Disclaimer: H.P. no me pertenece. Le pertenece a J.K Rowling
Había una vez...
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Harry y él no se hablaban. Harry parecía molesto, Draco solo estaba cansado.
Cansado de la mirada sobre él exigiendo una explicación, cansado de sus propios sentimientos ahogándolo. Intentó fingir que todo estaba bien, lo que hizo a Potter más furioso. Y lo peor era que Draco podía sentir que incluso había empezado a seguirlo. Quizá lo hacía, tenía magia y era el héroe. Sabía cientos hechizos más que él. Esperó que estuviera cuidando bien de los niños , porque si les pasaba algo mientras jugaba al policía...
Suspiró.
No importaba, incluso si lo seguía, Draco no tenía nada qué esconder, nada que Potter pudiera ver.
Porque todo estaba en sus pensamientos, y en su alma.
-¿Draco? ¿Estás bien?-preguntó un compañero suyo, mirando sobre su hombro, y descubrió que no había avanzado casi nada en su trabajo.
-No estoy concentrado- respondió agotado.
-Eso lo puedo ver ¿Tus dos hijos están bien?
Draco asintió dejando la cabeza caer al escritorio y, con un poco de lástima, su compañero le ofreció una barra de chocolate.
-¿Quieres hablar de eso?
-No, no realmente.
Su compañero asintió. Tal vez podrías ir a comer un poco antes, ¿no?-exclamó mirando el reloj. -De todas maneras, necesitas despejarte un poco.
-Si, eso estaría bien-exclamó Draco antes de tomar consigo el almuerzo que un silencioso Potter le había brindado. Estaba saliendo de la oficina cuando nuevamente se sintió observado, y sintió que era un sentimiento conocido. No era molesto, era incluso cotidiano.
-¿Potter?-preguntó mirando a su alrededor, pero no había nadie.
-Estoy enloqueciendo-susurró Draco.-De verdad, estoy enloqueciendo.
Se sentó en unas mesas en una plaza y empezó a comer.
-Delicioso-susurró.-Nunca pensé que pudiera comer algo así, pensó recordando su horrible cocina y la de Pansy cuando empezaron a vivir juntos. De hecho les iba muy mal. Eran jóvenes, tontos y habían sido criados por elfos, aprendieron muy sobre la marcha. Draco ni siquiera sabía cómo Scorpius y Albus habían sobrevivido bajo su cuidado. Supuso que mucho de eso se debía a que intentaba darle el cariño que sus padres nunca le habían demostrado. Si Lucius lo viera, estaría muy enojado. Con un trabajo muggle, cuidando del hijo del Salvador del Mundo Mágico. Convirtiendo a un mestizo de Weasley en su hijo...
Y su madre, ella lo vería con disgusto.
Sonrió tristemente extrañando a Pansy.
-Ojalá estuvieras aquí, Pansy Parkinson, para golpear mi cabeza y meterle un poco de sentido común. Te estás obsesionando de nuevo, dirías. Deja de balbucear de nuevo sobre lo mismo.
Respiró profundo tratando de no dejarse dominar y continuó comiendo, intentando ignorar el llanto que amenazaba por llegar.
Estaba tan jodido. Sin Pansy, sin Blaise...
No tenía nadie excepto a Potter.
Quería decirse que si estuviera solo su vida seguiría igual y no estaría en este dilema, pero en el fondo sabía que la presencia de Potter había calmado gran parte de sus miedos y hasta hace unas semanas lo hacía sentir bien, cálido, agradable. Pero ahora, él recordaba este anhelo, recordaba el enojo, la tristeza... Quería no tenerla, quería volver a esos días con Pansy donde todo iba mal pero eran libres, donde reía cuando en la cocina las palomitas saltaban fuera de la olla cuando Pansy levantaba la tapa, a los días en que sus manos se juntaban y se miraban por minutos antes de dormir, diciéndose que todo estaría mejor mañana. O a la manera en que ella terminaba ensuciando más de lo que limpiaba...
Rió sin poder evitarlo.
Extrañaba mucho a su mejor amiga.
La que lo había ayudado a soportar la guerra. La que lo había ayudado a curar su corazón.
-Pansy-susurró echándose a llorar y cubriendo su rostro-Pansy... No sé qué estoy haciendo. Te extraño, te extraño mucho.
Era vergonzoso y triste llorar donde habían otras personas, iba en contra de todo lo que había sido y aprendido, pero lo hizo. Dejó que las lágrimas brotaran y el nudo por semanas en su garganta se desvaneciera. Y cuando terminó, su corazón latió más aliviado y todo era más claro para su mente. Comió lentamente el almuerzo, agradecido de que el otro fuera tan amable de prepararlo aunque estuviera enojado con él, y se preguntó que diría Potter si estuviera ahí, para ver lo bajo que había caído. No había rastro alguno del niño con el que peleaba a diario. A veces, Draco se preguntaba si estaba viviendo una mejor vida que si hubiera estado en Wiltshire.
