Lime
Notas:
Gracias de nuevo a Zulmajea, que escribió el Geto x Utahime porque no me salía xD una genia, prácticamente ella les ha escrito la historia, que es super difícil porque no es un ship muy común, mis respetos 3 Además, también le dio un empujoncito al Toji x su esposa, porque el amor está en el aire, klaro khe zi. TQM Zulma 3
CAPITULO 9: Nuestros padres
—No quiero que vayas, se las pueden arreglar sin ti. Mejor quédate conmigo y vas a la siguiente expedición. Por favor. —Lo desconcertaba ver a Shoko tan insistente, ya estaba acostumbrada a sus viajes y si bien se preocupaba, nunca le había pedido que dejara de ir.
—¿Por qué, estás bien?
—Siento algo extraño. Tengo miedo de que te pase algo. —le dijo mientras lo abrazaba y se colgaba de él.
Se aproximó al final de la calle donde empezaba el camino de tierra, sus pasos seguros y decididos lo llevaban al comienzo de una arboleda, se adentró en ella, guiándose por una ruta que él mismo había creado y recorrido antes, la cuál era las más corta para llegar al lugar de su interés, pero este tenía sus dificultades, ya que subía la base de la montaña para rodearla. Suguru se dio cuenta que los rayos de sol estaban siendo más tenues, por lo cual apresuró su andar.
Llegó con el grupo a aquel pueblo que ya se encontraba en ruinas y cenizas. Había varias maldiciones de grado dos. El caos poco a poco empezó a reinar conforme caían algunos hechiceros. Un escalofrío le recorrió el cuello y volteó alerta con la respiración agitada, una presencia siniestra rondaba, acechándolos. Recordó las palabras de Shoko antes de partir y se dio cuenta de que ella había tenido razón y que quizás no volvería. Lanzó dos maldiciones y se cubrió con una, pero salió disparado y rodó por el suelo con tres cortes profundos en el pecho. Sintió dos golpes más que le quitaron el aire, haciéndolo escupir sangre y vio como las dos maldiciones que lanzó fueron exorcizadas cuando fueron a defenderlo del golpe que recibía en la cabeza.
Llegó a un punto donde era imposible seguir caminando. Se paró para ver la mansión antigua que los árboles ocultaban y daban la privacidad que todo gran señor se ganaba al poseer influencias o nacer con un apellido reconocido. La construcción se notaba vieja y había partes que se mantenían en pie con gran esfuerzo. La servidumbre no se encontraba en ese momento, ni en el jardín ni en el patio, ya que a esas horas debían estar preparado la cena. De su mano salió una maldición con forma de mantarraya, la cual obtuvo cuando los ríos crecieron y devoraron algunos pueblos. Subió a ella para ir a los árboles próximos que daban a la terraza de unos de las habitaciones principales.
La maldición era un tipo humanoide que se acercaba riéndose a darle el golpe final y él no podía moverse. Lo vio levantar el pie sobre su cabeza y cuando estaba a punto de patearlo, giró para esquivarlo. La maldición siguió riéndose y una vez más se acercó, pero esta vez él pudo detener el pie con sus manos. Para su sorpresa, sus fuerzas iban aumentando en lugar de disminuir y pudo sacar una maldición que empujó al ser azul y permitió que él se pudiera levantar. ¿De dónde venía esa fuerza? Dio la vuelta y vio una tienda siendo levantada por una de las maldiciones y una joven de cabello negro bailaba haciendo gestos hacia él.
La mantarraya desapareció y él aterrizó despacio en la amplia terraza. Se escondió detrás de una columna para asegurarse de que no había nadie. Sus ojos oscuros miraron con detalle la figura delicada de una joven que bordaba con cuidado un telar del hilo más fino. Tocó despacio la puerta haciendo que ella se levantara de su asiento sonriendo emocionada, corriendo a sus brazos. Sus ojos cafés brillaron con solo ver al hombre, mientras él la abrazaba con ansias. —Ya no aguantaba un día más sin verte. —Y se agachó para unir sus labios en un beso.
La bestia azul fue corriendo hacia la joven, pero él envió una maldición que se puso como escudo delante de ella, que a pesar del miedo seguía usando su técnica; mientras que él perseguía a la bestia lanzando púas que lo atravesaron obligándolo a detenerse. Geto aprovechó e invocó una de sus bestias más fuertes, que le arrancó la cabeza. Terminando así con la maldición.
Ella le correspondió con timidez, pero con el mismo anhelo, cuando el beso tomó más intensidad ella lo alejó apenada con las mejillas ardiendo. —Estaba preocupada por ti. —Se alejó un poco más para verlo de pies a cabeza y asegurarse de que estuviera bien. —Me alegra que hayas regresado.
Cuando despertó, el jefe de la expedición lo felicitó. Una vez que la criatura fue exorcizada recuperaron el control de la batalla y además había salvado a la hija del segundo al mando, Iori Utahime. Ella estaba en la tienda con ellos, su presencia era tranquila y sus ojos lo veían con gratitud.
Los siguientes días mientras volvían se fue acercando más a ella para agradecerle. Era diferente a Shoko y Satoru, que eran más despreocupados y hasta engreídos en algunas ocasiones, acostumbrados a tener todo sin esfuerzo. Ella era responsable y a pesar de su posición se levantaba temprano a ayudar con las comidas y el campamento. Su elegancia y su mirada cuando hablaban lo fueron cautivando, hasta que un día mientras descansaban la encontró sentada bajo un árbol, cantando mientras veía el horizonte y supo en ese momento que no debió haber ido a aquel viaje.
