CAPITULO 11: El amor es… para idiotas 1
"El gato se enamoró tanto,
Que negoció sus siete vidas
Por una sola con ella."
Habían terminado de cenar en el balcón después de conversar sobre la nueva organización que habría en la cocina para evitar llamar la atención como esa mañana. Ya era de noche y se podían ver las estrellas. Ella se quedó viendo el cielo y la vio mover los labios como tratando de contarlas. Él la quedó viendo hasta que terminó. —¿Escogiste tu favorita?
Ella volteó a verlo con una sonrisa. —Hay muchas, ni siquiera pude verlas todas porque siempre parecía haber una más. Es una vista muy bonita.
—Escoge una, quizás la conozca. —Ella lo vio intrigada. Sabía de su curiosidad cuando se trataba de la naturaleza. —Hace muchos años hubo una nación al sur que les dio nombre e historia a las estrellas para explicar su nacimiento. Historias interesantes, no aburridas y tontas como las que tenemos nosotros. Vamos escoge una.
Ella volvió a ver el cielo y escogió una estrella brillante cerca a otras dos un poco más pequeñas.
—Esa es Vega, en la constelación de la Lira de Orfeo ¿Has escuchado de Orfeo alguna vez? —Ella negó y él continuó. —Orfeo era un músico tan prodigioso que cuando tocaba su lira, hasta la fiera más salvaje del bosque se apaciguaba para escucharlo cantar. La tierra y las plantas florecían para escuchar su voz. Las piedras y hasta el río cambiaban su camino para oír el sonido de su lira. Escucharlo era como estar en el paraíso. Un día, mientras caminaba encontró un hada del bosque que había nacido dentro del tronco de un árbol, se llamaba Eurídice. Era tan bonita y tan dulce que se enamoró de ella.
Hizo una pausa y ella lo vio interrogante. —¿No serás también un hada del bosque? Bueno, tú serías del río porque nos conocimos ahí.
Kasumi se sonrojó y negó, haciendo que él riera. Ella le sujetó el brazo con ambas manos para llamar su atención. —No digas esas cosas… ¿Y qué pasó?
Él le sujetó una de las manos entrelazando sus dedos y llevándosela al pecho. —Tienes razón, no sería bueno que seas un hada, no esa, al menos ¿En qué estaba? ¡Ah sí! Entonces se casaron y vivieron felices. —Ella lo vio decepcionada por el final abrupto. —Pero un día, mientras ella paseaba por el bosque se topó con el sátiro Aristeo, que era mitad humano y mitad cabra de la cintura para abajo y éste la empezó a perseguir. En su desesperación por huir de él, pisó una serpiente venenosa que la mordió y terminó muriendo en los brazos de Orfeo.
Pero Orfeo no se resignó a dejarla ir. Así que decidió bajar al Inframundo, donde van las almas después de morir. Y con su música domó al perro de tres cabezas que cuidaba la entrada y con su canto convenció al barquero Caronte para que lo ayude a cruzar el río que separa la vida de la muerte.
Llegó hasta Hades, Dios de los infiernos y su reina Proserpina. Cantó y tocó como nunca antes. Fue tan hermoso que todas las almas y penas del lugar se detuvieron a escucharlo y el dios conmovido llamó el alma de Eurídice para que regresara con Orfeo con una condición. Una prueba de fe. Él debía ir adelante sin voltear a verla hasta que ambos estuvieran bajo la luz del sol. Orfeo aceptó y empezó el camino de vuelta con su esposa.
Regresó por acantilados, rocas y el barco de Caronte. Le faltaba muy poco para llegar, ya había pasado lo peor, pero no aguantaba más las ansias. No sabía si ella estaba detrás porque no la escuchaba. Cuando estaba saliendo… —¿Quieres la versión real o la versión feliz?
Ella con los ojos un poco brillantes lo vio con sorpresa, un poco fastidiada por la interrupción. — La versión real por favor. Ambos salieron al sol y vivieron felices.
Él echó a reír al ver que ella ya intuía el final de aquella historia. —Tú dijiste versión real ¿Segura? —Kasumi asintió y le movió el brazo para que continuara.
—Cuando ya se estaba asomando y sentía los rayos del sol, no pudo contener más las ansias de verla y volteó. La vio apenas unos segundos, ella estiró los brazos hacia él tratando de agarrarlo, pero la orden del dios era inquebrantable y ella regresó al Inframundo. Él regresó por ella, pero esta vez no lo dejaron pasar por más que tocó y cantó con todo su ser. Resignado, regresó a la tierra, negándose a tomar una nueva esposa, rechazó a todas las mujeres que trataron de consolarlo y en venganza por la humillación, ellas lo mataron. Así, en la muerte, por fin pudo reunirse con su amada y desde entonces no deja de cantar canciones de amor en el Inframundo.
Vio a Kasumi secándose una lágrima que se le había escapado. —Disculpe, qué vergüenza. Es una historia muy bonita, aunque es triste que no pudieran salir de ese lugar.
Satoru se paró y la ayudó a levantarse para ir adentro. —Pero al final terminaron juntos en otra vida en el Inframundo. Ahora son dos estrellas en el cielo, su amor quedo inmortalizado en él.
—Suena mucho mejor si uno lo piensa así. Tenía razón Gojo-san, esas historias son mucho mejores que las que tenemos nosotros.
—Y te podría contar muchas más. Orfeo y Eurídice disfrutaron el tiempo que estuvieron juntos, un poco es mejor que nada. —Él le agarró ambas manos para que ella lo viera, haciendo que se sonrojara. —Probablemente salga de expedición en uno o dos meses. A decir verdad, no es la gran cosa, pero siempre hay la posibilidad de encontrar una maldición especial. Si no vuelvo, ve a buscarme al Inframundo, no puedo irme sin llevarme a los viejos. —Le dijo riéndose.
