Disclaimer: Yo solo uso lo conocido para nuestro entretenimiento.


Bendición

por MissKaro


1


El número trece era importante para Hans, así que cumpliéndose esa cantidad de años de su "nueva vida", esperaba un acontecimiento interesante ese día de aniversario. La curiosidad le había hecho despertarse de madrugada y no estaría en calma hasta que el reloj marcara la medianoche.

Con los años se había vuelto relativamente supersticioso, cualquiera lo habría sido en las circunstancias que había vivido, y no dudaba que el destino le tuviera preparada una sorpresa.

Empezando a sentir inquietud, decidió abandonar la comodidad de su habitación de hotel y respirar un poco de aire fresco. Sus pasos pronto le llevaron a la playa, donde los sonidos del oleaje combinados con el olor de la sal le relajaron los hombros, transportándolo al paisaje de los recuerdos.

Hacía trece años había pasado de "tener amargos veinticinco" a sus inocentes quince, con las memorias de un futuro inexistente intactas, cual reales sueños —tanto que los consideraba dos personas distintas—. En el otro mundo, soportando un castigo físico tras su caída de la gloria en Arendelle, "Hans perdido" había terminado en la Costa oeste estadounidense, que eventualmente le llevara a encontrar a la "hechicera" que cambiaría su existencia.

Trabajar en las minas de oro había sido agotador y transformador para ese Hans, quien había ganado perspectiva y humanidad, escasas cuando había tratado de hacerse con el reino de Arendelle. En consecuencia, habiendo conseguido escapar de los hombres de su padre en California, no había ignorado a una persona padeciendo. La mujer aborigen, Mai, había estado muriendo después de uno de los muchos conflictos ocurridos en la zona, de los foráneos contra su grupo; incapaz de dejarla sola y moribunda, él la había acompañado hasta exhalar su último aliento, momentos en los que ella le había compartido que se trataba de una heredera de magia ancestral, imposible de usar para ella misma, y por su acto benévolo en su muerte la Naturaleza le concedería una bendición.

Un par de horas más tarde había sido encontrado y recibido un mortal balazo, a partir del cual deseara una nueva oportunidad.

Fuego, agua, tierra y aire lo habían rodeado y de repente había sido un jovenzuelo en el castillo familiar, con conocimiento de una década de hechos, pero otro.

Tenía quince años al alejarse de sus parientes, la peor influencia del mal, y partido al continente americano. Volver a 1846, antes de la fiebre del oro, lo había hecho moverse para estar ahí en el momento indicado y obtener riqueza; como pago, había rastreado a la tribu de Mai, advertido de lo que ocurriría y ayudado a salvarlos.

Ya tenía tres años más que el "Hans perdido", cuyo mayor error había sido permanecer con su familia. Perseguir su aceptación y vencerlos había acabado con esa vida, de lo que las acciones en Arendelle habían sido el acto final de su destrucción.

Nunca se olvidaba de ello, tratando de hacer una vida grandiosa y buena. Agradecía tener la consciencia de los actos del otro, y su última humanidad, aunque mantener al hombre que había formado desde los quince, de quien podía sentirse orgulloso.

En la actualidad no continuaba explotando el territorio californiano, sino hecho inversiones en diferentes ámbitos, lo que le daba una mejor manera de pasar sus días. Había extrañado Europa, pero no permanecía en un mismo sitio por largos períodos, todavía sin hallar un lugar al que sentir hogar; ni en Suiza que era su "residencia oficial".

Tenía excluido a Noruega de sus itinerarios. Sin embargo, de vez en cuando escuchaba de Arendelle, gobernado por Elsa —sus padres debían haber ignorado la carta donde les decía de su muerte en un naufragio, si no se había perdido en la comunicación entre continentes—. No había ocurrido la Gran Helada, nadie sabía de los poderes de la reina, pese a los rumores de algo raro en lo retraída y nerviosa que parecía a todo público.

El florecimiento del reino era diferente al de sus recuerdos "ajenos". Entonces, el invierno veraniego de Elsa había sido bueno para Arendelle por los años calientes que azotaban después de las temperaturas de la década anterior, ayudando a su agricultura, a diferencia de otros países que pasaban por crisis dado el calor, los cuales habían recibido auxilio de la soberana. Ahora, era un lugar promedio; Elsa era lista y había conseguido mantener a flote la economía en su reino y la estabilidad, como sospechaba que en el invierno ella ayudaba con su magia; asimismo, los pueblos vecinos veían con desconfianza a un par de hermanas de la realeza que todavía no contraían nupcias, y una reina con no tan buenas habilidades sociales por años de intrigante encierro.

