Capítulo 8

— Espera, espera, espera… Vuelve a explicármelo todo.

— ¿Pero qué demonios no has entendido? —Le preguntó Heiji a Kaito.— Este ha ido hasta Aomori, se ha puesto a investigar y a sacar un montón de datos de ningún sitio, ha dado con la casa donde vivía con Ran, resulta que vivía con Kazuha y con Aoko, quienes son enfermeras y que por alguna puñetera razón, se han llegado a conocer. Resulta que las tres están en Osaka juntitas porque les han aceptado el traslado. ¿¡Qué demonios hace falta que explique!?

— Wow. —Dijo Kaito. — Si lo pones así…

— ¿Por qué mi padre no me ha dicho nada? —Dijo pasándose las manos por el pelo. — No tiene sentido, él sabe que…

— Hattori, tu padre es amigo de su padre desde que eran críos. Si Toyama-san le ha pedido que no te cuente nada, no lo hará, es algo lógico. Le ha pedido un favor.

— ¿¡Un favor!?

— Sí, un favor.

— ¿¡Llamas "un favor" a ocultarme algo tan importante!?

— Pues lo es. Tú guardaste mi secreto, ¿no? Y eso incluía a Kazuha.

Hattori abrió la boca para decir algo, pero la cerró enseguida.

— Touché. —Dijo Kaito.

— ¿No te puedes callar nunca?

— ¿Cuántos hospitales tiene Osaka? — Preguntó el mago.

— Pues… Unos 20 sin contar pequeñas clínicas.

— Eso es mucho.

— ¿Y para qué quieres saberlo? —Preguntó a su vez Heiji. —¿No decías que nunca volverías a buscarla?

— ¿Y quién ha dicho nada de buscarla? Solo quería saber cuánto tiempo vais a pasar buscando.

— Pero serás…

— La pregunta es la siguiente: ¿hasta dónde estáis dispuestos a llegar para encontrar a dos mujeres a las que no veis desde hace 5 años?

— Otra vez va a empezar…

— ¿No sería mejor pasar página ya? Empecemos de cero los tres, sin heridas ni recuerdos que no dejan respirar. ¿Hasta cuándo vais a seguir con esta locura? Ellas ya dejaron muy claro que no quieren volver a vernos, ya no hay nada que hacer.

— Para.

— La cagamos, sí, ¿y qué? Ninguna de las tres quiso escuchar nuestras explicaciones. ¿Para qué seguir luchando? No tiene sentido.

Kaito sabía que su explicación era una bofetada de realidad para sus amigos, pero ya habían sufrido suficiente; no estaba dispuesto a seguir presenciando cómo alimentaban falsas esperanzas bajo el disfraz de "quizás esta sea mi única oportunidad".

Sin embargo, Shinichi no iba a darse por vencido. Sabía que Ran había soportado una carga que no debería haber soportado nadie y necesitaba que le escuchara. Aunque después decidiera que no quería volver a verle nunca, pero que primero escuchara lo que tenía que decir,

Heiji, en cambio, se encontraba en la mitad de ambas opiniones: sabía de sobras que Kazuha no quería saber más de él y que era muy probable que ella hubiera pasado página y no quisiera reabrir viejas heridas; pero seguía necesitándola a diario. No quería vivir sin ella y necesitaba volver a verla una vez más.

Los tres se mantuvieron en silencio procesando la conversación, aunque de maneras muy distintas.

Las chicas estaban extrañamente reflexivas. Apenas hablaban entre ellas, y eso no solía traer nada bueno.

Ran y Aoko no podían dejar de pensar en que Heiji Hattori ahora era compañero de trabajo del padre de la organizadora de eventos; ¿qué se suponía que tenían que hacer si Hattori comenzaba a investigar y descubría, no solo que Ran estaba en Tokio y que era la mujer que había visitado al detective Mouri ese día en el que se encontraron, sino que Kazuha era su compañera de piso? Parecía como si toda la estabilidad emocional en la que habían trabajado tan duro los últimos 5 años se estuviera desmoronando por momentos de tan solo saber que su futuro en Tokio dependía de que cierto detective de Osaka decidiera, o no, investigar algo que no le incumbía.

Por su parte, las razones de Kazuha para estar preocupada eran mucho más empíricas que las de sus amigas: Kudo sabía dónde había vivido Ran. De no ser por la adorable anciana, podía haber dado con ella en cuestión de días. Intentaba hablar con Aoko, pero las palabras no le salían de la garganta: ¿cómo se suponía que iba a decirle eso?

El almuerzo silencioso fue interrumpido por una llamada que asustó a todas.

— ¿Es mi teléfono? —Preguntó Ran aún con la mano en el corazón.

— Sí, creo que sí.

— Iré a ver quién es.

