis al aire. Su compañero gesticula un mohín desagradable, en respuesta—. Eres un tipo sencillo de leer ¿Sabias? Llevo años trabajando con personas como tú. Y sé muy bien, que, en este rubro, las ganancias al final del día son lo de menos —sentencia, encendiendo un cigarrillo— ¿Sabes que hace grandes, a los hombres de poder? Su reputación. Es todo lo que importa en el bajo mundo. Puedes incluso llegar a la cúspide de una organización, sin si quiera infundir miedo. Tan solo una pisca del respeto, será suficiente. Por lo que he de imaginar que el chantaje que te dio Melinda, debe de ser brutal para tu carrera. O mas bien, un golpe duro para tu ego.
—Es imposible poder ocultarle cosas a Mercader. Es como si leyera la mente de las personas. Bueno, por algo es la mejor —exhala Twilight, bebiendo lo ultimo de su trago—. Tienes buena imaginación, sin duda.
—Ya conoces las reglas. Debes morir con la mentira —alza la mano, exigiendo la cuenta—. Sea en lo que sea, que te pilló. Deshazte de ello y vuelve a las pistas. Ya me cansé de tus vacilaciones.
—Estoy en ello.
—Quiero ese diamante, Twilight. Y lo quiero ahora mismo —sentencia Sherwood, fulminándolo con la mirada—. Tienes hasta el sábado.
—El sábado me caso —advierte.
—Como si eso fuera a importarme —retoza la pelirroja, levantándose de la mesa—. Nos vemos.
Que ironía del destino, la que me acomete. Se supone que me había reunido con Mercader para increparla y sacarle información sobre sus verdaderas intenciones. ¿Y al final? Terminé yo, trasquilado. Ahora que estoy al tanto de toda la historia, un dejo de malestar aflige mi velada. Sabe que estoy en aprietos. Y no le ha temblado los labios en darme un plazo conclusivo, de la misión. Luego de verla partir, me quedé un rato más en aquel lóbrego bar. El parloteo estridente de los comensales, el tintineo de copas, la música de ambiente; todo me parecía siniestro. Vi pasar mi vida en retrospectiva, como quien se confiesa frente a un sacerdote. Yo era un lozano soldado del Oeste, cuando inicié esta lucha contra la realidad. Y pasé de ello, a ser un profesional embustero, para terminar, convirtiéndome en lo que soy, justo ahora. Un ridículo, abrumado por sombras remordidas que me repetían una y otra vez, lo pésimo que lo hice. Un panorama espantoso. Digno de un libro de terror. ¿Qué se supone que debo hacer ahora? Ya ni sé…quien soy.
—¿Desea algo más, señor?
La presencia del camarero me tomó por sorpresa, sacándome de onda. Le observé ahí parado, a un costado. Inconmovible, con expresión impávida. Estaba consciente de que su pregunta iba en dirección a conocer mis siguientes movimientos. Por si pedía otro trago o la cuenta. Sin embargo, oírla de esa manera tan templada, en un momento misántropo para mí; me regresó automáticamente a mi núcleo. Martirizado e indiscutiblemente fuera de contexto, le respondí.
—Si. Ha decir verdad, deseo muchas más cosas. No puedo conformarme a estas alturas del partido con lo que he tomado. No me sacia.
—¿Qué le sirvo? —urgió el mozo.
—Esta vez tomaré un whisky Westaliano —demanda el rubio—. Con solo dos de hielo.
—Es un poco más costoso de lo normal, al ser extranjero —acota el muchacho— ¿Aún así desea tomarlo?
—Lo sé. Lo bueno cuesta caro —sisea Forger, estimulado con su acotación—. Pero es finalmente lo que soy.
—¿Un…Westaliano? —consulta, atónito y medio pasmado.
—No. Un hombre de lujosas ambiciones —sentencia.
Que estúpido fui. ¿En que momento llegué a dudar de mi mismo? Handler tiene razón. Nightfall, tiene razón. Franky, tiene razón. Incluso Yuri Briar, la tiene. Todos la tienen. ¿A quien mierda pretendía engañar? Ah. Cierto. A Yor. La heredera de la familia Briar. Porque lo único que quiero es ese diamante y de paso, su fortuna. Porque eso es lo que soy. Un estafador internacional. Un mentiroso. Un mujeriego. Esa es mi naturaleza. Y porque no pienso dejar que nada ni nadie, me impida obtener mis objetivos.
El sábado me caso. Se acabaron las vacilaciones. Llegó la hora, de actuar.
[…]
—¿Encuentras que este vestido me queda muy apretado? —consulta Yor, preocupada. Y moviéndose de un lado a otro—. Es que…siento que engordé o algo así.
Mansión Briar. Sábado por la mañana.
—Señorita Briar —advierte la costurera—. Si no se queda quieta, no podré tomarle bien las medidas. Solo faltan algunos retoques.
—Dígame la verdad. ¿En serio si subí de peso? —inquiere la pelinegra— ¿O solo es mi dismorfia haciendo de las suyas?
—Un…poco —murmura la mujer, timorata—. Pero descuide, se puede solucionar fácilmente. Solo si me permite hacer mi trabajo y se tranquiliza, jeje.
—Ay, no. Que tragedia. De seguro es porque llevo a un bebé en mi vientre. Había escuchado rumores de que las mujeres aumentaban de peso durante el proceso. ¡¿Pero tenia que ser justo ahora en mi matrimonio?! —se toquetea el vientre, abrumada— Por favor, no crezcas tan rápido…
Alguien llama a la puerta.
—Hermana —examina el subteniente— ¿Puedo pasar?
—¡N-no! ¡Yuri! —chilla la joven, agobiada— ¡Es que aún no está terminado!
—Vamos, solo quiero ver lo hermosa que te ves —agrega, entrando de todos modos—. Woah…dios. Pero te ves increíble. ¡Eres como una diosa!
—¡Yuri! ¡Es de mala suerte que me veas usándolo! —le reprocha.
—Eso solo corre para el novio, señorita —adiciona Frederick, entrando detrás y cargando entre sus manos un par de zapatos elegantes—. Sin duda se ve esplendida. Esta tarde será la mujer mas codiciada de toda la nación. Incluso la misma Afrodita sentiría envidia.
—Jejeje…n-no exageres, por favor —balbucea Yor, sujetándose el rostro en total vergüenza—. Oye, Yuri. Ya que estás aquí. ¿Tú también me notas más gorda?
—¿Qué dices? —sugestiona el militar, hostigado—. No, hermana. Para nada. O, bueno. Mhm…no sé…—hace una pausa, analizándola de pies a cabeza—. Si es cierto que te ha crecido un poco el busto. Pero imagino será por el maíz.
—¿El maíz? —se aterra— ¿Qué tiene que ver eso?
—¡Pe-Perdón! ¡Yo no soy doctor! ¡Solo decía! —se retracta injuriado el menor, negando con la cabeza— ¡Es lo que le dan de comer a los pollos para que se pongan gorditos!
—¿Ahora soy un pollo? —Yor se descalabra—. Genial. Me rellenan como uno y me voy al horno.
—¡GAH! ¡No quise-…!
—Subteniente —interrumpe Fiona Frost, llamándole desde el pasillo—. Tiene una llamada urgente de la central. Por favor, venga conmigo.
—¡Ah! ¡Debe de ser mi coronel! —Yuri aprovecha el cagazo que se ha mandado, para huir de la escena— ¡Luego te veo, hermana! ¡Permiso!
—Dios…—Yor se toma la cabeza, afligida. Ha divisado a Fiona y aprovecha el impulso—. Fiona. Tu eres mujer igual que yo. Se sincera. ¿Me veo gorda con este vestido?
—Como una vaca —Frost sonríe, afanosa—. Para nada. Te ves fabulosa, Briar. Si me disculpas —se retira.
—Uff…bueno. A Fiona si le creo. No sabe fingir —se lo creyó.
En el despacho.
—Si, señor —asiente Yuri, al teléfono—. No se preocupe. Lo tengo todo bajo control. La próxima semana regreso a la frontera como es acordado.
Nightfall se mantiene agazapada a un costado del librero; escuchando todo en suma atención. Con ambas manos detrás de la espalda, semblante indiferente, silencio imperturbable y un ejemplar uniforme que la emplaza muy profesionalmente. Es la guardaespaldas de los Briar. Pero, también…
—He recibido los últimos reportes como aclaramos —explica, examinando un par de documentos sobre el escritorio—. Tengo a la mayoría de los sospechosos en la mira. Aunque déjeme decirle, que son bastante rápidos. Dos de ellos salieron hoy de la capital con pasaportes adulterados —relata, asintiendo. Y recibiendo ordenes del otro lado de la línea—. Por supuesto. Ya fueron apresados —guarda silencio— ¿Eh? ¿Melinda Desmond? ¿Que pasa con ella? —frunce el ceño—. Con todo respeto, coronel. Eso ya escapa de mi jurisdicción. Tengo entendido que ya hay una división encargada de velar por los intereses de esa familia. Le ruego me deje continuar con mi limpieza —sisea, exhalando. Ahora, mucho mas templado que antes—. Le agradezco, muchas gracias. Revisaré bien esa lista de contrabando y le tendré noticias el lunes a primera hora. Hoy se casa mi hermana y bueno, jeje…quiero concentrarme en ello —asiente, brioso— ¡Claro! Tenga usted buen fin de semana. Briar fuera —corta—. Ah…que fastidio.
—Te noto preocupado —musita Nightfall.
—Es mucha inoperancia en tan poco tiempo —exclama Briar, roído—. Es lo malo de haberme tomado unas "pseudo" vacaciones. Cuando sabes que eres bueno en algo, nunca dejes que otros se encarguen de tu trabajo. Bien lo decía mi padre. Es abrirle las puertas a la estupidez.
—Es por eso que siempre hago las cosas por mi cuenta. No me gusta depender de nadie más —sentencia la peliblanca—. No sirvo para el trabajo en "equipo".
—Es verdad. Es por eso que confió mucho en ti —revela Yuri, apenado—. Nada mas leal y loable que encargarte por ti misma. Pero…—se levanta, caminando hacia la puerta—. Tengo demasiadas cosas en la cabeza ahora mismo. No quiero pensar en ese expediente durante el fin de semana. Me preocupa más mi hermana.
