—¡Aquí estoy! —anunció Rafael, entrando en la oficina de Sarah, seguido por su asistente que empujaba un perchero de ropa con un vestido oculto en una bolsa negra—. ¿Dónde está? —preguntó el hombre con un tono alarmado.
Sarah alzó la cabeza al verlo, se levantó de su silla del escritorio, agarró su bolso y los lentes de sol, y le hizo un gesto a Rafael con la cabeza hacia la esquina de su oficina. A Rafael casi le da un infarto al ver a Ella sentada en el suelo, en el rincón de la oficina, encorvada y escribiendo en una computadora portátil. Ella ni siquiera se había dado cuenta de que habían llegado.
—¿Qué hace? —le preguntó a Sarah en un susurro—. No tenemos mucho tiempo.
—Terminando ediciones de uno de sus artículos. Y también advirtió que no tenía tiempo. Yo tampoco, así que me iré a prepararme.
—Pero...
—No es mi problema —cortó Sarah con un tono burlón pero tajante, y se puso los lentes de sol, dejando al hombre boquiabierto en su oficina.
—¿Ella?
—¡Oh! Rafa, dame un segundo.
Rafael estuvo a punto de protestar, pero se calló cuando Ella presionó una tecla con fuerza, cerró la portátil y se puso de pie con una sonrisa, mirándolo expectante.
—¿Ese es mi vestido?
—Sí.
—¿Lo puedo ver?
—Primero hay que arreglar esa situación —dijo, haciendo un gesto con las manos hacia la cabeza de la mujer.
Ella hizo una mueca e instintivamente se recogió un mechón de pelo detrás de la oreja. A lo largo del día, lo que había sido un elegante y elaborado moño francés se había convertido en un moño que apenas conservaba forma gracias a un lápiz que lo atravesaba.
—Sobre eso... quiero hacer algo.
—¿Algo?
—Un cambio.
Rafael arqueó una ceja, esperando a que elaborara, y cuando Ella lo hizo, Rafael la miró incrédulo.
—No creo que nos dé tiempo...
—Lo puedo hacer yo misma si deseas, solo necesitaría una hora. Tal vez menos. Puedo ir a la tienda, comprar una de esas cajas... aunque con este largo tal vez necesite dos —dijo con un gesto pensativo y luego exclamó—. ¡Justo como lo hice la primera vez!
—No te atreverías...
Ella se cruzó de brazos y una sonrisa comenzó a formarse lentamente en sus labios. Rafael la conocía lo suficiente para saber que sí se atrevería a hacerlo ella misma.
—Eva, llama a Alice e infórmale que la necesitamos ahora. Que deje todo lo que esté haciendo. Estaremos llegando en cinco minutos. —Rafael esperó a que su asistente saliera de la oficina de Sarah—. Has perdido la cabeza. —Se giró y comenzó a abrir el cierre de la bolsa para mostrarle el vestido.
Ella quedó boquiabierta.
—Es de Zuhair Murad —informó Rafael con una amplia sonrisa.
—Es hermoso —dijo Ella, rozando el encaje negro con los dedos.
—Hace mucho tiempo te probaste uno muy parecido. En mi opinión, este es mejor... y tu decisión impulsiva hará esta sorpresa mil veces mejor.
—¿Qué sorpresa, Rafa? —preguntó, ignorando su comentario sobre ser impulsiva. No lo era; en sí, era algo que había estado pensando seriamente por varias semanas.
—Tú solo confía en mí. Vamos con Alice, que tendrá que hacer un milagro contigo.
Sarah no sabía exactamente qué hacer. Nunca había visto a Constance tan... ¿insegura? Constance ya se había probado tres vestidos para cuando la llamó, y Sarah solo escuchó y le dijo que llegaría en media hora. Por suerte, Alva y ella ya estaban listas para el evento.
—El vestido con la falda verde esmeralda —propuso Alva, y Sarah intercambió la mirada entre las dos mujeres, temiendo lo que Constance podría decir ante su recomendación. Su mujer tenía agallas, porque a ella aún le costaba —a veces— dejar de lado quién fue Constance en el mundo de la moda. Tal vez se debía a que Alva no tuvo que trabajar tan cerca de Constance por dos años.
—Hmmm.
Sarah tragó en seco, observando la expresión pensativa de Constance. Por su parte, ella se mantuvo sentada en el sillón en la esquina de la habitación cuando Alva tomó las riendas de la situación, sorprendiéndolas a ambas. Constance les había dado la dirección del apartamento de Ella, aunque Sarah ya la tenía y había estado incontables veces en ese lugar. A pesar de eso, nunca había estado dentro de la habitación de Ella, que parecía que también era de Constance por la cantidad de prendas que la mujer seguía sacando del armario.
—Puedo hacerte el maquillaje y creo que el esmeralda y el blanco de la parte superior resaltarían el color de tus ojos.
—Opino lo mismo —dijo Sarah sin pensar.
Constance agarró el vestido y cerró la puerta del baño detrás de ella. Alva se giró hacia Sarah y le hizo un guiño sin dejar de sonreír.
—Guau —exclamó Alva sin poder detener su reacción y luego se aclaró la garganta.
El vestido tenía una silueta de dos piezas, con la parte superior ajustada tipo camisa de mangas largas y un escote en V, y una falda de un verde esmeralda intenso con una abertura alta en la pierna.
—Sensual y moderno —dijo Sarah. Aunque estaba segura de que cualquier cosa se vería de esa forma en la figura de Constance.
—Es exactamente lo que quería decir —comentó Alva sin dejar de sonreír.
Lo único que escucharon de parte de Constance fue otro "hmmm" mientras esta buscaba un accesorio para hacer juego con el vestido. Estaba segura de que había dejado sus pendientes de esmeralda en el apartamento de Ella, pero no los encontraba.
—Yo me ocupo del maquillaje —avisó Alva, pensando en qué color podría ser la sombra perfecta para hacer juego con el vestido. Había trabajado en el departamento de maquillaje de Ciao por unos meses antes de cambiar de posición, así que estaba segura de poder hacer cualquier cosa que Constance pidiera.