Mientras recobraba la compostura, pensó que, quizá, sería bueno para él llevarle flores a su mejor amiga y su querida esposa, y platicar con ella. Ciertamente no resolvería nada, pero desde que había tenido dos hijos difícilmente la veía, y si ella estuviera viva jamás lo hubiera perdonado por abandonarla por un Potter. Asi fuera un bebé.
Dejarla por un Potter...
-Eso no pasará de nuevo, Pans-prometió-Jamás nadie podrá reemplazarte.
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Cuando Harry entró nuevamente a su hogar frente a Grimmauld Place, se sentía un completo bastardo. Había dejado a los niños con la niñera por un tiempo, y se había escabullido para visitar a Draco. Vigilar era una mejor palabra. Como fuera, no esperaba que Draco estuviera tan deprimido que llorara tan dolorosamente en público. No pensaba que se tratara de Parkinson... Pensó que ocultaba algo relacionado a él, no creyó... no consideró...
Frustrado, Harry entró y relevó a la niñera, empezando a cuidar a los niños y a cocinar. Se sentía culpable, y tonto, y estaba celoso de una persona que había muerto, porque el corazón de Draco estaba con ella.
Triste, se sentó en el suelo de la cocina y abrazó sus piernas.
-Mierda-susurró bajando la cabeza.
¿Por qué no lo pensó antes?
Ellos tuvieron un hijo. Crearon una casa juntos.
Draco no iba a corresponderle...
Entristecido, Harry se obligó a continuar y seguir cocinando. Estaba en modo automático cuando bañó a los niños, y les sirvió la comida. Probablemente Draco llegaría tarde de todos modos, así que no valía la pena esperar, de nuevo.
Pero la puerta sonó, y se abrió; y sorprendido, Harry miró hacia la puerta, donde un estático Draco lo miró por segundos, antes de enrojecer ligeramente y saludar titubeante.
-Hola...
Harry hubiera rodado los ojos, o no hubiera saludado, si no lo hubiera visto quebrarse hace unas horas, en cambio, esta vez sonrió ligeramente y respondió.
-Hola, ¿cómo estuvo el trabajo?-cuando el rubio lo miró sorprendido, como atrapado in fraganti, Harry enrojeció un poco-digo, hoy llegaste temprano. Hace mucho tiempo que no lo hacías.
Draco asintió pensativo.
-Fue un asco. Siempre es un asco. No sé como soporto trabajar tanto tiempo con papeles en todos lados. En fin, no avancé mucho. Mañana lo haré mejor y más rápido, para recuperar el tiempo perdido. Tal vez llegue tarde mañana...-le informó por primera vez, con un poco de tensión.
Intentando ser lo más amable posible, Harry asintió mientras lo veía dirigirse a lavarse las manos para comer.
-Debe ser duro trabajar en algo que no te gusta. Si tu quieres yo podría...
Sentándose en la mesa, Draco negó..
-No, los niños te necesitan y te gusta mucho estar con ellos. Además no tienes papeleo muggle. No te preocupes, los números se me dan bien. Tampoco es que me moleste mucho. Solo estoy siendo un poco dramático, ¿sabes? Es algo propio de los Malfoy-intentó bromear pero Harry no rió, incómodo, Draco empezó a comer-Fue de gran ayuda cuando tuve deudas que pagar-exclamó volviendo al tema y sonriendo suavemente al ver a los niños intercambiar sus verduras.-Merlín sabe que los niños son caros, no sabes como agradezco que la magia volviera. Simplemente no creí que sería ese tipo de persona, en un cubículo ocupado principalmente por un escritorio, junto a otras decenas.
-¿Qué hubieras sido?
-¿Qué?
-Si te hubieras quedado en el Mundo Mágico, ¿qué hubieras sido?
Draco rió amargamente.
-Hubiera sido Lord Malfoy.
Un silencio abarcó entre ambos.
-No quise decir...-empezó frustrado el profesor-no pretendía...
-Potter...está bien-exclamó calmándolo-Lord Malfoy era lo último que soñaba de pequeño. Si hubiera podido dedicarme a lo que quería de niño hubiera sido como Newton Scamander. Mi padre lo hubiera odiado-rió-pero yo hubiera sido muy feliz. Pansy...
Harry no quería oir de Pansy, se puso de pie de inmediato.
-Creo, creo que dejé la estufa prendida, perdona un momento.
-¿Eh? Claro-respondió sorprendido el rubio mirándolo irse.
