Capítulo 2. Destinado a ser.


Konohagakure. Un mes después.


Tras una larga historia sobre el clan Uzumaki del Remolino y su difunta madre, aprendió que el grandioso arte que le había mostrado el señor de la tienda era el ancestral arte del sellado. Según la historia, el Fuinjutsu fue el primer arte orientado al chakra que existió en el mundo. Algunas leyendas del clan Uzumaki afirmaban que el Fuinjutsu fue el arte que ayudó al Sabio de los seis caminos a derrotar a la bestia más peligrosa que una vez habitó la Tierra.

Motivado por la historia, una semana después, con ayuda del sandaime, había empezado a adentrarse en el mundo del abstracto arte Ninja. Un arte que le había ayudado a su padre a ser el hombre más fuerte durante la Tercer Guerra Shinobi. El arte que había hecho tan poderoso al clan de su difunta madre, como para ser considerados un peligro para el resto del mundo. Fue increíble pensar que sus padres habían sido grandes ninjas gracias al uso del Fuinjutsu, y nunca había escuchado sobre ello.

Aunque estaba entusiasmado por aprender el asombroso arte, primero tuvo que dominar lo básico, es decir, la caligrafía adecuada y necesaria para usar el Fuinjutsu. Fue como aprender a escribir y leer de nuevo, debido a que se necesitaba una caligrafía antigua orientada a símbolos descriptivos.

Tras un gran esfuerzo, dos semanas después, logró aprender finalmente el alfabeto necesario para realizar el Fuinjutsu. Según el viejo, era un avance bastante rápido para alguien de su edad. Aunque reconocerlo y saber leerlo no significaba lo mismo que escribirlo, eso no hizo que se impacientara. Desde el principio fue consciente de que tardaría años en poder usar el Fuinjutsu de forma adecuada.

Lo único negativo durante todo su progreso era esa persistente y familiar sensación que lo inquietaba profundamente. Sentía que su rápido avance en el Fuinjutsu no se debía solo a su esfuerzo y dedicación, sino a la herencia de sus padres, quienes habían sido grandes maestros en este arte.

No le gustaba esa sensación en absoluto.

Incluso el viejo Sandaime, aunque siempre se sorprendía y lo felicitaba cada vez que lograba un avance, tenía un semblante que revelaba que ya esperaba eso. Era una expresión de orgullo mezclada con anticipación satisfecha, como si cada uno de los logros de Naruto confirmara algo que ya sabía. Esta actitud del Sandaime hacía que Naruto se sintiera atrapado en las sombras de sus padres, incapaz de saber si sus progresos eran realmente suyos o simplemente el resultado de su extraordinario linaje.

Por eso, el Sandaime le encargó comprar esos artículos extraños ese día. Siempre tuvo la intención de que comenzara a aprender sobre el Fuinjutsu. Incluso, aunque de esto sí tenía dudas, bien pudo haberlo dejado elegir la tienda por sí solo, sabiendo que muy probablemente terminaría yendo a ese lugar. Donde, mágicamente, el dueño de la tienda era de los pocos que conocían el arte. No solo el hombre lo conocía, sino que también se lo mostró y explicó brevemente.

Aunque eso pudo haber sido una simple coincidencia, no podía ignorarlo. Era bien sabido que el viejo era demasiado astuto y meticuloso para dejar algo al azar. A lo largo de su infancia, siempre notó que sus juegos y actividades terminaban en valiosas lecciones de vida. Ahora, con más edad y capacidad para reflexionar, comprendía que cada juego, cada actividad, cada momento compartido con el viejo, estaba cuidadosamente diseñado para enseñarle algo importante.

Recordaba vívidamente cómo, al jugar a construir torres de bloques, el viejo siempre encontraba una manera de introducir una lección sobre equilibrio y paciencia. Cuando exploraban el bosque cercano, se aseguraba de que aprendiera a orientarse usando las estrellas y a reconocer plantas útiles. Incluso los momentos aparentemente triviales, como cocinar juntos, se convertían en oportunidades para enseñarle sobre la precisión y la importancia de seguir instrucciones detalladamente.

Acostado en su cama, no pudo evitar el suspiro cansado que salió de sus labios.

Aun sabiendo todo eso, no podía quejarse. Cada acción que las personas a su alrededor habían tomado era en su beneficio. No podía enojarse con el viejo, sabiendo que no era su culpa asumir que tendría habilidades debido a que sus padres las tuvieron. Y como siempre había tenido razón, no podía culparlo.

Alzó sus manos en el aire y las miró detenidamente.

Era evidente que había sido bendecido con los genes excepcionales de sus padres. Siempre lo había notado. Desde el momento en que aprendió a desbloquear su chakra, al tomar un kunai por primera vez, o al lanzar su primer shuriken, siempre sintió que ser un shinobi era algo natural para su cuerpo.

Volvió a suspirar, pero esta vez no de cansancio, sino de resignación.

Era su destino ser alguien importante en la historia de su aldea. Tenía la sangre del hombre más rápido de las Naciones Elementales y de la espadachina más letal del País del Fuego, fluyendo con gran fuerza por sus venas. Además, su chakra se mezclaba continuamente con el de la bestia de cola más poderosa de todas.

Apretó ambos puños con determinación.

Iba a usar todo ese potencial para el bien de la Aldea. Aceptaría su destino y lo abrazaría con fuerza. Se aseguraría de aprovechar al máximo ese potencial casi ilimitado que llevaba dentro de sí. Con cada entrenamiento y cada batalla, trabajaría incansablemente para perfeccionar sus habilidades y honrar la memoria de sus padres.

Una gran sonrisa se formó en su rostro.

Iba a asegurarse de que el mundo conociera la fuerza del heredero Namikaze. Aprendería todo, absolutamente todo de sus padres y, como Namikaze Naruto, superaría todo lo que ellos alguna vez lograron. Con la energía de regreso a su cuerpo, miró el reloj en la mesita de noche, al costado de su cama, y sonrió al ver la hora.

Faltaba poco para que comenzara su primer día de academia.

Saltó de la cama, y se dirigió a hacer su rutina mañanera.


Academia Ninja. Una hora después.


Sentado en uno de los asientos traseros, no pudo evitar notar el nerviosismo que irradiaban los niños a su alrededor. Cada uno lo manifestaba de manera diferente: algunos se mordían las uñas con frenesí, otros tamborileaban con los dedos sobre las mesas, y unos cuantos más se removían inquietos en sus asientos, incapaces de quedarse quietos. Un niño de cabello oscuro jugaba nerviosamente con un mechón de su cabello, mientras una niña de cabello rosado torcía un pañuelo entre sus manos sudorosas. Sin embargo, todos compartían algo en común: eran, al igual que él, estudiantes de nuevo ingreso en la Academia Ninja.

