LO SIENTOOOOOOOOOOOOOO MUCHOOOOOOOOOOOOO

En serio no pude subir otro pero yo prometí no abandonar la historia y aqui estoy, mi mente es un caos ultimamente por problemas personales pero ya logré traerles un capítulo más que esta vez lo dividiré en dos por ser un poco extenso... espero que les guste como a mi jajaja

Los personajes no me pertenecen .-. yo solo juego con ellos, uní las historias y salió esto XD


EL MONSTRUO VERDE Y LA CHICA DEL VESTIDO DORADO (Parte I).

Tras el encuentro con Aristides Chronos la relación entre las dos mejoró considerablemente. Todavía discutían de vez en cuando por el mero arte de discutir, ese deporte no olímpico que tan bien se les daba, pero ahora se había interpuesto entre ellas algo no previsto, un sentimiento que nunca habían experimentado antes: la admiración mutua.

Emma admiraba a Regina por la calma y madurez con la que afrontaba casi todas las situaciones, incluso hablar con un personaje como Aristides Chronos, que claramente le resultaba insoportable. Y Regina admiraba profundamente la iniciativa y el arrojo de Emma. Puede que sus métodos no fueran demasiado ortodoxos (ligar con el agente de un autor no le parecía la mejor manera de firmar un contrato), pero tenía que reconocer que eran igual de efectivos que cualquier otro, sino más.

Sea como fueren los cambios que ambas estaban atravesando, lo cierto es que Regina había empezado a descuidar su relación con Robin. Él la había llamado en varias ocasiones al teléfono de la habitación, pero todavía no había conseguido dar con ella. Su móvil funcionaba a ratos, cuando había cobertura, que era casi nunca, y la conexión a internet resultaba todavía más inestable, aunque a veces les permitiera revisar sus correos electrónicos. Robin llegó a estar tan preocupado que acabó mandándole un e-mail para preguntarle si todavía se encontraba con vida o si, en su defecto, había acabado con la de Emma y se había escondido en algún lugar recóndito de los fiordos escandinavos.

Regina consideró su contenido un poco exagerado:

"Dime, por favor, que no la has estrangulado y te has fugado.

¡Hablo en serio!

Robin"

Pero le contestó todo lo rápido que pudo para que no se preocupara.

Graham también había hecho varios intentos de hablar con ella, todos en vano, pero su amigo había sido mucho más práctico y en su e-mail sólo ponía

"¿Todo bien? He intentado contactar contigo, pero es imposible.

Me rindo".

La novia de Graham, Kathryn, como siempre, había ido directamente al grano:

"Oye, tú, como no contestes pronto voy a tener que darle respiración asistida a Robin.

¡CREE QUE TE HAS MUERTO! Yo sé que estás perfectamente bien, ocupada, pero dinos algo.

Te quiere. Kath".

Y de su extravagante amiga Tink era casi mejor no hablar, porque seguía sin comprender el correo electrónico que le envió:

"Robin dice que es probable que hayas muerto. Si has muerto, ¿puedo enterrarte junto a mi tía Eugenia? Dicen que da suerte enterrar a dos pelinegras juntas (aunque en el fondo espero que estés bien).

Tink".

La verdad era que había estado demasiado ocupada redactando informes sobre el comportamiento de Wood, analizando maneras de abordar la cuestión de su nueva obra y haciendo frecuentes visitas a una de las dos tabernas del pueblo, donde ya las conocían y apenas se sorprendían de que invadieran su pequeña república eminentemente masculina. Pasaban tanto tiempo allí que Regina se había aficionado a la cerveza y su resistencia al alcohol era ahora mucho mayor.

- ¿A ti también te envían e-mails? - se atrevió a preguntarle a Emma mientras cerraba el que le había enviado Kathryn. La morena dio un trago a su cerveza mientras esperaba una respuesta.

- ¿Quiénes?

- Pues no sé, tus amigos, tu familia, ya sabes.

- ¿No habíamos dicho que nada de preguntas personales? - contestó Emma, tachando una de las frases que había escrito en su agenda.

- Oh, vamos, no puedes hablar en serio después de todo lo que hemos pasado juntas.

- Mi pasado - respondió secamente la rubia, luchando para que aquel bolígrafo escribiera.

- ¿Qué ocurre con tu pasado?

- Que eso es lo que conoces de mí. Las cosas han cambiado mucho desde que dejamos el instituto, Regina.

