1: Azul y negro: publicado originalmente en La voz de los patriotas (1.ª edición).
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Un hecho curioso estaba repitiéndose desde hace unos días en su pequeño departamento: Sherlock lucía más cansado, incluso se desplomaba de sueño sobre la silla del comedor. William hubiese podido deducir que estaba trabajando más de la cuenta ahora que había despertado, dado que él mismo aún no recibía ninguna asignación. Su única entrada en escena había sido durante el incidente de Vermissa, hacía poco más de dos semanas.
Sin embargo, también notó que la cantidad de cigarrillos que fumaba iba en aumento y que a pesar de quedarse dormido a media tarde, ojeras negras se ensanchaban debajo de sus ojos.
Un degradé azul y negro; William tocó sus párpados inferiores con suavidad. El rostro de Sherlock estaba relajado ahora, instalado en su regazo. Pocas cosas podrían aportarle más paz que verlo descansar; hasta podría seguir su ejemplo y adormecerse en la calidez de la sala, cuya chimenea ardía. De pronto, cuando sopesaba la idea de traer una manta, los labios de él se tensaron y un brusco temblor le sacó de la inconsciencia. No habían transcurrido más de cinco minutos desde que cayó dormido.
—¿Qué, me dormí? —le preguntó al enfocar sus ojos, que le miraban desde arriba. Comenzó a levantarse, y William se apresuró a decirle que no era necesario.
—Estás cansado y a mí no me molesta —dijo, refiriéndose a sus posiciones—. ¿Prefieres cenar más tarde hoy?
—No, estoy bien, y tú en cambio debes tener mucha hambre —Se incorporó y puso los pies en el piso. Tanteó el sofá con una mano hasta encontrar la cinta con que se sujetaba el cabello—. Espero no haberte acalambrado las piernas —bromeó.
—Para nada, Sherly. No fueron más que cinco minutos.
Aunque William lo señaló sonriendo, la última frase contuvo menos alegría y él debió advertirlo. No dijo nada. Terminó de atarse el pelo y después estiró la mano hacia la mesa para alcanzar los cigarrillos.
—¿Qué se te antoja comer? —inquirió, al tiempo que sacaba uno del estuche metálico.
—No vayas a fumar mientras cocinas, ¿quieres?
Sherlock nunca le negaba nada. Incluso ante peticiones que no le resultasen agradables, como la de esa oportunidad, accedía sin emitir quejas. William deseaba hacer lo mismo por él, y puesto que no estaba dejándose consentir muy a menudo, lo primero era esclarecer la causa de su agotamiento perpetuo. Tenía ya una hipótesis, y para comprobarla solo tenía que esperar a la noche.
Al irse a dormir, cada uno a su cuarto, ninguno se molestaba en cerrar la puertas con llave. Aunque no se quisieran como se querían, la confianza mutua era más firme que el techo sobre sus cabezas. Por eso a William le entristeció en parte que no compartiese su situación con él, si bien intuía sus aprensiones para actuar así.
Procurando no sucumbir al sueño, permaneció contemplando las paredes durante lo que le pareció una hora. Oía cada tanto pasos por el pasillo; Sherlock yendo y viniendo desde su cuarto al baño o a la cocina. Entonces lo oyó acercarse a su dormitorio, abrir la puerta y entrar. William mantuvo los ojos cerrados fingiéndose dormido. Él se abrió paso intentando no hacer crujir las tablas del suelo, luego tomó asiento a los pies de la cama, como delató su peso hundiendo el colchón.
A su izquierda, William contaba con la luz de una vela casi consumida, pero se resistió a espiar por entre las pestañas. Aguardó, y mientras lo hacía, llegó a sentir claramente la intensidad de su mirada. Lo escuchó suspirar una vez, luego una segunda y al cabo de largo rato una tercera. Ese último suspiro consignó la señal que esperaba.
—¿Pretendes quedarte ahí y suspirar toda la noche —dijo, sin abrir los ojos aún—, Sherly?
Sintió su sobresalto como si hubiese estado al lado suyo; Sherlock casi había caído de la cama. Al sentarse, William se llevó la mano a la boca para esconder su sonrisa.
—¡Oye! ¿Estabas despierto? —se quejó el otro, recobrándose de la impresión—. ¿Desde cuándo?
—Desde antes de que entraras; podía oírte dando vueltas. ¿Piensas decirme qué es lo que te ocurre? —Ante esto, el rostro de Sherlock se oscureció e hizo una mueca.
—No quería importunarte —dijo, luciendo derrotado—. He tenido algo de insomnio desde que comenzamos a vivir aquí los dos.
William imaginó que se trataría de algo de esa naturaleza, pero de igual forma le provocó impresión. Sabiéndose culpable de ello, le dolió que él hubiese sufrido por tantos días sin siquiera demostrarlo.
—No pongas esa cara, Liam, que no es culpa tuya —añadió él, al tiempo que se acercaba para rozar su mejilla con el pulgar—. Es solo que recordaba el tiempo que pasaste inconsciente y temía que no fueras a despertar por la mañana. —Se rio de sí mismo y sacudió la cabeza—. Es tonto e irracional, como ves.
—¿Te aliviaría dormir aquí? —preguntó, apenas pudiendo imaginar lo que debía haber sentido él durante aquellos meses en que estuvo entre la vida y la muerte. De haber sido Sherlock el que acabase así, habría estado destrozado—. Y por la mañana seré yo quien te despierte.
Él parpadeó y se llevó la mano a la boca mientras lo consideraba, como si fuera asunto trascendental. Al cabo de un momento, sin embargo, soltó una risa.
—¿Qué dices? Por mucho que lo intentes, se te pegan las sábanas más que a mí.
Reprendiéndolo en broma, William tiró de él para darle un beso. Apaciguaría sus ansiedades cada noche si era necesario, y lo haría con todo el placer que provoca cuidar de una persona amada. El mismo con que Sherlock veló su sueño a través de incontables días.
Una vez extinta la llama de la mesa de noche, se acurrucaron en la oscuridad el uno junto al otro, frente a frente.
—Si me muevo mucho, eres libre de patearme —dijo él en voz baja, mientras abrazaba su cintura. ¿Por qué no compartieron habitación antes? Era la primera vez que William dormía con una persona que no fuese su hermano menor, y aunque apreciaba su espacio personal como pocas cosas para sí mismo, estar entre los brazos de Sherlock le hacía sentir como retornar a un refugio añorado.
—Relájate, Sherly —le dijo, tocando su entrecejo con la yema para suavizarlo, anticipando su tensión—. Es mi turno de cuidarte.
—Qué tierno, ¿me quieres hacer sonrojar?
—No permitiré, sin embargo —continuó él, sin hacer caso de su ironía— cigarrillos en la cama.
