La recuperación de Ran estaba siendo larga y dolorosa, y los cinco integrantes de la casa se preocupaban y deseaban que el dolor cesara cada vez que escuchaban sus quejidos ahogados y sus llantos desesperados cuando perdía la paciencia pero, uno en especial, no podía apartarse de la puerta, teniendo que contenerse para no abrirla y ver qué le estaban haciendo que le causaba tanto malestar.
—Las curas son parte de su recuperación. —Dijo Hattori bebiendo de una taza de té. —Es normal que le duela.
—Sí, ¿pero tanto?
—Sí, le han llenado la espalda de balas, ¿cómo no le va a doler?
—Por cierto, ¿se sabe si ha sido la Organización? —Preguntó Kaito tendiéndole una taza de té al de Tokio, taza que él rechazó. Pasó a dejarse caer pesadamente a su lado, haciendo que casi la tirara, pero Kaito pudo recuperar el equilibro. —¡Cuidado, animal!
—Perdón, perdón.
—¿Por qué no te duermes en mi cama un rato? —Le dijo Heiji.
Por algún motivo, el inspector había nombrado a Shinichi jefe de la operación, por lo que él era el que se estaba dedicando a tomar las decisiones; algunas con el beneplácito de sus amigos y otras con la negativa y las quejas de los mismos. Kudo había decidido que durante el día, Hattori y Kuroba harían turnos para estar con Ran en su habitación mientras que él mismo se encargaba de vigilar a las chicas; para ello, había pedido a sus superiores que pusieran a las dos enfermeras en la misma planta y en los mismos turnos y él, con mucha ayuda externa, había conseguido infiltrarse como un alumno en prácticas. Durante ese tiempo con ellas, Shinichi había tenido oportunidades de escuchar conversaciones que le habían permitido conocerlas profundamente, hasta el punto de que estaba empezando a poder leer entre líneas muchos de sus comportamientos, aunque él solo se limitaba a escuchar, una de las condiciones que había puesto Ran para aceptar la ayuda de los detectives solo mientras ella se recuperaba. Sin embargo, ni Heiji ni Kaito habían conseguido mantener una conversación con ella; era como si su antiguo yo se hubiese diluido tanto que ninguno de los dos la conocía. Era una persona diferente, y Shinichi, por supuesto, ni siquiera había tenido la oportunidad de hablar con ella a solas, y cuando le había hablado, solo había sido para decirle "sí", "no", o "necesito ir al baño".
Por las noches, en cambio, había decidido quedarse en el sofá del salón para vigilarla él personalmente, mientras que había asignado a Kaito para la garantizar la seguridad de Kazuha y a Heiji para la de Aoko, gesto que agradeció el mago pero que molestó profundamente al detective de Osaka quien, pese a lo que había dicho a lo largo de los años, estaba aprovechando cada oportunidad para intentar arreglar las cosas con Kazuha, aunque ella no se lo estaba poniendo fácil.
—No, no, no tengo sueño.
—Oye, no sabemos cuánto tiempo vamos a estar así. —Le dijo Kaito también preocupado por su salud. —Descansa todo lo que puedas.
—Lo sé, es que no… —La conversación fue interrumpida por el móvil. Él miró la pantalla y le extrañó que su padre lo llamara. ¿Qué habría pasado ahora?
—Kudo. —Dijo por costumbre.
—¿Estás ocupado?
—¿Qué es lo que quieres?
—Necesito que vuelvas a casa. Ya.
—¿Para qué?
—Hay alguien que quiere hablar contigo. Parece enfadado.
¿Enfadado? ¿Con él? ¿En casa de sus padres? Después de haberlo pensado, solo se le había ocurrido un candidato: el padre de Ran. Ahora que lo pensaba, Kogoro se habría enterado de que su hija había sido disparada, pero se le había olvidado completamente avisarle de cómo iba evolucionando.
—Estaré allí en seguida.
Enfrentar al que creía que sería su suegro no era fácil. Sabía que él, a su manera, también había cuidado a Conan, incluso lo había llegado a querer, aunque solo fuera un poco. La decepción de saber que Conan y Shinichi eran la misma persona unido al colapso mental de Ran había hecho que Kogoro no quisiera ni mirarlo a la cara. Y no lo culpaba, quizás él mismo hubiese reaccionado así si a su hija llegara a pasarle todo eso.
Shinichi le pidió a sus amigos que cuidaran de ella, y que lo avisaran con cualquier cambio que ocurriese en su ausencia, pero no dio explicaciones de a dónde iba ni cuánto tardaría, precisamente porque lo habían escuchado todo.
El chico llegó a la mansión Kudo en menos de media hora y se encontró a sus padres y a los de Ran. Eso le sorprendió; no esperaba que Eri Kisaki hubiese hecho un hueco en su apretadisima agenda para verle a él, precisamente.
