Hellou jaja aqui le traigo el siguiente cap, espero les guste, trataré de no demorar tanto esta vez :D ;) (Sorry si encuentran algún error).
Los personajes no me pertenecen .-. yo solo juego con ellos, uní las historias y salió esto XD
LA GRAN IDEA
Se despertó con tal dolor de cabeza que un acto tan simple como abrir los ojos tomó tintes de gesta épica. Regina masajeó sus sienes mientras se incorporaba en la cama y trataba de enfocar los objetos de la habitación. Durante escasos segundos experimentó la incómoda sensación de no saber dónde se encontraba, pero al fijar la vista en la maleta roja que había a los pies de la otra cama recuperó inmediatamente la memoria. Estaba en Escocia. Con Emma. Se había emborrachado. Oh, mierda.
En ese momento se juró a sí misma que nunca más volvería a beber. Ni siquiera una mísera copa de vino tinto que tanto gustaba a Robin.
Pestañeó con dificultad al echar un vistazo a su alrededor. No recordaba cómo había llegado hasta allí la noche antes, pero la cama de Emma estaba vacía y las sábanas revueltas, por lo que no había dormido sola. Se oyeron unos ruidos más allá de la puerta del baño y pensó que su compañera estaría dentro, duchándose.
- ¡Buenos días! - gritó para hacerle saber que estaba despierta.
Se arrepintió casi de inmediato. Elevar la voz cuando una está resacosa no es la mejor de las ideas. Regina puso una mueca de dolor, se dejó caer de nuevo en la cama y se cubrió el rostro con la almohada. Necesitaba un ibuprofeno. Urgentemente.
Emma salió del baño a los pocos minutos. Tenía el pelo mojado y cara de profunda satisfacción cuando se sentó a los pies de su cama.
- ¿Qué tal te encuentras?
Por toda respuesta emitió un gruñido que sonó más animal que humano.
- ¿Sólo "grrr"? Bueno, podría haber sido peor…
Regina se incorporó en la cama con dificultad. Se sentía torpe y pesada. Si alguien le hubiera dicho que tenía un yunque sobre la cabeza en ese preciso momento, se lo habría creído sin pestañear, por muy absurda que resultara la idea. Por el contrario, allí estaba Emma, radiante, tan entera y preciosa como siempre, a pesar de la cantidad de alcohol que habían ingerido la noche anterior.
Tenía su pelo rubio mojado y se lo estaba secando con una toalla. Los ojos de Regina siguieron con fascinación el recorrido que trazaron unas gotas de agua al resbalar desde su frente por su mejilla, hasta la fina línea de la barbilla. Y luego también advirtió cómo se despeñaban por el cuello y se perdían por su escote. Emma se dio cuenta de que la estaba observando, pero prefirió fingir que no lo había hecho.
La propia Regina comprendió que no era de buena educación mirar fijamente a nadie, en especial algunas partes del cuerpo, y pestañeó con fuerza, un poco confusa por aquel absurdo momento en que el pelo mojado de su compañera le había parecido tan fascinante como para fijarse en él más de lo estrictamente necesario.
- ¿Qué pasó ayer? - preguntó por fin, intentando concentrarse.
- Nada. Que te bebiste toda Escocia. Y seguramente parte de Irlanda. Hasta puede que alguna porción del norte de Inglaterra. Me ha llamado la Reina mientras estabas durmiendo - bromeó Emma - y parecía furiosa: quería saber por qué te has bebido todas las reservas etílicas de Gran Bretaña.
- Oh, ¿y le has dado saludos?
- De tu parte. Pero mucho me temo que eso no ha mejorado su humor.
- Lástima, parece buena persona.
- Lo es, siempre y cuando no toques la bodega de ginebra de la Reina Madre. Eso la pondría hecha un basilisco…
- ¡Swan!
- ¿Qué?
- ¿Que qué pasó anoche? - se desesperó Regina. Vale, había perdido la paciencia después de todo.
Emma sonrió triunfalmente. Desquiciar a la morena siempre le dejaba un sabor dulce en los labios, no podía evitarlo.
- La verdad es que estaba esperando a que se te pasara la borrachera para contarte lo que averigüé. Ayer no estabas en condiciones de escuchar - le explicó, dejando la toalla sobre el respaldo de una silla.
