Disclaimer: Los personajes de Final Fantasy pertenecen a Square-Enix. Tan solo los inventados son de cosecha propia ^^


CAPÍTULO 18

Eran las doce y media de la noche cuando Irvine llegó a su habitación. Tras darse una ducha rápida, se había tirado en la cama y ahora se dedicaba a mirar el blanco del techo mientras jugueteaba con sus manos de manera nerviosa.

No podía quitarse a Selphie de la cabeza, en el bar la había visto sonreír, pero él la conocía y sabía que por dentro estaba asustada por lo que seguramente había fingido su estado para no preocupar al resto.

Pensó en llamarla o tal vez escribirla un mensaje, necesitaba saber cómo estaba realmente. Desde que había llegado de aquel examen, no es que hubiera podido hablar demasiado con ella. Así que sin pensarlo un segundo más, se puso en pie y cogió un pantalón vaquero y una camiseta negra que tenía en una silla cercana. Se vistió con rapidez y se calzó unas deportiva.

Cuando quiso darse cuenta, estaba frente a la puerta de la joven Seed, ni siquiera recordaba el camino hasta allí, estaba demasiado nervioso. Levantó la mano para llamar a la puerta, pero justo cuando sus nudillos rozaban la madera, se detuvo, ¿qué se supone que estaba haciendo?

Tras varios minutos de deliberación se animó a llamar. En los pocos segundos que Selphie tardó en abrir la puerta, miles de cosas rondaron su cabeza. Desde luego no eran horas de estar ahí, tal vez la molestaba con su presencia o no quería verlo o…

Aquellos pensamientos se detuvieron en seco cuando vio a Selphie tras la puerta. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta, con algunos mechones sueltos y una camiseta demasiado grande para ese cuerpecito, hacía las veces de pijama. Cuando Irvine la vio así, no fue capaz de articular palabra, le parecía demasiado sexy, ¿sería normal que verla en pijama le pareciese de lo más atrayente?

- ¡Irvine! ¿qué haces aquí? ¿pasa algo?

El vaquero no respondió y una sonrisa de medio lado fue apareciendo en su boca.

- ¡Irvine! -llamó la joven meneándolo levemente del brazo-.

- Eeeehhh, si… no… bueno… no pasa nada -tartamudeó cuando volvió a la realidad-. Solo quería ver como estabas -se atrevió a decir sabiendo que aquello no tenía mucho sentido tras haber estado toda la tarde con ella-.

- Estoy bien, tranquilo -sonrió de nuevo con esa sonrisa que Irvine sabía que no era de verdad-.

El chico suspiró para tranquilizarse y tras desviar momentáneamente la vista, volvió a prestar atención a esos ojos verdes.

- Quiero saber cómo estás, de verdad -dijo para sorpresa de Selphie-.

Ésta lo miró como si hubiera indagado dentro de su mente y hubiera descubierto todo ese miedo que venía sintiendo desde hace días.

- Vamos Selph, a mí no me engañas -volvió a decir mostrándole una sonrisa amable a la chica-.

La joven bajó la mirada y se hizo a un lado invitándole a entrar. Cuando la puerta se cerró tras la pareja, el vaquero observó como ella no decía nada y simplemente se dejaba caer en la cama. Vio como desviaba la mirada hacia el suelo y jugueteaba nerviosa con el borde de esa camiseta.

Selphie escuchó la voz grave de él, llamándola, pero era incapaz de mirarlo a la cara. Estaba realmente nerviosa y asustada y ver que se había estado preocupando por ella, le creaba cierta nostalgia, haciendo que las ganas de llorar aumentasen. Sintió el peso del joven sentándose a su lado y como, de repente, entrelazaba su enorme mano con la de ella.

- No pasa nada porque estés asustada ¿sabes? Es normal que lo estés -habló con calma intentando que lo mirase-.

La joven Seed se estremeció cuando sintió el tacto algo áspero de la mano de él en la suya y en su estómago aparecieron esas cosquillas que siempre sentía cuando estaba con ese hombre.

- Tengo mucho miedo -confesó al fin con un hilo de voz-.

Los ojos de ella rodaron hasta el rostro del joven que la miraba como embelesado, y sonrió.

- No va a pasarte nada.

La muchacha lo miró y leyó sinceridad en aquellos ojos. Intentó descubrir entonces, si ese chico sentía algo más por ella, ¿por qué sino había ido a esas horas a su habitación? ¿Simplemente era preocupación? Estaba harta de sentir aquello y no ser correspondida, ¿y si se lo confesaba todo? Tampoco tenía mucho que perder ¿o tal vez sí? Puede que no tuviese otra oportunidad como esa.

- Irvine, tengo que decirte algo… algo importante -se animó a decir la chica bajando levemente la mirada-.