—Yo del peinado —dijo Sarah y se puso de pie con una expresión pensativa.
—Necesito llamar a Ella —avisó Constance, ya marcando el número. Sarah y Alva se miraron, sacudiéndose de hombros y salieron hacia el salón donde Alva había dejado su bolsa de maquillaje, hablando entre ellas para ponerse de acuerdo con el peinado y maquillaje que mejor juego haría con el vestido y color.
—¿Los de forma de pera con marco de diamantes?
—Sí. No los encuentro... los había dejado en el cajón del velador.
—En la caja fuerte en el armario.
—¿En serio?
—No puedes dejar aretes que cuestan miles de dólares por ahí.
Constance se mordió el labio para no rebatir que no los había dejado "por ahí" sino dentro de la gaveta. Por el tono risueño de Ella, podría asegurar que estaba esperando la respuesta que se contuvo de dar.
—No es como si alguien más entrara a tu habitación —dijo, mientras caminaba hacia el armario y se detuvo frente a la caja fuerte, que era tan alta que le llegaba a la cadera.
—Hmmm —Ella se contuvo por unos segundos después de escuchar cómo a Constance se le cortó la respiración ante la insinuación—. No me atrevería, cariño. No puedo esperar a verte esta noche —pausó, y Constance puso los ojos en blanco al escuchar la voz de Rafael de fondo y los ruidos de besos que estaba haciendo al burlarse de Ella—. Rafa, para ya. Como decía... no puedo esperar a verte. Te tengo una sorpresa... espero que te guste. —Constance entrecerró los ojos al detectar la incertidumbre en el tono de voz de Ella. Cualquier cosa que fuera, parecía que le preocupaba de verdad su opinión.
—No puedo esperar.
—Ya sabes el código. Nos vemos al rato. Te dejo antes de que Rafa me quite el teléfono —dijo y colgó.
Constance se quedó mirando el aparato por varios segundos y luego la caja fuerte. No, no sabía el código. Cuatro números. Constance gruñó cuando el primer intento falló. Claro que no sería el cumpleaños de Ella o de los mellizos... eso sería demasiado obvio.
Es Ella... se dijo a sí misma e intentó pensar en qué fecha podría usar la mujer. La caja fuerte se abrió con el siguiente intento. El día que nos besamos por primera vez... oh, Ella.
Los aretes fueron lo primero que vio. Agarró uno y comenzó a ponérselo mientras su mirada deambulaba distraídamente sobre el contenido de la caja fuerte. Cuando fue a agarrar el segundo arete, se paralizó con la mano extendida al ver algo que nunca más pensó volver a ver en su vida. Sus rodillas tocaron el suelo cuando no pudo sostener su propio peso un segundo más, y acercó una mano temblorosa al objeto en el fondo de la caja fuerte.
"Constance Isles, ¿me has comprado un peluche?" El recuerdo de la voz emocionada de Ella retumbó en su mente, y la imagen de la sonrisa deslumbrante que la acompañó en ese momento la estremeció.
—Ella... —susurró al acariciar la melena del león y sentir una calidez en su pecho que había aprendido a reconocer y que sentía con regularidad cuando estaba con Ella.
—Constance, ¿estás lista? —llamó Alva desde el salón.
Constance no pudo dejar de sonreír cuando salió de la habitación e ignoró la mirada confusa de las dos mujeres.
—Quedan estupendos con el vestido —dijo Sarah, concluyendo que la alegría en el rostro de su amiga se debía a haber encontrado los aretes.
Elena había intentado seguir leyendo su libro mientras esperaba a que Ella saliera del cuarto de baño. Su hermana había tocado la puerta de su casa veinte minutos antes, entrado con un ridículo sombrero de pescador y una bolsa negra echada a la espalda. "Me voy a cambiar. Hola, Lucas", fue lo único que dijo en forma de saludo y siguió con apresuro hasta el baño. Lucas apartó la mirada de la comida que preparaba, pero Ella había pasado como un rayo por su lado.
—¿Tu hermana está bien? No ha dejado de murmurar —preguntó Lucas, acercándose a Elena para darle a probar la salsa marinara casera que estaba preparando.
—Un poquito más de sal y estará perfecta —dijo y sonrió alegremente al ver la expresión de satisfacción del hombre. Desde que Elena quedó embarazada, Lucas había tomado muy en serio el arte culinario para poder complacer los antojos de su mujer. Durante su tiempo de aprendizaje, encontró una nueva pasión, y siempre que tenía un tiempo libre del hospital, Elena lo encontraba en la cocina probando una receta nueva.
Elena se detuvo delante de la puerta cerrada del baño, escuchando a su hermana hablando del otro lado.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó.
—Ya casi termino. Es que estos vestidos... son un poco complicados...
—Entonces déjame ayudarte —dijo, extendiendo el brazo para abrir la puerta, pero la voz de su hermana, avisando que ya saldría, la detuvo.
—Solo necesito ayuda con el cierre —dijo Ella mientras abría la puerta.
Elena ahogó un grito que hasta Lucas se asomó, asustado, y él también se quedó paralizado y boquiabierto.
—¿Q... quedó muy mal?
—Guau.
Las dos giraron la cabeza hacia Lucas, que apenas había pestañado.
Elena se rio y le dio la vuelta a Ella, rozando el cabello de su hermana con los dedos, sonriendo.
—Sí que guau —susurró Elena, apenas conteniendo las lágrimas de felicidad al ver a su hermana de esta forma. Era como si Ella hubiera vuelto a encontrar una pieza de sí misma que había perdido hace muchos años—. Este vestido está hermoso —dijo, subiendo el cierre—. ¿Harás algo más con tu pelo? —preguntó cuando Ella volvió frente al espejo.
El maquillaje se lo habían terminado en Ciao y estaba perfecto. Ella se sentía un poco acalorada y, en realidad, quería echarse agua en la cara, pero eso arruinaría todo.
—Creo que lo dejaré así. Según Rafael se ve muy bien con los hombros al descubierto.