—¡No! No diga eso, por favor. Usted tiene que volver, no le puede pasar nada.
—¿Te importaría? —Tomó provecho de la situación, al verla tan conmovida. —Nadie sabe cuándo va a morir, por eso tenemos que disfrutar los buenos momentos. A mí me gusta pasar tiempo contigo ¿Me darías la oportunidad de acercarme más a ti? ¿Le podrías dar un bonito recuerdo a un soldado antes de ir a la guerra?
Estaban aún en el balcón, pero a ella igual le faltaba el aire. Sentía como le quemaba la piel al sentir sus ojos celestes sobre ella. Desvió la mirada y con voz bajita respondió. —Usted no es un soldado… pero a mí también me gusta compartir con usted.
—Qué amable de tu parte. Eres la primera persona que me dice que le agrada mi compañía ¿Tenemos un trato? Además, ahora que has decidido quedarte hay muchas cosas que debes aprender y como te dije en la mañana, yo te voy a enseñar.
Le soltó las manos y abrió los brazos. —¡Bienvenida al mundo de la hechicería! —Como ella no se acercó, él insistió. —Ven, dame un abrazo. No te voy a hacer nada.
Se acercó con duda, pero su calor la envolvió inmediatamente y ella se acomodó entre sus brazos. Él la tomó del mentón para que lo viera. —Tenemos pendiente tu celebración como una más de nosotros. —Le puso el mechón corto detrás de la oreja. Ella vio sus ojos celestes y su cabello blanco con el cielo estrellado detrás suyo. —Entonces ¿Me podré ir con un buen recuerdo? —Ella asintió y cerró los ojos. Él se agachó para besarla tomándola de la cintura, acariciando su espalda con cuidado y ella le envolvió los brazos al cuello para perderse en la emoción que él la hacía sentir, sellando así su acuerdo.
—¿Le puedo preguntar algo?
—Claro ¿Qué cosa quieres saber? —Le dijo Satoru mientras se metía un montón de frutas en la boca.
—¿Cómo encontró mi relicario? Lo fui a buscar varias veces, pero nunca pude dar con él.
—No lo ibas a encontrar porque siempre lo tuve conmigo. Creo que te lo quité cuando te fuiste. Yuji lo encontró en un bolsillo y me lo dio junto con las flores. —La vio ligeramente sonrojada cuando las mencionó. —Ahora que tocas el tema, me gustaría saber exactamente qué fue lo que viste antes de encontrarme, si no te molesta claro.
—Oh no, es natural que quiera saber. —Y procedió a contarle todo desde el principio, cuando lo vio en la cima de aquella montaña, al borde del precipicio peleando con el encapuchado. Omitió el detalle que se estaba bañando para evitar sus comentarios indecorosos. —…cuando me acerqué estaba medio muerto de cara al río con ese corte en la frente y cuando lo voltee no respiraba por más que le presionaba el pecho, entonces… —Pareció darse cuenta de algo y le esquivó la mirada nerviosa. —…usted volvió en sí.
Él, que ya la conocía, supo que le ocultaba algo y presionó. —Estaba semi muerto y ¿Sólo desperté después de tragarme medio río? ¿Qué hiciste?
Ella apretó los labios aún sin querer mirarlo. —Kasumiii, dime ¿Qué hiciste? No me voy a enojar, quizás me puede servir en el futuro… ¿¡Me golpeaste!?
—¡No! ¡Jamás le haría eso! Yo… —Lo vio de costado y con voz baja aceptó. —Le tuve que dar respiración por la boca.
Satoru abrió los ojos con sorpresa, llevándose una mano al pecho y terminando con una risa. —Te aprovechaste de mí… —Siguió riendo aún más al verla avergonzada.
—No diga eso, por favor, no lo hice con esa intención…
Entre risas Satoru continuó —Di la verdad, te gusté apenas me viste y no pudiste esperar a que despertara, no me ofende…
Ella, ligeramente sonrojada continuó —No fue así, yo estaba muy asustada, usted tenía ese corte que no dejaba de sangrar, no respiraba y estaba lleno de heridas…
—No, no, no. Te gusté apenas me viste y aprovechaste para enam… echarme algún hechizo. — Un escalofrío le recorrió la espalda. Se aclaró la garganta pasándose la mano por la ropa al sentir un cosquilleo de nervios que no desaparecía y aprovechó para cambiar la conversación; asustado por lo que había estado a punto de decir. —Y yo que me sentía mal por seguirte al bosque.
Ella volteó a verlo sorprendida. —¿Usted me estuvo siguiendo? ¿Por qué? ¿Fue así que escuchó la conversación con mis hermanos? Nunca me dijo cómo fue que supo lo de los Zenin.
Estaba mal ¿Qué rayos le pasaba? Se sentía traicionado por su propia boca. Primero "eso" y ahora lo del bosque. Lo mejor era buscar una buena excusa y dejar de hablar antes de seguir metiendo la pata. Atrapado por su propia sinceridad, no le quedaba más que admitir la verdad y con mirada culposa asintió. —Algunas veces, porque cuando llegaste estabas muy distante, parecías molesta, no hablabas y yo tenía curiosidad por saber más de ti, saber cómo habías llegado al lugar donde nos encontramos, qué hacías en ese lugar tan solitario. —Y volvió a comer para disimular.
Ella hizo memoria de sus semanas yendo al bosque a buscar el relicario y llevar algunas cosas para su familia. En varios de aquellos paseos aprovechaba para tomarse su tiempo y bañarse en el río después de ensuciarse buscando en la tierra o trepada de los árboles. Si él la había seguido ¿Hasta dónde habría llegado? Los colores se le fueron subiendo al rostro al pensarlo y con mirada recelosa le preguntó, aunque ya intuía la respuesta. —¿Y qué fue lo que vio?