—¿Tan tedioso es?
—No mucho —manifiesta el subteniente, sonriente—. Solo una lista e historiales de maleantes de poca monta que se mueven en el mercado negro. Ya sabes. Traidores de la nación que buscan perjudicarnos. Debo cazarlos a todos e interrogarlos. Me va a tomar tiempo que no tengo. Por lo mismo... —se acomoda la corbata—. Mejor lo dejo para después. ¿Volvemos?
—Debo hacer una llamada urgente ha casa —falsea Fiona—. Mis padres me escribieron y no he tenido acceso a un teléfono últimamente. ¿Me permitirías hacerlo desde tu despacho? Se que la línea está intervenida. No es nada malo. Luego podrás escucharla si gustas.
—¿Eh? Pero claro, mujer. Tu tranquila. No tengo razones para dudar de ti —le resta importancia, tocando su hombro derecho antes de salir—. Adelante, usa mi teléfono. Te veo abajo —se va.
—Jm…pues deberías, Yuri Briar.
Asimismo, Fiona estaba al tanto del plazo que Handler le había dado a su compañero para obtener el diamante. Apremiada por el tiempo y con el pasar de los días, también ambiciona completar su misión a la brevedad posible. Y qué momento más oportuno, que este. De quedarse a solas finalmente de cara a su escritorio, repleto de información valiosa. Asegurándose de estar completamente despoblada de peligro, aprovecha de trabar la puerta e incursionar en sus documentos. Es justo lo que estaba buscando. Esa red de "trafico" que ha mencionado hace un rato. Era lo que Mercader anhelaba ostentar. Ya, que, dentro de ese invaluable informe, se encontraban la mayoría de sus clientes. Algunos cómplices de delitos y también, compradores furtivos bajo el manto del escrutinio social. Tardó menos de un cuarto de minuto, apoderarse de tal instrumento. Lo esconde en un movimiento sagaz, dentro de su chaqueta. Y finge una llamada inocente hacia un numero falso que no atiende del otro lado. Su plan, está completo. Ya no hay nada que la ate a esta familia.
—Ahora solo faltas tú, Twilight. Terminemos con esto. Espero cumplas lo que me dijiste anoche…
—Flashback—
—Mañana vamos a terminar con toda esta farsa —berrea Loid, dejándose caer sobre el sofá—. Una vez que me case, tomaré el diamante, el certificado de matrimonio y nos largaremos. ¿Tienes alguna duda?
—Ninguna —se sienta a su lado, serena—. Solo que aún no consigo los documentos que me solicitó Handler. Espero entienda el atraso.
—Bueno. Será mejor que te des prisa con eso —masculle, hastiado—. Porque no pienso esperarte.
—Es curioso que me digas eso. Luego de que fui yo quien te esperó todo este tiempo —suspira, grácil—. Pero ya no me siento con ánimos de discutir contigo. De cierto modo…me alegra que por fin podamos irnos de este lugar. No la he pasado del todo bien.
—Ni yo.
—Pff, si claro…—Fiona lo examina por el rabillo del ojo, agraviada—. Si tú lo dices…
—¿Ya lo hiciste? —consulta Forger, cambiando radicalmente de tema.
Su compañera ha captado claramente el contexto de dicha pregunta.
—Está hecho —asevera Nightfall, con actitud agria—. Solo me recetaron reposo y no beber alcohol durante una semana.
—No puedo creer que te hayas quitado a mi bebé de las entrañas —Twilight se recarga sobre el respaldo del sofá, apretándose con los dedos, entre ojos—. Eres una mujer muy frívola.
—¿"Tu bebé"? —bufa sarcástica la muchacha. Y de paso, regalándole una mueca nauseabunda en el proceso—. Dios. Antes pensé que eras osado. Pero ahora me doy cuenta que simplemente eres un sinvergüenza.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué la agarras conmigo?
—Este nunca fue tu bebé, Twilight —le reprocha la ojinegra, levantándose violentamente para increparlo— ¡Era mío! ¡Mio y de nadie más! ¡Ni si quiera estas hecho para ser padre!
—Tu tampoco —arquea una ceja, suspicaz—. Así que no te las vengas a dar de heroína ahora. Y te recuerdo que los bebés se hacen de a dos. Ya deja de tirarme toda la carga a mí. Mira que tomé resguardos.
—Es cierto. No te lo voy a negar —declara su compañera, ofuscada—. Pero independientemente de como pasaron las cosas o si estábamos aptos o no. La cosa es que pasó. Así que no vuelvas a recriminarme por esto ni mucho menos me llames "frívola". Porque ¡No lo soy! ¿Crees que no me dolió? —rompe en cólera, con la mirada humedecida— ¡¿Crees que es tan fácil como llegar y meterte una espátula por-…?!
—Ya, Fiona. Ya, ya, ya —retoza Loid, abrazándola de golpe—. Ya…entendí. Perdona. Discúlpame. Shh…no llores.
—Eres una mierda —le rechaza, empujándole hacia atrás—. Pero…date con una roca en el pecho ¿Sabes? Porque mierda y todo, aun así, te amo.
—…
—Este sacrificio, no lo hice solo por mí. Y espero te quede muy claro —se retira hacia su cuarto—. Buenas noches, Twilight. Mas te vale que de aquí a mañana a esta hora, tengas el puto diamante. O te juro y esta vez que es verdad, que esto se acabó.
—Lo tendré. Descuida. Es una promesa. Yo no-…
De un portazo, se ha largado. Aunque ella ha escuchado con claridad su "promesa". Seguir confiando en él, es meramente una menudencia en el trabajo. Lo cierto es que, por primera vez en mucho tiempo, hablaba en serio. Y es algo, que se sellará, con fuego.
—Fin del Flashback—
—Me siento algo incomodo vistiendo este traje —murmura Loid, acomodándose el cuello de la camisa—. Espero no tenga que usarlo todo el día.
19:20PM. Jardín trasero de la mansión Briar.
—Exageras como de costumbre —comenta Nightfall, a su lado—. No es la primera vez que usas smoking de etiqueta. Compórtate.
—Estoy bien comportado, gracias —espeta el rubio—. Pero no es igual que las otras veces. No es solo un atuendo para una gala. Es un matrimonio.
—Bueno. Que sepas que yo tampoco me siento orgullosa de vestir este estúpido compuesto —farfulle, importunada—. Sabes que odio los vestidos.
—Aun así, te ves preciosa —halaga el varón, escondiendo una sonrisa bribona tras una copa de champaña—. No hace falta hacernos los locos.
—Si fuera por verse bien —comenta la fémina, loable—. Tu no desentonas ni, aunque te pongas trapos selváticos.
—¿Conseguiste los documentos?
—Lo hice. De hecho, ya se los entregué a Handler —descubre la muchacha—. Ahora solo queda esperar el resultado de esto.
—Muy profesional de tu parte, sin duda —esboza Forger, con orgullo—. Te van a pagar bien por eso.
—¿Qué tienes en mente? —sugestiona la peliblanca—. Anoche no me detallaste nada.
—¿Cómo podría? —suspira, rendido—. Te encerraste en tu cuarto muy exasperada y ni si quiera me diste una chance de explicarte que sigue.
—Aprovecha, que nadie nos está viendo —advierte— ¿Cuál es el plan?
—Me atrevería a decir que es tan sencillo, que raya en lo burdo —narra Twilight, simulando no hablar realmente con ella—. Pero luego de jurar, me iré con Yor a tener nuestra "protocolar" noche de bodas. Mientras esté dormida y extasiada, robaré el diamante. Ya sé dónde lo guarda. Está en su cuarto. Después, me haré con el certificado de bodas. Una vez en mi poder, Franky me estará esperando en el estacionamiento. Tiene contactos en el banco. Un conocido suyo, que trabaja profesionalmente en insumos, me va a legalizar el documento para poder sacar el dinero de la bóveda de los Briar —relata—. Finalmente, y de cara al amanecer, tu y yo estaremos lejos de Ostania. Con su fortuna y una vida por delante. ¿Ves alguna falla en mi lógica?
—Y luego dice que yo soy la frívola. Que basura de plan. De pronto…comienzo a sentir mucha pena por Yor Briar ¿Por qué? —asiente, juiciosa—. Ninguna falla. Solo que, por arte de magia de lo divino, de pronto te guste muchísimo tu noche de bodas. Tanto, que te retractes y mandes todo a la mierda.
—¿Por qué haría eso?
—Porque estás enamorado de la chica —arquea una ceja con obviedad—. Por eso.
—No lo estoy —miente, desviando la mirada—. Solo me confundí. Ya me aclaré. Todo está bien. Además, no es la primera vez que intimaríamos. Es algo natural para mi — No sé que estoy diciendo, pero a la mierda todo.
—Twilight. Yor está embarazada de ti —aclara Fiona— ¿Acaso tu no-…?
—¡Damas y caballeros! —interrumpe la jueza, dando por inicial a la ceremonia— ¡Por favor, reúnanse por acá! Tomen asiento y acérquense. Hora de comenzar. El padre Erick está con nosotros de testigo.
Mierda. Vino mucha mas gente de la que pensé. Creí haber sido bien especifico en declarar que sería una ceremonia "privada". Pero diviso a las compañeras de trabajo de Yor. Incluso a un par de colegas de Yuri y uno que otro raro que no conozco. ¿Qué mierda? Me paro frente al altar, aguardando la llegada de mi futura esposa. Los invitados toman palco, sobre asientos muy elegantes. Del lado de la prometida hay mucha gente. Del mío, a los únicos que reconozco son a Fiona y a Franky. ¿El resto? Randoms que contraté como actores para fingir. Me vi forzado a hacerlo solamente porque Yuri fue muy inquisitivo en el tema (me interrogó el cabrón). Y como yo no quería caer preso ni ejecutado, falsee todo. Afortunadamente no vino Melinda. Menos mal o cancelo todo. No quiero ver a esa bruja nunca más. Espero en estos momentos se esté comiendo la cabeza en averiguar infructuosamente quien la delató. Para cuando pueda llegar a enterarse de que fui yo, estaré lejos de su despótico poder.
