Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


~Creo que te Amo~

Por: Devil-In-My-Shoes


VII: Cosas de Avatar

Kuvira oía el canto de los pájaros y los sonidos de los insectos en las ramas por encima de su cabeza y a ambos lados de ella. Lo único que veía eran árboles y el destello ocasional de los tejados del templo en la distancia, muy lejos ya de donde ella se encontraba. El sol todavía estaba relativamente alto y su calor era agradable, sin la intensidad que tendría más adelante, durante el verano.

Kuvira continuó alejándose, vagando sin un rumbo fijo más allá de los senderos marcados de la isla, adentrándose más y más en sus enmarañados bosques. Notó que los árboles a su alrededor eran de follaje denso, troncos gruesos, elevados y añosos. La maleza era espesa y dibujaba una multitud de sombras a su alrededor.

Y ella, que no estaba acostumbrada a vivir en comunión con la naturaleza, se preguntó de manera instintiva qué cosas podrían estar acechando en el sotobosque.

Podría haber espinas, escarabajos malolientes o algo peor. ¿Qué tal serpientes venenosas? No. Eso no tenía sentido. ¿Cómo llegan las serpientes a una isla? ¿Nadando? Se sintió estúpida haciéndose esas preguntas. Claramente no era una experta en el tema. De plantas y animales no sabía nada.

Ella era una estratega, una combatiente militar, una maestra metal del más alto calibre.

O, al menos, alguna vez lo fue.

Lo cierto era que Kuvira no tenía idea de quién o qué era ella ahora. Estaba perdida, y no solamente por merodear en medio de un bosque que no conocía. Estaba perdida en el interior también, insegura de qué hacer con su vida o de cuál destino le aguardaba en el futuro.

Maldijo a Korra por nunca estar presente cuando ella la necesitaba, y después se maldijo a sí misma mil veces más, por haberse vuelto tan dependiente de la joven Avatar. No. Tenía que detener esto antes de que empezara. No sucumbiría a la autocompasión de la soledad.

Era el colmo. Ya tenía suficiente con la lástima de las personas ajenas a ella, como para tenerse lástima a sí misma. Había caído bajo, cierto, pero todavía no tocaba fondo. Algo de dignidad propia tenía que poder salvar. Las palabras de Opal Beifong calaban hondo, pero no eran distintas a las voces acusadoras que solía escuchar en prisión, día y noche.

Kuvira no reparó en la creciente velocidad y ferocidad con la que se movía por entre los árboles. Estaba enardecida, confundida. Fuera de sí por completo, y al mismo tiempo, tan ensimismada que poco le importó la espantosa sensación de vacío que volvía a crecer en su pecho.

¿De verdad le habían afectado tanto las palabras de Opal? ¿O era por haberse ido sin disculparse con Ikki?

Quizás todo esto se reducía a que Kuvira no tenía ni la más remota idea de cómo demonios sentirse. Pues nunca se había permitido sentir más allá de lo que ella consideraba adecuado. Y esto, bien podía ser muy poco o nada en lo absoluto.

Sin poder prevenirlo, la senda que recorría se abrió a un claro. Y al salir del bosque, se halló en medio de una planicie que se extendía hasta los riscos bajo los que reventaban las olas. Estaban reverdecidos sus pastos, y el terreno se extendía llano y amplio, albergando a un pequeño grupo de bisontes, que masticaban perezosos la fresca maleza que los rodeaba.

Había una cerca de madera, decorada con pintorescos banderines, que encerraba la mayoría de la llanura, y al fondo se encontraba una solitaria construcción de madera, algo así como un cobertizo. Junto a éste había una serie de cuevas, al pie de una colina. Eran los establos donde se alojaba el rebaño de bisontes voladores.

Kuvira escudriñó el paisaje en silencio, sin moverse de donde estaba. Al igual que con Naga, las bestias grandes y peludas podían ponerla algo nerviosa. Pero aunque le resultaba desconcertante ver a tantos bisontes juntos, agradeció que su nuevo descubrimiento en la isla la hubiera ayudado a ocupar su mente con cosas menos angustiantes.

Diez toneladas de pelo con un par de cuernos en la cabeza y seis patas pueden distraer a cualquiera, ¿no?