Elena asintió en silencio, notando que aunque el cabello de Ella había sido cortado en las puntas y ondulado, aún le llegaba a media espalda.
—¿Qué opinó Constance? —preguntó, sintiendo curiosidad.
—Ammm.
Elena se rio y luego se calló al ver la expresión nerviosa de su hermana. Ahora tenía un poco de sentido la actitud de Ella.
—No sabe —concluyó—. Creo que le gustará, no tienes que estar tan nerviosa. —Elena estaba casi segura de que a Constance no le importaría incluso si estuviera calva. Solo hacerse la idea la hizo sonreír ligeramente.
—No es eso... debería estar con ella. Es un día muy importante y si... ¿y si necesita algo? ¿O si algo no está bien con la exposición? Además de que Claire estará allí y si... yo...
—Ella, respira. Me dijiste que habías dejado todo listo y que Ciao se encargaría del resto. Tengo entendido que el personal de Ciao es muy competente. Además, ¿crees que Rafael permitiría que algo saliera mal?
Ella no se veía muy convencida, pero asintió.
—¿Claire sabe?
Ella negó rápidamente con la cabeza. Elena colocó un mechón de pelo detrás de la oreja de su hermana. Ahora comprendía todo. Le había extrañado que Ella dudara tanto de la eficacia de Ciao. No tenía nada que ver con eso, sino con el simple hecho de que la madre de Constance estaría presente.
—Ella, irás como...
Elena se dobló con un gemido de dolor, colocando una mano sobre su abdomen.
—¡Lucas! —gritó Ella.
Constance estaba acostumbrada a las miradas, las fotografías, la atención, aunque no fuera deseada. Uno de sus recuerdos más tempranos de su niñez es ser cegada por las cámaras que intentaban tomar fotos de sus padres. Vivir bajo el ojo constante del público fue y sigue siendo una pesadilla para ella, una pesadilla de la que ya había aceptado que nunca escaparía.
A su madre, en cambio, le encantaba ser el centro de atención. Caminando del brazo de Claire, posando para varias fotografías, se cuestionó —no por primera vez— qué hubiera pasado si hubiera rechazado la oferta de su madre y el trato con Ciao. Hasta ahora, la venta de la edición donde muestra un poco de su empeño en el mundo de las artes combinado con su experiencia en Ciao, y la entrevista más personal que ha dado hasta la fecha, era lo suficientemente alta como para que Rafael caminara con una sonrisa permanente en la cara que parecía que se la habían dibujado.
La palabra nepotismo iba siempre de la mano con el nombre de Constance Isles. Le tomó años aceptar que no importaba lo que hiciera por cuenta propia, para muchos no sería más que la sombra de su madre. Fue ella y su trabajo lo que hizo que se graduara tres años antes de lo esperado. Desde muy joven mostró interés por la moda, lo suficiente como para crear y llevar una columna dedicada exclusivamente a la moda en el periódico universitario. Luego comenzó su carrera —oficialmente— como asistente editorial de Fashion Forward. Su trabajo fue lo suficientemente bueno para llamar la atención de Bella Maurier, la editora en jefe de Ciao en ese entonces. Bella fue quien le dio una oportunidad como editora creativa y le enseñó todo lo que sabía. Constance la sorprendió con su capacidad para prever y revitalizar la revista, marcando el comienzo de una era de transformación para Ciao.
Constance había dudado de la sinceridad de Bella Maurier, pensando que Claire la estaba manipulando como lo había hecho con ella durante años, creyendo que tomaba decisiones por cuenta propia cuando el camino ya había sido preelegido por Claire sin ella siquiera darse cuenta. No fue hasta el último día de Fashion Week en Francia que Bella le comentó su intención de retirarse del puesto y su deseo de que ella tomara su lugar, aunque la última decisión tendría que ser realizada por el consejo de miembros de Ciao. Constance no le creyó una sola palabra. No lo hizo hasta que se presentó en persona ante los miembros de la junta y vio la sorpresa en el rostro de su madre. Hasta el día de hoy, esa ha sido la única vez que ha visto a su madre boquiabierta, estupefacta.
Constance parpadeó lentamente después de que uno de los fotógrafos de Ciao tomara una foto. Claire descruzó su brazo del de ella y se dirigió hacia Nathan, uno de los miembros del consejo. Sarah y Rafael se encontraban al otro lado de la habitación, y cuando Rafael hizo contacto visual con ella, le hizo una seña para que se acercara. Constance miró de reojo a su madre que parecía estar lo suficientemente entretenida como para que ella pudiera hacer su escape y tomar un respiro.
—Para ti, que parece que lo necesitas. —Rafael le entregó una copa. Constance no se molestó en preguntar qué era antes de tomar un gran sorbo.
—¿Dónde está Ella? —le preguntó Sarah a Constance con un tono algo preocupado.
Constance casi se atraganta con el sorbo. ¿Ella no estaba allí? Había estado de un lado a otro con su madre, hablando con conocidos y sonriendo para cada foto en la que su madre se detenía para posar, pensando que Ella ya habría llegado.
—Eva intentó llamarla, pero no logró contactarse —dijo Rafael, consciente de que su asistente lo había intentado varias veces.
—¿Llamaste a Elena? Ella fue a prepararse en su casa —preguntó Constance a Sarah.
—Tampoco respondió.
—Le diré a Eva que intente con Lucas. No sé cómo no se me ocurrió antes —dijo Rafael, alzando el brazo para colocar la mano sobre el hombro de Constance con la intención de tranquilizarla, pero lo pensó mejor y solo asintió antes de dirigirse hacia su asistente.
Constance se tomó lo que le quedaba de bebida y aprovechó que uno de los mozos pasaba por su lado para deshacerse de la copa. Prefería cruzar los dedos para disimular su ansiedad que sostener una copa con una mano temblorosa. Ella debía haber llegado veinte minutos atrás. ¡Por Dios! La mujer se había involucrado tanto en las preparaciones para el evento que a Constance no le sorprendería si había hecho más trabajo que tres personas juntas de Ciao. Ella estaba realmente emocionada con el evento, así que el que llegara tarde, que no estuviera allí... tenía que haber pasado algo muy malo que explicara su ausencia.
