Hola jeje realmente lamento no haber actualizado antes, estuve sin internet :( y no pude subir el cap siguiente, pero para recompenzar esta vez subiré dos seguidos jeje en serio espero que difruten este capitulo tanto como yo al leerlo por cuarta vez ya XD jajaja ;)

Los personajes no me pertenecen .-. yo solo juego con ellos, uní las historias y salió esto XD


CLORINDA

Emma Swan se acomodó despreocupadamente en la barra de aquella taberna. Aunque sus piernas eran lo suficientemente largas para llamar la atención de cualquiera, el taburete en el que estaba sentada era tan alto que apenas rozaba el suelo con las puntas de los pies. Unos minutos antes esas mismas piernas que llevaba enfundadas en unos ajustados vaqueros habían dejado prendada a toda la clientela.

Nada más entrar en el local, la muchacha se topó de bruces con una espesa cortina de humo y un molestísimo tufillo al alcohol y la humedad que durante años se había ido filtrando en la madera de suelo y mobiliario. Un nutrido grupo de cabezas se giró tan pronto puso un pie en el felpudo de la puerta. La miraron varios pares de ojos muy abiertos y en sus rostros pudo advertir el mismo gesto de fascinación.

Todos los allí presentes parecían sorprendidos de que una mujer se hubiera atrevido a cruzar la puerta de aquella infecta taberna, y estaban todavía más alucinados de que esa mujer fuera alguien como Emma. La última vez que había ocurrido algo similar, se había tratado de Ophelia, la matrona del pueblo, que había entrado con el mismo sigilo que emplearía un elefante en una chatarrería para encontrar al descarriado muchacho de dieciséis años que había dejado preñada a Ophelia junior. Si ya en Durness no estaban acostumbrados a recibir sofisticadas féminas recién llegadas de Estados Unidos, todavía lo estaban menos los propietarios de esas tabernas en las que la luz de las bombillas quedaba eclipsada por la nicotina que flotaba en el ambiente.

Emma, que estaba muy acostumbrada a ser el centro de las miradas, prefirió restar importancia a la tensión del momento. Caminó segura, con pasos firmes y decididos, como si llevara toda una vida preparándose para aquel silencio que cortaba el aire como la afilada hoja de un cuchillo, y no se detuvo hasta llegar al taburete que ahora ocupaba en la barra.

- Una cerveza, por favor - le pidió al camarero.

- En seguida, encanto.

Él dejó que sus ojos viajaran hacia sus pechos antes de atender su petición, pero Emma no se ruborizó ni un instante. Más bien hizo todo lo contrario: lo miró intensamente y se mordió el labio con lujuria.

- ¿Te gusta lo que ves? - le preguntó, flirteando.

- Sí, mucho, nena.

- Pues a mí no me gustas un pelo, así que dedícate a hacer tu trabajo y ponme una cerveza.

El camarero, poco acostumbrado a tratar con mujeres como ella, se ruborizó visiblemente, bajó los ojos con vergüenza y desde entonces se concentró solo en limpiar el vaso que tenía en la mano.

Era cierto que a Emma le gustaban los halagos, despertar interés y que su americana belleza fuera apreciada. De hecho, estaba acostumbrada a llamar la atención. Había sido así desde su nacimiento, cuando las amigas de su madre debatían cansinamente si su belleza la heredaba de ella o de su apuesto marido. Y luego en su recién estrenada madurez, cuando aquellas mismas mujeres ya no necesitaban hacer conjeturas porque todas coincidían en que había heredado lo mejor de ambos. Emma no pretendía cambiarlo. Sabía el poder que encerraba su belleza y tenía toda la intención de sacarle el mayor provecho, pero las atenciones debía recibirlas cuando y como ella quería. Sin excepción. Y un hatajo de piropos mal silbados en una infecta taberna escocesa no eran el lugar ni el momento para dejarse querer o para usar su poder.

