Elii Shojo: Gracias por tu comentario. Espero que esta serie que se viene te guste. ¡Saludos!
Gracias: Parte I
"¿...Kaoru?"
"¿Kenshin?" Frunció el ceño. Miró el reloj. Era pasada la medianoche y la única razón por la que no dormía era el insomnio.
"Kaoru, ¿estás ocupada?"
"No, ¿por qué?" Estaba confundida. Él nunca la llamaba a esa hora. Nunca.
"¿Puedes venir a buscarme?"
Ella suspiró. "¿Dónde estás?"
Él le indicó la dirección y ella colgó. Se preguntó qué estaba sucediendo. Quizás su auto se averió. Pero, ¿por qué tan tarde? Apartó los pensamientos de su mente, agarró su abrigo y se colocó los zapatos antes de tomar las llaves y dirigirse a su auto.
Viendo la dirección se dio cuenta de que era un bar. Uno que solían frecuentar. Entonces ató cabos. Estaba borracho. Volvió a suspirar y apoyó la cabeza sobre el volante por un momento antes de arrancar el auto. No podía dejarlo allí.
"¿Tomoe?"
"No," le dijo ella, ocultando su dolor. "Kaoru," le corrigió, levantándolo del banquillo.
Ella le dirigió una mirada al camarero. Él buscó debajo de la barra y sacó unas llaves. "Las tomé hace unas horas, cuando me di cuenta de que no iba a parar," le explicó, dejándolas sobre la barra.
"Gracias," replicó ella, tomándolas con una mano, mientras sostenía a Kenshin con la otra.
"¿Eres su novia?" le preguntó, frunciendo el ceño.
"No," respondió ella, apartando la mirada. "No lo soy."
Luego lo ignoró, concentrándose en salir sin dejar caer a Kenshin. Él no era mucho más alto que ella, pero era difícil lidiar con su peso. Cerró los ojos y contó hasta diez antes de hablar.
"¿Puedes ayudarme, Kenshin?" le pidió con amabilidad. "Necesito que intentes caminar..."
Él obedeció, moviendo sus pies con lentitud. Ella suspiró. Era mejor que nada, supuso. Lo ayudó a salir hasta su auto. Lo había estacionado frente al local, anticipando la situación. Lo apoyó contra el auto y abrió la puerta antes de meterlo, teniendo cuidado con su cabeza.
Cerró la puerta después de asegurarse que estuviera seguro y con el cinturón de seguridad puesto. Respiró hondo y cerró los ojos, conteniendo las lágrimas. ¿Cómo había llegado su relación a esto? ¿Cuándo había dejado de confiar en ella? ¿Cuándo había comenzado a beber solo? No lo sabía. Se secó los ojos y se sentó del lado del conductor.
Arrancó el auto y encendió la radio antes de ponerse en marcha. Necesitaba una distracción, pero la radio no ofrecía nada. Miró a Kenshin durante el momento en que pararon en un semáforo en rojo. Él miraba por la ventana.
"¿Por qué?" preguntó ella, prestando atención al semáforo.
"¿Hmm?"
"¿Por qué?" volvió a preguntar, incapaz de mirarlo.
"Yo no..." Se interrumpió.
El semáforo se puso en verde. Ella pisó el acelerador y siguieron adelante. Se tomó unos segundos para calmarse antes de volver a hablarle.
"Es ella, ¿verdad?" preguntó, mientras giraba a la izquierda.
"¿Ella quién?" Él sonaba extraño.
Borracho, se recordó ella antes de responder. "Tomoe."
"No," respondió él. "Noo..."
Ella contuvo un suspiro. Y se rindió con la conversación. Lo llamaría por la mañana cuando despertara con una resaca de muerte. Se preguntó si habría sido tan estúpido como para mezclar bebidas. Casi esperaba que sí. Eso empeoraría la resaca. Pero inmediatamente se reprochó. A pesar de lo furiosa que estuviera ahora, no quería que sufriera.
Al llegar, estacionó frente a la entrada de la casa. "¿Está ella aquí?" quiso saber.
"¿Quién?"
"Kenshin. ¿Está Tomoe aquí?"
"No. No..." Respondió él con nostalgia, sus ojos estaban fijos en ella.
"Está bien. Te ayudaré a entrar en la casa." Se acercó para desabrocharle el cinturón de seguridad. Él la detuvo posando sus dedos sobre los de ella.
"Puedo hacerlo," insistió.
Ella levantó una ceja dubitativa. "Kenshin," dijo con seriedad, "me tomó diez minutos traerte del bar a tu casa. No puedes decirme que puedes hacerlo."
"Pero puedo."
"Está bien. Sal de mi auto. Aquí tienes tus llaves." Se las alcanzó y le señaló la puerta. "Vete."
Él asintió y salió del auto. Ella estaba enojada. La había hecho ir por él cuando no tenía ningún problema para moverse. Cerró la puerta y caminó hacia su casa. Le tomó tiempo y el camino que recorría no le parecía exactamente recto, pero lo logró. Ella lo observó entrar y después se fue.
Dios, había sido tan estúpida. Siempre iba cuando la llamaba. Pensó que tal vez no podía dormir y quería hablar. Pero no, pensó con amargura, había ido a emborracharse por culpa de su estúpida ex novia. Y le dolía. Solían hablar de ese tipo de cosas. Ella solía desahogarse con él por sus ex novios y salían a tomar juntos. Y viceversa. Pero ya no.
El tramo de regreso le pareció más corto de lo que en realidad fue. Apagó el motor y se quedó sentada dentro del auto por algunos minutos. Él era un ciego. Había estado enamorada de él por tanto tiempo. Pero él todavía estaba obsesionado con Tomoe. Esa mujer había llegado y arruinado todo. Su amistad se había vuelto casi inexistente durante su tiempo de noviazgo.
Se maldijo a sí misma por milésima vez. Debió haber luchado por él. Pero, en cambio, observó cómo caía en su hechizo mientras ella fingía estar feliz por él, cuando en realidad se sentía miserable.
Era una patética, pensó mientras miraba el reloj. Era tarde. Sintió que tal vez podría dormir. Así que, con el corazón oprimido, salió del auto. Entró a su casa y dejó las llaves sobre el mostrador, se quitó los zapatos y se dirigió a la cama.
No se había cambiado de ropa pero no le importaba. Cayó sobre la cama, hundiendo la cabeza entre las almohadas y tapándose con las mantas.
No fue hasta que estuvo a punto de dormirse que se dio cuenta de que él nunca le había dado las gracias.
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