—¡Ey! ¡No seas glotón! —escuchó gritar a alguien en tono alegre.

No muy lejos de ahí, Kuvira divisó la figura de un muchacho que forcejeaba con uno de los bisontes, intentando sacarle un grueso fajo de heno del hocico. El bisonte sostenía el alimento con fuerza entre los dientes y, con un vigoroso resoplido, consiguió hacer caer al muchacho sobre sus espaldas. Victorioso, el bisonte bufó y engulló el heno con el mayor de los descaros.

El muchacho se levantó, dándose impulso hacia arriba con ayuda de sus brazos, en una ágil acrobacia. Inmediatamente comenzó a hacer pucheros, quejándose y regañando al gigantesco animal por su comportamiento. ¿Pero al bisonte le importó? No, en lo más mínimo, y siguió masticando como si nada.

—¡Oogi! ¿Qué tengo que hacer para que me respetes? —le recriminó el chico—. ¡Si no sigues la dieta que te impuso Tenzin, te vas a poner gordo! ¡Gordo!

Por alguna razón, aquella escena cobró el interés de Kuvira, así que decidió acercarse un poco más.

Reconoció al muchacho luego de observarlo detenidamente. Era el maestro aire que acompañaba a Opal cuando se reunieron por casualidad en el Estado de Yi, hace ya más de dos años. Kuvira nunca olvidaba un rostro. Y difícilmente uno tan peculiar como éste: de piel oscura, cabello despeinado y rasurado a los costados; ojos verdes, de brillo pícaro y astuto.

Si su habilidad para juzgar personas a primera vista no fallaba, Kuvira podía intuir con toda seguridad que este muchacho era un revoltoso, o un pillo cuando menos. Un rebelde de los que hubiera enderezado con mano de hierro en el pasado, sin duda. Por supuesto, ahora no tenía intenciones de disciplinar a nadie. No buscaba otra cosa más que una tarea en la que ocupar su mente afligida, aunque no fuera de su incumbencia.

—¡Oye, muchacho! —lo llamó—. ¡Así nunca harás que te obedezca! ¡Tienes que demostrar más autoridad!

El chico se le quedó mirando sorprendido. Primero porque no sabía a ciencia cierta de quién se trataba, y segundo, porque no tenía idea de dónde había salido. La examinó con más cuidado y al percatarse de que era la mismísima Kuvira, dio un respingo asustado y, con una pequeña ráfaga de aire, saltó para ocultarse atrás del bisonte Oogi.

Kuvira rodó los ojos, exasperada. Claro, debió haber anticipado esa reacción. Ella era, después de todo, un ser aterrador a los ojos de las demás personas. Un monstruo…

—¿Para qué me molesto? —suspiró, alzando los brazos en signo de derrota.

Los dejó caer, cansada, y se dispuso a dar media vuelta para regresarse por donde vino. No bien había empezado a caminar, cuando el mismo chico se apareció de repente justo frente a ella. Así, como si se hubiera materializado de la nada o hubiera saltado del interior de la tierra.

Kuvira casi perdió el equilibrio por la impresión que le causó —o más bien—, el susto que le dió. Tan rápido como pudo, consiguió reponerse para no perder su porte reservado. Entonces, descubrió al chico riéndose de ella.

—¿En serio creíste que te tenía miedo? ¡Ja! —se burló—. ¡Te pillé! ¡Pillo hasta a los más grandes criminales de la historia! —se llevó una mano a la barbilla y enarcó una ceja, queriendo sonar engreído—. Soy bastante bueno, aunque lo diga yo mismo.

Kuvira no sabía si mostrarse ofendida o agradecida al oír aquello. Había acertado; ese muchacho era de los que gustaban pasarse de listos. Y por lo visto, no sabía medir riesgos tampoco. Burlándose de ella frente a sus narices, ¡qué osadía! Aunque, debía admitirlo, la hizo caer redondita. Nadie nunca la había engañado así. Era casi una hazaña digna de admirar.

—¿Y se puede saber quién eres tú, que se jacta de gastarle bromas a los demás?

El muchacho se frotó fugazmente la nariz con el dedo pulgar y, esbozando una sonrisilla confiada, dijo:

—Mi nombre es Kai. Y tú eres Kuvira, ¿no?