Su codo se topó involuntariamente con el periódico tamaño sábana que estaba plegado en la barra, a su izquierda. Más por aburrimiento que por verdadero interés, decidió echarle un vistazo. A lo mejor las noticias locales encerraban alguna información significativa sobre August Wood, uno de los autores más escurridizos y misteriosos a los que había tenido el disgusto de perseguir.

No habían transcurrido ni diez minutos cuando Regina Mills apareció en la puerta de la taberna, hecha una verdadera calamidad. Su irrupción despertó la misma curiosidad en la clientela, aunque, a decir verdad, sus mejillas sonrosadas por el enfado y el cabello recogido de cualquier manera sobre lo alto de su cabeza no arrancaron los mismos suspiros.

- ¡Llevo media hora buscándote!

Emma ni se molestó en mirarla. Ya había visto lo que tenía que ver: estaba enfadada, como siempre. Se llevó un cigarrillo a los labios, expulsó el humo contra la cara de Regina y consultó su reloj de pulsera con cansancio.

- Hace apenas diez minutos que te dejé en la habitación, no dramatices. Bonitos pelos, por cierto.

Regina tosió compulsivamente, se palpó la coleta sin comprender y tomó asiento en el taburete de al lado.

- No creas que no sé lo que intentas hacer - le espetó.

- ¿Le pongo algo?

- Sí, zumo de tomate - respondió Regina.

El camarero alzó una ceja.

- Estás intentando colgarte otra medalla porque sabes que vendrá aquí esta noche - siguió diciendo, al principio sin percibir que el camarero no se había movido. Finalmente notó su presencia por el rabillo del ojo. - Ya se lo he dicho: zumo de tomate.

- Lo siento, encanto, pero aquí no servimos delicatesen - le informó el hombre con afilado sarcasmo.

Regina le miró con la boca entreabierta. Emma dio otra lenta calada a su cigarro mientras observaba divertida su reacción.

- Cerveza de calabaza, entonces. - trató de despacharle, dispuesta a continuar con la reprimenda cuanto antes - Y si piensas que vas a poder dejarme al margen, estás completamente… ¿Ahora qué?

- Encanto, no tengo ni puñetera idea de qué es la cerveza de calabaza, pero te voy a poner las cosas fáciles: cerveza o whisky. Es así de sencillo: tú eliges.

¿Es que en aquel pueblo hasta pedir una consumición iba a ser complicado?

- Que sea cerveza - intercedió Emma, tratando de evitar una discusión entre aquel hombre y Regina. El camarero alzó los brazos, complacido de que por fin alguien hubiera dicho algo con sentido y se fue en busca de la cerveza.

- No me gusta la cerveza.

- Prefieres un whisky, ¿entonces? ¿Podrás soportarlo?

Regina rodó los ojos con desesperación, cada vez más convencida de que sus nervios se iban a resentir muchísimo de aquel viaje. Pero prefirió no contestar las burlas de Emma porque tenía algo mucho más importante de lo que ocuparse en ese momento.

- ¿Qué tienes que decir en tu defensa?

- Nada, Mills, me has descubierto. Eso es, precisamente, lo que he venido a hacer a este bar. No tiene nada que ver con el hecho de que quisiera darme un respiro y disfrutar de un momento de paz en el que no me eches en cara cada cosa que hago. En realidad, estaba todo planeado para fastidiarte - dijo, antes de sorber con cansancio un poco de su cerveza. - Porque ya sabemos que el mundo gira alrededor de ti. De hecho, esta misma mañana hablé con él, con Wood, y me pidió que nos reuniéramos aquí, que tenía algo muy importante que decirme. Por eso he venido sin contar contigo.

- ¡Ajá! ¡Sabía que tramabas algo!

- Mills, ¿en la universidad no te explicaron lo que es el sarcasmo?

Esa respuesta no se la esperaba. Se quedó sin argumentos en el momento en el que llegó su cerveza. Iba a abrir la boca para seguir echándole cosas en cara porque no estaba dispuesta a darse por vencida tan fácilmente, pero escuchó algo que la obligó a detenerse.

- ¡Wood, amigo, cuánto tiempo!