— ¿Ahora? ¡Estamos almorzando!

— Puede ser trabajo. —Se disculpó ella levantándose de la mesa.— Ahora vuelvo, no tardaré.

Ran abandonó la habitación para buscar su bolso.

— Siempre puede ser trabajo… —Comentó molesta Aoko.

— ¡Aoko!

La chica miró a su amiga y vio en sus ojos el verdadero terror.

— Kazuha, ¿qué te ocurre?

— Hay una cosa que tengo que contarte.

— Kazuha, no me asustes…

— ¡Kudo estuvo en nuestro antiguo piso!

Aoko sintió cómo se le cortaba la respiración en ese mismo momento.

— ¿Qué quieres decir?

Ran abrió la puerta corrediza antes de que la chica de Osaka pudiera responder.

— Era Sonoko, esta vez parece que hay otro problema con el cát… ¿Qué os pasa?

Las dos chicas no podían dejar de mirarse, estaban pálidas y Aoko había empezado a sudar de los nervios.

— ¿Qué está pasando? ¿Chicas? ¡Chicas!

— Kudo ha estado en nuestro piso.

— ¿Eh?

—Te digo que no sé nada.

— ¡Vamos, no mientas más!

Hattori había llamado a su madre en cuanto tuvo un momento a solas.

—¿Pero qué dices?

—Sé que Kazuha se ha ido a vivir a Osaka de nuevo, junto a dos chicas a las que no debería querer ver pero quiero hacerlo. Sé que tú lo sabías. Quizás Toyama-san te pidió que no me dijeras nada, pero no te prohibió darme una confirmación o negación a preguntas, ¿no? ¡Pues responde!

El policía se mantuvo en silencio.

—¡Eh! ¡Responde!

—Heiji, no sé de qué demonios estás hablando, no sé nada de Kazuha. Absolutamente nada.

—¿Pero por qué sigues mintiendo?

—¡No estoy mintiendo! ¡Qué pesado te pones!

—¡Es que mi padre debería apoyarme, ¿sabes?!

—Serás… ¡Te he apoyado toda la vida!

—¡Pues apóyame un poquito más! ¡Solo un poco!

Hattori pudo escuchar el suspiro cansado de su padre y pensó que, quizás, lo estaba presionando demasiado.

—Escucha, no sé nada de Kazuha. Puedo preguntarle si ha vuelto a Osaka a su padre, pero no me pidas más.

—Solo una cosa más. Averigua si sus compañeras de piso son Mouri Ran y Nakamori Aoko. Llámame cuando sepas algo, ¿sí?

—No te prometo nada.

—¡Cuento contigo!

Heiji salió de la habitación aparentando normalidad aunque la emoción y los nervios lo afligían considerablemente. Pasó por detrás de Kuroba, hacia la cocina, para tomar algo de beber.

—¿Ya has terminado de hablar con tu padre?

—¡Cállate!

—¿No podéis cerrar la boca? —Preguntó Shinichi molesto.

Los chicos se giraron para ver la imagen concentrada de Kudo en su caro ordenador portátil. Shinichi, aunque había rechazado abiertamente a sus padres, había recibido una suma de dinero absurda por parte de ellos para que pudiera vivir desahogadamente los años que estuviera en la academia. Además, el chico nunca había dejado su profesión de investigador privado, cuya fama le había abierto un sin fin de puertas profesionales y románticas, aunque él lo rechazaba todo sistemáticamente. Su estilo de vida había sido muy desordenado: el alcohol, las relaciones sexuales casuales y su físico habían sido sus principales refugios durante aquellos años; aunque no era preocupante, sus amigos lo conocían profundamente y sabían que los anhelos conscientes distaban mucho de ese tipo de vida egoísta y relajada.

—¿Qué estás buscando?

—Hay varias páginas web en las que aparece el nombre del personal que ejerce. Se me había ocurrido que podría buscarlas.

—¿Y?

—Nada.

—Eso es bueno, podemos descartar algunos sitios.

—¿No dices que se mudaron hace una semana? Puede que aún no las hayan incluído. —Participó Kuroba por primera vez en alguna conversación relacionada con la búsqueda de las chicas.

—Sí, eso es lo que he pensado. —Suspiró Shinichi cerrando la pantalla.

—¿Cuál es el siguiente paso?

—¡Venga ya! ¡La vida os está poniendo difícil encontrarlas! ¡Haced caso! No están en vuestros destinos.

—¿Qué es esa mierda misticista? ¿Qué será lo siguiente? ¿Las cartas astrales? ¿El horóscopo? —Se burló Hattori.

—Di lo que quieras, pero deberíais saber cuándo parar.

—Estamos muy cerca. No vamos a parar.

—No sabes aceptar las derrotas, Kudo. Eso será malo a la larga.