"No, no... " pensó, abriendo los ojos alarmada cuando su cerebro decidió darle varias escenas de todo lo que podría haber salido mal.
—Constance...
Sarah se acercó y colocó suavemente su mano sobre el codo de Constance. Sarah había notado cómo Constance había comenzado a respirar rápidamente, con cada inhalación volviéndose más corta y superficial, como si el miedo estuviera apoderándose de ella.
Constance miró en dirección a su madre, que estaba de espaldas a ellas, sumergida en una conversación ahora con varios miembros del consejo de Ciao. Tener un ataque de pánico en pleno evento y con todos los presentes era lo peor que le podría pasar en ese instante. Darse cuenta de aquello no ayudó en absoluto con su estado. Constance volvió su mirada hacia Sarah cuando sintió que tiraba suavemente de su brazo y le hizo un gesto con la cabeza para que salieran al balcón.
El aire de Nueva York no era precisamente limpio, pero la suave brisa que acarició el rostro de Constance al salir al balcón le permitió, al menos, sentir que podía respirar un poco mejor.
El silencio de Sarah fue profundamente apreciado. Silencio que no duró por mucho.
—Está bien. —Se apresuró a continuar antes de que Constance pudiera abrir la boca y objetar; su mirada ya lo había hecho—. Sé que es algo que no puedo asegurar, pero... ya habríamos recibido alguna notificación o algo. ¿Tienes tu teléfono contigo?
Constance negó con la cabeza y se apoyó con las dos manos en la baranda, cerrando los ojos y respirando profundamente. A pesar de que en ese instante estaba ignorando el razonamiento de Sarah, estaba agradecida con ella por haberla sacado al balcón. Las voces en su cabeza eran difíciles de apaciguar y dejar de lado.
—Debería estar aquí —susurró para sí misma. Había olvidado su teléfono en el apartamento de Ella y para cuando se dio cuenta ya era muy tarde para volver por él. Lo último que quería ese día era escuchar un discurso de parte de su madre por haber llegado tarde a su propio evento.
Sarah no había entendido lo que Constance había dicho y no se atrevió a pedir que se repitiera.
—¿Necesitas algo?
Estar sola, pensó Constance, consciente de que era muy probable que fuera una de las pocas cosas que Sarah no aceptaría en ese momento.
—Un vaso de agua —dijo en voz baja, y para asegurarse de que Sarah se fuera aunque fuera por unos minutos, añadió un "por favor".
Solo necesito un minuto,se dijo a sí misma cuando Sarah se retiró en silencio, cerrando la puerta del balcón detrás de ella. Debió insistir en que se prepararan juntas para el evento... venir juntas. ¿Qué hubiera dicho Claire? Dijo esa voz insistente en su cabeza.
No quería traer a Ella con ella como su asistente... pero tampoco la podía presentar ante su madre como su acompañante... como su pareja. La idea de perder a Ella —otra vez— era inconcebible.
—Dame un minuto más, Sarah —pidió al escuchar la puerta abrirse otra vez. El sonido de tacones acercándose fue suficiente indicación de que sus palabras habían sido ignoradas—. Por favor, Sarah.
—Siento haber llegado tarde.
Constance abrió los ojos repentinamente y su respiración se entrecortó. La sensación de alivio que sintió al volver a escuchar su voz la dejó paralizada y con una extraña sensación en el pecho que casi la hizo llorar.
—¿Constance? —llamó Ella cuando la mujer no se giró y permaneció de espaldas a ella—. Me encontré con Sarah en el camino... me dijo que estabas aquí y te he traído el vaso de agua —dijo y frunció el ceño cuando Constance siguió sin moverse, pero un ligero temblor en sus hombros era notable—. Estaba en el hospital con Elena y Lucas... pensábamos que daría a luz, pero parece que fue una falsa alarma... siento haber llegado tarde —repitió y se acercó un poco más.
Constance sintió la presencia de Ella a su lado y vio que dejó el vaso de agua en la baranda.
—Lo que importa es que estás bi... —La palabra se ahogó en su garganta cuando se giró hacia Ella y su mente registró lo que estaba mirando.
Constance sintió como si su cuerpo hubiera sido tirado bruscamente al pasado y vuelto al presente en un milisegundo. Si el elegante vestido negro de alta costura no era suficiente para hacerle saber a Constance que ese atuendo era obra de Rafael, el maquillaje oscuro ahumado lo era. Ella llevaba puesto el vestido más elegante de la temporada de Zuhair Murad: un vestido negro de alta costura con un escote fuera de los hombros y mangas largas de encaje. La parte superior estaba ajustada al busto de Ella, como si hubiera sido hecho a su medida, con un diseño de encaje intrincado y transparente sobre una base nude, y la falda larga se ensanchaba ligeramente desde la cintura, adornada con bordados brillantes.
Pero el vestido y el recuerdo de la primera vez que había visto a Eliana en un vestido de Zuhair Murad ni siquiera era lo que la había impactado de esa forma.
—¿Sorpresa? —dijo Ella con un tono más inseguro que nervioso, cuando notó que la mirada de Constance estaba fija en su cabello.
Constance no tenía la capacidad mental para hablar o reaccionar de alguna forma voluntaria, porque se encontraba tan conmocionada que las lágrimas comenzaron a rodar espontáneamente por sus mejillas.
Eliana.
—No estaba segura de si te iba a gustar, pero no pensé que te disgustara tanto como para hacerte llorar.
Constance no pudo hacer otra cosa que reír como si de verdad hubiera perdido la cabeza. Se secó rápidamente las lágrimas antes de que su maquillaje fuera completamente arruinado, y sonrió sin dejar de mirar la expresión confusa de Ella.
—Ella... es tu cabello. Podrías hacerte cualquier cosa y seguiría am-adorándote con todo mi ser. Es solo que me sorprendió... rubio como...
