Polvo de estrellas

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Llegó a la cocina cuando la mitad de la mañana ya había corrido por el reloj. En otra ocasión se habría sentido culpable por dormir de más, pero pensó que no le vendría mal recuperar las horas de sueño que había perdido tantas noches atrás. La mañana era tranquila y el sol entrando con tibieza por la ventana de la pequeña cocina invitaba a una taza de té, así que llenó su taza apreciando el silencio y el aire quieto, como detenido el tiempo.

–Hola.

Su voz rasposa la saludó al entrar por la puerta. A diferencia de ella, parecía que no había hecho una parada en el baño para peinarse y lavarse el rostro, porque el cabello castaño se erguía en su cabeza apuntando en todas direcciones, y aun se frotaba los ojos intentando quitarse los restos de la pereza matutina.

–Hola –respondió. Mientras Yoh estaba distraído estirándose, se detuvo a mirar detenidamente su expresión. Se alivió al encontrar una sonrisa natural y leve acompañando a sus ojos, cálidos como la luz anaranjada que los iluminaba.

Sus pasos descalzos sonaron contra la madera cuando se acercó para saludarla con un beso en la mejilla.

–¿Té? –le preguntó al perezoso marido.

–Té suena bien.

Yoh odiaba el café, pero últimamente se obligaba a beberlo cuando había sido una mala noche y los deberes del día le exigían mantenerse lúcido. Anna dejó a un lado la taza de la que bebía ella misma, para servir en otra la infusión lista de la tetera. Él no se apartó demasiado durante su operación, todo lo contrario; pegó su cabeza a la de ella y con sus brazos en torno a su cintura observó sus movimientos.

Una sonrisa de agradecimiento se delineó en su rostro somnoliento cuando Anna le agregó las tres cucharadas usuales de azúcar antes de que él mismo lo hiciera, y recibió su desayuno sentándose a su lado contra la mesada.

–¿Cómo estás?

–Me siento extraño –contestó Yoh antes de dar un pequeño sorbo, tanteando la temperatura. –Siento que al fin pude dormir, después de tantas noches sin acostumbrarme a la casa. Veo que tú también pudiste descansar. Te ves bien.

–Debe ser porque es chai –Anna levantó un poco su taza. –Efectos inmediatos.

Yoh rio. El hecho de que ella estuviera de humor para bromear era buena señal, y hacía tiempo no tenían una mañana tan pacífica como esa. Hana dormía, Tamao estaba de viaje en su ciudad natal, y la ausencia de Ryu tan temprano significaba que había salido a pelear por productos frescos en el mercado. Eso los colocaba por primera vez en mucho tiempo, en ese lugar y esa hora, a solas.

Con la sola señal de su mirada, Anna recibió el mensaje, y giró la cabeza hacia él. Con la taza en sus manos casi llena, aun sonreía. Por eso la besó. Porque sólo faltaba un ingrediente a esa mañana.

–Gracias –dijo, muy despacio, como si tuviera miedo de alterar esa paz. Anna llevó una mano a su rostro para estudiarlo una vez más, aprovechando su cercanía. Debía cerciorarse de que podría quedarse tranquila y ya no habría más noches con pesadillas. Pero no encontró ningún rastro de miedo en él. Su inocencia se había restaurado.

Ryu hizo su entrada tan ruidosa, digna de un circo, que Anna no pudo evitar dar un salto en su asiento. Sólo faltaba el confeti y las trompetas, porque los presentes aplaudieron y gritaron de emoción cuando vieron los platos que cargaba haciendo malabares y envuelto en aromas tentadores. Todas las especialidades de la casa, recién hechas, humeaban de cada uno de ellos.

No le podía importar menos aquella celebración improvisada, aunque de celebración no tenía nada. Era una reunión más de todos los amigos ruidosos de Yoh, al menos todos los que no estaban en el exterior. Lyserg y Chocolove no estaban allí, pero Ren se había sumado a último momento cuando escuchó la voz del Asakura en el teléfono, impaciente por verlo y pasar el rato. Esas habían sido sus palabras y con ello, el chino no había dudado en subirse a uno de los jets de su patrulla, para una hora después poner pie en la casa.

Debía agradecerle luego. Para Yoh era importante, y Ren lo había entendido de inmediato. Se lo veía entretenido, hablando con el recién llegado sobre los que se habían ausentado ese día. Eran pocas las novedades que manejaban del chico inglés y el newyorkino. Ren, que al menos estaba geográficamente más cerca de Horo Horo, no sabía mucho de él, salvo que había comenzado a pulmón su negocio en la granja y ya lo había telefoneado un par de veces para pedirle -con demasiado fervor- que proporcionara una inversión.

Yoh escuchaba las pequeñas noticias como si recién hubiera salido de un bunker, tal vez no tan metafóricamente hablando. Blue Chateou se metió en la conversación y comenzó a detallarle los últimos cambios en la ciudad; el nuevo parque, las nuevas atracciones. Space Shot lo hizo también, y agregó que había conseguido trabajo en el salón de bolos -que había abierto otra vez- , y Ball Boy se interpuso en la ronda de chismes diciendo con orgullo que esperaba un hijo con una muchacha.