-Papá estaba triste-exclamó Scorpius apenas se fue-dijo que iría a visitarte papi y cuando regreso sonreía triste. ¿Pelearon papi?
¿Fue a visitarlo?
Oh...
-Él me vio...- mirando a sus hijos, Draco les sonrió y negó. Esa noche, decidió darle un descanso a Potter, y como no lo hizo en algún tiempo, los acostó y empezó a susurrarles un cuento sin necesidad de un libro.
-Hace mucho tiempo,-empezó el slytherin mirando la sonrisa emocionada de sus hijos. Usualmente las historias se trataban de Harry Potter y las pocas aventuras que conocía, a veces simplemente imaginaba algunas, pero esta vez quería hablarles de él. No era una historia de aventuras, quizá fuera aburrida, como fuera, si se dormían, al menos sería bueno-en una Mansión en el campo, vivía un pequeño niño de cabellos dorados como el sol y ojos plateados como la luna.
-Como tú, papi.
-Como yo, si. Bien, la familia de ese niño era de la nobleza. Tenían dinero, status, magia. Todo lo que pudieran desear, podían tenerlo con tan solo extender la mano. -Exclamó estirando la mano y creando un lumus, ellos abrieron la boca sorprendidos, como no lo estarían cuando supieran que era uno de los hechizos más simples.-El pequeño niño tenía un deseo en su corazón. Algún día, exclamó, conocería al niño de ojos esmeralda del que hablaban los cuentos que su elfo le leía cada noche. Que era un héroe, que había vencido al hombre más malo de la historia.
-¡Harry Potter!-gritaron ellos.
-Harry Potter-repitió él, golpeando sus pequeñas narices y haciéndolos reír.
-Seremos grandes amigos... Jugaremos juntos, estudiaremos con el otro, viajaremos por el mundo, exclamó alegremente, pero sus padres tenían otros planes para él, ellos querían más dinero, más poder. La amistad, la felicidad que el niño dorado deseaba no les importaba en lo más mínimo. ¿Viajar?, rieron, ¿a dónde irás si estarás cuidando de la Mansión? ¿Jugar?, ¿cuándo tendrás tiempo si estarás administrando y enriqueciendo la fortuna familiar? Ellos rieron de los sueños del niño dorado. Lo obligaron a estudiar mucho, a tener los modales correctos. A no mostrarse débil frente a nadie. Lo vistieron del mismo color del que ellos se vestían, haciéndolo una pequeña copia de ambos. Lo obligaron a bajar la voz, a no sonreír. A no amar, porque el amor demostraba debilidad. No podía jugar o era castigado. Ellos no lo tocaban, no lo abrazaban.
Los niños hicieron pucheros.
-No importa, pensó el niño, él es poderoso, estarán felices cuando logre su amistad. Si él está cerca, tal vez pueda ser libre.
Con el corazón en su sueño, el niño dorado esperó el día en que pudiera conocerlo. Pero cuando lo hizo, el niño de ojos esmeraldas no quiso saber nada de él. En cambio, el niño dorado le desagradó por completo. Todo el oro en él, todos los modales, todas sus palabras lo irritaban. Oh, no pongan esa cara, se pone mejor-prometió.- Entristecido, el niño dorado se enfadó mucho y decidió que, tal vez, tal vez lo mejor sería ignorar al niño esmeralda; pero no pudo hacerlo. Lo odiaba, lo odiaba mucho. La presencia del niño de ojos esmeraldas solo le recordaba lo muy infeliz que era. Cada vez que veía su reflejo solo veía un oro opaco cada vez más oscuro en él que la vez anterior. Será mejor que intente buscar a alguien más, pensó. Aún puedo viajar, aún puedo jugar con alguien más. Alguien, alguien aún puede quererme. Yo... no soy tan malo. Intentó buscar en las personas a su alrededor, pero ellas ya tenían a alguien o no parecían los correctos. Me iré solo, espero que alguien para mi me encuentre en ese otro lugar, pensó. Un día se le acercó una niña de ojos verdes. No eran esmeraldas, eran peridotos, pero al niño dorado le gustaron. Yo quiero que seas mío-exclamó ella.-No me molesta el oro en ti. De hecho, me gusta mucho el oro. Para mi, tu oro es el más brillante en el mundo. ¿Tu viajarías conmigo? preguntó a la niña, y ella lo miró con incredulidad ¿Viajar? No pudo viajar, mis padres no me darán permiso. No ahora, algún día. Ella lo pensó mucho. Me encantaría ver algo diferente, respondió, lejos de estas paredes llenas de tesoros. Se vuelve extremadamente aburrido a veces. El niño dorado sonrió felizmente y por primera vez sintió comprendido. Ella también tenía un dorado sobre ella, también tenía modales y una mirada fría. Eso no le agradó mucho, porque, para él, su dorado no brillaba con calidez. Pero al menos brillaba, pensó mirando su propio dorado. Desde que el niño esmeralda exclamó cómo se sentía respecto a él, el niño dorado no se sentía bien con él mismo; pero ella había exclamado que le gustaba su brillo. Tal vez seguía brillando con la misma fuerza de antes y no lo sabía. Así, el niño de ojos plateados y la niña de ojos peridotos se hicieron amigos. O algo así. Ambos eran demasiado fríos. Ninguno confiaba completamente en el otro. Lo único que hacían juntos era estudiar y caminar junto al otro. No jugaban, no reían, no hacían nada divertido. Él era como una posesión más de ella, aún si parecía todo lo contrario.