Se habría involucrado de cruzarse cara a cara con alguna de las dos, pues no consideraba que pudiera hablarle de mostrar sus poderes en una misiva, ni sabía el estado actual de la relación entre hermanas. Dado a que no habían coincidido en los cinco años de reinado de Elsa, permanecía alejado de ese drama.

A veces pensaba que por eso había regresado al Antiguo continente, donde habría mayores probabilidades de encontrarse. Había prevenido a sus progenitores por algo más que "expiación", si bien era cobarde para dirigirse a un sitio con carga para su conciencia.

Llegaba a preguntarse si algún día tendría relación con ese tema.

…y el destino le demostró que sí.

En ese décimo tercer año de su oportunidad, vio a la reina Elsa corriendo apurada en esa casi desierta playa.

Los demás ocupantes del lugar la ignoraron, pero Hans se apresuró a su camino y la hizo detenerse en seco cuando dejó de mirar sobre su hombro.

Consciente de su renuencia al contacto ajeno, él dio un paso atrás y se contuvo de tomar sus hombros para sostenerla.

El profundo mar de sus orbes cerúleos lo contempló con gran sorpresa y aprensión, mientras una de sus delicadas manos enguantadas controlaba su respiración y latidos apoyada en su pecho. La otra, a su costado, se mantuvo empuñada.

Hans aguardó, disimulando no darse cuenta del ligero aire frío que los envolvía. Sobre la cabeza de ella espió para comprobar que no había amenaza humana detrás.

Regresó la vista hacia ella, y al ver su sobrio vestido gris lo comparó con el maravilloso atuendo de hielo que se había creado en otra vida.

Distraído con la imagen, casi permitió que ella huyera. Se giró con rapidez.

—Majestad, no le haré daño —musitó con suavidad a su espalda, haciéndola interrumpir sus pasos. Había hablado en su idioma. —Permítame su compañía, aunque no nos hayan presentado.

—¿Quién es usted? —inquirió ella fríamente por encima de su hombro. A excepción de los primeros instantes del baile de su coronación, "Hans perdido" solo había escuchado su tono temeroso, y ninguno encajaba con ella.

Notó que escudriñaba su atavío desprovisto de fastuosidades, como él prefería en su tiempo de tranquilidad —con un pantalón oscuro, camisa blanca y chaleco claro bastaba.

Hizo una pequeña inclinación de cabeza, inadecuada para su estatus, pero nada que llamara la atención de los pescadores o visitantes de esa parte de Sintra, que tampoco esperaba comprendieran el noruego, tan distinto del portugués.

—Hans Westergaard. Hoy día no respondo a mi título, pero…

—Príncipe de las Islas del Sur, conozco su nombre… —Ella se dio la vuelta, mirándolo groseramente ceñuda. Debio aprecisr sus ojos verdes, cabello rojizo y tez dorada con pecas. —Y a los suyos. Sí —hizo un asentimiento personal—, veo cierto parecido… creo, un cuadro familiar. No hicieron uno individual antes de que tomara su…

Él no mostró una sonrisa al verla recuperar el temple, como si recordara la etiqueta. Su impuesta soledad era mala compañera… dieciocho años con solo sí misma para "vivir" era terrible y no motivo de gracia.

Por ello, no mencionó el desagrado que le resultaba la comparación con su insatisfactoria familia.

—Un placer. No obstante, si nunca nos han presentado, lo cual sería inaudito si hemos coincidido en el mismo sitio, ni me parece que se mantendría a la distancia si me indicaran de lejos… No hay retratos míos fuera de casa, ¿cómo es que sabe quién soy?

Hans suspiró.

—No lo creería, Majestad. —Ella entrecerró los ojos, naturalmente desconfiada, gracias a su historial. —Ahora bien, ¿de qué huía?

Resultaba irónico que, escapando, la encontrara.

—Pensé que… —inconscientemente ella se miró las manos, cruzadas a la altura de su vientre—. Eh… me pareció ver a alguien peligroso.

Adivinó que se relacionaba con sus poderes; probablemente había tenido un sobresalto y pensado que un testigo presenciara su magia.

—¿Ha perdido a su carabina? —preguntó, como era lo correcto por hacer. Se ganaría primero un poco de su calma y confianza.

La rubia alzó la barbilla; con su pose, su peinado estricto y la frente en alto, pensó en ella observando el baile.

—Puedo salir sin ella, Alteza.

—Mi nombre está bien. —Extendió su mano al amplio paisaje. —¿Le importaría acompañarme? Estoy dando un pequeño paseo matutino.