La pelinegra rodó los ojos. Estaba convencida de que Emma solamente trataba de hacerse la interesante. Porque, en realidad, ¿qué podía haber cambiado en esos años? Ella seguía siendo la de siempre, con sus histerias y su incansable búsqueda de la perfección. Robin todavía hablaba con la boca llena, aunque supiera que eso la sacaba de quicio. Tink seguía obsesionada con revistas que ella catalogaba de divulgación científica pero que no eran más que panfletos de ciencia-ficción sacados de la imaginación de un grupo de pseudo-periodistas. Tendrían suerte si no acababa enrolada en la Cienciología. Y aunque a Graham se le hubiera pasado ya su afición por los deportes de riesgo y esa manía suya de arrastrarlos a todos hacia una muerte segura, no significaba que hubiera dejado de ser un yonqui de la adrenalina. En vista de que toda la gente de su entorno seguía más o menos igual, ¿qué podía haber cambiado tanto para Emma?

Tenía claro que se trataba de una excusa para no decirle la verdad, que no era otra sino que todavía no confiaba en ella. O si lo hacía, parecía claro que no se sentía cómoda para compartir detalles de su vida personal. Pero, por mucho que le molestara, lo cierto era que no podía culparla por ello. Aunque los últimos días hubieran hablado de asuntos que Regina etiquetaba inequívocamente como personales, sabía que no iba ser fácil olvidar el pasado.

Y, sin embargo, aquello quedaba ya tan lejano en su mente, que a veces se sorprendía de lo rápido que había conseguido pasar página. Era como si se hubiera bebido un elixir mágico que le hubiera hecho olvidar y, así, cosas que antes habría interpretado como una verdadera afrenta, le provocaban ahora una sincera hilaridad.

Una de ellas era el mítico episodio del lazo de raso azul, que despertó las carcajadas de ambas al recordarlo.

- ¡Tengo que buscarlo! Estoy segura de que todavía lo tengo - le dijo Emma con entusiasmo.

- ¿Estás de broma?

- No, qué va. Me lo quedé como si fuera un trofeo.

- Pues encuéntralo y lo enmarcamos. Tú te lo quedas unos meses, yo me lo quedo otros. Custodia compartida.

A la vista de todo esto, para ella las palabras de Emma eran un paso atrás, y le hería que no confiara en ella.

- Como quieras - afirmó con ese tono altanero que empleaba cuando trataba de fingir que algo no le importaba. Después dio el último trago a su bebida - ¿A qué hora habías quedado?

Emma estaba distraída mirando de reojo hacia la puerta.

- Ahora. Llega puntual.

En la dirección que le indicaba, vio a un hombre bastante apuesto. Se estaba quitando el abrigo para colgarlo en un perchero. El hombre miró en su dirección y sonrió a las dos muchachas, que le devolvieron el saludo.

Regina parecía nerviosa. Se estaba esforzando en sonreír pero no lo conseguía. - Cuidado… se acerca - le advirtió la rubia - ¡Buenos días, señor Chronos!

- Oh, señorita Swan, por favor llámeme Aristides - le dijo antes de hacer una aparatosa genuflexión y besar su mano.

Ella sonrió, complacida.

- ¿Están listas para nuestra pequeña excursión?

- Precisamente de eso estábamos hablando. Regina me estaba diciendo lo muchísimo que le gusta el paisaje local. Ella también es una entusiasta de las verdes praderas de Durness.

- Y no me extraña lo más mínimo. Son sin duda uno de los paisajes más espectaculares de toda Escocia.

Así fue como empezó todo. Este fue el comienzo de una inmensa bola de nieve que desembocó en la inesperada consternación de Regina.

Aristides Chronos, el agente de August Wood, con quien Emma llevaba dos días coqueteando, fue su guía el resto de la mañana. Durante el tiempo que estuvieron visitando las maravillas naturales de la zona, la morena disfrutó como una niña. Sacó fotografías que sabía que a Robin le iban a encantar; se deleitó con la fresca brisa invernal que golpeaba los pedregosos acantilados de Durness, y a pesar de las atenciones que Aristides Chronos le dedicaba a su compañera, en ningún momento se sintió que sobraba. Pero eso fue hasta que decidieron hacer un receso para comer. A partir de ese momento todo cambió.

Decidieron almorzar en una pequeña tasca famosa por su comida casera. Por insistencia de Emma, ella quedó sentada enfrente de ellos, algo un poco inusual teniendo en cuenta que tenían que compartir un banco de madera. Pero Regina no se quejó porque tenía clara cuál era la estrategia: dado que Aristides se había presentado solo y no había sido posible conocer a Wood, el plan era seducir al agente a toda costa, costase lo que costase. Esa era su única y última esperanza para conseguir un encuentro con el escurridizo autor.

