Confianza: Parte IV
Estaba acostada en la cama. Era tarde. Estaba cansada, pero no podía dejar de pensar en ello. Lo había intentado por tres horas, sin éxito. Apliqué todo lo que había aprendido sobre conciliar el sueño. Contar ovejas era totalmente inútil. No me hizo sentir más cansada. Sólo hacía que mi mente le diera más vueltas al asunto mientras hacía malabarismos con mis pensamientos. No quería mandar a traerme leche, ya que sabía lo duro que trabajaba el personal y no quería levantarlos por algo estúpido. Pero al mismo tiempo, no quería levantarme y buscarlo por mí misma. Odiaba la oscuridad y odiaba estar sola.
Y justo en ese momento estaba en la oscuridad y sola. Normalmente, no me molestaba porque estaba dormida. Casi nunca tenía problemas para dormir. Pero algo me estaba manteniendo despierta esa noche. Rodé los ojos y miré por la ventana. Había olvidado correr las cortinas antes de acostarme, por lo que ahora las estrellas brillaban alegremente para mí.
Mientras contemplaba el exterior nocturno, reflexioné sobre la razón por la cual mi mente estaba tan perturbada. Ciertamente, tuve muchas cosas de qué hablar durante las últimas semanas. Pero sabía cuál era puntualmente el asunto sobre el que no dejaba de pensar.
Había tenido una reunión con mi padre, el Rey, esta tarde.
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"Kaoru."
Hice una reverencia respetuosa e incliné la cabeza. "Padre."
"Mírame, niña," me pidió con gentileza. Y lo hice. Miré al hombre al que admiraba desde que podía recordar. Él estaba sonriendo, algo que no hacía tan a menudo.
Estaba por preguntarle por qué me llamó cuando volvió a hablar. "No he sido tan observador como debería. No te he protegido como debería. En cambio, te lancé al peligro."
Comencé a protestar, dando un paso adelante.
Él negó con la cabeza. "No. No hay cómo defender mi ignorancia. Si hubiera prestado más atención, te habrías ahorrado este dolor." Hizo una pausa, y las comisuras de sus ojos se arrugaron. "Lo único que puedo hacer ahora es asegurarme de que tu futuro sea brillante."
"¿Padre?" pregunté, confundida. "¿Cómo-?"
"Kenshin," me explicó. "Se está deshaciendo de Enishi. Ha sido exiliado por traición. Lo hubiera mandado a ejecutar, pero sabía que no era lo que hubieras querido."
Parpadeé y tragué saliva. Sabía que mi padre no había tomado bien las noticias sobre mi... trato recibido, pero no pensé que desterraría al hijo de su hermano. Incluso quería matarlo. Lo único que lo detuvo fui yo. Mis ojos comenzaron a humedecerse. Había pasado mucho tiempo hasta darme cuenta de lo mucho que mi padre me amaba. Me sequé las lágrimas y le dediqué una brillante sonrisa.
"Gracias, padre," le dije, aún sonriendo.
"Haría cualquier cosa por ti, ángel..."
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Me aparté el flequillo de los ojos y pensé en esa conversación. Kenshin había sido quien le informó a mi padre sobre las acciones de Enishi, lo que impulsó su decisión de exiliarlo. Y luego, el mismo Kenshin fue puesto a cargo de escoltarlo fuera del territorio. Cerré los ojos. Kenshin había hecho mucho por mí.
Aquello me dio una idea.
Pensé en acercarme sigilosamente a la habitación de Kenshin. Tenemos una puerta en común en caso de emergencia, así que ni siquiera tenía que dejar mi habitación. Sabía que lograría conciliar el sueño si iba con él. Estaría más relajada. Había algo en él que me tranquilizaba. Me hacía sentir en paz. Así que me deslicé de mi cama y me dirigí a esa puerta.
Toqué ligeramente y dije su nombre. "¿Kenshin?"
Después de un momento, no habiendo respuesta, abrí la puerta. Se abrió con un suave click y reveló la habitación, envuelta en oscuridad. Les llevó a mis ojos unos segundos para adaptarse antes de adentrarme. Estaba vacía. O, mejor dicho, no vi a Kenshin en ningún lado, y sabía que me habría recibido en la puerta si supiera que estaba allí.
Di unos pasos hasta llegar a su cama y la miré. Podía esperar a que regresara. Me senté en el borde y respiré hondo. Toda la habitación olía a él. Sin poder resistirme, me recosté sobre sus almohadas y envolví mis hombros con su manta. Volví a inhalar. Olía a sándalo y a pino. Dejé que mis ojos se cerraran y sonreí. Estaba tan cómoda. No entendía por qué su cama era más acogedora que la mía.
Aunque, en realidad, no me importaba. Finalmente, estaba cayendo en la inconsciencia y después de unos segundos, caí dormida.
Me sentí muy cálida cuando desperté. También cómoda. Murmuré una que otra incoherencia y enterré mi rostro entre las almohadas. Era tan agradable. Nunca antes había despertado tan... relajada. Era maravilloso.
"¿Ya despertaste?"
Casi di un brinco al recordar que me había arrastrado hasta la cama de Kenshin en medio de la noche. Mis ojos se abrieron de golpe y lo primero que vieron fue su cabello. Estaba esparcido sobre las almohadas, mezclándose con el mío. Algo dentro de mí se agitó ante la vista. Lentamente, dejé que mis ojos viajaran de su cabello hasta su cuello, y de ahí a su rostro, que yacía sobre el mío. Una sonrisa se dibujaba en sus labios.
Fruncí el ceño. "¿Qué?"
"Anoche volví tarde y te encontré dormida en mi cama," me explicó, acunando su cabeza con la palma de su mano mientras dejaba que su codo soportara su peso. "¿Qué pasó?"
