Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.
~Creo que te Amo~
Por: Devil-In-My-Shoes
I: Acecha la Incertidumbre
Odiaba cuando la lanzaban al patio con los demás reclusos de la prisión. No era como si hiciera alguna diferencia a la de estar presa en las cuatro paredes de su celda. Ésta era sólo una jaula más grande, de cielo abierto y repleta de convictos considerablemente igual de peligrosos que ella.
Para hacer las cosas más divertidas, estos convictos estaban conscientes de quién era ella. Y ya fuera por venganza, placer o simple maldad; gustaban de acorralarla contra la pared y hacer con ella lo que quisieran, mientras los guardias no veían.
—¿Qué pasa Gran Unificadora? —la retaban con burlas agrias—. ¡No eres más que una patética farsa!
Kuvira se limitaba a guardar silencio y a mirar en otra dirección, procurando ignorarles.
En otros tiempos, los habría hecho callar con sólo un gesto de su mano. En un abrir y cerrar de ojos, les habría cubierto la boca con una banda de metal. Pero ahora, si bajaba la mirada y contemplaba sus manos, las hallaría atrapadas en esposas de platino. La habían privado de la única cosa que le quedaba, y por la que había trabajado con esmero y sacrificio durante años: su metal control.
Sin sus poderes de control, estaba indefensa. Como si su falta de ánimos para luchar no fuera suficiente para dejarla desarmada. A diferencia de ella, los otros reos no estaban esposados de manos las veinticuatro horas del día. Kuvira era una prisionera de máxima seguridad después de todo. Y si esto lo hacían para proteger a los otros reclusos con respecto a ella, ¿entonces qué hacían los encargados de la prisión por su seguridad?
Porque nadie allí cuidaba de ella.
Las golpizas llegaban semanalmente con cada salida al patio de ejercicios, y nadie parecía escuchar sus gemidos adoloridos. Nadie parecía reparar siquiera en que ella existiera. Y si algún guardia, casualmente lo hacía, simplemente desviaba la mirada y pretendía no haber visto nada.
Porque a nadie le importaba, a nadie le interesaba. ¿Quién podría sentir compasión por una tirana como ella?
—¡Oye, tú! —le gritaron de nuevo, esta vez acercándosele con aires amenazantes—. ¡Te estoy hablando!
Kuvira alzó a verlos fugazmente, antes de dirigir sus ojos de regreso al suelo en completo silencio. Ya parecía una estatua de piedra, siempre de pie en el mismo rincón, con la cabeza baja y la mirada perdida. Concentrada en no demostrar la vulnerabilidad que había adquirido con el paso de los años, allí en prisión. Porque si algo había aprendido en su tiempo como prisionera, era que si los otros reclusos percibían su debilidad, instantáneamente sería la débil.
—Todavía te crees la gran cosa, ¿no es así? —replicó uno de ellos, por mucho más alto y fornido que ella.
Kuvira tragó saliva, se encorvó y apretó los ojos con fuerza, preparándose para lo que venía.
Siempre era lo mismo. Primero la acosaban verbalmente y después le llovían los golpes. Antes al menos lo intentaba, luchar… Pero ahora estaba consciente de que no tenía caso. Cien contra una, ¿cómo podría tener oportunidad? Bien merecido se lo tenía.
«Me lo merezco, me lo merezco, me lo merezco…» Esa era la frase que se repetía antes, durante y después del castigo.
—¡Mi hermana estuvo ahí! —le gritó una voz distinta—. ¿Sabías?
Ésta era femenina y no sólo venía cargada de rabia, sino que además, vino acompañada de un escupitajo que lanzó directo a su rostro.
Kuvira ni se inmutó.
—¡Después de que destruyeras la ciudad encontraron su cuerpo! —continuó la iracunda voz—. ¿Tienes idea de cuánto tiempo tardaron en identificarla? ¡Por tu culpa está muerta! ¡Monstruo! ¡Asesina!