Volteó a verla, parecía fastidiada y su pregunta exigía detalles. Con la voz más tranquila e inocente que pudo contestó. —Nada importante, no podía seguirte bien el rastro sin que te dieras cuenta, apenas logré encontrarte con tus hermanos y un par de veces más por el río.
Ella no le quitaba los ojos de encima, parecía querer cerciorarse de que le decía la verdad. —¿Nada más?
La mirada de sospecha le decía que ella ya sabía la respuesta y estaba poniendo a prueba su honestidad. —Te vi bañarte. —La cara de ella se puso de un rojo intenso y se tapó con ambas manos avergonzada. —Pero sólo fue una vez, fue de casualidad. Una agradable casualidad. No tienes de qué apenarte, al contrario, deberías estar orgullosa. —Ella lo vio entre los dedos con el ceño fruncido. —Es decir, eres joven… —Algo le decía que no debía mencionar que tenía buen cuerpo. —…y bonita.
—No debió. Eso es demasiado, es mi privacidad.
—Pero estamos a mano, tú me besaste y yo te vi, no te toqué.
Ella sacó el rostro de entre sus manos para verlo aún con el rostro encendido, el ceño arrugado y las manos en puños. —Eso es distinto, ni siquiera lo besé, simplemente traté de salvarle la vida, mientras que usted… me vio, sin permiso, invadió mi espacio.
No le gustaba su voz seria y el tono ligeramente elevado, parecía molesta de verdad. —Tú también me puedes ver para estar a la par.
Ella giró los ojos y se quedó viendo a la mesa sacudiendo la cabeza con la mano sujetando el puente de la nariz.
Él metió el dedo en la miel y luego lo llevó a su boca. —Kasumi, toma para que se te pase. —Como ella no le hizo caso, él le puso un poco en la comisura.
—Disculpa, ahora te limpio. —Y le dio un beso suave donde le había puesto la miel.
—Gojo-san compórtese.
Escuchar su apellido fue peor que escucharla tratarlo de usted, ponía una distancia que se suponía ya habían superado. —No, no, como que Gojo-san, no soy Gojo-san, soy Satoru. Fue de casualidad, Kasumi, no estés así. Mírame.
Pero como ella no le hizo caso, le tocó la mejilla con el dedo lleno de miel y se acercó a limpiarle dándole un beso más, pasando la punta de su lengua con timidez y se quedó con la nariz pegada a su mejilla, moviéndola de lado a lado mientras le daba pequeños besos acercándose a su oreja.
La escuchó suspirar y pensó que ya había pasado, cuando sintió su mano en el pecho alejándolo. Lo veía de reojo aún molesta. —Gojo-san, parece que se toma demasiadas confianzas que no le he dado. Lo mejor es mantener la distancia. Permiso. —Se paró para irse.
—¡No, Kasumi! No te pongas así. No te vayas. Kasumiii… —Trató de agarrarla del tobillo, pero ella lo esquivó y siguió su camino hasta salir y dejarlo sentado llamando por ella.
Estaba en su entrenamiento, pero estaba tan distraído que Geto ya le había asestado varios golpes y aunque Shoko se había ofrecido a curarle un corte en la mejilla, él se había negado porque no lo sentía necesario.
—¿Por qué tan callado? ¿Es porque ella no está aquí? O por fin vas a aceptar que te estuve ayudando para llamar su atención.
Gojo volteó a ver a su amigo con cara de malas pulgas mientras se secaba la sangre de la mejilla con el puño. Geto soltó un silbido bajo y largo y vio a Shoko que empezó a reír despacio.
—Parece que alguien se ha peleado con la novia y salió perdiendo ¡Qué interesante! Creo que después de todo Miwa sí podía ponerle un freno ¿Qué le hiciste?
—Nada.
—El río está lleno de peces que nadan. —Le dijo Geto con una sonrisa burlona. —Debió ser algo grave. —Como no tuvo respuesta siguió. —¿Tú qué crees Shoko? Yo digo que se le pasó la mano y tocó de más. Siempre ha sido un mano larga.
—Quizás no resistió más el celibato y volvió a las andadas con MeiMei. Si fue eso, que asco me das Gojo y espero que no te perdone.
—Claro que no Shoko ¿Quién crees que soy? No fue eso.
—Ajá, entonces si se han peleado. Si quieres arreglarlo es mejor que nos cuentes de una vez, así te ayudamos, porque probablemente sólo empeoraste las cosas. —Le dijo Geto.
Gojo lo vio ofendido, quiso contestarle, pero no pudo porque sabía que tenía razón y resignado les contó lo sucedido esa mañana.
—Has quedado como un degenerado. No es que no lo seas, pero ella no te conocía así ¿Para qué lo admites? Te hubieras quedado callado.
—Shoko me sorprendes. Ella igual lo iba a saber porque nuestro amigo no sabe mentir y tiene una bocaza. Me imagino que le pediste disculpas ¿Verdad? —Le dijo Geto entrecerrando los ojos y levantando una ceja.
Y era por eso que era su mejor amigo. Porque lo conocía, conocía sus defectos mejor que él y sabía cómo arreglar sus problemas. La voz de su conciencia. Gojo sólo resopló viendo al piso.
—Qué quieres que diga Suguru, son soluciones prácticas, así se ahorraba una pelea, al final de cuentas ya estaba hecho. —Shoko, levantó los hombros. —Más difícil es que pida disculpas. No le pedía disculpas ni a su padre y se las va a dar a ella. Aunque tienes razón, por lo menos debió pedírselas y luego buscar algo bonito para regalarle. El único detalle es que nuestro amigo no tiene modales. No se parece a ti, que sí te esmerabas bastante cuando nos peleábamos…
El ambiente se puso tenso y fue su alerta para hacer lo que debía. No estaba de humor para lidiar con esos dos, además ya era hora de que hablaran de lo sucedido. —Los dejo, ya vengo.