—Efectivamente —dijo ella, extendiéndole la mano con esa distinción que la caracterizaba—. Mucho gusto, Kai.

—¡Vaya, es cierto lo que dicen! ¡Para ser una ex-villana, eres muy educada!

—Siempre que no me hagan perder la paciencia.

Kai se rió y afirmó:

—¡No me asustas! Korra nos ha hablado mucho de ti y, además, sé que te quitó tus poderes. No eres una amenaza.

Kuvira se encogió de hombros y sonrió. Inconscientemente, se tomó aquella última frase como un cumplido. "No eres una amenaza". Tal vez Kai sólo lo decía por decirlo, pero para ella había mucho más significado en esas tres palabras de lo que él imaginaba. Ciertamente, ayudaba la mentira de Korra, que les hacía creer a todos que no tenía sus poderes de control. Pero también había algo en Kai que lo diferenciaba de las demás personas con las que había tratado, a excepción de Ikki y Rohan. Y es que él se atrevía a mirarla directo a los ojos.

No sólo eso, sino que además, le sostenía la mirada con aire confianzudo y amistoso. Era tan impetuoso como la misma Korra. Sí, quizás podría llevarse bien con alguien que verdaderamente no le temiera ni le tuviera lástima después de todo. Kuvira se sintió renovada al percatarse de esto. Era un alivio.

—Por cierto —habló de pronto Kai—. ¿Qué fue eso que dijiste de tratar a Oogi con más autoridad? ¿Sabes cómo hacer que un bisonte de diez toneladas te obedezca?

—No tengo experiencia con animales, pero he dirigido a un ejército de más de diez mil hombres. Entre eso y un bisonte, ¿qué diferencia puede haber?

Kai le envió una mirada desafiante.

—¿Te gustaría intentarlo?

No tenía que preguntárselo dos veces. Kuvira necesitaba desesperadamente ponerse a hacer algo, lo que fuera. Siempre se sentía mejor cuando se enfocaba en el trabajo. Quedarse sin hacer nada era sinónimo de dejarse consumir por sus propios pensamientos, igual que hace unos momentos, cuando vagaba por el bosque. Odiaba quedar vulnerable ante su mente desenfrenada, que conocía sus debilidades mejor que su peor enemigo.

Ya la había torturado lo suficiente durante sus noches de insomnio en prisión.

Poco a poco, Kuvira fue dejando de sentirse intimidada por el tamaño de aquellos gigantescos animales, que resultaron ser las criaturas más dóciles con las que jamás haya tratado.

Kai le presentó a su compañero "Lefty", un bisonte de pelaje largo y alborotado; el más demandante en cuanto a cuidados de acicalamiento. Trabajaron también con "Pepper", una de las hembras y compañera de Jinora. El glotón "Oogi", uno de los más viejos y compañero de Tenzin. Estaba el mocoso "Juicy", un tierno pero desagradable bisonte con rinorrea severa. Era el compañero de Opal, la única que toleraba cubrirse de moco al recibir mimos del animal.

Acicalar a un bisonte no era una tarea sencilla. Había que cepillar minuciosamente cada centímetro de pelo en ellos, utilizando pesadas almohazas que debían sostenerse con ambas manos. Eso resultó ser un buen ejercicio para los brazos, pero se tornó agotador al final del día.

Además, había que limpiarles con cuidado el área de los ojos, nariz y hocico. Un verdadero desastre en el caso de Juicy, y casi una tortura para Kuvira, que tenía cierta obsesión por la higiene, y era perfeccionista en cuanto a su apariencia personal. También era necesario limpiarlos entre los dedos de sus enormes patas, sacándoles lodo y hasta insectos.

Asqueroso y demandante, sí. No obstante, el mantenerse ocupada en algo estaba dando resultados, y la compañía de Kai era afable. El muchacho le dio buena conversación durante el trabajo; le habló de su pasado antes de ser reclutado por Tenzin y Korra. Y Kuvira desarrolló simpatía hacia él, al enterarse de que había sido huérfano al igual que ella. No sólo eso, sino que también había sido un ladronzuelo en constante conflicto con la policía.