—Antes —terminó de decir Ella con una sonrisa de lado ante el casi desliz de Constance—. Rafael me aseguró que sería una sorpresa para ti, aunque no quiso explicar el por qué.
—No es la primera vez que te veo en un vestido de Zuhair Murad. —Ella arqueó una ceja en forma de pregunta—. Una historia para otro momento —dijo sin dejar de mirarla de arriba a abajo.
—¿Se te hace raro? ¿Verme así otra vez?
Constance negó con la cabeza.
—¿Por qué lo decidiste?
—Antes no me reconocía a mí misma con el rubio —confesó, tocándose la punta del cabello que ahora estaba más largo que la última vez que lo tuvo de ese color—. El último recuerdo que tenía era con mi color natural y verme en el espejo rubia se sentía como si estuviera viendo a otra persona, viviendo la vida de esa persona que ya no reconocía. Por eso en ese momento decidí cortármelo y volver a mi color natural... lo veía como una forma de tomar algo de... control.
—Y ahora...
Ella dio un paso hacia ella, acercándose un poco más para alzar una mano y limpiar un rastro de lágrima antes de que se secara y dejara su huella en la mejilla de Constance.
—Hace ya un tiempo que siento que vuelvo a tener control. Solo que me tomó más de lo que esperaba en darme cuenta de que, a pesar de que perdí los recuerdos de esos años donde tantas cosas de mi vida habían cambiado... no me había perdido a mí misma. Sigo siendo yo. Ella. —Ella sonrió de lado con una pizca de travesura esta vez—. Eliana. Tu Eliana.
Su sonrisa se ensanchó cuando Constance ahogó un gemido de sorpresa. Ella tragó en seco al notar que la mirada de Constance ahora estaba fija en sus labios.
—Haría cualquier cosa por poder besarte en este instante —susurró Ella, expresando los pensamientos de Constance.
Constance se aclaró la garganta y miró hacia la calle. A pesar de estar en un balcón, apenas estaban en el tercer piso y cualquiera podría verlas.
—¿Te gusta? —preguntó Ella, haciendo un gesto hacia su vestido.
Una risa baja surgió de la garganta de Constance. Un vestido como ese, y en una figura como la de Ella, no estaba hecho simplemente para 'gustar'. Constance adoraba ese vestido en Ella. Lo veneraba, incluso.
—Creo que me acabas de responder con tu mirada. Siento que estoy a punto de ser devorada —dijo la rubia con mejillas ruborizadas.
—¿Crees? ¿Sientes? Cariño... puede que no sea en este instante —su tono de voz descendió a un susurro—, todos los ojos estarán sobre ti esta noche —dijo con una certeza que hizo que Ella tragara en seco—, pero será conmigo con la que te irás. —Constance se acercó lo suficiente para susurrar a su oído—. Y devorada serás.
Constance se alejó lentamente, agarrando el vaso y se bebió el agua que en ese instante Ella parecía necesitar mucho más.
Un carraspear de garganta hizo que las dos se giraran hacia la puerta y Sarah salió, dejando la puerta detrás de ella abierta.
—Creo que Claire ha notado tu ausencia y te está buscando —avisó, y cuando Constance pasó por su lado, Sarah la detuvo con un suave agarre por el brazo—. Alva está en la barra, tiene para retocar el maquillaje.
Constance asintió agradecida.
Cuando Constance se alejó, Sarah se cruzó de brazos y Ella hizo una mueca, apenada.
—Lo siento. —Se disculpó otra vez. Ya lo había hecho al llegar.
Sarah soltó un largo suspiro y se acercó a la baranda, tomando el lugar donde había estado Constance.
—Te queda bien el rubio —admitió y casi pone los ojos en blanco cuando miró a Ella y esta estaba sonriéndole con una sonrisa tan deslumbrante que le recordó a la expresión que uno de sus perros solía darle cuando le daba un cumplido.
Ella se sorprendió de que varios de los presentes la reconocieran, no por haber sido la asistente de Constance sino por su trabajo como escritora y colaboraciones con algunas galerías y museos. Cuando terminó la conversación con Joan Allen, la directora del MET, se giró al escuchar la voz de Rafael que se acercaba a ella con una sonrisa traviesa.
—¿Entonces? —preguntó el hombre sin dejar de sonreír, tomando un sorbo de lo que Ella dedujo era champán.
—¿Entonces? —repitió, aunque sabía exactamente qué era lo que quería saber. La mirada de Ella pasó de largo por el espacio abierto, apreciando los cuadros en la pared opuesta, hasta que se encontró con los ojos verdes de Constance que parecía estar ignorando lo que fuera que su madre le estaba diciendo. La comisura de los labios de Constance apenas se movieron, pero fue suficiente para que la de Ella se ensanchara.
—Creo que ya no necesito esa respuesta. Sabía que le encantaría la sorpresa.
Ella se giró hacia él.
—¿El vestido? Dijo que no era la primera vez que me veía en un vestido de Zuhair Murad.
Rafael soltó un largo suspiro tan dramáticamente que Ella casi imitó el gesto característico de Constance y puso los ojos en blanco.
—En ese entonces lo supo disimular bastante bien, pero ahora no puede dejar de mirarte y parece que te quiere comer viva —dijo el hombre, alzando una ceja mientras el maquillaje de Ella no hacía nada para ocultar el sonrojo en sus mejillas—. Ten cuidado, Santorini —advirtió en voz baja y con tono más serio, acercándose para que nadie pudiera escucharles—. Si yo lo he notado... Claire también lo hará.
Ella giró bruscamente la cabeza hacia él, apartando así la mirada de Constance.
—Rafa...
—No creo que lo haya hecho... pero tenlo presente. ¡Alva! —exclamó al notar que la mujer se acercaba a ellos.
Ella se giró para saludarla, pero se quedó con la palabra en la boca cuando Alva se detuvo en seco, boquiabierta al darse cuenta de quién era.
—¡Santo cielo! ¿¡Ella!? No me jodas, ¡estás hermosa!
Era turno de que Rafael y Ella se quedaran boquiabiertos porque nunca habían escuchado a Alva expresarse de ese modo.
