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Se necesitaron solo unos cuantos días para su recuperación; aún le dolía el hombro, pero no podía esperar para iniciar las misiones y seguir con su entrenamiento. Era un poco loco, pero sentía que, con cada combate, con cada herida sanada, su fuerza aumentaba. Quizás el dolor ayudaba a mejorar su resistencia.

Como lady Tsunade lo había prometido, una vez dada de alta, la convocó a su oficina. Mientras caminaba hacia allí, su mente la tenía sumida en una espirar de preguntas y ansiedad. ¿Cómo serían sus compañeros? ¿Adquiría un o una rival en el equipo como le había anunciado la Hokage? ¿La recibirían con reticencia? ¿Les caería bien?

Al llegar a la puerta, tomó aire, como siempre hacía cuando iba a ver a lady Tsunade, y tocó.

—Adelante —la voz de Hokage sonó desde adentro.

Abrió, y la sonrisa que estaba empezando a dibujarse en sus labios se congeló cuando vio las tres figuras paradas en frente del escritorio de lady Tsunade; dos de ellas no tenían nada en particular, sino que fue la tercera, la del lado derecho, la que le provocó esa reacción: era el chico con el que había combatido. Apenas él la vio, dirigió la mirada a la venda que tenía en el hombro y esbozó una sonrisa engreída.

Athena apretó la mandíbula.

Lady Tsunade le hizo un gesto con la cabeza para que se acercara.

—Athena, tal como te había mencionado, te voy a presentar a tus compañeros de equipo. —Alzó la mano y señaló al chico de la izquierda—. Él es Ren…

Athena lo estudió mientras escuchaba a la Hokage hablar sobre sus habilidades. Tenía rasgos delicados, aunque el cabello revuelto le daba un aire de rebeldía.

—Ella es Aya —continuó la Hokage—. Es un ninja médico…

Guau, la chica tenía un cabello largo y hermoso. Además, vestía muy femenina, entre elegante y deportiva.

—Y, por último, este es Kenji. —Lady Tsunade clavó los ojos en ella—. Por supuesto que ya lo conoces.

Athena asintió y trató de no mirarlo directamente.

—Kenji seguirá siendo el capitán del equipo —continuó—. Les sugiero que se reúnan y se conozcan un poco. Su primera misión será asignada en una semana.

Todos asintieron y se inclinaron en señal de despedida.

—Athena —la llamó lady Tsunade—, espera.

Los vio marcharse y, antes de que Kenji atravesara la puerta, el chico le lanzó una mirada de desagrado.

—Qué química la de ustedes dos.

Athena se giró para mirar a lady Tsunade. El tono sarcástico no había pasado inadvertido.

—¿A qué se refiere, milady?

Lady Tsunade se inclinó hacia delante, posó los codos en el escritorio y descansó el mentón entre sus manos.

—Creo que es la segunda vez que te veo hacerle mala cara a alguien.

—Este… —Athena vaciló—, no es que me caiga mal, pero tiene una expresión bastante arrogante.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios de la Hokage.

—Lo sé, por eso lo escogí como tu oponente; quería lastimarle un poco el ego.

—Pero… si me hubiese ganado, ¿no habría sido contraproducente?

Lady Tsunade agitó una mano, descartando esa posibilidad.

—Sabía que lo derrotarías. —Se recostó en la silla—. Hace todo lo posible por no mostrarlo, pero bajo esa sonrisa engreída, hay un ego herido. No te dejes provocar.

Athena asintió.

—Y recuerda lo que te dije —continuó lady Tsunade—, date la oportunidad de conocerlos y de hacer buen equipo con ellos. Hazme sentir orgullosa —le dedicó una sonrisa cálida.

¿Cómo podía negarse a esa sonrisa? No existía manera de que defraudara la confianza de aquella mujer.

Se inclinó en una reverencia.

—Por supuesto, milady.


Dos días después, fue a reunirse con sus compañeros. Estaba muy nerviosa, casi no había dormido y tenía toda clase de pensamientos en la cabeza: desde los más catastróficos hasta los más cursis. Durante el tiempo que había estado en Konoha, todos habían sido muy amables, pero siempre cabía la posibilidad de encontrarse con alguien con quien no pudiera llevarse bien. Aún tenía la mirada de fastidio de Kenji grabada en la mente.

Llegó al punto de encuentro: uno de los campos de entrenamiento. Ren, si Athena recordaba bien el nombre, ya estaba allí.

Athena tomó aire y se le acercó.

—Hola —saludó en voz baja.

Ren le sonrió.