El chico enarcó las cejas algo sorprendido y después sonrió dándola a entender que la escuchaba.

- Bueno yo… solo quería que supieses que me gus…

De pronto unos nudillos en la puerta interrumpieron aquella confesión y cruzó una mirada confusa con él.

Selphie se sorprendió de esa interrupción dadas las horas que eran, pero la insistencia de esa persona tras la puerta, la hizo apresurarse a abrir. Cuando vio de quien se trataba, no puedo evitar recular unos pasos hacia atrás.

- Yinna… ¿qué haces…?

Aquella mujer sonrió de esa manera que ponía los pelos de punta a cualquiera.

- Solo quería decirte que no te preocupes por la organización del baile.

- Es la una de la madrugada.

- ¡Ah! Bueno, os he visto venir a todos hace un rato, he pensado que aun estarías despierta. ¿Estabas dormida?, ¿puedo pasar? Solo quiero hablar.

Esa mujer intentó colarse dentro de la habitación de Selphie mientras no dejaba de hablar, pero la Seed se lo impidió.

- No, no puedes -se atrevió a decir con algo de miedo-.

Los ojos de Yinna se volvieron rojizos en ese momento y miró a Selphie fijamente, como si solo deseara adentrarse en su mente.

- Podemos hablar de lo de mi hermano, si quieres. He de admitir que tu historia es muy poco creíble, la verdad -la mujer soltó una carcajada estridente mientras de nuevo, empujaba con disimulo la puerta para poder colarse en la habitación-.

- ¡No!, márchate por favor.

- ¡Déjame pasar! -exclamó de pronto con los ojos llenos de ira-.

Selphie se asustó y retrocedió unos pasos ante el extraño comportamiento de Yinna y justo cuando creía que podía entrar en la estancia, alguien se interpuso en su camino.

- ¿No la has oído?

Irvine apareció de repente y colocándose delante de Selphie, encaró a Yinna.

- ¡Oh! vaya, eres tú -se sorprendió la mujer-.

- Esta bien, me voy, pero si necesitas algo…

- Adiós.

Irvine no dejó que esa siniestra mujer dijese nada más y cerró la puerta en sus narices.

En ese instante, Selphie dejó salir todo el aire de sus pulmones y un temblor empezó a hacerse dueño de su cuerpo. ¿A que había ido esa mujer a su habitación? ¿Tal vez a acabar lo que su hermano no había conseguido?

Escuchó a Irvine maldecir por lo bajo ante aquella extraña interrupción y justo cuando el vaquero pasaba por su lado, lo detuvo cogiéndolo de la mano.

- Gracias -dijo ella sin poder mirarlo a la cara-.

De pronto sentía una necesidad irrefrenable de hacerle ver lo que ella sentía. Esos últimos días en el jardín, sentía un peligro constante, como si en cualquier momento, fuera a desaparecer y todas esas cosas que aún tenía por hacer, fueran a quedar a medias.

- Es bastante tarde, será mejor que me vaya, estás bien, ¿verdad?

Observó los pasos del chico en silencio y antes de que abriera la puerta para marcharse, Selphie corrió hasta él y lo abrazó por detrás. Recostó su mejilla en la ancha espalda y sintió el agradable calor de aquel joven.

- No te vayas, por favor -suplicó casi en un susurro-.

Irvine se quedó muy quieto al sentir el pequeño cuerpo tras él. Desvió la vista hasta los delgados brazos de ella aferrados a su cintura y sonrió para sí.

- Selphie… -pronuncio dándose la vuelta mientras se deshacía de aquel abrazo-.

La joven Seed no dijo nada y clavó sus ojos verdes en los de él. En ese momento le dio igual lo que él pensase, necesitaba hacer aquello. Así que, poniéndose de puntillas, redujo el espacio entre ellos y lo besó. No lo pensó, simplemente lo hizo.

El vaquero, que no esperaba aquello se quedó paralizado, incapaz de corresponder ese beso. Se supone que era él quien tenía que haber hecho eso, él quería haber sido el primero en decirle lo que sentía. Aquellos labios eran suaves, demasiado, y muy dulces, pensó. Sintió las manos de ella sobre su pecho y juró que temblaban levemente. Entonces todo terminó, sin darse cuenta, Selphie estaba dada la vuelta con la mirada pegada al suelo.

- Será mejor que te vayas -dijo sin mirarlo-. Yo… lo siento… no sé por qué he hecho eso -añadió sintiéndose culpable. Él ni siquiera se había movido para corresponderla, estaba claro que no quería aquello tanto como ella-.

Irvine, completamente confundido por esas últimas palabras, no dijo nada y abrió la puerta para marcharse.