—¿Mouri-san? ¿Kisaki-san?
Al escuchar la voz, Kogoro dejó la taza de un golpe en la mesa, se levantó y se dirigió al chico con un gesto amenazante, casi violento; al instante, tanto Eri como Yukiko corrieron para intervenir si, dado el caso, la integridad del más joven de la familia Kudo se ponía en entredicho.
—¡Kogoro, suéltalo! —La voz preocupada de Yukiko resonó en la habitación, haciendo que el padre de Shinichi también se acercara, aunque con el convencimiento férreo de que Mouri no le pondría una sola mano encima a su hijo.
—¡Es un crío, Kogoro, por Dios! —Le gritó Kisaki.
Shinichi levantó una mano para decirles a la abogada y a la actriz que no intervinieran y, por primera vez desde hacía años, lo miró a los ojos. Su actitud pasiva y su postura corporal que daba a entender que estaba más que dispuesto a recibir un golpe no hizo que Kogoro sintiera lástima, más bien, lo contrario: le enfadó que actuara como la principal víctima, la persona que más sufría por esa situación. Lo cogió por la camisa con fuerza y lo acercó, mirándole a la cara con desprecio. Shinichi había visto siempre rabia, envidia, e incluso hastío cuando había mirado a Mouri y este le había devuelto la mirada; era evidente que nunca le había tenía demasiado aprecio, ni siquiera cuando era solo un crío, como si hubiese adivinado que ese momento llegaría tarde o temprano. Y a él le dolió tener que darle la razón.
—Te avisé, ¿verdad? —Le dijo, comenzando a zarandearlo, haciendo que el resto de adultos se acercara aún más a ellos. —Te avisé de que si alguna vez te atrevías a buscar a Ran, iría a por ti.
—No la he buscado.
—¿A qué estás jugando, niñato?
—No estoy jugando a nada, Mouri-san, estoy intentado protegerla; yo puedo cuidar de ella, puedo protegerla mejor que nadie en el mundo. Se lo prometo. Yo nunca…
—¿Nunca le harías daño? —Intuyó el antiguo detective privado, haciendo que él tuviera que esquivar sus ojos debido a la vergüenza. —Te advertí, Kudo.
—¡Kogoro, ya es suficiente! —Le dijo Eri, interponiéndose entre su ex-marido y el chico. Ella sabía perfectamente lo que era ver a tu hijo sufrir y no deseaba que Kogoro siguiera machando al niño con ellos delante, por mucho que él no quisiera que intervinieran. —Esto es una locura, espera fuera.
Él decidió que era lo mejor, y soltó al chico para salir a fumar a la puerta mientras esperaba a que su mujer terminara de hablar con ellos. Shinichi se llevó las manos al cuello, ya que la fuerza con la que el señor Mouri lo había agarrado había sido exagerada.
—¡Shinichi! —Su madre intentó ver si le había pasado algo, pero él se lo impidió y se centró en la abogada.
—Supongo que va a pedirme que deje a Ran en manos de un programa de protección de testigos, pero es que no puedo. Está en esta situación por mi culpa… Yo…
—¿Y te has preguntado qué es lo mejor para ella? Shinichi, Ran ha estado varias veces en el hospital con ataques de pánico que no podíamos controlarle; ha pasado por una terapia muy dura; ha tenido problemas con… Su vida ha sido un desastre y ahora estaba encontrando la paz. Tú has vuelto para poner su mundo del revés de nuevo.
—Yo no…
—Sé que no quieres hacerle daño, pero lo estás haciendo. —Le recordó, haciendo que él apretara los puños con rabia. —Dices que solo tú puedes protegerla, pero no es verdad, y lo sabes. Su madre y su padre estarán ahí siempre. Es nuestra obligación, no la tuya.
—Ran es lo más importante para mí. —Musitó ya sin saber qué decir para convencerla de que su sitio estaba junto a él.
—No, Ran es lo más importante para nosotros; para ti, para Kogoro y para mí, No voy a decirte qué es lo que tienes que hacer con tu vida, pero tampoco voy a permitir que tomes decisiones por mi hija.
—No es lo que pretendía.
—Devuélveme a mi hija hoy, Shinichi, y me pensaré no demandarte por secuestro y falsificación de documentos.
—¿¡Qué!? —Aquel comentario había consternado a los padres de él, quienes aún no daban crédito a cómo estaba escalando aquella situación.
—Eri… —dijo Yukiko con tristeza, casi rogándole con una voz rota que recordara que ellas prometieron ser siempre amigas.