Yoh respondía a cada pequeña noticia con fascinación. Muchas cosas habían cambiado en medio año, cuando nadie pensaba que el viejo y pequeño Funbari cambiaría. Pero lo hizo, y Anna -quien a decir verdad las novedades no podían importarle menos en ese momento- se encontró sin quitar la vista de Yoh, metido en la conversación, riendo y alimentándose de la brutal abundancia que había preparado Ryu. Sí, sus ojos estaban distintos. Una noche normal, y ya era él mismo, al menos en un setenta por ciento, pero el porcentaje restante era casi imperceptible. Ren, sentado a su lado, le servía de beber, cómodo al igual que ella a pesar de estar sentados en medio del caos. Lo hacían por Yoh. Ambos.

Anna le atribuía a Ren una capacidad sensitiva decente. Y él no parecía haber notado cambios en el castaño, obviando el hecho que era de conocimiento la carga que traía el chico a cuestas. Todo el mundo sabe bien que habitar una zona de conflicto, inhalando la pólvora y la muerte, no es una experiencia agradable. Así que de haber notado a Yoh físicamente afectado, estaba justificado.

No hubo preguntas sobre lo que habían vivido, lo que habían visto. Lo mejor era pretender que estaban de visita, aunque fuera su propia casa, y que pronto debían partir de vuelta de donde habían salido. Del bunker.

No había probado casi bocado y el estómago le dio un vuelco. Hana la distrajo, cuando bailó en sus brazos, inquieto, intentando tomar con sus manos la comida de la mesa que estaba justo a su alcance.

–Por supuesto que no, él tiene su propia comida –Anna rechazó el plato con mariscos que Ryu le ofrecía al bebé. –Vamos a buscar tu cena –le dijo al niño, poniéndose de pie con él en brazos, que se retorcía de frustración por no poder llevarse un calamar a la boca.

Dejó atrás las conversaciones escandalosas mientras caminaba a la cocina. Una vez allí, abrió la nevera y extrajo el recipiente con el triste puré de manzana que le esperaba a su hijo. Sería una odisea que lograra comerlo, cuando ya había visto la oferta que había en la mesa, por eso decidió sentarlo allí mismo en su silla, en lugar de volver al comedor a perder los cabales con las tentaciones.

–Aquí –le indicó, bailando la cuchara frente a sus ojos. –Está rico, lo prometo. Lo hice yo.

Después de que Hana diera un par de bocados, notó que le harían falta servilletas, cuando los restos de puré cayeron por las comisuras de su boca y peligraban con llegar a su pijama nueva. Retrocedió un par de pasos para buscarlas, y al momento de hacerlo, una madera suelta en el suelo rechinó bajo su pie.

Anna se detuvo ante ese sonido tan familiar. La cuchara resbaló de sus manos y cayó, pero ella no sintió ese estrépito metálico.

Fue un breve momento en que parpadeó y al cerrar los ojos se vio en aquel sitio. Hana dormía contra ella. De alguna forma, era más llevadero permanecer allí si se concentraba en la respiración tranquila del niño. Su sopor la ayudaba a ignorar el entumecimiento que ascendía por sus piernas y los temblores en las paredes que coincidían con los estruendos del mundo exterior. Lo apretó contra su pecho un poco más.

Faltaban un par de meses para que cumpliera el año de vida, y ya había demostrado ser más valiente que ella en esas situaciones, durmiendo pacíficamente, ignorando el mundo que se derrumbaba sobre él.

No admitiría su miedo. Ser dura frente a los peores panoramas fue lo primero que se juró ser en el momento que nació Hana, con un pie en la zona de guerra. Pero a pesar de eso, sus miedos crecían como las rajas de las cuatro pequeñas paredes que los encerraban.

Él está bien, él está bien; repetía en su cabeza. Con imaginarlo corriendo entre los edificios colapsándose a su paso, algo en ella comenzaba a temblar. Yoh le había advertido demasiadas veces que no debía salir de allí bajo ninguna condición, pero era difícil obedecer su pedido y contener sus deseos de salir para acompañarlo. Solo con verlo a salvo estaría tranquila, y solo estar a su lado sentía que podía protegerlo de cualquier bala perdida.

Se había acostumbrado a la fuerza a apañar su decisión, a su imaginación fatídica, que seguía proyectándolo tendido en el suelo, a no manifestar físicamente su inquietud por temor a arrancar al niño de su dulce sueño. Siempre hacía lo mismo en ese cubículo bajo tierra donde se metían cada vez que los aviones comenzaban a sobrevolar bajo, cerrando los ojos y esperando que el tiempo acelerara.

Una interminable hora más tarde, los pasos familiares acercándose la pusieron en alerta. La madera rechinó sobre su cabeza y la puerta trampa se abrió justo en el momento que deglutía su inquietud hacia el fondo su estómago vacío.

Él no dijo nada. No le costó trabajo encontrar el punto exacto en la oscuridad donde estaba sentada, y se deslizó suavemente hacia ella. Lo primero que hizo Anna fue extender una mano y tocar su ropa. Al sentirla seca, suspiró. No estaba herido.