—Sé que no es lo mismo —dijo Kai—. Pero creo que te entiendo. No es fácil corregir tu camino o pagar tus deudas con la sociedad… Yo también tuve muchas dificultades para adaptarme a una vida normal aquí con los maestros aire. Ganarse la confianza de las personas puede ser todo un reto, pero no es imposible —Alzó a verla y le sonrió con gentileza—. Ánimo, estoy seguro de que tú también lo lograrás si te lo propones.

Kuvira asintió, pensativa.

—Gracias por el consejo.

Llegada la tarde, terminaron con los bisontes y se dedicaron a limpiar los establos. Kai apilaba el heno y barría los desechos, mientras que Kuvira se encargaba de darle lustre a las sillas de montar y los demás arreos que le permitían a los maestros aire viajar cómodamente sobre sus bisontes. Kuvira enceró las riendas con cuidado, disfrutando del aroma a cuero que desprendían, tan absorta en lo que hacía, que pronto perdió toda noción del yo.

La había invadido una sensación de paz como ninguna. Nada se comparaba al placer de volver a sentirse útil. Y los bisontes lo agradecían.

El final de la tarde lo vieron llegar echados sobre la hierba, tomando un merecido descanso. Soplaba una brisa marina suave y fresca, que se escuchaba por encima de los grillos y los bramidos espontáneos que llegaban desde los corrales. Si alguna vez el agreste olor a establo molestó a Kuvira, ahora le parecía haberse olvidado por completo de éste. Era la fragancia salada del mar y del heno la que inundaba sus sentidos, cada vez que el viento suspiraba en su rostro.

Ambos sujetaban un cuenco con leche recién ordeñada entre sus manos; la bebían a pequeños sorbos mientras se deleitaban con el silencio y la paz del campo. El cielo se había tornado de un intenso color violeta con la caída de la noche, y un halcón solitario se mecía sobre ellos, entre los últimos rayos del sol.

—No te preocupes por Ikki, dudo mucho que vaya a resentirse contigo por algo como eso —comentó Kai, sentado de piernas cruzadas a su lado.

—¿Tú crees? —Kuvira desvió la vista—. Esa niña… No se merecía que la tratara de esa forma. No quise ser tan dura con ella, pero tampoco pude evitarlo. Sólo soy así…

—Sí, bueno… —suspiró el muchacho—. Ella te estima bastante, ¿sabes? Ikki ya de por sí es parlanchina, y anoche no hubo quién la callara. No paraba de hablar sobre ti. No sabemos qué mosco le picó, pero está cautivada contigo. Creo que tiene más fe en tu rehabilitación que nadie en esta isla. Ikki te admira por haberte atrevido a cambiar y a rehacer tu vida; es todo lo que puedo concluir.

Kuvira guardó silencio.

—Ya sé lo que te pasa —afirmó Kai sagazmente—. Estás evitando a las personas porque temes que te guarden lástima. ¿Y sabes una cosa? Yo no creo que Ikki esté así de obsesionada contigo sólo por lástima. Tampoco creo que Korra piense igual. ¡Sobretodo Korra, cielos! ¡Ella misma no soporta que otros le tengan lástima! Entonces, si Korra está consciente de que ustedes dos son tan parecidas, ¿no sería una tontería pensar que te daría ese trato?

Kuvira no pudo evitar estremecerse al oír esto y le envió una mirada sorprendida a Kai. El chico tenía razón…

—¿Y a qué se debe tanta amabilidad de tu parte? Si se puede saber —inquirió ella a secas.

Kai se echó los brazos atrás de la cabeza y se tumbó en el pasto con gran despreocupación.

—Ésa es fácil. Al principio me dabas mala espina, es cierto, aunque no me parecía que hubiera razón para temerte como antes. Sin embargo, he visto la dedicación que pones en todo lo que haces. Puedo darme cuenta de que realmente estás intentándolo, y por si fuera poco, los bisontes se sienten cómodos contigo —volteó a ver a Kuvira momentáneamente—. Si hay algo que he aprendido, es a nunca dudar del juicio de un bisonte. ¿Ellos te perciben como una buena persona? Entonces yo también.

—Ojalá todo el mundo pensara igual a ti —suspiró Kuvira—. No tienes idea de cuánta angustia me has quitado de encima —sonrió—. Gracias, Kai.

—Hey, ¡para eso estoy!