—Has sacado a Ran del hospital general de Tokio con una orden judicial falsa, ¿creías que no lo investigaría? Quiero a mi hija en la agencia de mi marido en una hora o me encargaré personalmente de que te suspendan como policía. Tú decides.
Shinichi sintió cómo se quedaba sin respiración por un segundo y solo lo sacó de su trance el sonido de los tacones repicando por el pasillo, en dirección a la puerta principal.
—Shinichi…
Él despertó y echó a correr en dirección a Kisaki, quien ya había abierto la puerta que daba al exterior para encontrarse con Mouri, que seguía fumando sin parar.
—¡Dame una semana! —gritó desde el fondo de sus pulmones.
Ella se giró y le echó una mirada helada, por lo que él se sintió en la obligación de explicarse. —Aún está muy débil. Necesita descansar. Kazuha y Aoko están con ella.
Eri miró a su marido pidiéndole una opinión en silencio, él negó con la cabeza, pero ella se paró un segundo antes de darle una respuesta. —Tres días.
—¿Qué? ¿Estás loca? —las quejas de Mouri se escuchaban incluso con la puerta cerrada, de hecho, era lo único que los tres de la familia Kudo escuchaban, sin saber que esa discusión se prolongaría en el tiempo y culminaría con una nueva salida de Eri de la agencia de detectives.
—Tres días… —suspiró después de haberles contado la historia a los chicos.
—¿Y qué vas a hacer en tres días?
—Cuidarla como no lo he hecho en todos estos años.
—¿Tú estás tonto o qué? —preguntó Kaito. —¡Ella no quiere saber nada de ti!
—¿Y quién va a ir a decírselo? ¿Tú?
—¿Qué dices, idiota?
—¿A quién llamas idiota, idiota?
Una tos suave, dulce, resonó en la sala y puso fin a la discusión. Los tres chicos se giraron para ver a una Kazuha muy diferente a la adolescente, pero que hacía que los ojos de Hattori brillaran como si ambos tuvieran aún 17 años.
—¿Kazuha? —la llamó Shinichi, sin saber muy bien si debía dirigirse a ella por su nombre de pila o por su apellido.
—Esto… Quería… Ummm…
—¿Qué pasa?
Hattori se acercó a ella y la examinó, preguntándole si se encontraba bien o si necesitaba alguna cosa. Algo que los dos espectadores notaron al instante es que la chica estaba permitiendo que él se acercara a ella. Shinichi y Kaito se miraron con un gesto divertido, sabiendo que si había un par que había nacido para estar juntos, sin duda lo tenían delante.
—Estoy bien —dijo casi en un susurro íntimo y apartando suavemente sus manos de ella. —Es que… Hay algo que deberíais saber y que no… no os habíamos dicho antes.
La figura de Aoko no pasó desapercibida a Kaito, que intuyó que se trataba de algo que las chicas habían discutido y acordado previamente. El chico dedujo cosas y fue el primero en sentarse, invitando a los demás con su gesto a sentarse también, de modo que quedaron los tres policías sentados frente a una enfermera nerviosa.
—Lo cierto es que Ran no fue exactamente disparada…
Los tres se miraron intentando ver si alguno de ellos sabía a lo que ella se refería, pero ninguno daba con la clave. Ella intentó explicarse.
—Ran no tiene agujeros de bala, tiene impactos de algo cortante. La razón por la que haya podido sobrevivir después de recibir tantos disparos desde tan cerca es que no dispararon balas.
—No entiendo nada —dijo Heiji.
—Yo… tampoco… —apuntó Kaito, mirando de reojo a Shinichi, el cual tenía cara de estar exprimiéndose la cabeza para dar con algo que tuviera sentido.
—Espera, entonces… ¿Qué heridas tiene?
—Tiene tres costillas rotas y heridas importantes en toda la espalda.
—¿Y por qué no lo dijisteis antes?
—Porque ella pidió en el hospital que no le dieran información a nadie sobre su estado.
—¿Qué?
—¡Será idiota!
Sin embargo, a Shinichi no le sorprendió en absoluto. Estaba claro cuál era su intención: que él no lo supiera. Sabía que esa información le iba a llegar de alguna forma, y quería evitarlo tanto que había preferido que nadie supiera nada. Un pensamiento inundó la cabeza de Kudo: "¿Tanto me odias, Ran?"
—De hecho… Ahora que ha bajado la inflamación y que los hematomas comienzan a desaparecer, hemos visto algo.
—¿Algo? —preguntó Shinichi.
—Creo que es mejor que lo veáis por vosotros mismos —dijo mientras se acercaba con su tablet lista para enseñarles una fotografía que les heló la sangre en cuanto la vieron.
Había, en total, cinco heridas profundas. Les tomó un segundo descubrir una letra claramente visible si se hacía una línea imaginaria. La letra k.