Miró a su alrededor y observó que muchos de los niños no eran ni siquiera de la aldea. Los distintos estilos de vestimenta revelaban sus orígenes en las diferentes ciudades del País del Fuego. Como una nación con un vasto territorio, el país contaba con más ciudades que el resto de las naciones.

No era raro, entonces, recibir estudiantes de diversas partes del país. Aunque pocos civiles lograban graduarse como ninjas, el hecho de acoger a tantos niños interesados en convertirse en shinobis beneficiaba culturalmente a Konoha. Año tras año, este flujo constante de aspirantes ayudaba a mantener una imagen positiva de los shinobis, fortaleciendo el orgullo nacional y la cohesión social al representar al país con honor y dedicación.

El sonido de voces susurrando lo sacó de sus pensamientos.

Miró sutilmente a su alrededor, solo para darse cuenta de que varios ojos estaban puestos en su dirección. Oh, bueno, sabía que esto iba a ocurrir tarde o temprano. Supuso que, al finalizar el día, la noticia de que el hijo del Yondaime había ingresado a la academia sería de conocimiento público.

Notó las miradas curiosas y los susurros entre los estudiantes. Algunos lo observaban con admiración, otros con envidia, y unos cuantos con simple curiosidad. Era consciente de que su presencia no pasaría desapercibida. Después de todo, ser el hijo del legendario Cuarto Hokage era un peso que siempre llevaría consigo. Suspiró internamente, preparándose para las preguntas y la atención que vendrían.

—¿Quieres una?

Una voz gentil lo sacó de sus cavilaciones. Miró a su costado y notó que un niño regordete y de cabello castaño le ofrecía una bolsa de papas. Parpadeó un poco ante la repentina pregunta, pero formó una pequeña sonrisa.

—Claro, gracias. Eh, ¿cómo te llamas?

—Akimichi Choji. ¿Y tú? —El niño regordete le sonrió.

Naruto se encontró devolviendo la sonrisa.

—Namikaze Naruto.

—Oh, suena genial —expresó Choji, metiéndose otra papa a la boca—. Así que, ¿tú también estás nervioso?

Naruto miró alrededor del salón de clases, una pequeña sonrisa en su rostro.

—Creo que no. Realmente estoy ansioso por empezar a aprender.

—Oh —Choji pareció encogerse un poco en su asiento—. Yo estoy un poco nervioso. No sé qué es lo que vamos a hacer, pero mis primos mayores dicen que la Academia es difícil.

Naruto le sonrió gentilmente.

—No creo que vayamos a hacer cosas complicadas. Según me dijeron, el primer año es solo teoría y un poco de práctica con armas.

—¿En serio? —Choji pareció animarse ante las palabras.

—Sí —Naruto le sonrió—. Además, estoy seguro de que superaremos cualquier prueba que nos lancen.

Choji no pudo evitar sonreír ante las palabras. En su vida, aparte de sus padres y su amigo, muy pocos confiaban en él. Escuchar esas palabras de un niño de su edad lo hizo sentir mejor consigo mismo. Miró de reojo al rubio, que ahora observaba atentamente hacia el frente, ansioso porque comenzaran las clases. Notó la seguridad y tranquilidad que irradiaba su delicada sonrisa.

—Espero que tengas razón. Me gustaría convertirme en un gran ninja y poder probar la comida de diferentes lugares del mundo.

Naruto no pudo evitar una sonrisa divertida. Así que así eran los Akimichi. Miró al niño, que ahora estaba cavando con gran alegría en su bolsa de papas. Tal vez esa era su manera de demostrar felicidad. Tal vez quizás era su forma de combatir el nerviosismo. No estaba seguro.

Notó que un niño se acercaba, casi perezosamente, hacia su posición. Su andar era despreocupado, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión relajada en el rostro. Al llegar a su lado, el niño esbozó una pequeña sonrisa al ver a Choji. El saludo que intercambiaron le indicó que probablemente eran amigos de tiempo atrás.

Al registrar esta nueva información, Naruto se movió al tercer lugar de su mesa de trabajo, haciendo espacio para que el recién llegado pudiera sentarse junto a su amigo. Observó cómo el niño se acomodaba tranquilamente en el asiento disponible, dejando caer su mochila al suelo con un leve suspiro. El recién llegado se puso las manos detrás de la cabeza y se recostó en su silla, mirando a Naruto con una curiosidad despreocupada.

Decidió romper el hielo.

—Hola, soy Naruto —dijo con una sonrisa.

—Shikamaru —respondió el niño con un tono perezoso pero amigable, antes de dejar caer su cabeza contra la mesa de madera con un suave golpe.

Naruto no pudo evitar reírse un poco ante la escena. Parecía que el niño no había dormido en meses. Sin embargo, la ausencia de ojeras le indicó que probablemente solo era pura flojera. Shikamaru levantó la cabeza lentamente y lo miró con una expresión de cansancio fingido, lo que hizo que Naruto se riera aún más.

—¿No dormiste bien anoche? —bromeó Naruto, todavía sonriendo.

Shikamaru suspiró y se encogió de hombros.

—Dormí bien, es solo que todo esto me parece un poco... problemático —respondió, arrastrando las palabras.

Choji se rió entre dientes, mientras masticaba otra papa.

—Shikamaru siempre está así. No te preocupes, te acostumbrarás.

Naruto asintió, un poco sorprendido al ver a Shikamaru ahora durmiendo en la misma posición. Parecía increíble cómo podía quedarse dormido tan rápidamente y en una postura tan incómoda. Se rascó la cabeza, aun sonriendo, mientras observaba cómo Shikamaru respiraba lentamente, completamente ajeno al bullicio de la clase.

—¿Siempre es así? —preguntó Naruto en voz baja.

Choji asintió con una sonrisa comprensiva.

—Sí, Shikamaru puede dormir en cualquier lugar y en cualquier momento. Es su talento especial.

Naruto no pudo evitar reírse suavemente.

—Eso es impresionante, de alguna manera.

Choji se encogió de hombros, aun masticando sus papas.

—Sí, es útil cuando las cosas se ponen aburridas.

Naruto sonrió y miró nuevamente a Shikamaru, todavía profundamente dormido. La Academia Ninja se estaba convirtiendo en un lugar más interesante de lo que había imaginado, lleno de personajes únicos y fascinantes. Al parecer, esto no iba a ser tan aburrido como lo había pintado el viejo.

Iba a hacer otro comentario divertido, pero el silencio instantáneo lo detuvo. Miró a su alrededor y notó al instructor chunin parado al frente de la clase. El hombre, que parecía joven, vestía el uniforme característico de los chunin y tenía una cicatriz extraña que cruzaba su nariz. A simple vista, parecía un buen hombre.

