Aquí un nuevo capítulo XD espero les guste.
Los personajes no me pertenecen :( y la historia menos .-. yo solo juego con ellos, lo uní todo y salió esto ;)
TIRA Y NO AFLOJES.
No era un buen momento para quejarse. La situación no estaba para ponerse exquisita y Regina lo sabía mejor que nadie. Había leído las últimas actas, prácticamente las había estudiado, y los números no encajaban. Las ventas caían en picado año tras año ante la ausencia de interés de los lectores por las novedades que salían al mercado.
Estaban perdiendo músculo editorial, a los buenos autores ya no les interesaba trabajar con Gold & White, y la falta de liquidez había provocado que la empresa perdiese contacto con algunas de las librerías clave del país. Hacía meses que no se pagaban las cuotas que los grandes almacenes pedían por colocar las obras en los estantes más destacados, sobre todo los que conducían a las cajas registradoras o a las estanterías en las que figuraban los más vendidos. Eso significaba que los libros de Gold & White se habían vuelto invisibles, ya que ahora sus novelas se relegaban a las zonas menos frecuentadas de los puntos de venta. Incluso en la librería de su barrio se había encontrado con obras editadas por ella que estaban cubiertas de polvo, señal de que nadie las había tocado en meses. Si nadie las tocaba, ¿cómo iban a venderse?
Por si todo esto fuera poco, varios de sus mejores agentes literarios se habían marchado, seducidos por los generosos contratos que la competencia les ponía sobre la mesa. Así que al departamento de recursos humanos no le había quedado más remedio que contratar a novatos recién salidos de la universidad o de los másteres especializados. Todos ellos no eran sino mano de obra barata con mayor o menor talento, a cuyas espaldas recaía la titánica responsabilidad de modernizar una editorial milenaria, con la misma esperanza de vida de un dinosaurio a finales del Cretácico y la rapidez de reacción de un caracol.
A menudo Regina se quejaba de que la preparación que habían recibido había sido mínima, poco más que un curso acelerado de quince días cuyo contenido más útil eran consejos para lidiar con autores famosos. Autores famosos que, por cierto, ya no tenían. Los habían perdido a todos.
Para alguien como ella, esta exánime preparación había sido casi suficiente, pero no del todo, porque todavía se sentía una novata en el desempeño de su trabajo. Llevaba poco tiempo en la empresa y aunque había leído libros y manuales por su cuenta, nada podía compararse a la seguridad y experiencia que solo se adquiere con el paso de los años.
Regina estaba acostumbrada a destacar, ese era el verdadero problema. Lo único que nunca se le había dado bien eran los deportes, a los cuales tampoco prestaba demasiada atención, pues, francamente, consideraba primitiva la coordinación mano-ojo-pies y poco útil en el devenir de los días. La estimulación intelectual, en cambio, la motivaba de veras, y acostumbrada como estaba a destacar en este terreno, le resultaba muy frustrante sentirse en desventaja respecto a algunos de sus compañeros más veteranos.
Por si toda esta presión fuera poca, aquella era su primera misión comercial. Hasta el momento se había dedicado a ser asistente de editor. Hacía correcciones esporádicas, de vez en cuando emitía alguna opinión de dudoso calado y, si se le preguntaba, daba su punto de vista al departamento gráfico para el diseño de una portada. Pero Regina todavía no había conseguido el puesto de responsabilidad que tanto deseaba, el cargo de editora senior que ocupaba Emma Swan. Así que si renunciaba ahora o ponía pegas, perdería una oportunidad única. Una oportunidad que a lo mejor no volvería a presentarse. Justo al contrario que Emma. Ella no lo necesita, pensó.
Emma había tenido ocasión de meterse a sus superiores en el bolsillo desempeñando una difícil misión en la sede de Boston. Se trataba de una pequeña delegación, tocada de muerte, por la que nadie apostaba un duro, pues casi desde sus comienzos sus cuentas figuraban en números rojos. Con la crisis azotando el corazón de la editorial, muchos tenían claro que Boston cerraría. A Swan la habían enviado allí meses antes para estimular el rendimiento de los trabajadores. Su labor consistía en sobrevivir o morir. Si sus esfuerzos no daban sus frutos y las ventas seguían descendiendo, la sede se cerraría, y su empleo quedaría en entredicho.
Y tal vez fue debido a un golpe de suerte o a un olfato de negocio que a Regina le costaba creer que tuviera, pero a los pocos meses de estar allí, la sede de Boston se hizo con los derechos de una de las obras de consulta más importantes de la historia bostoniana, un súperventas gracias a que lo habían incluido en el listado de obras obligatorias en los institutos de la comunidad. La editorial se llevaba cuantiosos beneficios de esta publicación, que servían como escudo defensor de la delegación bostoniana.