Desde hacía días, la gente del pueblo no hablaba de otra cosa. Todos estaban enterados ya de la fiesta que iba a dar el escritor. Ellas se habían enterado gracias a la dueña de la tienda de comestibles, la misma que pocos días antes les había negado tajantemente conocer la existencia de un escritor de renombre en los alrededores. El cambio de actitud solo podían achacarlo al hecho de que en Durness se acababa sabiendo todo. En opinión de Regina, que las hubieran visto en compañía del agente de Wood estaba actuando en su favor, porque ahora los pueblerinos creían que ellas dos eran personas del círculo más cercano al escritor, y ya no tenían tanto reparo en salvaguardar su vida privada.

De todos modos, quedaba claro que Wood no era amigo de los convites ni de las apariciones públicas a no ser que tuviera que anunciar algo de suma importancia. ¿Y qué cosa más importante podía haber que su inminente regreso a las librerías y, posiblemente, a las listas de los más vendidos? Además, de ser cierta la teoría de Chronos, esta podría ser su mejor obra (o por lo menos muy superior a Penélope, una historia, que Emma había dado por imposible y Regina había leído tras ejecutar un concienzudo ejercicio de responsabilidad). Si querían asistir a la fiesta, Aristides Chronos era su única oportunidad. Tenían que jugárselo todo a esa carta.

En un principio, a Regina la idea le pareció brillante. Era uno de esos planes que no podría haber ingeniado ella porque para hacerlo se necesitaba una picaresca de la que carecía. Pero habida cuenta del magnetismo que Emma ejercía en los hombres y del evidente interés del griego por ella, el plan era perfecto. Tan solo tenían que conseguir que él las invitara a la fiesta y allí por fin podrían hablar cara a cara con Wood, sin necesidad de forzar la situación.

Aristides Chronos era una presa fácil, una conquista segura. Se trataba de un hombre transparente, en ocasiones demasiado franco, que se mostraba tan interesado por los encantos de Emma que un poco más de entusiasmo le habría hecho resultar patético.

El problema fue que llegó un momento en el que todo aquello dejó de parecerle la gran idea que era. No descartaba haber perdido del todo la chaveta, pero ahora que estaba asistiendo a uno de los espectáculos de seducción de Emma Swan sentía ganas de abofetear a Chronos y acabar lanzándole una mirada que lo dejara seco en el sitio, con esa estúpida y displicente sonrisa suya congelada en sus labios.

Regina se dio cuenta de que nunca antes había sentido tanta aversión hacia alguien (a excepción de la propia Emma) y lo absurdo de todo era que no entendía de dónde procedía esa bilis reconcentrada.

Lo único que sabía era que tenerlos al lado resultaba muy incómodo. Si el tal Aristides hacía una gracia, ella se la reía con ganas. Sus chistes eran verdaderamente malos y casi siempre involucraban cabras (¡cabras, por todos los santos!), pero Emma se desternillaba de risa como si fueran comentarios de gran inteligencia. Después echaba su larga melena hacia un lado. Luego se mordía o humedecía el labio inferior. Entonces la mirada del maldito Aristides bajaba y bajaba, ojos, nariz, labios bien perfilados, se clavaba en su boca con deseo y, si podía, descendía un poco más allá de la clavícula de Emma hasta acabar en sus pechos.

- …y el muy loco de Wood ordenó que metieran las cabras en el cobertizo...

La rubia rio este nuevo chiste con ganas. Echó la cabeza hacia atrás y sus carcajadas retumbaron por todo el local. Emma empezó a pensar que su compañera de trabajo o bien tenía un pésimo sentido del humor o un jodido problema mental.

- ¡Eres tan divertido, Aristides! - ronroneó con voz de gatita mimosa mientras le acariciaba disimuladamente el brazo.

- Sí, es una historia fascinante - musitó Regina para el cuello de su camisa - Abrumadora. ¡Hay que ver la de cosas que se pueden hacer con una cabra! Jamás lo hubiera imaginado.

No deseaba arruinar el plan, pero le hubiera gustado que Emma acabara ya con aquella pantomima tan dolorosa. Tamborileó los dedos sobre la mesa de madera. Se sentía inquieta, estaba de muy mal humor y tenía unas ganas irrefrenables de levantarse e irse. Al principio creyó que era porque estaba aburrida, no porque Emma insistiera en tocar la sudorosa mano de aquel hombre o acariciarle la espalda, aprovechando cualquier oportunidad para tener contacto físico con él. Se dijo a sí misma que estaba furiosa porque se sentía invisible, minúscula, ignorada, sí.