Geto la vio nerviosa, ya que veces las empleadas entraban al cuarto para llevarle comida o bordar con ella por lo cual los podían descubrir. —¿Estas ocupada? Quiero mostrarte algo. Te va a gustar. —Le regaló una sonrisa y apretó sus manos suavemente para que ella aceptara.
Cuando llegaron a la ciudad intento continuar su relación con Shoko, pero ya no podía verla igual. La magia se había roto y su corazón ya no encontraba refugio en ella. Sus caprichos y engaños para salirse con la suya lo empezaron a molestar. Sus diferencias se hicieron más fuertes que las cosas en común. Una joven de posición acomodada, con una técnica valorada por todos, jamás comprendería el esfuerzo de comer maldiciones para mejorar su situación. No quería ganarse un lugar por desposarla o vivir bajo el ala de su amigo.
La voz que cantaba en su cabeza le traía recuerdos de los ojos y el cabello al viento de Iori. Ella lo había escuchado y había comprendido sus sueños. Su familia había caído en la miseria mucho antes de que ella naciera y buscaban recuperar el esplendor de antes. Por eso, había ido a aquella expedición, siendo la hija mayor era la más comprometida en ayudar a su familia a levantarse. Ella comprendía su situación y sus sueños. Ella sí podía caminar a su lado.
Poner fin a la relación con Shoko no fue fácil; fueron días, semanas y meses que estuvo peleando consigo mismo, sin saber qué hacer. Hasta que, en un viaje que hizo en equipo con sus amigos para capturar a un espíritu extraño, todo salió mal y él cargó con la culpa sólo porque las familias de Gojo y Shoko los protegieron del castigo y regaño. Siendo la primera vez que sintió la diferencia de tener un apellido importante y cómo este te dejaba inmune a cualquier castigo.
Salieron con cuidado entre las columnas, mirando de lado a lado para estar seguros de que nadie los miraba, con sus manos entrelazadas caminaron rápido en la penumbra. Apareció la mantarraya una vez más para rodear los árboles hasta llegar al otro lado de la montaña donde estaba el bosque. —Cierra los ojos. —Ella le dio un beso tímido y obedeció.
De la mano de Geto salió una sombra larga y delgada que fue creciendo hasta convertirse en un enorme dragón blanco de ojos amarillos y crin morada. —Ábrelos.
Iori abrió los ojos y bajo la luz suave que se colaba entre los árboles vio la imponente e impresionante maldición. —¡Por Kami-Sama es hermoso Suguru! ¿Lo puedo tocar? —Suguru sonrió y asintió. —Me alegra que te guste. —Ella fue caminando hasta la maldición animal y le tocó la cabeza haciendo que el dragón cierre los ojos y emita un murmullo suave. —No me imagino lo difícil que debe haber sido capturarlo. —Dejó de acariciarlo y se volteó a ver a Suguru con admiración y felicidad. —Estoy orgullosa de ti, aunque a veces te arriesgas demasiado.
—No hay nada que no haga por ti y por mí, por nuestro futuro juntos. Hasta que tu padre acepte que yo les puedo dar todo lo que quieran. — La besó una vez más de manera suave para ser correspondido, haciendo que la joven lo abrazara. —Ven, vamos a dar una vuelta. Subieron al lomo del dragón que se alejó despacio del suelo para ver el horizonte. El cielo ya estaba pintándose de azul y las estrellas empezaban a brillar. La mujer que tenía al lado entendía su esfuerzo y su motivación, ella era parte de él. Además, Ieri le había hecho ver que su esfuerzo al erradicar maldiciones no sólo demostraba su fuerza y su valía, también ayudaba y protegía a los débiles. Ella era la mujer perfecta para él.
—Vaya, hasta que recordaste que te debes a este consejo.
Siempre aplazaba y evitaba este tipo de reuniones lo más que podía. Odiaba el olor a viejo que se mezclaba con los perfumes con los que trataban de disimularlo.
—Creo que los que se olvidan que las cosas son al revés, son ustedes. Parece que la edad les está dañando el cerebro. —Lo dijo con una sonrisa burlona, pero manteniéndose erguido usando su altura para imponerse.
—Tan gracioso como siempre, hasta ahora no te entra en esa cabeza dura que esa actitud es la que nos mantiene aquí. Las riendas del clan no pueden caer en las manos de un chiquillo maleducado e irresponsable como tú. Explícanos ¿Cómo es eso de que no te vas a casar con MeiMei?
—¿Olvidaste tomar tu sopa? No me voy a casar con ella, jamás dije que lo haría y como veo que la memoria ya no les funciona, les recordaré una vez más. No me pienso casar ni tener hijos, ni con ella, ni con nadie. —Los veinte adultos en la sala que tenían los ojos sobre él, tenían la mirada adusta y empezaron a murmurar.
—¡¿A qué crees que juegas mocoso estúpido?! —El anciano que parecía el líder, se levantó dando un golpe en la mesa haciendo que aparecieran pequeñas grietas, pero Satoru permaneció tranquilo. —¡Has estado años con esa mujer a pesar de que nunca la aprobamos! Yaga estuvo abogando por ti, diciendo que ella podía ayudarte a sentar cabeza. —El aludido lo vio con decepción moviendo la cabeza casi imperceptiblemente de lado a lado. —Y ahora que te damos la aprobación ¡Resulta que terminas enredándote con una sirvienta!