Las dos se miraron con los ojos muy abiertos. La morena se había quedado con el vaso de cerveza suspendido en el aire. Emma sintió unas ganas irrefrenables de girarse y comprobar si, a sus espaldas, estaba realmente el hombre al que habían estado buscando desesperadamente todo el día. Si ahora estaba allí, iba a ser mucho más sencillo observarle y trazar un plan para acercarse a él.

- ¿Has oído lo mismo que yo?

- Sí, música para los oídos.

- Está bien. - Regina bajó la voz hasta convertirla en un susurro. Era lo que hacía cada vez que quería hablar con fingido disimulo de algo importante. Por supuesto, esto provocaba el efecto contrario - No nos giremos las dos a la vez o sospechará. Tenemos que hacernos pasar por turistas.

- ¿Cómo quieres que nos hagamos pasar por turistas si le hemos preguntado a medio pueblo si le conocen?

- Al menos yo he tenido una idea, ¿qué se te ha ocurrido a ti hasta ahora? - Regina posó su vaso de golpe sobre la barra. El ruido seco hizo que su compañera pegara un respingo.

- De acuerdo, no se me ha ocurrido nada, - concedió la rubia - pero para tener esas ideas, haznos un favor y no tengas más. Todavía no sé cómo me dejé embaucar por esa brillante estrategia sacada de un libro de espionaje para niños de tres años.

- En realidad está sacada del Manual del Editor Joven y…

- Lo que tú digas - Emma rodó los ojos y dio un nuevo trago a su bebida, sin percatarse de que su confrontación personal les estaba haciendo olvidar por qué estaban allí. Se encontraban tan ocupadas discutiendo que no vieron cómo Wood y su acompañante salieron del bar.

- Al menos yo me he molestado en leer esos manuales, no como tú que siempre haces las cosas sin pararte a pensarlas.

Emma se giró entonces con naturalidad. Ni siquiera recordaba que tenía que girarse en algún momento para comprobar que Wood estaba, efectivamente, a escasos metros de ellas. Se llevó otro cigarro a los labios y de pronto lo recordó.

- ¿Dónde está?

- ¿Dónde está quién?

Emma hizo tantos aspavientos con las manos que su cigarrillo acabó en el suelo. No quería tener que pronunciar su nombre de nuevo.

- ¡Oh, dios mío! ¡Se ha ido! ¡Lo hemos perdido! - exclamó Regina, asustada.

- Vamos, no debe de estar muy lejos.

La rubia se puso en pie y corrió hasta la puerta. Regina sacó dinero del bolsillo de su pantalón y lo dejó sobre el mostrador para salir corriendo tras ella.

Los clientes las siguieron con la mirada hasta que salieron del bar, y Emma hizo un gesto de despedida con la mano, como haría una actriz que se despide de su audiencia. A punto de perder la paciencia, Regina la agarró por el brazo y la empujó hacia el exterior.

- ¿De verdad tenías que ponerte a flirtear en un momento como este?

- Cualquier momento es bueno, Mills. Pero ahora lo estás malinterpretando. - le aclaró mientras estiraba la cabeza para tratar de encontrar el rastro del escritor - Solo intentaba ser amable porque antes me he puesto un poco borde con el camarero y no nos conviene enemistarnos con los locales. Podrían sernos de gran ayuda más adelante.

- Pues tienes una manera muy curiosa de ser "amable".

- Cada una tiene la suya.

- Sí, estoy de acuerdo: no se me ocurre nada más adecuado que menear el trasero delante de un grupo de solitarios escoceses para excitarlos todo lo que puedas. Si esta noche tenemos visita, será culpa tuya.

Emma le iba a contestar que metiera las narices en sus asuntos, pero de pronto vio el dedo de Regina extendido, señalando hacia el este.

- ¡Allí!

Sus ojos siguieron la dirección que estaba indicando. Dos hombres caminaban bajo la lluvia por una de las calles del pueblo. A pesar del aguacero que estaba cayendo, ninguno de ellos parecía tener prisa. El que vestía una estrafalaria chaqueta de color púrpura tenía que ser Wood. Nunca lo habían visto en persona, pero sus rasgos eran tan característicos que les había bastado con unas fotografías antiguas. ¿Quién se iba a vestir así sino un extravagante escritor? Emma le hizo una señal a Regina, que ella comprendió perfectamente. Echaron a andar detrás de ellos, siempre manteniendo una distancia prudencial para que los dos hombres no notaran que los estaban siguiendo.