- Como quieras…

Selphie oyó la puerta cerrarse tras unos segundos que se le hicieron eternos, y cuando estuvo por fin en la soledad de su habitación, las lágrimas empezaron a brotar casi sin darse cuenta. Lloró en silencio y se abrazó a ella misma, aquello dolía y mucho. ¿Cómo había sido tan estúpida de creer que el francotirador más famoso de Galbadia podía fijarse en ella?

En el mismo instante que se dirigía a la cama con idea de refugiarse en ella, alguien la agarró de los hombros. No supo reaccionar y el miedo la paralizó. Pensó en Yinna, en su hermano y en como el miedo la atenazaba día tras día desde que esos hermanos habían vuelto al jardín. Pero de pronto una grave pero cálida voz, habló tras ella.

- Selph…

La joven, más que sorprendida, se giró y allí estaba, ese chico de metro noventa mirándola con unos ojos que jamás había visto en él. Estaban cargados de ternura y devoción. Selphie parpadeó un par de veces algo incrédula y al momento se sonrojó. Entonces vio como aquel chico sonreía y limpiaba sus lágrimas con el pulgar.

- ¿Aún puedo quedarme?

La mujer fue incapaz de moverse y cuando quiso darse cuenta, los labios de Irvine rozaban los suyos en un tierno beso.

- Lo siento, he sido un estúpido contigo todo este tiempo -confesó rompiendo el beso, pero sin despegar sus manos de la cara redondeada de ella-.

Selphie intentó decir algo, pero no supo muy bien el qué. Sintió como el joven la besaba en la frente, en su mejilla y después en su cuello para acabar escondiéndola en su pecho en un cálido abrazo.

- Me asusté tanto cuando te atacaron en Trabia, de verdad, creía que te perdía -susurró contra su cuello apretando más ese abrazo-.

La muchacha sonrió levemente dándose por fin cuenta de lo mucho que había sufrido aquel vaquero. Rodeó la ancha espalda con sus brazos y descansó en su hombro.

- No dejarás que me pasa nada ¿verdad? -susurró ella refugiándose más en aquel pecho-.

- Jamás…

El joven la volvió a besar y se juró a él mismo que jamás se separaría de esa mujer, pasase lo que pasase. Por fin podían estar juntos y ni Yinna ni ninguno de sus hermanos conseguiría dañarla. Él iba a estar ahí, siempre.


Era las diez de la mañana de un sábado cualquiera y la luz de la mañana inundaba la habitación de la bruja. Rinoa se encontraba completamente desnuda, enredada en la sábana y se dedicaba a mirar el cuerpo que yacía boca abajo a su lado. Sabía que estaba prohibido y que, si los pillaban, traería consecuencias para ambos, pero no se había podido resistir a dormir con Squall.

El chico se encontraba boca abajo con la cara girada hacia ella. La sábana estaba algo más abajo de su cintura y enroscada en una de sus piernas. Su ancha espalda se encontraba a merced de la joven y no pudo evitar pasear las yemas de sus dedos por los músculos que la formaban, recordando lo vivido la noche anterior. Instintivamente se mordió el labio inferior al recrearse en esas escenas y pensó lo mucho que se estaba enganchando a ese hombre.

Perdida en sus pensamientos, escuchó un sonido ronco proveniente de la garganta de Squall y cuando desvió su mirada hasta él, lo vio sonreír levemente mientras esos hermosos ojos azules empezaban a despertar.

- Buenos días -dijo ella-.

- Hola -contestó colocando sus brazos bajo la almohada y acomodándose mejor-. ¿Qué hora es? -preguntó casi en un susurro-.

Rinoa desvió la vista hasta el reloj de la mesilla.

- Las diez y cuarto.

Lo oyó ronronear y volver a cerrar los ojos. La pelinegra sonrió ante la tranquilidad del chico y pensó que era pocas las veces que lo podía ver realmente relajado.

- ¿No vas a ir a entrenar hoy? -preguntó ella sin dejar de dibujar círculos con sus dedos por aquella espalda de manera mecánica-.

El joven hizo un gesto en lo que Rinoa interpretó como un no y ella volvió a sonreír.

- Y… ¿tampoco tienes que ir al despacho? -siguió preguntando de manera curiosa-.

El mismo gesto por parte de Squall a modo de negación. Una sonrisa fue apareciendo en la comisura de los labios de la mujer.

- ¿Te gustaría pasar el día conmigo? -preguntó con esa vocecita que ponía cuando quería algo-.

Squall dejó entrever una media sonrisa sin llegar a abrir los ojos.

- ¿Metidos en la cama? -preguntó divertido abriendo un ojo para ver la reacción de la pelinegra-.

Rinoa frunció el ceño y le propinó un golpecito en el hombro. El chico hizo un gesto imitando una mueca de dolor.

- Quieres ver a Ángelo ¿verdad? -comentó girándose para ponerse de lado y atraer el cuerpo de Rinoa hasta él-.