Satoru cambió su posición relajada a una tensa y arrugó el ceño. —Ella no es mi amante.
—¿A quién engañas? ¿Crees que no sabemos lo que haces? Esta no es una feria para que metas a cualquier mujerzuela, tenemos reglas y medidas de seguridad que…
—Lo sé, Itadori se encargó de eso con su técnica. Él y Kugisaki serán parte del grupo de hechicería y necesitaba un reemplazo.
El anciano rió con malicia. —Puedes engañarla a ella con esa mentira, pero nosotros te conocemos mejor. Al menos espero que no la embaraces, no necesitamos niños normales e inútiles.
Satoru apretó las manos en puños con cólera. —Ella es una hechicera, igual que yo. Tampoco es que ustedes sean la gran cosa.
Los murmullos se intensificaron y se escucharon gritos de "rebeldía y descaro". El anciano al frente levantó las manos pidiendo silencio.
—Una hechicera que trabaja como una sirvienta no debe tener una gran técnica. ¿Cuál es? ¿Lavar platos? —El viejo y los demás rieron burlones. —¿No me digas que entre todas las hechiceras talentosas te fijaste en la más parecida a una humana normal? ¿Quieres que el infinito se pierda y destruir al clan?
—Deberías tener tus hierbas a la mano, viejo. Te acabo de decir que no me voy a casar ni tener hijos con nadie. —Le sostuvo la mirada, serio, ignorando los resoplidos de molestia de los demás.
El aura del anciano se volvió intimidante y se acercó a él. —Muy bien, espero que recapacites sobre tus insolencias. Nuestra paciencia se está agotando y si continúas con sus pataletas hablaremos con tu padre para nombrar un nuevo sucesor. No creas que la técnica te hace intocable, podemos pasar de ti si hubiera algún bastardo tuyo o de tu padre. Por mientras, no queremos ni una persona más entrando a este lugar, de lo contrario tomaremos medidas drásticas. —Lo vio amenazante a pesar de la diferencia de estatura. —Y no seremos tan benevolentes como con tu mujerzuela.
Las miradas de ambos hombres eran mortales, en sus mentes imaginaban diferentes formas de torturar y acabar con el otro, pero no podían enfrentarse, no delante de los demás y por el bien del clan. Aunque ninguno de ellos iba a dar su brazo a torcer.
—No usen a mi padre de excusa para imponer sus deseos como si fueran los de él. Todos aquí sabemos que él apenas se mantiene vivo. —Le gustaba verlos molestos, pero ahora le preocupaba que pudieran tomar represalias contra ella. Si ellos llegaban a ponerle un dedo encima los haría pagar.
—Y por lo mismo, espera que estés listo antes de partir. Él está al tanto de todo. Si tienes dudas puedes ir a hablar con él. Y más te vale reconsiderar tu matrimonio con MeiMei, tiene más cualidades que la mujercita con la que andas encaprichado, pero puede que Yaga te avale una vez más. —Les dio una sonrisa burlona a ambos y los demás lo siguieron. —Puedes irte.
Pero antes de que el anciano terminara de hablar, Satoru ya estaba tirando la puerta de la habitación.
En uno de los barrios más pobres de la ciudad, donde las casas a duras penas se mantenían en pie, al final de una calle, se podía ver a un hombre cansado. Abrió la puerta de su casa y ahí estaba ella, sus fríos ojos la encontraron sentada, jugando con su hijo.
Su esposa era lo más valioso que tenía, su vida misma. Si no hubiera sido por ella probablemente hubiera muerto bajo la lluvia después de la golpiza que le dio su clan antes de dejarlo abandonado a su suerte. La suavidad de sus manos curó sus heridas y la valentía con la que lo llevó a su hogar para velar por él llegaron a tocar el corazón que pensó que no tenía.
Entrenado para restringir sus emociones desde niño, no sabía lo que era el amor hasta que la conoció a ella. Ni siquiera cuando supo quién era mostró temor o aversión, no le impidió regalarle el primer abrazo sincero. Lo quería tal cual era, con sus defectos y virtudes.
Ella merecía el mundo a sus pies y en cambio sólo había logrado hacerla una paria igual que él. Ni el rechazo de su familia, ni del pueblo la alejaron de su lado. Ambos viajaron juntos por varias regiones. Siempre vivían un tiempo tranquilos, hasta que las cosas empezaban a ir mal. Él trataba de adaptarse a cualquier trabajo sencillo, en el campo, en el mercado o como ganadero, pero la maldición del destierro lo perseguía a donde fuera y siempre terminaban saliendo del pueblo para empezar de cero en otro lugar.
Su esposa lo recibió con los brazos abiertos para animarlo y se puso de puntillas para darle un beso, que él profundizó con ansiedad. Ella tenía los ojos ligeramente rojos y supo que había estado llorando. Eso lo hizo frustrarse consigo mismo, su situación la arrastraba con él. —Llegas justo, he hecho tu platillo favorito. Ven, vamos a comer. —Le agarró la mano y lo llevó a la mesa donde estaba Megumi, quien al verlo extendió sus brazos para que lo cargara. El niño era muy corto de palabras, pero su rostro lo decía todo.
Sonrió de lado obedeciendo el pedido de su hijo y lo sentó en su hombro. El niño tomó el cabello negro y lacio de su padre y empezó a jugar. —¿Vinieron a dejarte las cosas los Zenin? —No necesitó verla a los ojos, porque sabía que nunca mentía.
