La rama de un árbol se partió debajo de su bota. El denso follaje se sacudía inquieto mientras el viento aullaba entre sus hojas. La luz de la luna apenas se asomaba a través del follaje en escasos rayos brillantes. Sin embargo, el crepúsculo no logró atravesar la capucha que llevaba el extraño cubriendo sus ojos. El manto oscuro que le cubría era insoportable bajo el calor abrasador del verano, pero esta noche él prefirió la utilidad sobre la comodidad. Donde el borde de su capa se deslizaba solo seguía el silencio.

El encapuchado continuó su viaje durante un período prolongado de tiempo. Él navegó hábilmente por la penumbra con facilidad, abriéndose paso a través del laberinto de maleza. No fue hasta que su entorno comenzó a cambiar sutilmente que supo que estaba en el lugar correcto. Las maderas altas y desgarbadas de repente se volvieron más limpias y ordenadas. La flora a sus pies fue reemplazada por especies nuevas y florecientes que indicaban un cuidado meticuloso. Las ramas entrelazadas formaban arcos naturales sobre el sendero, casi como si estuvieran guiando su camino. Era la opulencia reveladora de los ricos y nobles.

Él sonrió bajo las sombras, pensando en las joyas, superfluas y extravagantes que le esperaban a poca distancia en grandiosas exhibiciones de prosperidad y fortuna. La inmodesta necesidad de los exitosos de alardear de su riqueza sería su ruina, tal y como lo había hecho tantas veces en el pasado.

Al escuchar un ruido distante, se agachó rápidamente en la naturaleza que le rodeaba para ocultar su presencia. No estaba solo, notó. Con delicadeza, apartó los arbustos que bloqueaban su vista y miró hacia el jardín.

La luz de la luna, que había sido tan escasa en el bosque, bañaba los prados abiertos de la mansión.

Era un delicado corcel. Era blanco como la nieve, vivaz y de pasos tan ligeros que apenas se oían sus cascos, con un jinete igualmente delicado y casi tan pálido. Un vestido de fino encaje blanco caía en cascada por su esbelto cuerpo como espuma de mar, los bordes eran casi invisibles contra su piel clara. El cabello de la mujer, de un rico color marrón avellana, caía en suaves ondas alrededor de su rostro, enmarcándolo como una especie de halo celestial. El caballo y su jinete brillaban bajo la luz de la luna, proyectando una imagen de otro mundo, etéreos y fantasmales.

El hombre observó con muda reverencia a la aparición. Su respiración se detuvo en sus pulmones cuando la silueta del jinete pasó a su lado. La luna, en su resplandor plateado, la enmarcó momentáneamente en una corona de luz celestial, elevando su figura a una belleza casi divina. Sentía como si hubiera encontrado frente a frente con algo sobrenatural, algo que trascendía su comprensión.

Para el hombre, ella no era simplemente una figura de carne y hueso, sino una visión, una manifestación de lo sublime y lo inalcanzable. Nunca había presenciado algo tan extraordinario, tan maravillosamente ajeno a su mundo cotidiano.

La jinete se dirigió hacia el bosque de medianoche, acariciando el cuello de su caballo y hablándole suavemente mientras este daba cabriolas con impaciencia. Giró su mirada hacia la línea de árboles, sus ojos color avellana abiertos y luminosos. A pesar de ser una mujer sola en la noche, y evidentemente de noble cuna, no había temor en su expresión, solo una melancolía suave y penetrante que parecía emanar de lo más profundo de su ser.

El intruso se preocupó brevemente de ser visto, pero a pesar de sus instintos, no terminó de ocultarse entre la maleza. Si sus ojos se llegaban a encontrar, que así sea. Desde su posición oscurecida cerca del suelo reconoció el dolor en el rostro de la aparición y le conmovió.

Desconociendo las preocupaciones del desconocido, la mujer sintió una pena profunda. Le pesaba mucho en el pecho y le dolía intolerablemente en el corazón.