Para ser dos personas que se llevaban tan endiabladamente mal, lo cierto era que había mucho entendimiento entre ellas. La mayoría de las veces una sabía o intuía lo que estaba pensando la otra, y en esos momentos no hacían falta palabras, como si se entendieran con una simple mirada. A lo largo de ese día ya había pasado en un par de ocasiones.

A Emma esto la desconcertaba. No estaba acostumbrada a sentir esta química con nadie y entre todas las personas del planeta con quien menos esperaba sentirla era con Regina Mills. Miró de reojo a su compañera, más por averiguar si ella también se había dado cuenta, pero la vio concentrada en seguir los pasos del escurridizo autor y, sobre todo, intentando no resbalarse en el barro. Por supuesto, era tan patosa que fracasó estrepitosamente y a los pocos metros acabó con el trasero en el suelo.

Tenían cierta prisa, así que Emma se apresuró en ayudarla a levantarse. Pero entonces todo se volvió todavía más extraño y confuso, porque cuando Regina le tomó la mano, su contacto le produjo una pequeñísima descarga eléctrica. Fue casi imperceptible, pero lo suficiente para que Emma se quedara perpleja, mirando con confusión a la morena. Le sorprendió ver que en sus ojos ya no quedaba ningún rastro de enfado, sino que en ellos encontró la misma sorpresa que sentía ahora ella, como si Regina también hubiera sentido el chispazo que había provocado el contacto con su piel. Y era ridículo. Se habían tocado mil veces antes. ¿Sí? ¿No? En ese momento no podía recordarlo.

Permanecieron así unos cuantos segundos, con la lluvia cayendo sobre ellas, Emma inclinada sobre Regina con el brazo extendido, su mano firmemente asida a la de ella. Fue esa la primera vez que la pelinegra reparó en su mirada. Emma tenía unos ojos celestes tan claros, profundos, de pestañas largas, que le sorprendió no haber reparado antes en este detalle. Se acababa de perder en ellos como se perdería en un complicado laberinto, pero Regina no estaba del todo segura de querer encontrar la salida.

Agradeció que Emma carraspeara con nerviosismo al sentirse tan observada, porque esto le obligó a mirar hacia otro lado.

Por fin, la morena se levantó, de manera que se quedaron a escasos centímetros una de la otra, prácticamente nariz con nariz, provocando que el corazón de Emma empezara a latir con tanta rapidez que se sintió salvada cuando la bombilla de una farola bizqueó ruidosamente al otro lado de la calle y las dos miraron en su dirección.

- Será mejor que nos demos prisa o los perderemos - dijo, antes de echar a andar.

A Regina le costó un poco más regresar a la realidad. Allí había ocurrido algo, algo entre ellas, pero en ese momento no supo explicar qué era. Sacudió la cabeza con desconcierto y caminó tras su compañera, apresurándose para no perder de vista a Wood.

No tardaron mucho en volver a distinguir a los dos hombres. Parecían estar entrando en un local que Regina reconoció rápidamente. Era otra de las tabernas del pueblo, habían pasado por delante aquella misma tarde, pero además ella había entrado antes, cuando estaba intentando encontrar a su compañera, justo después de colgar con Robin.

Emma maldijo a todos los santos del calendario. Se había hecho tarde y ahora sí quería irse a la cama. Estaba cansada y estaba calada hasta los huesos por las constantes lluvias, pero las dos sabían que no podían dejar escapar aquella oportunidad porque tal vez nunca se volviera a presentar. Resignada y de mal humor, siguió a la morena hasta el interior de la taberna.

August Wood estaba sentado en una de las mesas bajas que había en la parte menos iluminada del local. Si no hubieran sabido que se trataba de un escritor aclamado, le habrían tomado por un contrabandista del tres al cuarto, adepto a los rincones apartados y sombríos para entregarse a sus negocios ilegales.