Regina frunció el ceño. Por un instante había olvidado que la noche anterior por fin habían encontrado a Wood y por lo visto también se había olvidado de otra cosa que la ruborizó de inmediato. En ese instante, un camión de bomberos a su lado habría sido de una tonalidad rojo pálido.
- No te preocupes por eso - se apresuró en decir Emma intuyendo sus pensamientos. - Prometo no comentar nada en la editorial - afirmó con un brillo divertido en los ojos.
- Ya, claro.
- Lo digo en serio - insistió Emma en su tono más grave. - A algunas personas les van los rubios, a otros los morenos… Yo soy muy respetuosa con los gustos de cada uno. ¡Y tampoco es asunto mío si te excita la zoofilia! Mientras no me encuentre a Clorinda mugiendo de placer en mi cama, te prometo que tu secreto está a salvo conmigo.
- Ja, ja. Muy graciosa. Pero dejemos ahora lo de Clor… lo de la vaca - se autocorrigió Regina - lo que importa es Wood. ¿Has averiguado algo? ¿Quiénes eran los otros dos hombres?
- De hecho, sí he averiguado algo, pero poco. Él y los otros dos apenas hablaron durante el trayecto hasta una casa que está como a un kilómetro del pueblo. - Regina asintió. La resaca le había dejado dolor de cabeza, pero aun así escuchó atentamente - Por lo poco que hablaron, sé que no son editores. Tengo la sensación de que son sus sirvientes, tal vez ayudantes personales. Chicos de los recados, si quieres llamarlo así.
- ¿Eso es todo? - se exasperó Regina, que acababa de levantarse para meterse en la ducha y beber un poco de agua. Tenía la boca seca.
Se metió en el cuarto de baño, aunque dejó la puerta entreabierta para que pudieran seguir hablando mientras se duchaba. Emma escuchó el sonido del agua corriendo libre por la bañera.
- La buena noticia es que no se trataba de editores - prosiguió Emma, elevando el volumen de voz. - Parece que todavía no ha firmado con nadie.
- ¿Y la mala?
- Que lo de ayer no cambia nada, no hemos avanzado mucho.
- Bueno, ahora sabemos que sí está por aquí y siempre podemos hacer turnos - propuso Regina, que ya se había metido debajo del chorro - Además, si la otra se dedica a hacer pesquisas con los habitantes del pueblo y se gana su confianza, tal vez nos cuenten algo.
Emma no contestó de inmediato. Todo este asunto la inquietaba y ella no pensaba con claridad cuando estaba estresada. Se levantó y empezó a merodear por la habitación, meditando con la mirada nublada la propuesta que acababa de hacerle su compañera.
Quizá fue sin querer. O puede que algo dentro de ella, un rincón inexplorado de su subconsciente, supiera hacia dónde se dirigía y para qué. Emma no estaba segura de ello. Pero, en cualquier caso, ya era demasiado tarde. Acababa de verla por el hueco de la puerta entornada.
Regina estaba de espaldas, duchándose, desnuda. La indiscreta cortina de aquella bañera se había quedado a medio camino, por lo que era perfectamente visible un generoso trozo de piel morena por la que resbalaba el agua hacia donde la espalda pierde su nombre. Habría sido muy propio de ella aprovechar tal visión para burlarse, pero la bandada de mariposas cosquilleando su estómago se lo impidió. Sus mejillas se sonrojaron tanto que dio gracias de que la pelinegra no pudiera verla en ese momento y en un acto reflejo hundió las manos en los bolsillos de su pantalón vaquero.
Regina, mientras tanto, seguía hablando, ajena a lo que estaba ocurriendo, pero para Emma su voz sonaba ya muy lejana. De hecho, ni siquiera la estaba escuchando. Fue como si su cerebro se hubiera desconectado momentáneamente; le costaba muchísimo entender el significado de las palabras.
Palabras, respóndele.
- Swan, ¿estás ahí? ¿Me estás escuchando?
No, en serio: ¡RESPONDE! ¡YA!
- ¿Em?
Era la primera vez que Regina se refería a ella como "Em" y eso la hizo sentir todavía más vulnerable, desprotegida, como si de repente todo su mecanismo defensivo se hubiese oxidado. Se sentía incapaz de mover un solo músculo o de articular palabra. Tuvo que hacer un esfuerzo extra para recordarse a sí misma que ellas dos se odiaban, que llevaban toda la vida odiándose. ¿En qué momento habían empezado a cambiar las cosas?