Monstruo… Asesina… Demente…
Durante sus primeros meses de estadía en prisión pretendió ignorar esos adjetivos. Y mientras más tiempo pasaba allí encerrada, pensando en ello, meditando… Más creía que en efecto era todas esas cosas y más. Y le dolía, le dolía tanto.
Alzó el rostro para observar a aquella convicta, entre sus enmarañados mechones de cabello negro, sucio y descuidado. Le dedicó una mirada sincera, con unos ojos tan tristes…
—Yo… Lo lamento mucho… —dijo, sus palabras secas y marchitas por lo rasposo de su garganta—. En verdad, lo siento tanto…
Su disculpa no hizo más que hacer estallar en carcajadas a los demás reclusos. Y esa prisionera no lo pensó dos veces antes de dar el primer golpe.
Un puñetazo directo a la cara que le hizo crujir los huesos de la nariz. Se le vino la sangre a borbotones, al igual que en las veces anteriores. E impidieron que cayera al suelo, sujetándola de los brazos para exponer su estómago, sus costillas. Y allí la impactaron una y otra vez, sin misericordia que valiera.
Cada puño parecía enterrarse más en su estómago, sacándole el aire. Decidieron estrellarla contra la pared y clavarla allí a golpes, hasta que cayó hecha un despojo de sangre y sudor. Las patadas y puntazos en sus costillas no se hicieron esperar más. La obligaron a comer tierra, la misma que le caía a montones en los ojos y la cegaba.
«Me lo merezco, me lo merezco, me lo merezco…»
Cuando finalmente se aburrieron de ella, sencillamente se marcharon como si nada hubiese pasado. Como si no hubiera un despojo humano, aferrándose en posición fetal a sí misma, en medio de un charco de su propia sangre.
Todos alaben a la Gran Unificadora, la que siempre obtiene lo que quiere, la que nunca cede ante nada ni nadie…
A la que no le quedaba más remedio que dejar correr sus lágrimas en respuesta a la tortura recibida, con la esperanza de que, algún día, éstas fueran suficientes para limpiar las impurezas de sus males cometidos.
Solamente otro día más en prisión para Kuvira, desde la última vez que vio a Korra y danzó en medio del silencio con ella.
Hace ya seis meses.
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Kuvira estaba tendida en el viejo catre de su celda, sin hacer ni pensar en nada. Sus penetrantes ojos verdes clavados en el techo, probablemente buscando formas y figuras imaginarias en la superficie de éste. No estaba segura si era de noche o de día; hacía bastante que el concepto del tiempo le era indiferente. En prisión, sencillamente, era mejor no pensar en ello. Especialmente si no se tenía nada a lo que aspirar.
Casi estaba quedándose dormida cuando escuchó el sonido de pasos aproximándose a su celda. Le pareció curioso. Que ella supiera, no era semana de inspección, y ya le habían traído su porquería de comida del día. Tampoco esperaba la visita de la única persona en el mundo que la trataba como a un ser humano: Korra.
No, ya había perdido la esperanza de verla desde la golpiza que recibió hace un par de semanas.
La puerta de platino fue empujada con brusquedad y un guardia de piel oscura entró de súbito en la celda, vociferando órdenes.
Kuvira levantó un poco la cabeza para ver de qué se trataba aquello, y reconoció al guardia. Era el sujeto que le habían asignado como cuidador. Sí, a ese extremo habían llegado. Luego de que la encontraran hecha un barullo de sangre y lágrimas en el suelo, el alcaide de la prisión decidió finalmente tomar medidas preventivas.
Ahora Kuvira contaba con lo que ella misma denominaba: "un niñero". Una persona que debía vigilarla las veinticuatro horas, los siete días de la semana. Vigilar su estado físico y mental, vigilar que se alimentara, vigilar que los otros reclusos no se aprovecharan más de ella. Y sobretodo, vigilar que no llevara acabo otro de sus intentos de suicidio. Porque aparentemente, el no poder defenderse ni regresarles los golpes a sus atacantes, se consideraba justamente eso.