Fue a la cocina porque no se le ocurrió dónde más buscarla y no quería perder el tiempo. Encontró a Ino terminando de cocinar, pero ni rastro de ella. Estaba por salir cuando escuchó la voz del joven. —Gojo-san ¿Cómo está? ¿Viene a buscarla? —Él retrocedió sobre sus pasos y asintió.
Ino no pudo evitar una sonrisa, aunque en el fondo quería reír con todo su ser. Había escuchado los chismes y había estado esperando ver algo así en primera fila. —La acompañé a lavar esta mañana, parecía que quería matar las sábanas a punta de pisotones. Se veía de mal humor.
Gojo lo vio de reojo y empezó a jugar moviendo algunas verduras picadas. —Se la necesita en el salón de entrenamiento ¿Sabes dónde está?
Ino no le quitaba los ojos de encima, sorprendido de verlo así. En todos esos años jamás había ido a buscar a alguien, simplemente lo mandaba a llamar. Vio los estragos del amor y rezó porque nunca le pasara algo así. —Sí, se ha ido a recoger las sábanas con Yuji. —Gojo estaba por salir, pero Ino lo detuvo. —Gojo-san una pregunta.
—Dime.
—Hay varias frutas que están por echarse a perder ¿Me podría llevar algunas?
—Claro, llévatelas.
Ino sonrió. —Y se me pasó la mano con la comida, preparé demasiado ¿Puedo servirme un poco?
Satoru sólo quería ir a hablar con Kasumi antes de que la determinación desapareciera. —Come y agarra todo lo que quieras, si te preguntan, dices que yo te di permiso. —Y salió de la habitación dejando a Ino riéndose por lo bajo, rezando para estar cerca de él la próxima vez que peleara con su novia.
Llegó al patio donde estaban las sábanas. El viento soplaba moviendo las telas y no se veía nada. Así que entró a buscarlos fila por fila hasta dar con ellos. Llamó a Yuji desde un extremo y el chiquillo se acercó para susurrarle rápido. —Gojo-san, estuve hablando con ella y me comentó lo que sucedió. Está más tranquila, creo que ahora sí aceptará verlo, porque no quería ni escuchar de usted.
Gojo lo jaló a un lado y le revolvió el cabello. —Te debo una Yuji, después me pides lo que quieras. —Lo vio a los ojos con orgullo y agradecimiento. —Me alegra que tu abuelo te haya traído a vivir aquí. Ahora ve, si quieres tómate el día, puedes hacer lo que desees. Yo me encargo desde acá. —El muchacho lo vio con una sonrisa y se fue, mientras Gojo iba a tomar su lugar.
Ella seguía recogiendo las sábanas, doblándolas con cuidado en el tendedero para luego sacarlas, haciendo caso omiso de él como si no estuviera a su lado.
—Kasumi.
Ella lo vio de reojo y siguió con su tarea.
—Kasumi.
Le agarró la mano haciendo que ella volteara a verlo y la mirada se le suavizó cuando le vio el semblante decaído y el corte en la mejilla que volvía a sangrar. Le daba pena verlo así. Después de conversar con Yuji se dio cuenta de que quizás había exagerado un poco. Así como él la vio pudo haber sido cualquiera, el bosque no era sólo suyo, en los años había encontrado algún que otro campesino, aunque era muy raro, ya que la mayoría le tenía miedo pues lo veían como un laberinto sin salida.
Él seguía sin decir nada, sólo agarraba su mano. Ella sacó un pañuelo y se lo puso en la mejilla haciendo presión para que dejara de sangrar. —¿Quién fue?
—Suguru, pero no fue su culpa.
—Kasumi. —Tenía las palabras atoradas en la garganta. Shoko tenía razón, no sabía pedir disculpas porque nunca lo hacía. Decirle sólo un "disculpa" le parecía hipócrita, porque en su momento sí lo disfrutó y sí la quiso ver. Prefería decir la verdad, aunque se volviera a enojar con él.
Ella lo veía pensando, tomando aire como intentando hablar, pero sin decir nada, parecía que le costaba, así que decidió ayudarlo. —Si es por lo de la mañana, ya no tiene importancia. Me molestó que usted hiciera algo así, pero también fue mi descuido y costumbre. Quizás deba tener más cuidado de ahora en adelante. No vale la pena seguir recordándolo, sólo espero que no lo haya vuelto a hacer.
Satoru negó. —Sólo fue una vez. —El perdón ya estaba dado sin que él hubiera dicho nada, pero la inquietud no dejaba de retorcerse en su estómago. —Kasumi. Yo… estaba molesto porque había intentado seguirte varios días, pero siempre te perdía el rastro. Ese día, por fin había podido alcanzarte y cuando te vi no pude dejar de hacerlo, no quise hacerlo. Estabas tan distante en ese entonces que fue una forma de desahogarme. Me gusta verte, no sólo así, me gusta verte siempre, que estés cerca, me gusta tocarte y que me toques. Discúlpame.
Sentía las piernas temblar y tuvo que abrazarse a él para no caer. Necesitaba su calor y su fuerza para no desmayarse ante esas palabras que le aceleraban el corazón hasta hacerle doler. Ya en la mañana le había costado bastante cortarle los besos que le daba y le dolió dejarlo sentado. Ahora ¿Por qué debía disculparlo? ¿Por qué ella le gustaba? Eso era más una confesión que una disculpa. —No hay nada que disculpar, fue… algo que pasó. Yo también lo siento. —Lo abrazó fuerte escondiendo su rostro para que no viera su sonrisa
Él le devolvió el abrazo más tranquilo después de quitarse ese peso de encima. —Si no quieres, no lo volveré a hacer… a menos que me lo pidas, claro. —Le dio un beso en la frente y ella se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla. —¿Yo también puedo? —Ella asintió con una sonrisa y los ojos brillantes. Él continuó los besos que ella había interrumpido en la mañana hasta terminar en sus labios que le correspondieron con emoción sujetándolo del rostro, la abrazó más fuerte y la levantó en el aire para darle una vuelta haciéndola reír. —¿Está bien o me excedí?