La joven sonrió mientras lo besaba y se estremeció con la desnudez del chico contra su cuerpo. Sintió las manos de Squall recorrer con delicadez su cuerpo hasta que, de nuevo, se vio atrapada bajo el fuerte cuerpo entre besos y caricias.


Selphie llegó a la cafetería tarareando una canción de moda con la que se había levantado y ahora no podía quitarse de la cabeza. Se había levantado radiante, llena de vitalidad y como si los acontecimientos de los días anteriores simplemente hubieran sido un mal sueño.

Tras la repentina confesión de Irvine, el chico se había quedado algo más en su habitación. Estuvieron charlando de todos esos sentimientos que ambos habían estado reprimiendo durante meses y rieron, y se acariciaron y como no, se besaron, una y otra vez. Selphie jamás pudo imaginar que los besos del vaquero pudieran dejarla en una nube constante.

Tras coger algo de desayunar tomó asiento en una de las mesas al lado del ventanal y comenzó a mirar cosas en su móvil de manera despistada. De pronto alguien la pellizcó a la altura de la cintura y tomó asiento a su lado.

- ¡Irvine! No te he vist…

La joven no pudo acabar de hablar ya que los labios del vaquero la interrumpieron. Recorrieron su boca despacio, con tal ternura que, si no llega a ser porque estaba sentada, juraría que sus piernas le habrían fallado. Cuando aquellos labios se separaron de ella, no pudo evitar soltar un suspiro de satisfacción que hizo sonreír a Irvine. Éste acarició sus mejillas con los pulgares y se perdió en los enormes ojos verdes, siempre tan llenos de vida.

En ese mismo instante, en el que ambos jóvenes se habían perdido en su propio mundo, notaron como dos personas se sentaban de manera eufórica a su lado.

- ¿Eso que acabamos de ver era un beso?

La voz de Zell resonó en la oreja de Selphie, quien cerró los ojos algo molesta por la intromisión.

- Nos alegramos mucho -dijo esta vez Quistis quien no podía dejar de sonreír-.

Realmente se alegraba tanto por ellos, no sabía que más hacer para que esos dos por fin se lanzasen. Era una pena que siguieran perdiendo el tiempo solo por el orgullo que ambos tenían. La mujer rubia apoyó los codos en la mesa y recostó su cara entre las manos sin parar de sonreír mientras miraba a uno y a otro.

Irvine se llevó la mano a la nuca masajeando aquella zona, al parecer algo avergonzado por la situación, eso si que era nuevo, el famoso rompecorazones de Galbadia, sonrojado.

- Parecéis vosotros más contentos que nosotros -matizó echándose hacia atrás en la mesa-.

- ¡Bueno, es que habéis tardado una eternidad! -exclamó el artista marcial viendo como Quistis asentía de manera exagerada ante la obviedad-.

- Vale, vale -empezó a decir Selphie quien estaba algo colorado por la situación-. Nos alegramos de que os alegréis -comentó de manera divertida-. Pero ¿podemos hablar de otra cosa? -preguntó con una sonrisa exagerada-.

Quistis y Zell aceptaron dejar de hablar de la nueva parejita y tras ir a coger algo de desayuno, volvieron a tomar asiento. Fue la instructora quien preguntó a la Seed de pelo despuntado como se encontraba tras lo ocurrido en el día de ayer con el hermano de Yinna.

- Estoy bien pero ayer a la noche Yinna vino a mi habitación -explicó bajando la mirada al recordar el momento-.

- ¿Cómo? Pero ¿para qué? -exclamó algo nerviosa la instructora-.

- No sé, quería hablar de lo ocurrido con su hermano, después puso la escusa de comentar algo de la organización del baile para pasar a mi habitación. Menos mal que Irvine estaba conmigo en ese momento y pudo echarla.

Zell fue dibujando una sonrisa algo tonta cuando Selphie comentó que Irvine estaba en su habitación. Selphie, lo miró y arqueó una ceja.

- Zell… no es lo que estás pensando.

Irvine soltó una risa y le golpeó en el hombro. El artista marcial se quejó mientras se masajeaba la zona del golpe.

- Bueno, pero ¿qué pasó? -siguió preguntando Quistis mientras se echaba hacia delante en la mesa-.

- Nada, le dije que se marchara y después de mirarnos como si quisiera hacernos picadillo, se largó -explicó Irvine con calma-. No sé, creo que están intentando asustarnos, empezaron con Rinoa y ahora…

- Sonhen no intentó asustarme, te lo puedo asegurar -interrumpió Selphie mientras se removía inquieta en su sitio-.

Quistis suspiró a su lado y posó su mano sobre la de su amiga mientras le daba un apretón reconfortante.

- Y, Squall ¿sabe algo de Edea?

- No, aún no, ayer me dijo que la ha llamado un par de veces y nada. Tampoco ha venido por el jardín -matizó la instructora dejando escapar un suspiro-.