"No podía dormir," admití. "Sólo quería hablar. Pero no estabas aquí y..." Mis ojos se posaron en la cama. No quería decirle que su aroma me había hecho dormir. Que me sentía segura con su fragancia rodeándome.
Él rio entre dientes y se recostó antes de tomarme en sus brazos, para que su palma quedara tocando mi espalda baja, mientras la otra acunaba mi cabeza. Suspiré y cedí, enterrando mi rostro en la tela de su camisón. Era suave y me gustaba cómo se sentía contra mi piel.
"¿Podemos hablar ahora?" Me preguntó, apoyando su cabeza contra la mía.
"No," susurré. "Sólo abrázame." Lo sentí asentir contra mi cabeza y sonreí.
Aunque sí teníamos cosas de las que hablar. Pero todavía no, juré en silencio. Todavía no. No estaba lista para decirle que él era toda mi vida. Que estaba enamorada de él. Que estaría total y completamente perdida sin él. Cerré los ojos y me aferré con fuerza, amando la sensación de seguridad que me daba tenerlo cerca.
Él también se aferró más a mí en respuesta y suspiré felizmente.
"¿Kaoru?"
"¿Hmmm?"
"¿En qué estás pensando?" me preguntó con suavidad.
En todas las cosas que no puedo contarte, pensé. Sabía que no podía reprimirlo por siempre, pero... Oh, ¿y si no era amor? Nunca antes había estado enamorada. ¿Y si él no estaba enamorado de mí? ¿Y si sólo sintiera por mí una especie de afecto que no superaba a la lujuria? Muchas preguntas cuyas respuestas temía.
Así que permanecí en silencio todo el tiempo que pude. Finalmente, suspiré y sus brazos me apretaron por un momento antes de relajarse y besarme la coronilla. Enterré mi cabeza aún más contra él y reflexioné cuidadosamente mis palabras antes de responderle.
"¿Qué estamos haciendo?" Cerré los ojos y respiré profundamente. ¿Qué era esto? ¿Qué éramos?
"¿A qué te refieres?"
"Esto," le expliqué, abriendo los ojos. "Nosotros. ¿Qué estamos haciendo?"
Era su turno para guardar silencio y me solté de sus brazos lo suficiente como para levantar mi cabeza y mirarlo. Sus ojos estaban pensativos y llenos de algo que no pude identificar, mientras asimilaba mi pregunta. Me mordí el labio y esperé. Nunca me di cuenta de lo angustiosa que podía ser la espera.
Y luego, habló. "Esto," comenzó, "somos nosotros. Esto es tú y yo," dijo, dándome la vuelta para que yo quedara debajo de él.
"Sí, lo entiendo, pero, ¿qué estamos haciendo?" No había respondido a mi pregunta.
"Qué estamos haciendo," repitió, bajando la cabeza para darme un dulce beso en la mejilla. "Supongo que nos estamos explorando el uno al otro."
"Explorando," dije, entrelazando mis dedos con los suyos.
"Sí," afirmó, sus labios rozaban los míos. "Explorando estos sentimientos..."
"¿Sentimientos?" Me sentí una inútil. Todo lo que podía hacer era repetir sus palabras como si fuera una niña. Sin embargo, no se me podía culpar debido a que estaba distraída con su boca. Barría mi rostro con caricias provocadoras.
Él asintió. "Siento muchas cosas por ti, Kaoru."
Mi corazón casi se me salió por la garganta. "¿Como cuáles?"
Él sacudió su cabeza, sonriendo. "Oh, Kaoru... Creo que puedo estar enamorado de ti," murmuró.
Me congelé en sus brazos, no muy segura de haberlo escuchado bien. "Yo-"
"No," me dijo, volviendo a negar con la cabeza, "Sé que estoy enamorado de ti," se corrigió.
Parpadeé rápidamente para apartar las lágrimas que se formaban en mis ojos. No podía recordar la última vez que alguien me dijo que me amaba. Mi padre mostraba su afecto a través de acciones, pero era otra cosa escuchar esas palabras. Me dieron ganas de llorar.
Y lo hice. En brazos de Kenshin. Tuve una pequeña crisis nerviosa y me di cuenta de que eso lo angustiaba. Se sentó y me abrazó, mientras me preguntaba qué me pasaba y me mecía. Intenté calmarme lo suficiente como para poder decirle que todo estaba bien. Y que yo también lo amaba.
Me sequé los ojos y traté de acompasar mi respiración. Y comencé a reír. Qué estúpido de mi parte. Estaba tan feliz que se me salían los ojos. Pobre Kenshin. Habrá pensado que no sentía lo mismo que él. Nada más lejos de la verdad.
Me aparté y tomé su rostro entre mis manos. Mis lágrimas comenzaron a disminuir y sentía que mi respiración estaba a un ritmo razonable. Lo miré a los ojos, con los míos llenos de sentimiento.
"Oh, Kenshin," susurré. "Te amo desde el momento en que te vi."
Me acerqué hasta que mis labios encontraron a los suyos. Suave y dulce. Y corto. Lo suficiente como para demostrarle que me importaba. Luego me aparté, y posé mi frente contra la de él. Él tenía una sonrisa en sus labios mientras levantaba una mano para acariciar mi mejilla.
"¿Sabes todo lo que esto significa?" me preguntó.
Negué con la cabeza y me lamí los labios.
Vi sus ojos brillar levemente antes de decir, "Las cosas van a cambiar de ahora en más. Para mejor."
Asentí. Las cosas iban a cambiar. Empezando por una boda real, si por mí fuera. Y las princesas siempre logran llegar a ello, pensaba alegremente mientras él me besaba una vez más.
Siempre.
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