—Bienvenidos a todos. Yo seré su maestro en los próximos seis años. Mi nombre es Umino Iruka, me gusta enseñar a las personas, y no me gusta la gente que no presta atención. Mi sueño futuro en este momento es que todos se conviertan en grandes ninjas.

Naruto parpadeó ante la rápida introducción. El hombre iba directo al grano, eso estaba claro.

—De la misma forma, me gustaría que todos y cada uno de ustedes se presentara. Empezaremos por el lado derecho.

Naruto observó cómo el maestro señalaba a una tímida niña de cabello rosado, la misma que había visto jugueteando con un pañuelo entre sus manos. Le costó al principio, pero finalmente logró terminar su presentación. A partir de ella, todos se presentaron, compartiendo sus gustos, disgustos y sueños para el futuro.

En medio de las presentaciones, notó que la mayoría compartía el mismo deseo: convertirse en poderosos ninjas. Pero lo más notable fue la cantidad significativa de niños pertenecientes a clanes en su clase. Aunque había más civiles, esto resultó sorprendente de todas formas. Sin duda, las cosas se estaban volviendo más emocionantes.

—Mi nombre es Shikamaru Nara.

La voz perezosa lo trajo de vuelta a la realidad. Vio que el niño de cabello en forma de piña, sorprendentemente, ahora estaba despierto y de pie, presentándose ante la clase. Admiró su habilidad para recuperarse tan rápido de su sueño profundo.

—Mis gustos son ver las nubes y poder dormir la mayor parte del tiempo. Mis disgustos son todas las cosas problemáticas. Y mi sueño para el futuro es... ser una nube.

"Ver las nubes, ¿eh?" pensó Naruto. Parecía que tenían algo en común.

Observó cómo los otros niños comenzaron a reírse del sueño de Shikamaru. Incluso el maestro parecía tener una sonrisa divertida. Miró de reojo a Shikamaru, quien ahora estaba sentado nuevamente, rascándose lentamente detrás del cuello. Percibió un leve gesto de molestia y vergüenza en su postura.

—Mi nombre es Choji Akimichi.

Naruto apartó la vista del avergonzado Shikamaru y la fijó en su compañero a su costado, aún con la bolsa de papas en la mano.

—Me gusta comer, en especial si es carne asada hecha por mi madre. Me disgustan los niños que se burlan de mí. Mi sueño para el futuro es… comer la comida más rica de todo el mundo

No pudo ocultar su disgusto al ver a varios niños reírse cuando Choji terminó de hablar. ¿No habían escuchado que le disgustaba que se rieran de él? ¿Qué tipo de educación habían recibido en casa? Se detuvo ante sus preguntas internas y se enfocó un poco más en los niños que se reían, obteniendo al instante su respuesta. Eran niños del orfanato. Aunque era incorrecto lo que hacían, no podía culparlos.

Como le había enseñado el sandaime: Juzgar antes de tiempo era el error más grande de un ser humano. Siempre debía ver ambos lados de la moneda; nunca había solo blanco o negro, siempre existían muchos colores más. Por historias, era bien sabido que los huérfanos eran víctimas de maltrato verbal por otros niños. Tal vez esta era la manera en la que se sentían bien consigo mismos. Era feo, pero la mente humana era complicada a veces.

Eran estos momentos en los que agradecía las lecciones del viejo sandaime.

Miró al maestro que lo observaba expectante, esperando que se presentara. Suspirando internamente, se levantó de su asiento y formó una sonrisa en su rostro. Miró a su alrededor, notando los ojos expectantes y ansiosos que lo rodeaban. Miró a su costado, notando a los niños que había conocido apenas minutos antes. Estaban encogidos en sus asientos, víctimas de las burlas del resto.

Este era su momento, el momento clave en el que el mundo conocería las metas de su vida y la meta que se acababa de autoimponer. Miró directamente a cada niño del salón, su sonrisa creciendo con cada par de ojos que encontraba.

Este fue el punto de ruptura.

—Mi nombre es Namikaze Naruto. Mi mayor gusto es la naturaleza y todo lo que representa. Adoro todo tipo de comida, especialmente cuando es un plato hecho con cariño. Mi fascinación más grande es estar debajo de las nubes, observándolas, mientras las gotas de lluvia golpean mi rostro. Mi mayor disgusto es ver cuando los seres humanos sufren o están pasando por algún trauma. Mi meta es ser un gran Shinobi que supere todo lo que lograron mis difuntos padres. Mi objetivo es ser la persona en la que toda nuestra nación confíe para su protección. Y mi sueño… mi sueño es ser la persona que ilumine de esperanza a todas las personas que están pasando por un mal momento.

Terminó su pequeño discurso con una brillante sonrisa, dejando que sus palabras resonaran en el aula. Sentía la tensión en el aire disiparse ligeramente, como si su seguridad y determinación hubieran dejado una impresión en todos. Los ojos de los niños que antes se burlaban ahora lo miraban con una mezcla de asombro y vergüenza. Incluso el maestro Iruka, que había empezado con una sonrisa divertida, ahora lo miraba con una expresión de asombro.

Naruto se sentó nuevamente, notando cómo la actitud en el salón había cambiado. A su lado, Choji lo miraba con una nueva luz en sus ojos, como si las palabras hubieran encendido una chispa de confianza en él. Shikamaru, aunque todavía rascándose perezosamente el cuello, le lanzó una mirada de reconocimiento.

Naruto supo que había dado el primer paso para ganarse el respeto de sus compañeros y para empezar a cumplir su sueño.


Patio de la Academia. Tres horas después.


—Sabes, no tenías que mentir sobre tus gustos para no dejarnos mal —dijo Shikamaru, recostado contra un tronco de madera.

Naruto, sentado entre Shikamaru y Choji, se encogió de hombros.

—No mentía, realmente me gusta la comida y observar las nubes. Me sorprendió cuando dijiste que te gustaba lo mismo.

Shikamaru se giró para ver al rubio, un poco sorprendido.

—¿En serio?

—Sí. Cuando era más pequeño, me parecían creaciones increíbles. El día que vi la lluvia por primera vez, me fascinó aún más. Ese día me pasé todo el tiempo bajo la lluvia, jugando a no cerrar los ojos cuando una gota se dirigiera a mis ojos —Naruto sonrió con cariño al recordar.

—¿Y no te enfermaste? Mi madre siempre dice que eso causa enfermedades —dijo Choji, sonriendo un poco.

—No, supongo que tuve suerte de no enfermarme.

—Oh —Choji asintió, sorprendido—. La próxima vez que llueva, voy a probar mi suerte.

Naruto se rascó la cabeza.