—¡Arriba, reclusa! —le gritó el guardia por tercera vez—. ¡De pie!
Kuvira prefirió permanecer acostada, al tiempo que respondía con cierta pereza en su voz:
—Ya se los he dicho diez veces, no pueden obligarme a regresar al patio… —se acomodó de lado, dándole la espalda—. El médico dice que aún estoy en recuperación.
—¡Pues terminarás tu recuperación en otra parte!
Aquella respuesta logró que Kuvira se levantara de su cama, confundida.
—¿Por qué? ¿Qué sucede?
—Ya no tendré que seguir perdiendo mi tiempo contigo, ¡andando! ¡Date prisa, reclusa!
No permitió que Kuvira lo meditara más, y la alejó de la cama con un fuerte tirón de brazo. Acto seguido, procedió a esposar sus manos con los apretados grilletes de platino. Kuvira no podía hacer más que observarlo con creciente ansiedad, miedo incluso. No tenía ni la menor idea de lo que estaba sucediendo. En sus dos años de estar en prisión, jamás la habían hecho pasar por algo similar.
—Espere, ¡necesito saber qué está sucediendo! —exigió ella, intentando adivinar motivos para esto—. ¿Tiene algo que ver con mi sentencia? Si hubo una audiencia y no me lo dijeron, ¡yo tenía derecho de estar ahí! ¿A dónde me llevan?
El guardia la empujó fuera de su celda y la llevó arrastrada del brazo por entre los intrincados pasillos de la prisión, sin responder a ninguna de sus preguntas. Más guardias la rodearon al salir, y la escoltaron hasta los gigantescos portones que daban a la salida de las celdas de máxima seguridad.
Tanto apuro y misterio sonaba a malas noticias para Kuvira. Los latidos de su corazón se aceleraron, y la angustia de no saber qué pretendían hacerle comenzaba a consumirla.
—Por favor… —suplicó, ya con desesperación—. ¿Acaso es por las peleas? ¿En serio cree que disfruto recibiendo golpizas? Por favor... ¿A dónde vamos? ¿Qué pasa?
—¡A la camioneta! ¡Súbete, rápido!
Fue eso todo lo que le dijeron, y entonces Kuvira advirtió que, en efecto, había una camioneta allí esperándolos. La empujaron a la parte trasera, forzándola a agachar la cabeza. Y la sentaron de golpe, todavía ignorando sus persistentes preguntas.
Era de noche, casi de madrugada. La temperatura era baja, demasiado. El frío era insoportable, así como la duda.
—Por favor, tan sólo díganme a dónde vamos —insistió Kuvira, consternada—. ¿Me llevarán ante los líderes mundiales? Se han decidido por la pena de muerte, ¿no es cierto? —continuaron ignorándola—. ¡Sólo digan sí o no, por compasión! ¿Un gesto con la cabeza? ¡Algo, maldita sea!
—¡Ya cierra la boca, reclusa!
—¡No pueden subirme a una camioneta misteriosa en medio de la noche! ¡Exijo saber a dónde me llevan! —exclamó, alzando la voz con severidad—. ¡Todavía tengo mis derechos! Los tengo… Ella me lo dijo…
—¿Ah, sí? ¿De quién hablas, reclusa? —replicó otro de los guardias, escéptico.
—El Avatar, ¡el Avatar Korra! —afirmó Kuvira, pronunciando aquel nombre por primera vez en seis meses. Mencionarlo le provocó un cosquilleo en los labios, recordándole cuánto la extrañaba… Cuánto necesitaba de su compañía, y del afecto que le había prometido antes de desaparecer.
—¿El Avatar Korra? —rieron los guardias, en tono burlón—. ¿Qué ella no te había abandonado? No eras más que un acto de caridad para ella, reclusa. Es fácil suponer que el Avatar ya sacó suficiente fama de tu historia, y por lo tanto, no tiene que molestarse en viajar hasta aquí para perder su valioso tiempo visitándote. ¡Ya era hora de que se cansara de ti!