—Hoy salí a dar una vuelta con Megumi y aprovechamos para comprar algunas cosas. Él me ayudó a cargar las cosas. Es tan fuerte como su padre. —El niño rio cuando su madre se acercó a hacerle mimos, tratando de esconderse jalando el cabello de su padre.
—No deberían exponerse así. Las personas son peligrosas. No quiero que te suceda algo.
Ella le puso un dedo en los labios para que no continuara, pues Megumi había dejado de jugar y escuchaba atento todo lo que decía. —No todos son malos ¿verdad Megumi? El niño volvió a sonreír con sus cosquillas. —Un joven muy amable nos ayudó. Muy guapo, por cierto.
Su esposo volteó los ojos y ella rio. —Vamos a comer antes de que se enfríe. —Ella fue a la cocina y él se quedó solo con Megumi.
El hombre volteó y se vio reflejado en un pequeño espejo. Su hijo era igual a él, sus mismas facciones, expresiones o sus gustos. Sin embargo, tenía el mismo cabello al viento de ella. Lo sacó de sus hombros para ponerlo en el suelo y el niño fue a seguir a su madre.
Megumi. La bendición que los había condenado. Un momento donde el fuego quemó cualquier pensamiento, dejando que el amor por su esposa se convirtiera en un ser. Ella no sólo era la esposa de un desterrado y asesino, ahora era la madre un niño condenado a su mismo destino.
Él había tenido que agachar la cabeza nuevamente ante la familia que lo repudió. Cargar con una mujer embarazada era difícil, pero aún más con un niño pequeño. Cuando estaban a medio camino de viaje, sin comida ni dinero, la ayuda llegó de la mano de un joven de ojos grises.
Le propuso un trato el cual aceptó, por ella, porque no soportaba más verla cargando con la misma cruz que él. La gente ya hablaba mal de él a donde sea que fuera. Si no era por su destierro del clan Zenin, era por su cuerpo y fuerza sobre humana, que, aunque trataba de disimular era más que evidente, su actitud hosca y de pocas palabras tampoco ayudaba. Su presencia intimidaba, lo quisiera o no. Y si iban a hablar de él, entonces que sus rumores tuvieran motivos, estaba harto de agachar la cabeza por nada. A fin de cuentas, había nacido y había sido entrenado para matar.
El joven creía que el actuar del clan había sido exagerado y le prometió abogar por él para que regresara, con la condición de que demostrara que valía tanto como un Zenin sin restricción. Y cuando regresara, nadie podría volver a faltarle a su esposa.
El hombre tenía el cabello negro, pero las canas iban haciendo acto de presencia y hacían que se viera plateado. Sin embargo, su mirada y porte mantenían la fiereza de años atrás, el alcohol no había podido mermar su fuerza, por el contrario, lo hacía ver más amenazante.
—Te dije que pensaras con la cabeza fría ¡No te lo dije! Tus errores debilitan mi poder como líder. ¿Crees que tienes el puesto asegurado sólo porque las hijas de Ougi no sirven para nada? —Su mirada era tenaz, casi no había alzado la voz, pero eso lo hacía más intimidante, el aire del cuarto se volvió pesado.
Su hijo estaba de pie, con la cabeza al frente, pero no se atrevía a ver a los ojos de su padre. —Ese estúpido traga maldiciones estaba ahí, me tendió una trampa y…
—¡Silencio! Esas sólo son excusas de tus malas decisiones. ¿Sabes por qué los Zenin estamos aquí y no otro clan como los Inumaki o los Gakuganji? —Naoya se quedó callado. —Responde.
—Por nuestra fuerza.
—Error. Somos fuertes en conjunto, pero no te confundas. Nuestras técnicas no se basan en la fuerza como los Gojo o la letalidad como los Kamo. La complejidad de nuestra técnica nos da ventaja en los combates. No sólo se trata de moverse rápido, se trata de planear y hacer estrategias. Nosotros usamos la cabeza. Úsala, así como usas tu técnica. ¿Quieres gritar, golpear o matar? Hazlo. Pero aprende a hacerlo en el momento correcto. —Le dijo mientras le golpeaba la cabeza con el dedo. —No tienes las diez sombras, no puedes darte el lujo de equivocarte como ahora.
Su padre lo miró a los ojos y él se sintió transportado a los años de su niñez cuando le llegaba a las rodillas y lo veía desde abajo. Sintió un sudor frío en la nuca. —Tendré más cuidado y lo haré pagar.
—No. Primero aprende a controlarte. La venganza es un plato frío, ya veremos cómo recuperar ese dragón. —Se cruzó de brazos y su expresión pasó a una de molestia. —Por otro lado, Ougi estuvo insistiendo nuevamente con lo su hija Mai para el matrimonio, así que acepté. —La boca de su hijo se abrió ligeramente y luego se convirtió en una sonrisa maliciosa. —A buena hora, sino sería el primero en estar jodiendo con lo de la expedición.
—Pensé que no querías que me metiera con ellas. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
—Tú. —su hijo giró la cabeza de lado ligeramente, sin entender. —Todavía estás aprendiendo, tienes la malicia y ambición que este clan necesita, pero aún eres muy impulsivo y Ougi se ha fijado en ello. Ha estado insistiendo con lo de su hija desde hace un tiempo. Probablemente con la esperanza de hacerse con el poder con un nieto. —Esta vez la sonrisa de Naoya se amplió en burla y su padre lo imitó. —Creo que es momento de que te cases, quizás eso te ayude a calmarte y si ella no engendra, tendrás vía libre con las concubinas que quieras.