La música dio inicio. Siendo yo consciente de que mi futura esposa no tenía progenitores en vida. Lo primero que divisé fue a Yuri; encarnando el rol de un padre que entrega a su hija. La traía del brazo, mientras portaba un vestido maravilloso que jamás antes vi, con tanta vehemencia. De por sí, Yor ya me resultaba una mujer muy atractiva y hermosa. Pero atestiguar con los ojos del corazón, su desplante en aquel refinado compuesto níveo, me robó el aliento. Lo concebí como una boda real. En todo momento, me proyecté a mí mismo, recibiéndola y ofrendando rostro a un altar. Como si una fuerza superior declarase atestiguar vernos, jurar amores eternos. No me tembló la mano. Ni mucho menos los labios. Lo único que vibraba en mi anatomía, era mi corazón. Mi pecho, proveía rebotes enrarecidos que inevitablemente me dotaron de un bochornoso sofoco en las mejillas. Es…preciosa. No sé por cuanto tiempo me habré quedado pegado contemplando su magnificencia. Que, en algún punto, alguien me habló.
—¿Su juramento, señor Forger? —consulta la jueza—. Estamos esperándolo…
—¡Dis-Disculpe! Es que me obnubilé con la suntuosidad de mi novia —se excusa Twilight, jadeante. Recula y sentencia—. Yo, Loid Forger. Te recibo a ti. Yor Briar. Para ser mi esposa, para tenerte y protegerte de hoy en adelante. Para bien y para mal, en la riqueza y en la pobreza, en salud y en enfermedad. Para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe….
—Yo, Yor Briar. Te recibo a ti. Loid Forger. Para ser tu esposa. Para tenerte y protegerte de hoy en adelante. Para bien y para mal, en la riqueza y en la pobreza, en salud y en enfermedad. Para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe…
—Si no hay nadie que se oponga entonces —especula la magistrada. Siendo testigo del silencio, declara—. Puede besar a la novia.
—Con…permiso —Loid le quita el velo de su rostro, dejando al descubierto su hegemónica carita—. Te voy a besar ahora…
—No te detengas…
Firmamos nuestro amor, en un beso brioso que arroja panegíricos a los invitados. Todos y cada uno de ellos, incluso Nightfall quien es la que mas finge en retroceso el asunto, aplaude. Ha salido bien. Como tenia que ser. Es un paso para mí. Un paso para ella. Un paso…para lo que viene.
Esa tarde festejamos a lo grande. Hubo comida, bebida, baile, una torta gigante, un vals y mucha algarabía. Las amigas de Yor no detenían el cumulo de júbilo. Trajeron regalos y muchas ganas de agasajar la velada. La vi danzar con su hermano. Un par de sus invitados se me acercaron para felicitarme. Me sentí fatal. Estaba yo llevando acabo la primicia de mi mayor acto hollywoodense. No decliné. En ningún momento. Yo era un actor y ella, mi actriz mas pueril de todas. Admito que me aproveché un poco. Tomé ventaja. Sabía que, al finalizar el día, no la vería nunca más. Así que, abusando de mi nuevo rol en su vida como su marido oficial, la rapté en un par de ocasiones. Para robarle besos apasionados. Ósculos húmedos y calientes. Toques y diálogos amorosos. Yor se deshacía entre mis dedos. Cada vez que mi anatomía se apremiaba con la suya, vibraba con la indulgencia de una recién casada. Estaba muy enamorada de mí. No me cabía duda alguna.
¿Y yo? Yo…también la amaba. La amaba tanto, que, aunque quisiera negarlo al altísimo, era imposible. Se me notaba a leguas. Cada vez que sonreía. Cada vez que me regalaba una mirada indiscreta. Cada vez que meneaba un solo musculo de su perfecta y majestuosa existencia; mi corazón exigía a gritos tenerla a solas. Solo para mí.
A eso de las 2:10AM. Fue Yor en definitiva, quien requirió despachar al público. Inexperta, mi esposa especuló que en una boda la gente debía irse a casa si deseaba pasar tiempo conmigo. Ante la negativa de algunas personas, le expliqué entre labios.
—Mi amor. Si anhelas que estemos solos, no es necesario que los eches —murmuró Loid, azorado contra su orejita—. Permíteles gozar de la fiesta. Podemos perdernos esta noche…
—¿Es prudente dejarlos solos? —Yor no comprende mucho del tema.
—Siempre es prudente —ríe Forger, divertido—. Es parte de la ceremonia. La gente lo entiende.
—Hablas como si te hubieras casado antes —ríe, jocosa.
—Lo cierto es que nunca antes me casé —declara el varón—. Pero si te profesas muy ávida de deseo intimo…
—Me gustaría ir a la cama contigo. Digo…al cuarto —sisea Briar, con la carita teñida de un rojo furioso—. Ya no quiero estar aquí. Me cansé de la gente. Aun así, no quiero sonar grosera. Es que…
—No pasa nada, mi amor —murmura Loid, sonriente—. Ven conmigo. Ya sé lo que quieres. Pasa tu brazo por mi cuello —la levanta, alzándola hacia la casona—. Eso. ¡Upa! ¿Vamos?
—Eres muy fuerte, Loid —murmura la chica, depositando besos por aquí y por allá—. Buenos músculos.
Yor me repleta de besuqueos por toda la cara. Desde el mentón hasta las mejillas, pasando por mi frente y mi sien. Me toma entre sus brazos y se aferra a mi como si fuese una niña pequeña buscando calor en medio de un invierno. Me gusta mucho. Lo cierto es que es muy dadivosa a la hora de demostrar amor. Mas allá de lo que ambos profesamos, es tan tierna que me cuesta dimensionar lo que haré a continuación…
—Tú lo eres más —revela el hombre, subiendo las escaleras—. Ya no tengas miedo de decirme lo que sientes o piensas ¿Ok? Somos marido y mujer.
—De acuerdo —acepta armoniosa la muchacha— ¿Entonces te puedo decir las cosas sin tapujos?
—Anda. Dilo. No lo endulces ni lo pongas bonito —ríe, depositándola en su cama— ¿Qué es?
—Quiero hacer el amor contigo. ¿Puede ser? —lo tiró de golpe.
—Jajaja —carcajea, divertido—. Claro que puede ser. Vamos…a hacerlo —se desabotona la camisa en el proceso—. Solo déjame quitarme la ropa y-…
Es muy ágil. Me aborda, sin que me de chances de reaccionar. En cuestión de segundos, Yor se me ha sentado encima, empujándome hacia la cama y despojándome de la ropa que llego. Un segundo. ¿Cómo se supone que debería sentirme? No me quejo porque quiera llevar el ritmo del encuentro. No es la primera vez. Pero…
—¿Te gusto? —incursiona Yor, quitándose el brasier en el proceso—. Dime. ¿Te complace lo que ves?
—Dios santo. Nunca vi unos pechos así de… ¿Cómo mierda decirlo sin que suene mal? Son maravillosos. Perfectos. Majestuosamente armónicos —traga saliva, febrilmente abochornado—. Me-Me gusta demasiado lo que veo, Yor.
—Anda. Son tuyas —declara la fémina, guiando sus manos hasta sus senos—. Apriétalas. Tócalas. ¿Está bien así?
Estoy fingiendo. Estoy fingiendo. Estoy fingiendo. Estoy fingiendo.
—No estoy fingiendo —traga saliva, obnubilado—. Ya no me provoques así. Ven conmigo —la abraza, sentándose sobre la cama—. Ven…vamos a sellar nuestro amor.
—Que sea sublime, por favor —demanda Yor, resuelta.
Esto…es…
[…]
—Ahhh…dios…santo…
¿Cuántas veces lo hicimos? ¿Cuatro? ¿Seis? ¿Ocho? Lo cierto es que como está embarazada de mí, ni si quiera me pidió acabar afuera. Perdí el rumbo. La cuenta. Y el despojo de lo que siento por ella. Que insisto, es amor. Pero no puedo darme el lujo de corresponderla. No ahora…
«Adentro. Adentro. Muy adentro…»
No doy más. Me acuerdo de lo que me dijo y me derramé con ímpetu en su anatomía. No siento culpa, pero si mucha indulgencia de cara a lo que haré a continuación. Desperté a eso de las 4:12AM. Dispuesto a marcharme. Que los dioses me acompañen. Porque estaba predispuesto a hacerle el amor como no hubiera un mañana y luego irme. ¿Es esto lo sagaz a un matrimonio falso? Quiero quedarme. Les juro que sí. Sin embargo, no puedo. Necesito ese diamante. Así que obvio todo lo que hemos vivido y me paro listo para robar. Hacer de mi naturaleza lo empírico que me surge de lo indómito. Perdón. Esto es lo que soy…
Tomando palco de que Yor roncaba en el quinto sueño, me vestí. Cogí una maleta que había oculto debajo del catre con antesala. Y no solo me apoderé del diamante, que repostaba resplandeciente sobre una base de mármol. Si no que, de paso, me adjudiqué un par de reliquias que ya había marcado con anterioridad, por la mansión. El silencio nocturno era tal, que no volaba ni una mosca por la morada. Me vi a mi mismo, azorado por la afrenta de lo delictual. No supe que mierda estaba haciendo. Era como moverme en son de la inercia. Impulsado por el instinto mas bajo y cernícalo de mi anatomía. Antes de irme y abandonarla a su suerte, regresé al cuarto en donde con avidez; en innumerables ocasiones la hice mía. El reconcomio de ambigüedad me carcomía por dentro. Estaba consciente de todo lo que me rodeaba. Su serena respiración, la brisa colándose por las cortinas del ventanal. El vitoreo de un par de grillos desde el jardín. El silencio más inocente de todos…
Algo se contrajo contra mi pecho. Una sensación nauseabunda, dotada de angustia e inexacta informalidad. Como quien, tentado a una imprudencia, comete el mayor de los errores. Me he adjudicado una violación. Pues mi delito no era ser un negligente hombre del engaño. Si no, abandonar a la única mujer que alguna vez, sentí que amé. Del alma. Desde lo más profundo de mis entrañas. Y todo esto, dentro del escenario más horrendamente imaginado. Dando un ultimo tropiezo, me deslicé hasta su cama y deposité un beso casto en su frente. Era un adiós. El fin de una era. El clímax de una obra de teatro. El acto final. La conclusión de un libro…de terror.
