Capítulo 1: ¿Qué tipo de monstruo?
Cuando la ira nubló su visión, el Kyuubi sintió el odio brotar desde lo más profundo de su ser. Todo el odio acumulado durante siglos se liberó con furia, dirigido hacia las minúsculas criaturas que yacían bajo él. Intentó moverse, pero las malditas cadenas doradas lo mantenían inmovilizado.
Sus ojos se clavaron en la figura que poseía las cadenas. Pudo sentirlo. Miedo. Dolor. Su chakra se extendió como una marea negra incinerante, inundando el área con una intensidad avasalladora. Ahora percibía con claridad el odio que emanaba de lo más profundo de su ser mortal.
El chakra del Kyuubi burbujeaba de emoción, cada fibra de su existencia vibraba con la intensidad de ese sentimiento. Una sonrisa malévola se formó en su rostro ante la revelación, pero vaciló momentáneamente; ese odio no era dirigido hacia él.
Pero un segundo después, al comprender hacia quién iba dirigido el odio, la sonrisa volvió a ensancharse, más cruel y desgarradora que nunca. Arremetió con rapidez y fuerza, extendiendo una titánica garra hacia las insignificantes criaturas debajo de él. Sintió un placer perverso al clavar a sus víctimas en el suelo calcinado, disfrutando del flujo de sangre a través de su afilada garra titánica.
El chakra del Kyuubi comenzó a burbujear maniáticamente.
¡Sí, era libre!
Pero su emoción se detuvo abruptamente. Una sensación de frío inundó el entorno. Al principio no sucedió nada, pero luego, algo que pensó que nunca volvería a ver, apareció.
Una figura translúcida se alzó gloriosamente detrás del humano de cabello amarillo. Extendió ambos brazos en una señal de divinidad y poder más allá de la comprensión. Una daga translúcida surgió de su estómago, emanando un poder fuera de la imaginación. En un instante, penetró el cuerpo del hombre con la daga, devorando su alma.
El silencio llenó el campo de batalla convertido en un páramo oscuro y titilante, reflejando la batalla que había ocurrido hace menos de diez minutos.
El Kyuubi sintió la mirada opresiva de la figura translúcida fija en él. Un vacío lo inundó, pero casi al instante, la ira y el caos desenfrenado brotaron desde lo más profundo de su ser. Rugió titánicamente, creando una onda expansiva que desgarró lo último que quedaba del otrora bosque del Fuego.
Sus fauces se abrieron y chakra vil se formó en el aire. No permitiría que algo así volviera a suceder.
Pero tan pronto como el chakra ominoso surgió frente a su hocico, desapareció. La daga translúcida y celestial lo perforó, directo en su núcleo vital. Un núcleo que no existía en el plano físico, destinado a consumir toda la maldad del mundo, a apoderarse de ella y hacerla suya.
El Kyuubi sintió su cuerpo y alma separarse y luego unirse de nuevo, pero esta vez no en el campo de batalla. Su núcleo volvió a la normalidad, su chakra recobró su poder y totalidad. Pero no hubo satisfacción alguna, ninguna emoción. Frente a él se alzaban colosales puertas de hierro dorado, con un ominoso sello en su centro que hizo hervir su rabia incontrolable.
Estrelló sus titánicas colas contra las paredes que lo encerraban, desatando una furia devastadora con cada golpe. Infundió en ellas todo su chakra corrosivo, pero las paredes absorbieron la violencia sin mostrar daño alguno, burlándose de su desesperación.
Sin embargo, más allá de esta prisión, en el mundo físico, la realidad se distorsionaba. Lo sintió. El eco de su ira traspasó dimensiones, rompiendo el equilibrio de lo tangible. El aire se volvió denso y cargado de una energía ominosa. Las criaturas que aún respiraban en el exterior sintieron un escalofrío que paralizó sus corazones. Hubo un ensordecedor minuto de silencio, un vacío abismal que anunciaba el éxito de su ira.
Había logrado su cometido. Lentamente, pero con certeza, una diabólica y desquiciada sonrisa comenzó a formarse en su titánico rostro, ensombrecido por la oscuridad que lo rodeaba. Sus ojos rojos rasgados brillaban con una malevolencia intensa, y sus afilados dientes relucían como cuchillas en la penumbra.
El humano había cometido un gran error. Su sonrisa se oscureció aún más, sus ojos se entrecerraron con una satisfacción perversa.
Observó cómo una diminuta porción de su chakra era consumida por una grieta bajo el suelo negro de su cárcel. Su risa diabólica y colosal inundó la oscuridad de la celda, reverberando con un eco que parecía eterno. El sonido era una mezcla de locura y triunfo, un testimonio del caos que estaba a punto de desatarse. Cada carcajada era una declaración de su inevitable liberación y la catástrofe que seguiría.
Konohagakure. 5 años después del Ataque del Kyuubi.
Hiruzen miró en silencio a través del gran cristal que ocultaba su presencia. Su cuerpo, que ya era viejo, estaba demasiado cansado. Uno pensaría que ser el líder de un pueblo próspero sería fácil de manejar. Y realmente, Hiruzen pensaba eso. Lo malo es que, en este momento, la aldea oculta entre las hojas no era un lugar próspero.
Habían pasado cinco años desde el devastador ataque de la bestia de nueve colas. Pero el pueblo aún no se recuperaba, ni mucho menos. Más de la mitad de la infraestructura había desaparecido por el daño colateral del poder de la bestia. El bosque que los protegía, el que les daba el nombre de pueblo escondido, había desaparecido. Ahora era solo un enorme páramo oscuro, vacío de la vida rebosante del que gozaba.
En este año iban a comenzar las medidas de reforestación.
Fue algo necesario. La moral de las personas disminuía cada vez que veían fuera de los muros reconstruidos. Y siendo sincero, a él mismo le entristecía ver el estado en el que había quedado el bosque. Un bosque que había alzado su difunto maestro durante la fundación de la aldea.
El sonido de un murmullo silencioso lo sacó de sus cavilaciones.
Volvió a fijar su atención dentro de la sala de observación. En el centro, sentado sobre una manta blanca, sosteniendo sus pies contra su pecho, se encontraba un pequeño niño. Tenía el cabello rojo, de un tono bastante parecido al de la sangre. Los especialistas lo catalogaron como cabello de color vino. Para él, era lo mismo. En algunas religiones, el vino era la representación de la sangre.
El niño se arrullaba a sí mismo tapando sus oídos con bastante fuerza. Incluso, desde esta posición, la tez blanca muy pálida del niño era bastante clara, indicando su falta de exposición al sol. Una consecuencia de la decisión que tomó su difunto padre.
Hiruzen nunca entendería el razonamiento detrás de tal decisión. Algunos dirían que no podía entenderlo porque no era padre. Pero estarían equivocados, él era padre. Tampoco podrían decirle que no entendía su posición como Hokage, porque, después de todo, él era el Hokage más longevo. Así que no hubo ninguna razón para no comprender las decisiones del hombre que lo había sucedido.
Estaba agradecido con el hombre por salvarlos de una catástrofe aun mayor, por supuesto. Simplemente, no coincidía en la forma en que lo hizo. Con solo ver el estado de su hijo, confirmaba sus pensamientos al respecto. Después de todo, ¿Qué era tan importante, como para someter a tu hijo a la maldad de la bestia más cruel de todas?
Hasta el momento, aún no veía aquello que le hizo al hombre llevar a cabo tal pecado.
Una figura se detuvo a su costado, observando la misma escena frente a él. Hubo un momento de silencio, ambos hombres tratando de no ceder ante sus emociones. Fue duro ver a un niño inocente ser castigado por la crueldad y malevolencia de un chakra más allá de la comprensión.