Durante varios segundos que se hicieron eternos, lo único que se escuchó en la habitación fue el sonido del agua golpeando rítmicamente el suelo de la bañera, y este silencio hizo que Regina se preocupara. La morena frunció el ceño, extrañada, y cerró el grifo.
- Swan, ¿estás ahí?
Emma carraspeó, incómoda. Había empezado a ordenar los objetos que estaban sobre su mesita de noche para mantener su mente ocupada y disimular. Lo último que quería era que Mills descubriera que la había estado mirando por error, porque había sido por error, ¿verdad?
- Sí… estoy aquí - respondió por fin en un tono apenas audible. Le temblaba la voz.
Regina salió del baño, envuelta en una toalla.
- ¿Me estabas ignorando?
- No - dijo Emma, que se encontraba de espaldas a ella, aparentemente muy concentrada en hacer la cama, aunque en su interior fuera un amasijo de nervios.
Regina se sintió ligeramente ofendida de que no la mirara, pero interpretó su actitud como una de las múltiples rarezas de su compañera de trabajo y se dirigió hacia el armario para encontrar algo que ponerse.
- Entonces, ¿qué opinas de lo que he dicho?
- Sí, ya te lo he dicho - dijo Emma, intentando disimular el nudo que tenía en la garganta - me parece buena idea.
Cuando terminó de hacer la cama, buscó con la mirada algo más en lo que ocupar sus manos, le servía cualquier tarea que le permitiera no tener que fijarse en Regina, especialmente ahora que la sentía detrás, muy cerca, envuelta en una minúscula toalla que hacía juego con de su piel morena.
Como la pelinegra estaba de espaldas no pudo ver cómo le temblaron las manos al darse cuenta de que la habitación estaba impecable y que todas sus pertenencias se encontraban en perfecto orden. Se había quedado sin excusas para no mirarla.
Regina acabó de revolver en su armario porque encontró lo que estaba buscando, y aunque barajó la posibilidad de cambiarse en el baño, llegó a la conclusión de que esconderse sería muy absurdo. A fin de cuentas, por muy reservada que fuera, habían estudiado en el mismo instituto, por lo que ninguna iba a ver nada que no hubiera visto ya en las clases de educación física. Las dos habían sufrido la tortura de tener que vestirse y desvestirse delante de sus compañeras en los antihigiénicos vestuarios de su instituto. Así que decidió cambiarse allí mismo, a medio metro de donde se encontraba su compañera, que todavía le estaba dando la espalda.
A Emma le bastó con escuchar el ruido de la toalla cayendo sobre el respaldo de la silla para comprender que tenía que irse de aquella habitación de inmediato; cuanto antes, mejor.
- Te espero abajo, ¿vale? - le dijo, saliendo disparada hacia la puerta - Tengo hambre.
Abandonó la habitación tan deprisa que Regina solo alcanzó a ver su espalda cuando se giró para ver qué ocurría. La muchacha frunció el ceño, extrañada, pero de nuevo decidió interpretar este desplante como otra de las rarezas de Emma Swan. Pero, ahora que lo pensaba, quizá era mejor así, porque eso le permitiría llamar tranquilamente a Robin para disculparse por haberle dejado colgado al teléfono. Se encogió de hombros y siguió vistiéndose.
…
Al bajar al pequeño comedor, Regina advirtió que el señor Winehouse la miraba de una manera extraña, como si le tuviera miedo o le guardara rencor por algo. Buscó la mesa donde su compañera estaba a punto de terminar su desayuno, sin apartar la vista del posadero, preguntándose si el extraño comportamiento del hombrecillo tenía algo que ver con el incidente del colchón. Regina creía que aquel capítulo había quedado olvidado.
- ¿Le ocurre algo? - le susurró a Emma nada más sentarse a su lado, mientras se servía un poco de café en su taza de desayuno. - Me mira raro.
Emma le dio el último sorbo a su café y abrió el periódico que antes había dejado sobre la mesa.
- No lo sé, pero quizá tenga algo que ver con el hecho de que ayer casi le provocas un infarto a su mujer.
Regina frunció el ceño. - Mientes, no hice semejante cosa.
- Oh, sí, lo hiciste - se limitó a responder la rubia con una sonrisa. - Aunque tengo que reconocer que fue bastante gracioso asistir a semejante interpretación operística a la una de la madrugada. Todavía no entiendo cómo no protestaron los otros huéspedes. Pero no te preocupes, apenas desafinaste. Por cierto, ¿qué era lo que graznabas?