Un suspiro de tristeza escapó de sus labios mientras animaba a su yegua en un galope ansioso. Instintivamente, su corcel siguió el camino a través del claro, adentrándose en las profundidades del bosque. Se fue, desapareciendo lentamente en la noche hasta que finalmente, como un fantasma, desapareció.

Saliendo de su escondite, el intruso se quedó mirando al horizonte con la esperanza de que quizás pudiera verla una vez más. La visión de la misteriosa mujer que pasó ante él, el aura celestial que la rodeaba y la mirada triste e inquietante en su rostro permanecieron grabadas en su mente sin ningún indicio de irse.


Algunos días después, el sol salió en otra mañana de verano. Una mujer joven estaba sentada en el asiento junto a la ventana de su amplio dormitorio. Kasumi Tendo, la mayor de las hermanas Tendo cepilló lentamente su suave cabello. Todavía en camisón, inspeccionó el cielo por su ventana. Las nubes eran bajas, espesas y tan grises como su estado de ánimo.

De repente, alguien la llamó sacándola de sus cavilaciones. Su sirvienta había preparado lo que sería su atuendo para el día. El kimono era de un suave color rosa pálido, estaba adornado con flores de cerezo bordadas con exquisito detalle, cada pétalo delineado con hilo plateado, Las flores se extendían desde el dobladillo inferior hasta la parte superior del kimono

La sirvienta envolvió con cuidado el kimono alrededor de Kasumi, asegurándose de que cada pliegue estuviera perfectamente colocado. Luego, ajustó el obi, un ancho cinturón de seda en un tono ligeramente más oscuro de rosa, con un nudo elaborado en la espalda que añadía un toque de sofisticación al conjunto. El obi estaba decorado con pequeños motivos de flores y hojas, complementando el diseño del kimono.

Para completar el atuendo, Kasumi calzó unos tabi blancos impecables y unos zori a juego, cuyas correas también llevaban bordados delicados de flores de cerezo.

El peinado de Kasumi era igualmente impresionante. Su sirvienta recogió su largo cabello en un elegante moño alto, asegurado con un kanzashi, un adorno para el cabello hecho de madera lacada y adornado con piedras preciosas, modelado a partir de una flor de lirio. Un pesado collar de plata estaba sujeto alrededor de su cuello.

Una vez debidamente arreglada, la condujeron al comedor para la comida de la mañana. Fue una ración generosa: pasteles de miel, platos de huevo, brioche y otros bocados de desayuno. Y, sin embargo, pese a los exóticos manjares preparados frente a ella, la joven dama manifestó no tener apetito, conformándose con beber una pequeña taza de té.

Después del desayuno, Kasumi se retiró al salón, esperando a su tutora y preguntándose si sus padres aceptarían la excusa de que se sentía demasiado mal para sus lecciones. Improbable, se vio obligada a concluir.

Una dama, le habían dicho, debe ser considerada con los demás. Una dama no debe causar dificultades. Sí, aunque a veces eso signifique soportar alguna pequeña incomodidad. ¿Qué clase de esposa sería ella si estuviera siempre lloriqueando por estar demasiado enferma para cumplir con sus deberes maritales? ¿Cómo iba a encontrar un marido si se ganaba una reputación de ser perezosa y débil?

Su inconformidad, no le ayudó a progresar mucho en sus estudios. La clase de etiqueta y modales que le dieron se quedó sólo a medias. Su tutora intentó que ella escribiera algunos versos en un esfuerzo por salvar el resto de su tiempo juntas. Desafortunadamente, esto resultó igual de ineficaz. Cualesquiera que fueran los pensamientos que flotaban en la cabeza de Kasumi, sintió que era mejor no ponerlos en papel y tampoco podía concentrarse en nada más, para frustración mal disimulada de su tutora. Al final, todo resulto ser una pérdida de tiempo.