Anochecía. Kuvira y Kai se dispusieron a regresar al área común del templo con el resto de las personas. Esta vez, siguieron el sendero en lugar de irse por el bosque. Y fue por eso que Kuvira consiguió avistar, con el rabillo del ojo, un corral que Kai —sospechaba ella— había olvidado mostrarle.

Lo que atrajo su curiosidad, sin embargo, fue el enorme ejemplar de bisonte que alojaban ahí. Más grande incluso que cualquier otro miembro del rebaño. Estaba echado en un rincón distante, alejado de todo. Su pelaje era opaco, carente de brillo, como si no le dieran los cuidados necesarios. Tampoco parecía tener la misma energía que los demás. Era como si estuviera enfermo. Otro detalle que sobresalía en este extraño bisonte, era que habían cubierto su ojo izquierdo con un parche hecho de vendajes.

—Oye, Kai. ¿Por qué omitimos a éste? —indagó Kuvira, señalándolo con el pulgar.

—Bueno, pues porque…

Kai se vio obligado a detener su argumento al ver con horror cómo Kuvira se le acercaba tranquilamente al bisonte rezagado. Tuvo que impulsarse con aire control para caer frente a ella y frenarla.

—¡Si fuera tú no me acercaría a ese bisonte, te lo advierto! ¡Es Parche! ¡Se trata de un animal muy agresivo, es peligroso!

—Peligroso, ¿eh? —musitó Kuvira, que ignoró su advertencia y continuó acercándose a Parche.

A Kai le pareció que los ojos de la maestra metal chispeaban conforme más se aproximaba al temido bisonte. ¿No lo había escuchado correctamente? ¿Qué acaso Kuvira no conocía la definición de "peligro, no te acerques". Desesperado, el muchacho persistió con sus advertencias. Pero Kuvira, tan terca como el más desobediente del rebaño, sencillamente hizo lo que le dio la gana.

Ella se apoyó en el corral y examinó a Parche. Intuyó que el bisonte la había olfateado, porque en un segundo se levantó sobre sus seis patas y le clavó su único ojo con ferocidad. Bufaba con fuerza, podía verse el aire que expulsaba por sus enormes fosas nasales. Claramente estaba amenazando a Kuvira y ella, aunque consciente de esto, no hizo el intento de retirarse a una distancia prudente.

Kai la observaba nervioso, a punto de comenzar a morderse las uñas. No sabía explicarse lo que Kuvira pretendía hacer, o por qué demonios la había atraído de esa manera la mención del peligro. Tuvo que cubrirse la boca para no dejar escapar un grito agudo al verla escalar la cerca y saltar dentro de los dominios del agresivo Parche.

—¿Estás loca? ¡Sal de ahí! —le suplicó.

Kuvira ni siquiera le estaba prestando atención al chico. Su semblante de acero estaba fijo solamente en el bisonte. El animal arrastró una de sus patas delanteras contra la tierra repetidamente, levantando polvo, amenazándola con que pronto la embestiría de frente. Cuernos gruesos y puntiagudos, más de diez toneladas de peso que estaban por venírsele encima…

Y Kuvira que no se movía de su lugar. Erguida, con la barbilla en alto, firme y orgullosa como la maestra tierra y metal que era.

—¿Así que quieres aplastarme? —le dijo—. Muy bien. Acepto el reto. ¡Cuando quieras!

—¡Kuvira qué…! —gritó Kai—. ¿Te quieres matar? ¡Sal de ahí ahora!

Ya era demasiado tarde. El bisonte se lanzó contra ella enardecido y feroz. Kuvira lo esperó con una mirada fría y calculadora. La distancia entre humana y bestia se acortaba. El tiempo de Kuvira se acababa y las oportunidades de escapar se agotaban. Kai no sabía si cubrirse los ojos o saltar en un intento cien porciento arriesgado de salvarla.

Kuvira no le dio oportunidad de pensarlo.

En el momento justo, Kuvira saltó y se colgó del cuerno derecho del bisonte para impulsarse con una sorprendente habilidad acrobática en la dirección opuesta. Parche se estrelló contra la cerca y Kuvira aterrizó del otro lado del corral, respirando agitada. El animal se preparó para arremeter contra ella una segunda vez, y fue ahí cuando Kai decidió intervenir. El muchacho disparó una corriente de aire para aturdir al bisonte y luego sujetó a Kuvira para volar con ella lejos del corral.