Ella contagiada de su felicidad respondió. —Está bien, no quiero que me pida permiso, me gusta como es, sólo quiero que sea usted mismo.
—¿Cómo fue que empezaste a esconder tu energía?
—No lo sé con seguridad, creo que no fue voluntario. Nunca se manifestó nada especial. Sólo recuerdo empezar a verlos a los cinco. Los seguía y los buscaba, pero mis padres se molestaban mucho conmigo, decían que estaba loca. Así que comencé a ignorarlos, hacer de cuenta que no los veía y cuando empecé a ir al bosque dejé de verlos y los olvidé.
Satoru frunció el ceño, fastidiado. Sabía que muchas personas normales maltrataban a los hechiceros jóvenes o niños, pero conocer a alguien que lo había sufrido de sus padres le molestaba. Le recordaba a los suyos, sólo que a él le exigían dominar su técnica cuanto antes.
Kasumi se acomodó sobre el caballo y él le dio las riendas, pero siguió agarrando al animal del costado y empezaron a caminar.
—Yo recuerdo haber podido generar energía un par de veces y también la vi hace muchos años. No sé por qué no puedo hacerlo ahora.
—¿Pudiste ver la energía? Eso es raro. Nosotros no solemos verla, sólo la sentimos. Son contados los que pueden verla, pero eso es aparte de la técnica. En cuanto a hacerla, todos generamos energía, sólo que nosotros los hechiceros tenemos un mejor control y un flujo constante, por eso no generamos maldiciones. Generar una gran cantidad de golpe o no controlarla es… desgastante y puede hacerte perder una pelea. Dijiste que con los Zenin también ocultabas tu energía ¿Cierto?
—Sí, ellos reclutan hechiceros, sobre todo si tienen talento o creen que les pueden ser útiles. Como mi amiga Momo, por ejemplo. Ella puede hacer volar objetos y a veces les sirve de guía por la vista que tiene. Como yo nunca mostré alguna técnica, me dio miedo lo que pudiera pasar, creo que tratan peor a los hechiceros que sólo pueden ver que a las personas normales. Siempre me vi como una persona normal con algo extraño y no como una hechicera, por eso se me hacía más fácil ignorar o suprimir mis emociones.
—¿Y siempre fue así?
—Mi madre siempre me pintaba el cabello desde que tengo memoria, mucho antes de que empezara a ver maldiciones. Me decían que era rara y los niños se burlaban de mi aspecto, porque en ese entonces estaba muy descuidada y el tinte me hacía ver sucia. Así que siempre desee ser una persona normal, como todos los demás. Pensaba que si me lo repetía y me comportaba como uno podría llegar a serlo, que un día despertaría y mi cabello sería negro y ya no vería a esas criaturas. No sirvió de nada porque igual estoy aquí, pero ya no me arrepiento. —Le dijo mirándolo a los ojos. Sin atreverse a decirle que era gracias a él.
—¿Y tus padres? ¿No les guardas rencor por cómo te trataron?
—No, rencor no… quizás ¿Pena? No lo sé. Nunca he querido pensar en ello. Quizás fueron mis hermanos y mis amigas quienes me ayudaron a no sentirme tan sola. Creo que hay más personas como ellas, que ayudan a quienes lo necesitan; sólo que no se muestran para protegerse. Con mis padres no tuve la oportunidad de conocerme como lo hice con ellas. Somos como desconocidos, sólo se guían de lo que ven y escuchan de los demás. Yo pensaba igual, aunque solo se necesita tiempo para aprender que no todos los hechiceros son iguales.
—Interesante forma de pensar. Ahora ve tú sola. Creo que ya casi dominas esto.
Ella acarició al caballo, le habló y ambos se fueron trotando hacia el camino de obstáculos sencillos mientras él los vigilaba y una frase se le quedó dando vueltas en la cabeza: "Siempre desee ser una persona normal, como todos los demás".
Estaba echado sobre sus piernas mientras ella estaba apoyada contra la pared tratando de controlar al muñeco de trapo que tenía en las manos. Había mandado a los demás a entrenar al aire libre y tenían toda la sala para ellos dos solos.
—Gojo-san, usted mencionó la otra noche que usted era un soldado ¿A qué se refería con eso? Usted es el heredero del clan Gojo ¿Cómo puede ser un soldado?
Satoru salió de su ensoñación. Se había echado sobre sus piernas para poder verle los pechos desde abajo y pensar alguna estrategia para poder echarle las manos encima. El muñeco ya le había caído en la cara un par de veces así que decidió cambiar de posición y se recostó en la pared haciéndole señas para que se sentara entre sus piernas. Ella negó, pero el siguió insistiendo hasta que ella agarró un cojín y lo puso entre ambos para mantener la distancia.
—Te dije que no soy Gojo-san, ni usted, soy Satoru, Sa-to-ru. Te vas a quedar acá hasta que no me llames por mi nombre. —Le dijo enfurruñado. —Y también te tomaré examen de esto.
Ella soltó un suspiro apesadumbrado y aceptó.
—Ya debes saber que muchos hechiceros toman ventaja de sus poderes, pero como hechiceros, también arriesgamos nuestra vida al luchar contra las maldiciones, por ello se podría decir que estamos sobre las leyes de las personas normales y tenemos más beneficios y libertades. Lamentablemente, también tenemos un límite y ese es el emperador. No es notorio, pero nosotros también somos sus soldados, solo que tenemos un rango mayor. Nuestro deber es exorcizar maldiciones, conseguir tierras en nombre del emperador y de vez en cuando encargarnos de atrapar y ejecutar a algún usuario maldito, hechiceros que reniegan y se rebelan contra la ley.