Por lo tanto, si alguien tenía que haberse quejado de aquel extraño emparejamiento era Emma, no ella. Pero la maldita tan sólo había rezongado un segundo y luego se había callado como una perra.
Como una perra, pensó, y el insulto emitido en silencio la alivió momentáneamente. Esbozó una sonrisa amarga antes de girar la llave con enfado para abrir la puerta.
- ¡Hola! - la voz de Robin llegó desde el fondo de la casa.
Por la hora que era, debía de haber llegado unos minutos antes. Regina vio su cabeza asomándose por una de las puertas.
- ¿Qué tal tu día? - le preguntó tras depositar un beso en su frente. - El mío ha sido una mierda. Esos malditos proveedores… ¡Se las saben todas, los cabrones!
Regina no contestó enseguida, quería disfrutar del efímero momento de paz que le reportaba llegar por fin a casa y recibir un cálido beso de su novio. Luego tiró su bolso en el suelo y se dejó caer sobre el sofá del salón, derrumbada. Se fijó en que Robin tenía un profundo corte en la mejilla derecha, la sangre reseca todavía teñía la parte más superficial de la herida.
- ¿Han sido ellos? - bromeó, señalándola con el dedo.
El muchacho se llevó la mano a la herida y sonrió.
- ¿Quiénes? ¿Los proveedores? No, no - negó, tomando asiento a su lado. - Es que esta mañana me he quedado dormido. Me he afeitado tan deprisa que casi me arranco la mejilla.
Regina hizo una mueca muy parecida a una sonrisa. Su novio era tan descuidado a veces que todavía le resultaba increíble que le hubieran asignado aquel trabajo de comercial de una empresa textil. No estaba mal para un novato que apenas llevaba dos años en la industria, se trataba de un trabajo estresante pero bien pagado, cuyo mayor inconveniente era que Robin tenía que pasar parte de la semana fuera de casa. Por suerte, no era nada que no quedara solucionado con un corto viaje en coche los viernes por la tarde y otro de vuelta los lunes, temprano por la mañana.
- ¿Y bien? ¿A qué viene esa cara tan larga? - le preguntó mientras daba un mordisco voraz a un mendrugo de pan que había afanado en la cocina.
- Me han dado una misión, en Escocia.
- ¡Pero efo ef fantáftico! - Robin se levantó con excitación. Tenía la boca llena y expulsaba miguitas de pan al hablar. Su entusiasmo era normal, habida cuenta de que Regina llevaba meses quejándose de que no le asignaran tareas de mayor responsabilidad.
- Con Emma Swan.
- Oh - Robin se dejó caer de nuevo en el sofá, lentamente, con cara de circunstancias. - Pero no tiene por qué ser tan malo - le dijo entonces, tras tragar con dificultad - seguramente serán un par de semanas, podrás volver los fines de semana como hago yo y luego…
- No se trata de la firma de un acuerdo, ese es el problema - le interrumpió ella. - Tenemos que vigilar al autor las veinticuatro horas. El mismísimo Rumple Gold nos ha ordenado que no regresemos hasta que sepamos la talla de su zapato. Literalmente. Si no conseguimos que firme, mi empleo corre peligro. No creo que pueda venir ni el día de Navidad.
Los ojos de Regina se posaron con tristeza sobre la alfombra. Sentía tanta rabia que no reparó en las pelotitas de polvo que se estaban formando en las esquinas, y eso era preocupante, porque ella era una entusiasta de la limpieza y el orden, los cuales, por cierto, traían sin cuidado a su querido novio.
Cuando las lágrimas comenzaron a ser perfectamente visibles en las esquinas de sus ojos, Robin la rodeó con su brazo y tiró de ella hasta que su cabeza quedó apoyada en su pecho.
- Vamos, anímate - le dijo, sacudiéndola con suavidad primero, acariciando su melena oscura después. - Sé que Emma no es tu persona favorita, pero seguro que luego no es para tanto. - Trató de ser positivo, pero sus palabras sonaban huecas, carentes de energía, como si ni siquiera él tuviera demasiada fe en ellas. - ¿Cuándo os marcháis?
- Mañana.
Robin esbozó un gesto de preocupación que Regina no fue capaz de ver, apoyada como estaba contra su pecho. Pero su desasosiego duró apenas unos segundos, ya que pronto quedó reemplazo por una sonrisa pícara. Y es que iba a ser muy interesante ver a su novia peleándose todo el día con la persona que más odiaba del mundo. En ese momento tuvo tentaciones de preguntarle si ya se lo había contado a Graham, pues se moría de ganas por intercambiar impresiones con su amigo. Pero finalmente se limitó a callar y sonreír, aliviado de que Regina no pudiera ver su cara en ese momento.