—He escuchado rumores sobre tu vestido -todos muy buenos, por cierto-, pero nunca imaginé que eras tú. ¡Estás rubia otra vez! ¡Ni siquiera te había reconocido!
Ella tragó en seco, recordando las palabras de Constance: Todos los ojos estarán sobre ti...
—Gracias... necesitaba un cambio y pues... este es el resultado.
—Menos mal que no permití que te lo decolorarás con esas cajas del mercado...
—¿Cajas? ¡No! No te atreverías, Ella... —exclamó Alva con la misma expresión de pánico que Rafael cuando le compartió su idea.
—Eso fue lo que hice cuando me lo corté -yo misma, por cierto- y quedó muy bien. Esas cajas te sacan de apuros.
—De impulsos, diría yo —masculló Rafael, apenas disimulando su diversión.
—¡Ey! No te quejaste en el momento —replicó Ella.
—Lo hubiera hecho si hubiera sabido el sacrilegio que habías cometido.
—Pues, el pelo y el vestido y todo te queda muy bien, Ella. Estás deslumbrante —dijo Alva con una sonrisa sincera.
—Sigue así, Alva, que alertarás el sentido arañido celoso de Sarah.
—Tú y tus ocurrencias... —dijo Alva con una sonrisa divertida que se congeló al ver que Sarah se dirigía hacia ellos.
Ella no pudo contener su risa y Rafael tomó un sorbo de su champán, intentando ocultar su sonrisa.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Sarah al llegar a ellos, intercambiando miradas entre los tres.
—Nada, cariño, llegas justo a tiempo —dijo Alva apresuradamente, lo que solo hizo que Sarah entrecerrara los ojos—. ¿Qué opinas del cambio de Ella? —preguntó, y Sarah se relajó visiblemente ante todos al sentir la cálida mano de Alva en su espalda baja.
—Hmmm.
Ella volvió a reír de una forma tan contagiosa que a Sarah no le quedó más remedio que sonreír.
Ella se colocó una mano sobre el abdomen al escucharlo rugir. Había estado muy nerviosa todo el día y no había comido desde el desayuno. El poco alcohol que había consumido en la hora desde que llegó no había ayudado mucho y comenzaba a sentir su efecto. Estaba segura de que había visto unos macarons de chocolate en alguna parte. Eso podría ayudarla a durar hasta que terminara el evento.
Ella se giró, decidida, y se detuvo en seco al casi colisionar con la mujer que estaba a un paso de ella.
—Claire —dijo, más exaltada de lo que le gustaría.
—¿Prefieres que te llamen Ella o Eliana ahora? —preguntó Claire en un tono monocorde.
Ella apenas pestañeó. Había esperado cualquier cosa menos esa pregunta. En su opinión, era totalmente innecesaria, ya que había estado visitando Ciao varias veces esa semana y todos la llamaban "Ella", incluso en presencia de Claire. Suponía que la pregunta tenía algo que ver con su cambio de color de cabello, porque Claire no dejaba de mirarlo.
—Ella.
—Ya veo.
Claire acercó su copa de vino a los labios, pero cambió de idea y la apartó antes de que tocara su boca. Ella desvió la mirada por un instante, y ambas dirigieron su atención hacia la misma persona.
Constance hizo contacto visual con ambas por apenas un segundo y luego volvió a centrarse en la conversación que mantenía con Alva.
—El evento ha quedado maravilloso —dijo Ella sin pensar y cerró los ojos por un instante al escucharse a sí misma. Si el suelo pudiera tragarla viva en ese momento, lo agradecería infinitamente.
Cuando se atrevió a mirar a la mujer a su lado, esperaba encontrarse con una mirada fulminante ante su intento de mantener una conversación casual, pero lo que recibió fue mucho peor: la sonrisa felina de Claire la estremeció de pies a cabeza y la boca de Ella se secó de repente.
—Tengo entendido que estás jugando a ser asistente de mi hija.
No fue una pregunta y Ella no abrió la boca para corregirla o explicarse. Esto era lo que más temía. Tarde o temprano, esto pasaría.
—Solo la ayudé con las preparaciones para este evento —decidió decir, alzando la barbilla, con un brillo en los ojos que solo provocó que la sonrisa de Claire se ensanchara aún más.
Claire decidió humedecerse los labios con el vino blanco en su copa, sin apartar la mirada de Ella.
—¿También la ayudas en la cama? —preguntó en voz baja.
La expresión de Ella no cambió —o al menos eso pensaba—, pero su corazón dio un vuelco y si no seguía controlando su respiración tan cuidadosamente como lo había estado haciendo en los últimos minutos, estaba segura de que comenzaría a hiperventilar. ¿Qué podría responder a eso? Constance no había querido hablar de su madre durante toda la semana, ni de lo que pasaría si esto llegara a pasar. En sí, estaba casi segura de que Constance confiaba en que Claire no estaba al tanto de la naturaleza de su relación. Oh, qué equivocada estaba.
—Claire...
—¿No intentarás negarlo? —presionó.
Ella mantuvo la mirada fija en los ojos verdes de la mujer. Claire soltó un largo suspiro como si la conversación comenzara a aburrirla.
—Pensé que se le pasaría... —dijo y miró en dirección a Constance, y sonrió, alzando ligeramente la mano que sostenía la copa, como si le estuviera haciendo un brindis a la distancia a su hija. Ella no se atrevió a mirar para ver a quién le estaba haciendo ese gesto, porque si era a quien pensaba, no podría mantenerse firme un segundo más—. Sabes... Constance tiene muchos caprichos. Quiere esto, aquello, lo consigue, lo deja y luego continúa. Estoy segura de que por eso se le dio tan bien estar al día con las tendencias. Por un tiempo pensé que lo había hecho, pasar de ti... después de ese desafortunado accidente...
¿Desde entonces sabía? gritó una voz en la cabeza de Ella.