Para ser justos, Aristides se había esforzado por hacerle partícipe de la conversación, al menos inicialmente. Pero cuando Emma sacó la artillería pesada de sus flirteos, aquello parecía un fuego cruzado de los cañones de la Armada española, y el griego se olvidó pronto de su presencia. Justo en el momento en el que la rubia escurrió su trasero por el banco de madera para acercarse más a él, Regina dejó de existir.

Emma le rio entonces los chistes todavía más alto. Se mostró melosa y coqueta. Se mordió el labio unas diez veces, pestañeó más de cien. Hasta que su mano se perdió de vista por debajo de la mesa. Y no, no la estaba tocando a ella. La mano de Emma no le estaba rozando ni una minúscula porción de piel, pero se había perdido en algún lugar debajo de la mesa.

Ahí Regina supo que la que tenía el jodido problema era ella.

Estaba celosa. No, era peor: se moría de celos.

Se sentía como si un monstruo verde estuviera creciendo en su interior, haciéndole sentir indefensa y experimentó la misma acidez en el estómago que la primera vez que vio a Robin besarse con su exnovia Marian, mucho antes de que ellos dos estuvieran juntos, antes incluso de que la propia Regina se admitiera a sí misma lo que sentía por él. Pero aun así no consiguió explicar lo que estaba sintiendo. Tan solo notó que su mandíbula se estaba poniendo tensa y que sus ojos se entornaron hasta convertirse en dos peligrosas rendijas por las que escudriñó con amargura al griego. También estaba allí aquel hueco que conocía tan bien, la sensación de que alguien le había arrancado algo justo en medio de su pecho. El corazón, un pulmón, podía ser cualquier órgano importante, daba igual, no se encontraba bien, nada bien, y eso era todo. Algo había dejado de funcionar dentro de ella porque no estaba celosa de Emma, como cabría esperar, estaba celosa del griego por estar recibiendo las atenciones de SU compañera.

- Perdonad que os interrumpa - dijo, cortando el enésimo chiste protagonizado por unas cabras. - Me encuentro bastante indispuesta. Si no le importa, señor Chronos, retomaremos esta agradable conversación en otro momento, pero ahora me temo que debo regresar al hostal.

Aristides Chronos hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. La morena se levantó y aunque sintió los ojos de Emma clavados en su nuca, no se molestó en darse la vuelta. Si lo hubiera hecho, habría visto que intentaba pedirle con la mirada que no se fuera.

...

Emma entró en la habitación hecha una furia. Después de lo ocurrido, lo último que quería era ver a Regina, pero estaba cansada y no le quedaba más remedio ahora que compartían cuarto.

Todavía no podía creer que la hubiera dejado sola con un hombre que no le interesaba en lo más mínimo. ¡Con un hombre que apenas conocía, por el amor de dios! Podía haberse tratado de un violador, un ratero o un secuestrador, pensó para sí, dramatizando la situación por completo. Sentía tanto rencor que no le hubiese importado encararse a Regina y echar así por la borda los últimos días de tregua que habían vivido.

Pero no pensaba hacerlo. Esta vez había hecho propósito de enmienda. Seguramente no podría evitar estar un poco distante, pero lo único que iba a hacer era entrar en la habitación, tumbarse en su cama y abrir un libro, actuando como si nada hubiera ocurrido. Si Regina colaboraba un poco, el enfado se le habría pasado cuando llegara la hora de la cena.

Lo que Emma no se esperaba era que su compañera de trabajo adoptara la misma estrategia que ella. Tan pronto entró en la habitación, Regina empezó a actuar como si nada hubiera ocurrido, y eso acabó con la poca paciencia que le quedaba.

- ¿Qué tal ha ido todo? - le preguntó, cuando se tumbó en la cama.

- Bien - contestó Emma de manera monosilábica.

Regina enarcó una ceja.

- ¿Sólo "bien"? ¿Eso quiere decir que lo has conseguido?

- Puede.

La morena la miró extrañada.

- ¿Te pasa algo?

Trató de morderse la lengua. Era lo mejor, ella lo sabía. Las cosas iban bien así. No quería empezar otra discusión con Regina, pero estaba tan enfadada que al final no fue capaz de contenerse.

- En serio, Regina, ¿cómo puedes ser tan egoísta?

- No te entiendo, ¿a qué te refieres?

- Pues que la próxima vez que planees dejarme sola con un extraño, ¡por lo menos avisa!

- Ya te lo he dicho: me encontraba indispuesta.

- ¿Indispuesta? ¿A eso le llamas estar indispuesta? Desaparecer con cara de malas pulgas y hacer comentarios sarcásticos pensando que nadie te escucha, no es lo que la gente normal llama "estar indispuesta". ¡Cualquiera diría que estabas celosa!