Durante varios días estuvieron investigando de nuevo todos los hospitales de Osaka en busca de Aoko y Kazuha, pero no pudieron encontrarlas en ninguno de ellos. Ese era el último, así que los tres chicos se arremolinaron en torno al ordenador de Shinichi, pero, de nuevo, ni rastro.

—¿Por qué no las encontramos? ¡Ah, qué mierda!

—¿Y si las estamos buscando mal?

Esa pregunta llamó la atención de Heiji y Kaito, quienes miraron a Shinichi muy intrigados.

—¿Cómo que "mal"? Se supone que las estamos buscando según las pistas que tenemos, ¿no? —Preguntó Kaito recostándose en el respaldo de la silla.

—Sí, pero las estamos buscando con sus apellidos normales. ¿Y si han cambiado sus apellidos? ¿Y si han tomado el apellido de soltera de sus madres por si nos empeñábamos en buscarlas?

—¡Eh, sí, puede ser eso!

—¡Esa ha sido una buena idea!

—¿Cuáles son los apellidos de soltera de las madres de Aoko y Kazuha? —Preguntó Shinichi esperando para teclearlos en el buscador del hospital, pero, pasados varios segundos, miró a los chicos extrañado. —¡Venga! ¡Los apellidos!

—Eeeeeh, sí. —Dijo Hattori llevándose la mano al mentón para pensar.— A ver, ¿cómo era?

—¿Eh? ¿No lo sabes?

Él negó con la cabeza.

—¿Tú tampoco?

— Ni idea, y no sé ni cómo descubrirlo

El sonido del móvil de Hattori captó la atención de los tres policías.

—Es mi padre, quizás nos dé alguna pista.

—Venga, habla con él.

—Hattori. —Contestó descolgando el teléfono.

—Heiji, Kazuha no está en Osaka.

—¿Cómo?

La cara de absoluta incredulidad hizo que sus amigos se acercaran al teléfono para escuchar la conversación más fácilmente.

—Pues no hay mucho que decir, la verdad. Hablé con Toyama y le pregunté si Kazuha se había mudado de Aomori a otro lugar y me respondió que sí. Le dije que me alegraba de que finalmente volviera a Osaka y me dijo que no, que no tenía previsto volver todavía.

—¡La vieja te mintió! —Exclamó Kuroba con sorpresa mirando directamente al de Tokio.

—¡Espera, espera, papá! Tengo dos preguntas importantes: la primera es, si Kazuha no vuelve a Osaka, ¿a dónde se muda?

La pregunta era corta, lógica y concisa. Heizo se tomó unos segundos para pensar si debía responderle o no, tiempo que fue una auténtica tortura para los chicos.

—Oye, creo que deberías centrarte en otras cosas. Ahora tienes un trabajo importante, cuídalo, resuelve los casos. Olvídate de Kazuha y sigue con tu vida, Heiji, es lo mejor.

Los tres se quedaron perplejos, pero Kaito fue el primero en reaccionar y se apartó del teléfono enseguida.

—¡Eh! —Lo llamó Shinichi.— ¿A dónde vas?

—Lo peor de todo es que tiene razón. Y lo sabéis.

Dejó la habitación intentando aparentar normalidad, pero profundamente herido por la realidad de la situación. Shinichi miró a Heiji y le pidió que continuara la conversación.

—Papá, déjate de rodeos. ¡Habla!

—Tokio.

Los dos se miraron con una mezcla de emoción, terror y desconcierto.

—¿Qué quieres decir?

—Kazuha está en Tokio.

—Quedan 16 días para mi boda. —Sentenció Sonoko nerviosa.

—Está todo listo. Saldrá bien, ya lo verás.

—¿Cómo llevas el cambio de apellido? —Le preguntó Kazuha.

—Pues yo no voy a cambiarlo. Makoto adoptará el apellido de mi familia porque será el presidente de una de las empresas familiares y es más sencillo así.

—¿Estás nerviosa por contraer matrimonio? —Preguntó Aoko entrando en la habitación con una tetera repleta de té y cuatro tazas a juego.

—¡Mucho! —Las amigas se rieron al ver la cara de la heredera Suzuki enrojecerse como si volviera a ser adolescente.

—No tienes de qué preocuparte. Será una ceremonia maravillosa. —La animó Ran.

—Por cierto, Ran, ¿cómo es organizar la boda de tu mejor amiga?

—Ha sido un reto. Todas las bodas lo son porque las novias tienen ideas sueltas, muchas de ellas muy difíciles de integrar en un escenario único. Sonoko ha sido paciente y comprensiva, no muchas novias lo son, pero yo me esforzaba porque quería que fuera la mejor boda de todos los tiempos, ¡Todo absolutamente perfecto!