Ya en tierra, Kai no pudo creer que la única reacción de Kuvira tras cometer semejante locura, fue empezar a reírse. La mujer se dejó caer de espaldas sobre el pasto, cansada, pero riendo todavía.

—Perdóname, lo siento —admitió ella, casi sin aliento—. Tenía que hacerlo. Necesitaba la adrenalina en mi sangre. No pude evitarlo, es un vicio. Me siento más viva que nunca ahora. Me hacía mucha falta… algo de acción, ¿sabes?

—¡Maldición! ¡Eso fue demente! —espetó Kai, sin salir de su asombro—. Pero fue genial… Estás chiflada, ¡pero eso fue increíble! Debería acusarte con Tenzin, pero no lo haré. No por esta vez. Tienes suerte de que me caes bien, ¡o si no!

—Solamente dime una cosa… ¿Por qué tienen a un bisonte así en este lugar?

Kai suspiró entristecido, contemplando al agresivo bisonte desde lejos.

—La historia de Parche es triste. Lo encontré una mañana cuando sobrevolaba las planicies que bordean Ciudad República, al pie de la cordillera montañosa. Estaba herido de gravedad, pero sus lesiones no eran como nada que hubiera visto antes. Ningún veterinario supo decir con exactitud qué se las había provocado. Nosotros suponemos que se trata de cazadores furtivos otra vez. La carne de bisonte es rara y muy apetecida por las familias adineradas; además sus cuernos y piel pueden llegar a valer una fortuna…

—Entiendo.

—Pero eso no es lo más triste de todo —continuó el muchacho—. Trajimos a Parche al templo con la esperanza de poder integrarlo al rebaño, pero se nos ha vuelto una tarea imposible. Es agresivo tanto con humanos como con los de su especie… No nos permite alimentarlo ni proveerle los cuidados que necesita —miró a Kuvira con urgencia—. Te suplico que no divulgues esto, especialmente por Ikki. Ella se ha encariñado con Parche, tiene la esperanza de poder encontrarle un lugar al que pertenecer, pero… Si sigue comportándose así, no pasará mucho antes de que lastime gravemente a alguien… Y como no puede volar debido al daño que le provocaron sus heridas, tampoco podemos liberarlo en las montañas…

Kuvira se incorporó de repente, su rostro teñido de preocupación.

—Eso quiere decir que…

El semblante de Kai se ensombreció antes de sentenciar:

—Correcto. Si las cosas no cambian pronto, no quedará más remedio que sacrificar a Parche.

—Maldita sea… —exhaló Kuvira, sin poder sacarse de la cabeza el pensamiento de Ikki. Quería ayudarla—. ¿Y no hay nada que puedan hacer al respecto? Alguien debe poder domar a ese bisonte.

—Muchos lo han intentado y fracasado, incluido Tenzin. A este punto, creo que el único con la suficiente experiencia para hacerlo es el Avatar Aang… Por desgracia, él ya no puede ayudarnos…

Kuvira guardó silencio unos instantes antes de ponerse de pie con decisión.

—¿Qué si yo quisiera intentarlo? —propuso.

Kai abrió los ojos de par en par y la miró incrédulo.

—¿Tú? ¿Qué sabes tú de domar bisontes salvajes? ¡Hasta hoy entraste en contacto con uno!

—Estoy consciente de eso y también de que no cuento con la experiencia. —Su voz era firme y potente—. Sin embargo, también sé que tengo más determinación que ningún otro. Unifiqué el Reino Tierra en un noventa porciento en cuestión de tres años. Estoy segura de que domar a una bestia apestosa no será problema para mí. Cuando me propongo algo, lo cumplo.

—Bien, si ya te decidiste…

—Dime Kai, ¿dónde puedo encontrar más información sobre los bisontes voladores? Necesito adquirir conocimiento.

El muchacho sonrió con entusiasmo.

—Creo que conozco el lugar perfecto. ¡La biblioteca del templo! Tal vez Jinora pueda ayudarnos a encontrar algo útil —Kai se sonrojó, probablemente por pensar en aquella chica—. ¡Ella es la experta después de todo!