Algo que habían descubierto con el tiempo es que cuando algo parecía salir mal, siempre podía salir peor, y generalmente no pasaba mucho tiempo entre una cosa y la otra. Las posibilidades de ocurrencia de los sucesos desafortunados se apilaban de forma constante, competían entre ellos para ver cuál podía salir de la caja de pandora antes. Criados a base de adrenalina, antes de que se dieran cuenta, se habían acostumbrado a afrontar nuevas preocupaciones a diario. Era parte de la rutina. A veces escaseaba la comida, a veces las horas de sueño; la balanza estaba pareja para ambas casi siempre. Habían aprendido a calificar como "milagro" a encontrarse enteros después de un ataque aéreo, y en el caso de Yoh, a aparecer intacto frente a Anna después de una reunión con los guerrilleros.

Yoh había sido un pacifista toda su corta vida, y ahora debía llevar esa característica al límite en su nuevo ejercicio de mediador, ya que si fallaba, muchas vidas se perderían. La negociación más reciente era la que lo había obligado a salir con urgencia a mitad de un nuevo ataque, que según el acuerdo de palabra, el enemigo no perpetuaría. Yoh confiaba demasiado en esa gente, y esa gente conocía sólo un método para arreglar las cosas.

El reencuentro que inició como un abrazo momentáneo para saludarse, se transformó en uno que sirvió para calmarse mutuamente. Después de un momento las manos que Anna había cerrado en la casi desecha playera se soltaron para que Yoh pudiera inspeccionar a Hana, y al encontrarse con el rostro dormido con total placidez, lo vio sonreír con una mezcla de ternura e ironía.

Comentó acerca de lo acostumbrado que estaba Hana a dormir con la guerra como sonido de fondo, como si sus oídos lo tradujeran en olas del mar o cantos de aves. La tomó de los codos para ponerla de pie y guiarla fuera del refugio, ya que los estruendos se habían detenido y no valía la pena permanecer en ese lugar tan incómodo más de lo necesario.

Con la luz encendida de la habitación descubrió lo que menos deseaba ver. Los ojos largos, el polvo en sus rodillas. Un nuevo jirón en su playera. Una sonrisa algo más apagada que de costumbre, que costaba llevar porque los extremos de sus labios insistían en partirse hacia abajo. Pero cualquier discusión infructífera que hubiera tenido con los portadores de armas, no quitaría los deseos alivianar la carga de Anna y tomar al pequeño. Si hubiera estado despierto, sus dedos hubieran recorrido ese punto cosquilloso en su abdomen, pero no tuvo más remedio que colocarlo con dulzura en la rústica cuna junto a la cama.

Anna lo miró con aprobación.

–Si despertaba, iba a matarte.

–Ya ves, estoy mejorando –dijo, sonriendo con satisfacción por su pequeño logro.

Se deslizó con su susurro junto a ella. El susto ya había pasado y había sido momentáneo, pero su rostro quedaría marcado por un tiempo más. No era el primer bombardeo en el que estaban, pero su expresión actual no era si no la suma de los incontables que habían presenciado. Cada uno había azotado a Yoh quitándole un soplo de vida, sumándole una arruga y opacando un poco de sus ojos, alejando de ellos la paz que siempre había buscado.

Fue automático, él se dejó caer suavemente sobre ella. Desinflado como un títere sin cuerdas, apenas apoyando su frente en su hombro, temeroso de acercarse más. Fue Anna la que permitió el contacto, colocando una mano sobre la cabeza castaña y otra en su omóplato.

–Te ensuciaré –dijo él, con pena.

–No seas tonto –Anna contuvo el estornudo que casi le provoca el polvo de su ropa. –Ya lo hiciste.

Él completó el abrazo, permitiéndose recargar un poco más de peso en ella y suspirando largamente, como si se hubiera hundido en el lecho más cómodo del mundo.

Temía que se durmiera allí mismo de no ser por sus brazos en su cintura, manteniéndola firme y cerca de él. Anna cerró los ojos, imitándolo.

Ella siempre hacía su parte correctamente. Mantener a Hana tranquilo en los momentos más tensos, procurarle alimento, recibirlo en brazos cuando él llegaba desecho del aterrador mundo exterior.

–¿Hay heridos? –sintió que le preguntaba, sacándolo de sus pensamientos.

Además de que siempre tenía presente el papel que tenía ella en toda esa masacre.

–Evacuaron a tiempo –le dijo Yoh. Decirlo en voz alta y recordarlo le daba un alivio inmenso. No sólo por las vidas que habían evadido su final ese día, sino porque Anna no tendría que salir para utilizar a Eliza y Fausto. Toda ocasión en que ella atravesaba esa puerta, lo ponía nervioso.

Cada movimiento pensado o no, era un riesgo. Cada noche en silencio, un mal augurio. Cada plan, un desafío. Cada sonrisa, invalorable. Y cada beso un bálsamo en un ritual de sanación. Una flor que nacía de la nieve.

No se tardaron en verificar la altura que los distanciaba, hasta rozar levemente sus narices. Yoh ya tenía una mano -una polvorienta mano- en su mejilla, sus labios sentían el calor que emanaba el punto donde aterrizarían. Anna ya había cerrado los ojos, lista para irse de ese sitio y trasladarse donde fuera que esa caricia la llevara. Cuando una bomba explotó, muy cerca.