Justo después de que los murmullos incesantes del niño se detuvieron, el hombre a su costado le entregó una hoja de papel. Hiruzen la sostuvo en la palma de su mano, pero no bajó la mirada para observar el papel. Continuó observando al niño que ahora estaba mirando directamente en su dirección.
Era casi como si supiera que estaban ahí, aunque el cristal los ocultara de su visión. Aunque sonaba imposible, esa era la verdad. El niño era consciente de que estaban allí. Siempre lo fue. Él lo sentía todo. No había nada fuera de su alcance. En términos de habilidades sensoriales, el niño era alguien omnipotente.
—Dime, Inoichi, ¿las voces han disminuido con el tratamiento? —preguntó en voz baja, casi como un susurro.
Inoichi no respondió de inmediato. Tal vez porque quería ordenar sus pensamientos, o quizás porque quedó hipnotizado por los ojos rojos que lo miraban penetrantemente. Después de un momento de silencio, respondió con total honestidad.
—Su estado solo ha empeorado. Las técnicas y rituales mentales de mi clan no sirven en estas condiciones. Su estado no es una enfermedad, solo una consecuencia del chakra oscuro que circula por todo su cuerpo.
Incluso, después de terminar de explicar la situación, Inoichi no sintió la carga desvanecerse de sus hombros. Aunque quisiera, no podía. No cuando miraba a alguien inocente en tal estado. Ningún niño, nadie, tenía que pasar por algo así. Pero con todo el dolor del alma, estaba agradecido con el niño. Sin su sacrificio, probablemente no podría estar disfrutando del amor de su familia, de su pequeña princesa que tanto se parecía a su madre.
Fue esa la razón por la que había puesto tanto empeño en la salud del niño. Era lo menos que podía hacer. Era lo menos que podía hacer por el Héroe de Konoha. Porque sí, eso era el niño acurrucado en sí mismo frente a él. Él era la razón por la que todo el pueblo, incluso se atrevería a decir, la nación del fuego, aún podían prosperar.
Estaría eternamente agradecido.
Hiruzen no mostró reacción externa ante la declaración. Tal vez ya lo esperaba. Tal vez desde un principio fue consciente del final de esta lucha. Tal vez simplemente estaba cansado. Pero incluso, con tales predisposiciones, le dolía escuchar tales palabras. Le dolió aún más saber que ya esperaba esto. Al fin de cuentas, toda esta situación era nueva. Nunca había sucedido algo así. Nadie se había atrevido a romper las reglas de los Uzumaki.
"No sellar al Kyuubi en un humano, siempre y cuando, su chakra no vaya a estar separado del de la bestia".
Uzumaki Mito lo selló en sí misma, pero respetando la regla. Después lo selló en Uzumaki Kushina, respetando con creces la regla. Haciendo un sello, que no solo separe ambos chakras, sino que incluso encarcele al Bijuu en su propio sello. Fue un poco más oscuro, pero al fin de cuentas, hizo su trabajo.
Pero tuvo que llegar su predecesor e ignorar la regla vital. Selló a la bestia en su hijo con un sello predispuesto a fusionar el chakra vil de la bestia con el de su hijo. Fue algo repugnante. Y aunque la virtud del sello era innegable, el riesgo que tomó al hacerlo, con un recién nacido, ensombreció todo lo brillante de su obra. Para Hiruzen, y para todos los que sabían del sacrificio, el respeto debía ir a otra persona. Nada más y nada menos que para el Héroe de la Hoja.
Pocos eran conscientes de ello, pero fueron afortunados de que un Uzumaki naciera ese día. ¿La razón? Era simple. El poder del Kyuubi solo podía ser contenido por un Uzumaki de sangre pura. Después de todo, el clan Uzumaki era la representación misma de fortaleza física y espiritual, la cúspide de la longevidad humana. Eran el reflejo mismo de la fuerza que podía tener un cuerpo humano.
Pero incluso, con la genética del clan más fuerte, Hiruzen sabía que un recién nacido no podía soportar el chakra de la bestia más fuerte de todas. Los expertos eran conscientes de ello. Mito lo selló en sí misma cuando tenía veinticuatro años. Luego lo selló en Kushina cuando esta tenía catorce años, y fue simplemente, porque la niña tenía el chakra más fuerte y especial de su clan.
Esa fue la razón por la que el niño, con apenas minutos de vida, hizo algo histórico en las Naciones Elementales. Logró soportar y asimilar el chakra corrosivo en su pequeño cuerpo no desarrollado, y, con un hito histórico, no morir durante el proceso. Fue una muestra de la fuerza y pureza de su genética Uzumaki, algo sorprendente considerando que la sangre de Namikaze podía diluir su herencia.
Afortunadamente, no fue así. Después de rigurosos estudios, los resultados fueron claros: el único rasgo de sangre en su cuerpo era el de su madre, el Uzumaki. Fue un milagro de la naturaleza, una maravilla de la biología humana. Y aunque sonaba impresionante, ese conocimiento planteó más dudas, incluso algunos pensamientos bastante oscuros.
Unos especialistas sugirieron que, durante el embarazo, el feto tuvo algún contacto con el chakra del Kyuubi, e incluso algunos creían que este contacto ocurrió durante la fecundación. Fue algo inquietante, pero podría explicar la razón de su adaptación al chakra de la bestia. Esto hacía que la situación fuera aún más sorprendente.
Hiruzen miró directamente a los ojos rojos del pequeño niño. Eso fue solo una muestra de la fuerza que el niño guardaba en su interior. Para Hiruzen, Uzumaki Naruto era la persona más fuerte de la Nación del Fuego, tanto física como mentalmente. Sí, mentalmente. Cualquier humano se habría quebrado completamente después de un solo día bajo el chakra opresivo del Kyuubi. Era otra prueba más de la fortaleza del joven Uzumaki.
Pero incluso con toda esa fortaleza, Hiruzen sabía que el niño no podía vivir de esta manera. Si es que vivir encerrado en una habitación las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año, podría considerarse vida. Podía contar con los dedos de una mano las veces que Naruto había salido al aire libre. Y del mismo modo, podía contar los minutos que duró cada salida.
Fue triste.
Con solo cinco años, el niño ya entendía más sobre la crueldad del mundo que la mayoría. No necesitaba salir para acumular experiencia. Solo tenía que cerrar los ojos. Solo tenía que intentar dormir, y las imágenes inundarían su mente. Vivencias que no eran suyas se reproducían una y otra vez en su cabeza. Experiencias que para cualquier shinobi veterano serían difíciles de soportar.
Soltó un largo y cansado suspiro. Las arrugas en su rostro se profundizaron aún más, enmarcando su envejecida piel.
Miró finalmente al hombre a su costado, tenía la mirada fija en la figura en el centro de la habitación. Parecía casi hipnotizado. Tal vez lo era. Esos ojos llenos de desesperanza y odio cautivarían a cualquiera. En un intento de salvaguardar el espíritu del hombre, habló finalmente:
—¿Qué recomiendas hacer?
Fue una pregunta corta, y para algunos, una pregunta bastante normal. En este caso, fue una pregunta que hizo que las almas de ambos hombres se retorcieran de dolor. ¿Qué podían hacer? ¿Había incluso una solución? ¿Una luz al final del túnel? Ninguno lo sabía. Bueno, tal vez uno ya tenía una idea, pero tenía miedo de lo que eso podría causar. Miedo de las consecuencias que no solo podría traerle al niño, sino al mundo en general.
Inoichi no pudo dar respuesta a la pregunta. Hubo semanas en las que se rebanó la cabeza, en busca de cualquier solución, pero no hubo ninguna. O más bien, no le llegó ninguna. Eso quería pensar. No quería limitar el problema a algún caso sin remedio. No, eso no le haría ningún bien a nadie. En absoluto. Pero, aunque quería mantener la esperanza, no pudo evitar las palabras que salieron inconscientemente de su boca.