—No creo que debas desobedecer a tu madre. Ya sabes, dicen que las madres son peligrosas cuando se enojan.

Shikamaru estuvo de acuerdo.

—Es verdad, mi madre siempre se enfada cuando no termino mi plato o me levanto tarde.

—Mi mamá siempre se enoja con mi papá cuando se termina toda la comida —agregó Choji, muy de acuerdo con la idea de que las madres podían ser temibles.

Naruto se detuvo un poco, incómodo por el rumbo que había tomado la conversación. La única figura femenina que había conocido era la matrona que lo cuidaba de pequeño, y aunque siempre fue amable, nunca compartieron una relación más allá de cuidadora y niño.

Shikamaru, siempre observador, notó la incomodidad de inmediato. Sabiendo que continuar con ese tema podría ser molesto, decidió cambiar la conversación.

—Entonces, ¿cuándo nos juntamos a observar las nubes? Hay colinas bastante altas por los terrenos de mi clan.

Naruto recuperó su sonrisa habitual.

—Deberíamos hacerlo un día lluvioso, así verán lo genial que es estar bajo la lluvia.

—¡Un plan entonces! —Shikamaru sonrió, contento de compartir gusto con otro niño de su edad.

—¿Podré llevar comida? —preguntó Choji.

Naruto y Shikamaru le sonrieron al niño regordete.

—Claro, siempre y cuando llevemos una sombrilla para que no se moje la comida —dijo Shikamaru, ligeramente divertido por la personalidad de su amigo. Realmente amaba la comida.

—Yo puedo conseguir una. Podríamos hacer un tipo de picnic bajo la lluvia. Creo que seríamos los primeros en hacer algo así. ¡Podríamos estar haciendo algo histórico! —agregó Naruto, con una brillante sonrisa en su rostro.

Los ojos de Choji, e incluso los de Shikamaru, brillaron un poco ante la idea. Al fin y al cabo, todos eran apenas niños de seis años, y la idea sonó bastante bien en sus oídos inocentes.

El momento de imaginación fue interrumpido por el sonido de un pequeño ladrido seguido de pasos apresurados.

—¡Akamaru, ven aquí, muchacho!

Los tres se giraron justo a tiempo para ver a un niño con marcas rojas en las mejillas perseguir a un pequeño cachorro blanco.

Naruto actuó rápido y atrapó al pequeño cachorro que pasó frente a ellos. Al principio, el perro forcejeó para escapar, pero unos segundos después se calmó, mirando a Naruto con ojos marrones inocentes.

—Eres bastante bonito, ¿eh, pequeño? —le acarició la cabeza con cuidado, sonriendo ante la suavidad de su pelaje.

—Oh, gracias, hombre. Ha estado huyendo de sus medicinas —el niño que perseguía al cachorro sonrió al acercarse a ellos.

Naruto se preocupó ante lo dicho.

—¿El pequeño está enfermo? —preguntó, devolviendo el cachorro al niño con marcas en la cara.

—Sí, pero nada grave. El cambio de comida le hizo un poco mal —respondió el niño, acariciando al cachorro con cariño—. Gracias por atraparlo. Me llamo Kiba, por cierto.

—Soy Naruto —respondió con una sonrisa—. Y ellos son Shikamaru y Choji.

Shikamaru le dio una pequeña sonrisa de saludo, mientras que Choji, siempre generoso, le ofreció su bolsa de papas con una gran sonrisa.

—¿Quieres una?

El niño con marcas rojas en las mejillas aceptó la oferta de Choji, tomando una papa y sonriendo.

—Gracias. Y este travieso es Akamaru —dijo, señalando al cachorro blanco.

Naruto acarició a Akamaru, quien estaba cómodamente en los brazos de Kiba, una vez más.

—Es un placer conocerte, Akamaru. Se nota que tienes un gran compañero de vida —dijo, mirando de reojo al niño de aspecto salvaje.

Kiba asintió, claramente orgulloso de su fiel compañero.

—Gracias. Siempre está metiéndose en problemas, pero no podría pedir un mejor amigo.

Naruto sonrió y se volvió a sentar junto a sus amigos bajo la sombra del árbol.

—¿Te quieres unir a nosotros? Estamos disfrutando de la tranquilidad del momento —invitó, amablemente.

Kiba se encogió de hombros y, con una pequeña sonrisa en su rostro salvaje, se sentó junto a ellos. Akamaru, feliz, se acomodó cerca de su dueño, disfrutando de la compañía.

—Así que, ¿tú eres el famoso Namikaze? —preguntó Kiba con una sonrisa divertida.

—Eh —respondió Naruto, parpadeando un poco.

—Ya sabes, hiciste una buena impresión durante las presentaciones —explicó Kiba, notando la confusión del rubio.

—Ah —dijo Naruto, sonrió sutilmente y colocó sus manos detrás de la cabeza—. Solo dije lo que realmente pienso.

Kiba sonrió con picardía.

—Pues no te la pondré fácil.

Naruto giró la cabeza hacia él, confundido.

—¿Eh?

La sonrisa de Kiba se ensanchó.

—Si lo que quisiste decir con ser el protector de la nación es que quieres ser Hokage, tendrás que superarme primero. Mi sueño es ser el mejor Hokage de todos los tiempos.

—Oh —la sonrisa de Naruto se hizo grande—. ¿Es así?

Akamaru ladró en respuesta, mostrando su apoyo a Kiba.

—Por supuesto.

—Aunque es problemático —interrumpió Shikamaru arrastrando las palabras—. Creo que ya es hora de que regresemos al salón. Ya acabó la hora de almuerzo.

—Cierto, no hay que hacer enojar a Iruka-sensei —agregó Choji, lanzándose la última papa a la boca.

Naruto terminó de estrechar la mano ofrecida de Kiba, y se levantó de un salto.

—Oh, pero si me acabo de sentar, ni siquiera he comido por perseguir a Akamaru —se quejó Kiba, dándose cuenta de lo que habían dicho.

—Así es la vida, Kiba —dijo Naruto, palmeándole la espalda—. Quizás puedas comer a escondidas en el salón, así podrías practicar tus habilidades de sigilo.

Kiba se animó un poco; la idea sonaba bastante emocionante.

—Vamos, Akamaru, corramos para alcanzar el mejor lugar.

Naruto, Shikamaru y Choji solo observaron el rastro de tierra que dejó Kiba mientras corría.

Campo de Entrenamiento. Diez minutos después.

Al final, el maestro dejó una nota en el pizarrón indicando que todos debían dirigirse al campo de entrenamiento para los de primer año. Después de una búsqueda infructuosa por los numerosos campos de entrenamiento, Naruto finalmente encontró el camino correcto. Ahora, se encontraba en el campo de entrenamiento, con Shikamaru y Choji a sus costados.

