Aquí traigo la segunda parte de este cap, y empiezan los celos jajaja espero les guste... volveré pronto...espero ;)
Los personajes no me pertenecen .-. yo solo juego con ellos, uní las historias y salió esto XD
EL MONSTRUO VERDE Y LA CHICA DEL VESTIDO DORADO (Parte II).
Si alguna cosa había quedado clara tras haber pasado una semana entera en Durness era que August Wood era lo más parecido a un cacique. Los habitantes le idolatraban y guardaban respeto porque daba trabajo a muchos lugareños. Este era el motivo por el cual mucha gente en Durness protegiera con celo la intimidad del escritor. Todos sabían que a él le gustaba preservar su vida privada y hacían lo posible por mantener a raya a los curiosos. Lo positivo era que ahora se habían convertido en parte de la familia, pero tenían por delante la parte más difícil: convencer al escritor de que firmara un acuerdo con su editorial.
Con el paso de los días y los escasos avances que habían hecho para acercarse a él, ambas acabaron comprendiendo lo importante que era aquella fiesta. Debido al hermetismo en el que se hallaba sumido el pueblo de Durness y las escasísimas apariciones públicas de August Wood, si no conseguían hacerle firmar durante esa fiesta, ya podían olvidarse de hacerlo en otra ocasión. Tendrían que regresar a Storybrook con las manos vacías y esa posibilidad quedaba completamente descartada.
Solo de imaginar la cara que pondría Gold, a Regina se le ponían los pelos de punta.
La elección de la indumentaria fue el primero de sus contratiempos. Ninguna había previsto asistir a una fiesta de gala y cualquier esperanza de encontrar un modelo adecuado en la única tienda de ropa que había en los aledaños quedaba descartada: Modas Rupperta no se parecía en nada a Dolce & Gabanna.
Tuvieron suerte de que Graham se prestara a hacerles el favor durante el comienzo de sus vacaciones navideñas. Él y su novia Kathryn les enviaron varios vestidos para que pudieran elegir el que más les gustaba.
- ¿Seguro que es una buena idea? ¿Y si el griego no es más que un ganadero de la zona y os está tomando el pelo? ¿Qué pasará entonces? - les comentó el muchacho durante una conversación telefónica.
- Tranquilo, Graham.
- Sí, no te preocupes: Gina lo tiene todo bajo control - afirmó Emma por detrás, para sorpresa del muchacho, que no pudo evitar preguntarse desde cuándo frases como "Gina lo tiene todo bajo control" formaban parte del vocabulario de Emma.
Sintió tentaciones de hacer algún comentario al respecto, pero se limitó a intercambiar una mirada con su novia, como diciéndole "luego te cuento".
El vestido que eligió Regina era largo, de un favorecedor color champán. Con ayuda de Emma, se las había arreglado para dominar su casi siempre despeinada melena y ahora la llevaba recogida en un elegante moño, dejando al descubierto la zona de su nuca, que resultó ser tan seductora que Emma no pudo evitar apreciarla de soslayo. Ella iba completamente de rojo, con un vestido que marcaba su curvilíneocuerpo. Se había pintado los labios a juego y estaba tan guapa que Regina sabía que tan pronto hiciera su aparición, todas las miradas se centrarían en ella. Había sido así desde el colegio; ahora no podía ser diferente. Pero, a decir verdad, ella tampoco se veía mal. La propia Emma parecía sorprendida de su atuendo y acababa de cazarla observando su muslo, porque su vestido tenía una raja que hacía que al sentarse se le viera gran parte de una pierna.
- Ya hemos llegado - anunció el señor Winehouse, que se había prestado a llevarlas a la casa de Wood en su camioneta.
- No me habías dicho que vivía en un castillo.
Emma se encogió de hombros.
- No me lo preguntaste. Estabas demasiado ocupada enfadándote conmigo.
Regina sonrió. A pesar de las discusiones, tenía que reconocer que Emma empezaba a caerle muy bien.