Aquella taberna no era mucho mejor que la anterior y esta vez fue Regina la que se sintió ligeramente mareada por el tufillo a cerveza barata y a cigarrillos. Tenía el estómago revuelto. Apenas habían probado bocado en todo el día y como no estaba acostumbrada a beber, notaba que la cerveza se le estaba subiendo a la cabeza.

Wood y el otro hombre se sumaron a un tercero en los claroscuros del fondo. Una escuálida bombilla ensombrecía sus caras y le daba a la escena un aire tenebroso. El escenario era casi igual a una de las escenas de Penélope, una historia, protagonizada, por supuesto, por una prostituta amiga de Penélope que entraba en un sitio muy parecido con dudosas compañías.

Había más clientes, pero eran más que nada lugareños dedicados a la siempre placentera tarea de ahogar sus penas en varios litros de cerveza u olvidar las discusiones con la parienta mediante un generoso trago de whisky. Wood y sus acompañantes, en cambio, daban la sensación de estar tramando algo. Apenas habían tocado sus bebidas y era obvio que discutían acaloradamente. Regina se preguntó si los otros dos no serían editores, como ellas, a punto de cerrar un trato sobre su próxima novela. Por su propio bien, esperaba que no fuera así. Su empleo e incluso el futuro de la editorial, dependía de ello.

Emma eligió una mesa para poder escuchar la conversación que estaban manteniendo los tres hombres. Era una mesa cercana pero lo suficientemente alejada para que su presencia no levantára sospechas. Debían hacerse pasar por turistas y ningún turista se sentiría cómodo al lado de tres individuos que parecían estar discutiendo acerca de su inminente dominación mundial.

El camarero se acercó y las dos pidieron más cerveza, Emma porque tenía la boca seca y Regina porque consideraba de mala educación no pedir una consumición si estaba sentada en un bar.

- ¿Crees que los otros dos son editores? - se interesó la pelinegra.

- No lo sé, no me suenan de nada. Pero si lo son, no vienen de Maine. Tienen un acento raro - replicó Emma.

De repente Regina estalló en carcajadas. Fingidas, tan absurdamente forzadas que uno de los hombres las miró sorprendido, de soslayo. Emma frunció el ceño y sin dejar de sonreír masculló entre dientes: - ¿Qué. . á ?

- . . - replicó la pelirroja del mismo modo, convencida de que la suya era una gran estrategia.

- Para eso no hace falta que nos mire todo el bar ni que te rías como una hiena.

- Si me comporto así, nadie pensará que estamos aquí para lo que estamos.

- No, solo pensarán que estás loca.

- Y las hienas también tienen derecho a unas vacaciones.

- Oh, por favor, dime que no vas a empezar de nuevo con tu rollo de Greenpeace. Porque no sé si podría soportar otro discurso sobre la defensa de las costas y los animales en extinción. La última vez casi conseguiste que la imprenta dejara de editar en papel reciclado. ¡En papel reciclado, Regina!

- No subestimes el valor de pensárselo dos veces antes de imprimir - replicó la morena con orgullo - Pero no pienso desperdiciar más saliva con personas que tienen un dudoso criterio de la moral. Y, ahora, baja la voz o notará que estamos hablando en español. Además, deberíamos estar escuchando.

Maldita sea. ¿Cómo era posible que en presencia de ella siempre olvidara sus obligaciones? La muy maldita lograba que resultara mucho más divertido torturarla que ocuparse de su trabajo…

De cualquier forma, al final consiguieron aguzar el oído disimuladamente, y por suerte para ellas ninguno de los tres hombres pareció darse cuenta de que a su conversación acababan de sumarse dos nuevas oyentes.

Solventado este contratiempo, ahora lo complicado era fingir que mantenían una animada charla y no quedarse embobadas, escuchando con descaro. El problema era que, al hablar por encima de lo que escuchaban, no podían concentrarse debidamente y parecía que estaban jugando al teléfono estropeado: - …El tiempo está siendo realmente malo. No hemos tenido suerte con eso.