—No hay nada que podamos hacer, Sandaime.
Quiso replicar en el instante en que las palabras salieron, pero su cuerpo no respondió. Fue como si su cuerpo aceptara las palabras, como si sintiera que la respuesta era la correcta. Una escapatoria al dolor que había acumulado en su pecho. Una forma de decirse que ya no gastara energía en un caso sin fin. Le dolió admitirlo, pero realmente sentía eso. Había hecho todo lo que pudo, sacrificando gran parte de su tiempo con su familia por su trabajo. Los últimos cinco años dedicó gran parte de su esfuerzo y vida a esto.
Se había perdido la primera palabra de su hija, su primer paso sin ayuda. Para un padre, eso era doloroso. Y su fracaso, para un trabajador, era devastador. Solo quería... irse, descansar y disfrutar de su familia, sin tener que preocuparse por nada más. Podía sonar egoísta, pero realmente anhelaba alejarse del trabajo agotador.
Cuando giró para mirar al Hokage, supo que el hombre entendía sus pensamientos, lo que su cuerpo pedía a gritos que hiciera realidad. Fue en ese momento que algo dentro de él resurgió: la responsabilidad y dedicación a su trabajo. Aunque su cuerpo y mente sufrirían, estaba a punto de contradecir sus propias palabras, de decirle a su líder que no descansaría hasta lograr la paz en el alma del niño. Sin embargo, fue interrumpido antes de que cualquier palabra pudiera salir de su boca.
—Descansa, Inoichi. Has hecho un gran trabajo. Tu esfuerzo no fue en vano. Estaré eternamente agradecido por tu dedicación. A partir de ahora...
Inoichi se quedó quieto en su lugar, esperando a que el Hokage terminara la oración.
—A partir de ahora, yo me encargaré del resto —continuó el Hokage.
Inoichi cerró los ojos con cansancio. Aunque quería decir que deseaba continuar, sabía que no era cierto. Anhelaba el descanso. Pero eso no significaba que no pudiera hacer una última pregunta.
—¿Qué hará con Naruto, Sandaime-Sama?
Hiruzen apartó la vista de Inoichi y volvió a centrarse en el cristal, esta vez con los ojos cerrados. Pasaron varios minutos en los que no dijo nada. Ordenar sus pensamientos y emociones resultaba difícil en este momento significativo para el futuro. Aunque había reflexionado y planeado meticulosamente durante mucho tiempo, aceptarlo no fue fácil, sabiendo que podría dañar aún más el alma del niño.
Pero no había otra opción. No podía dudar. Esto era por el bien del héroe de Konoha.
Finalmente, abrió los ojos. Dejó de lado cualquier duda y vacilación, respondiendo como el líder militar que era.
—Haremos que Naruto controle el chakra del Kyuubi.
El silencio llenó el pasillo oscuro.
Inoichi estaba sorprendido, perplejo. Lo que pretendía el Hokage era inaudito, algo que podría incluso empeorar la situación de su paciente. Estuvo tentado a reclamar, a gritarle al hombre sobre su estupidez, pero su mente racional no se lo permitió. No podía. Después de todo, ¿quién era él para negarle una oportunidad a su paciente? ¿No sería eso inmoral?
A pesar del dolor en su pecho, sentía que esa podría ser la solución. Que el niño controlara el chakra del Kyuubi podría detener la influencia del Bijuu y permitirle vivir una vida sin las incesantes voces que lo instaban a destruir todo a su paso. Sabía que sería difícil, pero si algo había aprendido del niño, era que las leyes de la naturaleza y la lógica no siempre aplicaban a él.
Levantó la mirada, esta vez centrada en la figura cansada de su Hokage.
—¿Cómo planea llevar eso a cabo?
Para sorpresa suya, no fue el hombre frente a él quien respondió. El sonido rítmico del bastón resonó en el pasillo vacío, eclipsando todo a su alrededor.
—Yo me encargaré de eso, Yamanaka —dijo Danzo Shimura, emergiendo de las sombras con su único ojo fijo en el alma de su futuro estudiante, su mano descansando sobre un bastón de madera simple pero elegante. Su presencia llenó la habitación de una seguridad que parecía un faro de esperanza.
Para Inoichi, fue desconcertante. Sin embargo, al ver al shinobi de las sombras, sintió un leve destello de esperanza. Observó en silencio mientras Danzo casi penetraba con su mirada el alma del niño que le devolvía la mirada, como en una competencia de voluntades. Le sorprendió que la desesperanza en los ojos del niño no pareciera afectar al hombre. Era como si el estado del niño no despertara ninguna emoción en él.
Conocía bien al comandante de la división de operaciones encubiertas de ANBU, y realmente pensó que así era. Ese pensamiento le hizo considerar intervenir para proteger a su paciente, pero se detuvo. Observó cómo el niño apartaba la mirada, como si se hubiera cansado de la batalla de miradas, algo que nunca antes había visto en Naruto.
—Si ocultas tus emociones y no le permites entrar en tu ser más profundo, te dejará en paz —dijo Danzo con voz tranquila pero autoritaria, sacándolo de sus pensamientos mientras seguía observando al niño con su ojo experto.
Inoichi se encontró preguntándose:
—¿Por qué?
Danzo se giró hacia él completamente.
—El niño siente todas las emociones negativas de las personas: vergüenza, tristeza, miedo, pena, incluso el odio más intenso. Todo lo negativo, por más insignificante que parezca. Todos los humanos tenemos estas emociones, es lo que nos hace humanos. Esto convierte al niño en un receptor omnipotente de emociones. Sabe lo que sientes a través de esas emociones. Si hay rastro de odio en ti, él lo percibirá. Es por eso que cuando no puede discernir ninguna emoción de este tipo, le resulta difícil comprender tus pensamientos. Esto lo hace perder interés, evita relacionarse contigo. Se ha acostumbrado a sentir todo, así que cuando no puede captar nada en ti, se retira. Tal vez por temor, tal vez por falta de interés.
Inoichi quedó sorprendido por el profundo análisis del hombre. Parecía haber estudiado cada mínimo detalle de los movimientos del niño. Miró al hombre, un tanto desconfiado.
—¿Cómo lo sabe? Nunca lo he visto por aquí —preguntó Inoichi, con curiosidad y un deje de desconfianza en su tono.
Danzo volvió su atención hacia su futuro estudiante.
—Me lo acaban de decir sus ojos —respondió con calma.
Inoichi parpadeó sorprendido y miró al hombre en un prolongado e incómodo silencio. Era frustrante que Danzo hubiera descubierto algo que él no había logrado entender en cinco años. Su orgullo quedó pisoteado frente a él. Aun así, no pudo evitar sentir respeto por Danzo. Quizás él era la persona adecuada para ayudar al niño. Pero Inoichi sabía que esto no solo se trataba de ayudar al niño. Danzo era el comandante de la élite de la aldea, los agentes de Anbu, los hombres más fuertes que mantenían la paz del país.
Si Danzo iba a encargarse del niño, solo podía significar una cosa.
—El niño tiene un potencial casi ilimitado. El mismo chakra que lo está haciendo sufrir será el que lo lleve a la cima. Lo moldearé adecuadamente. Le proporcionaré las herramientas para que nadie pueda arrebatarle su derecho a vivir. Tarde o temprano, el niño dominará a la bestia más poderosa de este mundo —dijo Danzo con palabras casi gloriosas.
Incluso Hiruzen, que hasta entonces tenía la mirada fija en el papel que le había dado Inoichi, pudo sentir el poder detrás de esas palabras.