Elsa tomó aire y asintió. No hizo una invitación para descansar su mano en su brazo, sabiendo que se sentiría más tranquila en libertad.

—¿Le ha gustado Portugal? —Inició una conversación a un tiempo considerable de su caminata—. En lo particular, me ha encantado tomar vacaciones aquí.

—No es un viaje de placer, pero es agradable el panorama de verano.

—¿Diferente a su rocoso y fresco, mas acogedor Arendelle? —Tarde se dio cuenta de que solo se podía hablar así tras haber conocido el sitio o interesado por él.

Su corazón latió con fuerza al verla detenerse.

—¿Cómo lo sabe? —Ella mostró la intención de dar un paso atrás. —¿Por qué posee información de lo mío que no cualquiera haría? Oh, fue un error salir sola.

La reina abrió los ojos de incredulidad al soltar esas palabras y trató de alejarse. Para su mala suerte, su zapatilla se hundió en la arena, precipitándola hacia atrás.

Hans la sujetó de los antebrazos, impidiendo que cayera. Ella parpadeó impactada del momento, mirándolo al rostro, antes de tensarse.

—¿Se ha lastimado? —cuestionó soltándola.

Ella negó.

—Majestad, no quiero hacerle daño. Por lo que ha dicho, no debería estar sin su chaperona o comitiva si no confía en su alrededor. Comprendo el por qué…

—No sea… ¿Qué? Es de mala educación mencionar mis años de formación precavida del exterior, no soy la primera dama en limitar mi contacto al público hasta ser presentada en sociedad.

—¡Por supuesto que no! —exclamó consternado por el giro de la situación. —Me refería a… ¡barbaridad! Tenía que mantenerme callado. Es usted quien ha aludido a sus circunstancias, Majestad. No pretendía ser condescendiente.

Ella se sonrojó.

—Ni yo tampoco, discúlpeme.

Suspiró, pensando en la manera de corregir lo que podría volverse un desastre… Su mente se iluminó. Precisamente por eso ella debía creerle.

—He sido un tonto, reina Elsa. Le diré por qué sé, probablemente sí me creerá… por su magia.

El rostro de ella se tornó más pálido de lo que era y él sintió un escalofrío que reflejó la escarcha a sus pies. Tragó saliva; no temía a la temperatura, pero sin las ropas adecuadas y con el accidental ataque a Anna, sería tonto evitar toda precaución.

—No, Majestad, tranquilícese. Es su secreto… escúcheme. Puedo ayudarla… para controlarlo… y que no dependa de guantes… para que puedas tocar a tu hermana, Elsa.

Aquellas últimas palabras tuvieron el efecto esperado, acabando con la explosión que ella podría haber tenido. El "Hans perdido" no habría utilizado tal familiaridad con la reina, ni él mismo se la había ganado, mas había parecido lo correcto en esos instantes, respaldando la importancia de la princesa.

—Explíquese, Hans —ordenó ella con voz pétrea.

—Podemos sentarnos por allá. —Señaló una pequeña formación rocosa a unos veinte pies de donde se hallaban parados. —Es un poco largo de contar.

Elsa dio su aquiescencia y caminaron hacia el punto indicado en un silencio tenso. Hans rogaba no haber arruinado esa oportunidad con su falta de circunspección.

Se sentaron mirándose de frente y Hans pudo ver la pena, incertidumbre, intriga y esperanza danzando en su expresión, que internamente provocaron una punzada en él. Deseó que el resultado fuese favorable para la reina, su sufrimiento había sido alargado por un cobarde como él; inclusive lo habría podido perder en sus trece años, si hubiera ido al despertar con vital información, o un poco después, cuando aparentemente la carta a sus padres no había mostrado cambio.

Estaba arrepentido por haberse limitado a esperar.

—Explíquese —repitió la rubia, apretando sus rodillas con sus manos.

Suspiró.

—Hablaré en tercera persona, porque no estamos hablando de .

—¿Qué dice? —Admitió que confundida lucía encantadora.

Se golpeó mentalmente por la idea y distracción.