Mientras hablaba fue poniendo sus manos en su cintura, ya se le había ocurrido la forma de acercarse más a sus pechos.
—¿Eso es lo que hacen en las expediciones? ¿Cómo son? ¿Qué hacen?
—En teoría, las expediciones son para ir a los pueblos infestados de maldiciones y exorcizarlas y una vez hecho el trabajo reclamamos las tierras para el emperador. Somos cuatro grandes clanes: los Gojo, los Zenin, los Kamo y los Fujiwara. Unos clanes ya van en decadencia, como los Iori. Hay pequeños, como los Inumaki. Y familias que no pertenecen a ningún clan, pero tienen buena posición por su técnica como la familia de Shoko o por su cercanía a la corte del emperador como los Gakuganji.
Apoyó su cabeza en el hombro de ella y sus manos empezaron a subir y bajar lentamente por su cintura. Ella se quedó quieta y él se puso nervioso pensando que se iría, pero ella continuó con el muñeco. —Quienes lideran estas… excursiones somos los tres grandes: en el caso de los Gojo, las maldiciones más interesantes o fuertes las capturamos para estudiarlas y tenerlas de reserva, también estamos empezando a buscar la forma de crear armas. Hasta donde sé los Zenin también los capturan, pero en mayor cantidad y los débiles o comunes los usan para crear armas, vale mencionar que nos llevan la delantera en eso. Y los Kamo no tengo ni idea, sé que también los capturan, pero no sé qué hacen, creo que se los comen, los mezclan con su sangre o se mezclan con ellos porque son bien feos y raros.
Ella agarró una de sus manos, que subía y bajaba rozándole el pecho y empezó a moverse para irse, pero él la retuvo. —Disculpa, es que me pican las manos ¿Te molesta?
—Si desea le puedo poner un ungüento, tengo uno en el cuarto.
—No, no es necesario. No quiero interrumpir tu entrenamiento. Así está bien, no quiero el ungüento. Si te molestan mis manos las puedo sacar.
Ella se volteó y se puso de costado para verlo. Él puso cara de santurrón y a ella no le quedó más remedio que pasarlo por alto, porque para ser sincera tenía un cosquilleo agradable en la espalda al sentir su respiración detrás de la oreja. Se quedó de costado para verlo. —No, no me molesta, pero tenga cuidado.
—Por supuesto, yo siempre tengo cuidado, no haría nada que no quisieras, sólo avísame. —Le dijo con una sonrisa.
—¿Y por qué dice en teoría?
—Teniendo en cuenta que nosotros tenemos grandes reservas de maldiciones ¿Cómo sabrías si las maldiciones llegaron a ese lugar por sí solas o si alguien las dejó ahí?
Ella abrió los ojos en sorpresa. —¿Quiere decir que son ustedes…?
—Los Gojo descubrimos… algo hace algunos años, lo conversamos con los demás clanes y como no se llegó a un consenso, nuestro clan decidió dejar de hacerlo; al menos, en menor medida. El emperador sabe o sospecha lo que hacemos, pero no puede hacer nada porque los hechiceros somos los únicos que podemos deshacernos de las maldiciones y los que se rebelan. Aunque mandaran toda una armada contra una maldición media no serviría de nada. Al final siempre obtienen su parte, si el botín es grande, se reparte y si es algo pequeño tomamos lo que nos sirve y las tierras van para él.
—Eso es… entonces las personas tenían razón en lo que decían, ustedes llevan destrucción, eso es… —Kasumi se quedó mirando el peluche que tenía en las manos, mientras buscaba las palabras.
—Justicia. —Ella lo vio extrañada. —No creas que es tan simple. Lo que tenemos lo hemos pagado con la sangre de familia y amigos. Tú no sabes lo que es una maldición promedio porque has vivido en el campo y porque en esta ciudad estamos los tres grandes. Las maldiciones aumentan su poder e inteligencia cuanta más gente y más energía hay. Lo que exigimos es el pago justo por arriesgar nuestras vidas. Los Zenin y los Kamo sueltan las maldiciones que capturan en pueblos de su interés por que es un buen negocio. Ellos recuperan las maldiciones, saquean o cobran al pueblo y luego cobran su parte al emperador, es una doble ganancia.
—Pero hay personas inocentes de por medio.
—Eso díselo al Emperador. La idea de hacerlo nació del Imperio cuando vio que no podía conquistar los pueblos grandes que querían. Los clanes sólo sacaron provecho de ese acuerdo ¿Alguna vez has escuchado o visto alguna mención a los hechiceros que entregaron sus vidas por sus compañeros o para salvar un pueblo? Quien se lleva el crédito son ellos. Nosotros hacemos el trabajo sucio. Todos somos inocentes y todos somos culpables ¿Recuerdas de dónde nacen las maldiciones?
—…De la energía de las personas.
—Así es. Y no creas que nosotros estamos a salvo. Las personas normales ya nos perseguían mucho antes del acuerdo con el Emperador y así como hay expediciones provocadas, hay muchas más que son verdaderas y más peligrosas. Además, los Fujiwara son la mano derecha del Emperador o mejor dicho, han llegado a convertirse en el verdadero poder detrás del trono y temen que alguno de nosotros les quite ese lugar. Ellos son la razón por la cual los tres grandes no nos enfrentamos, si uno de los tres cayera o hubiera peleas entre dos, sería fácil para los Fujiwara acabar con los que quedan. Por eso estamos obligados a soportarnos entre nosotros.
—¿Y qué fue lo que ustedes encontraron?
—Eso, quedará pendiente para alguna de tus clases a futuro. Si es que regreso. —Le dijo con una sonrisa.