Finalmente, fue liberada de la custodia de su tutora para usar el resto de su día como quisiera. Consideró ir a pasear por el jardín y disfrutar de la nueva flora que había sido traída desde el nuevo mundo, pero lo pensó mejor. Ya la habían regañado por pasar demasiado tiempo fuera del hogar al que pertenecía. No quería que le quitaran el privilegio de poder salir. En su lugar, optó por visitar la biblioteca de la mansión.

Al final del largo pasillo, decorado con biombos intrincadamente pintados que mostraban escenas de la naturaleza, había una habitación espaciosa y tranquila que a menudo no era visitada por nadie más que ella. Estantes de libros se extendían interminablemente dentro de sus paredes. Los personajes y los mundos que se escondían en su interior a veces se sentían como su único alivio que tenía de la opresiva responsabilidad que pesaba sobre sus hombros.

Recorrió los estantes, buscando una historia que saciara su anhelo, pero ninguna pudo acallar la inquietud de su corazón. Una vez más, sus pedidos de consuelo quedaron sin respuesta. Sintiéndose decepcionada, simplemente seleccionó un libro familiar y se sentó en su lugar de lectura favorito.

La antología estaba compuesta de poesía, sonetos rítmicos que describen varios elementos naturales en una dicción ingeniosa e imbuida de una emoción sincera. La segunda obra, una balada sobre una paloma que emprende el vuelo, había sido una de sus favoritas cuando era pequeña. Aunque no llenaba del todo el vacío que la carcomía por dentro, le recordaba sus días de juventud.

Recordaba sonreír con sus hermanas, reír y cantar canciones. Recordaba haber explorado la extensa villa de su familia junto con Nabiki y Akane, como si fuera una tierra inexplorada, antes de que esta se convirtiera en un viejo y hueco mausoleo. En ese entonces, ver a su madre había sido un hecho de alegría en lugar de algo desagradable. Antes de que ella conociera la carga de su título, el peso de su influencia y el destino que le esperaba. Para aquél entonces, su mayor preocupación era qué tipo de pastel la esperaría después de la cena.

En un abrir y cerrar de ojos, el resto de la tarde había pasado. El sol se hundió debajo de los árboles en el horizonte. Los últimos vestigios de luz se extendieron para aferrarse al cielo por un poco más de tiempo hasta que finalmente se hundieron en la oscuridad. Cerró el libro en su regazo. La esperaban en alguna parte.

Los Tendo sirvieron de anfitriones para un enkai en su espaciosa residencia, decorada con biombos pintados y arreglos florales ikebana que añadían un toque de elegancia a la ocasión. La casa estaba llena de risas y conversaciones animadas, el sonido del shamisen y la biwa resonaba suavemente mientras las geishas entretenían a los invitados con su gracia y arte, las nakai llevaban bandejas de sake y té, sirviendo con una destreza que aseguraba que ni una gota se derramara.

Kasumi permanecía a un lado, cerca de uno de los biombos pintados que representaban paisajes serenos de montañas y ríos. Su presencia era una mezcla de serenidad y elegancia, conversando educadamente con quienes se le acercaban. Su kimono, un exquisito conjunto de seda en tonos pastel con intrincados bordados de flores de cerezo, reflejaba la luz suave de las linternas.

La conversación a su alrededor fluía fácilmente, risas y murmullos llenaban el aire. Los invitados degustaban sake y shōchū , servidos en delicadas tazas de cerámica, mientras disfrutaban de un banquete kaiseki, donde cada plato era una obra de arte culinaria.

Un hombre, vestido con un kimono oscuro y con una expresión tímida, se acercó a Kasumi. Parecía nervioso pero determinado a hablar con ella.

"Señorita Tendo, es un placer encontrarla aquí esta noche." Dijo con una sonrisa cortés mientras hacía una reverencia respetuosa.

"El placer es mío, doctor Ono. Me alegra verlo entre nuestros invitados esta noche. ¿Ha disfrutado de la comida y la compañía?"

Tofu asintió.

"Sin duda alguna. Pero debo confesar que mi verdadero deleite ha sido tener la oportunidad de conversar con usted."