Inoichi asintió lentamente. Veía la lógica en lo que decía Danzo. El niño tenía todos los ingredientes para convertirse en el hombre más poderoso de las naciones elementales, con su chakra casi ilimitado y su linaje legendario del clan Uzumaki. La mera idea le provocó escalofríos. El niño sería una fuerza de la naturaleza. Solo esperaba que su estado mental no se deteriorara aún más.
Miró a Danzo y asintió en señal de aceptación. Estaba confiando a su paciente, a quien había acompañado durante más de cuatro años, a este hombre. Era una sensación extraña. Antes de que su cuerpo lo guiara hacia la salida, su curiosidad emergió y formuló una pregunta.
—¿Cómo es que Naruto perdió interés en su intercambio de miradas?
Danzo volvió a mirar a Inoichi, discerniendo su duda y curiosidad.
—No encontró nada dentro de mí —respondió después de un breve silencio.
Inoichi observó cómo el rostro del hombre permanecía imperturbable, sin parpadear ni mostrar emoción alguna. Era como si sus palabras fueran completamente ciertas. Danzo no reflejaba ninguna emoción, solo un rostro envejecido por la edad, desprovisto de cualquier brillo. En ese momento, Inoichi se dio cuenta: era el hombre perfecto para ayudar a su paciente.
Asintió en respuesta, hizo una breve reverencia a las dos autoridades y salió de la oscura habitación. Quiso despedirse de su paciente, pero sabía que sería demasiado sentimental para él.
Danzo observó en silencio al niño, que yacía acostado sobre una manta blanca en medio de la habitación. Podía ver sus labios moverse de vez en cuando, murmurando algo para sí mismo. Después de un momento de observación, cerró los ojos al comprender lo que decía. Era un niño fuerte, sin duda.
Después de un largo rato de silencio, se giró hacia su antiguo compañero de equipo, quien aún estaba concentrado en el papel que sostenía en la mano. Supuso que era algo importante, ya que rara vez algo lo sumergía tanto en la contemplación.
—Mañana vendrán a recogerlo temprano. Haré que alguien lleve sus cosas a la sede de Anbu —dijo Danzo, rompiendo el silencio.
Hiruzen salió de su ensimismamiento al escuchar la voz del Halcón de Guerra. Al registrar las palabras, asintió en respuesta, aunque la forma en que Danzo se retiró sugirió que era más una respuesta para sí mismo que para alguien más. Conocían bien sus roles, y no necesitaban palabras para entenderse. Danzo sabía cuándo Hiruzen estaba en trance, y ya habían planeado esto.
El pasillo volvió a quedar en silencio. La oscuridad envolvió la figura del Hokage. Después de lo que parecieron horas, Hiruzen finalmente dejó el lugar.
Konohagakure. Al día siguiente.
Lo primero que notó el hombre con máscara de Halcón fue que el lugar era extrañamente frío. Demasiado para su gusto. Casi sentía que el lugar era algún tipo de congelador. De alguna manera, parecía que habían metido el clima del país de las nieves en este lugar.
Y aunque fue extraño, no pensó más en ello. Tenía una misión que cumplir. Y como uno de los mejores miembros de la élite de su país, se adentró en silencio a la gran y única habitación del lugar. En el instante que entró a la habitación, tuvo que reprimir un escalofrío. Incluso adentro estaba más congelado.
Inspeccionó la habitación fría y oscura, y de inmediato encontró a su objetivo. Estaba acostado en medio de la habitación. Y aunque pudo haber sido una escena normal, los ojos rojos fijos en su dirección lo hicieron levantar ambas cejas detrás de la máscara.
—¿Lo había sentido? —Una rara sensación de vergüenza se instaló en su cuerpo. Aunque era una misión sencilla e inofensiva, había entrado con total seriedad al lugar. Es decir, había enmascarado su presencia como lo hacía en cualquier misión. Como lo debían hacer todos los miembros de la élite de su país. Nunca fue un hombre que subestimara la dificultad de las misiones, por más tontas que estas fueran.
Fue esa la razón que lo convirtió en el mejor escondiendo su presencia. Su gran control de chakra había sido clave en ello. Pero su estilo de perfeccionismo lo había llevado a tal punto. Entre sus camaradas, era respetado por tal habilidad. Ni siquiera su compañera Nara era capaz de tal camuflaje perfecto. Aunque todo eso pudo haberlo convertido en alguien soberbio de sus habilidades, él era consiente que no era el caso.
Así que, mientras veía los ojos rojos en medio de la oscuridad, se encontró preguntando como era esto posible. Pasaron minutos en que ambos pares de ojos se quedaron fijos. Ninguno pestañeó durante la competencia de miradas. Cuando pasó el primer cuarto de hora, el enmascarado finalmente se encontró moviéndose de su lugar.
Se dejó caer del techo y cayó en silencio en la fría madera. Aun sin perder el contacto visual, se acercó con elegancia al niño acostado. Mientras más se acercaba, notó una diferencia cada vez mayor en el ambiente. De alguna forma, sentía que lentamente el calor aumentaba en la habitación. Cuando se encontró al costado del niño, que aún lo miraba penetrantemente, entendió que el calor provenía del cuerpo del niño.
Aunque sentía que era un calor humanamente soportable, sintió que se quemaría si tocaba la piel del niño. Y como era un hombre esclavo de sus instintos, evitaría cualquier tipo de contacto hasta que estuviera seguro de las consecuencias. Satisfecho por su decisión, se arrodilló en su lugar, lo justo para estar más cerca del rostro del niño.
—Me han asignado llevarte a tu nueva estadía. Alístate y te llevaré al lugar— con eso dicho, se levantó en silencio y se dirigió a la salida de la habitación. Cuando se giró para volver al niño, se encontró levantando de nuevo las cejas.
Aun en la oscuridad, acostumbrado a trabajar en entornos sin luz, pudo observar cómo el niño tomaba una pequeña llave y comenzaba a quitarse lo que parecían ser cadenas de sus tobillos. Aunque esto fue sorprendente, el niño las retiró con una facilidad que sugería que ya lo había hecho muchas veces antes. Después, la pequeña figura se levantó y prendió la luz de la habitación. Estuvo tentado a camuflar su presencia, pero se mantuvo inmóvil en su posición.
Había esperado que fuese una luz brillante, pero fue todo lo contrario. Era tenue, casi imperceptible. Si tenía que definirla de alguna forma, era idéntica a la luz que irradiaba la luna por las noches. Y aunque fue poca la iluminación, fue suficiente para notar todo a su alrededor. Pudo ver mejor lo que había desatado el niño y confirmó sus sospechas.
A los costados de donde estaba la manta blanca, se encontraban cadenas de hierro que surgían del suelo. A simple vista, parecían bastante firmes en su lugar. Parecía que habían sido creadas para contener una fuerza indomable. El pensamiento lo hizo enfocar su atención en el niño que levantaba la manta y comenzaba a doblarla con cuidado.
—¿Para qué eran necesarias esas cadenas? — se preguntó.
Aunque extraño, el niño parecía inofensivo. No podía sentir nada proveniente de él, absolutamente nada que le advirtiera peligro. De hecho, enfocó un poco más sus sentidos, y efectivamente no logró sentir nada. Eso fue algo inquietante. Era un niño, no había tenido ningún tipo de entrenamiento ninja, por lo que no debería ser capaz de enmascarar su firma de chakra.
Aunque extraño, no se detuvo a pensar en ello. En un principio le habían explicado que vendría por alguien a quien su líder entrenaría directamente. Sería la primera vez que el legendario estudiante del Segundo Hokage, el Halcón de Guerra, tomaría a un aprendiz. Así que, de alguna forma, este niño extraño, encerrado en las profundidades del monumento Hokage, debía ser alguien especial. Era ajeno a qué lo convertía en alguien especial, pero no se detuvo a pensar en ello.