—¿Te imaginas el escándalo? Arthur, ingenuo él, ni siquiera se había dado cuenta del espectáculo que se estaba creando en la farándula a costa de su esposa. Su mujer saliendo con su asistente al zoológico —dijo esa palabra como si sintiera asco de que su hija hubiera estado haciendo algo tan... ordinario—, y él ni cuenta se había dado.
—Nosotras no...
—Estoy al tanto de que nunca recuperaste la memoria —la cortó y tomó una pausa para beber un poco de vino—. Conozco a mi hija más de lo que ella piensa, Ella. Aparte de abrirle los ojos a Arthur, no me he entrometido en su vida personal desde entonces —admitió.
A Ella le hervía la sangre.
—¿Qué quieres? —preguntó Ella entre dientes. La admisión de Claire la había enfurecido y no podía ocultarlo.
—¿Yo? Oh, querida. Yo no quiero nada. Mi hija, tarde o temprano, se dará cuenta de que merece algo... —Claire se detuvo y sonrió al notar el cambio en la expresión de Ella, quien terminó la oración por ella en su mente: mejor.
—Creo que subestimas a tu hija.
—¿De verdad crees que echará a la basura su imagen pública, todo por lo que ha trabajado toda su vida para estar... contigo? No serás más que una sombra en su vida. La asistente. Nada más que un sucio secreto que la avergüenza. —Ante la expresión impasible de Ella, Claire sacó su as— ¿Y qué pensará Maura de todo esto?
—No te atrevas...
—No sabe... ¿verdad? —El cambio repentino en la expresión de Ella fue respuesta suficiente—. ¿Te has preguntado por qué no se lo ha dicho? Tiene edad suficiente para comprender lo que... sea que tengan ustedes dos. ¿Por qué no se lo ha dicho, Ella? ¿Tienes idea del efecto que tendría el escándalo que esa relación causaría? ¿El efecto que tendría en Maura? Paparazzi siguiéndola a donde sea que vaya... ¿Te ha contado Constance de su experiencia creciendo siendo hija de figuras tan públicas como lo eran su padre y yo?... Oh... me temo que no. Tal vez no sean tan cercanas como pensaba. —Claire volvió a suspirar, ignorando la expresión aterrada de la mujer a su lado—. Crees que la conoces, pero no sabes absolutamente nada. Si no puede compartir con su hija algo tan importante como tú... ¿qué te hace pensar eso, querida?
Ella apretó con fuerza sus puños. "Querida". Ella nunca apoyaba el uso de la violencia, pero el deseo de borrarle esa palabra de los labios a la mujer era más fuerte que su autocontrol.
—Claire.
—¡Sarah! Esperaba hablar contigo en algún momento esta noche. —Se acercó a la mujer—. Quería felicitarte por... —Sarah dejó de escucharla. Su cuerpo se giró para seguir a Claire, pero su mirada permaneció sobre Ella por un instante antes de dirigirse hacia Claire y alejarla lo más rápido posible de Ella.
Ella permaneció inmóvil por varios segundos, tal vez minutos. Las voces en su cabeza no habían cesado desde que Claire se alejó. Una mano rozó su brazo y Ella dio un respingo, casi torciéndose el tobillo en el proceso.
—Nos vamos.
—Pero... —Logró decir sin titubear—. No ha terminado el evento.
—Nos vamos. Ahora, Ella —dijo Constance y se dirigió a la salida, sin siquiera asegurarse de que la mujer la estuviera siguiendo.
Lo único que se dijo en el auto fue la instrucción que dio Constance a Aldo. "Al departamento de Ella". Constance se contuvo hasta que cerró la puerta del departamento y se apoyó en ella, observando a la rubia quitarse los tacones en el camino a la pequeña cocina, y sacar una jarra de agua que dejó sobre el mostrador, luego extendió un brazo para agarrar un vaso del cajón superior. Ella fue a servirse agua, pero se detuvo al notar cómo su mano temblaba.
—Háblame —susurró Constance detrás de ella. Una mano se posó tentativamente sobre el hombro de Ella, y cuando Constance notó que su tacto no fue rechazado, la rodeó suavemente por la cintura. Constance cerró los ojos al notar que Ella se relajó un poco en sus brazos—. Ella... ¿Qué te dijo mi madre?
Constance se conformó con los minutos de silencio y se alejó apenas unos centímetros cuando Ella se giró en sus brazos para mirarla a los ojos.
—Nad...
—No te atrevas a decir nada —interrumpió bruscamente y luego respiró profundamente antes de continuar—. Por favor, Ella —susurró—. No puedes decirme nada cuando estás llorando de esta forma. Por favor... cualquier cosa que sea podemos lidiar con ello junt-
—¿Por qué no le has dicho a Maura?
Constance abrió los ojos con incredulidad y dio un paso atrás, dejando caer sus brazos al lado de su cuerpo. Oh, su madre se las pagaría...
—¿Se atrevió a usar a Maura? —preguntó sin poder creerlo aún. Podría haber esperado muchas cosas de parte de su madre... pero, ¿usar a su propia nieta como un peón en su juego?
—Contesta.
—¡Por la misma razón que no le hemos dicho a los mellizos! Sé que somos una familia un tanto... inconvencional. Si Maura o los mellizos preguntaran algo... si quieres que nos sentemos con ellos y les expliquemos nuestra relación, lo haremos, Ella. No sé qué te dijo mi madre, pero cualquier cosa que sea... lo que haya causado esta reacción —hizo ademán de alzar la mano para secar las lágrimas del rostro de Ella, pero se contuvo—. Te puedo asegurar que no es cierto. Yo... yo pensé que estaba claro que no les mentiríamos a nuestros hijos... que si alguno de ellos pregunta sobre nuestra relación les responderemos con la verdad. Ella... di algo, por favor.
—¿Nos ves como una familia? —preguntó Ella con la voz tan quebrada que apenas se le entendió.
De todo lo que dijo... eso fue lo único que...
—Cuando dije en la entrevista que había vuelto a Nueva York para estar con mi familia... ¿a qué familia pensabas que me refería? Maura, los mellizos, tú... ustedes son mi familia, Ella.