Ella quedó pensativa recordando sus palabras, "Sólo soy un soldado, pero de mayor rango", "más expediciones reales y peligrosas". El jugarse la vida lo incluía a él también. Lo había visto pelear varias veces, pero ¿Acaso habría una maldición capaz de hacerle daño? ¿Qué era lo que habían encontrado? "Se paga con la sangre de familiares y amigos". De sólo pensar que podría no regresar y morir como un traidor la hizo soltar el muñeco y lo abrazó escondiéndose en su cuello. —No debería ser así, es muy injusto para todos. Es una rueda que nunca termina.
Él pareció complacido con su reacción y apoyó su frente en la de ella. Sus manos se habían quedado quietas al borde de su pecho. —Ojalá las cosas se solucionaran tan sólo con desearlo ¿Podría ser esa tu técnica? Aún no lo sabemos, quizás nos das la sorpresa.
Ella le agarró la mejilla y él terminó de cerrar el espacio para besarla. Kasumi le echó los brazos al cuello mientras acariciaba su cabello blanco y suave y él aprovechó para deslizar una mano sobre su pecho lentamente. Como no escuchó ni sintió ninguna protesta hizo presión con cuidado mientras la distraía jalándole los labios suavemente. Hasta que se sintió seguro para masajear el pecho elegido entre respiraciones profundas y ronroneos, pero cuando ella le devolvió el favor de morderle el labio entre juegos, apretó más fuerte por la emoción y ella se separó.
—Disculpa, no quise hacerte doler. —Quiso atraparla nuevamente en su abrazo, pero ella ya se estaba parando.
—No me dolió, pero parece que la picazón lo abruma. Voy a ir a traerle el ungüento. Ya vengo.
Satoru la había llevado a su sala particular de entrenamiento para entrenar con el muñeco de trapo. Después de un par de horas y sin avance evidente ella se notaba frustrada, por lo que mandó a traer algo para picar y animarla.
Llamaron a la puerta y apareció Ijichi con mirada nerviosa y una bandeja que dejó para irse rápido. Satoru la abrió y encontró unos pocos trozos de frutas picadas. A Haibara se le había pasado la mano en su prueba, para variar. Estaba pensando en pedir más, pero algo se le vino a la cabeza.
Puso la bandeja a un lado y se sentó junto a ella que estaba con la espalda apoyada en la pared. —Toma un descanso, para que puedas empezar fresca.
—No pensé que fuera tan difícil ¿Siempre es así con todos?
Satoru quedó pensativo, él tenía sus sospechas, pero no quería hablar de más y anticiparse a lo que dijera Shoko. —Depende. A los niños impulsivos siempre les cuesta controlar su energía.
—Pero yo no soy una niña impulsiva.
—Para ser sincero, tú eres un caso especial. Usualmente nosotros aprendemos esto apenas se empiezan a manifestar las técnicas, entre los cinco y seis años para que técnica y energía se desarrollen a la par. Además, tú no exteriorizaste tus poderes por el miedo que tenías y haz hecho un muy buen trabajo escondiendo tu energía. Pero todo es cuestión de práctica como ya has visto ¿Y sabes en qué te ha ido muy bien?
Kasumi negó y él le puso una mano en la mejilla dándole un beso en la comisura de la boca. Ella cerró los ojos al sentirlo, su aroma y la suavidad con que la tocaba la cautivaba ¿Cómo podía negarse? Se entregó a sus labios primero en besos suaves y poco a poco la mano de él fue hacia atrás acariciando su oreja, haciendo que sintiera un cosquilleo en la espalda. Siguió el camino bajando despacio por su cuello y hombro para terminar en su espalda sujetándola por la cintura.
Ella abrazada a él jugaba con su cabello blanco y suave, mientras la otra mano descansaba en su espalda, debajo de la ropa. Él metió su lengua poco a poco para jugar con la de ella, pero ella con las experiencias pasadas, sabía que debía poner un alto y con toda la fuerza de voluntad que fue capaz se separó de él. —¿Comemos un poco?
Él, despeinado y sin ánimos de rendirse le siguió el juego sin sacar la mano de su cintura. —Claro, aquí está la bandeja.
La vio a punto de agarrar un pedazo de fresa, pero él fue más rápido y lo tomó con los palillos para metérselo a la boca, haciendo que ella lo vea con el ceño fruncido. Él con cuidado se puso la fresa en la mejilla para no morderla mientras hablaba. —Disculpa, qué descortés soy. No te preocupes, ahora te la devuelvo.
Se acercó de nuevo y le plantó un beso continuando con el que ella lo había dejado a medias. Recorrió sus labios despacio, pidiendo permiso hasta que ella aceptó y él metió su lengua con el pedazo de fresa que había agarrado, dejándolo con cuidado en su boca y se separó para verla sonrojada sin saber qué hacer. —¿Sabes? Cambié de opinión, lo quiero de regreso.
Estaba regresando a sus labios cuando ella empezó a masticar la fresa. Pero si pensaba que eso le iba a impedir seguir con el juego se equivocaba y mucho. —Quiero mi fresa.
Ella, que se dio cuenta de sus intenciones, se la comió para terminar con el juego y bajar la temperatura que empezaba a subir. Agarró un pedazo con los palillos y se lo llevó a la boca, pero él negó. —Quiero que me la devuelvas como te la di.
—Pero, pero… yo no sé cómo se hace eso… además, eso está…
Él sonrió travieso. —Como te decía, todo es cuestión de práctica y ya te ha ido muy bien con lo anterior, creo que puedes pasar al siguiente nivel. —Agarró la fresa que ella aún tenía en los palillos y se acercó para continuar con sus besos.