El sonido les quitó el balance y por defecto, en la milésima de segundo siguiente, el descomunal brazo del Espíritu de la Tierra se expandió sobre ellos, extendiéndose en cuanto la longitud de la habitación se lo permitía, rígido por encima de sus cabezas.

Se recuperaron pronto, porque dejarse ganar por el susto no era una opción y habían aprendido a reaccionar rápido. Cuando comprendieron que el peligro no era sobre ellos, Anna corrió hacia la cuna e Yoh a la ventana, donde el humo lejano partía el cielo. Conocía ese humo, mezcla de cenizas y el polvo de derrumbe.

–Debo ir –se volvió a Anna y respondió a su mirada preocupada. –Hay que sacar a la gente. Rayos –agregó una maldición cuando entendió que tratar de llegar a un acuerdo con alguno de los bandos no iba a funcionar.

Con una mano sobre la cabeza del niño que apenas había despertado y parecía dispuesto a volver a dormir, Anna no pudo hacer más que mirar cómo Yoh se ajustaba las botas que ni siquiera se había quitado. Ese era Yoh ahora; encadenado a su trabajo de tiempo completo. Un trabajo que consistía, básicamente, en evitar morir. Los sacrificios que hacía para subsistir diariamente eran mayores a los que ella había hecho. Las necesidades de Anna siempre habían girado en torno a Yoh, pero él había renunciado a su casa, sus amigos, sus discos, sus atardeceres naranjas y sus noches de paz. Ella no podía extrañar el negocio del onsen que ni siquiera había comenzado, extrañaba lo que tenía a su lado, y eso era la tranquilidad emocional del chico que solía conocer y que de a poco desaparecía ante sus ojos.

Yoh se había entregado a la nueva vida que tenían y más. La única falla que podía recriminarle era por las ocasiones en que no manipulaba correctamente al niño dormido, y terminaba despertando, cuando ni siquiera las bombas podían hacerlo.

–No hagas más de lo que puedes –dijo en un murmullo. Él se detuvo antes de salir, percibiendo el desconsuelo en su tono de voz.

–Puedo con esto –aseguró, con una sonrisa. No podía manejar su afán de mantenerlos, a ella y a Hana, a salvo.

Llevaba tiempo queriendo una solución más práctica, una que de verdad tuviera resultados, porque llevaban meses allí y nada de lo que hacían tenía un sentido. Era como juntar agua en una cubeta rota.

–Yoh, esto no funciona, le diremos a Hao que…

–Te avisaré si te necesito allí, pero por ahora entra al refugio.

–No, espera –caminó con decisión hasta él. No podía soportar la tortura mental que era esperar su regreso. –Iré contigo.

–Hablaremos luego. Entra al refugio. Por favor.

Yoh no escuchó cuando ella insistía con seguirle los pasos, y salió por la puerta sin voltear a verla.

Y luego volvió a entrar.

–¿Anna?

Parpadeó por segunda vez. Él la miró un momento, antes de notar la cuchara en el piso y los restos de manzana. Tomó un trapo y se puso de cuclillas junto a ella.

–¿Qué sucedió?

Le costó pretender.

–No es nada, me distraje.

–¿Estas bien? –ella continuaba evitando su mirada y fingía estar más preocupada por dejar limpio el suelo. El silencio y el temblor de sus manos no pasaron por alto. Además, ni siquiera había escuchado su pregunta. Parecía no estar allí. –Anna.

Tuvo que tomarla de los hombros para detenerla en su tarea. Como reacción, ella desvió los ojos, protegiéndose. Sabía que si Yoh miraba un poco en ellos, encontraría algo anormal.

–Estoy un poco cansada. Iré a acostarme.

–No has comido nada aún.

Tuvo que insistir hasta convencerla de comer. Al final aceptó.

Pero no creyó su excusa.

De vuelta los tres en el comedor, Hana con su hambre saciado, había encontrado otro entretenimiento, que era tratar de repetir con balbuceos algunas de las frases que sus oídos llegaban a captar. Anna debía reprenderlo a él y al grupo de hombres, porque conforme el alcohol desaparecía de las botellas, de la boca de los comensales comenzaban a salir palabras para nada aptas para un niño de un año.

–No se los repetiré de nuevo. No quiero que la primera palabra de mi hijo sea algo que ustedes le hayan enseñado.

–Lo sentimos, doña Anna –Ryu se disculpó en nombre de la pandilla.

Pero Yoh reía a mandíbula suelta, y ella no sería quien interrumpiera eso. Sabiendo perfectamente que a pesar de irse a la cama no podría dormir, de todas formas decidió que era momento de retirarse.

–Vámonos –le dijo al niño en sus brazos.

–Deja que se quede. Cuidaremos el lenguaje, lo prometo.

¿Hasta cuándo Yoh sería su mayor debilidad?

Depositó al rubio en los brazos de su padre, y de inmediato comenzó a dar brincos en su regazo, con su boca escasa de dientes abierta al máximo, riéndose de las muecas que Yoh improvisaba para él.