Naoya no cabía en sí de felicidad, ya estaba pensando en ir a la habitación de Miwa a darle las buenas noticias cuando…
—Esa criada ya no está. —Toda expresión de alegría en la cara de su hijo desapareció y su cuerpo se tensó.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? —las manos se le crisparon.
—Por eso, mírate. Estás obsesionado con esa mujer. Las cosas no son sencillas Naoya. Mai no es una mujer cualquiera, es tu prima, hija de mi hermano y aunque su técnica sea una basura, la debes de respetar de cara a los demás. Ougi la usaría de excusa para armar alboroto si se entera que maltratas o cambias a su hija por una sirvienta. —Su rostro se puso serio una vez más. —Además, me he enterado de que Toji ha tenido un hijo. —Naoya se calmó y escuchó a su padre, eso era importante. —Todavía no llega a la edad donde se manifiestan las técnicas. Si tuviera una común no sería una amenaza, pero si tuviera las diez sombras y alguien de aquí se enterara, estaríamos en problemas.
—Eso no va a pasar, déjamelo a mí.
—Estuve pensando traerlo aquí. —Naoya miraba atento a su padre con el ceño ligeramente fruncido. —Pero es peligroso. Aquella vez era para que muriera con esa paliza, pero el maldito sobrevivió. Ahora a Ougi se le pasó la mano con su otra hija, menos mal. Una menos. —Naoya pareció sorprendido y luego se encogió de hombros restándole importancia. —Son buenos luchadores, pero difíciles de controlar si se rebelaran. Hay que tener cuidado al manipularlos. Sería más un trabajo para ti, que para mí. Un hombre así no se doblega a la fuerza, sino con astucia. ¿Estás seguro que puedes lidiar con él?
Naoya sonrió acomedido. —Claro que sí, yo me encargo. También creo que es una buena idea que regrese.
Satoru había estado distante todos esos días. No era grosero, ni la esquivaba, pero ya no le buscaba conversación como antes, se limitaba a escucharla y asentir con la cabeza, con mirada melancólica. Había dejado de lado los juegos frente al espejo, las invitaciones para que comiera con él y tenía mucho cuidado de no tocarla.
Las pocas veces que se había sentado a comer con él, le había comentado de sus hermanos y los paseos por el bosque buscando plantas. Trataba de dibujarlas en un pedazo de papel junto con los caminos que ya conocía para llegar lejos sin mucho esfuerzo. Cuando la vio manejar el papel y la tinta le preguntó dónde lo había aprendido y ella le contó sobre sus amigas a las que no veía hace años, cómo ellas le enseñaron a comportarse ya que de lo contrario hubiera encontrado a una joven desaliñada en lugar de lo que era hoy día. Fue la única vez que lo vio reírse en esos días y le pidió que siguiera dibujando y contándole sobre sus flores, sin hacer más comentarios, sólo la veía hablar y dibujar.
Su distancia le dolía. Ahora sabía lo que él había sentido todos aquellos días de desplantes. Era una ironía que ahora tuvieran los papeles invertidos con ella tratando de captar su atención. Ya no había rastro de su mirada juguetona en sus ojos celestes, ahora sólo veía tristeza y nostalgia y más de una vez lo escuchó suspirar pesadamente después de verla, como si hubiera querido decirle algo. Ella le había dicho que podía desahogarse y conversar con ella cuando quisiera, pero la verdad era que ya no soportaba la incertidumbre de saber qué era lo que sucedía.
Al principio pensó que era por Mei-san, que, a pesar de todo, él iba a continuar con la relación extraña que tenían. La encontraron desnuda en su cuarto más de una vez, envuelta en su cama o sentada, cubierta sólo por su cabello suelto. La primera vez se quedó sin aire, se sintió extraña en medio de los dos e iba a salir para dejarlos solos, pero él no la dejó y le dijo a Mei-san que se retirara, para luego pedir un cambio de sábanas.
Las siguientes veces fueron iguales, él siempre la esquivaba y a ella parecía divertirle verlo molesto. Lo provocaba acercándose para tratar de besarlo a pesar de su mala cara. A ella la ignoraba, pero las veces que la vio le dio una sonrisa fría y maliciosa, antes de irse riendo.
No sabía qué hacer, le hacían falta sus amigas, Momo y Mai, seguramente ellas habrían sabido qué hacer en esas situaciones, no como ella, que sólo agachaba la cabeza y esperaba lo mejor.
El único en el que podía confiar era Yuji. Siempre se reunían a la hora de la comida y como no tenía a nadie más, le confió a él sus temores: quizás Gojo-san se había aburrido de ella, se había dado cuenta que era un problema y se había arrepentido de tenerla a su lado. Quizás prefería a Mei-san. O quizás creía que aún tenía algo con los Zenin. Yuji la escuchaba atento, esperando a que ella se desahogara, le dio un vaso con agua y le dio algunas palmaditas en la espalda.
Al final, cuando terminó de hablar le preguntó. —¿A ti te gusta Gojo-san?