—Hans y usted se conocieron en un mundo que no fue. Había tenido una vida inadecuada que lo guió mal, haciéndole querer poder y reconocimiento. Acudió a su coronación queriendo obtener su mano, pero al saberla difícil, y encontrar atractiva y sentirse identificado con su hermana, se comprometió con esta última la misma noche. Esto suscitó que, en una discusión con la princesa, usted accidentalmente revelara sus poderes a todos. —El recelo bailó en su cincelado rostro de marfil, no bien él se alivió de que su escepticismo fuese comido por el optimismo—. Huyó a una montaña sumiendo al reino a una helada, haciendo un castillo impresionante. Cuando Anna fue a buscarla, le lanzó un rayo a su corazón. —Ella jadeó. —Accidentalmente, reitero, como tampoco deseaba tener al reino congelado. Hans se aprovechó de esas circunstancias para hacerse con el poder que buscaba y no ayudó a su hermana cuando esta acudió a él por un supuesto beso de amor que la salvaría, sino la encerró para que terminara de congelarse.

—¿Cómo pudo hacer eso! —masculló ella inclinándose amenazadoramente hacia él, transmitiendo un poco de frío. —Es tan… tan ruin.

—Lo sé. La vileza de su familia estaba grabada en Hans, no es justificación, pero estaba herido y yo siempre pienso que perdido, obcecado en no fallar, lamentablemente habiendo aprendido las malas artes de su padre. —Sus ojos azules se suavizaron, aunque mantuvieron la viva expresión fiera de una loba protegiendo a sus cachorros. —En fin, no es el tema que nos compete ahora. A usted, Hans le habló de la muerte de su hermana en sus manos y él utilizó su debilidad del momento para matarla y obtener lo que planeaba. Anna lo detuvo congelándose entre ambos, pero no tardó en ese estado, sino por él consiguieron acabar con el invierno.

Elsa pestañeó, sonriendo por el final del relato, empujándolo a callar sin palabras por unos segundos.

Era impresionante cuando dejaba a un lado la frialdad de su rostro. Nadie negaría su belleza, pero con una sonrisa se convertía en más que una beldad.

Agitó su cabeza.

—He pensado, viéndola ahora, que la conducta de Hans fue el acicate para que consiguiera dominar sus poderes. Si no me equivoco, la princesa y usted seguramente no tienen una relación estrecha. —Elsa bajó los hombros, negando entristecida. —Yo… me desperté hace trece años con esta información. Escribí a sus padres más adelante, para que cambiaran el destino de todos… lamento que no fuese así y no haber tenido el valor de buscarlas para ayudarles.

Se pasó una mano por su cabello pelirrojo, despreocupado de alborotarlo más que la brisa.

—No soy ese Hans, pude ser yo si no hubiese escapado de casa y encargado de las tareas desagradables de mi padre. Él es distinto a mí, aunque sé qué pasó, lo siento como un libro, como sueños; no pise una celda, ni las odié hasta comprender que era el culpable, mucho menos me convertí en un esclavo de mi propia familia como castigo.

—Eso es horrible —dijo Elsa escandalizada. —Yo trataría de corregir a mi hermana de otra manera, me dolería someterla a algo vejatorio, en lugar de hallar un método que la hiciera reflexionar sin humillarla ni hacerle vivir lo que ningún ser humano debería.

—No les causaría dolor —matizó él negando lastimosamente con su cabeza.

—Lo siento.

—Está bien, antes era difícil de asumir, hoy ya no.

—¿Cuántos años tiene?

—Veintiocho.

—Con las memorias de otra vida… Tanto tiempo solo… es suficientemente para disculpar que no me visitara. Arendelle debe ser difícil. —¿Ella siempre pensaba en los demás antes? Qué maravillosa. —Y tenía quince años al verse abrumado con una información tan fuerte, sobre alguien que pudo ser usted, sin compañía.

Decidió no ahondar en cuál era la edad del otro Hans al morir.

La reina lo sorprendió acercándose para tener un contacto físico, el cual consistió en colocar una de sus manos a la altura de su hombro y apretarlo. Nada se había sentido más sincero y cálido en su vida, ni el trato de la tribu de Mai.

—Gracias por hacer un intento, Hans.

Mudo, asintió.

Ella se irguió y él vio un aire nuevo en su persona, sin duda el que habría tenido al abrazar su magia, controlándola.

—Por lo que entiendo… un beso de amor descongelaría a Anna. Su sacrificio acabó con el invierno.

Que estuviera reflexionando y tomara todo en serio le causó una ola de alivio como de respeto por ella.

—¿Cómo lo logré?

Pese a que no era una pregunta, él contestó:

—Aparentemente, el amor. No tengo idea de lo que significa eso, pero escuché que esa era la solución.

Tenía que ser una cosa que ignorara en ambas vidas, si bien en esta había conocido lo más cercano al sentimiento… ¿o una de sus manifestaciones?

Elsa aplaudió y empezó a reír.

—¡El amor! Así es. Opuesto al miedo. ¿Por qué nunca lo pensé?