–Descansa –le dijo, cuando Anna dio un paso para salir del comedor. Su última advertencia hacia Yoh fue mantener lejos a Hana de la comida, y en especial de la bebida. Esto tal vez haya sido innecesario, pero de esa forma ella dormiría tranquila. Fue fácil imaginarse a alguno de esa pandilla de hombres de antecedentes dudosos dándole de beber a su hijo algo, y no precisamente agua, por diversión.

De modo que, Hana, saltando y sobre estimulado pero más feliz que nunca, continuó la fiesta a pesar de que su hora de dormir ya había pasado.

Lavarse los dientes, meterse a la cama. Habían pasado apenas cinco noches desde que habían llegado, y sin embargo seguía sin poder creer la comodidad que la rodeaba. Había vivido por años desestimando el agua caliente y las camas mullidas, y sobretodo el silencio de la noche adornado por grillos y nada más que grillos.

–¿Todo en orden?

Excepto por eso. Frunció el ceño y le dedicó su mirada más furibunda al recién llegado, quien había decidido sentarse en el alfeizar de la ventana a observarla con un gesto divertido e impune.

–Siento arruinar tu descanso.

–No lo sientes, y se nota.

–Sólo venía a cerciorarme que tengas dulces sueños. Tengo buenas intenciones, ¿ves? –Hao sonrió de una forma que por poco le da escalofríos. Su expresión no cambió a pesar de sus intentos de parecer simpático.

–Esa expresión no te queda.

–Podrías comenzar a entender que siempre puedes contar conmigo, Anna. Sabes que no me disgusta en absoluto ayudarte.

La forma en la que demostraba ser amable le daba nauseas. No contestó, porque decidió mirarlo largamente hasta que entendiera que lo mejor para él era guardar silencio, y en lo posible, una larga distancia.

–No hay nada que pueda hacer que te agrade, ¿verdad? –suspiró él con una sonrisa afectada.

–Ya hiciste demasiado para ganarte mi debido aprecio. El regalarnos esas vacaciones, por ejemplo.

–Yoh aprobó eso –atajó Hao en voz baja, tratando de no parecer herido por el continuo rechazo de su nuera. Casi daba por terminada la visita cuando Anna habló.

–Pero… sí estoy agradecida por lo que hiciste con él.

Lo dijo porque era justa, y a pesar de que el gemelo de su esposo era una persona insufrible y odiaba cuando tomaba demasiada confianza con ella, debía decirle la verdad.

Sus palabras tuvieron el desagradable efecto que había imaginado, porque Hao se cruzó de brazos, recibiendo el halago con su pecho inflado de orgullo. Profundamente nauseosa, no quiso ver más allá de ese gesto, y Hao tuvo que conformarse con la indiferencia posterior de la itako, porque se había vuelto a recostar, dándole la espalda con decisión. Parecía que darle las gracias era demasiada humillación, y había decidido que esa era la única forma de sobrellevar semejante acción.

No la torturaría más de lo necesario. Pero sí lo haría un poco más. La noche era joven, y él era eterno.

–Y tienes razón en agradecérmelo. Yoh estará mucho mejor ahora, sin necesidad de ese recuerdo – Anna permaneció sin reacción. Lo único que Hao veía era un bulto inmóvil en el futon. Ni siquiera sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados, pero estuvo seguro que en ese silencio y esa quietud, había una joven padeciendo y repasando en su mente lo que había vivido tantas noches.

Hao ya no era de importancia en ese momento, la itako se había sumido en otro escalón de la conciencia, donde uno es incapaz de controlar la llegada los recuerdos, y una vez que comienza la película en su mente no se pueden detener, y tampoco se hace nada por detenerlos. Resta encogerse y dejar que fluyan mientras experimentaba el mismo dolor que el de las noches en las que debía aferrarse a Yoh, y hacerle sentir con su propio cuerpo que ella estaba ahí, que su pesadilla era solo una pesadilla.

Pero era una tarea difícil para Anna. Por más que ella le asegurara que la muerte estaba lejos. Le tomaba trabajo despertarlo de ese sueño vívido, conectar con sus ojos desenfocados, mantener quietos sus temblores con sus manos. Hacía lo que podía y cada vez era más arduo, porque el terror dentro de él se acumulaba. La primera noche se dormiría sujetándola como temiendo que alguien se la llevara de él, la segunda noche igual, pero sumado al miedo de que la pesadilla regresara al momento de cerrar los ojos. De la tercera noche en adelante siempre fue la misma pregunta ¿cuánto más se puede soportar?

Cada mañana Anna secaba la sal que quedaba en su rostro. Le aseguraba con todo su ser que ella estaba bien, que Hana dormía al lado de ellos, totalmente en paz. De nuevo tenía que recurrir al contacto físico, tomando sus manos y llevándoselas a su propio rostro, para que Yoh se enfocara en su mirada firme.

Yoh lo asimilaba con cuidado, casi desconfiando. Le palpaba los hombros, las mejillas, apartaba un mechón rubio de ella y de su hijo, cuando iba a visitarlo a su cuna. Respiraba hondo y las ojeras parecían inflarse bajo sus ojos cuando sonreía con tristeza y se disculpaba por haberla despertado en la madrugada, otra vez.