- Tienes razón, la posada ha sido una gran elección - le respondió Emma - Y el señor Winehouse es realmente amable.

- Un día de estos deberíamos comprar unas llantas nuevas para el coche.

- ¿Qué dices de esta noche?

- No, Emma: no me pidas otra vez que te preste el coche.

Y no solo eso, sino que, además, la conversación de los tres hombres también les llegaba a trozos mientras trataban de entablar su absurda charla: - ¿Has hablado con…? Esta vez no quiero….

- Lo tendremos todo listo a tiempo esta vez…..es un auténtico…. además, yo mismo me he ocupado de…

- No más…. Si me entero de…

Desesperada, Regina le dio el último sorbo a su bebida y bufó: - ¡Esto no funciona!

- Lo sé… - se resignó Emma - pero aquí poco más podemos hacer.

- Do mejor sedá que intentemos descubrid quiénes son los otrod dos.

Regina no estaba acostumbrada a beber y mucho menos con el estómago vacío. Empezaba a estar bastante achispada y como se sentía culpable por haber bebido tanto, trató de engañarse diciéndose a sí misma que era parte de su trabajo, porque tenían que quedarse allí hasta que Wood se levantara y se fuera a su casa, guarida, madriguera, castillo o lo que habitase aquel hombre.

Pero estaban en un bar y en un bar se consume. No podía pedir vasitos de agua y ya le había quedado claro que en aquel pueblo solo había dos letras posibles: la ce de cerveza y la uve doble de whisky. De ese abecedario que empezaba en la C y acababa en la W la carta era inexistente, no había nada donde elegir. Así que, después de todo, no era culpa suya si al final acababa borracha. Eso mismo le diría a Gold si es que por casualidad llegaba a recriminárselo algún día.

- Huele a taberna, señorita Mills. No me esperaba esto de usted - le diría él.

- ¡Pero, señor, fue Wood! ¡La culpa es suya! Todavía no he descubierto la talla de su zapato, pero ya le puedo decir que es capaz de beber sin pestañear la porción de tierra que ocupa Escocia. No. Bebe más que toda Escocia, Irlanda e Inglaterra. Las tres juntas, señor.

- ¿Acaso está culpando a nuestro cliente de dar unos traguitos de vez en cuando, señorita Mills?

Y entonces aparecía Robin y apoyaba a Gold, acusándola de aburrida y mojigata y sabe dios qué más cosas.

- Mills, ¿estás bien? Tienes una cara muy rara.

Las palabras de Emma rompieron la extraña burbuja en la que se había metido. La miró sorprendida, como si no llevara todo el rato allí, frente a ella. Se había quedado embobada al imaginar una posible reprimenda de Gold y lo peor de todo era que ni siquiera había una explicación lógica para que Robin hubiera aparecido en aquella rocambolesca escena imaginaria. Había apoyado a su jefe, en lugar de apoyarla a ella. La había llamado mojigata, aburrida y no recordaba qué cosas más. Pero era su imaginación, ¿no? ¿O es eso lo que podría haber pasado en realidad, de haberse encontrado en una tesitura parecida?

- Sí, edtoy bien - le respondió, tratando de pensar con claridad. Se sentía un poco mareada, pero cuando el camarero pasó delante de ellas le silbó para que se acercara. Emma arqueó las cejas con sorpresa. Aquello empezaba a ser preocupante - Tráiganos dos whiskies, por favor.

Dos whiskies y dos brazos levantados después, Emma consideró que ya había sido suficiente.

- Emmm, ¿Regina? No creo que sea una buena idea que bebas más. Por mi experiencia, el whisky casero es mucho más fuerte que…

- ¡La experiencia de la gran Emma Swan! - Regina subió el vaso como si tratara de proponer un brindis. - ¡Por ella que todo lo sabe! ¡Porque no necesita leer El Manual del Joven Editor para hacerlo todo insufriblemente bien!