—Gracias por tu trabajo, Ran.

—¡No, no! Desde que empecé a formarme supe que quería ser parte de este proyecto. Y, no voy a mentir, es una de las bodas más sonadas de Japón. Habrá prensa cubriendo la noticia y, si sale todo bien, podré acceder a nuevas oportunidades laborales.

—¡Me alegro por ti! —Exclamó Kazuha.

—¡Sí, tú te lo mereces!

—Gracias, chicas. Es muy importante para mí contar con vuestro apoyo.

—¡Ooooh! —Dijo Sonoko abrazando a su amiga con lágrimas en los ojos. —¡Todo esto de la boda me está poniendo muy sensible!

—¡Abrazo de grupo!

Al instante, Kazuha y Aoko abrazaron a Ran, quien sintió que, por primera vez en años, había encontrado su sitio.

Heiji llamó a la puerta de la habitación de Kaito y la abrió sin esperar a que él contestara. Lo halló tumbado en la cama, sin inmutarse ni siquiera cuando vio que el moreno ingresaba.

—Aoko está en Tokio.

Ninguna reacción.

—La chica rubia que vimos en el trabajo era, casi seguro, Ran.

—¿Se lo has dicho a Kudo?

—No, quería hablarlo primero contigo.

—¿Por qué?

Hattori se acercó a la cama y se sentó en ella, apoyando los brazos sobre sus rodillas.

—Oye, creo que tu situación y la mía son más diferentes que la tuya y la de Kudo; solo enfrentáis las cosas de formas diferentes, eso es todo.

—Me estoy cansando ya de todo esto, Hattori.

Él lo miró fijamente, pero Kaito no estaba dispuesto a cambiar su cara de póker.

—Estoy muy cansado. No hay día que no piense que debería haber hecho las cosas de forma diferente. No me malinterpretes, me gusta mi vida, creo que soy muy afortunado. Y, en Tokio o en Aomori, deseo de corazón que Aoko sea feliz, que encuentre un buen hombre con el que asentarse, que tenga hijos y nunca le falte nada. Sin embargo, aunque sé que eso es lo que deseo, en el fondo, me arrepiento de haberla dejado alejarse de mí.

—Kuroba-kun…

—No os he dicho la verdad. Aoko sí supo de mi identidad como Kid.

A Hattori le sorprendió escuchar eso. ¿Por qué les había mentido en una cosa tan tonta y durante tantísimo tiempo?

—Fue unos días antes de la noche en la que me dispararon. Aoko entró en casa y yo no oculté la habitación secreta de las cosas de Kid porque aún estaba ahí dentro. Tuvimos una pelea enorme; nos gritamos mucho y nos dijimos cosas que no debíamos el uno al otro. Ella me suplicó que me quitara el traje de Kid. Me rogó que no lo hiciera nunca más. Y yo no la escuché. Pensaba que tenía la joya que me llevaría hasta los asesinos de mis padres. ¡Esa vez era diferente! Lo último que supe de ella es que estaba en tratamiento psiquiátrico. La busqué desesperadamente hasta que pude encontrarla. En Aomori, hace tres años. Yo estaba al borde del colapso, Le pedí que me dejara explicarme, pero ella se limitó a decir que ya era agua pasada, que nuestra relación no tenía arreglo y que debíamos olvidar que nos habíamos conocido. La besé. Varias veces. Luego ella me pidió que me fuera y que hiciéramos como que eso nunca había ocurrido, que sería nuestra despedida. Y yo… —Hattori escuchó cómo Kaito tragaba saliva.— Yo volví a casa Tokio, robé un bote de pastillas sedantes. Aproveché que estaba solo, llené la bañera, me tragué un puñado de pastillas y… Bueno, el resto ya lo sabes. No intenté suicidarme por Aoko; ella no hubiese querido eso. Lo hice porque no podía más. La terapia me ha servido mucho, pero toda esta situación… No hay un día que no piense que debería haberlo hecho. No tendría que sufrir este vacío que no llena ninguna otra mujer a la que conozco.

El de Osaka se acercó a él y, por primera vez, lo abrazó con fuerza, como si quiera aliviar todas sus penas con ese abrazo tan poco habitual en él.

—Debería llamar a mi psicólogo, ¿no? —Rió.

De pronto, alguien llamó a la puerta. Hattori se levantó de la cama de su amigo y se sentó en la silla que había en la habitación. Kaito se tomó un momento para recomponerse.

—¿Qué pasa?

Shinichi abrió la puerta despacio, con un semblante muy serio, algo que preocupó al instante a sus amigos.

—Kudo, ¿qué pasa?

—Ha llamado Jodie. Gin ha escapado de la prisión de máxima seguridad y temen que haya puesto rumbo a Japón. Tenemos que avisar a todo el mundo.