Su misión era solo una, y esa era llevarlo a las instalaciones donde se encontraba la élite del país. El lugar donde había pasado la mayor parte de su vida entrenando para ser una de las sombras que protegen al gran árbol. El cuál sería el nuevo hogar de este niño de cabello rojo.
—¿En el nuevo lugar estarán también? — La voz ronca e infantil lo sacó de sus pensamientos. Enfocó de nuevo su atención y encontró al pequeño observando las cadenas en el suelo. Repasó la pregunta en su mente y respondió con sinceridad.
—Desconozco la información.
La respuesta hizo que el cuerpo del niño se estremeciera. Casi parecía que le hubiera picado algo. Notó el ligero rastro de incertidumbre en el rostro del niño. Como un hombre ajeno a las interacciones con personas menores que él, no supo qué hacer al respecto. Pero como un hombre que disfruta un trabajo bien hecho, se encontró preguntando algo que parecía importante.
—¿Son necesarias?
El niño despegó la mirada de las cadenas y se giró para mirarlo directamente a los ojos. Por suerte, años de entrenamiento y de experiencias cercanas a la muerte lo hicieron inmune a la desesperanza que mostraron esos orbes rojos. Eran emociones demasiado oscuras para estar presentes en un niño, pero no parpadeó.
—Mientras duermo es más difícil controlarme.
El hecho de que viniera de un niño de no más de cinco años, y que tuviera extrañamente una voz ronca, hizo que la situación se volviera inquietante.
—¿Controlarse? —El enmascarado se encontró mirando detenidamente cada centímetro del rostro pálido del niño. Ahora que lo veía un poco mejor, el niño parecía casi una especie de vampiro con ese tono de cabello rojo idéntico al de la sangre, y ese tono de piel pálido. Cuando se detuvo en sus ojos, pudo notar algo que no había visto antes.
Sus ojos rojos tenían una pequeña hendidura negra en su centro. Aunque extraño, lo reconoció como los ojos característicos de los Inuzuka. Aunque todos sus miembros tenían los ojos blancos con hendidura negra, bien pudo ser el niño una excepción.
Dejando de lado las palabras del niño, se concentró en su misión. Si tenía que saber la información, se la habrían dado antes de la misión. Así que, fuese lo que fuese el niño, su misión solo era llevarlo a la sede de Anbu. Contento con su pensamiento, habló:
—Me informaron que tu nuevo lugar tiene todo lo que necesitas. Si las cadenas son una necesidad, puede que las tengas ahí.
El pequeño no hizo ningún gesto que mostrara que lo había escuchado, pero teniendo en cuenta que estaban en silencio y solos en una habitación, dio por sentado que lo había escuchado fuerte y claro. Además, no podía ser alguien sordo ya que había respondido a su pregunta.
Continuó observando al niño y, tan solo unos instantes después, el niño se encontró viéndolo directamente. Mantuvo su distancia en todo momento, tal vez desconfiado de su presencia o asustado por su extraña vestimenta. Ajeno a la verdad, solo pudo asentir mientras le indicaba al pequeño que lo siguiera. Estaba seguro de que el niño ya había guardado todo dentro de esa manta blanca. Aunque extraño, el pequeño solo había guardado una libreta de dibujo y un lápiz. Nada de ropa, nada de pertenencias personales. Solo eso.
Supuso que el niño dio por hecho que tendría ropa en su nuevo destino. Si fue así, el niño tenía una mente rápida y perspicaz. O tal vez ya había estado al tanto de que vendrían por él, por lo que ya sabría que tendría ropa en su próximo hogar. Pero descartó la idea. Si hubiera sido así, no hubiera preguntado si habría cadenas en el nuevo lugar. Por extraño que fuera.
Dejando de sobrepensar todo lo que lo rodeaba, se movió con cuidado por las escaleras que los llevarían a las afueras del monumento Hokage, justo por la parte trasera, al lado contrario del pueblo. Fue bueno que la sede de Anbu estuviera por el mismo rumbo, solo un poco más atrás del monumento, justo detrás de la gran cascada que formaban las montañas que eran la base del monumento sagrado.
El niño de cabello rojo aún mantenía la distancia. Se había establecido una distancia de veinte escalones, justo por detrás de su posición. Era raro, pero no hizo preguntas. Solo continuó guiando el viaje, vigilando todo a su alrededor sin necesidad de apartar la vista de su camino. Sin duda, sus ojos eran una gran herramienta.
Al llegar a la cima del monumento, al lado contrario de los rostros, esperó a que el niño se uniera a él. Cuando no lo hizo, se acercó al borde del hueco donde empezaban las escaleras, y miró al niño que estaba inmóvil, a 20 escalones de llegar a la cima. Al instante comprendió el problema.
Asintió y empezó a avanzar en dirección a la sede de Anbu, caminando por la roca de la gran montaña. Cuando avanzó unos cinco metros, finalmente percibió al niño emerger de las escaleras. Satisfecho, continuó con la tranquila caminata. Era de madrugada, por lo que el sol apenas se estaba poniendo en el horizonte. Sin duda, era la hora perfecta del día. Ni tan oscuro ni tan brillante. Era perfecto.
Cuando llegó al borde de la montaña, continuó su camino por las improvisadas escaleras que rodeaban la hermosa cascada. Habían sido construidas por un miembro de Anbu, así que fue una obra del ninjutsu de tierra. Seguro de que el niño lo seguía, no se detuvo por ningún instante. Contento con el ritmo de la caminata, bajó las escaleras mientras disfrutaba de la brisa que golpeaba sus brazos desnudos.
Se detuvo finalmente cuando se encontró frente a la gran cascada. Desde su posición, es decir, desde debajo de la montaña, la cascada parecía caer del cielo. Fue un hermoso juego de perspectiva. Cuando el niño se detuvo a cinco metros de distancia de él, hizo una señal con la mano, y una parte de la cascada se abrió, mostrando una pequeña pero elegante puerta de madera.
Caminó por el agua para entrar por la puerta, pero se detuvo cuando comprendió que el niño no podía caminar por el agua. Se giró, y encontró al pequeño pelirrojo mirando el agua extrañamente. Supuso que fue sorpresa por su acción. Pensando un poco, solo pudo encontrar una solución al problema.
—Tendré que cargarte para poder entrar.
El niño se quedó inmóvil en su posición, al borde del río que formaba la cascada.
Taka no se inmutó por la falta de respuesta. Había trabajado con clientes más difíciles antes. Así que solo caminó hacia el niño, que lo vio por unos segundos antes de dar pasos hacia atrás. Cuando estaba seguro de que el niño seguiría retrocediendo, se detuvo.
—Si no te cargo, no podrás entrar —dijo, después de un minuto de silencio.
El niño no pestañeó ante las palabras, su rostro pálido ligeramente iluminado por el sol.
Taka suspiró un poco, antes de girarse hacia la cascada. Estaba claro que el niño no quería ningún contacto humano. Pensando en una solución rápida, encontró su respuesta en sus propias manos. Sin perder tiempo, hizo unas señales con la mano y las golpeó contra el suelo.
—Doton: Tsuchi Kairo (Elemento Tierra: Pasaje de Tierra).
El suelo tembló momentáneamente y, del lugar bajo sus pies, emergió una acumulación de roca que rápidamente formó un camino, extendiéndose hasta la puerta oculta tras la cascada. Satisfecho con su rápida solución, caminó por el sendero recién creado, dirigiéndose hacia la sede de Anbu. No se detuvo en ningún momento, seguro de que el niño lo seguía por detrás. Cuando percibió al pequeño pelirrojo entrar al lugar, hizo una señal con la mano y la entrada se volvió a ocultar. Más tarde destruiría el camino improvisado sobre el río; primero, cumpliría su misión.
