Helena

Mamá y papá entran en nuestra habitación y yo suspiro aliviada al ver que Severus ha podido irse antes de que mis papás se dieran cuenta de que estaba aquí.

Leonor y yo seguimos metidas en la casa de la princesa, y papá dice en tono juguetón y como si hiciera mucho esfuerzo para adivinar dónde estamos, aunque estoy segura de que sabe que estamos aquí porque se ha convertido en nuestro juguete favorito desde que mamá nos la compró en Juguettos:

-¿Dónde se habrán metido las dos princesas?

Entonces, papá y mamá descorren las cortinas que hay en la casa de la princesa y nos descubren dentro.

-¡Ah! ¡Aquí estáis! –exclama papá en tono bromista.

-Vamos, princesas mías, es hora de irse a dormir –nos dice mamá en tono cariñoso y maternal.

Mamá coge en brazos a mi hermana y papá me coge en brazos a mí, y nos sientan en nuestros respectivos cambiadores. Mamá y papá nos ponen el pijama y nos meten en nuestras respectivas cunas.

Mamá nos lee un cuento, el de "La cigarra y la hormiga" y nos quedamos fritas en un pispas.

Pero en cuanto mamá y papá salen de nuestra habitación, Leonor comienza a hablarme:

-¡Qué fuerte lo de Severus! ¿Cómo ha podido venir a parar aquí? Sí, ya sé que se debe a la máquina del tiempo, pero ¿cómo ha podido abrirse un portal en nuestra habitación? Me roe y me corroe la curiosidad. ¿Tú qué piensas, Helena?

-Ya te digo, es muy fuerte –le respondo yo, soñolienta-. No tengo ni idea de por qué se ha abierto un portal en nuestra habitación. Todavía hay muchas cosas de la máquina del tiempo que desconocemos.

-Ya… -dice Leonor, un tanto decepcionada de que yo no haya encontrado ninguna teoría al respecto. Pero es que es la verdad, no tengo ni idea de por qué Severus ha podido venir a nuestra casa desde un portal de la máquina del tiempo.

-Confiemos en que el abuelo Patricio nos lleve pronto a la juguetería –le digo yo para animarla-. Ahora vámonos a dormir que no sé tú pero yo tengo un montón de sueño ya.

Leonor asiente con la cabeza y vuelve a reposar su cabeza en la almohada, y yo hago lo mismo.

A la mañana siguiente, mamá nos lleva a comprar al supermercado y a la vuelta, se detiene enfrente del escaparate de la tienda esotérica que hay de camino a casa. A mamá le ha interesado desde siempre todo lo relacionado como esotérico, aunque ella dice que es sólo un hobby y que no se lo toma muy en serio, pero creo que para ella significa mucho más de lo que le gustaría reconocer.

Entramos en la tienda y nos atiende la misma mujer de siempre: Irene, la fundadora de esta tienda. Es una mujer de estatura media, cabello negro brillante y ojos azules, y es muy, muy amable. Papá dice que es una bruja, en el buen sentido de la palabra. Mamá también lo cree pero procura no tomarse muy en serio todo lo que tenga que ver con lo esotérico, a menos de cara a nosotros.

Irene se acerca a nosotras, y le pregunta a mamá con mucha amabilidad que si quiere algo, y mamá le explica lo que quiere.

Mamá compra unos inciensos de lavanda, que dicen que son muy buenos para relajarse (también nos dice Irene que nos ayudará a no tener miedo, a limpiarnos a nivel energético, a mejorar nuestra economía y a alejar las malas vibraciones), y un hada preciosa de cerámica. El hada lleva un bonito y ligero vestido de color plateado. Y tiene el cabello largo y negro, y los ojos azules. Se parece a Irene, sólo que Irene tiene el pelo un poco más corto. Al hada le llega por debajo de la cintura y a Irene le llega por la mitad de la espalda.

La verdad es que esta tienda a mí también me parece muy interesante. Se respira magia en el ambiente. Y sé que Leonor estará pensando lo mismo. Tanto a mi hermana como a mí, también nos llama la atención todo lo que tiene que ver con lo esotérico, así que estamos mirando toda la tienda boquiabiertas. Velas, inciensos de todo tipo, cartas del Tarot, libros sobre brujería, calderos de hierro, un calendario lunar, bolas de cristal, amuletos, talismanes, piedras preciosas, cristales, etc.

Esto es algo que Leonor y yo no le hemos contado nunca a nadie, ni a nuestros papás (en parte porque no sabemos hablar con ellos), ni siquiera a nuestros amigos porque pensamos que se van a asustar de nosotras si llegan a saber que nos gusta lo esotérico y todo lo que tenga que ver con la magia.

Salimos de la tienda muy contentas, y mamá nos lleva a casa. En cuanto llegamos a ella, lo primero que hace es colocar las varillas de incienso en las distintas partes de la casa: en el salón, en las habitaciones, en el pasillo y en el recibidor.