...
Emma cruzó el umbral de la puerta de su casa y se topó de bruces con su rutina. El vestíbulo era pequeño, funcional, y se encontraba sumido en la más profunda oscuridad. Palpó la pared de la izquierda para dar con el interruptor de la luz, y mientras lo hacía advirtió aquel desagradable olor a cerrado y a nicotina reconcentrada. Otra vez había olvidado abrir las ventanas para airear la casa.
Eso le hizo coquetear con la idea de dejarlas abiertas toda la noche, en pleno invierno, con la esperanza de coger un catarro monumental que le impidiera emprender aquel viaje con Regina Mills. Pero desechó rápidamente la idea. Conociendo a Gold, no iba a funcionar. Seguramente pondría el grito en el cielo; luego la atiborraría a paracetamol y finalmente le enviaría una bolsa de agua caliente para evitar sentirse culpable de haberle obligado a ir. Pero acabaría yendo, y de propina se llevaría el catarro y el malestar general. Así que era preferible dejar las cosas tal cual y abrir la ventana tan solo un rato, el suficiente para deshacerse de aquel olor a taberna.
Escuchó el maullido de un gato y los ruidos de unas sigilosas pezuñas caminando en dirección hacia ella. El animal ronroneó en señal de bienvenida mientras se restregaba contra su pierna.
- ¿Tienes hambre? Sí, te entiendo, yo también.
Se agachó para recogerlo y le acarició el suave pelaje negro mientras se dirigía a la cocina en busca de una lata de alimento para gatos. En ese momento sonó el teléfono. A aquellas horas del día solo la llamaban a casa dos personas: o bien se trataba de Ruby, que solía llamar a horas intempestivas, o de su madre, que la tendría colgada al teléfono al menos durante media hora, con el estómago rugiendo. Tenía demasiada hambre para aguantar tanto tiempo, así que echó un vistazo a la pantalla del aparato y comprobó que se trataba de Ruby.
- Tengo mucha hambre, habla rápido o te cuelgo - dijo, nada más descolgar el teléfono.
- Hola para ti también, extraña. Mi día bien, gracias.
Emma suspiró con cansancio. Por un momento se había olvidado de lo mucho que le reconfortaba escuchar la voz de su mejor amiga cuando estaba estresada. Se dejó caer sobre la butaca que tenía al lado y encendió la lámpara que normalmente utilizaba para leer.
- Perdona, es que he tenido un día horrible. No me hagas mucho caso.
- Veamos, es viernes. - Ruby hizo una pausa al otro lado del hilo telefónico, estaba pensando. - ¿Otra pelea con Jones?
- Ojalá - afirmó con cansancio. - Jones es lo mejor que me ha pasado hoy, te lo aseguro. Me voy mañana a una misión comercial.
- ¿Y esas son las malas noticias? Nena, ¿qué vas a hacer cuando te suban el sueldo? ¿Cortarte las venas?
- Con Regina Mills. Tengo que viajar con ella.
Por un momento el silencio fue tan intenso que Emma pensó que su amiga había colgado.
- Ruby, ¿sigues ahí?
- Sí, estoy aquí - contestó por fin, con la respiración agitada. - He cogido el abrigo. En cinco minutos estoy en tu casa. Prepárate: nos vamos de copas.
- Ruby no…
Pero ya era demasiado tarde. Ahora sí que había colgado.
...
- Esperaremos un rato más, por si acaso.
Regina miró de nuevo su reloj de pulsera e interpretó como un mal presagio que el primer día de misión juntas, Emma llegara tarde. Había pasado los últimos diez minutos tratando de entretener a Bella, la secretaria del departamento, y lo había hecho con una de esas conversaciones vacías que tan nerviosa la ponían. Que si el tiempo estaba muy malo, que mañana hará bueno aunque puede que nieve un poco más y se dice que este año no tendremos verano. Le agotaba el simple hecho de escucharse a sí misma diciendo tanta tontería.
- Será mejor que dejemos los bañadores enmoheciéndose en el desván - bromeó Bella. Y ella le había reído la gracia, no le quedó más remedio, pero diez minutos más tarde, la gracia no parecía ya tan graciosa y las dos mujeres se habían quedado sin tema de conversación.