—Qué problemático. Y pensé que solo tendríamos que escuchar al maestro hablar —se quejó Shikamaru, arrastrando las palabras, mientras observaban a más compañeros llegar al campo. Su tono dejaba claro su habitual desdén por cualquier cosa que requiriera esfuerzo.

—Probablemente, vaya a ser nuestra primera práctica con el uso de armas —dijo Naruto, divertido por la pereza del niño a su lado, notando cómo Shikamaru parecía aún más desmotivado ante la idea.

—¿Por qué lo dices, Naruto? —preguntó Choji, con una nueva bolsa de papas en su mano.

Naruto sudó un poco ante la imagen. Era increíble que Choji hubiera traído otra gran bolsa de papas consigo mismo. Más sorprendente aún, era que ninguno lo hubiera visto sacarla y traerla con él. Una gran habilidad, si se podía considerar así.

—Por los objetivos de tiro colocados en los árboles alrededor del campo de entrenamiento —respondió, señalando dichos objetivos de madera colgados en distintos lugares. Los círculos pintados en los trozos de madera se balanceaban ligeramente con la brisa, evidenciando su reciente colocación.

—Oh, cierto, puede que tengas razón —asintió Choji, excavando con más fuerza en su bolsa de papas. Las migas caían alrededor de su camiseta, pero él parecía no darse cuenta, demasiado concentrado en su comida.

—¡Ey, ustedes! ¿Por qué no me esperaron? —Naruto se giró para ver a Kiba acercarse, con Akamaru trotando detrás de él, su cola moviéndose con entusiasmo.

—Tú tampoco nos esperaste —respondió Shikamaru, ahora acostado en el suelo, visiblemente cansado por la problemática búsqueda.

Kiba se rascó la mejilla, una sonrisa divertida en su rostro.

—Quería tener el mejor lugar, pero vi la nota del maestro y nos fuimos a buscar este lugar. Pero este campo está bastante escondido; tuvimos que preguntar a un niño mayor si sabía dónde estaba.

—A nosotros también nos costó, pero seguimos a otros niños que parecían saber adónde iban —dijo Naruto, acostándose junto a Shikamaru. El césped fresco y suave se sentía bien contra su espalda, una bienvenida pausa. Choji, que había guardado su bolsa de papas, se unió a ellos, acomodándose en el suelo.

Kiba se movió un poco incómodo al ser el único ahora en pie.

—Se siente bien el césped —comentó Shikamaru, lo que hizo que Kiba se encogiera de hombros y se acostara junto a Choji. Al instante, el aroma de la hierba recién cortada llegó a su nariz bien desarrollada.

Naruto fijó su atención en las pequeñas nubes flotantes sobre ellos.

—Esa tiene forma de elefante —dijo, señalando una nube en particular.

—No, tiene forma de ciervo.

—Yo le veo forma de un gran plato de bistec —añadió Choji, su estómago gruñendo ligeramente al mencionar la comida.

Kiba parpadeó un poco ante el giro de la conversación. Miró las nubes sobre ellos, notando con ligera diversión que la nube no tenía ninguna forma que coincidiera con lo que decían los demás.

—Mentira, tiene forma de un Akamaru más grande y fuerte —comentó, una sonrisa traviesa apareciendo en su rostro.

—En ese caso sería el papá de Akamaru —sugirió Naruto, riendo suavemente.

—No, en ese caso, esa sería la nube a su lado derecho —corrigió Kiba, señalando otra nube cercana.

—Tengo que estar en desacuerdo, chicos, esa nube también tiene forma de un gran trozo de bistec.

—Hum, yo lo veo más como un gran oso.

—Creo que no, esa también parece un Akamaru más fuerte.

—Veo que los cuatro se están tomando esto con bastante calma, ¿eh, chicos?

Cuatro pares de ojos parpadearon para encontrarse con la mirada de su maestro, quien estaba de pie detrás de ellos. Detrás del maestro, todos sus compañeros estaban acomodados en un semicírculo, esperando instrucciones. El maestro tenía una expresión mezcla de paciencia y leve frustración, claramente acostumbrado a las travesuras de los alumnos.

Naruto se levantó de un salto, con una pequeña sonrisa avergonzada. —Lo siento, sensei. No volverá a pasar —dijo.

Los otros tres se levantaron al ver que no había peligro en moverse.

—Eso espero. Bien, vayan y acomódense junto a sus compañeros. Los estábamos esperando para comenzar la clase.

Naruto se rascó la cabeza, intentando no causar más problemas. Se dirigió al semicírculo donde varios ojos divertidos lo observaban. Al parecer, ya había manchado la buena impresión que había dejado en su presentación. Bueno, no todo se podía tener en la vida. Decidió acomodarse al final de la fila del lado izquierdo. Kiba, Choji y Shikamaru lo siguieron.

Cuando el humor se calmó, Naruto vio al maestro tomar una gran canasta.

—Muy bien, presten atención. Hoy comenzamos a aprender sobre todo lo relacionado al chakra. Durante este primer año, ese será el tema central de su aprendizaje —dijo el maestro.

Algunos sonidos de decepción se escucharon entre los alumnos. Naruto solo pudo mirar divertido. Si no se lo hubiera dicho el Sandaime, probablemente esa habría sido su reacción. Aunque aún le frustraba un poco saber lo que harían en su primer año, el saber que el Sandaime le prometió enseñarle cosas interesantes durante su tiempo en la academia lo ayudó a calmarse.

—Pero también, durante todo el año, dividiremos el tiempo de teoría con el de práctica. Aprenderán la forma y uso adecuado del kunai y shuriken: cómo sostenerlos, cómo lanzarlos y la precisión necesaria. Como aún son jóvenes, y el arte del lanzamiento del kunai y shuriken es bastante complicado de dominar, solo se espera un buen dominio hasta su cuarto año de academia. Así que no quiero que se frustren durante los próximos años.

Cuando el profesor terminó de hablar, Naruto miró sus manos inconscientemente. Hace tres semanas, cuando el sandaime le enseñó a usar las armas de práctica que había comprado, nunca mencionó la dificultad de lo que estaba por enseñarle. Hasta ahora, no se había detenido a considerar la dificultad de la tarea. Había asumido, quizás ingenuamente, que sus rápidos progresos eran normales.

Pero ahora, al escuchar al profesor hablar sobre la complejidad del lanzamiento de kunai y shuriken, comenzó a darse cuenta de lo excepcional que había sido su entrenamiento. Porque, al fin de cuentas, solo le había tomado dos semanas acertar consistentemente todos los objetivos de madera.