Mientras continuaban su charla, Kasumi se sentía cada vez más a gusto en la compañía del doctor. Sus risas suaves y la conexión genuina que compartían eran un respiro bienvenido en medio de las formalidades del enkai.

"Señorita Tendo, ¿puedo compartir con usted uno de mis haikus favoritos?" Tofu Ono preguntó con cortesía, mientras sostenía un pequeño libro encuadernado en seda.

Kasumi asiente con una sonrisa intrigada, sus ojos brillando con curiosidad.

"Por supuesto."

El doctor abre el libro con cuidado y, con una voz suave lee en voz baja.

"En el viento de primavera,

flores de cerezo caen

como lágrimas fugaces."

Kasumi escuchó con atención, su mirada perdida en el brillo de las linternas que danzan al ritmo de las palabras del doctor.

"Es un poema encantador" comenta Kasumi. "Me encanta cómo captura la transitoriedad de la vida."

"Sí, la poesía tiene una forma única de plasmar la esencia de la naturaleza y la condición humana en tan solo unas pocas palabras." Tofu dijo, bastante ánimado por poder compartir su pasión.

"Es irónico, que algo tan hermoso como las flores de cerezo pueda ser tan efímero."

Tofu asintió con una expresión melancólica.

Kasumi dejó escapar un suspiro mientras contemplaba el libro que reposaba sobre las manos de Tofu.

"Espero que algún día yo pueda escribir un haiku tan hermoso como este."

Al pronunciar esas palabras, Kasumi sintió un nudo en la garganta. La simple admisión de su deseo la sumergió en un mar de dudas. ¿Era adecuado para una mujer, especialmente para ella, albergar tales aspiraciones? ¿O era más apropiado conformarse con los roles tradicionales que la sociedad esperaba de ella?

Un torrente de inseguridades la invadió, haciéndola sentir pequeña e insignificante. ¿Quién era ella para anhelar algo más allá de su deber como hija y futura esposa?

El doctor Tofu, percibió la vacilación en la voz de Kasumi. Su expresión se suavizó, mostrando comprensión y empatía hacia los conflictos que Kasumi enfrentaba como mujer en una sociedad tan restrictiva.

"Estoy convencido de que lo lograrás, después de todo, el arte no tiene porque seguir las reglas de la sociedad."

Kasumi levantó la mirada, sorprendida por la determinación y la seguridad en las palabras del doctor Tofu. Por un momento, sintió una chispa de esperanza.

Justo entonces la presencia imponente de su padre, Soun Tendo, se hizo presente.

Soun Tendo, el patriarca de la familia era un hombre alto y delgado, con un porte que reflejaba autoridad. Su cabello, recogido en una coleta alta, estaba empezando a mostrar canas, y su rostro mostraba las marcas del tiempo y las responsabilidades que había llevado sobre sus hombros. Vestía un kimono formal de tonos oscuros, con el emblema de la familia bordado discretamente en la tela,

Soun se detuvo a una distancia respetuosa pero cercana, su rostro sereno, pero con una mirada que no dejaba lugar a dudas sobre su desaprobación. Con una leve inclinación de la cabeza y un movimiento casi imperceptible de su mano, como si estuviera arreglando un pliegue inexistente en su kimono, indicó al doctor Tofu que la conversación debía concluir.

El gesto de Soun era sutil pero cargado de significado. Sus ojos, serios y penetrantes, se encontraron brevemente con los del doctor, transmitiendo una firme advertencia sin necesidad de palabras. Era un recordatorio silencioso de las jerarquías y las expectativas que regían su mundo.

El doctor Tofu inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto y retrocedió un par de pasos.

"Señorita Tendo, ha sido un verdadero placer hablar con usted." Tofu tartamudeó con una sonrisa vacilante antes de retirarse, sin levantar la mirada.

Kasumi, aunque entendía las razones detrás de la intervención de su padre, no pudo evitar sentir una punzada de tristeza mientras veía al doctor alejarse. Se volvió hacia Soun, tratando de mantener su compostura.