El pasillo por el que caminaban era amplio, iluminado solo por velas colocadas en sucesión a lo largo de las paredes. Las sombras danzaban con cada paso que daban, creando un ambiente sombrío y misterioso. Los muros de piedra, fríos y ásperos, parecían absorber cualquier sonido, haciendo que sus pasos resonaran en el silencio.
Mientras dirigía al niño a la habitación que habían preparado especialmente para él, se adentraron más y más en los recovecos de la sede de Anbu. Sorprendentemente, el lugar estaba en la sección más recóndita de la base, donde casi nadie se aventuraba. Al parecer, Danzo-sama deseaba gran privacidad para el entrenamiento de su primer estudiante.
Atravesaron uno de los cuatro puentes que conectaban distintas áreas dentro de la instalación Anbu. Estos puentes, suspendidos sobre un abismo oscuro, parecían flotar en el vacío. Desde allí, se podía ver un descomunal precipicio que se perdía en la oscuridad, lo que sin duda impresionó al niño, quien dejó de mirar la espalda del hombre para observar a su alrededor con asombro.
Después de lo que parecieron horas de caminar en silencio, llegaron al otro extremo de la sede, donde se encontraba un solitario campo de entrenamiento y, ahora, una habitación contigua a la oficina privada del líder de Anbu. Se detuvo ante una modesta puerta blanca, y cuando vio que el niño se detenía a cierta distancia, abrió la puerta.
Lo primero que notó fue la oscuridad dentro del lugar. Lo segundo, fueron las velas esparcidas en las esquinas de la habitación, iluminándola tenuemente con una luz parpadeante. Lo tercero, y lo que lo hizo sentir extrañamente aliviado, fueron las cadenas que surgían del suelo, justo en el centro de la habitación, iguales a las de la otra habitación.
Asintió brevemente hacia el niño y se dirigió de regreso a la sala de misiones, donde probablemente estaría su líder. Al notar que el niño no se movía, se giró y habló un poco más fuerte para que lo escuchara desde su posición.
—Ese es tu nuevo hogar —dijo, y luego se giró y desapareció en el aire cuando vio al niño entrar.
Oficina de misiones Anbu. Minutos después.
Taka se arrodilló frente al líder de Anbu. Había llegado poco después de dejar al niño en su nueva habitación y de deshacer el camino de tierra que había creado. Era esencial mantener oculta la ubicación de la sede de Anbu, donde también se encontraban los criminales más peligrosos del país.
—Informe —la voz sin emociones de Danzo rompió el silencio.
Taka asintió.
—El objetivo está en su habitación. El trayecto transcurrió sin problemas.
—Bien —Danzo observó la máscara de Anbu con detenimiento antes de formular otra pregunta—. ¿Alguna observación sobre el objetivo?
—El objetivo muestra renuencia al contacto humano. Durante el viaje, mantuvo siempre una distancia de unos metros.
Danzo permaneció impasible, instando a Halcón a continuar.
—Además, noté que el niño no tiene ninguna firma de chakra y mi Byakugan es incapaz de ver a través de su cuerpo.
Una ligera y casi imperceptible sonrisa se dibujó en el rostro de Danzo.
—¿Algo más?
Taka reflexionó por un momento.
—Aunque estoy seguro de que ya lo sabe, parece que el objetivo es parte del clan Inuzuka.
Danzo no mostró ninguna emoción externa, aunque internamente estaba ligeramente divertido.
—¿La razón?
—Sus ojos, señor —respondió Halcón de inmediato.
Danzo no reaccionó visiblemente ante la respuesta y, tras unos segundos, asintió al hombre.
—Eres libre.
Sin añadir nada más, el enmascarado Anbu desapareció en el aire, señal de un Shunshin.
En la penumbra, Danzo no pudo evitar sentir un poco de emoción ante el futuro cercano. Sabía que tenía una tarea complicada, pero estaba decidido a convertir al niño en el soldado perfecto y, sobre todo, a enseñarle a llevar una vida normal.
Nunca le agradó ver a un ser humano sin control sobre sus emociones, y menos aún, a alguien sin control sobre su propia vida. Muchos lo consideraban un hombre sin sentimientos, incapaz de comprender lo que eran. Pero aquellos pocos que lo conocían sabían que estaban equivocados.
Contrariamente a lo que pensaban, Danzo era un hombre con un vasto conocimiento de las emociones humanas. Se podría considerar un experto en emociones e interacciones humanas. Más que nadie en el país, él era consciente del poder de las emociones.
Esa fue la razón por la que su antiguo compañero de equipo le dejó la responsabilidad de ser el guardián del Héroe de la Hoja.
Habitación de Naruto.
El pelirrojo miró en silencio la amplia habitación tenuemente iluminada. Tenía todo lo que necesitaba: un ropero en una esquina y un par de cadenas en el centro. El resto de la habitación, como siempre le gustó, estaba vacía, permitiéndole moverse sin obstáculos.
Se acercó a las cadenas y colocó con cuidado su libreta de dibujo a un costado. Esa libreta, desgastada por el uso constante, siempre había sido algo indispensable. Desplegó su manta blanca en el suelo, justo donde sus pies apuntaban a las cadenas. Siempre fueron incómodas, y sus cuidadores nunca las aprobaron, pero él sabía que eran necesarias.
De esta forma, ya no volvería a dañar a nadie.
Se sentó con cuidado en la manta, cruzando sus pies entre sí, como le habían enseñado sus doctores. La mayor parte del día la pasaba en la posición meditativa, tratando de combatir las incesantes voces que resonaban en su mente. Nunca lograba acallarlas del todo, pero al menos la meditación le proporcionaba un mínimo de control. Esa había sido su rutina en los últimos años.
Despertar, sentarse en la posición meditativa, desayunar, seguir en la misma posición, comer, seguir en la misma posición, leer y leer, dibujar y dibujar, seguir en la misma posición, cenar, seguir en la misma posición, atarse los tobillos y dormir. Lo mismo, día tras día. Las frías paredes y la oscuridad eran su única compañía constante.
Así tenía que ser. Era lo único que podía hacer un ser como él.
Miró fijamente la puerta de la habitación, ya sentado en su posición habitual. La tenue luz de las velas parpadeaba suavemente, proyectando sombras en las paredes desnudas. Y, como de costumbre, el silencio en su cabeza no duró mucho. Esas vocecitas, que al principio habían sido divertidas cuando era más pequeño, ahora eran una tortura constante. No había día que no deseara que desaparecieran. Pero nunca lo hacían, siempre estaban ahí, esperándolo al despertar, susurrándole cosas horribles.
Cada día era una lucha. Las voces le recordaban constantemente lo que era: un peligro, una amenaza. Intentaba recordar las palabras de sus doctores, los ejercicios de respiración y las técnicas de control, pero a veces se sentía abrumado. Aunque el silencio de la habitación ayudaba, algunas veces su mente vagaba hacia recuerdos oscuros, momentos en que las voces habían ganado, en que había perdido el control.
Sin embargo, había encontrado un pequeño refugio en su libreta de dibujo. Dibujar le proporcionaba una salida, una manera de recordar todo lo que decían las voces, todas las imágenes que veía mientras dormía. Las páginas estaban llenas de paisajes oscuros, retratos de personas que había visto en sueños y criaturas horribles que habitaban su mente. Era su manera de intentar comprenderse a sí mismo.
¡Asesínalo!
Calmó su respiración cuando un grito desgarrador cruzó su mente. Los gritos siempre eran inesperados, surgiendo en medio de los susurros habituales. Generalmente sucedían cuando llevaba tiempo sin responder a algún pensamiento de su cabeza.