Los colores se le subieron al rostro. Empezó a tartamudear sin saber qué decir. Yuji, la vio en apuros y supo cuál era la respuesta sin que ella la dijera en voz alta. Sentía su alma agitada. —Tranquila, no es necesario que respondas. Digamos que no te es indiferente. —Ella, aún con la cara roja asintió. —Habla con él. Pregúntale lo que quieras saber, él nunca se molesta con las preguntas. Con los únicos que pierde los papeles es con los ancianos.
—Pero, está distinto, desde hace días que no me habla, ni me dice para comer con él. Es como si estuviera molesto.
Yuji se quedó pensando un momento mientras veía un escarabajo que se había volteado. No quería hablar de más y terminar diciéndole lo mucho que Gojo-san gustaba de ella. Él lo había sentido, Gojo-san estaba distinto, desde que le entregó el collar había sido un sube y baja de emociones entre alegría y angustia. Podía sentir su alma expectante, llena de emoción cuando ella estaba con él. Nunca, ninguna de las otras mujeres había causado tanta inquietud en su benefactor. —Es que ha tenido reunión con los ancianos y ellos lo ponen de mal humor… además —volteó al escarabajo para que siguiera su camino. —creo que esta vez no le fue muy bien. —La vio unos segundos y volvió a jugar con el escarabajo. —Lo mejor es que tú misma hables con él. Hay muchas cosas que sólo él te puede explicar. No le tengas miedo, él no te va a hacer sentir mal.
Ella suspiró y se quedó viendo como el escarabajo hacía una bola de tierra. —No sé cómo acercarme a él.
—Tienes que mostrarte segura. —Escucharon la voz de Nobara a sus espaldas. Estaba parada con los brazos cruzados y moviendo el pie. —Llénalo de dulces para que se ponga de buen humor.
—Ya lo he hecho, pero sigue igual. Le he llevado sus postres favoritos y me ofrecí a hacerle masajes, pero no quiso.
—Seguro fuiste tranquila con tu voz bajita ¿Le preguntaste lo que quieres? —Kasumi negó, con las mejillas ardiendo de vergüenza. —¡Insiste! ¡Háblale! No le tengas miedo, no te va a hacer nada, a ti menos que a nadie. Sólo es un niño berrinchudo. Estuvo semanas fastidiando, para que lo ayudemos a encontrarte…
—Nobara por favor, no digas eso. —Yuji la interrumpió nervioso. —Es mejor que él le diga, lo que sea que necesite decirle.
—Tú siempre tapándole sus cosas. —Nobara lo vio molesta y lo hizo a un lado para sentarse al medio de los dos. —Llévale lo que más le guste. Arréglate un poco, no mucho para que no seas obvia. Y háblale segura, sin miedo. Él te va a responder todo lo que tú quieras, lo tienes en la palma de tu mano desde hace mucho y no te has dado cuenta.
Animada por las palabras de Nobara, ese día decidió quitarse el tinte del cabello como tantas veces él se lo había pedido. Aprovechó que era de noche y no había mucho personal para cubrirse la cabeza hasta llegar al cuarto con su cena.
Lo encontró ya sentado en la mesa y después de servirle se quitó el pañuelo para que pudiera verla. Él esbozó una sonrisa y se quedó viéndola embobado con la cabeza apoyada en una mano, recordando el día que se conocieron. Su cabello celeste brillaba a pesar de tenerlo pintado tanto tiempo, quería tocarlo para ver si era tan suave como parecía. —Decidí hacerle caso y me quité el tinte, aunque me siento extraña. —Sonrió un poco para aliviar los nervios antes de que la traicionaran y saliera corriendo de ahí. —¿Qué le parece?
Él pareció salir de su ensoñación y se acomodó en su sitio mirando la comida. —Tu cabello es muy lindo. Deberías usarlo así siempre.
Ella seguía parada frente a él. Pensó que verla así le iba a gustar después de haber insistido tanto con el cambio. Los nervios empezaron a ganar la batalla, no estaba yendo como ella había pensado. Recordó las palabras de Nobara y tomó aire para darse valor. Era hablar o quedarse callada con la duda de saber qué pasaba. —Quiero hablar con usted.
Él levantó la cabeza, aún no había probado bocado, tenía la boca totalmente seca y tomó un poco de agua para pasar las ansias. Sabía que debían tener esa conversación, pero no había encontrado la fuerza de voluntad para hablar con ella. Ahora ya no tenía escapatoria. —Está bien. Yo también quiero hablar contigo. Siéntate. —Le sirvió un vaso de agua y se lo dejó en su sitio. Ella obedeció y se sentó con él.
—Tengo unos terrenos al este, a unos días de aquí, en una ciudad nueva. La propiedad es sólo mía, es bastante grande y el clima es bueno. Hay muchos cultivos y comercio. Creo que cerca hay un bosque, pero no estoy seguro, aunque el mar está cerca. Creo que te va a gustar.
Ella lo escuchaba atenta. —¿Vamos a viajar allá?
Vio su rostro ilusionado y sintió el estómago como una piedra. No quería hacerlo, pero era lo mejor para ella. —No. Sólo tú. Puedes ir con tu familia para que no te sientas sola. No les va a pasar nada, te enviaré con mis mejores hombres para que los cuiden.
—¿Qué? ¿Hice algo mal? ¿Es porque escuché su conversación con Mei-san? No le he dicho a nadie lo que pasó. ¿Por qué? ¿Por qué me está expulsando?