De que se cansara… Sí, tal vez se trataba de eso. Kuvira exhaló un pesado suspiro, y finalmente se desplomó en el asiento que ocupaba.
El motor de la camioneta fue encendido y emprendieron el rumbo a quién sabe dónde. Kuvira fijó sus ojos en el cristal de la ventana del conductor. Observó la imponente cadena montañosa que los rodeaba, los picos nevados y el paisaje más allá de ellos. Creyó que nunca volvería a posar su mirada en algo así, y decidió disfrutar de la escasa vista a la que tenía acceso, mientras podía hacerlo.
Un pensamiento no dejaba de acechar en su mente: Korra.
¿Y qué esperaba? Ya debería estar acostumbrada a ese trato, a que nadie sería nunca sincero con ella. Que eventualmente, todas las personas valiosas en su miserable vida acabarían por abandonarla, por dejarla sola…
Esa era su maldición, su destino.
Sintió un escalofrío y se llevó una mano a la mejilla derecha.
Atrapó una lágrima, y no pudo creer que estaba llorando por ella y su impertinente recuerdo. Por las sonrisas que le sacaba su torpeza para la danza, y la ternura que le inspiraba el brillo azulado de sus ojos.
Y no supo en qué momento, la arrullaron esos recuerdos, y se quedó dormida.
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Al día siguiente, despertó en medio de una espaciosa celda. La luz del sol se colaba abundante por la ventana y Kuvira, queriendo saber en dónde se encontraba, no perdió tiempo en levantarse de su cama para asomarse de puntillas al exterior.
Instantáneamente reconoció el sonido de miles de vehículos y satomóviles pululando por las carreteras. Contempló un paisaje salpicado de edificios, de todos los tamaños, estructuras y colores… De enredaderas espirituales, y el brillo fantasmal de aquella columna que se alzaba en el corazón de la metrópolis.
Todo era dolorosamente familiar, y la remitía a los momentos más duros y amargos de su vida. Empalideció aún más —si es que eso era posible— y todos sus sentidos se aceleraron, en forma de taquicardia. Nada podría haberla preparado para contemplar Ciudad República por primera vez desde aquel entonces; desde el día de su derrota y caída.
¿Pero por qué? ¿Para qué la trajeron devuelta?
—Veo que has despertado ya —señaló una voz conocida a sus espaldas.
Kuvira, que seguía sin aliento por verse en la capital de sus peores recuerdos, se volteó despacio. Y nada más encarar a la mujer de las profundas cicatrices en la mejilla, abrió sus cansados ojos de par en par. Un ligero temblor se apoderó de su labio inferior, y Kuvira se lo atribuyó a la fatiga y a las impactantes revelaciones que había recibido.
—Jefa Beifong…
—Ahórrate los formalismos —gruñó, al tiempo en que le esposaba nuevamente las muñecas, para trasladarla a otro lugar—. Estamos retrasadas ya. Hay poco tiempo y mucho qué hacer. Como lo habrás notado, has sido transferida a la Prisión de Máxima Seguridad de Ciudad República.
Kuvira asintió, esforzándose en seguirle el paso a la jefa. Ésta la condujo hasta unos cubículos localizados en el ala izquierda del pasillo, que para la sorpresa de la reclusa, resultaron ser… duchas. Las paredes eran blancas, todo limpio y ordenado. Inesperadamente, Kuvira se sintió humana otra vez. No más un animal de ganado al que arrean de un lado a otro.
—Ahora desvístete —le ordenó Lin con firmeza—. Aséate y arréglate; encontrarás ropa nueva en tu cubículo. Yo te esperaré aquí afuera hasta que salgas. ¡Pero hazlo deprisa! ¡El Presidente Raiko espera para verte!