El castillo de Beckinsale era una de las propiedades más importantes de Escocia. Se trataba de una de estas fortalezas medievales de muros empedrados, coronada por dos verticales torreones desde los que siempre daba la sensación de estar siendo vigilado por varios pares de ojos. Atravesaron la verja de hierro forjado que rodeaba toda la finca y caminaron con dificultad por el camino empedrado que conducía a la entrada. La fortaleza había sido engalanada convenientemente para la ocasión. El jardín estaba decorado con centros de flores frescas, y dos gigantescas antorchas recibían a los invitados en la gigantesca puerta de entrada.
El interior no era menos impresionante. Una alfombra roja atravesaba el recibidor del castillo, iluminado por velas que titilaban en el suelo, distribuidas en hileras. Al cruzar un amplísimo recibidor de altos techos, se llegaba al salón donde parecía que iba a tener lugar la cena. La mayoría de los invitados ya había llegado cuando ellas hicieron su aparición, charlaban alegremente mientras degustaban los aperitivos que servían los camareros. Todos iban vestidos de gala, por lo que se sintieron aliviadas al no desentonar con el ambiente.
Aristides Chronos se acercó a ellas nada más verlas. Hizo una genuflexión y les besó la mano.
- Señoritas, hoy están espléndidas - afirmó, aunque centrándose más en Emma. Regina se sintió bastante incómoda al tener de nuevo enfrente a aquel individuo. Sintió que el monstruo verde de los celos empezaba a despertarse en su interior, pero esta vez logró controlarlo. Emma la miró con curiosidad, como si estuviera intentando descifrar sus pensamientos y le dedicó una sonrisa cálida que le hizo olvidar rápidamente la presencia del griego.
Aristides Chronos hizo un gesto con la mano y ellas lo siguieron a través del salón. Emma iba delante y, como era de esperar, hizo que varias cabezas se giraran a su paso. La gente parecía deslumbrada por su belleza.
Recorrieron varios metros hasta que dieron con un grupo de tres personas, una mujer y dos hombres que charlaban animadamente cerca de cuarteto de cuerda que arrancaba notas de sus instrumentos para amenizar la velada.
- Permítanme que les presente al anfitrión de la fiesta, el escritor August Wood - comentó Aristides mientras posaba la mano en el hombro del hombre que les estaba dando la espalda, para conseguir llamar su atención.
August Wood se giró y sonrió complacido con lo que vio, antes de saludarlas con extrema cortesía. La presencia de Emma no pareció impactarle especialmente. Sin embargo, sus ojos se detuvieron en Regina, a quien analizó con frialdad y sorpresa cuando llegó el turno de saludarla. Por un momento la muchacha sintió pánico de que la hubiera reconocido, de que hubiera descubierto que trabajaba para Gold & White o lo sospechara porque algún habitante del pueblo le hubiera dicho que habían estado preguntando por él. Ese sería el final de su viaje y sintió tanto pánico que estaba segura de que se le notaba en la cara.
Emma se dio perfecta cuenta de su nerviosismo y para intentar tranquilizarla, entrelazó su brazo al suyo, al tiempo que rompía el hielo entablando conversación con el escritor: - Una fiesta preciosa, muchas gracias por invitarnos.
- El placer es todo mío - respondió Wood, todavía con la mirada fija en Regina, aunque no pareciera completamente ajeno a los encantos de Emma, muy especialmente a su generoso escote.
- Estoy sedienta - afirmó Emma con rapidez, todo estrategia - ¿Nos disculpan, caballeros, si vamos a buscar algo que llevarnos a los labios? He visto unas botellas de champán que parecen deliciosas.
- Por favor - replicó Wood con un gesto de su mano - están en su casa.
Emma tiró disimuladamente de Regina, que parecía haberse quedado petrificada. Le iba susurrando cosas al oído para intentar tranquilizarla.
- Sonríe, sonríe todo lo que puedas o notará que te ha entrado el pánico.
- ¿Has visto cómo me ha mirado? ¿Crees que sospecha que somos editoras? - inquirió entre dientes, mientras se esforzaba por sonreír lo máximo posible.
- Puede ser, pero no lo creo. Si no, ya nos habría encerrado en las mazmorras.
- Entonces, ¿por qué me ha mirado así?
La rubia se detuvo cuando llegaron a la mesa de las bebidas. Agarró una copa de champán y le dio un trago largo. Si la noche continuaba por aquellos derroteros, tenía toda la intención de emborracharse.
- Seguramente porque piensa que eres muy guapa - respondió con naturalidad.