Fijó su vista nuevamente en la puerta de madera. Respiró con un poco de dificultad; las voces querían que asesinara a la persona detrás de la puerta. No. Respiró profundamente y comenzó a gritar en su mente su respuesta. No, no, no, no. Sus gritos fueron más fuertes que las otras voces. Siempre le provocaba un dolor de cabeza, pero de alguna forma siempre funcionaba.
Cuando la puerta se deslizó suavemente, logró normalizar sus expresiones. No quería asustar a esta nueva persona que lo había estado observando durante el último año. Al parecer, finalmente se había atrevido a conocerlo de cerca. O eso quería creer, no podía sentir nada.
Unos instantes después, entró un hombre vendado a la habitación. Su único ojo visible en la oscuridad lo miró sin emociones. Para él, esto era extraño. Era la primera persona que no desprendía ningún tipo de las sensaciones raras. Intentaron explicarle lo que sentía, pero nunca entendió. Simplemente se dejaba llevar por lo que las voces decían cada que veía a una persona.
Sorprendentemente, cuando el hombre estaba cerca, las voces se quedaban en silencio. Aunque agradecido de alguna forma, eso lo dejaba con un vacío extraño en su interior. Le dolía admitirlo, pero las voces ya se habían convertido en una compañía constante. Cuando no las escuchaba, se sentía solo.
Quería deshacerse de ellas, pero de alguna forma se sentía vacío sin ellas.
Dejó de pensar en ello; siempre fue un dilema que lo dejaba agarrándose la cabeza con frustración.
—¿Te gusta el lugar? —la voz grave y fría rompió el incómodo silencio.
El pelirrojo asintió lentamente, no seguro de su propia voz.
Danzo continuó mirando fijamente los orbes rojos del niño, sin pestañear en ningún momento.
—Este será tu hogar en los próximos años.
El niño volvió a asentir.
Danzo se detuvo un poco para ordenar sus pensamientos. Tenía que empezar con un pie firme en su nueva misión. Había pensado en esperar unos días, pero se engañaría al decir que no estaba un poco ansioso al respecto. Y de alguna forma, el hecho de que apenas comenzaba el día, ayudó un poco a decidirse a empezar este capítulo de su vida.
—Soy el comandante de las Operaciones Negras de Anbu, Danzo Shimura. A partir de ahora, estaré a cargo de todo lo que respecta a tu vida —dijo, apretando con un poco de fuerza su bastón de madera.
El pelirrojo logró formar una leve expresión de sorpresa, pero fue rápidamente sustituida por su expresión de cansancio.
Danzo ignoró la fluctuación de emociones y continuó.
—A partir de ahora me llamarás Shimura-sensei, y quiero que sea pronunciado con el respeto que eso conlleva. Harás todo lo que te diga, y no se permite en ningún momento mostrar duda en tu rostro. ¿Entiendes?
El pelirrojo miró ligeramente curioso al hombre, pero asintió un segundo después. Si el hombre quería ayudarlo, como lo había hecho su doctor rubio, aceptaría sus palabras siempre y cuando no pusieran en peligro al mundo.
Danzo miró por un instante más el rostro del niño antes de continuar.
—Dime…, ¿Cuál es tu nombre y cuál es tu edad?
El shinobi de la oscuridad miró un poco más penetrantemente al niño. Ya sabía la respuesta, pero quería confirmar los informes del Yamanaka.
El pelirrojo se quedó paralizado en su lugar. ¿Quién era él? Miró las palmas de sus manos, buscando la respuesta más rápida y acertada. Algunos lo nombraban Uzumaki-chan, otros Naruto-san, otros pelirrojo-san, y su doctor rubio siempre le decía Uzumaki Naruto. Y aunque sentía que ese último, de alguna forma, era su verdadero nombre, algo más en el fondo no sentía nada al escuchar ese nombre. Así que…, ¿Cuál era la respuesta?
Apartó la vista de sus manos y volvió a mirar al hombre parado en la puerta.
—Tengo cinco años… Y mi nombre es…, Yo soy…, Naru, Yo soy…, Uzu, El Kyu..., Yo soy. Yo soy un peligro.
Interesante. Danzo observó la gran avalancha de emociones en el rostro del niño. Sin duda, esa bestia ya había causado un daño considerable. El niño ni siquiera era capaz de distinguir su propia identidad de la de la criatura sellada en su interior. Inoichi había intentado incontables veces explicarle quién era, pero sus esfuerzos siempre fracasaban. Al niño le costaba diferenciar entre él mismo y la bestia.
Sin embargo, como alguien experimentado, Danzo sabía cuál era el camino para enfrentar ese problema. Primero, el niño tenía que aprender todo lo relacionado con su mundo, el mundo de los shinobi. Debía comprender que el caos en su mente era causado por el chakra de una bestia sellada dentro de él. Aunque ya se lo habían dicho antes, no lo habían hecho de la manera en que él lo haría.
—Respuesta incorrecta —respondió después de un momento—. Preguntaré de nuevo. ¿Cuál es tu nombre?
El niño de cabello rojo miró de nuevo sus manos, su estado de ánimo empeorando a cada segundo. La idea de estar sentado en este nuevo lugar se estaba volviendo desagradable. Pensar en eso, de alguna forma, siempre lo hacía sentir raro. Era casi como si quisiera golpear algo. No, apartó sus pensamientos lejos de eso. Golpear era malo. Golpear era malo. Malo. Muy malo.
—Yo, no lo sé.
—Respuesta incorrecta.
El pelirrojo alzó la mirada, mirando con cansancio al hombre.
—No lo sé — dijo, un poco más fuerte que antes.
—Respuesta incorrecta.
Los hombros del niño se encogieron por la dura respuesta. La idea de continuar hablando se extinguió dentro de su cabeza.
Danzo se quedó unos instantes esperando otra respuesta, pero entendió que sería lo máximo que lograría hacer decir al niño. Aunque decepcionante, confirmó la información que tenía.
—Mírame a los ojos —ordenó, su voz firme y fría.
Cuando los orbes vacíos y desamparados se posaron en él, continuó.
—De ahora en adelante, responderás al nombre de Uzumaki Naruto. Cada vez que escuches ese nombre, responderás. Ese nombre es lo que te identificará a partir de ahora. Cada una de las cosas que hagas a partir de hoy, estará bajo ese nombre. ¿Entiendes?
El niño dudó unos breves instantes, pero asintió al final.
—Sí.
—Bien —Danzo miró brevemente la libreta sobre la manta blanca, antes de volver al niño—. Sígueme, te explicaré lo que será de tu vida aquí abajo —con esas palabras, se giró sobre sus talones, indicando con el rostro que lo siguiera.
El pelirrojo se quedó un instante inmóvil en su lugar, pero viendo al hombre que esperaba afuera de la habitación, empezó a avanzar lentamente. Ayudó que las voces estuvieran calladas mientras quedaba a unos centímetros de distancia del hombre. Hubiera sido difícil tratar de silenciarlas en este momento.
Danzo comenzó su camino al campo de entrenamiento privado que había usado el segundo Hokage. Era una enorme cueva, iluminada por sellos creados por Mito Uzumaki. De la misma forma, el lugar estaba repleto de sellos de protección, de barreras, de mantenimiento y de entrenamiento. El lugar perfecto para trabajar con el chakra bijuu.
Y aunque nadie antes había tratado de controlar el chakra del Kyuubi, sentía que el lugar sería lo suficientemente seguro para hacerlo. Además, siempre llevaría consigo los sellos de contención si las cosas se salían de control. Cuando llegaron al centro de la gigantesca y amplia cueva de entrenamiento, se detuvo.
Se giró para enfrentarse al niño y le indicó que se sentara en el suelo. Mientras el niño lo hacía, sacó un pergamino de uno de sus bolsillos internos. Esperó a que el niño fijara su atención en él, cuando lo hizo, volvió a hablar.