Apartando la vista de sus manos, se centró en el maestro, que estaba entregando a cada compañero un conjunto de shuriken y kunai de práctica. Recordó la conversación del día anterior con el viejo cuando este lo había visto preparar su mochila para el primer día de clases. Cuando guardó un conjunto de kunai y shuriken, el viejo se acercó con una sonrisa y le dijo que todo lo que había comprado lo proporcionaba la academia a sus estudiantes.

Naruto formó una sonrisa divertida. Ese viejo era demasiado astuto. Sin duda, siempre tuvo la intención de enseñarle el arte del lanzamiento de armas antes de que ingresara a la academia. Pero, la pregunta era... ¿por qué motivos?

La pregunta lo detuvo en seco. Si se supone que ya había aprendido lo que estarían enseñando durante el primer año, y ya conocía perfectamente la historia del chakra, ¿qué se suponía que iba a aprender en todo ese tiempo?

Aunque perdido en sus pensamientos, tomó el conjunto de armas ofrecido por su maestro. Distraídamente, pasó un dedo por el filo falso del arma, sintiendo el material inofensivo con el que se fabricaban las armas de práctica. Hizo un par de movimientos con las armas, confirmando que tenían el mismo peso y forma que las reales, con la única diferencia de ser inofensivas para las personas.

Bueno, no mortales para las personas. El viejo le había mostrado que un buen lanzamiento, aun sin el filo peligroso, podía ser de gran riesgo por el simple impacto. Había visto al hombre lanzar un kunai de práctica y partir en dos uno de los objetivos de madera. Y aunque había logrado aprender a lanzarlos bien, el viejo solo le había permitido probar los reales para que comprendiera que sería lo mismo lanzar uno de práctica que uno original.

Miró al maestro explicar lo mismo que el Sandaime le había enseñado hace tres semanas: la forma correcta de sostener el kunai, cómo aligerar el agarre para que sea fácil soltarlo, pero al mismo tiempo, ejercer la fuerza necesaria para que el lanzamiento tenga velocidad. Aunque estaba bien explicado, notó que no se acercaba a la explicación del Sandaime.

Dejó el resto de las armas en el suelo, quedándose solo con un kunai, como indicó el profesor. Observó cómo el maestro daba una demostración de un buen lanzamiento de kunai. Tuvo que admitirlo, el hombre se veía elegante haciendo todo el proceso lenta y cuidadosamente para que todos lo vieran. Era notable que disfrutaba esta parte de su trabajo.

Naruto miró en dirección a sus compañeros y notó la emoción en sus ojos brillantes. Prestando más atención, vio que algunos niños observaban con calma, como si ya hubieran visto eso antes. Supuso que eran los niños provenientes de los clanes Shinobi de la aldea. Bueno, tal vez no sería el único que ya sabía lanzar armas. Le alivió un poco saber que no sería el único que se preguntaría qué demonios iba a aprender este año, si ya conocía los conceptos básicos.

Después de varios minutos de explicaciones detalladas del maestro, finalmente llegó el momento de que hicieran su primer intento. Escuchó al profesor indicar al primer niño del lado opuesto que diera un paso al frente e hiciera su mejor intento con el objetivo de madera, ahora en forma de un muñeco de paja a unos diez metros de distancia. Uno tras otro, observó cómo nadie lograba siquiera acercarse al muñeco de paja.

Aunque un poco decepcionado, no dejó que se notara. Al fin y al cabo, eran sus primeros intentos de lanzamiento de kunai. Fue cuando el niño, que había estado jugando con un mechón de cabello negro, logró rozar el muñeco de paja, que la esperanza regresó a su cuerpo. Aunque técnicamente había fallado el objetivo, Naruto notó que el niño ya había practicado antes. Fue bueno saber que no era el único. Había perdido la esperanza al ver que incluso aquellos que no se habían sorprendido con el lanzamiento del maestro, fallaban estrepitosamente.

Cuando llegó el turno de Kiba, Naruto sintió un poco de esperanza en el niño que había proclamado convertirse en el Hokage más fuerte de todos los tiempos. Pero cuando el arma no llegó siquiera a la mitad de la distancia, la esperanza volvió a vacilar. Más tristes fueron los intentos de Choji y Shikamaru; uno ni siquiera realmente lo intentó. Naruto se sintió frustrado. ¿Qué iba a aprender en los próximos meses si ya conocía todo? ¿Por qué el Sandaime le había enseñado antes, sabiendo que en la academia aprendería lo mismo? ¿Era su destino ser siempre superior al resto?

El profesor ajustó el muñeco de paja frente a él, a diez metros de distancia. Naruto notó todos los ojos apuntados en su dirección. Algunos niños no estaban decepcionados por sus intentos, pero sí notó la vergüenza en varios de los que lo habían hecho peor. Incluso algunos parecían tristes por lo que habían visto hacer a los demás. Al ver la figura abatida de Kiba, una idea iluminó su mente.

Tal vez el Sandaime quería ver cómo manejaba ser superior al resto. Tal vez esta era una prueba de carácter. Quería ver si se comportaría como un niño egoísta o como uno dispuesto a compartir su conocimiento. Tal vez ese sería su rol en la academia.

Con una delicada sonrisa, Naruto fijó su atención en los kunais a sus pies. Sonaba presuntuoso, pero si quería que sus compañeros confiaran en él para recibir consejos y ayuda, tenían que ver cuán superior era respecto a ellos. Con una sonrisa decidida, tomó los kunais del suelo, colocándolos suavemente entre los dedos, tres en cada mano. Agradeció que el profesor no lo interrumpiera.

Miró al muñeco de madera frente a él y, centrando su mirada más allá, encontró otros cinco objetivos de madera colgados en diferentes árboles. Se tomó unos segundos para memorizar la posición de cada uno en su mente. Luego, centró su atención en las armas entre sus dedos.

Recordó el día en que sostuvo un kunai por primera vez, sintiendo el frío del metal en sus manos. Cerró los ojos momentáneamente, y recordó las enseñanzas del Sandaime: sujetar el kunai con firmeza, pero sin tensión, mantener el equilibrio, y respirar antes de cada lanzamiento. Y lo más importante, sentir que el kunai es una extensión natural de su mano.

Abriendo los ojos, inclinó su cuerpo hacia adelante, su pie derecho fijo como apoyo. Retrayó los brazos hacia su pecho en forma de X y, con un rápido y preciso movimiento, lanzó los seis kunais hacia sus objetivos.

El primero se clavó perfectamente en la cabeza del muñeco de paja.

El segundo, tras chocar con otro kunai, se estrelló en un objetivo de madera en un árbol detrás del muñeco, a su izquierda, a cinco metros de distancia.

El tercero, que chocó con el anterior, se dirigió al lado opuesto, clavándose en otro objetivo de madera.