Le costó un poco poder pasárselo y él aprovechó para sentarla sobre él a horcajadas diciéndole que desde arriba sería más fácil. Para suerte de ella la ropa de entrenamiento era un pantalón suelto como los de los hombres, por lo que se atrevió a seguirle la corriente. Para la quinta y sexta fresa, ya podían pasársela sin problemas y jugaban viendo quién se la quedaba. Estando sobre él era más fácil mantenerse alejada del bulto que le había crecido entre las piernas, con tantos besos.
Como no quería que él siguiera con sus besos, que cada vez amenazaban con bajar y hacer de las suyas, ni que la tocara con su erección; prefirió ser ella quien le dejara besos en las mejillas a él y así ir bajando la intensidad a algo más inocente. Sin embargo, no contaba con sus mañas.
Él la entretuvo en un beso poniéndole las cosas difíciles para pasarle la fresa y así distraerla, mientras que con la otra mano la acercaba a él sujetando su espalda metiendo sus dedos bajo la ropa para tocar su piel y poco a poco la tuvo donde quiso, sobre su miembro erguido. Ella al sentarse lo sintió, invadiéndola de aquella sensación excitante y agradable al mismo tiempo. Él no se movía, no quería dar un paso en falso. Contuvo los suspiros que querían salir cuando ella se frotó ligeramente y prefirió dejar que ella se acostumbrara y jugara con él como quisiera, ver hasta donde podía llegar sin su ayuda.
Grande fue la sorpresa de ambos al ver el entusiasmo de Kasumi después de aquel toque. Ella acariciaba su espalda y entre besos llegaba a respirarle cerca a la oreja. Se dio cuenta que Satoru había aprovechado su distracción, pero ya no le importó, pues muy a su pesar le gustaba aquella sensación. Soltó un gemido bajito que la hizo pasar al cuello de él y del cuello al hombro, jaloneándole la ropa para poder besarle la piel. Un sonido entre risa y suspiro de él la trajo de vuelta a la realidad y ella retrocedió para pararse, horrorizada por lo que había hecho y muerta de vergüenza se acomodó la ropa y el cabello, mientras que él no se molestó en arreglarse.
Una hora más tarde desde que Ijichi les llevó la comida, ambos salieron del cuarto a buscar un poco de aire. Ella colorada y sofocada y él con el cabello alborotado que no se molestó en arreglar. —Te dije que te había ido muy bien. De cualquier modo, no puedes decir que no aprendiste algo el día de hoy. —Le dijo con una sonrisa.
Habían hecho un cuarto especial dentro de la cocina, sólo para las personas encargadas de la comida de Satoru, al cual sólo tenían acceso Kasumi; Ijichi, que la empezaba a reemplazar en sus obligaciones mientras ella entrenaba y un chiquillo más, llamado Ino, que los ayudaba.
Kasumi había ido temprano para encargarse del desayuno, en compensación por su ausencia del día anterior, donde dejó a Ijichi solo todo el día. Sintió la puerta abriéndose y pensó que era Ino que llegaba a ayudarla. —Buenos días Ino, si estás listo ¿Me podrías ayudar picando las verduras?
Sintió unas manos en la cintura que la abrazaban desde atrás y volteó para empujarlo, pero se encontró de cara con Satoru.
—Me encontré a Ino en el camino. Parecía que aún tenía sueño así que le dije que yo lo cubría. —Vio la tortilla enrollada en la sartén y los labios rosados de ella, entreabiertos por la sorpresa. —Eso tiene buena pinta, se me antoja un poco ¿Puedo probar?
Ella asintió y él juntó sus narices para luego robarle un beso. Se le escapó un suspiro que él tomó como aprobación para continuar. —Está muy rico ¿Puedo un poco más? —Kasumi respondió abrazándolo más fuerte, jalándolo hacia ella, sin dejar de besarlo.
Su emoción le dio la confianza para aventurarse a bajar las manos a sus caderas y pegarla a él, que empezaba a ponerse rígido. Como no encontró quejas y en su lugar sólo escuchó un gemido tímido se dio la libertad de acariciarle el trasero con delicadeza para no asustarla. Sintió su trasero redondo y firme y la imaginó desnuda como en el río aquella vez que la vio. No resistió más y sin importar donde estaban, la levantó para ponerla en la mesa botando tablas, verduras y cubiertos al piso. Estaba empezando a jugar con su cuello cuando ambos sintieron el olor a quemado y Satoru se apresuró a sacar la sartén para tirarla al fregadero.
—Bueno, eso será para Haibara, no creo que le importe rasparlo de la sartén. —Ambos rieron y Kasumi empezó a levantar las cosas del suelo. Mientras Satoru volteaba a ver la puerta. —¿Dónde estará Ijichi? ¿Le dijiste que no venga?
—Sólo le dije que podía entrar una hora más tarde, quizás se siente mal ¿Lo voy a ver?
—No, déjalo así. Mejor que no venga, así me puedes enseñar a cocinar…
Ijichi escuchaba sus risas a través de la puerta y agradeció que no lo quisieran ahí. Había abierto la puerta justo cuando él la estaba manoseando para subirla a la mesa y salió rezando porque no lo hubieran notado. Aliviado de escucharlos, regresó a su cuarto pensando cómo sacarse esa imagen de la cabeza.
Notas:
No me arrepiento de nada. Mi corazón necesitaba esto hace tiempo.
El 236 y el 261 me han dolido en el alma, mi fe y mi amor están en su prueba máxima, están en modo fénix, mueren y renacen después de cada capítulo xD bueno mi amor no muere, pero mi fe sí xD pero revive xD
Quería poner todo de una sola pero salió muy largo, así que el siguiente capítulo es la continuación.
Algo más? No lo sé. Siguiente capítulo ya está listo, sólo faltan los retoques.
Algunas canciones que me sirvieron de base: Pied Piper de BTS (no me funen, tienen buenas letras, además es mi alarma XD) – Shot at the night y Just another girl de The Killers.
Gracias por pasar a leer :D