Él se encontró patidifuso por su alegría. La vio pararse para girar en su propio lugar, con una celebración que sabía a la niña encerrada por culpa de una habilidad desconocida y única para ella y sus progenitores.

—Finalmente… —susurró ella al detenerse, con el rostro bañado en lágrimas de felicidad.

Callado, Hans buscó un pañuelo en su bolsillo y se puso en pie, atreviéndose a acercar la tela blanca a su cara. Ella, quieta, y con una brillante y nueva confianza en él, le dejó hacerlo; en sus ojos una nube gris había desaparecido.

Terminó y depositó la prenda en una mano de Elsa, quien la sujetó sobre su pecho con las dos.

—Gracias, Hans. No tenía motivo para ayudarme, pero lo ha hecho. Me hace sentir alegre que no sea ese hombre, Hans, y que le vaya bien. Yo… podré mejorar mi relación con Anna. Es lo que más feliz me haría en este mundo. Siempre, siempre estaré en deuda con usted.

—No lo esté, me quita un peso de encima, Majestad.

—No, soy Elsa, eres merecedor, Hans.

Hizo una pequeña venia.

—Es un privilegio que atesoraré, Elsa.

—Tienes que venir a casa alguna vez, Hans. ¿Ya no te sentirás mal, yendo a Arendelle? —Ella se sonrojó. —¿Sería impropio de mi parte invitarte… y pensar que…? Al otro Hans Anna le pareció atractiva y mi hermana es soltera.

La sugerencia, por un motivo desconocido, le dio más náuseas que una ida a Arendelle.

—¿Por qué no se ha casado? Ella estaba muy ansiosa por encontrar a alguien.

—Ha tenido pretendientes, pero no ha encontrado uno con el que se sienta complacida.

Hans rio.

—Un repartidor de hielo.

—¿Qué?

—Ella conoció a uno que le agradaba tanto como para escandalizar a los reinos por él.

—¿Tú no? ¿Por qué me compartes ese dato? ¿Quieres que sea feliz?

—Nunca he llegado a ese extremo, Elsa. Discúlpame, pero en el fondo es una pequeña venganza saber que se someterá a la burla a sus espaldas; aunque sea escandalosamente plena, tendrá los comentarios que el otro yo recibió, a la cara. Con todos sus defectos, es una parte de mí.

Elsa se soltó a reír, sorprendiéndolo.

—Eso no es lo suficientemente malo para enfadarme. Es una lástima, podría haber sido interesante tenerte en mi familia.

No comentó, ni ella pareció percatarse, que Anna no era la única soltera. Que lo desestimara le dolió un poco, pero era una tontería; evidentemente ella no quería casarse con nadie por su don.

—Te divertirás con un repartidor de hielo. ¿Qué peculiaridades puede tener?

Ella volvió a reír y las múltiples muestras de que era libre lo dejaron contento del acontecimiento que venía con ese trece.

Platicaron unos minutos más sobre sus habilidades y, a continuación, la invitó a un desayuno en su hotel, en el que pasaron un ameno tiempo compartiendo puntos de vista sobre Política y Economía, de lo que pocos fácilmente podían hablar, pero ellos lo consiguieron.

Al finalizar, se trasladaron del salón público al jardín, continuando su conversación hasta divergir en temas de Literatura, Filosofía, Sociología, Religión y Arte. Juntos, las horas transcurrieron volando, hasta que sus estómagos anunciaron que no habían almorzado ni hecho otra cosa en el día. Ella recordó a su gente en la casa de un duque que la hospedaba y tuvo que partir, despidiéndose con pena y un deseo de buena vida.

Sin ser una pareja, escribirse era inadecuado, mas ella sugirió que cuando quisiera un consejo o un negocio se pondría en contacto a la dirección de Suiza.

Al acompañarla a su carruaje se sintió desanimado de perder a una compañía tan excelente, pero se conformó con el efecto que había tenido en Elsa.

Y llegó a una excelente conclusión.

…El otro Hans había sido un estúpido. Debía haber sido exigente y valeroso para apostar por su objetivo inicial, que era la reina.

Indudablemente, Elsa se trataba de una mujer sinigual.


NA: La Fiebre del oro comenzó en California para 1848, básicamente se peleaban por quién conseguía más del metal.

¿No aprecian los AU? En este Hans es un corderito y cayó bien fácil a Elsa, de la que me permití se abriera rápido por imitar el final de la película. Aparte, como escribo en otro pedazo, ella no tenía con quien hablar ya de sus poderes.

Espero disfruten este pequeño fic.

Besos, Karo.