—Perdóname…mi amor…
Murmuré. Tan escuálido, que ni un perro lo hubiera escuchado; con todo su agudo sentido de la auscultación.
Reparando concluido mi cometido, bajé por la mampara trasera de la mansión. Franky, medio ebrio producto del festejo y el jolgorio, me esperaba en un carro. Agazapado en la penumbra. Dormitando. Me molestó bastante verlo somnoliento. Le dije al cabrón que lo necesitaba sobrio. Que no abusara. De un puñetazo, abrí la puerta y lo arrojé hacia la acera. Fiona estaba en el asiento trasero, impávida. Sin pegar pestañazo. Ella no ingirió ni una gota de alcohol. Las maletas estaban listas en el faquín del vehículo.
—¡Gah! ¡Ya desperté! —chilla Franky, descalabrado— ¡Oye! ¡No me dejes aquí! —se mete a la mala, empotrándose contra el asiento del copiloto— ¡Yo soy el chofer!
—Ni cagando te dejaría conducir en ese estado, idiota —lo fulmina con la mirada, arrojándole de golpe el maletín con la joya—. Cállate y ponte el cinturón.
—Hueles fatal, Twilight —le reprocha su camarada—. Al menos pudiste darte una ducha y quitarte su olor de encima.
—¿Es en serio? —le reprende el rubio, acelerando hacia la avenida—. Ni que tuviera un temporizador biológico para eso. Confórmate con que cumplí con los plazos.
—¿Y yo como coño voy a saber sobre tus tiempos? —Frost observa a Franklin, buscando una respuesta— ¿Cómo cuanto tardan ustedes en recuperarse?
—¿Por qué me lo preguntas a mí? —sisea Franklin—. Jamás lo he hecho.
—Ah…—se calla, apabullada—. Mil disculpas, no pretendía ofenderte.
—¡¿Cómo es que eso podría ofenderme?! —cuestiona el muchacho de anteojos, descalabrado—. Oye, Twilight. Tu no-…
—¿Quieren callarse ya? —espeta Forger, estrujando el manubrio con desazón—. No le hablen al conductor o lo distraen. Silencio.
—…
Por muy increíble que pareciera. Franky. Quien era un muchacho que conocía de mucho menos tiempo que Fiona, me observaba por el rabillo del ojo como si supiera a la perfección como me sentía. La frustración que soltaba en esos momentos, me brotaba por los poros. Debe de haberlo notado a todas luces, tras haber pasado un par de noches dialogando conmigo. De seguro se estaba cuestionando muchas cosas. Sobre todo, porque escuchó de mis labios, querer cambiar. Mejorar. Hacer las cosas "por el bien". Estaba al tanto de que le confesé abiertamente que ya no quería ser un bastardo desalmado. Que Yor realmente me gustaba y que anhelaba tener una vida feliz a su lado. Aun así, decidió callar y no emitir palabra alguna. No, delante de Fiona. Este muchacho era mucho mas sensitivo de lo que creí. Imponía un enorme respeto de cara a lo sentimental. Siendo casto aún a una edad tan avanzada, probablemente percibió casi personal mi dolor. Terminó desviando la mirada, fingiendo estar mas concentrado en las calles que en mi persona. Lo puedes sentir ¿Verdad? El como me lastima esta situación. Hemos creado juntos un lenguaje onírico del cual los léxicos sobran. Pero ninguno de los dos dirá nada al respecto. Es hora de seguir con este macabro plan.
Antes de abandonar para siempre la nación de Ostania, nos pasamos como estaba previsto; por el banco. Franky ya había organizado todo meticulosamente, para que uno de sus contactos me abriera la bóveda sin chistar. Yo. Siendo oficialmente el esposo de Yor Briar. Nada ilegal. Todo amparado bajo el estatuto del código civil vigente. Solo que, en un horario poco protocolar, claro. Lo único turbio que tuvo que hacer aquel muchacho, era tergiversar el cuadro del retiro. Fue a eso de las 5:00AM. Adulterando en papel, que lo había hecho a las 9:30AM.
Estaba hecho. Toda la fortuna que albergaban los Briar, ahora me pertenecía como amo y señor. Desfalcados, hasta los cimientos. Era la cantidad suficiente como para retirarme eternamente del nebuloso universo de la estafa y literalmente, jubilarme. Para así dar un nuevo significado a mi vida. Un giro radical. Empezar de cero. En otro planeta, inclusive. Pero no fuimos muy lejos, tampoco. En cuanto el astro rey tocó la cordillera, yo ya había cruzado la frontera. Tanto Nightfall como Franky, aceptaron venir conmigo. Mi informante por supuesto se llevó una tajada significativa. Casi del 15% de las ganancias. Eso selló nuestra amistad para toda la vida. Me juró lealtad, hasta la muerte. Fue lo que dijo. Y seguiría trabajando conmigo sin importar a donde fuéramos. De dos cómplices, pasamos a tres. Negocio redondo. Aunque no pudiese dimensionar hasta donde la lealtad de mi nuevo camarada de usanzas llegara.
Fue así, como desaparecimos de los registros de Berlint. Como si nunca hubiéramos vivido ahí. Nuestro paso por el mundo, se incineró de cara a la estafa más glorificante de todas. Para cuando tomé conciencia de lo que habíamos hecho, ya nos encontrábamos viviendo en Rusalia. Una nación aledaña a todas, sin potestad jurídica de otros poderes facticos y perdidos en los montañosos Alpes. Adquirí una mansión fastuosa, en medio del bosque. Alejada de toda la urbe. Y nos ocultamos ahí, hasta que el tiempo nos hizo presas de lo oportuno. Pasamos incontables noches, días y semanas gozando del botín. Entre que íbamos a fiestas, haciéndonos populares con la elite mas ilustre, lugareños y conocidos.
Entonces. Un día. Sin previo aviso, la realidad tocó a mi puerta. Todo esto, luego de una rifa exuberante en casa de un magnate reconocido de la sociedad. Porque no todo lo que brilla es oro y no todo el oro del mundo, es brillante. Sin darme cuenta, yo había caído indiscutiblemente en el abrazo de la bebida. Tanto yo como Franky, nos volvimos bebedores mas allá de lo social. Yo me profesaba un alcohólico para ese momento. Y el, un acérrimo consumidor de estupefacientes y apuestas que, por lejos, nunca compartí gusto alguno. Esa noche nos enfrascamos en una pelea campal en la sala, a puñetazos y patadas. Nightfall tuvo que intervenir. Nos logró separar. Pero esto sin duda no era lo que alguna vez planificó a futuro. Estaba tan aburrida de nosotros dos…que nos amenazó con irse o echarnos. Lo primero que pasara primero. Ese hecho, fulminó nuestra cofradía.
1 año después.
—Buenos días —desentona Franklin, tambaleándose hacia la mesa— ¿Qué desayunamos hoy?
—No tengo la menor idea —berrea Loid, con aparentes signos de resaca—. Pero supongo que Nightfall ya preparó algo ¿O no?
—No —sentencia la mujer, cabreada—. No haré nada mas por ustedes. Ya me cansaron, par de ineptos buenos para nada. Arréglenselas solos. Me voy.
—¡¿A dónde vas?! —chilla Franky— ¡No nos dejes! ¡Te lo ruego!
—¿Qué mierda te importa? —protesta la fémina, saliendo por la puerta— ¡Tsk! ¡Al mercado! ¡Adiós!
—Dios…las mujeres son cosa seria —fuma el muchacho.
—Esto no es bueno…—reflexionó Forger, malogrado. Acto seguido, coge su sombrero y su chaqueta—. Me voy. Tengo asuntos que atender. Me llevo la botella de agua.
—¡¿Tu también me dejas?! —protesta, completamente solo en el salón—. Mierda. Y eso que la pasamos bien anoche…bah…
[…]
—¡Oh! ¡Joven Forger! ¡Que alegría verla esta mañana por acá! —exclama el anciano, jovial— ¿Desea las flores de siempre?
Centro de Moscov. Capital de Rusalia. 10:10AM.
—Buenos días, señor Livnosky —saluda pueril, Frost—. No. Esta vez quisiera llevar las azucenas. Para variar un poco en mi jardín.
—Son escasas en estos días de invierno —explica el varón, entregándole un par de lisonjas florales—. Le va a costar más de la cuenta.
—Me las llevo igual. Mi marido paga, como siempre —le entrega un par de billetes a cambio—. Disculpe, pero… ¿Cómo le fue con mi encargo?
—Ah. Su encargo —sisea el hombre, escondiendo solapadamente un sobre entre el ramo—. Aquí está. Tal y como pidió. Es un reporte muy detallado.
—Ya veo —murmura Fiona, agazapada en una mueca signante—. Dígame una cosa. ¿Ha visto movimientos por la frontera?
—Muchos, sin duda —añade el florista—. Pero nada que atente contra su matrimonio. Usted comprenderá que somos muy profesionales aquí.
—Le agradezco —balbucea en respuesta, pagando—. Tenga buen día.
—¡Buen día para usted!
De un tiempo a esta parte, Nightfall se ha mostrado muy…mhm… ¿Cómo decirlo? "Suspicaz". Si. Esa es la palabra. A la hora de moverse por la ciudad. Cada vez que baja a la urbe, se repleta de conexiones que no me cuenta, pues nuestra confianza últimamente se ha visto ultrajada producto de mis descuidos. Es natural. No esperaba que me soportara por tanto tiempo siendo un emo de mierda. Lo cierto es que no estoy justificando mi adicción a la bebida porque sí. ¿Ok? Encontré un escape poco nocivo en él, para olvidarme de lo que sentía por Yor Briar. Aunque ella finja que no se da cuenta, está claro que le afecta. Sin embargo, sus movimientos, estas últimas semanas me han resultado tan erráticos, que me vi forzado a seguirla. No estaba dentro de mis planes distinguirla como una posible amenaza. Tan solo deseo corroborar que es lo que cavila dentro de esa cabecita tan imaginativa. Me zampé cuatro litros de agua para poder recobrar la sobriedad y profesarme apto de espiarla. Vi que algo le entregó el jardinero. Ella se resta del asunto y entra a una cafetería con palco abierto. La noto muy briosa a la hora de leer esa misiva. Me pregunto ¿Qué es lo que tanto, cuida? ¿De que reporte, hablaban? ¿Qué es tan importante para ella? Me escondí detrás de unos arbustos, de frente a su espalda. Y elevo la mirada para poder contemplar de lleno su contenido. ¿Qué es eso…? Tuve que ponerme lentes para enfocar mejor. Dice…
«Buenos días, Nightfall. O debería decir, buenas tardes o buenas noches. Lo que se te venga mejor.