Pero cuando lo decía, sin querer, ese helicóptero aparecía y los misiles silbaban de nuevo, cayendo en picada, previo a la visión que duraba un milisegundo, de la sangre salpicada sobre las perlas azules.

Por eso no volvían a mencionar nada durante el resto del día. Con las noches tenían suficiente.

–Pues bien. Ese recuerdo no volverá, y para él nunca existió. Así que puedes estar tranquila. De verdad podrías confiar en mi algún día.

Anna no respondió. Su corazón apenas comenzaba a tomar un ritmo normal, y no podía hablar. Al menos estaba metida en su escudo de grueso edredón y Hao no podía ver que tenía su mano aprisionada entre sus dientes, mordiendo con fuerza. Pero la presencia de Hao era una mala broma que se había alargado mucho tiempo, y estaba molesta, por eso juntó fuerzas para responderle con sarcasmo.

–Podías darme motivos para hacerlo.

Él suspiró, resignado, pero sabiendo que eso sería todo lo que obtendría de ella. Le dio las buenas noches, y optó por desaparecer en la oscuridad, porque además sentía que su hermano se estaba aproximando, y encontraba gracioso ser inoportuno e invasivo, pero el pedido de Anna había sido un asunto solo entre ellos dos, y su límite estaba allí.

Dejó de sentir su presencia en la ventana, con gran alivio. Cuando se trataba de Yoh, a Hao le gustaba meter sus narices más de lo necesario. Sabía desde un principio que en cuanto le pidiera ese favor, Hao desearía luego estar pendiente de los resultados, por el placer que le generaba sentirse superior y todopoderoso, lo que le recordaba a Anna que la siguiente ocasión que necesitara su ayuda, preferiría estar muerta.

Pero al menos ya se había ido, y casi de forma sincrónica, Yoh abría la puerta de la habitación, con todo y niño en brazos. Al ver a su esposa aun despierta, le hizo saber que la presencia de Hao no se le había pasado por alto, algo asustado por las posibles represalias.

–Ya sabes como es. No puede contener sus deseos de molestar a la gente cuando intenta dormir –Anna lo tranquilizó, levantándose en la oscuridad ya que Yoh no había encendido la luz. Sumado a que había hablado en susurros, solo podía significar que su hijo se encontraba dormido.

–¿Dijo algo? ¿Está molesto porque regresamos sin decírselo?

–No, no dijo nada sobre eso –examinó el rostro de Hana, quieto sobre el hombro de su padre. Sonrió, acariciando su mejilla con una yema de su dedo.

–Pero entonces, ¿vino, y se fue sin decir nada?

–Te manda saludos –mintió ella. –Que sigas bien, y eso, ya sabes. –el rostro de su esposo fue un puzzle, y no lo culpó. Pero le quitó importancia rápidamente, cuando vio a la joven más entretenida en admirar la calma de su bebé.

–Voltee y de pronto lo vi dormido, a pesar de todo el ruido que hacíamos –le explicó. Ella sonrió con suavidad, mirando ahora las pequeñas manos cerradas en torno a la ropa. –Hablaré con Hao mañana. La última vez que lo vi fue hace tiempo, y ahora…

–Nos convertimos en prófugos de guerra –agregó Anna, con indiferencia y casi con tono de burla. No le era tan importante el asunto como lo era para Yoh, y era más que evidente. Él llevaba la responsabilidad de cumplir la promesa con Hao, pero ella…la verdad es que ella podría quedarse en la pensión para siempre, ignorando los problemas que se encontraban tan lejos, que involucraban a personas que no conocía, y cuyos sucesos no tenían nada que ver con su vida personal. Era cruel, pero era la verdad.

–Tal vez esté molesto –pensaba él en voz alta.

–Te manda saludos, te lo dije. De modo que no lo está –Anna no lo había escuchado de Hao directamente, pero a juzgar por esa conversación extraña que habían tenido momentos atrás, lo que menos ocupaba la mente del rey era la deserción, la alta traición, la ruptura del círculo de confianza. –Además necesitábamos un descanso, no te sientas culpable por pequeñeces.

Yoh todavía dudaba, y Anna decidió que si quería hacerlo, al menos lo hiciera descansando en una posición más cómoda. Tuvo la intención de quitar a Hana de sus brazos, pero él la atajó.

–No, yo lo haré –anunció, adelantándose a ella. Sujetó la espalda de su hijo y con un cuidado extremo, lo colocó en la cuna. El niño nunca se enteró. – ¿Ves que ya lo hago bien?

Ella le dio la razón. Y él brilló de orgullo.

–Rara vez llora, y la última vez que lo hizo fue hace semanas, cuando fuiste brusco y despertó.

–Y no me has perdonado desde entonces –agregó él, exagerando lo herido que estaba.

–Hiciste llorar al niño más tranquilo del planeta.

–¿Verdad que tiene un don particular? Descansar en las situaciones más estresantes…

–¿No es un poco parecido a tu estilo?

Consiguió que en sus labios se formara una risa de melancolía y Anna se arrepintió de inmediato de haber dicho eso.