Aquellos chicos se dejaron caer sobre sus asientos y acabaron de desayunar, de momento no había mucho que hacer, debían ser pacientes.


Rinoa llegó al garaje del jardín sobre las once y media. Squall la había escrito para que fuese allí directamente.

Cuando entró en el lugar el olor a gasolina la invadió, hizo un rápido recorrido visual y vio a Squall apoyado en un coche negro de aspecto deportivo. La sonrisa no se hizo esperar cuando lo vio allí. Llevaba puesta una sudadera sin gorro, de color azul marino con unas letras a modo de logo impresas en la parte alta del pecho. Una camiseta blanca sobresalía por la parte de abajo, rompiendo el contraste con unos pantalones vaqueros deslavados y algo ceñidos que enmarcaban su cintura.

La joven se acercó con un par de saltitos y plantándose frente a él, se puso de puntillas y lo besó.

- ¿Podemos hacer esto? -comentó ella señalando el coche mientras lo miraba con curiosidad-.

- Si -contestó Squall con confianza mientras hacía girar las llaves sobre su dedo índice-. Lo pone en mi contrato "Acceso y disponibilidad del garaje en cualquier momento y situación" -añadió de manera divertida mientras levantaba los hombros-.

Rinoa asintió mientras sonreía, la verdad que llegarían mucho antes en coche que en transporte público.

Durante el trayecto, Rinoa no paró de hablar, notaba a Squall algo tenso, tal vez, el hecho de volver a la residencia Calway no era su plan perfecto, por eso intentaba charlar de cosas trascendentales.

Hubo un momento de silencio en el que la joven no pudo evitar mirar a Squall de reojo. Nunca había montado con él en coche y verle ahí, tan atento a la carretera, con sus brazos levemente tensados en el volante y sus piernas marcándose bajo aquel pantalón algo ceñido, la hacían desearlo aún más.

De vez en cuando, Squall movía los dedos sobre el volante al ritmo de la música que sonaba en la radio y alternaba la mirada entre Rinoa y el asfalto de la carretera. Llevaba un rato hablando y él sabía que solo intentaba distraerlo de sus pensamientos, que como seguramente había adivinado, los ocupaba el general Calway.

- Mi padre no estará -comentó Rinoa con la mirada puesta en el exterior-.

- ¿Qué?

Squall desvió la mirada hasta la joven, la había escuchado perfectamente, pero necesitaba corroborar aquellas palabras. La oyó reír a su lado.

- Que puedes relajarte, mi padre no estará en casa -explicó posando una mano sobre la pierna de Squall-.

Rinoa juraría que el cuerpo se le relajó por completo mientras conducía.

- Me dirás que no te alegras ¿no? -apuntó ella de manera entretenida-.

- Bueno, tu padre no me tiene demasiado aprecio diría yo, cree que le he robado a su hija -matizó volviendo toda su atención a la carretera-.

- Eso no es verdad.

Los ojos azules de Squall se clavaron sin remedio en la joven mientras arqueaba las cejas de manera más que sorprendida.

- ¡Vale! Puede que crea que me has arrastrado contigo.

- Pero eso no es verdad -rebatió él sin dejarla continuar-.

Squall jamás la incitó a matricularse en el jardín, aunque tenía que admitir que tenerla cerca y saber que allí estaría protegida, le tranquilizaba bastante.

- No, no es verdad -repitió ella dejando entrever una media sonrisa-. Se lo he dicho miles de veces, pero ya sabes como es.

- Sobreprotector -añadió bajando el tono de voz-.

Rinoa lo miró dándole la razón. Su padre siempre había sido así. Desde que su madre falleció, no había parado de intentar que se quedase cerca de él, impidiéndola hacer su propia vida, lo que siempre desembocaba en peleas. Cuando le dijo que se haría Seed, la cosa no fue distinta, simplemente dejó de hablarla durante semanas. Solo la intervención de Kramer y Laguna, que le hicieron ver que ella ya no sería la misma y que en el jardín estaría mejor, hicieron que la situación empezara a mejorar.

- Fue duro vivir con él -comentó Rinoa mientras se recostaba y perdía la mirada por la ventana-.

Squall la miró al escucharla, sabía de sobra como era el general Calway y por supuesto que no tenía un carácter amable. Saber que Rinoa había conseguido superar todo aquello, le hacía admirarla aún más.

El chico sonrió de medio lado y posó su mano sobre el muslo de la joven, le dio un pequeño apretón para dejarla allí mientras la acariciaba de manera mecánica. Rinoa lo miró y le mostró una de esas sonrisas que hacían olvidar cualquier situación, por muy mala que fuera, después llevó una de sus manos hasta la nuca del joven y acarició su pelo de manera agradecida.