Era culpa del whisky, de eso no cabía duda. Por un momento Emma había tenido la impresión de que ni siquiera el alcohol sería capaz de desinhibir a alguien tan escrupuloso como Regina, pero se había equivocado. Podía con todos, incluso con ella.

- Dilo un poco más alto, creo que no te han escuchado los tipos que intentamos vigilar discretamente.

- Aquí tiene, pero más le vale tomarlo con calma, amiga - las interrumpió el camarero, que le traía otro trago a Regina aunque se dio cuenta de que la chica no estaba del todo fresca. - Es un poco… Nah, olvídelo. - Después de todo, no era de su incumbencia el estado de una forastera que ya tendría tiempo de dormir la mona por la mañana.

Emma miró de refilón hacia su izquierda, donde estaba Wood, y le dijo al posadero: - No se preocupe, ya nos íbamos - dejó un par de billetes sobre la mesa. - Quédese con el cambio. Gracias.

- Pero yo no quiero…

Lo que quería nunca lo sabremos, porque Emma agarró su mano y salió del bar prácticamente arrastrando a su compañera.

- ¡Oye! - Protestó la morena, resistiéndose. - ¿Quién te crees que eres? ¿Quién te ha nombrado jefa?

- Yo me he nombrado, en vista de que mi compa… ñera no está en todas sus faculta… des par... a… ca… mi… NAR! - Emma se estaba quedando sin resuello tratando de tirar de ella, pero Regina no se movía.

- ¡Estoy en perfecto estado! ¡Mira, puedo demostrártelo! - dijo y casi se descoyunta cuando trató de llevar su dedo meñique a su rodilla levantada.

Emma se inclinó con los brazos bien estirados para intentar detener una posible caída. No se había roto la crisma de milagro.

- Edtoy bien, edtoy bien. Solo dame un minutito para que el suelo deje de moverse.

- No hay tiempo, se está yendo. Y si no hubieras estado tan entretenida ulcerándote la garganta con ese pseudowhisky casero quizá también lo hubieras visto salir. - La palma de la mano de Emma quedó bocarriba. - Al menos ya no llueve.

Tras varios rifirrafes sinsentido, empezaron a seguir los pasos del escritor. La rubia guió la marcha, seguida de una inestable Regina que andaba haciendo eses, tratando de estabilizar su etílico caminar por aquel sendero embarrado.

- Escucha, Mills. - Emma cambió el tono de su voz, en vista de que intentar razonar con ella no había funcionado. Ahora se expresó de una manera más autoritaria. - Tú espera aquí. Nada de protestas, no hay tiempo. - le espetó cuando vio que ella hacía ademán de objetar - Descansa tranquila: te aseguro que no quiero llevarme la gloria, pero es más que obvio que no estás en condiciones de seguir y no podemos arriesgar nuestro futuro por una discusión infantil.

Tenía razón. Regina sabía que la tenía y que no debía protestar, pero era tan testaruda que le fastidiaba aceptar su derrota. Sin embargo, el trabajo era lo primero, y ahora mismo no se encontraba en condiciones de discutir.

- Te espero, ¡hip!, aquí - le dijo. - Pero ni se te ocurra dejarrrme tirada sola toddda la noche.

Era una idea tentadora, Emma tenía que admitirlo. Pero por su integridad, tanto física como mental, lo mejor sería desecharla: era demasiado joven, demasiado talentosa y demasiado guapa para morir a manos de Regina Mills. Sonrió. A veces le resultaba divertido no tener abuela.

Regina empezó a impacientarse, más o menos, pasados cinco minutos. Miró su reloj y hacerlo le pareció una malísima idea, realmente penosa. Juró que no volvería a hacerlo si las manecillas jugaban con ella al despiste y aparecían seis de golpe. Seis, nada menos. Ella hubiera jurado que siempre habían sido tres. Pensó que aquello tenía que ser por lo menos magia negra cuando se sobresaltó al escuchar un sonido extraño a sus espaldas.

Pero al girar en redondo se encontró cara a cara con un mamífero rumiante bos taurus (o eso le pareció haber leído en un libro), comúnmente conocido por cualquiera que no fuera Regina como "vaca".