El cuarto pasó justo por encima del muñeco y se clavó en un objetivo de madera detrás de él, a siete metros de distancia.

El quinto, desviado por el impacto de un Kunai, se dirigió a un árbol más alejado, a diez metros a la izquierda del muñeco, y se clavó en el objetivo.

El sexto, desviado por el anterior, se dirigió a un árbol cercano al del cuarto objetivo, y se clavó justo al lado del centro de la marca roja.

Naruto bajó los brazos y miró satisfecho los resultados. Aunque no todos los kunais habían dado en el centro de los objetivos, todos se habían clavado en las superficies de madera. Observó cómo sus compañeros se quedaron en silencio, asombrados por su habilidad. A medida que todos los ojos se posaban en él, Naruto comenzó a rascarse la cabeza, una pequeña sonrisa avergonzada en su rostro.

Iruka examinó en silencio cada objetivo en el que Naruto había acertado con gran precisión. Nunca había visto algo así en persona. Había oído historias del prodigio Uchiha en su época de la academia, pero nunca imaginó que sería testigo de algo a tal nivel. Aunque se consideraba un buen lanzador de armas, tuvo que admitir que lo que Naruto había hecho sería difícil incluso para él.

Apartó la vista de los objetivos y la fijó en el protagonista de tal hazaña. Naruto estaba rascándose incómodamente la cabeza mientras sus compañeros lo elogiaban, algunos gritando lo genial que había sido su lanzamiento. Incluso las niñas, que eran más difíciles de impresionar, estaban entusiasmadas con el "genio Namikaze". Esa perspectiva hizo sonreír a Iruka. Empezaba a comprender que en su clase estaba el hijo del mayor prodigio que una vez pisó la nación del Fuego. El Yondaime era indiscutiblemente el mayor genio en la historia de la aldea.

Incluso el nuevo genio Uchiha, aunque se había graduado más temprano de la academia, no estaba a la altura de los logros del Yondaime. Y aunque era pronto para desestimar al joven Uchiha, todos podían verlo. El punto de referencia fue otro de los genios, Hatake Kakashi, quien había llegado a un punto de estancamiento en sus ya grandes habilidades, siendo catalogado solo como ninja de rango A.

Mientras observaba al joven de cabello rubio, no pudo evitar sentir que estaba presenciando historia. ¿Quién más podría superar al mayor genio de la historia si no era su propio hijo? Saber que el niño tenía la sangre de la kunoichi más fuerte en la historia de la aldea solo incrementaba sus expectativas.

—¿Hace cuánto aprendiste a lanzar armas de esta forma, Naruto? —preguntó Iruka, después de un largo rato perdido en sus pensamientos.

Naruto se giró hacia el maestro, que ahora estaba a su costado. No siendo una persona que le gustara mentir, respondió —Hace tres semanas, sensei.

Ahora sí, Iruka no tenía dudas. Estaba presenciando historia. Aunque todo sonaba increíble, esto planteaba una única pregunta.

—Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?

Sorprendido por la genuina y curiosa pregunta, Naruto logró sonreír. —Voy a ayudar a mis compañeros con su lanzamiento, sensei.

¿Por qué no había escuchado antes sobre el niño? Sabía que a veces se veía al hijo del genio de la Hoja por las calles, pero nunca que ese hijo del genio era un prodigio. Este niño era demasiado bueno para ser real. —¿Estás seguro?

Naruto asintió con una gran sonrisa, alentado por las reacciones de sus compañeros ante su ofrecimiento de ayuda.

Iruka se quedó inmóvil por un instante, pero rápidamente igualó la sonrisa del niño. —Muy bien —dijo en voz alta, para que todos lo escucharan—. Todos los días, después del recreo, practicaremos el uso de armas. Primero empezaremos con el Kunai, y en unos meses más, continuaremos con el Shuriken. Siempre serán dos horas diarias. Hoy nos queda una hora, así que usen este tiempo para practicar. Si tienen dudas o necesitan ayuda, solo díganmelo y los asistiré rápidamente. Y aquí, su compañero Naruto —apuntó al rubio ahora avergonzado—. Estará ayudándome, así que no duden en preguntarle también.

Iruka vio cómo todos sus alumnos comenzaban a practicar su lanzamiento. Como esperaba, nadie se acercó a pedirle ayuda a él. No, todos estaban alrededor del sonriente Naruto. Todos escuchando atentamente mientras explicaba cómo regular la respiración al lanzar un arma. Cómo sujetar el kunai con firmeza, pero sin tensión, y cómo mantener el equilibrio del cuerpo antes de lanzar.

Oh, si no estaba sorprendido ya, esto completó el mejor día de su carrera como maestro.


Oficina del Hokage.


—No pensé que lo estuvieras entrenando.

Hiruzen no se giró para reconocer la voz, solo continuó observando a través de la bola de cristal.

—No escuché a nadie llamar a la puerta.

—Nadie respondió a mi llamado. Entré para asegurarme que todo estaba en orden.

Se formó una delgada línea en los labios del Sandaime.

—Me alegra saber que te preocupas por mí.

Danzo se acercó, sus pasos resonando suavemente en la habitación.

—Y para mi sorpresa, me encuentro con mi líder espiando a un estudiante de la academia. Quien, para variar, es el hijo del que una vez fue el mayor activo de nuestra Nación.

Hiruzen sonrió sutilmente.

—Me alegra que aún te sorprenda algo. Había creído que habías abandonado todas tus emociones.

Danzo ignoró el comentario, su rostro imperturbable.

—Así que me surge una pregunta. ¿Qué está pasando para que mi viejo amigo esté entrenando al hijo del Yondaime?

Hiruzen no respondió de inmediato, sus ojos clavados en la figura de su nieto de todo menos sangre. Observaba cada uno de sus movimientos con una mezcla de orgullo y preocupación, consciente de la gran responsabilidad que recaía sobre sus hombros.

Había temido que revelar al niño su verdadera identidad y las implicaciones de ser un jinchuriki fuera un error, una carga demasiado pesada para su corta edad. Sin embargo, al contemplar ahora su progreso, su destreza creciente y su determinación inquebrantable, Hiruzen sabía en lo más profundo de su corazón que había tomado la decisión correcta.

Finalmente, se giró para ver a su antiguo compañero de equipo, parado detrás de él. La mirada aguda de Danzo estaba fija en la bola de cristal, analizando con detenimiento el comportamiento del niño.

—La última decisión del Yondaime nos ha traído un nuevo problema.

El hombre vendado no dijo nada de inmediato. Su mirada estaba fija en el rubio, que mostraba por décima vez cómo lanzar un kunai a una de sus compañeras de clase. Resopló con desdén, notando la incapacidad de la niña para concentrarse bajo la gran sonrisa del niño. Un poco decepcionado por las futuras Kunoichis del pueblo, volvió a fijar su atención en Hiruzen, que ahora miraba silenciosamente la foto de su sucesor.