Cuando la majestuosa residencia Calway apareció frente a sus ojos, Squall no pudo evitar removerse algo inquieto. Los recuerdos de hacía meses llegaron hasta su mente, pero intentó que aquello no le condicionase. Ahora estaba allí por una razón muy distinta.

Las verjas forjadas en hierro se abrieron despacio y el joven dirigió el coche hasta estacionarlo en el lado derecho de la entrada. La puerta del porche se abrió y por ella apareció una mujer alta y esbelta. Llevaba el pelo recogido en un moño perfecto y vestía un atuendo clásico de color granate.

- ¡Madeleine! -gritó Rinoa con entusiasmo mientras corría hacia ella y la abrazaba-

La mujer pareció sorprendida pero luego sonrió mientras envolvía a Rinoa entre sus brazos. Squall no pudo esconder una sonrisa al ver ese arranque de espontaneidad de la joven morena que él tan bien conocía y al que se estaba aún acostumbrado.

De manera cauta anduvo un par de pasos, pero no quiso acercarse. Observó como ambas mujeres conversaban y como esa mujer lo miraba desde la entrada. Él la saludó de manera cordial haciendo un gesto de mano y ella asintió, mostrando una sonrisa algo tímida.

De pronto, entre las piernas del ama de llaves, se colaba Ángelo ladrando y dando vueltas alrededor de Rinoa para luego salir corriendo hacia Squall. El animal llegó hasta el chico y parándose frente a él, ladró un par de veces.

- No te entiendo ¿sabes? -habló Squall rascándose la nuca-.

Parecía una estupidez, pero le costaba empatizar con Ángelo. Escuchó una especia de gruñido y otro par de ladridos que llamaron su atención. Squall suspiró algo resignado y escuchó la risa de Rinoa.

- Solo quiere que la hagas caso -comentó ella mientras se agachaba frente al animal y lo acariciaba para acabar abrazándolo-.

La voz de Madeleine se dejó escuchar desde la puerta diciéndoles que se lo pasaran bien. Rinoa se giró y se despidió, Squall la imitó y se despidió de aquella mujer. Después se agachó frente a Ángelo y dejó que se acercase a él con cautela mientras le mostraba el dorso de la mano para que lo oliera. El animal se acercó y lamiendo con sumo cuidado esa mano, llegó hasta Squall y se sentó entre sus piernas.

- Creo que le caes muy bien -observó Rinoa-.

El joven comandante sonrió y acarició la cabeza de Ángelo con ternura.

- ¿Quieres ir a dar un paseo? -le habló al animal-.

Ésta contestó con un ladrido y rápidamente se acercó hasta el coche.

- Creo que es demasiado lista -bromeo él viendo el comportamiento-.

- Pues como su dueña -contestó divertida Rinoa mientras le guiñaba un ojo a Squall y corría hasta el coche-.

Squall sonrió y negó con la cabeza, desviaron la mirada hasta Madeleine una última vez antes de montar en el coche para despedirse con un gesto de mano y salir de la residencia Calway.


La pareja había decido ir a un pueblo cercano a Deling que era famoso en la zona por su gastronomía y la belleza de sus calles. Aquel pintoresco pueblo estaba lleno de casitas de piedra y tejados de pizarra. Sus balcones, adornados con todo tipo de flores, llamaban la atención de los turistas que a menudo, se dejaban caer por allí.

Aquel lugar tenía una avenida principal llena de bares y restaurantes. En el centro había una pequeña placita con una llamativa fuente rodeada de bancos de madera en donde parar a descansar.

Squall y Rinoa decidieron comer algo por aquella zona mientras paseaban y veían los comercios locales, los cuales ofrecían toda clase de objetos, accesorios, ropa y demás delicias para los visitantes. Cuando el cansancio empezó a hacerse presente, decidieron pasar el resto de la tarde descansando en una enorme campa con la hierba mas verde que habían visto en su vida. Un lago era el protagonista de aquel parque, en el cual se podían observar distintos tipos de aves y navegar por él en unas barquitas de madera que había en el pequeño muelle.

La joven bruja se encontraba con la espalda recostada en el gran tronco de un árbol, refugiada en la agradable sombra que las tupidas hojas, proyectaban en el suelo. Squall descansaba la cabeza en su regazo y a su vez Ángelo, se encontraba con la cabeza en el abdomen del chico. Éste acariciaba la cabeza del animal de manera mecánica, mientras se relajaba con las caricias que Rinoa depositaba en su pelo.

Una risa entretenida, hizo que Squall abriera un ojo y mirase a Rinoa desde su posición.

- Al final parece que os habéis hecho muy amigos -comentó sin dejar de sonreír. Aquello le parecía demasiado tierno-.

- Claro, me ha tenido más de una hora lanzándole un palo. Ahora soy tu mejor amigo ¿verdad? -dijo Squall levantando levemente la cabeza para mirar a Ángelo-.