—Excelente. Condúceme allá.


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Aquel era un salón enorme, repleto de estanterías que formaban intrincadas galerías en su interior. Paredes tapizadas con libros de todos los tamaños y colores, algunos tan antiguos como el mismo maestro aire que los recuperó de los templos abandonados durante la Guerra de los Cien Años. Era impresionante, pero no era tan grande y vasta como la biblioteca pública de Zaofu.

Aún así, Kuvira no podía separar sus ojos de los estantes. Su sed de leer seguía sin saciarse luego de dos días en libertad.

Por desgracia, tuvo que conformarse con esperar en uno de los pasillos mientras Kai buscaba a Jinora. No por decisión del chico, sino porque Kuvira misma temía que su presencia pudiese causar una mala reacción en la primera maestra aire de su generación en lucir los tatuajes de punta de flecha. Así que se apoyó contra una de las estanterías cercanas, y se entretuvo ojeando los lomos de los libros a su alrededor.

Habían grandes ventanales cuya función principal era iluminar la oscura bóveda, al dejar pasar los rayos del sol. No obstante, como ya había anochecido, se colaba tan sólo un haz de luna y el resto de la estancia estaba alumbrado por velas encendidas. Detalles que infundían una tonada de misterio en la solitaria biblioteca.

Las pisadas de Kai hacían eco en todo el salón, y fue gracias a eso que Kuvira pudo darse cuenta cuando el chico se encontró finalmente con Jinora. La joven estaba acomodando unos volúmenes en las repisas más altas, apoyada en una escalera corrediza.

—¡Por favor, te lo suplico! —rogó Kai—. ¡Es por una buena causa!

—Normalmente hubiera aceptado a tu petición, pero es que todavía no me atrevo a confiar en Kuvira —replicó Jinora con seriedad—. Por lo que sé, podría darle un mal uso hasta a una guía sobre los hábitos alimenticios de los bisontes.

—¿Sabes a quién te pareces? —refutó el muchacho en tono burlón—. ¡A ese espíritu búho del que me hablaste el otro día! ¿Cómo era? ¡Ah sí!

Extendió las alas de su traje y se cubrió la mitad del rostro con el brazo, usando el pliegue elástico cual si fuera la capa de un villano. Entonces habló en voz profunda y severa:

—"¡Soy Wan Shi Pong! ¡Aquel que come diez mil moscas!"

A Jinora le fue imposible no soltar una risilla por las ocurrencias de su novio y, fingiendo enojo, dejó caer un libro sobre la cabeza del chico para que dejara las tonterías.

—Es "Wan Shi Tong, aquel que sabe diez mil cosas…" —lo corrigió divertida—. Me sorprende lo difícil que es negarse a tus peticiones, gran bobo. Está bien, te conseguiré los libros que pides y adjuntaré mis notas de trabajo de campo. He observado a los bisontes salvajes por años, de seguro serán muy útiles. —Su mirada se tornó circunspecta—. A pesar de eso, no entiendo qué puede hacer Kuvira que no hayamos intentado nosotros antes con Parche.

Cuando Jinora descendió las escaleras y encaró a Kai, el chico le dedicó una sonrisa rebosante de confianza.

—Pues para empezar, soy testigo de que Kuvira es la primera en enfrentarlo sin tenerle ni una pizca de miedo. ¡Esa mujer puede ser tan intimidante como el mismo Parche!

—¿Y aún así trabaste amistad con ella? —inquirió Jinora en tono irónico.

—¿Qué mejor forma de vencer a tus enemigos, que convirtiéndolos en tus amigos?

A Jinora se le encendieron los ojos al tiempo que dibujaba una expresión conmovida en su joven rostro.

—El abuelo Aang dijo eso…

—Él y el Señor del Fuego Zuko se volvieron los mejores amigos, ¿no? —agregó Kai—. Creo que lo mismo pasó entre Korra y Kuvira.

—Deben ser cosas de Avatar —bromeó Jinora.

Del otro lado de la galería, Kuvira sonreía para sí misma, contemplando la luna menguante que se asomaba por la ventana. Definitivamente, cosas de Avatar. Pero Korra había conseguido ir un paso más lejos, como siempre lo hacía.

Ella estaba enamorada de su enemiga.

»Continuará…