Su primer impulso fue negarlo todo, porque estaba convencida de que aquella era otra de las bromas de Swan, que estaba intentando jugarle una mala pasada, pero entonces le vino a la memoria una porción de recuerdo, un pequeño flash que le impidió replicar. Se vio a sí misma entonando un pasaje de Turandot mientras una rechoncha mujer con la cabeza trinchada de rulos y un extraño menjurje verde en la cara salía de una de las habitaciones de la posada, escoba en mano, gritando "¡Ladrones, ladrones!".
La realización la dejó boquiabierta, con la queja colgando en los labios. Emma la miró por encima del periódico y alzó una ceja.
- Oh, el amargo peso de los recuerdos… - afirmó teatralmente, sonriendo - Acábatelo rápido - le dijo después, señalando el desayuno - tengo una idea.
Levantó otra vez el periódico y siguió leyendo donde lo había dejado. Regina no fue capaz de articular palabra en lo que restó de desayuno.
…
Como no podía ser de otra manera, la gran idea de Emma la dejó un poco desconcertada. Por el momento se habían limitado a comprar el pan en la única panadería que había en Durness y a esperar sentadas en el robusto merendero que había en el exterior del establecimiento. Regina miraba de refilón la barra de pan, como preguntándose qué tenía que ver un trozo de harina cocido con la firma de un contrato con un escritor famoso.
Le había preguntado en qué consistía su idea en varias ocasiones, pero Emma había respondido todas las veces con evasivas, y ahora Regina estaba tan enfadada que llevaban varios minutos sin dirigirse la palabra. Lo que más le enfurecía era que Swan parecía totalmente indiferente a su pataleta, concentrada como estaba en acabar el sudoku del periódico que había tomado prestado en la posada. Intentó llamar su atención un par de veces, pero siempre le contestaba con un "ajá", un "mhm", o cualquier otro monosílabo onomatopéyico que solo conseguía desquiciar todavía más sus nervios. Por su bienestar mental, trató de entretenerse viendo salir y entrar a la gente de la panadería, pero tampoco esto ayudó a aplacar el mal humor que sentía.
Algunos de los lugareños las saludaron con la cabeza, otros las miraron sin reparo, como preguntándose quiénes eran y qué hacían allí sentadas. Regina supuso que era impropio de turistas tomarse un descanso tan largo a las puertas de una panadería y observar el devenir cotidiano de los lugareños.
- ¿Vas a decirme de una vez qué estamos haciendo aquí?
- Pronto - respondió Emma con otra evasiva. - Primero quiero acabar esto.
Pero el " pronto" se alargó tanto que acabó convirtiéndose en diez minutos, y luego en veinte, hasta que se cumplió la media hora y Regina ya no fue capaz de leer una línea más de Penélope, una historia, en parte porque no le interesaba lo más mínimo, pero también porque tenía demasiada ansiedad por descubrir qué estaban haciendo allí.
En otra época, en otro momento, se habría negado a acatar las "órdenes" de Emma y probablemente se hubiera ido a la posada o a buscar rastros de Wood por su cuenta. Pero si tenía que ser razonable, ella ni siquiera tenía un plan. Se encontraba perdida, sin recursos. Llevaban dos días allí y hasta el momento no había tenido ninguna idea útil. Además, por extraño que parezca, Emma le transmitía cierta seguridad. Ella era una mujer decidida, que transmitía una seguridad aplastante, difícil de ignorar, y todas las cosas que había propuesto habían tenido un cierto resultado, así que no había motivos para pensar lo contrario en esta ocasión.
Sucedió al borde de la media hora de espera. La cara de Emma se iluminó de repente y dejó a un lado su sudoku, incompleto por apenas un número. Después dobló el periódico y le dedicó una sonrisa radiante a alguien. Regina tuvo que girarse para saber a quién se dirigía.
Se trataba de un hombre de mediana edad, de cabello negro azabache y piel de un tono oliva que le hizo pensar que, seguramente, no era de descendencia británica. Quizá española o italiana, pero definitivamente no parecía inglés. El hombre se mostró un poco desconcertado al principio por la sonrisa que le dedicó Emma. Miró por encima de su hombro, convencido de que iba dirigida a otra persona, pero al ver que no tenía a nadie detrás, su boca se curvó en una media sonrisa.