—¿Y cuál sería ese problema?

Hubo un momento de silencio.

—Un grupo de renegados está buscando a las Bestias con Cola. Hace una semana, se encontró el cadáver de uno de los jinchuriki de Iwa.

El ambiente sombrío se instaló en la gran habitación. Esas eran noticias preocupantes. Si ese tipo de criminales tenían como meta capturar todas las bestias con cola, estaba claro que apuntarían a los recipientes de dichas bestias. Por consiguiente, el legado del Yondaime estaba en más peligro que antes.

Danzo entrecerró los ojos.

—Es por eso por lo que lo estás presionando. No quieres a un jinchuriki débil.

Hiruzen asintió pesadamente.

—El niño no solo tiene que preocuparse por los enemigos de su padre, sino que ahora tiene a un grupo de criminales detrás de él.

—Tendré que aumentar el número de Anbu que lo protege.

Hiruzen sonrió ligeramente.

—Sería de gran ayuda.

Danzo inclinó la cabeza ligeramente, su rostro todavía impasible.

—Pero recuerda, no siempre podremos desperdiciar a los hombres más talentosos del pueblo en la protección del niño. Tiene que crecer, hacerse más fuerte y rápido. La academia será solo un obstáculo en eso, por lo que veo.

—Soy consciente de ello.

—Supongo que ya tienes planes para eso.

—El tiempo del niño en la academia está limitado a un año, máximo dos, dependiendo de cómo se desenvuelvan las cosas.

Danzo alzó una ceja, su interés claramente captado.

—¿Limitado por tu autoridad?

Hiruzen negó con una pequeña sonrisa, sus ojos brillando con determinación.

—Limitado al tiempo que le tome al niño superar la Academia.

Danzo no pudo evitar formar una imperceptible sonrisa, un raro gesto de aprobación.

—Supongo que recibirá ayuda.

—Sí. Me encargaré de convertir al niño en el genin más fuerte del pueblo.

—¿Y luego?

La sonrisa de Hiruzen se hizo más grande, su mirada llena de esperanza y confianza.

—Mi estudiante se encargará de formar a otra leyenda.


Academia Ninja. Una hora después.


—Eres sorprendente, Naruto. Nunca pensé que vería a un estudiante lanzar armas mejor que el maestro —exclamó Kiba, mientras se dirigían al salón para recoger sus cosas. Akamaru ladró de acuerdo desde su cabeza.

—Aunque es problemático, yo también lo noté. Incluso vi al maestro parecer demasiado sorprendido —agregó Shikamaru.

—Sí, fue genial su reacción. Parecía un pez con la boca abierta —dijo Choji, riendo.

Naruto se rascó avergonzadamente detrás de la cabeza. Últimamente, se encontraba haciendo esto con frecuencia. Aunque sabía que debía dejar de avergonzarse por los elogios, no podía evitarlo, ya que no sabía cómo reaccionar a ellos.

—Supongo que se sorprendió porque no esperaba que hiciera eso. Posiblemente el maestro podría hacer algo parecido, si no mejor —respondió Naruto.

—No lo creo, esa cara de asombro parecía muy real. Más aún cuando dijiste que solo llevabas tres semanas aprendiendo a lanzar armas —insistió Kiba.

Naruto solo pudo sonreír avergonzado, sin estar seguro de cómo responder.

—No entiendo cómo eres tan bueno con solo tres semanas de práctica. Mi madre me ha estado enseñando durante unos meses, y todavía no logro lanzar bien ese feo pedazo de metal —refunfuñó Kiba, visiblemente molesto por sus torpes lanzamientos.

Naruto le sonrió al abatido niño.

—Me han enseñado que la paciencia y la tranquilidad son la clave para el aprendizaje. Sobre todo, la práctica. Si practicas mucho y eres constante todos los días, al final lo conseguirás.

Choji se rascó la mejilla con una sonrisa divertida.

—Sabes, a veces hablas como uno de los ancianos de mi clan.

—Y como mi padre —agregó Shikamaru, divertido ante la idea.

—Sí, mientras nos ayudabas, casi sentía que nos estabas regañando. Es como si activaras algún modo llamado: Oh, Todopoderoso Maestro —dijo Kiba, riendo ante el rostro avergonzado de Naruto.

Shikamaru y Choji no pudieron contener sus propias risas.

—Eso ni siquiera es gracioso.

—Pero tu rostro sí.

Naruto gruñó a Kiba, de manera similar a como lo había visto hacer a Akamaru. Sin querer recibir más burlas, corrió hacia el salón de clases para recoger sus cosas y poder continuar con su lectura sobre el intrigante arte del sellado.

—¡Oh, no, nosotros seremos los primeros! —gritó Kiba mientras Akamaru ladraba en aprobación, y ambos emprendieron carrera para alcanzar al rubio.

Sin saber por qué o cómo, Shikamaru se encontró corriendo detrás de Kiba, seguido de Choji, ambos con una gran sonrisa divertida. Sin duda, este había sido un gran día.

Unos minutos después, los cuatro se encontraron saliendo por las puertas de la Academia.

—Pensé que serían más rápidos.

Kiba gruñó.

—Empezaste primero, la carrera nunca fue justa desde el inicio.

—Además, sería bastante problemático tener que dar explicaciones sobre cómo le gané al todopoderoso genio Namikaze —dijo Shikamaru, arrastrando las palabras, pero con una sonrisa divertida.

—Oh, hombre —Kiba empezó a reírse fuertemente.

Incluso Naruto tuvo que reprimir la risa.

—Agradezco el gesto.

—No es nada —dijo Shikamaru con un gesto de mano, desestimando las palabras, aunque la sonrisa en su rostro contradecía su gesto.

—Y pensé que eras el más aburrido —rió Kiba, burlándose del niño Nara.

—Sí, nunca te había visto así, Shika.

Shikamaru se encogió, metiéndose en su papel. Iba a hacer otro comentario sarcástico, pero fue interrumpido cuando el grito de su madre llegó a sus oídos.

—Oh, bueno, creo que es mi señal de despedida. Nos vemos, chicos.

—Nos vemos, mi hermana también me está esperando.

—Lo mismo, acabo de ver a mi padre llegar. Nos vemos, chicos.

Naruto se quedó observando cómo sus nuevos amigos corrían a los brazos de sus familiares. Suspiró profundamente, apartando la vista de la escena para enfocarla en el cielo despejado. Tal vez ellos lo estaban observando desde arriba. Una pequeña sonrisa se formó en su rostro.