Una vez mas agradezco todo el esfuerzo que haces por cuidar la sanidad mental de Twilight. Es imperativo que lo alejes de todo atisbo de existencia de los Briar. Sobre todo, de Yor Briar. El panorama no es bueno por acá. Luego de aquella estafa, Yuri tuvo que aceptar trabajos dobles en Sueden y pasó muchos meses fuera de casa. Los Desmond fueron enjuiciados y Melinda esta presa, ahora mismo. Ha sido todo un escandalo nacional. Pero eso no es lo que me preocupa. Supe que la chica escapó de casa y tal como me indicaste en tu ultima carta, perdimos su rastro. Ya no sabemos en donde está. Solo te pido que sigas conteniendo a Twilight. Bajo ningún punto de vista, podemos permitir que contacte con ella.
Te reitero. Ciertamente es muy contraproducente y empañaría su juicio nuevamente.
Por el contrario. Tengo una buena misión para ustedes. Es muchísimo dinero. Por favor, comunícaselo cuanto antes. Necesito que consigan dos joyas de la familia "Rumanuv" en Rusalia. Llegan hoy en la noche. Aquí van las instrucciones del encuentro. Se realizará un baile y ceremonia en el antiguo Kremlin del monte Urkua. Hazte cargo. Y te ruego, no caigan en menudencias. Sean profesionales y discretos. Tomen lo que tengan que tomar y lárguense de ahí.
Firmado; Handler»
—¿Qué es esto…?
[…]
—Twilight…
Ah. Que magnifica brisa hace esta tarde. Invierno y todo, creo que el sol salió para mi esta vez. Me senté en el balcón para fumar a gusto y tomarme una copita de vino sabrosa en el proceso. El viento sopla a mi favor, removiendo un par de mechones acometedores contra mi frente. Llega a mis oídos la voz endulzada de Fiona entre tanto. Simulo sentirme desentendido, pues ya se lo que va a informarme. Aun así, me arrojo a fingir que no me entero. Me volteo a medio torso y la invito a acompañarme.
—¿Te sirvo algo? —propone el rubio, resuelto.
—No quiero tomar nada. Debes dejar la bebida, Twilight —lauda Fiona, mermada. Se sienta a su lado—. Te hace muy mal.
—¿En qué sentido? —se encoge de hombros.
—Tu rendimiento sexual ha disminuido bastante desde que consumes alcohol en exceso —sentencia la ojinegra, preocupada—. Hazte un favor. Y déjalo…
—¿Cómo que…? — Vale, eso no lo vi venir —parpadea, estupefacto. Traga saliva— ¿Ya no te complazco como antes?
—No. Sin duda no lo haces —niega Frost, sincera—. Pero no vine a hablar de eso ahora. No son mis inquietudes intimas lo que me agobian. Es que…—aprieta los labios, agraviada—. Mercader nos ha dado una nueva misión.
—No hago misiones ya. ¿No te lo dije? —refuta Loid, arisco—. Me retiré —. No me ofende mi calidad sexo afectiva. Si no es con Yor. Ya me cansé de fingir…
—De acuerdo. Lo entiendo —asiente—. Pero esto es importante.
—¿Por qué lo sería?
—Porque hay una familia poderosa en Rusalia que tiene dos joyas importantes —explica Nightfall, afrentada—. Y es imperativo que las consigamos.
—¿Qué tan importante podrían ser esas joyas? —sisea Loid, soberbio—. Ni que fueran declaraciones de amor.
—En efecto. Una de ellas, es una argolla de matrimonio —revela Frost, acongojada—. Es el anillo que le dio la reina Elizabeth al consorte Alberto. De Britania. Y están dando una muy buena suma de dinero por ella. La otra es un collar.
—¿Acaso no ves en donde estamos parados, Nightfall? —balbucea templado, el ojiazul— ¿Qué te hace pensar que necesitamos el dinero? Nos basta y sobra hasta morirnos.
—Morirnos —repite Fiona, afrontada—. Querrás decir, tu, morirte. Con todo lo que tomas, estas acortando drásticamente tus años de vida. En cualquier momento te agarras una cirrosis de aquella y te entiesas.
—¿Y eso que? Como si mi vida tuviera un sentido lógico…—Forger desvía la mirada, azorado. Mas pronto que tarde, toma la botella y se la empina—. Al diablo. No me interesa. Ve y hazlo tu sola. Perfectamente te has encargado de los asuntos de Mercader ¿O me equivoco?
—¿Cómo dices? —parpadea, malograda—. Mierda. Así que se ha enterado de que intento mantenerlo alejado de esa chica. Aunque era cuestión de tiempo —. Vale, se a donde quieres llegar —suspira—. Que sepas que tampoco te tengo de prisionero aquí ¿Sabes? Eres libre de irte a donde gustes. Si deseas volver corriendo a sus brazos, aun te quedan riñones para hacerlo.
—Que conveniente para ti decir eso ¿No? —masculle mosqueado, el rubio—. Sabes perfectamente que, aunque quisiera, no puedo. La chica me debe de detestar por lo que le hice. Nadie en su sano juicio, podría perdonar tal atrocidad. Lo que pasó entre ella y yo, es…—aprieta los puños—. Es horrible. Y no hay un jodido día en el que no me arrepienta.
—Pues hasta el momento, has estado fingiendo bastante bien que no te importa en lo más mínimo —profesa Frost, quitándole bruscamente la botella de las manos—. Se acabó. Vendrás conmigo. Dinero o no, es nuestro trabajo. No olvides que a esto nos dedicamos. El retiro no existe para nosotros. Y esta mierda —arroja la garrafa hacia el bosque, hastiada—. Es veneno. Ya córtala.
—No sacas nada con quitármela. Puedo conseguirme otra. La alacena está repleta —se encoge de hombros, en una actitud indolente—. Además, mis ambiciones han cambiado. El dinero o la fama ya no me son suficientes. No me sacian.
—¿Y que cosa lo haría para que dejes de comportarte como un borracho imbécil? —arquea una ceja, cruzada de brazos— ¿Qué quieres? Y por favor, ya ni la menciones.
—¿Quién te dijo que me interesa Yor Briar? Eso ya es historia para mi —Loid se levanta de la hamaca, revolviéndose los cabellos en el proceso—. No lo sé. No lo he pensado realmente. Tal vez me haría bien salir a recrear algo la vista.
—¿Es eso lo que quieres? ¿Liarte con mujeres?
—¿Tiene algo de malo? —le reprocha el varón—. Soy joven aún.
—Pues si es necesario para que regreses a tus cávales, no refutaré —acepta impávida, la fémina—. Ya poco me importa en donde metes las manos. Mientras siempre regreses a mí, es suficiente. Ve a prepararte entonces. Y date una buena ducha, joder. Apestas a chivo muerto.
—…
Fiona suele repetirme constantemente que, si continúo tomando en exceso, acabaré muerto. Pero no hay nada mas inverosímil que esa realidad. Porque yo desde hace bastante, que ya fallecí. Lo hice, esa noche que crucé la frontera y dejé a Yor y a mi bebé, a su suerte. Así que ¿Qué mas da? Ni si quiera le importa ya, que me enfrasque en otras faldas. No muestra un ápice de celo o reconcomio respecto a mis aspiraciones. Y no importa que tan reprochable actúe frente a ella, incluso cayendo en las conductas mas bastardas existentes. Nightfall no me va a dejar. Nunca lo hará. Es como…un lastre. Una mochila pesada que cargo sobre mis hombros, que a diario me recuerda la clase de porquería de ser humano que soy. Respirar, por el hecho de tener pulmones. Comer, por ostentar la habilidad de masticar. Defecar, porque aún tengo intestinos. Intimar, preso de mis pueriles feromonas masculinas. Es todo lo que he estado haciendo durante un año completo. Sin sentir, ni una pisca de placer en ello. Ya ni el sol de la mañana ni la lluvia de invierno, me reconfortan. Existo…por la gracia divina de lo inexplicable.
Soy un mal necesario. Una cucaracha, escarbando en la basura ajena. Me odio. Me odio tanto, que juraría no estar realmente aquí, ahora. Cada vez que me miro al espejo, la repulsión de mis aberrantes acciones me lacera por dentro. ¿Qué si me veo sucio? ¿Ojeroso? ¿Ebrio? Soy el reflejo de un alma pútrida, que vaga sin rumbo. Si alguna vez en mi vida, me llegó a pasar algo bueno; fue haberla conocido a ella. ¿Y que hice al respecto? Como de costumbre, en la naturaleza empírica del hombre salvaje; lo destruí. Lo hice añicos. El universo fue indulgente conmigo. Y miren como le pagué de vuelta. ¿Merezco la compasión o el perdón divino de alguien? Que soberbio de mi parte hubiese sido aspirar a tanto.
Así que esa tarde me di una ducha, me vestí acorde a la ocasión y asistí al jodido baile, banquete o como se llame. Haría de las mías, dando riendas sueltas a mis mas oscuros y desdéñales deseos. Con la esperanza de que algún pobre diablo, injuriado por el adulterio de su mujer, me pegara un balazo en venganza. Eso…o lo que sea que pase. Ya todo me da igual.
[…]
—Wow…este lugar está repleto de gente demasiado culta para mi —bosqueja Franky, embobado— ¿Ya viste quienes asistieron?
Antiguo Kremlin del monte Urkua. 22:10PM.
—No sé. Y no me interesa realmente —sisea Forger, quien ha ido directo a la barra de tragos para comenzar la noche—. Aunque debo de reconocer que tienen buenos licores. Este destilado de arándanos Uzbeko está buenísimo. ¿Ya lo probaste?
—¿Qué cosas dices? Despabila —regaña Franklin, dándole un traspié con el zapato— ¿A quien le importa la barra? ¡Mira! —le voltea el rostro— ¡En este palacio abundan las mujeres guapas y eruditos mas reconocidos de la provincia! Ese de ahí —apunta—. Es el científico Igor Zalekiev. Y ese de allá, es el reconocido arquitecto Alexandrei Bolsov. Twilight, esto es una mina de oro de información ¿De donde sacaron este tremendo datazo?