Ella sollozaba mientras asentía con la cabeza, sin poder verbalizar lo que estaba sintiendo. Las palabras de Constance la habían conmovido tanto que nuevas lágrimas resbalaban por su rostro.
—Oh, Ella —susurró, acercándose para besarla en la mejilla, rodeándola con sus brazos, abrazándola a su cuerpo—. Mi madre no se merece tus lágrimas, mi amor —susurró en el cabello rubio, y no se dio cuenta de lo que había dicho hasta que el cuerpo en sus brazos se tensó momentáneamente antes de que Ella la estrechara con fuerza.
—Mi amor —repitió Ella en un susurro casi ininteligible, con el rostro escondido en el cuello de Constance.
Constance se separó lentamente, dejando otro beso en la mejilla húmeda.
—¿Te dijo algo más? Háblame, por favor —pidió cuando la mujer apartó la mirada.
—Tu madre sabe que estamos juntas. Insinuó que te asisto en la cama, también. Que mereces algo mejor, que soy un sucio secreto del que te avergüenzas y en algún momento se te pasará el capricho.
Constance había quedado estupefacta. ¿Acaso Ella creía todo eso? No la había mirado a los ojos ni por un segundo mientras hablaba. ¿Cómo su madre se había atrevido a decir semejantes barbaridades?
—Debes saber que nada de lo que dijo Claire es cierto —dijo, rogando para que Ella tuviera una pizca de fe en sus sentimientos por ella—. No me importa que mi madre sepa. Es cierto —reafirmó cuando Ella la miró genuinamente sorprendida—. Eres lo mejor que tengo, Ella. Francamente no creo que encuentre algo mejor que tú. No quiero buscar ni encontrar a ninguna otra persona. Tú lo eres, Ella. Tú eres mi todo, mi persona. No quiero a nadie más. Mi imagen pública y mis logros son insignificantes si perderte está en riesgo. ¿Entiendes eso? Mi madre no me conoce en absoluto si de verdad cree que eres un capricho para mí.
—Lo sé... es solo que... —Ella cerró los ojos al sentir la caricia de la mano de Constance en su mejilla—. Pensé que estaba preparada para escuchar cualquier cosa que me dijera, pero cuando mencionó a Maura... casi pierdo el control —admitió. Había estado tan cerca de perder la compostura.
—Eso es lo que hubiera querido.
—Lo sé —repitió, ladeando la cabeza para apoyar la mejilla en la palma de la mano de Constance. Ella abrió sus ojos azules al sentir el pulgar deslizarse suavemente por su labio inferior.
La morena ahogó un gemido cuando la otra mano de Ella se deslizó ascendiendo por su brazo hasta rodearle la nuca y atraerla a sus labios para besarla con un toque de desesperación. Constance se dejó llevar por el ritmo que Ella marcaba, limitándose de momento a sostenerla con una mano por la cadera mientras la otra se perdía en cabello rubio hasta acariciar su cuero cabelludo con uñas cortas, provocando que Ella gimiera en el beso.
—Quédate conmigo —susurró Ella entre besos.
Constance no tenía claro si se refería a esa noche o en general. De igual forma, la respuesta sería la misma.
—Sí.
Ella se separó y tomó su mano, caminando hacia atrás sin dejar de mirarla a los ojos. Constance no apartó la mirada; conocía el apartamento de Ella tan bien como su propia casa. No necesitaba desviar la vista para saber que Ella las estaba guiando a su habitación.
Constance dio media vuelta en la cama, tirando de la sábana hasta cubrirse la cabeza. Un ruido incesante había interrumpido su sueño, y ahora la había despertado de mal humor. Por fin, pensó, cuando el ruido se detuvo. Suspiró decidida a seguir durmiendo, pero el ruido volvió.
—Ella —llamó con un gruñido—. ¡Ella! —Se giró al no recibir respuesta—. Ella, despierta —pidió, tocando el hombro desnudo de la mujer, sacudiéndola ligeramente.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Estás bien? —La mujer se sentó de un respingo y si Constance no se hubiera despertado tan molesta con el maldito sonido, hubiera sonreído.
—Tu celular ha estado sonando, ¿dónde está?
Ella miró hacia su mesita de noche, la del lado de Constance, y luego la cómoda. El aparato no estaba en ninguna de esas superficies. La mujer sobre la cama volvió a gruñir cuando el celular comenzó a sonar otra vez, y miró de reojo cuando Ella hizo a un lado la sábana y se puso de pie solo en ropa interior.
—¿Qué haces? —preguntó cuando Ella se puso de rodillas en el suelo.
—Creo que está debajo de la cama. Lo habrás pateado.
—¿¡Yo!? —exclamó mientras agarraba su celular—. Tengo tres llamadas perdidas de Lucas.
—¿Lucas? —preguntó con tono forzado, quejándose al estirarse hasta alcanzar el aparato. Su pantalón estaba bajo la cama, también—. Lucas nunca te llam... oh mierda —exclamó al darle vida a la pantalla de su celular y ver todos los mensajes y llamadas perdidas—. Mi hermana está en el hospital dando a luz.
Constance ya se estaba levantando de la cama.
—¿Pensé que lo tenían programado para el viernes?
—Mi sobrino quiere salir ahora, aparentemente. Después de la falsa alarma debieron suponer que no iba a esperar una semana más.
—Sigues pensando que será niño.
Ella le mostró una de sus mejores sonrisas, completamente segura de que estará en lo correcto.
—Ya verás que tengo razón. —Con el sostén en una mano, Ella detuvo su vestir por un instante, mirándola. Constance se estaba vistiendo... Estaba de más preguntar si la acompañaría al hospital.
—Si tú lo dices, cariño —dijo sin pensar y se detuvo al darse cuenta de que Ella la miraba sin moverse. Constance solo ladeó la cabeza en modo de pregunta, pero Ella se rio y le besó la mejilla camino al cuarto de baño.
—¡No puedo creer que seré tía! —gritó emocionada.
Constance se sintió contagiada por la felicidad de la mujer y se olvidó del mal humor con el que se había despertado.