- ¿Celosa? ¿Yo? - le espetó con incredulidad, aunque sabía de sobra que eran celos lo que había sentido al verla coqueteando con el griego.

- Sí, celosa.

- ¿Y de qué iba a estarlo, Emma? ¿De cómo te avergüenzas comportándote así con un hombre al que no conoces de nada solo para conseguir que te invite a una estúpida fiesta?

- Nos invite a una estúpida fiesta. Y ni siquiera hice nada, tan solo le estaba acariciando la pierna.

- Da igual, hay mil maneras de hacerlo, no es necesario comportarse como una puta.

Por alguna extraña razón, esas palabras traspasaron el pecho de Emma con la misma facilidad con la que lo habría hecho una flecha. La habían llamado zorra muchas veces, cientos de ellas, pero ninguna le había dolido como aquella.

Regnia notó su gesto de dolor y aunque se arrepintió de haber sido tan cruel, su orgullo fue más poderoso. Barajar la remota posibilidad de estar celosa no entraba en sus planes aquella noche y disculparse, tampoco.

- ¿Y a ti qué más te da si soy o no una puta, eh? - protestó Emma, todavía dolida. Debería haberla mandado a paseo o haberla ignorado, como había hecho otras veces ante el mismo comentario, pero no fue capaz. Regina le importaba. ¿Desde cuándo?—. Lo normal sería que te diese igual lo que hago o dejo de hacer, siempre y cuando no te afecte.

La morena no supo qué responder. Tenía razón.

- ¿Ves? Ahí lo tienes: no sabes qué decir ¿Y sabes por qué? ¡Porque estás celosa!

- ¡Por favor! El día que esté celosa de ti será el día en que las vacas vuelen.

Emma se acercó a la ventana con grandes zancadas y descorrió la cortina.

- ¡Mira, Regina! - exclamó, señalando hacia el exterior—. ¡Es Clorinda! ¡Ha venido surcando el cielo para saludarte!

Regina se acercó a la puerta y la abrió con furia.

- ¡Oh, mira, Em! Ha venido a buscarte el agente de Wood. ¡Pregunta si tu cama está libre esta noche! Oh… buenas tardes, señor Winehouse… Que pase un buen día —saludó al posadero, ruborizándose momentáneamente al ver que pasaba por allí justo en el momento en el que había abierto la puerta. Después se la cerró en las narices.

Emma no daba crédito al comportamiento de la morena, y era muy frustrante. Se sentía fuera de sí, iracunda, incapaz de que no pudiera comprender por qué se había rebajado tanto delante de aquel imbécil petulante de los chistes de cabras. Sentía ganas de abofetearla por ser tan egoísta y no ver que todo aquello formaba parte de un plan para conseguir que las invitara a la fiesta. ¿Por qué no podía entenderlo?

- ¡Te juro que no te aguanto! ¡Eres insoportable!

- ¡La que no te aguanto soy yo! ¡No sabes las ganas que tengo de llegar a Storybrook para librarme de ti!

- ¡Estupendo! ¡Ya somos dos!

Emma notó que Regina respiraba con dificultad. En un acto reflejo la mano se le había crispado y había apretado el puño en el bolsillo de su chaqueta.

Permanecieron un buen rato mirándose, estudiándose con las pupilas encendidas, tratando de calmarse. Regina tuvo que recordarse a sí misma que tenía enfrente a una compañera de trabajo y Emma hizo un verdadero ejercicio de control mental para no llegar a las manos.

- ¿Y bien? ¿Lo has conseguido? - preguntó la morena. Todavía respiraba con dificultad pero se encontraba un poco más calmada.

- Sí, el viernes, a las siete.

Se hizo un silencio extraño, incómodo. Regina clavó la mirada en el suelo y se ruborizó.

- Siento… lo de antes… No pretendía dejarte sola… Ni tampoco insultarte.

Otro extraño silencio.

- Y yo siento haberte gritado - se disculpó Emma, mesándose el cabello con nerviosismo. - Me sentó mal que me dejaras sola con ese idiota.

Regina sonrió. Se había convencido a sí misma de que su compañera estaba verdaderamente interesada en Aristides Chronos, y de alguna manera resultaba un consuelo saber que no era así.

- Bueno, eso está bien, por un momento pensé que te interesaba el hombre de las cabras.

La rubia rio con ganas antes de menear la cabeza con descrédito.

- Qué poco me conoces, Regina. ¡Yo tengo muchísimo mejor gusto! - le dijo antes de dedicarle una mirada que le hizo estremecer sin motivo.

Pero Emma decía la verdad. Tenía un gusto exquisito.