La secretaria estaba hojeando una de las estúpidas revistas de cotilleos que tanto odiaba, mientras ella no dejaba de preguntarse a qué se debía el retraso de Emma. Bella parecía tranquila; no había mencionado el retraso y tampoco parecía molesta con la espera. Pero a ella sí le incomodaba. De hecho, le fastidiaba tanto que pronto empezó a merodear con nerviosismo de un lado para otro, con tal determinación que cualquiera hubiera dicho que estaba testando la resistencia de las baldosas del suelo mientras escuchaba el tic-tac del reloj que pendía de la pared. De vez en cuando, la secretaria levantaba los ojos de la revista disimuladamente, como sorprendida por su alteración, pero no decía nada. Se limitaba a pasar las páginas sin inmutarse, poniéndola todavía más nerviosa.
Ya llevaba más de quince minutos de retraso.
- No hay prisa, Regina. - le dijo por fin Bella - Es sábado por la mañana y a veces estas cosas llevan su tiempo. Emma lo sabe de sobra.
Ella no contestó. Se limitó a dedicarle una sonrisa forzada, inestable en las comisuras de sus labios. Cuando el reloj de pared le indicó que había alcanzado los veintitrés minutos de retraso, Emma entró súbitamente en la habitación.
- ¡Por el amor de dios, ya era hora!
Emma tenía demasiada jaqueca para contestar de inmediato. La noche anterior se les había ido de las manos, como ocurría siempre que Ruby intentaba consolarla por algo y la velada acababa convirtiéndose en una competencia de chupitos acompañada de los lloriqueos de su amiga.
- ¿Por qué nadie me quiere a mí, eh? Se van conmigo a la cama, pero se casan con otras - protestaba Ruby.
- Claro que te quieren, no digas tonterías. Tan solo estás atravesando una mala racha.
- ¡Una mala racha de dos años!
- Igualmente, mala racha.
En esto derivaban, más o menos, todas sus conversaciones etílicas desde que el mundo era mundo y desde que Ruby había cortado con su último y casi único novio. Los rollos de una noche no contaban para ella.
El ritual era siempre el siguiente: una de las dos tenía un problema, la otra se empeñaba en regarlo con alcohol y acababan hablando de las desdichas sentimentales de Ruby. Daba igual lo grave que fuera el problema inicial. Emma estaba casi segura de que el día en que se murieran sus padres, se emborracharían y acabarían hablando de los no-novios de Ruby, de los no-esposos de Ruby.
Era su amiga y la quería, pero a veces le entraban ganas de pedirle a la providencia que estuviera emparejada para cuando llegara este momento. De lo contrario, tendría que matarla. Y costear tres entierros simultáneos crearía un agujero importante en su cuenta bancaria.
Emma inspeccionó a Regina con los ojos entrecerrados y le dedicó una cansada sonrisa.
- Buenos días, Mills. Me alegra ver que esta noche has descansado lo suficiente para ladrarme de buena mañana. - le contestó con sorna. Se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero y tomó asiento al lado de la secretaria - Perdona el retraso, Bella, anoche no pude dormir demasiado.
Regina la miró fascinada. Aquello era imperdonable. Ella había tenido insomnio miles de veces y nunca había llegado tarde a una cita importante.
- ¿Estuviste en el Rabbit Hole? - preguntó la secretaria - ¿Qué tomaste? El cubata de ron me sienta como una patada en el estómago.
Este fue el peor comentario que Bella podría haber hecho. El Rabbit Hole era el bar que había enfrente de la casa de Emma, que tenía un piso alquilado muy cerca de la editorial. Regina se había pasado por allí apenas un par de veces, pero sabía que muchos de sus compañeros de trabajo tenían por costumbre ir después del trabajo, lo cual no era excusa para haber salido de copas la noche antes de una misión tan importante. Y ahora incluso la secretaria se lo tomaba a guasa.
Estaba tan enfadada que posó firmemente las manos sobre la mesa, provocando un ruido seco que sobresaltó a las dos mujeres. Después se inclinó ligeramente hacia ellas con cara de pocos amigos.
- Estoy convencida de que el mundo del Rabbit Hole y sus diferentes bebidas alcohólicas es apasionante, pero si no os importa me gustaría empezar ya. Algunas llevamos horas despiertas y hemos estado esperando casi media hora.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada de complicidad. Emma hizo un gesto con la cabeza que invitaba a la secretaria a no darle mayor importancia al desagradable comportamiento de la pelinegra. Así que Bella se levantó, les entregó unas inmensas bolsas de plástico y comenzó a hablar.