–Ya hace un tiempo que no – fue la respuesta. Y ella estuvo de acuerdo con que en los últimos meses Yoh había llegado a un extremo de estrés crónico que quizás nunca en su vida había experimentado, ni siquiera era comparable a las situaciones vividas en la Shaman Fight, donde no tenía que estar al cuidado permanente de la seguridad de su hijo y esposa. –Me gustaría poder relajarme, pero creo que hay cosas que debo terminar aun. Aunque no voy a negar que se siente bien estar aquí, en casa. Lo extrañaba –Yoh se movió a la ventana abierta, justo al mismo lugar donde Hao se había asomado momentos atrás. Espió al exterior, al jardín, y al cielo con las luces citadinas. Anna hizo lo mismo, segura de que él pensaba en lo distinto que era el paisaje al que estaban acostumbrados.

En el lugar donde solían vivir, las pocas luces que se veían de noche, flameaban consumiendo la infraestructura, o también estaban aquellas que se asemejaban al flash de una cámara y estaban acompañadas de una destrucción severa.

–Perdón, Anna. Vinimos a casa a tomarnos un tiempo y ni siquiera pudiste descansar.

–¿Te refieres a la pandilla de Ryu…? No es nada, casi no se escucha desde aquí…

–Me refiero a lo que sucedió en Siria. Cuando no pudimos escapar de los misiles, y nos alcanzaron. A ti primero –aclaró, sin un ápice de duda pero aun así Anna no daba crédito a lo que estaba escuchando. Trastrabilló con sus palabras, hasta que al final el pánico casi le quita el habla. Era imposible.

-No sé de qué hablas –mintió.

-Anna, ya se que decidimos no hablar de eso, pero es extraño, porque solía tenerlo presente de manera constante, día y noche, sabes eso. Y luego, de un momento a otro, ya no lo tuve presente.

Comparó su última noche con las anteriores, y la forma en que había trascurrido el día, sin turbulencias en su mente.

-Hasta hace un momento, cuando Hana quedó dormido en el comedor. Pensé que él siempre se sintió a gusto en ese lugar, a pesar de escuchar todo tiempo los ataques de los aviones. Nunca nos dio problemas para hacerlo dormir, e incluso en momentos tensos, encontraba la forma de sonreír con calma. Como si se sintiera seguro, no importara el peligro, mientras estuviera bajo nuestra ala.

El castaño volteó a ver al niño y la sonrisa melancólica se intensificó de una forma que le dio escalofríos.

–Y de repente recordé, porque ese día también estaba sonriendo, en tus brazos, cuando nos encerraron en ese enfrentamiento.

Escuchó en silencio. El pecho de Yoh se levantó y luego se desinfló al hablar.

–Perdón por fallarles, Anna. Fue una negociación que salió mal, por mi culpa, y no pudimos escapar a tiempo, también por mi culpa. De verdad quería que todo terminara pronto, para regresar a casa lo antes posible.

Eso explicaba por las veces que lo había visto luchar con insistencia para el cese del fuego. Y a pesar de sus esfuerzos, la guerra no había terminado, y por más que se encontraran a miles de kilómetros de distancia, convivían con ella.

–También lamento las noches que no te dejé dormir. Creo que anoche fue la primera vez que descansamos apropiadamente… ¿verdad? –ella asintió, e Yoh le expresó el último vagón de sus pensamientos –Siento que tuviste algo que ver con esto.

–Se suponía que era irreversible –Anna le dio el nombre de Hao, y eso bastó para que él entendiera el mecanismo detrás de su amnesia.

–No tenías que hacerlo.

–Tenía que hacerlo, estabas en un estado lamentable…

Su mirada se desvió en dirección a la vista a través de la ventana, porque si se quedaban mirando los ojos castaños, delataría lo nerviosa que se sentía al revivir esas noches. Una mano rozó la suya, con extrema lentitud, hasta que los cinco dedos se entrelazaron con ella. Eso era peligroso, tan peligroso como mirarlo a los ojos.

–¿Qué más me queda por recordar? ¿Aparte de ese día que morimos? ¿Nada más? –se aseguró, al ver que ella negaba con la cabeza. Ahora no solo había decidido esquivar su rostro, también estaba renuente en hablar. Tomó la otra mano. El dolor que emanaba llegaba a él fácilmente. Habló en un susurro suave para no romper el cristal. –Anna, si yo olvidaba lo sucedido ¿cómo me aseguraría de no cometer el mismo error en el futuro?

No contestó. Ahora la cascada de cabello rubio caía en picada, apuntando al suelo.

–¿Qué hay de ti? ¿Pretendías vivir siendo la única de los dos con ese recuerdo?

Su voz fue casi inaudible.

–Era más doloroso para ti. Yo no te vi morir.

–Quizás no fue una visión tan cruda para ti. Pero, ¿qué hay del ruido, el miedo? No te creeré si me dices que no tienes pesadillas con eso.

Ella no contestó porque no tenía sentido mentir.