Sus ojos empezaron a brillar. Había ido tan bonita esa noche. A pesar de su ropa vieja y su moño sencillo, su belleza resaltaba. Más ahora con el cabello celeste que hacía juego con sus ojos azules, no había nada que la pudiera opacar. Le dolía tener que hacer esto al verla así, pero no podía dejar pasar más tiempo. No era bueno para él, ni para ella. —Prometí cuidarte y este lugar ya no es seguro para ti.
—No es necesario que mienta. Es por ella, por Mei-san. Va a retomar su relación con ella y por eso me envía lejos. —Una lágrima cayó por su mejilla y él quiso secarla, pero ella le alejó la mano. —Suélteme.
—¡No! No es por ella, ella no me importa. Es por ti. —Él le agarró la mano para que no se fuera y ella empezó a forcejear para soltarse, pero se quedó quieta cuando lo escuchó. —Vas a ser el objetivo de los ancianos y no quiero que te hagan daño. Por favor, escúchame. Te voy a contar todo.
Ya no había vuelta atrás. No había forma de explicarle su decisión, sin decirle lo que él no había querido admitir ante sus amigos. No quería que se fuera pensando que era otra la que estaba en su cabeza y no ella.
—Desde hace años los viejos insisten para que despose a alguna mujer. Lo intentaron concertando matrimonio con mis primas, creen que las técnicas como la mía, se deben preservar dentro de la familia. Como me rehusé a casarme con cualquier familiar, presionaron anunciando un compromiso con una joven de familia influyente; así que para que su familia rompiera el trato empecé a aventurarme con diferentes mujeres. —Se detuvo un momento con una sonrisa nerviosa y se revolvió el cabello con la mano libre. —Al inicio fue para evitar el matrimonio y luego se volvió un juego de competencia con mi amigo. Un pasatiempo que me gustó. Me fui haciendo una reputación, cuanto peor fuera mejor para mí, así cualquiera se lo pensaría dos veces antes de pensar en un compromiso conmigo.
Ella seguía forcejeando para que la soltara, recordó la historia de Mai con Naoya y le dio asco. ¿Por qué le estaba contando todas esas cosas? Ya se sentía lo suficientemente mal como para saber más detalles como esos. No quería escuchar más. Ya no quería saber y que al final le dijera que ella era un capricho más.
—Así pasaron los años y Suguru, mi amigo, me presentó a MeiMei. Era bonita, seductora, no pasó mucho tiempo para hacernos amantes. Lo hemos sido por varios años. —Ella quiso soltarse de su agarre una vez más, pero el no la dejó. Lo veía con asco y el corazón le empezó a latir con fuerza. Si había alguien de quien no soportaría una mirada así, era de ella.
—Muy bien ¿Entonces por qué no se casa con ella? Y a mí me deja irme con mi familia. No necesito su cuidado, veré por mi misma. Suélteme.
—Porque ella no significa nada para mí. Ella quería mi dinero y yo divertirme. Era un trato que nos venía bien a los dos. Nunca hubo nada formal. Tú la has escuchado, no le importa compartir ¿Te parece que alguien enamorado se podría comportar así?
—No lo sé. Quizás es parte de su relación. Ella dijo que lo iba a estar esperando, después de divertirse con su pasatiempo. Me imagino que hablaba… de mí. —Contuvo las lágrimas y siguió tratando de sacar su mano. —El pasatiempo no quiere ocuparlo más, así que por favor me suelta.
—Que espere, no voy a volver. —Agarró la mano de ella que había estado sujetando y se la llevó al pecho. —No voy a volver porque hay una mujer que me interesa y no quiero que le hagan daño.
Ella lo quedó viendo con los ojos brillantes. Se mordió los labios y la voz le salió temblorosa. —¿Qué ha dicho? —Dejó de forcejear y se acercó a él despacio.
—Desde que te conocí, no te puedo sacar de mi cabeza. No sabía tu nombre, no sabía nada de ti, pero los recuerdos de esa noche en el bosque, no se iban. Fue una suerte que vinieras tú sola hasta aquí. Yo quería hacer lo mismo de siempre… divertirme un rato y seguir adelante. —Ella frunció el ceño y él agachó la mirada. —Pero no lo puedo hacer contigo.
Se había ganado su confianza y simpatía, saliéndose con la suya, él le gustaba y mucho. Le gustaba su alegría contagiosa y su actitud segura y relajada. Lo había anhelado todo este tiempo y no había sido la única. Él también la había deseado, tanto o más que ella.
—Cuando me contaste lo que sucedió con Naoya comprendí tu actitud distante. No quería repetir la historia que viviste con él y por eso te di tiempo y espacio. Pero en ese tiempo yo también me di cuenta de que me gustas de verdad. Me gustas mucho y no sólo para divertirme. —Se acercó a ella arrastrándose un poco por el tatami para poder tomarle ambas manos. Sus ojos celestes se encontraron con los azules de ella, que brillaban de emoción.
—No voy a regresar con MeiMei, eso se acabó. No te puedo sacar de mi cabeza. No eres un pasatiempo porque nunca me he tomado tanto tiempo ni molestias con una mujer. —Reunió toda su fuerza de voluntad y se puso serio una vez más. —Por eso necesito que te vayas, los viejos sospechan de mi interés por ti y no quiero que te hagan daño.
Esta vez fue ella la que se acercó y se puso frente a él. Tenía que comprobar que no era un sueño, todos esos días había deseado su interés y ahora lo tenía frente a ella diciéndole lo mucho que le importaba. —¿Es cierto lo que dice? ¿No me está mintiendo?