El animal emitió un sonidito de aceptación mientras levantaba las orejas y volvía a acomodarse en el abdomen de Squall. El comandante cerró los ojos y volvió a ese estado tan placentero y que no sabía cuánto hace que no sentía, incluso llegó a pensar que jamás se había sentido tan a gusto como en ese mismo momento. A su mente llegaron recuerdos del pasado, de la primera vez que vio a Rinoa y de cuando se enteró que sería su cliente. Nunca había sido un hipócrita, pero en aquella época, se esmeró por hacerle ver a todo el mundo y sobre todo a el mismo, de que esa chica de pelo azabache, llena de vitalidad y sonrisa arrebatadora, no le interesaba en absoluto.

Con todos esos pensamientos rondando por su cabeza, no pudo evitar llegar al momento en que la besó en el balcón y lo que vino después. Jamás pensó que besarla y sentir lo que sintió mientras la envolvía entre sus brazos, le fuera a remover tantísimo. Aun se arrepentía de lo que pasó las semanas posteriores a aquel beso y de cómo trató a Rinoa.

- Lo siento -dijo de pronto con la voz levemente ronca y con una calma que le sorprendió-.

Los ojos de Rinoa se abrieron de par en par y enarcó las cejas a modo de interrogación.

- ¿Cómo? – dijo ella posando las manos sobre las marcadas mandíbulas del joven-.

Squall abrió los ojos despacio e inclinando levemente la cabeza hacia atrás, buscó aquellos ojos almendrados que ahora lo miraban con incertidumbre. El chico levantó una de sus manos y acarició una de las mejillas de la joven para luego pasar por su labio inferior y acabar enredando sus dedos en el largo pelo que caía hacia delante y que casi rozaba su cara.

- Que lo siento, Rin.

Ésta sonrió levemente, pero seguía sin entender nada. De pronto Squall parecía demasiado serio.

- Creo que nunca te he pedido perdón por como te traté las semanas posteriores a la celebración de la derrota de Artemisa -explicó mirándola fijamente-.

- Pero…

El joven se irguió en ese momento y giró su torso para quedar cara a cara con ella. Ángelo protestó y se acomodó al lado de la pareja, haciéndose un ovillo para seguir descansando en la agradable sombra.

- Te traté fatal y tu seguiste ahí -se avergonzó recordando sus modales en aquella época-.

Rinoa dejó caer la cabeza mientras soltaba un sonido a modo de risa.

- Bueno he de decir que estuve a punto de mandarte a paseo, de verdad -dijo adquiriendo un tono algo más serio-.

Squall sonrió con ella.

- Ya, aquel día te enfadaste tanto, nunca te había visto así -comentó-. Me pegaste un tortazo -añadió mirándola de reojo y con media sonrisa en su cara mientras recordaba aquel instante-.

- Te lo merecías -dijo ella bajando la mirada y jugueteando con los anillos de su cuello-.

Realmente se arrepentía de aquello, pero en ese mismo instante no supo reaccionar de otra manera.

- Lo sé -afirmó con voz calmada mientras cogía la mano de ella y la separaba de esos anillos que tanto significado tenían-.

Squall besó varias veces los dedos de la joven y la miró fijamente como si necesitase oírla decir que lo perdonaba, aunque viendo la actitud de Rinoa en todos estos meses, sabía de sobra lo que ella sentía.

Rinoa lo miró de nuevo y rápidamente se movió para sentarse a horcajadas sobre él. Squall sonrió ante el gesto y rodeando la fina cintura de ella, la atrajo más a él. Al instante la pelinegra sintió los suaves labios contra su cuello, besándola una y otra vez y haciendo que su piel se erizase con cada roce. Las fuertes manos acariciaron su espalda hasta rodear su cintura y notar como la pegaba contra su torso, sin posibilidad de escape.

Perdida en aquel abrazo, cerró los ojos, pero algo cambio de pronto. Su respiración comenzó a acelerarse sin remedio y supo lo que estaba por venir. Cuando abrió los ojos, se encontraba sentada en una enorme superficie de tierra, desolada y oscura. Se fijó en un par de árboles quemados al fondo, hasta dónde su vista alcanzaba, y cuando intentó moverse, aquella voz la paralizó.

- Rinoa… -susurró aquella voz-. Despídete de él y de todos, pronto ya no estarán contigo…

La respiración acelerada empezó a faltarle y la sensación de mareo aumentó.

- Debes regresar…

Cuando quiso darse cuenta, las manos de Squall sobre sus mejillas la trajeron de vuelta. Todo volvía a ser como hasta hace unos minutos. Él estaba ahí con ella, Ángelo a su lado y toda esa gente en el precioso parque.

- ¡Rinoa!