- Muuuu.

- Eso digo yo: Muuuu a ti también, vaquita, ¡hip! ¿Qué haces tú por aquí pastando a estas horas? ¡Hip! ¿Y tus compañeras?

- Muuuu.

- Ah, te abandonaron, hip, no son muy buenas compañeras, entonces. Hip, digo, si te dejan tirada por ahí, al costado del camino, en plena noche, y seguro que no, hip, vuelveeen…

- Muuuuu.

- Claro, disculpa. Estábamos hablando de ti, hip. Continúa, por favor.

- ….

- ¿No tienes nada que decir?

- Muuuuuuuuuu.

- ¿Yo? Bueno, es una larga, hip, historia. ¿Tienes tiempo? - Al ver que el rumiante se encontraba, pues, rumiando, decidió interpretarlo como una afirmación. - Pues, verás, mi infierno comenzó hace - la morena alzó la mano y sus ojos bailaron hasta que consiguió enfocar sus dedos estirados - uno, dos, tres, sí, bueno, creo que ahora mismo tengo exceso de dedos... Pero hace ya unos meses…

Veinte minutos más tarde, seguía hablando con la vaca, aunque, en realidad, en ningún momento encontró la respuesta que estaba buscando.

- Yo soy una buena, hip, persona... ¿No lo crees así?

- Muuu.

- Si es lo que yo digo, hip, no merezzzzco essste tratooo... ¡La mejor alumna de mi máster en generaciones! ¡Hipprimera de la promoción! ¡La mujer más inteligente que ha hip pisado Gold & White desde...

- Muu.

- ¡Claro que era yo! Veo que me conoces…

- Muu.

- Esssta biennn, esssta bien, tienes razón. Graham y Swan también tienen talento, hip, pero, seamos sincerassss, ahora que estamos tú y yo solas: sin mí la cosa no hubiesse ssssido lo misssmo…

- Muuuuuu.

- No sabes cuánto me alegra que estés de acuerdo conmigo, Clorinda, daaame un abrazo.

- Ejemm, ¿Mills?

Todavía con sus brazos alrededor del cuello de la vaca, la morena se giró, ligeramente contrariada de que alguien hubiera interrumpido aquel momento de profunda demostración fraternal con su nueva amiga.

Emma se rascó la nariz, tratando de ocultar una sonrisa con este gesto.

Todavía con las comisuras de los labios levemente curvadas, preguntó: - ¿Puedo saber por qué estás abrazando a una vaca?

Regina no pudo evitarlo: se puso del color de una bombilla. Y como se sentía incapaz de ingeniar una excusa para explicar su extraño comportamiento, simplemente se limitó a apartarse del rumiante, y hundió las manos en el bolsillo de su pantalón vaquero.

- Ya veo… - contestó Emma, con paciencia infinita, aunque decepcionada por no haber tenido una cámara de fotos - Me parece que es hora de volver a la posada. Despídete, si quieres, de mmmm…

- Clorinda.

¿Clorinda?

- Bien, despídete de Clorinda. Nos vamos.

Regina se despidió convenientemente de su nueva amiga, o eso le pareció escuchar a sus espaldas, antes de que la morena la llamara.

- ¿Swan?

Se giró.

- ¿Sí?

- No seas maleducada.

Había un brillo en sus ojos, un brillo extraño. Porque estaba de broma, ¿no? De veras no esperaba que…

- No esperarás que haga eso, ¿verdad?

Por toda respuesta recibió varios movimientos vehementes de cabeza.

- Oh, no puedo creer que vaya a hacerlo - se quejó la rubia, retrocediendo unos pasos. Tampoco podía entender por qué no se estaba negando. - Buenas noches, Clorinda. Que tengas un buen pasto - le deseó entonces, haciendo una inclinación antes de agarrar a la morena por la manga y obligarla a caminar, camino de la posada.

- ¿Lo ves? No es tan difícil ser, hip, educada, ¿verdad?

Emma rodó los ojos y echó a andar con Regina detrás, completamente encantada de haberla humillado un poquito.