Miré, desganado. Pero no "vi" a nadie, realmente interesante. Solo mas lacra de la cual poder abusar, como es habitual en este trabajo.
—No tengo la más mínima idea de lo que me dices —le resta importancia, soltándose de su agarre—. Déjame beber en paz ¿Quieres?
—Joder. Que patán eres —se queja su cómplice, masticando un par de canapés— ¿Al menos me dirás quién es el objetivo?
—Ni puta idea —se encoge de hombros—. Es Nightfall quien tiene los detalles.
—¿Sabes si quiera, para que estamos aquí?
—No —declara.
—Pff…eres fatal, amigo —niega el muchacho de anteojos, descalabrado—. Solo espero que la paga sea realmente buena o estaré en problemas.
—¿Y tu para que quieres dinero? —le increpa el rubio—. Si tienes de sobra.
—Las apuestas no han ido muy bien que digamos, jeje —ríe el bajito, rascándose la nuca—. Aun no he logrado recuperarme bien de mi ultima partida de póker.
—¿Qué demonios? —parpadea Forger, liado—. Franky…no me digas que estás quebrado.
—¡B-bueno! ¡No, realmente! —chilla, mermado—. Digamos que…me pasé a meter sin querer con un par de tipos que, joder. Se dieron cuenta de que usaba ciertos "truquitos" y les debo dinero ahora, por la tapadera.
—¿Qué cojones? ¿Cómo que haces trampa? —farfulle Loid, garboso—. Que horrible. Y luego me dices a mí que soy fatal. No tienes cara.
—¡Tu no lo entiendes! ¡No es que quiera hacerlo! ¡¿Ok?! —se excusa el informante, importunado— ¡Pasa que no tengo suerte en el juego!
—Y si eres realmente malo y no tienes pasta para eso —exhala Twilight, hastiado— ¿Para que mierda sigues apostando entonces? No tienes ni una pisca de orgullo.
—No es por el dinero realmente ¿Sabes? —masculle Franklin, abochornado—. Es que a las chicas les gustan mucho los hombres que juegan jejeje…se me acercan varias por eso.
—Retiro lo dicho. No es orgullo lo que no tienes —bufa, nauseabundo—. Es amor propio. Eres de lo peor.
—¡¿Qué dices, tarado?! —se va a la chucha— ¡No me hables de amor propio, cuando tu mismo fuiste capaz de dejar a una chica preñada y abandonada!
—Óyeme, imbécil —Loid lo fulmina con la mirada—. No me-…
—¿Qué creen que hacen, par de idiotas? —les increpa Nightfall, ofuscada—. Bajen la voz o levantarán sospechas. Concéntrense en la misión o los lanzo por el balcón cuesta abajo.
—Tsk…—el rubio chasquea la lengua, ofendido—. Eso díselo al ricitos. A veces se pasa de lenguas con sus acusaciones — ¿Qué acusaciones? Si tiene razón. Que puto asco das, Twilight. Mejor cállate la maldita boca, cabronazo de mierda —despabila— ¿Y bien? ¿Detalles de la misión? ¿Cuál es el plan?
—El mismo de siempre, Twilight —rezonga Fiona, frunciendo el ceño—. Callarse, mezclarse y obtener el botín, para luego salir pitando sin que nadie lo note.
—Ya —rueda los ojos—. Pero no me refería específicamente a eso. Al menos dime a quien tenemos que robarle.
—¿Robarle? Se dice "tomar prestado" —bufa Frost, en una sonrisa morbosa— ¿No era así como solías decirle tú, soldado del Oeste?
—Esto es una puta mierda. Me quiero ir de aquí —Forger toma un trago extenso hasta acabarse la copa—. Menuda basura de trabajo. Ya estoy harto.
—Concéntrense. Acaban de llegar —la peliblanca hace una pausa, agazapándose entre la multitud y sus camaradas—. Es el matrimonio de la esquina. ¿Pueden verlos? La muchacha rubia de ahí. Es la baronesa Anastasia Rumanuv y su esposo, el barón Elric.
—¿Son gente de la realeza? —Franky escupe su Vodka, espantado— ¿Es una broma? ¿Vamos a robarle a unos barones?
—¿Qué pasa? —retoza la ojinegra— ¿Ya te acojonaste?
—N-no. No es eso. Pero…eh…—el joven se frota la mejilla, confundido—. No estamos hablando de gente solo de la elite. ¿Saben? No es lo mismo que las otras veces. Son…mhm… ¿Cómo decirlo?
—Humanos, comunes y corrientes. Que ostentan mas poder que el resto —explica Twilight, templado—. No quieras endiosarlos tanto.
—¿Te golpeaste la cabeza? Son los Rumanuv —declara Franky, aterrado—. Esto no es Ostania, Twilight. Es como asaltar a los emperadores del norte.
—Me da exactamente lo mismo de si es un emperador, un rey de reyes, un miembro eclesiástico o la jodida milicia Hugariana —reverbera soberbio, el ojiazul—. No hay rival para mí. Puedo conseguir lo que quiera. Nadie va a detenerme.
—Estás loco…—murmura.
—No. Solo está muy ebrio para acobardarse —musita Fiona, estimulada por el comentario atrevido de su compañero—. Me gusta. Es el Twilight del que me enamoré.
—¿Qué tú, que? —el pobre Franky no se entera aún.
—¿Cuál de los dos tiene las joyas? —interrumpe de sopetón, el varón.
—La muchacha —confirma la fémina—. El anillo y el collar.
—Bien. Yo iré por la mujer —sentencia Twilight, acomodándose el corbatín sobre el cuello—. Fiona. Tu aborda al tipo, como es lo planeado. Distráelo. Franky, mantente alerta y prepara el carro para irnos. Los veo en 1 hora en el vestíbulo oval del ala oeste. A trabajar —. Solo quiero terminar con esto lo más rápido posible y largarme de esta basura para ir a ahogarme en una buena botella de licor.
—Esto…podría salir muy bien como también muy mal ¿Sabían?
—¿Quieres el dinero o no, enano? —examina la mujer.
—S-si…—vacila temeroso, el informante—. Pero…
—Ya escuchaste a Twilight. Mueve el culo —se va.
—Tengo un muy mal presentimiento de esto…
¿En que momento Franky se volvió tan blandengue? Como si no supiera que trabaja con los mas profesionales del rubro. Ahora que sé, que no tengo nada que perder. Ahora que, mas que nunca no temo a represalias, la cárcel o la muerte, no veo forma de fallar en mis incurridas tácticas. Ya no hay nada que pueda intimidarme. Nada que me amedrente. Confiado e incitado por la mera curiosidad de abordar a dicha baronesa, me desplazo por el salón, entrando en roce social con los comensales. He reconocido a un par de ellos. Pues ya llevo un tiempo en esta nación y me los he topado en más de una ocasión. En otras fiestas. Otras ceremonias. Si bien en Ostania, Loid Forger fui un reconocido anticuario; experto en el valor de la metalurgia y antiguas reliquias preciosas. En Rusalia me desempeño en el noble rubro de la arquitectura. Soy un acérrimo fan y admirador de la belleza pretérita en piedra. Construcciones megalíticas, de un valor histórico incalculable. Es lo que me ha permitido desenvolverme sin premuras, a la hora de atracar personajes ilustres de esta nación. Nadie aquí me conoce. O sospecha de mis honestas intenciones. Soy un fiel hombre honrado e intachable en su trabajo. Sin pasado ni un basto trayecto delictivo. Pues he borrado mis huellas de la faz de la tierra.
Dotado del más fino y exquisito gusto por lo magnánimo de un palacio. La perfección de una iglesia. El hegemónico constructo de un monumento nacional. O el mas simplón homenaje a lo vetusto de épocas extintas. Persona que me reconoce, es persona que sabe de lo que hablo. Sobre todo, a la hora de dar mis impresiones profesionales tras examinar el acabado artístico de un auténtico monolito real.
Me paseo de un lado a otro, por el salón. Pavoneándome junto a un par de comensales. Riendo, bebiendo, comiendo, compartiendo ideas. Intercambiando pensamientos críticos y analíticos. Asegurándome de que, en todo momento, sea el único tema del cual se converse en boca de todos. Por aquí. Por allá. Escucho con ecuánime goce, los halagos de varios. Acotaciones, apostillas, comentarios endulzados de aptitud hacia mi persona. En menos de media hora, ya he captado la atención de la mayoría de los asistentes. Es pan comido. Se lo que hago. Es para lo único que nací y soy bueno. Engañar al mundo entero. Incluso, a mí mismo.
«Forger tiene razón. Es sin duda una pieza importante en la historia»
«¿Ya lo escuchaste? Loid dijo que no deberías invertir en esto»
«Yo le creo al joven Forger. Es muy profesional»
«Deberíamos hacerle caso a Forger. Avalar a los sabios de antaño le dará vigor a la nación»
«Es muy guapo y elegante. ¿Ya le viste los dientes? Que sonrisa tan exquisita»
«Dicen que está soltero. Y que busca esposa. Joder, que buen partido»
«¿Y a mí qué? Daría mi vida por pasar una noche con él. ¿Qué me importa si estoy casada? A la mierda todo»
Bueno…lamento informar que no todos esos comentarios vinieron específicamente de mujer, eh. Aclaro. Pero, en fin. No me molesta. Mi objetivo era uno solo. La baronesa Rumanuv. Que indiscutiblemente, terminó cayendo en mi red…en una de esas ingenuas conversaciones de pasillo.
—Baronesa Rumanuv —exclama una de las invitadas—. Nos complace tanto con su visita. Nos honra. Creímos que no vendría, dado que hace mucho no la teníamos por estos lugares.
—Es verdad —ríe la aristócrata, jocosa—. Realmente no tenia intenciones de asistir. Pero pasar tanto tiempo fuera de Rusalia me motivó para visitar viejas amistades. Las extrañaba.
—Sin duda le hizo muy bien su gira por Oriente, baronesa —complace otra—. Mírese. Está casi irreconocible.