"Padre-" Kasumi intentó argumentar, pero Soun levantó una mano.

"El doctor Ono puede ser... moderadamente respetable en su campo, pero no es digno de ti, Kasumi. Nuestra familia tiene un legado que mantener, y tu estación requiere una unión que refleje nuestra posición. Debes comprender esto y actuar en consecuencia."

Kasumi bajó la mirada, su corazón pesado con la carga de las expectativas familiares. Asintió lentamente, aceptando la reprimenda sutil pero clara de su padre. Soun, satisfecho con su respuesta, se alejó.

En cuanto ella tuvo la oportunidad, se excusó de la fiesta y se retiró a su habitación. Parecía una eternidad desde que había salido esa mañana, pero al mismo tiempo el largo día se sentía tan vacío, tan inútil. Nada más que horas desperdiciadas, sirviendo como una mera decoración mientras lo inevitable se acercaba cada vez más. ¿Realmente no era más que una futura novia, esperando ansiosamente a quien vendría a poseerla? Había nacido en un hogar en el que no le faltaba nada y, sin embargo, se sentía como si nada fuera todo lo que tenía.

Cogió su samisén y se acomodó en el asiento de la ventana, contemplando los jardines plateados por la luna. Sus dedos delicados escogieron una tonada, y dio voz a sus penas con la balada de la paloma.

Ella cantó para la única audiencia que escucharía, la flora que la acompañaba esa noche.

Sus amigos lejanos le saludaban con la brisa, pero sin que ella lo supiera, no eran los únicos presentes esta noche. Una sombra se posó en el espacio oculto justo debajo de su habitación, alguien que la había estado siguiendo todo el día sin ser detectado. Simplemente escuchó atentamente la canción triste y solitaria de la dama. Su desesperación no cayó en oídos sordos. Cada vez que la dama hablaba, la sombra escuchaba.


Notas del Autor

Esta vez no pude evitar escribir estas anotaciones, pues hay un montón de palabras que algunos pueden no estar familiarizados. Sí, otro nueva historia. ¡Yay! Afortunadamente esta vez ya se encuentra escrita hasta el final, solo me falta editar y pulirla un poco. Hubiera estado lista mucho antes pero como soy obstinado terminé reescribiendo gran parte de la trama, pues aunque la historia estaba ambientada en Japón del 1880 muchas cosas no coincidían con la realidad de aquel tiempo - en mi borrador, en la fiesta bebían vino y bailaban vals! - Así que la Wikipedia fue mi mejor amiga, y me puse a leer como loco para crear algo un poco más 'autentico' a la realidad de aquella época. No dudo que un par de cosas se me habrán escapado, pero al menos, no es el desastre que era en un principio.

Obi: faja ancha de tela fuerte que se lleva sobre el kimono, se ata a la espalda de distintas formas.

Tabi: calcetines tradicionales japoneses.

Zori: sandalias japonesas, planas y con correas hechas de paja de arroz o de otras fibras vegetales, tela, madera o materiales sintéticos.

Kanzashi: son ornamentos para el cabello utilizados en peinados tradicionales.

Enkai: fiestas y banquetes, tanto formales como informales, que solían tener lugar en casas de té, restaurantes tradicionales, o en las residencias de los anfitriones.

Shamisen: instrumento de cuerda japonés.

Biwa: instrumento de madera y música tradicional japonés.

Nakai: sirvienta que ocupaba un rango entre kami-jochu (dama de honor) y gejo (el rango más bajo de sirvienta).

Shōchū : bebida alcohólica destilada de cebada, boniato o arroz.

Kaiseki: comida que consiste en varios platos pequeños, cuidadosamente preparados y presentados.

Haiku: poema breve de diecisiete moras o sílabas. (Sí, lo sé, lo que leyó Tofu no fue un Haiku, pero soy horrible para los poemas, y no me iba a comer más la cabeza.)