Con una mano le acarició la mejilla y movió su cabeza asintiendo mientras soltaba un suspiro pesado. —Sí, es cierto, no sé qué me pasa contigo, pero no soportaría que alguien te haga daño.
Ella se lanzó a su cuello para rodearlo con sus brazos mientras le acariciaba el cabello y suspiró haciendo que él temblara y cerrara los ojos —Yo soy feliz con usted, no quiero irme, quiero estar a su lado. —Él le correspondió el abrazo sujetándola de la cintura, la emoción de escucharla confesarse le llenó el pecho de una sensación cálida que nunca había sentido. Su esfuerzo por hacer las cosas bien le estaba dando frutos. La tenía en sus brazos y era feliz. Ella salió de su cuello para verlo a los ojos, estaba sonrojada, pero con la mirada expectante y él aprovechó para acomodarle el flequillo a un lado, estaba tan cerca que le podía contar las pestañas.
No aguantó más la distancia y la besó, necesitaba saciar la ausencia de alejarla todos esos días. Ella lo recibió con las mismas ansias que él y lo abrazó fuerte, entendió rápido el ritmo y lo siguió con entusiasmo. Sentía su mano suave acariciando su mejilla para bajar a su cuello y descansar en su pecho, como si pudiera sentir los latidos desbocados de su corazón.
Pronto sus labios no fueron suficientes y metió su lengua para jugar con la de ella, primero despacio hasta que ella se unió al juego y escuchó unos suspiros tímidos escapando de sus labios. Sus manos acariciaban su espalda y bajaron a su cintura pequeña hasta llegar a sus caderas. Sintió la presión en su entrepierna, reclamando más contacto y decidió romper el beso para calmarse. —Tienes que irte, por favor, los viejos pueden ser peligrosos. Yo puedo ir después.
Pero ella, llevada por la emoción del momento y feliz de saberse correspondida se rehusó. Se sentó en sus piernas de costado, sujetándose de su cuello. —No. No me quiero ir. No lo voy a dejar solo con los ancianos. Yo me quiero quedar aquí con usted. —Le gustaba estar entre sus brazos, se sentía segura en ellos, eran fuertes y, sin embargo, la abrazaba con suavidad. Sus manos grandes y cálidas, acariciaban su cabello, deshaciendo su moño con cuidado. Sentía el corazón a punto de salírsele del pecho con el mar de emociones que estaba descubriendo entre sus brazos y sus labios. Sabía que debía poner un freno, pero con la alegría y agitación del momento apenas pudo pensar, "sólo un poco más".
Él volvió a sus labios, en lugar de saciarse necesitaba más. Bajó una de sus manos hasta sus muslos y la acomodó a horcajadas sobre él, haciendo que el vestido se le subiera y así poder acariciar sus piernas. —No soy usted. Llámame por mi nombre, dime Satoru.
Y ella obediente mientras se le escapaba el aire en gemidos suaves le repitió el pedido, sin darse cuenta del significado de sus palabras, ni lo que causaba en él. —Satoru, no me quiero ir. Quiero quedarme aquí contigo.
Casi por reflejo él acomodó su pelvis para poder tocarla con su erección, haciendo que ella gimiera en sorpresa. La besó un poco más para distraerla y luego bajó a su cuello en un camino de besos mientras una de sus manos subía y bajaba despacio por sus muslos y la otra le sostenía la espalda soltando su cinturón muy despacio. Su aroma a flores y dulce se colaba por su nariz nublándole el pensamiento, intoxicándolo de ella. —Sí Kasumi, quédate. Tampoco quiero que te vayas. Quédate conmigo. —Hizo un poco más de presión en su espalda y la recostó despacio sobre el tatami, quitando el cinturón para poder bajar por su cuello hasta el inicio de sus pechos. Quería romper el camisón interior, pero se conformó con bajarlo hasta poder tocar su piel con la nariz, mientras sentía las manos tímidas de ella, colándose debajo de su ropa. Se quedó un momento entre sus pechos para oler su piel, sintiendo su pecho subir y bajar con rapidez, dejando que ella lo toque y le acaricie la espalda, como si fuera un animal manso. Luego, con una mano sacó uno de uno de sus senos para besarlo despacio, haciendo que ella gimiera su nombre y a él se le escapó un sonido ronco.
La puerta sonó fuerte y Kasumi le empujó la cabeza, mientras se sentaba mirando a todos lados asustada, ajustándose la ropa para taparse y escondiéndose entre sus brazos.
—Vaya, vaya ¿hacemos una fiesta de tres? —MeiMei estaba recostada en la puerta con un vaso de vino en la mano.
Notas:
Gracias de nuevo a Zulmajea, que me ayudó con el Geto x Utahime porque no me salía xD una genia, prácticamente ella les ha escrito la historia, que es super difícil porque no es un ship muy común, mis respetos 3 Además, también le dio un empujoncito al Toji x su esposa, porque el amor está en el aire, klaro khe zi.
Por cierto, las mesas en Japón suelen ser en el piso, sobre cojines, así que aproveché. El tatami es la cubierta de bambú de los pisos (por si acaso).
Y paria es una persona excluída, raceada por considerarlo inferior.
Naobito mi viejo sabroso, como te amo jajajaja quiero hacerte justicia; te fuiste muy pronto y tu hijo también.
Algo más? Creo que no. Gojo casi se sale con la suya xD pero al menos ahora tendrá carta libre para fastidiar a Miwa como Dios manda xD
Gracias por pasar a leer :D