—Athena es tu nombre, ¿verdad?

—S-sí.

Él extendió la mano y Athena se la estrechó. El chico parecía amable.

—Mira la sorpresa que me llevé cuando supe que le pateaste el trasero a Kenji —comentó divertido—. Desde entonces, ha estado más refunfuñón que de costumbre.

Athena se rascó la nuca.

—Bueno, no tenía opción —dijo con remordimiento—. Debía ganarle para poder convertirme en shinobi.

Ren soltó una carcajada.

—No tienes que excusarte. —Le ofreció el puño para chocarlo—. Eso estuvo genial. Felicidades.

Athena parpadeó. El chico parecía sincero, y se alegró de encontrar a alguien en el equipo con quien simpatizar. Chocó puños con él.

Conversaron un rato sobre el combate; Ren quería detalles, pues, obviamente, Kenji no los había proporcionado.

Al cabo de unos 10 minutos, llegó Aya.

—Lo siento, chicos —dijo con voz entrecortada. Quizás había venido corriendo—. Me tocó quedarme un poco más en el hospital.

Athena la miró con curiosidad. Aya tenía una belleza natural innegable.

—¿Y Kenji? —preguntó la chica mientras miraba alrededor.

—Ah, ya sabes cómo es —respondió Ren—. Su majestad llegará cuando le plazca.

Aya suspiró.

—Y con ese mal humor que se trae desde hace días. —Miró a Athena—. Qué maleducada soy. Hola, Athena. Mucho gusto conocerte —sonrió.

Athena se sonrojó. Sí, ella hacía eso con todas las mujeres que le parecían atractivas, aun si no le gustaban. Solo pudo esbozar una sonrisa tímida.

—Aya —intervino Ren—, Athena me estaba contando cómo derrotó a Kenji. Lástima que no nos invitaron.

Aya le golpeó el costado con el codo.

—No seas así, Ren. Sé que te gusta molestarlo, pero déjalo tranquilo con ese tema. —Señaló a Athena con la mano abierta—. Ahora que Athena está en el equipo, será mejor no mencionarlo. ¿De acuerdo?

Al parecer, Aya era la voz de la consciencia en el equipo.

Escucharon pasos detrás de ellos; cuando se giraron, ahí estaba Kenji. No pronunció palabra, sino que levantó la cabeza en señal de saludo.

—Ahora que estamos todos, ¿por qué no vamos a tomar algo? —propuso Aya.

—Sí —apoyó Ren con una sonrisa.

Kenji se escogió de hombros y Athena asintió.

Aún estaba temprano para ir a un bar, así que entraron a una cafetería. Ren y Aya hablaban animados, mientras Kenji y Athena guardaban silencio. A medida que iban consumiendo las bebidas, Aya empezó a hacerle preguntas a Athena sobre cómo se sentía en la aldea y sus gustos y pasatiempos.

—No tenemos licor para brindar, pero —Ren alzó su taza de té— bienvenida al grupo de los perdedores.

Aya le volvió a golpear el costado con el codo.

—¡Ren!

Él la miró con cara de «¿y ahora qué hice?».

—Es mejor que lo sepa desde el principio, ¿no?

—Sí —agregó Kenji, que al fin hablaba—. Y ahora vamos a ser mucho más perdedores con esta novata en el grupo.

—¡Kenji! —Aya le lanzó una mirada fulminante.

—Bueno, bueno. Que haya paz —intercedió Ren. Luego, miró a Athena—. Te explico, compañera: los tres somos chunnin, pero digamos que… —se acarició el mentón mientras buscaba las palabras— somos de un rango bajo. Solo hacemos misiones de rango D o C, y unas pocas de rango B.

Aya asintió.

—No somos un equipo especialmente habilidoso.

—Y ahora con esta genin estaremos condenados a las misiones de rango D. —Kenji puso los ojos en blanco.

Athena estaba tratando de procesar la información, pero los comentarios de Kenji estaban empezando a molestarla.

—Kenji, por favor —dijo Aya casi implorando—. Me lo prometiste.

Kenji relajó el gesto.

—Entonces, Athena —dijo Ren—, si no te importa estar en el grupo de los perdedores, ¡bienvenida!

Athena no pudo evitar sonreír. Ese chico en verdad tenía carisma. Alzó su taza.

—¡M-muchas gracias!

Aya también alzó su bebida y, cuando vio que Kenji no lo hacía, le lanzó una mirada de advertencia. El chico lo hizo a regañadientes mientras miraba hacia otro lado.

«Qué grupo tan peculiar», pensó Athena.