- Claro, se iba a fijar en mí teniéndote a ti delante. No digas tonterías...
Emma bajó su copa, dejando un poso de carmín rojo en el borde del cristal.
A veces no daba crédito a sus oídos.
- Regina, mírate, por favor, estás preciosa esta noche. ¿Quién no querría estar contigo? Hasta yo mataría por estar contigo.
La morena sintió calor en las mejillas. Ese comentario había sido de lo más inesperado, pero por la forma en la que la estaba mirando, supo que Emma estaba siendo sincera. Sus pupilas brillaban más que de costumbre, seguramente debido al generoso sorbo de champán, y no pudo evitar que sus ojos viajaran sin querer hacia los labios de Emma, hacia ese carmín rojo que había manchado el borde de su copa.
- ¿Les apetece un canapé?
Fue un camarero quien las interrumpió esta vez. Emma desvió la mirada y notó que ella también se estaba ruborizando. Pensó que no debería haber dicho aquello. Se estaba metiendo en jardines de los que no estaba muy segura de cómo salir y aunque en su vida había salido airosa de otras situaciones complicadas, nada podía compararse a estar empezando a sentir algo por Regina Mills. Sin embargo, ella no parecía darse cuenta del problema. Ella no parecía darse cuenta de absolutamente nada y Emma agarró otra copa de champán, dispuesta a ahogar sus penas en doradas burbujas que juguetearan con su paladar.
El camarero se fue, pero entre ellas ya se había formado un silencio extraño que Regina intentó olvidar mirándose los pies, como si en ellos hubiera algo fascinante, y que Emma empleó para observar a los invitados. A los pocos minutos de ignorarse una a la otra todo volvió a su sitio, y optaron por hablar de trabajo, como siempre hacían cuando se veían forzadas a superar una situación tensa.
- Siento tener que decirte que no deja de mirarte.
- ¿A mí? - Regina estaba confusa. Todavía respiraba con dificultad. Se le notaba agitada.
- Sí, a ti. Creo que le has impactado, Regina. Si mi instinto no me falla, vas a tener que hablar tú con él.
- ¿Yo? ¡Pero yo no puedo hacer eso! ¡Eres tú la que sabe coquetear! Eres tú la que tiene que…
Un carraspeo interrumpió lo que la morena estaba diciendo. Al girarse, se topó con Aristides Chronos y toda su pomposidad, que se estaba colocando los gemelos mientras esperaba a que las chicas notaran su presencia. Regina le dirigió una mirada de impaciencia a su compañera, aunque ella no pareciera preocupada en lo más mínimo. Estaba claro que la idea de verla tratando de coquetear con el escritor le divertía profundamente.
- Señorita - dijo, dirigiéndose a Regina - si fuera tan amable de acompañarme, al señor Wood le gustaría invitarle a un baile.
La morena la miró presa del pánico, pero Emma le guiñó un ojo para darle a entender que podía hacerlo. Aunque hubiera querido, en realidad no podía hacer nada para ayudarla, el escritor estaba interesado en Regina, no en ella y aunque esto constituía un ligero contratiempo, si la morena conseguía mantener la calma y se dejaba llevar un poco, tal vez tuvieran alguna esperanza.
- ¿Le importa si le robo a su acompañante unos minutos? —le preguntó Aristides Chronos, mirándola con lascivia.
- Para nada, creo que sabré distraerme hasta que me sea devuelta - contestó, toda elegancia y saber estar, aunque estuvo a punto de morderse la lengua nada más decirlo. Sonaba como si Regina fuera algo suyo.
Suspiró. Ahora solo tenía que buscar una forma de matar el tiempo hasta que su compañera volviera. Se recogió el vestido para sentarse en una de las butacas estilo Luis XVI. No lo hizo por descansar de los tacones, ya que estaba acostumbrada a llevarlos la mayor parte del día, sino porque desde aquella posición podía echar un discreto vistazo a toda la habitación y, especialmente, al círculo de gente que se había formado alrededor de Regina, que lidiaba con la situación con una serenidad admirable. Le sorprendió verla tan segura y confiada. Estaba convencida de que la morena no era consciente de hasta qué punto su belleza y refinamiento estaba deslumbrando a los invitados, en especial a Wood, que no dejaba de atusarse la barba de chivo sin quitarle ojo de encima. Miraba sobre todo su escote, que aquella noche no solo era generoso sino también llamativo. Emma se había dado cuenta de ello nada más verla, pero no hizo ningún comentario al respecto porque, conociéndola, se habría cambiado el vestido por un jersey de cuello alto en menos de lo que dura uno de sus pestañeos.