- ¿Nos conocemos de algo? - le preguntó él en un perfecto inglés.
- No, que yo sepa - respondió Emma con desparpajo - pero eso tiene fácil arreglo. Soy Emma, esta es mi amiga Regina.
¿A qué venía todo aquello? Una arruga se dibujó en la frente de la morena. Emma le tendió la mano al desconocido y su sonrisa se hizo más profunda, más ancha, una sonrisa de dientes blancos como las teclas de un piano, como si haberle conocido hubiera sido el acontecimiento más excitante de todo el día.
- Aristides Chronos, mucho gusto - respondió él con pomposidad, estrechándoles la mano.
Regina no daba crédito a lo que estaba presenciando. Quería pensar que aquello tenía algo que ver con su plan maestro y misterioso, pero tratándose de Swan podía ser cualquier cosa. Cabía la posibilidad de que aquel hombre fuera solamente un lugareño que había llamado su atención para flirtear un rato. Con ella nunca las tenía todas consigo.
La rubia le hizo una señal de invitación con su mano y el hombre tomó asiento a su lado. Al cabo de cinco minutos y de un exhaustivo y disimulado interrogatorio por parte de su compañera, ya sabían que Aristides Chronos era de ascendencia griega y de carácter afable y apasionado. Estaba en Durness de paso, para tratar con uno de sus clientes: un escritor algo estrafalario que había completado una novela recientemente y se mostraba un poco reacio a su publicación.
- ¡Ah, eso suena muy interesante! - exclamó Regina, comprendiendo de repente. Miró a Emma, francamente sorprendida. ¿Cómo lo hacía?
- ¿Y por qué no quiere publicarla?
- Está un poco cansado de la atención mediática que provoca la publicación de sus novelas - les confesó Aristides. - Pero esta es su obra maestra, no puede dejar que se pudra en un cajón.
- No, claro.
Al griego se le llenó la boca de cumplidos hacia el trabajo de su cliente y, por su entusiasmo, Regina comprendió que era solo cuestión de tiempo que Chronos se llevara un buen pico de los beneficios que reportara la venta de la obra. Se acordó entonces de las palabras de Rumple Gold, durante la reunión que tuvo con ellas: "Ese cabrón tiene tantas deudas que no parará hasta que consiga ordeñarle el último céntimo".
- Vaya, qué interesante - afirmó, intentando disimular su emoción. Tenía que fingir que el tema no iba con ellas, parecer genuinamente desinteresada por el asunto. - ¿Es mucha indiscreción preguntarle de quién se trata?
Aristides Chronos hizo una mueca de autosuficiencia. Había estado esperando esa pregunta los últimos diez minutos. Su pecho pareció hincharse cuando por fin pudo pronunciar el nombre de August Wood.
- Ustedes que son estadounidenses, seguro que lo conocen. Pero, por favor, no me trates de usted, me haces sentir mayor - dijo él, en un tono que dejaba a las claras que estaba coqueteando.
Regina sabía que debía mostrarse afable para ganarse su confianza, y por eso sonrió. A duras penas, pero le dedicó su mejor sonrisa fingida. Él pareció aceptarla de buen grado, y al cabo de unos minutos de charla intranscendente en los que era Emma quien llevaba la batuta de la conversación, Chronos se comprometió a enseñarles las maravillas del pueblo y a hacer de guía por la zona.
- Si hay suerte, a lo mejor el propio Wood se une a nosotros. Siempre se muestra muy agradecido por la compañía de mujeres tan guapas como vosotras.
Tenía que reconocerlo: Emma era una maestra de la estrategia. Desconocía cómo lo había hecho, pero de repente se encontraban sentadas con el representante de Wood en el exterior de una panadería de Durness, charlando con él animadamente.
Más tarde descubrió que Emma tan solo había aplicado la lógica para encontrar a los acompañantes del escritor en los lugares más transitados del pueblo. Los alrededores de la panadería le habían parecido uno de ellos.
- Anoche, los hombres misteriosos que estaban con Wood, me sonaba la cara de uno de ellos - le explicó - Luego vi que Gold metió una fotografía suya en el expediente que nos pasó Belle.
- ¿Desde cuándo eres tan lista?
- Lo he sido siempre, Mills, pero tú es que estás muy ciega.
- Sí, puede ser. Tendré los ojos más abiertos a partir de ahora - dijo. Y sin saber muy bien por qué, no pudo evitar pensar en Robin.
