Eh, Hola :/ lo sé, lo sé, he estado demasiaaaaado ausente, tantos años... es imperdonable lo sé :( pero aqui vuelvo y ésta vez sí prometo terminarlo jeje.

Y aun sigo diciendo que los personajes no me perteneces, yo solo combiné las historias y esto salió :D solo algunos personajes no los cambié para mantenerlos intactos.

¿ESA CLAUDIA?

La música de la orquesta seguía sonando en sus oídos cuando llegaron a la posada de Little Winehouse. Emma giró la llave todo lo despacio que pudo teniendo en cuenta que se encontraba un poco achispada por culpa de la cantidad de copas de champán que había ingerido. Ahora no recordaba cuántas habían sido, pero seguramente muchas más de las recomendables.

Regina no cabía en sí de la alegría. Ella había sido la reina de la fiesta, porque August Wood, además de dedicarle toda la atención que le negó al resto de sus invitados, al final de la velada había hecho pública su decisión de publicar su nueva novela con Gold & White.

La morena todavía no se lo creía, estaba tan contenta que se sentía como Cenicienta a la vuelta del baile, aunque todavía conservara los dos zapatos y Wood fuera la antítesis de su príncipe azul.

El escritor se había mostrado amable y comedido la mayor parte de la noche, al menos hasta que el alcohol empezó a hacer mella en sus ademanes y consideró oportuno pasar de los piropos a la acción. Regina había tenido que hacer malabarismos para evitar que le tocara el culo en varias ocasiones, cuando creía que nadie podía verles. Le resultó especialmente difícil en un momento de la noche en el que Wood se volvió todo tentáculos, cuando salieron al balcón a tomar el aire. Mientras ella intentaba venderle la exclusiva de Gold & White, el escritor intentó ponerse demasiado tierno y acabó extralimitándose un poco. Por suerte, en ese momento apareció Emma, justo cuando los dedazos de Wood la tenían aprisionada por la cintura y estaba a punto de besarla.

- Hoy has estado impresionante - comentó Emma en un susurro, empujando la puerta principal de la posada, que chirrió ruidosamente. La señora Winehouse se revolvió en su cama. Dio media vuelta en sueños y siguió durmiendo.

- Qué va, casi lo arruino todo. Si no llega a ser por ti, no habría podido hacerlo.

Emma sonrió, complacida con el cumplido, aunque no fuera del todo cierto. Había sido muy aburrido estar espiando los pasos de la parejita para impedir que Wood se envalentonara y acabara haciendo algo de lo que se arrepintieran todos, pero el mérito era de Regina. Ella solamente había tenido que torear los piropos del griego, a quien tuvo que rechazar en varias ocasiones con toda la elegancia que supo reunir. Había sido agotador, pero solo por tener aquel contrato asegurado, había valido la pena. Casi le pareció sentir el tacto rugoso del documento que Wood había firmado con su puño y letra, aunque se encontrara en el fondo de su pequeño bolso de fiesta.

- ¿Qué le dijiste para convencerle de que firmara?

Regina pareció ruborizarse ante la pregunta. Fijó la mirada en los escalones que subían hacia su habitación y se detuvo un momento.

- Bueno, digamos que le dejé entrever que yo sería su editora y que trabajaríamos codo con codo, hasta altas horas de la madrugada si fuera necesario.

- ¡No!

- Sí, hija, sí.

Los ojos de Emma brillaron con diversión. Regina la miró con temor de que la juzgara por haber utilizado sus mismas tácticas. Ella no era así, esos no eran sus métodos, y sin embargo, aquella noche vio claramente que la única manera de cerrar un acuerdo con Wood era flirteando con él.

Emma se limitó a dedicarle una sonrisa de oreja a oreja, como si con ello intentara transmitirle lo orgullosa que se sentía de ella. Regina iba a poner un pretexto para su comportamiento, pero notó que Emma la rodeó por la cintura, atrayéndola con fuerza hacia su cuerpo. Fue todo tan rápido que Regina casi ni se percató de cómo había acabado abrazando a Emma, muy fuerte, muy cerca, su cabeza reposando sobre su hombro. Regina suspiró profundamente al sentir el contacto con su cuerpo, al aspirar el perfume de la rubia, que tenía la barbilla clavada en su hombro. Su boca estaba tan cerca de su oreja que, cuando la rubia habló, una bocanada de aire tibio lamió la sensible piel de su cuello.