–Y todavía te asustan los ruidos fuertes, y los espacios pequeños. O el suelo de la cocina, que cruje igual que el de la habitación en Siria. Tendrías que haberme dicho todo eso, sin esperar a que yo lo notara. Yo prefiero tenerlo presente –dio un paso hacia ella. Aun si ella tomaba distancia, no lo rechazó cuando su cabeza topó contra su pecho. –Lo que sucedió fue horrible, pero todo lo horrible viene y se va. Tal vez si me dabas algo de tiempo, iba a dejar de dolerme. Algunas noches más y se habría terminado todo ese asunto tan traumático. Creo –agregó riendo, porque si era sincero, lo veía como algo imposible.

Decidió soltar sus manos de a poco, porque su expresión cabizbaja precisaba más atención. No quería evocar las ocasiones en que despertaba de su pesadilla y le demandaba que su cuerpo se afirmara al de él, sin despegarla de su abrazo por horas, por eso en lugar de mantener sus manos rígidas y tensas, optó acariciar su cabello como si purgara los pensamiento dentro de ella, al tiempo que hablaba.

–Intentaste hacerme bien, pero poniendo todo en tus hombros, cuando es mi tarea estar para ti. Quiero estar contigo cuando algo te pese y no te sientas en tu eje –finalmente sintió que Anna se movía, cerrando sus puños en su espalda. Él continuó hablando, ahora con una sonrisa que nadie podía ver. –Yo jamás renunciaría a esa tarea. Entonces podría decirte que todo estará bien, como lo decía antes.

Se habían perdido en la batalla. Se habían olvidado quienes eran, porque el principal motivo era sobrevivir. Anna sintió que su cabeza emergía a la superficie después de estar profunda en el lodo. Esas pocas palabras tan sencillas hubieran ayudado tanto para continuar con los días, pero las había olvidado, porque a pesar de ser marca registrada de Yoh, hacía meses no las pronunciaba. Él había olvidado que podía decirlas y ella que las necesitaba.

–¿Es así? –preguntó, meditando con cuidado. Revisando cada problema que tenían adelante y calculando las posibilidades, dudando, con la esperanza de que la respuesta fuera positiva.

–Claro que sí –ahora Yoh rio abiertamente, gracias a la medicina que tenía entre sus brazos. Lo repitió una y otra vez, mirándola a los ojos, limpiando su rostro de cabello desordenado, pasando el pulgar en una solitaria lagrima, hasta que no pudo hablar porque sus labios encontraron otra ocupación, y se detuvieron en ese sitio un largo momento, haciendo el silencio.

–Yo estaré bien, y tú también…

Fuera del lodo era cada vez más fácil respirar, incluso si Yoh se pegara a su rostro.

–…porque estarás aquí a salvo, en casa, cuando deba irme.

Ella lo detuvo.

–No. Estás hablando tonterías.

–La promesa que le hice a Hao no te involucraba a ti, y pienso que sería mejor completarla yo solo. Creo que es importante reducir los riesgos, cuando ya sabemos lo que puede pasar. Y tuvimos suerte, porque fuimos los tres, prácticamente al mismo tiempo. Pero ¿qué pasaría si nos tocara ver morir a Hana? ¿Cómo viviríamos después de eso?

Anna continuó negando con la cabeza, negada a escuchar sus fundamentos.

–No tenemos la garantía de que Hao nos quiera revivir a cada momento, no es algo que le agrade, o que siquiera pueda hacer sin límites.

–Y yo no toleraré quedarme aquí sentada, tratando de imaginar qué estás haciendo a cada hora, torturándome porque podrías pisar una mina en cualquier momento. No vas a encarcelarme en un refugio de nuevo, y es mi última palabra –hizo una pausa para bajar la severidad de su voz. –Es tu miedo el que está hablando. No moriremos de nuevo, ya pasó una vez. Además eres fuerte, olvidas eso. Puedes mantenernos a salvo, y puedes dejarme salir del refugio para ayudarte.

–Sí, lo siento.

Poco a poco el futuro para ellos comenzaba a tomar forma. Necesitaron el tropezón para aclarar sus ideas, y fabricar las nuevas condiciones bajo las que actuarían, o estarían condenados. Anna tendría libre albedrío junto a Yoh, y el abandonaría sus medidas pacifistas, que los habían llevado a andar en círculos cerrados.

–Una amenaza firme, con el Espíritu de la Tierra, no hará daño a nadie.

Anna parecía disfrutarlo más que él. El último punto a acordar los encontró a ambos en una bifurcación, con la que una mirada mutua se decidió el camino a tomar. Voltearon a la cuna al mismo tiempo. Un silencio gigante llenó la habitación.

–¿Cuándo?

–Un par de días más, o tal vez…¿una semana? ¿Un mes? –pensó Yoh. No tenía apuro por volver, mucho menos Anna, pero alguien vendría a reclamarle si descuidaba indefinidamente sus obligaciones. –¿Dijiste que Hao no está enfadado?

–No lo está. Y no dijo nada de un tiempo límite.

–Perfecto –sonrió con satisfacción, porque eso significaba que tenía por delante vacaciones por tiempo indeterminado. En menos de un segundo había planeado cómo pasaría sus días, jugando con Hana, y dando paseos los tres, descubriendo la ciudad de la que le habían hablado tanto. Hasta que el deber llame, y sea el momento de poner las cosas en su sitio. Hana en su cuna y la guerra a distancia.


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Vivo para el drama uehehehe.