Captó por el rabillo del ojo una presencia a su lado, y volvió la cabeza para mirar al chico que se acababa de sentar en la butaca que tenía enfrente. Parecía un clon de Killian Jones, el chico del departamento de marketing de la editorial. Misma sonrisa de autocomplacencia, mismo flequillo peinado descuidadamente adrede, pero, oh, distintos ojos, este los tenía verdes.
Emma suspiró con cansancio. ¿De verdad? ¿Es que no era suficiente con tener que aguantar a todos los Jones del mundo a diario como para encontrarse el mismo tipo de guapo pretencioso en Escocia también? ¿En un viaje de trabajo? Ah, no. Esta vez ni tenía ni quería sacar la paciencia para soportar otra ronda de piropos.
Su intención era quitarse al moscón de encima lo antes posible, por lo que decidió darle un poco de femme fatale en vena. Por lo menos así se desquitaría de los malos momentos que le había hecho pasar Jones.
- Buenas noches - la saludó el chico con otra de esas sonrisas producesuspiros-de-quinceañeras - estaba al otro lado de la habitación, y no he podido evitar fijarme en…
- En mí, claro. - Emma cruzó las piernas. El chico abrió la boca con asombro—. No, no me lo digas: ha sido por el "movimiento de mi increíble melena rubia" o por "la exuberante belleza de mis rasgos exóticos".
- En realidad...
- No, en serio - le interrumpió la rubia, inclinándose más hacia él - déjame adivinarlo, es mucho más divertido. Estás pensando en la "delicada caída del satén rojo por mi piel pálida" o en cómo mi "encantadora y confiada sonrisa" te obnubila. Quizás quieras "escribir una oda a mis perfectamente definidos hoyuelos". Las he escuchado todas, querido, dudo de que tengas la capacidad de sorprenderme.
Se quedó mirándole, desafiante, balanceando su copa de champán, intentando transmitirle todo el hastío que tantos hombres le habían causado a través de los años.
El joven carraspeó, y se acercó todavía más ella, para susurrarle al oído: - En realidad quería preguntarte si podrías presentarme a tu amiga, la del vestido dorado. Es la mujer más bonita que he visto en mucho tiempo - le explicó cortésmente.
Emma parpadeó. El chico señaló con la cabeza a Regina. Emma parpadeó otra vez. Durante un segundo entero, con todas sus décimas, se sintió la chica más estúpida de todo el castillo, seguramente también de todo el planeta, probablemente del universo. Volvió a parpadear.
- Está casada - dijo tan pronto como consiguió salir del trance - con muchos hijos. Decenas de hijos. Y perros, muchos perros. Oh, sí. Esa casa es un zoológico, ya me entiendes.
Su interlocutor frunció los labios y rebuscó en el interior de la chaqueta. Sacó una tarjeta de visita y se la tendió.
- Aun así, ¿le harás llegar mi tarjeta? Estaría encantado de…
- Claro - le cortó, cogiendo grácilmente la tarjeta entre dos dedos y enarcando una ceja. - Patrick - dijo leyendo el nombre del muchacho - Me aseguraré de que la reciba.
El tal Patrick sonrió con todos los dientes humanamente mostrables, en señal de agradecimiento, y desapareció de nuevo entre los invitados. Emma observó unos segundos la tarjeta, casi sin dar crédito a lo que acababa de ocurrir.
- Ooops - dijo entonces, abriendo la mano y dejando caer la tarjeta al suelo mientras daba un sorbo a su copa de champán - Una verdadera lástima, Patrick…
Al fin y al cabo, el champán que servían en la fiesta era de primera, así que le hizo un gesto al camarero para conseguir otra copa. Cuando se puso en pie, no se privó del gusto de pisar con disimulo la tarjeta un par de veces. Pero sólo un par, tampoco era cuestión de excederse.