- Gracias por habernos salvado el pellejo - le dijo, antes de estrechar todavía más el abrazo.

Emma olía tan bien que cerró los ojos para intentar memorizar la fragancia. Su piel blanca estaba caliente, era suave y Regina sintió un cosquilleo en las yemas de los dedos cuando deslizó sus manos por la espalda de su vestido. Sintió de nuevo el olor de su perfume, colándose muy dentro, grabándose a fuego en su memoria.

Rompieron el abrazo, pero Emma sentía la cabeza llena de aire por culpa de las copas de champán. Las burbujas doradas no eran buenas consejeras, y aunque la tentación era grande, no quería hacer algo de lo que se arrepentiría al día siguiente, así que solamente se inclinó, le dio un beso en la mejilla y caminó hasta la puerta de la habitación.

Regina se quedó un rato al pie de la escalera, observando cómo abría la puerta, desconcertada por lo que aquel abrazo le había hecho sentir. Justo en ese momento comprendió que el viaje había terminado y no supo si debía sentirse triste o aliviada. Al final iba a poder pasar la Navidad con Robin y el resto de su familia, pero en lugar de sentirse feliz por ello, la idea solo le provocó indiferencia. Al día siguiente regresaría a Storybrook. El viaje tocaba a su fin y eso significaba que en menos de veinticuatro horas todo volvería a ser como antes. Pero Regina ya no estaba segura de que esto fuera lo que deseaba.

...

Emma se despertó inquieta y desorientada. Por un momento había olvidado que todavía se encontraba en Durness y que esa misma mañana debían regresar a casa. Miró hacia el lado derecho y vio que la cama de Regina estaba vacía. Las sábanas estaban revueltas, dándole a la escena un aire inequívoco de abandono, lo cual le transmitió una sensación de vacío. Era todo muy absurdo y llevaba días reprendiéndose por ello, pero no podía evitarlo.

Una semana antes habría dado cualquier cosa por volver a casa y librarse de la presencia de la morena. Ahora, sin embargo, habría sido capaz de donar sus pagas extra con tal de quedarse un día más en Durness con ella. A veces, la vida la llevaba por derroteros que no era capaz de comprender, pero tenía que aceptarlos igualmente, pensó tras esconder su rostro debajo de la almohada. Entonces escuchó los pasos de Regina entrando en la habitación, pero prefirió mantenerse quieta, como si siguiera durmiendo.

- ¿Estás despierta? Voy a darme una ducha - le dijo ella.

Emma no se molestó en contestar. Estaba demasiado ocupada tratando de controlar las ganas que tenía de llorar y el nudo que se le había formado en la garganta. Prefirió esperar a que Regina volviera a entrar en el baño, porque no estaba dispuesta a darle demasiadas explicaciones, así que esperó a escuchar la puerta, cerrándose, para retirar la almohada de su rostro. Suspiró. ¿A qué venía esta frustración que sentía? ¿Desde cuándo se sentía así por Regina?

En el interior del cuarto de baño, la morena recostó la espalda contra la puerta y permaneció así varios minutos, mirando el techo enmohecido por las vaharadas de agua caliente que desprendía la bañera. El grifo estaba abierto pero todavía no había sido capaz de entrar en la ducha. Se encontraba derrotada, vacía. Por algún motivo inexplicable, regresar a Storybrook era como escalar una montaña muy alta y escarpada. Ni siquiera tenía ganas de volver a ver a Robin. Le daba igual si se reencontraba con él o si cuando al llegar a casa se encontraba con una nota de despedida en la que le decía que la había dejado para siempre. Le era indiferente. Y eso era horrible.

Sentía ansiedad y un pinchazo en el pecho cada vez que pensaba en ello, y aunque llevaba varias horas despierta, todavía no había sido capaz de hacer la maleta o de darse una ducha para ponerse en marcha. Los últimos minutos los había pasado pensando en las musarañas, observando de refilón a Emma, que dormía profundamente y sonreía en sueños. En varias ocasiones se preguntó en qué estaría pensando y se culpó a sí misma por sentirse así, porque tenía claro que si Emma descubría que no deseaba volver a Storybrook, se reiría de ella. Seguramente, ella estaba contentísima de regresar a su ajetreada vida social y ni se le pasaba por la cabeza que Regina estuviera ahora mismo al borde de las lágrimas.