—¿El Presidente Raiko? ¿Qué quiere ese hombre de mí ahora?
Beifong se cruzó de brazos y se encogió de hombros.
—Yo sólo sigo órdenes de arriba, no tengo la menor idea —respondió—. Ahora, ¡muévete!
E hizo lo que se le decía, resignándose a que aquella gran duda sería su eterna compañera durante todo el día. Se desnudó, arrojó las ropas de cárcel sucias y gastadas en una cesta de basura, y entró a la ducha.
El agua era fría, helada. Pero sólo el hecho de poder asearse en privacidad por primera vez en años, le permitió olvidarse de ello y disfrutar de la sensación del agua al caer sobre su cuerpo. Barriendo con la tierra, el sudor y la sangre seca. Luego de enjabonarse y de tratar con especial atención sus partes íntimas, se tomó la libertad de lavar su cabello, ahora sucio, grasoso y maltratado. Finalmente pudo enjuagarlo y peinarlo con la delicadeza y el cuidado que requería.
Era una maravilla.
Al salir, incluso tuvo el lujo de poder contemplarse a sí misma en un espejo. No fue una imagen agradable. Esperaba ver reflejada a la mujer que fue hace dos años, y lo que vio en su lugar, fue a una completa desconocida. Flaca, pálida, ojerosa. El torso y los brazos marcados con cicatrices, algunas todavía en proceso de sanarse. Los moretones en su abdomen no parecían querer borrarse pronto, tampoco los raspones en su rostro y la cortada que trazaba diagonalmente el tabique de su nariz, allí donde le habían estrellado un potente puñetazo.
—Podría ser peor… —suspiró, y procedió a vestirse.
Creyó que sus nuevos ropajes serían otro opaco uniforme de prisión, y de nuevo comprobó que se había equivocado. Era ropa de calidad, con bordados finos y los brillantes colores verde y amarillo del Reino Tierra. Ropa de civil, hecha a la medida justa para su cuerpo. ¿Cuántas sorpresas más le esperarían ese día?
Se encajó los, algo bombachos, pantalones amarillos y cubrió su torso con la fina túnica verde oscuro y bordados dorados; de falda larga y sin mangas, con cuello alto, ligeramente abierto; justo como le gustaba. Terminó añadiendo el cinturón de tela que le hacía juego, y procedió a amarrarse el extremadamente largo cabello en una trenza. Así, como solía peinarse cuando vivía pacíficamente en Zaofu.
Por lo menos sus nuevas ropas le hacían el favor de esconder su deprimente flacura. Lástima que su pérdida de musculatura en los brazos no dejaba de ser evidente. Sin embargo, era un comienzo. ¿Para qué? No tenía idea. Aún así, el cambio de apariencia le inspiró confianza, seguridad; un buen presentimiento, a pesar de la noche de ansiedad e incertidumbre por la que había pasado.
Volvió a encontrarse con Beifong en el pasillo. Y regresaron las apretadas esposas de platino a sus muñecas. Seguía siendo una prisionera después de todo.
La subieron a una patrulla y la llevaron a dar un recorrido por Ciudad República en dirección al Ayuntamiento, donde se encontraría con Raiko. En el camino, Kuvira no pudo quitarle los ojos de encima al portal espiritual, que emitía su brillo amarillento y verduzco en la lejanía.
No todos los recuerdos que le evocaba eran amargos, al menos, no uno en particular.
Quizás no fui huérfana, pero créeme, sé lo que se siente tener miedo…
Luego de que fui envenenada, hubiera hecho cualquier cosa para sentirme en control…
Es duro, pero el sufrimiento nos cambia y nos enseña, aunque al principio no podamos ver cómo. Al final, terminarás convirtiéndote en un mejor ser humano. Yo personalmente te lo garantizo…
Comprendo que estar sola no hace sino empeorar las cosas. Por eso te doy mi palabra de Avatar de que yo nunca, nunca, te abandonaré…
Kuvira…
»Continuará…