-¡Qué aburrido!
-Lo era, si.
-¿Y entonces?
-Bueno, el niño dorado pensó que, quizá, lo que necesitaba era a alguien más, pero no pudo buscarla, porque un hombre apareció. El hombre observó al niño y dejó un mensaje para sus padres. Lo quiero de mi lado. El padre del niño estaba muy feliz. Hijo sé agradecido. Te ha escogido. Te convertirás en uno de sus más importantes aliados, serás poderoso. El niño dorado respondió, pero no quiero ser poderoso. Tenemos el poder necesario. Su padre lo abofeteó. Debes sacrificarte el bien de tu familia-exclamó su madre con dureza. Su victoria nos dará fama, nos hará inmensamente ricos. El niño no quería ser rico, así que ellos lo encerraron en su habitación.
-Eran muy malos.
-Lo eran, si. Apenas pudo escapar, el niño dorado le contó todo a la niña de ojos peridotos. No porque confiara en ella, sino porque no tenía a nadie más. Ella lo abrazó y dijo que lo ayudaría. Entonces el niño dorado la quiso más. Unos días más tarde el chico fue preparado, viajó por un camino largo y sinuoso hasta una casa oscura, acompañado de su padre. Notando su tristeza, aquel hombre le dijo que para ser feliz tenía que ayudarlo en algo. ¿Cómo puedo ayudarte? Preguntó. ¿Ves esta lista de tareas? Realízalas una a una. El niño se determinó y comenzó a realizar las tareas que le decían. Puedo hacerlo, se dijo. Puedo hacerlo. En ese momento, niños vestidos de rojo amarillo, azul e incluso verde aparecieron frente al niño. Dejaron correr su furia como el fuego. El niño se abrumó de tristeza y la culpa pero continuó avanzando en sus tareas. A veces estaba consumido en dolor, pero continuó trabajando duro para ser feliz. Sin saber para qué era o qué era lo que esperaba por él al final. Intentó ayudar a su madre a obtener la fama y el dinero que la harían feliz, intentó darle el poder que haría feliz a su padre; aún cuando aún no sabía que lo haría feliz a él.
-¿Y lo logró?
-No, él se quedó solo al final. La mansión surtida de tesoros y las aulas repletas de oro fueron vaciadas, los jardínes llenos de flores se marchitaron... El poder que tanto quería su padre se esfumó. Sus padres fueron llevados lejos. De todo lo que tuvo alguna vez, no quedaba nada. El niño dorado miró su cuerpo... estaba cubierto de negro. No ha valido la pena, pensó, y lloró. Estaba tan avergonzado de sí mismo que no podía mostrarse a alguien más. Pensaba en qué haría cuando la niña de ojos peridotos lo encontró. Te he buscado mucho, tenemos que irnos. ¿Juntos?, preguntó él. Si, tu eres quien quería viajar conmigo y ver el mundo ¿Ya no quieres hacerlo? No hay nada que nos ate aquí. También quieren que nos vayamos. Este es el momento ideal para viajar. Después de todo se vuelve extremadamente aburrido a veces. El niño de ojos plateados como la luna sonrió, con lágrimas en los ojos pero el corazón aliviado. Tomó su mano y prometió no soltarla. Con ella construyó una nueva casa, con nuevos jardínes y menos dinero, y sobre todo más abrazos y felicidad. También tuvo una pequeña estrella a la que ambos protegieron cuidadosamente y que iluminaba la vida de ambos, sin importar donde estaban. Y más tarde encontrarían una pequeña esmeralda. Pero esa es otra historia.
-Cuéntala ahora-exigieron, sin comprender del todo el significado de la otra. Draco sonrió enternecido y besó sus frentes.
-No es hora de dormir. Sueñen con dragones y leones. Tal vez esta noche puedan volar sobre uno.
Ellos rieron.
-Descansen, cachorros-deseó antes de salir de la habitación, dándole tiempo al otro de marcharse a su cuarto.
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Había una vez un dragón que contaba cuentos
y un león que en lo oculto lo escuchaba.