- De acuerdo, vayamos al grano – dijo - Esta es una versión extendida del material que os dejamos ayer sobre vuestras mesas. Cada bolsa contiene una edición de bolsillo con las obras de Wood publicadas hasta el momento, una recopilación de las entrevistas que ha concedido a diferentes medios de comunicación y una pequeña lista de detalles personales que os podrían ser útiles. Por desgracia, apenas sabemos nada sobre él, pero es mejor que no saber nada. Deberíais estudiar lo poco que hay. Será vuestra única arma cuando os acerquéis a él en Escocia.
Las dos muchachas asintieron con severidad.
- También he incluido vuestros billetes de avión - siguió explicándoles la secretaria - En el aeropuerto os recogerá un chófer que tiene órdenes de llevaros hasta la sede de Lovell & Hayes en Edimburgo. Allí os está esperando Tim. Mastica un poco de español, porque estuvo unos años veraneando por estos rumbos. Él os dará las indicaciones pertinentes para llegar hasta Durness.
- ¿Durness? - preguntó Regina, frunciendo el ceño.
- Es donde vive Wood, ¿verdad? - Emma buscó con la mirada la confirmación de la secretaria.
- Así es. Está todo en las indicaciones que se os dieron anoche.
Touché.
Acababa de hacer el ridículo delante de la secretaria, y a Regina le pareció que Emma había ganado el primer asalto. Era tal su desconcierto que abrió la carpeta en busca del nombre de la ciudad. El día anterior había leído al menos tres veces el contenido de aquellos papeles, pero no había visto nada acerca de Durness. Y, sin embargo, allí estaba. Era perfectamente visible. Estaba escrito en letras rojas, justo en el encabezado de la primera hoja, donde se especificaba la dirección del escritor.
Buen trabajo, Regina.
- Bien, creo que eso es todo - dijo Bella, dando su tarea por finalizada - ¿Alguna duda?
¿Sólo "alguna"? ¡Ella tenía cientos de preguntas! Pero se las tragó todas porque había metido la pata una vez y tenía miedo de volver a hacerlo.
- No, ninguna - contestó Emma.
- Buena suerte entonces, chicas. ¡Fichad a ese bastardo! - bromeó la secretaria antes de guiñarles un ojo y salir por donde había entrado media hora antes.
Regina comenzó a recoger sus cosas en silencio bajo la mirada atenta de Emma, que ya estaba preparada para partir. Se fijó en que llevaba de nuevo la minúscula maletita roja que le había visto tras su regreso de Boston. Ella, en cambio, parecía un soldado con aquella inmensa maleta tamaño familiar. Se imaginó con pesar que la propia Emma habría cabido en ella. Pero no era su culpa no haber encontrado una más pequeña en toda la casa. ¡El maldito Robin las había roto todas!
A Emma le divirtió ver que Regina se desequilibrara al tratar de bajar aquel maletón por el pequeño escalón que había a la entrada de su oficina. Estaba roja, congestionada por el esfuerzo, y parecía tan patosa que podría haberla considerado un ser adorable de no ser porque se trataba de ella. Aun así se acercó y tiró de la maleta hasta que consiguieron sacarla entre las dos al pasillo.
- ¿Lista? - le preguntó, arqueando las cejas.
Regina la miró sorprendida, no solo por la ayuda que le acababa de prestar, sino también por la pregunta. ¿Estaba lista? No, en absoluto, pero iba a ocurrir, tanto si lo quería como si no, y algo en los ojos de Emma consiguió transmitirle un poco de paz. Iba a darle las gracias por haberla ayudado, pero la interrumpió la voz de Graham.
- Menos mal que estás aquí, tenía miedo de que ya te hubieras ido.
- ¡Gram! ¿Qué milagro verte por aquí? Es sábado.
- Nada, necesitaba acabar un papeleo que tenía que estar listo cuanto antes y de paso, he venido a despedirme. Me alegro de que todavía no os hayáis ido - dijo el muchacho.
- Es que tuvimos un ligero retraso - contestó Regina, arrastrando las palabras al tiempo que miraba con intención a su compañera.
Emma comprendió la indirecta: la tregua se había acabado y se dio cuenta de que sobraba. Así que se disculpó, dijo que esperaría fuera y desapareció camino de los ascensores.
- Espero que no te metas en líos - le dijo Graham, cuando se quedaron a solas. - Y si te metes en líos, me llamas.
- ¿Cuándo no he tenido cuidado?
- Nunca, pero prométemelo igualmente.
- Tranquilo, estaré bien - dijo. Y por un momento, al posar su mirada en la espalda de Emma, supo que sí, que, a pesar de todo, iba a estar bien. - Y si no, siempre puedo matarla.
- ¡Regi!
- Lo sé, lo sé...