La voz de Squall resonó algo lejana. Rinoa observó como la había apartado de él para poder mirarla fijamente.

- ¿Estás bien? -preguntó con las cejas enfrentadas mientras la sujetaba de los hombros-.

Squall la vio titubear y desviar la mirada para volver a mirarlo. Sonrió de manera amable y se levantó con agilidad de las piernas del chico. Ángelo la miró y poniéndose de pie, se acercó hasta ella. El joven comandante suspiró algo cansado y con parsimonia imitó a la joven hasta colocarse a su lado.

- De repente te has puesto a temblar -intentó en vano Squall hacerla hablar-.

La pelinegra se agachó y comenzó a acariciar la cabeza de su mascota.

- Rin… -la llamó de nuevo inclinándose hasta tocarla el hombro-.

- Estoy bien, no… es nada… Estoy algo cansada.

Squall se llevó la mano a la frente y emitió un gruñido molesto. Sabía que algo la pasaba, pero era tan cabezota que se negaba a contárselo.

- ¿Sigues teniendo… esas visiones? O lo que sean -preguntó algo confundido-.

Rinoa se levantó del suelo y se giró hacia el joven.

- Estoy bien de verdad. No hay de que preocuparse.

La muchacha vio como el rostro de Squall se endurecía aún más ante las últimas palabras. Sabía que con él no iba a colar, pero no quería pensar en eso que cada vez se repetía con más asiduidad. Caminó despacio hasta él y enredando sus brazos en la acintura del chico, descansó la cabeza sobre su pecho.

- Gracias por lo de hoy -comentó casi en un susurro mientras cerraba los ojos ante el calor del cuerpo de Squall-.

Éste dejó escapar aire por la nariz a modo de risa y la envolvió con sus brazos.

- ¿Por qué? ¿Por pasar el día con mi novia? -comentó desenfadado-.

Ésta despegó la cabeza del torso y miró hacia arriba buscando los ojos azules del muchacho.

- Creo que es la primera vez que te oigo decir esa palabra -dijo sin poder evitar una sonrisa-.

Squall gruñó y meneó la cabeza.

- Bueno es lo que eres ¿no? -admitió con tranquilidad-.

Por un momento Squall la miró y pensó en que haría si alguna vez no la tuviese a su lado, ¿cómo de duro sería aquello? No quiso ni pensarlo.

- Será mejor ir yendo -añadió-. Si no, se nos hará tarde.

Ella asintió y besándolo con ternura infinita, lo cogió de la mano y junto a Ángelo, emprendieron el camino hacia el coche.


Yinna abrió los ojos de repente y comenzó a reír con demencia. Se encontraba tumbada en la cama de aquel cuarto militar que hacía meses se había convertido en una especie de hogar. Aunque ella sabía que su hogar estaba bastante más lejos de todo aquello.

Llevaba días intentando penetrar en la mente de Rinoa, en su memoria más profunda pero esa mujer era fuerte y continuamente la echaba, aunque sentía que cada vez estaba más cerca de conseguirlo.

Ella y sus hermanos tenían claro el plan, intimidar y asustar a esos Seeds para que bajasen la guardia. La bruja era el objetivo, pero siempre estaba rodeada de gente, así que había tenido que ingeniárselas para debilitarla y poco a poco, sabía que lo estaba consiguiendo, pronto su mente sería tan penetrable que llevársela de allí sería pan comido.

Desde que se juntó a ella en los baños de la segundo piso, había conseguido grandes avances, aunque sus hermanos creyesen lo contrario. Esa bruja, ahora, era mucho más débil, de eso no había duda.

Solo necesitaba algo más de tiempo.


Notitas…

He tardado una eternidad ¿no? Lo siento, pero estas semanas no me ha dado para más, espero poder avanzar algo más rápido. Ya sé que es otro capitulo en el que no pasa gran cosa, pero necesitaba escribir algunas escenitas. Espero no haberos aburrido.

* Quiero comentar que la escena en la que Squall pide perdón a Rinoa por su comportamiento tras besarla en el balcón, es porqué estoy pensando en escribir algo nuevo al respecto. Aún no tengo mucho definido y no sé si llegaré a publicar, pero para que sepáis que no he plantado la escena ahí, porque sí, en mi cabeza tiene sentido, jeje. Si os morís de ganas de que escriba algo así, pues hacérmelo saber :-)

Gracias, como siempre, a todos por leer. Hasta la próxima.

Nancyriny: Jejeje, así que no entendiste la versión anterior, pues no me extraña. Espero que esta si se esté entendiendo, aunque a veces tengo dudas de si la estoy enrevesando demasiado. Ya sé que es otro capi como tranqui en el que no pasa nada, peeeero, quería escribirlo, jeje.

Espero que te haya gustado y mil gracias por el apoyo incondicional. ¡Un abrazo!