—¿Eh? —parpadea, absorta— ¿Cómo que irreconocible?
—No se ofenda —carcajea otra, briosa—. Es que la ultima vez que nos vimos, estaba pelirroja. Y verla rubia ahora nos tomó por sorpresa.
—¡Ah! ¡Es eso! —ríe la muchacha, en lo que acicala su cabello—. Es que deseaba un cambio, ya saben. Algo medio drástico, jeje. ¿No les gusta mi nuevo color?
—¡N-no! ¡Para nada! —niegan unánime.
—Usted jamás se verá mal, baronesa —inquiere un muchacho—. Al contrario. Nos encanta que haya decidido tomar otros aires. Salir de la rutina de lo clásico, es lo que todos aspiramos hoy en día. Al menos, es lo que dice el joven Forger.
—¿El joven Forger? —consulta la muchacha, confundida—. Discúlpenme. No estoy del todo actualizada. ¿El quien es?
—Como ¿No lo conoce? —advierte otro varón, reculando— ¡Bueno! Jajaja, natural. No ha estado por la nación por un largo tiempo. ¿Cuánto pasó? ¿Un año, casi?
—Perdí la cuenta…
—No se lo tome a personal, baronesa —chilla una de las asistentes—. Su marido es un hombre muy atareado. Supimos que se vieron forzados a dejar Rusalia cuando tuvieron aquel "percance" con su heredero.
—¿Heredero? ¿De que hablan? —aclara Anastasia, confundida.
—¿Eh? —parpadea incauta, una de las invitadas— ¿No era cierto eso de que…? Bueno...eh… ¿Cómo decirlo? —. Mierda. ¿Metí la pata? Puede que hayan sido rumores solamente —aclara la voz—. Discúlpeme si la injurio o la ofendo. Pero teníamos entendido que su embarazo no salió del todo bien y había perdido al-…
—¿En verdad oyeron algo así? ¡Jajaja! —carcajea Rumanuv, con tranquilidad— ¡Nada de eso! ¡Mi embarazo salió muy bien! Es más, nació muy sana y fuerte. Es una hermosa niña. La bendición de mi familia.
—¿Es…una niña? —espeta el varón, mirándose entre los otros asistentes como quien, busca una respuesta— ¿No era niño?
—De verdad, no sé de donde se habrán inventado tales conclusiones —aclara la rubia, jovial—. Discúlpenme, no quiero sonar soberbia. Pero me parece que se han dejado llevar por malas lenguas. Todo está bien en mi familia. Si tuvimos que irnos, fue por meramente trabajo. Mi esposo es delegado político en la nación de Ostania. Si bien tuvimos que viajar de gira por oriente, nada malo pasó. Les pido perdón si en algún momento di otra impresión equivocada.
—¡Nada de eso, baronesa! ¡Todo claro ahora! —replican todos, al unísono.
—Entonces —asiente, serena— ¿De quien tanto hablan? ¿Quién es ese tal "Forger" del que profesan enormes maravillas? ¿Será que puedo conocerlo en persona?
—En persona y dispuesto para usted, baronesa —interrumpe una voz masculina.
Era mi chance. Mi oportunidad. Yo ya le había echado todo el ojo encima. Mas bien, los dos ojos. En el instante en que ella insistió indagar en el tema, no dudé ni un segundo en abordarla como era parte de mi plan. Le planté cara, de lleno. La saludé, protocolarmente. Besando el dorso de su mano derecha y regalándole una de mis más gallardas reverencias. Indiscutiblemente, se ruborizó en el proceso.
—Loid Forger. Para servirle —introdujo Twilight, resuelto—. Es un honor y un placer conocerla finalmente en persona, baronesa.
—Loid Forger…—siseó Anastasia, levantando el mentón con aires de altivez—. Ya veo. Así que es usted.
—Un segundo. Esa forma de mirarme…es extraña ¿Acaso me conoce? —recula, regresando a la presentación habitual—. En persona.
—He escuchado maravillas sobre usted y su forma radical de pensar —masculle Rumauv, elegante. Aceptando finalmente, su beso indómito—. En efecto, el placer es todo mío.
—No. Sin duda no me conoce. Solo es…engreída. Natural. Es una baronesa. Concéntrate, Twilight —carcajea de vuelta—. Jajaja, eso mismo digo yo. También he escuchado maravillas sobre usted. Y estaba ansioso por cruzar palabra con tan distinguida y elegante mujer.
—¿De verdad?
—Claro —le concede Loid, honorifico—. Todo el mundo aquí no para de hablar de usted y de su magnificencia. Su belleza y su encanto, es casi una leyenda urbana.
—Es curioso —murmura la fémina—. Dicen exactamente lo mismo de usted. Igual que un mito legendario. Aunque ahora que lo veo en persona, me parece que exageraron un poco.
—¿Cómo…?
Mierda. No es que quiera darle la razón a Franky. Y sé que me di ínfulas de cromañón rústico antes, tras declarar que nada ni nadie podría darme afrenta. Pero esta mujer…sin duda es una aristócrata de tomo y lomo. Es la primera vez que me topo con alguien de su calaña. Esto…no va a ser fácil, señores. Tendré que recurrir a las artimañas más añejas de todas. El de mostrarme ignorante y arrojado a aceptar todo lo que ella desee. Un esclavo. Algo que odio interpretar, porque se supone que soy yo quien lleva al toro por las astas. Pero si gusta tomar el poder, no me queda de otra que someterme. A algunas mujeres les encanta tener amantes así. Furtivos, pero dóciles. Maneables. Nada que las domine ni mucho menos, coarte su libre albedrio. Su libertad de elegir. Entre un lacayo y otro. Algo así, como un juguete. Comienzo a comprender, a donde va esta historia. Si es lo que necesito para tomar esas joyas, lo acepto. Me importa una mierda ya.
—Discúlpeme, si no le complace a la vista lo suficiente que ve en mí, para usted…—declara Loid, interpretando un inequívoco papel de subordinado, frente a su poder—. Puede que, en efecto, hayan exagerado en el proceso. No soy la gran cosa. Solo soy un hombre común y corriente —. Que mierda estoy diciendo…gnh…me mordí la lengua.
—Jm…—Anastasia esboza una mueca febril en respuesta, dotada de mucha potestad y poderío—. No. Tampoco exagere, Loid Forger. No he cavilado nada malo de usted. Es solo que —y cita— «La expectante espera, hace de víctimas al tiempo»
—¿Qué demonios quiso decir con eso…? —sobre piensa, reanudando la conversación—. Tiene usted toda la razón, baronesa. A veces, solo debemos dejar de "esperar" cosas. Y arrojarnos al momento —declara, siguiéndole el juego—. No entendí nada. Pero da lo mismo ¿No? Solo quiero sus joyas —. Aun así, reitero. Mi humilde devoción para su honorable presencia. ¿Se divierte esta noche?
—Sin duda lo hago. Mucho más ahora que lo veo —responde la fémina, divertida—. Pero me encantaría poder corroborar sus conocimientos a la hora de dar una critica constructiva a este Kremlin, por ejemplo. ¿Damos un paseo? —le estira la mano.
—¿Me está invitando a pasear con ella? Que lujo…—asiente Loid, gallardo. Le ofrece su antebrazo, enrollándola en el—. Venga conmigo. Le contaré lo que pienso.
Nos alejamos. Que extraño primer encuentro. Los que en algún momento la rodearon, ahora se dispersan entre la multitud. Me valen. Solo deseaba captar su atención y tenerla un tiempo a solas para mí. Poder coquetearle solapadamente para que me diera la facultad de asaltarla. En efecto, noto como aquel collar de perlas reposa en su cuello. Y ese anillo ultra valioso, brilla tanto que me obnubila. Los necesito. Para largarme de esta velada. Dimos un par de vueltas por el viejo castillo, que ahora servía como un centro de club elitista. Todo adornado y previamente preparado para el encuentro. El tiempo que paso con la Baronesa, se me hace efímero. Si bien estaba consciente de que les dije a mis cómplices "reunámonos en 1 hora". No sé en qué momento, esa hora se convirtió en dos y en tres. En vez de dedicarme a robarle información. Me la pasé riendo a regañadientes sobre sus chistes malos y una personalidad tan atrapante, que se me hacía irrisoria admitir; existiera una mujer así. ¿De donde saca tanta imaginación? Por unos famélicos segundos, Yor Briar vino a mi mente. Recordé el como me sacaba sonrisas efímeras y en mas de una ocasión, reí tanto que lagrimas solté en el proceso. Esta chica, logró exactamente lo mismo que ella en menos de un cuarto de hora. Sentí una conexión fulminante hacia su persona. Como si la conociera de antes. De otras vidas. No sé como definirlo. Todo en la baronesa, se me hacía tan…natural. Tan ameno. No entiendo que está pasando. ¿No se supone que debía abordarla yo? ¿Por qué ahora presiento que es ella quien me aborda? Me quiero tirar de un puente…
A eso de las 1:32AM. Consumé acérrimamente, que no era yo quien la estaba cortejando. Si no al revés. Después de recorrer cada recovero escondido del Castelo, compartir un par de copas, degustar una que otra deliciosa menudencia de platillo ofrecido. Me hallé a mi mismo, entre risas agónicas, en el salón oval. El mismo, en donde determiné nuestro encuentro.
—¡Jajajaja! ¡Ya basta! —exclama Forger, riendo al borde de entre lágrimas— ¡Eso no pudo pasar así!
—¡Si pasó! ¡Jajaja! —manifiesta Anastasia, jocosa— ¿Puedes creerlo? Es tan ridículo que me cuesta trabajo asimilar que es verdad. Pero lo cierto es que…—lo suelta del brazo, examinando un cuadro colgado en la pared—. Muchas personas suelen decir que "vemos caras, pero no corazones"
—Suelen decirlo —añade Twilight, encandilado— ¿No es verdad? "Caras vemos, corazones no sabemos"
—No. Realmente, no lo es —sentencia la baronesa, con cierto rubor carmesí adornando sus mejillas—. Hace un tiempo atrás, conocí a alguien así. Al revés. ¿Me explico? —aclara—. Un hombre que corazón vi, pero cara no supe distinguir.