Después, coloca al hada vestida de plata en el borde de la estantería más alta que tiene en su habitación. Es como si el hada pudiera ver todo desde allí arriba y protegernos y alejarnos de las malas vibras.

Papá está trabajando, pero me imagino la cara que pondrá cuando regrese y huela este olor tan delicioso para el alma como lo es la lavanda. Se pondrá en plan "Alejandra, ya estás con tus cosas" (sí, nuestra mamá se llama Alejandra), pero sé que en el fondo le hará gracia y hasta le gustará que nuestra casa esté impregnada de un aroma tan agradable como lo es la lavanda.

Leonor y yo nos ponemos a jugar y a correr por el pasillo, y mamá prepara la comida.

De repente, se abre un portal en medio del pasillo, y Leonor y yo pegamos un respingo hacia atrás, asustadas y muy contentas al mismo tiempo.

-¿A dónde nos llevará esta vez? –le pregunto a Leonor en un susurro.

-Ni idea. ¿Qué te parece si lo averiguamos juntas? –me dice Leonor extendiéndome su mano para que se la coja y así entrar juntas en el portal.

Nuestra casa desaparece y de repente aparece ante nosotras un parque enorme, pero no es el parque de nuestros amigos americanos. No. Este parque es diferente, y el sol brilla mucho menos. De hecho, está nublado y a punto de llover.

-¿Dónde estamos? –pregunto yo en voz alta a nadie en particular.

-Claramente, en un parque pero no sabemos cuál –dice Leonor también a nadie en particular.

Entonces, al otro lado de los matorrales, vemos a nuestro amigo Severus, que está jugando con la arena, y a su mamá que está sentada en un banco cercano a él, leyendo un libro.

Leonor y yo nos acercamos a él sigilosamente para que su mamá no note nuestra presencia, aunque parece que no la va a notar porque se nota que está muy enfrascada con el libro que está leyendo.

-Psss –le decimos Leonor y yo a Severus en voz baja.

Severus levanta la vista y se topa con nosotras, que estamos escondidas detrás de los matorrales, asomando medio cuerpo y toda la cabeza para poder llamarlo, pero lo suficientemente escondidas para no ser vistas.

En cuanto nos ve, Severus viene hacia nosotras, y su mamá ni se entera. Qué poca atención le presta su mamá. Me da lástima ese niño.

-Hola, Severus –le saludamos mi hermana y yo a la vez.

-Hola, Helena. Hola, Leonor –nos responde él poniéndose a nuestro lado-. ¿Qué hacéis aquí? –Ahora el sorprendido es él.

-Hemos venido a través de un portal que se ha abierto en el pasillo de nuestra casa, lugar en el que estábamos jugando justo antes de venir aquí –le explico yo.

-¡Vaya! ¡Fascinante! –exclama Severus, perplejo-. Sigo sin entender cómo es posible que la máquina del tiempo sepa a dónde tiene que llevarnos.

-Sí, es como si nos leyera la mente –le digo yo.

-¿Este parque es el de tu casa? –le pregunta Leonor con amabilidad y curiosidad.

-Sí, estáis en Cokeworth, mi pueblo natal –nos aclara Severus.

-¿Por qué nos habrá traído esta vez la máquina del tiempo aquí? –se pregunta Leonor en voz alta-. Normalmente, nos manda al parque de nuestros amigos americanos, pero esta vez es la primera vez que nos ha mandado aquí.

-Pues nuestros amigos americanos también aparecieron aquí una vez, no hace mucho –nos dice Severus y esa información nos deja completamente perplejas.

-¡Caray! ¡Qué guay! –exclamo yo.

-Lo que no sabemos es cuánto tiempo durará esto de poder viajar en el tiempo –dice Leonor, llevándose una mano a la barbilla, pensativa.

-Yo creo que mientras funcione y exista la máquina del tiempo, seguirá pasando –aventuro yo.

-Por cierto, ¿de qué año sois vosotras?

-De mil novecientos noventa –respondemos Leonor y yo a la vez.

-¡Vaya! Yo soy de mil novecientos sesenta y uno –nos dice Severus pasmado-. Sois de la misma época que nuestros amigos americanos. Ellos también son de los noventa.

Lo que nos acaba de contar Severus nos deja pasmadas.

-O sea, que eres treinta años mayor que nosotras –dice Leonor acertadamente.

-Sí, pero cuando viajo a vuestro tiempo o cuando vosotros viajáis al mío, yo sigo teniendo un año, como la mayoría de vosotros –nos explica Severus, todavía pasmado.

Después de esta conversación tan interesante, jugamos al escondite, al "pillao" y a las palmas. Y en cuanto anochece, Leonor y yo regresamos a casa, y a mí todavía me sigue retumbando en la cabeza toda la información que Severus nos ha compartido hoy.