—Antes que nada —le tendió el pergamino en su mano—, quiero saber si eres capaz de leer textos.
Naruto tomó con cuidado el pergamino, asegurándose de nunca tocar la mano del hombre. Nunca estuvo seguro de que lo podría llegar a hacer.
—Ábrelo y quiero que leas la primera oración —ordenó Danzo.
El pequeño pelirrojo abrió el pergamino y sus ojos vacíos examinaron brevemente la cantidad de texto. Cuando estuvo seguro de su voz, empezó a leer con voz ronca.
—Aquel que logre dominar sus emociones y usarlas a su favor, será quien se convierta en un verdadero shinobi —leyó la primera oración, terminando hasta que llegó al primer punto.
Danzo asintió satisfecho. Ya le habían informado que el niño ya había aprendido a leer y escribir, pero era un hombre que le gustaba siempre estar seguro de la información.
—¿Conoces todas las palabras que leíste?
El niño asintió.
—¿Entiendes el significado de cada palabra?
Otro asentimiento.
—Bien. Ahora, dime, ¿entiendes el significado de la oración?
—No.
La respuesta fue rápida y corta.
Danzo ya esperaba eso, así que solo pasó al siguiente tema.
—Bien —miró fijamente al niño—. Como dije antes, aquí pasarás los próximos años de tu vida. ¿Tienes alguna idea de lo que harás aquí?
Naruto pareció dudar, pero respondió de todas formas.
—Me ayudarás.
Danzo asintió.
—Bien, es correcto. A partir de ahora me encargaré de ayudarte a controlar todo lo relacionado con tu chakra y tus emociones —se detuvo brevemente—. Dime, ¿sabes qué es el chakra y lo que tienes sellado en tu interior?
Naruto bajó la mirada un poco. Siempre fue confuso pensar en el tema, por lo que pocas veces se detenía a pensar en ello. Aun sin levantar la cabeza, respondió:
—Me dijeron que el chakra es energía. Y que tengo adentro a una bestia que atacó hace cinco años.
—Cada vez que me respondas, debes mirarme a la cara. ¿Entiendes?
El pelirrojo levantó lentamente el rostro, mostrando más cansancio que antes.
Danzo examinó meticulosamente cada centímetro del pálido y juvenil rostro del niño. Detrás de ese cansancio percibió una gran confusión. Aunque la clara muestra de emociones le permitió leer al niño con facilidad, se encargaría de cambiar eso.
—¿Comprendes el sellado?
El pelirrojo negó con la cabeza.
—¿Comprendes el funcionamiento del chakra?
Otra negación de cabeza.
Bien, era todo lo que necesitaba confirmar. Ahora podía comenzar a trabajar.
—Bien. En los próximos años te enseñaré todo lo relacionado con el chakra. Aprenderás la historia y evolución de este. Aprenderás a controlar tu propio chakra y a usarlo correctamente. ¿Alguna duda?
Naruto miró brevemente el techo del lugar y pensó en la pregunta. Aprendería a usar ese tipo de energía y a controlarla también. No sabía lo que significaba, pero lo que tenía seguro, era algo que le picaba en el fondo de su cabeza, que inquietantemente seguía en silencio. Miró al hombre y expresó esa cosa al fondo de su cabeza.
—¿En qué me ayudará eso?
Danzo no pudo evitar sonreír sutilmente, a pesar de la voz casi sin vida del niño.
—Lo comprenderás al finalizar nuestra primera lección.
Naruto, acostumbrado a la decepción, asintió de todas formas. El hombre dijo que estaba aquí para ayudarlo, así que solo debía esperar. Además, estar cerca del hombre de alguna forma calmaba el caos dentro de su cabeza. Fue un silencio reconfortante.
Danzo se sentó sobre el tronco de madera detrás de él y miró inexpresivamente a su primer estudiante.
Convertiría al niño en el mejor soldado del país. No solo por su orgullo como Shinobi, sino por el bien del pueblo, por el propio bien del desamparado niño. Fijó su atención en la mirada vacía del pelirrojo e inició su primera lección. Era un hombre que no se andaba con rodeos. Entre más rápido fuese el proceso, más rápido tendría resultados.
—¿Sabes quién es el Sabio de los Seis Caminos?
Oficina del Hokage.
Hiruzen tenía la mirada fija en un pequeño papel, el mismo que Inoichi le había entregado la noche anterior. A pesar de sus esfuerzos por concentrarse en otras tareas, no podía dejar de contemplar el perturbador dibujo que había captado toda su atención. El anciano soltó un suspiro cansado y dirigió su mirada hacia la ventana, observando cómo los primeros rayos del sol comenzaban a elevarse, iluminando al pueblo con una luz que parecía ajena a la oscuridad de sus pensamientos.
El Hokage observó una última vez el papel antes de levantarse de su asiento. Su cuerpo clamaba por descanso, y siendo alguien que valoraba la importancia de escuchar las necesidades físicas, decidió obedecer. Al salir de su oficina, lanzó una mirada final al papel, ahora abandonado en un pequeño bote de basura. Al cerrar suavemente la puerta detrás de él, una corriente de aire levantó ligeramente el papel, volteándolo lo suficiente para revelar su contenido.
El dibujo, ahora expuesto a la luz del amanecer, revelaba una visión perturbadora de horror y desesperación. La crudeza de la imagen mostraba a un hombre y una mujer atravesados brutalmente por una garra monstruosa, empalados al suelo con una violencia que casi se podía sentir al mirarla. Sus rostros, deformados por el dolor y la desesperación, transmitían un sufrimiento tan profundo y palpable que parecía casi real. Cada detalle de sus expresiones, desde los ojos desorbitados hasta las bocas abiertas en un grito mudo, reflejaba una agonía intensa y sin fin.
Sobre sus cabezas, las palabras "Padre" y "Madre" estaban escritas con una caligrafía tosca, casi infantil, que contrastaba terriblemente con la oscuridad del acto representado. La simpleza de las letras, trazadas con mano temblorosa, revelaba una intención oscura y personal detrás de la escena. La garra, gruesa y afilada, emergía desde el margen superior del dibujo, como una sombra indistinta que insinuaba una presencia aún más siniestra y amenazante.
Junto a esta garra monstruosa, había otra palabra escrita con trazos aún más oscuros y una flecha negra apuntando hacia ella: "Yo". El mensaje era claro y desolador, una declaración de identidad en medio de un acto de sufrimiento y castigo implacable. No solo era una confesión, sino una afirmación de una naturaleza oscura y perturbada. El niño que había dibujado esto no solo se veía a sí mismo como el autor de este horror, sino como una parte intrínseca de la oscuridad que representaba.
La composición del dibujo, aunque simple, evocaba una escena de ejecución cruel y despiadada. El contraste entre la crudeza de la imagen y la inocencia que se esperaba de una mano infantil hacía que el dibujo fuera aún más perturbador. Cada línea, cada trazo, parecía estar cargado de una intensidad emocional que hablaba de tormento interno y desesperación. Las sombras gruesas y los contornos oscuros daban vida a una pesadilla que había salido directamente de la mente de un niño profundamente perturbado.
Este dibujo era más que una simple obra de arte macabra; era una ventana a una mente atormentada, un grito de auxilio silencioso y aterrador. La yuxtaposición de la inocencia infantil con una violencia tan brutal y explícita creaba una disonancia que inquietaba profundamente. No solo era una representación de sufrimiento, sino una manifestación de una lucha interna contra demonios que ningún niño debería enfrentar.
El papel, ahora abandonado en el bote de basura, se convirtió en un testimonio mudo de un oscuro secreto, dejando una pregunta inquietante suspendida en el aire.
¿Qué tipo de monstruo podría reclamar tal acto como propio?