—Debe de haber sido entonces muy bueno para fingir ¿No? —especula el rubio, divertido con su relato—. Como para poner un rostro así. Sintiendo mas de lo que sabía. Suena algo complicado. Incluso para mí.
—Era experto —revela la fémina, melancólica—. Muy bueno, en lo que hacía. Al principio, me costó darme cuenta. Y pensé cosas horribles de él. Pero ¿Sabes? No es que esa persona haya querido engañarme. Era yo, quien me engañé a mí misma.
—¿Cómo…? Disculpe —inquiere Loid, rellenando su copa de vino en el proceso— ¿Mas?
—Si, por favor —asiente, bebiendo un sorbo—. Discúlpame. He caído en otros indoles, que no te corresponden.
—No, por favor. No haga eso —implora Forger, febril—. Deseo saber mas de usted. En serio….
—¿Por qué tanto interés en mí?
—Bueno…—ríe para si mismo, tomando un trago de su copa. Está tan ebrio como ella—. Verá. Suena curioso, pero yo también comparto una historia parecida a la suya. Y de cierta forma me recuerda a una chica en particular. No en el ámbito de la víctima. Si no, el malvado villano victimario de la novela.
—¿Me explicas? —sisea, curiosa.
—Es mas sencillo de lo que parece. En el fondo, opté por la vía fácil de la vida —relata Twilight—. Una que me permitiera llevar a cabo todos los pecados del mundo. Sin llegar a cavilar, que el amor existía. Mis padres…—añade, desviando la mirada con vergüenza—. Murieron tras un conflicto bélico de dos naciones. Y no dudé en enlistarme en la milicia para ir a la guerra por ellos. Como una forma de vengarme. Despojado de sus emociones, pensé que tal sentimiento no existía en la tierra…
—¿Eres un veterano de guerra?
—Un soldado del Oeste. Lo soy —admite, cabizbajo—. Soy oriundo de Westalis, señora. Quiero que sepa desde ya, que no profeso nada de Rusalia. Maté a muchas personas, tontamente sin darme cuenta de que cada vida, pesaba y costaba algo. Me arrepiento mucho de eso. Y es por eso mismo, que afronto mis faltas ahora.
—¿Te arrepientes de hacer el mal?
—El mal y el bien no existen. Solo son cosas subjetivas del ser humano. Sin embargo —añade Twilight, tomando otro sorbo de vino—. Si creo en el amor. Un sentimiento del cual renegué por tantos años, que luego de conocerlo de cara a la adversidad. Estoy en deuda con él. Porque…bueno…—suspira—. En fin…lo viví en carne propia. Es…maravilloso.
—Loid Forger. Hablas del amor, de una forma tan poética. Que casi creo lo sientes —le endosa Rumanuv, cavilosa. Se gira a mirarle a los ojos, determinada— ¿Lo sientes?
—Lo hago. A diario —revela el rubio, totalmente convencido—. Lo hago, porque…me enamoré.
—¿De alguien?
—Si, señora Rumanuv —declara el rubio, azorado. Plantándole cara a su mirada—. Estoy muy enamorado ahora mismo. Hasta la medula. No vivo. No respiro. No soy yo, desde que me separé de ella. Amo mucho a una mujer en particular. Pero no es nada de lo que quiera hablar. Por favor, no me pida indagar en ese proceso. No quier-…
—Loid Forger —le increpa la fémina, tomándolo del mentón, para alzar su mirada—. ¿Me ves en ella, ¿Verdad?
—Curiosamente…lo hago…
—¿Qué te gustaría hacerle, a esa mujer que amas? —inquiere Anastasia, ligeramente abochornada— ¿Una carta? ¿Una declaración de perdón?
—Me gustaría mucho poder besarla, señora…—declara finalmente, encandilado—. Es raro…usted me recuerda mucho a ella. Tiene casi su mismo sentido del humor. Su temperamento huraño y su cavilosa ternura. Su esencia. ¿No le parece extraño? ¿Estoy siendo infiel a ella para usted?
—Para nada, joven Forger —murmura la baronesa, acariciando suavemente su mentón. Mas estimulada que nunca y repleta de lujuria, declara—. Ojalá alguna vez mi esposo me hubiera dedicado semejantes sentimientos de amor.
—No me mal interprete, baronesa —aclara el hombre, en un jadeo lascivo—. No estoy buscando reemplazar a mi amada. Es solo que yo no…mhm… ¿Cómo decirlo? Es como si usted…
—¿Cómo solías llamarla?
—Yor…
—¿Yor?
—Si. Así se llama. "Yor Briar" —aclara Twilight—. Que lindo nombre ¿No cree? Un nombre sublime. Digno de repetir…que no merezco.
—¿Quién es Yor Briar, para ti? —sugestiona, la aristócrata.
—La chica más hermosa, amorosa, divertida y perfecta de todas. Un ángel encarnado en la tierra —revela, entre lágrimas pueriles y congoja—. Pero le hice tanto daño, que yo no-…
—Sin duda, si ella te escuchara hablar sobre cómo te refieres a su persona, te perdonaría todas tus afrentas…—añade, caminando hacia la habitación más alejada de todas.
—¿Qué dice? —se paraliza.
—Pero ella…no está aquí, Loid Forger —proclama la mujer, abriendo la puerta del cuarto—. En cambio, yo, si estoy aquí. Para ti. Así que, dada las incongruencias de nuestro furtivo encuentro, me parece que seré yo la candidata a robarte el sueño esta noche. ¿O me equivoco?
No encuentro vocabulario para representar lo mucho que esta mujer me ha cautivado. Incluso si apenas llevamos un rato intercambiando palabras. Me siento atraído a ella como oso a la miel. Como si una fuerza superior casi divina, me impulsara a arrojarme a sus brazos. Por supuesto que también le atribuyo todo esto a mi notorio estado etílico. Pero ¿Qué mas vueltas puedo darle al asunto? Mas allá de lo que puedo estar sintiendo ahora por el fulgor de su entrañable sonrisa, es el resplandor virtuoso de aquel collar y anillo que porta; lo que me regresa los pies a la tierra. El plan era justamente este. Abordarla como siempre solía hacer. Con el único propósito de embaucarla. Parafrasear y enardecerla en un cortejo grotesco que finalmente me permitiera caer entre su buen par de pechos. Y cuando menos lo espere, robarme las joyas.
Obnubilado por la suntuosidad femenina de lo veraz y el brillo jocoso de dos piezas invaluables, accedo. Me adentro en la penumbra de dicho cuarto, empujando la puerta con el tacón del pie, hasta cerrarla. Me envuelve entre sus brazos, jalándome en un beso tibio hacia la cama. La baronesa me da un giro, dejándome caer elegantemente sobre las colchas. Sin nada que la recrimine del acto, se monta sobre mi anatomía, a la altura de mis caderas. Y se deshace hábilmente del cinturón de mi pantalón y parte de la prenda. Me apremia el lujo de poder contemplar su excelsa belleza, bajo ese ceñido vestido dorado. Me veo tentado a despojarla de él. Deslizo los dedos por la tersa piel descubierta de sus hombros, retirando el cierre de la parte posterior. Un ultimo ósculo extenso y húmedo, me eleva la sangre. Dios. Es tan hermosa. Hacía tanto que no me sentía vivo de nuevo. Es como si el recuerdo de Yor viviera en sus ojos. Estoy tan excitado, que…
La puerta se abre violenta detrás, interrumpiendo abruptamente el encuentro. Instintivamente, la señora Rumanuv brinca hacia un costado de la cama, un tanto destartalada.
—¡¿Qué crees que le haces a mi mujer, maldito bastardo?! —berrea enajenado, el barón.
—¡Oh! ¡No! ¡Es mi marido! —advierte la aristócrata, azorada—.
—¡¿Qué demonios?! ¡¿Nos siguió hasta acá?! ¡¿No se supone que Nightfall debía distraerlo?! —Loid se retrae contra las almohadas, inmiscuido— ¡Es-espere un momento, barón! ¡No es lo que-…!
—Hijo de puta —farfulle el hombre— ¡Te voy a matar!
Ni si quiera me dio chances de explicar. Se abalanzó hacia mí, apuntando el cañón de un arma justo entre mis cejas.
—¡Cariño! ¡No le hagas nada! ¡La culpa es mía! —aulló la fémina, injuriada— ¡Perdóneme joven Forger! ¡Es que mi esposo es muy celoso!
—¿Muy…celoso?
Un momento. Paren todo. ¿En donde tengo los pantalones? Por el piso, según veo. ¿Mh? Ha dejado la puerta completamente abierta, de par en par. La baronesa, ni si quiera se está moviendo como para venir a rescatarme o pelear por su dignidad. El hombre, continúa forcejeando conmigo, tentado a dispararme. Pero… ¿Por qué no dispara realmente?
Ahhh…joder. ¿Dónde fue que vi esto antes? Me debe de haber tomado aproximadamente un minuto exacto, en descubrir la farsa. ¿Quién lo hubiera dicho? El gran estafador, intentando ser estafado. Y con su misma técnica. Me pregunto de donde habrán sacado la idea. Tenia entendido que era única. Bueno, supongo que tarde o temprano tendría que pasarme la cuenta. ¿No? Es parte del juego. Aunque ha decir verdad, no traigo nada de valor en los bolsillos. ¿Qué quieren robarme? ¿Un par de pelusas? Yo jamás cargo efectivo. Ni mucho menos documentos que puedan delatarme.
—Ya. Comprendo —exhala Loid, recobrando la calma habitual—. Lo siento mucho, barón. Pero creo que me subestimó. Aunque debo admitir, que fue muy valiente de su parte, el montar toda esta parafernalia.
—¿Cómo dices? —gruñe irascible, el hombre— ¡Infeliz! ¡¿Te estás burlando?!
—¿De quien fue la idea? —se gira hacia la muchacha— ¿Suya, baronesa? Porque si fuese el caso, déjeme decirle que tiene talento. ¿No ha pensado en explotar más, esas habilidades? Yo podría enseñarle un par de trucos, que sin dud-…
—Estás muerto, Forger —sentencia Elric, jalando del gatillo.
Un disparo certero. La sangre salpicando por las colchas. Todo se vino a negro. Como de costumbre mi peor enemigo, me acaba de sonreír a la cara. La de mi propia soberbia.
Esa noche, todo se acabó para mí.