Apretó los dientes para contener las ganas que tenía de llorar. Aquello era absurdo. Regina no estaba acostumbrada a sentirse así, tan desorientada y perdida. Por lo general, actuaba de manera racional con todo lo que le pasaba y siempre era capaz de controlar sus sentimientos. Pero ahora se sentía vulnerable, pequeña, frágil. No tenía ni idea de a qué se debía esa tristeza tan profunda y devastadora, que conseguía incluso dejarla paralizada durante segundos enteros. Esperaba volver a la normalidad al pisar Storybrook, pero tenía el presentimiento de que algo había cambiado en su interior, como si una pieza importantísima estuviera rota o hubiera dejado de funcionar. Aquello no iba a ser un camino de rosas.

Tras varios intentos, consiguió hacer acopio de fuerzas y ponerse en marcha. Cambió la temperatura del agua, intentando no pensar en nada más que en darse una ducha. Comprobó que estaban allí los shampoos, aunque no vio su cepillo del pelo por ninguna parte. Miró en su neceser y en los cajones, donde tampoco lo encontró, y acabó llegando a la conclusión de que se lo había dejado fuera, en la coqueta o en la mesita de noche, aunque ahora no estaba de humor para salir y tener que fingir una sonrisa delante Emma. Si acaso, ya lo buscaría después.

Recordó entonces haber visto a su compañera metiendo su cepillo en su neceser la noche anterior, y supuso que no le importaría que lo usara. Así que fue hasta él y metió la mano en el neceser para extraerlo. Pero al hacerlo consiguió que algo cayera en el suelo del cuarto de baño. Se trataba de un sobre blanco, un poco abultado, sin remitente ni nada escrito en su superficie.

Regina lo miró con el ceño fruncido y se agachó para recogerlo. Por unos segundos se sintió tentada de abrirlo, pero en seguida se reprendió a sí misma por haber tenido una idea tan fuera de lugar. Husmear en la vida de los demás era muy impropio de ella, y además estaba mal, pensó, mientras volvía a meter el sobre en el neceser. Estaba ya a punto de meterse en la ducha, pero entonces recordó lo que había dicho Emma, aquel día en la taberna, cuando le dijo que solo conocía su pasado. ¿Y su presente? se preguntó. ¿Contendría aquel sobre la respuesta a la misteriosa Emma Swan?

Dejó el cepillo encima del lavabo y miró largamente el sobre. Una de sus esquinas asomaba por la esquina del neceser, como tentándola a que lo cogiera de nuevo. Estaba a punto de violar la intimidad de su compañera, pero, aunque fuera plenamente consciente de ello, la tentación se hizo mucho más poderosa. Cerró los ojos, intentando reunir el valor para hacerlo, y rápidamente estiró el brazo para agarrar el sobre.

Sus dedos se deslizaron entonces por la solapa, apartándola con ansiedad. Regina miró por encima de su hombro solo para cerciorarse de que la puerta no estaba abierta. Se quedó más tranquila al ver que el pestillo estaba bien echado. En el interior del sobre había varios papeles y fotografías. Extrajo una, la primera que salió, y contempló en ella a una chica muy guapa, morena, alta y delgada. La chica abrazaba a Emma mientras le daba un beso en la mejilla. Regina giró la fotografía y vio la dedicatoria. Alguien había escrito detrás: "No me importa nada con tal de que estemos juntas. Por favor, piénsalo".

El sobre también contenía cartas, decenas de cartas manuscritas. Todas ellas acababan con un "PD: Te quiero" y las firmaba alguien que se hacía llamar "L".

Regina no pudo resistir la tentación de descubrir qué ponían aquellas misivas, y empezó a leer la primera de todas, creyendo que le servirían para conocer un poco más a Emma. Pero a medida que avanzaba en su lectura su rostro iba mudando de expresión y hubo momentos en los que se ruborizó como una colegiala, sorprendida por lo que acababan de ver sus ojos. Otras veces solo frunció el ceño, pero en ciertos pasajes tuvo que reprimir un "oh" de sorpresa. Aquella lectura consiguió confundirla tanto que inicialmente no fue capaz digerir toda esa información, como si acabara de entrar en un profundo estado de shock.

Emma Swan, la misma Emma que desdeñaba las atenciones de Jones y de todos cuantos la cortejaban, la Emma que despertaba suspiros cuando entraba en un bar, la que podía tener a sus pies a cualquier hombre del planeta tierra o de cualquier planeta galáctico, vivo o muerto… esa Emma… ¿Tenía novia? Regina no daba crédito.