—¿Ran? ¿Estás despierta?
La voz aguda, pausada y familiar de Kazuha la despertó del profundo sueño en el que se había sumido sin ni siquiera saberlo. Al instante, un agudo dolor en el abdomen y la sensación de que algo muy pesado estaba sobre su pecho la devolvió a la realidad: estaba en una habitación blanca, sin decoración ni demasiada luz; olía a desinfectante, pero no era el característico olor a hospital que tantas veces había tenido que enfrentar. No estaba en el hospital, pero tenía una vía intravenosa y una máscara de oxígeno. Enfocó sus ojos en la bolsa de sangre y no pudo evitar sentir como si el corazón le explotara al ver allí a Shinichi, en una esquina. Estaba claro que la sangre que había en la bolsa era de él. La ira la invadió y se llevó la mano a la vía para arrancársela, pero una mano la detuvo.
—Por favor, no lo hagas. —El tacto de su mano era familiar, pero nunca antes había visto una cara como la suya.
Ran intentó hablar; intentó preguntar qué había pasado; dónde estaba Aoko; dónde estaba ella, pero solo consiguió que su corazón se disparara y que el monitor cardíaco emitiera una señal acústica, alertando a Kazuha, quien corrió a traer más medicación. Shinichi intentó acercarse, pero Hattori lo cogió del brazo y negó con la cabeza. Aquello quizás solo sirviera para alterarla aún más.
—Shhh… Tranquila… —Le susurró Kaito acariciándole la cara, perdido completamente en el parecido de la chica con la de su ex mejor amiga. —Estás a salvo aquí. No pasa nada.
Los párpados de la chica se hacían más y más pesados y terminó por sumirse nuevamente en el mundo en el que el dolor no existía y que aquella pesadilla que siempre volvía se aparcaba indefinidamente.
—Esto es una locura. —Dijo Aoko, que observaba la escena desde la esquina más alejada de la habitación. —¿Por qué os empeñáis siempre en hacerlo todo tan complicado?
—Lo único que queremos es velar por vuestra seguridad. —Contestó Hattori sin poder evitar mirar a Kazuha, quien evitaba mirarle desde el encuentro "romántico" que tuvieron en el hospital.
—¡Oh, vaya, protegernos! —Exclamó la chica con exacerbada ironía. —¿Y no pensasteis en eso antes de mentirnos? ¿Más de un año?
—Aoko… —Kaito sentía verdaderas puñaladas en el corazón al saber que ella realmente sentía todo aquello.
—¿Sabéis qué es lo que creo? Que sois una panda de inmaduros, egoístas y cobardes que no se atrevieron a enfrentar problemas y que prefirieron hacer sufrir a personas que querían en lugar de decir a la cara lo que pasaba.
—¿Y tú qué sabes, eh? —Kaito estaba ya harto de que ella, precisamente ella, a quien intentó proteger con su cuerpo y con su alma, fuera la que tuviera tanto que recriminarle. —¿Has estado alguna vez en una situación en la que tu vida y la de todos los que te rodean estuvieran pendientes de una sola cosa que hicieras mal? ¡Por supuesto que no, porque, Aoko, tú nunca has tenido un puto problema que tu padre o yo te solucionáramos!
—¿Que tú me has solucionado problemas? —No daba crédito a lo que estaba oyendo. ¿Cómo podía tener la poca vergüenza de intentar reprenderla por cosas del pasado? —Tú me has causado uno de los problemas más grandes de toda mi vida.
—¿Uno de los problemas más grandes? —Dijo sin poder contener la risa. —Entonces déjame decirte que no has tenido problemas. Ni siquiera problemas pequeños. Echa la vista atrás un momento. En todos tus mejores y peores momentos he estado contigo. Siempre.
—Precisamente…
—Chicos, —Shinichi no tuvo más remedio que cortar la conversación en ese punto— está claro que no os vais a poder poner de acuerdo, y, de verdad, tenéis que tener esta conversación, pero en privado.
Ellos decidieron que callarse era la mejor opción que podían manejar en ese momento, cosa que Kudo agradeció. La situación era muy delicada y todo pendía de un hilo.
Habían tenido la suerte de que estaban en la entrada de un hospital, que la munición no había afectado a los órganos y que Kuroba había comenzado a reanimarla enseguida. Todos habían actuado muy rápido y habían conseguido salvarle la vida. Evidentemente, a Ran no le iba a pasar nada estando él cerca, pero la actuación rápida y el cuidado que los tres habían tenido con ella había servido para, de alguna manera, calmar a Aoko, la más reticente de las dos en permitir que alguno de ellos se acercara a su amiga.
Ran estaba tendida en el suelo, cubierta de sangre. Kaito intentaba taponar la sangre como podía. Tuvo que gritarle al detective de Tokio para que reaccionara, pues él parecía completamente en shock, incapaz de reaccionar.
—¡RAN!
La voz de Aoko hizo que Shinichi reaccionara y echó a correr hacia ella para mirar qué era lo que había pasado y hasta qué punto estaba herida, sintiendo, por primera vez desde hacía muchos años, lágrimas a punto de salir.
—¡RAN! —La desesperación en la voz de Aoko hizo que ambos de asustaron incluso más. Si una enfermera reaccionaba de esa manera, era un símbolo de que era muy grave. —¡APÁRTATE! ¡APARTAOS LOS DOS!
Aoko apartó a Kaito de un empujón violento al recién estrenado detective, aunque él no se lo tuvo en cuenta y se centró en controlar a su amigo, que estaba a punto de empezar una pelea con la enfermera.
—Kudo, déjala hacer su trabajo.
—¿Qué? ¡Tú también vas a decirme…!
—¡RAN!
Una segunda voz aterrorizada que se aproximaba a máxima velocidad interrumpió la frase de Shinichi. Era Kazuha, por lo tanto, la enfermera detrás de la que iba Heiji era, en efecto, ella. Kaito se giró en busca del de Osaka, y se lo encontró a unos metros, con la cara descompuesta por el susto.
Las dos chicas pidieron a gritos ayuda al personal, quien se volcó en ayudar a sus dos nuevas compañeras, aunque les impidieron tratarla. No podrían estar como enfermeras en el quirófano cuando la operaran para extraerle las balas. En todo momento, los tres policías facilitaron el traslado y la seguridad de la chica.
Aoko y Kazuha habían escuchado un resumen rápido de lo que había pasado, y sabían que Kudo había conseguido trasladar a Ran a un apartamento propiedad del gobierno y controlado por la policía secreta para que la chica estuviera protegida.
Habían pasado dos días desde que la operación había ocurrido con éxito, pero las dosis altas de los medicamentos hacían que Ran estuviese dormida todo el tiempo, despertándose por primera vez esa mañana. Todos estaban preocupados por ella, pero había algo que preocupaba especialmente a Kazuha: el señor Mouri. Sabía que montaría en cólera cuando supiera lo que había pasado, y que, probablemente, exigiría presentarse ante el culpable. De nuevo, otra pelea. Lo que menos necesitaba ella.
—Hola.
La voz profunda de Hattori la sorprendió. Llevaba días sin poder dormir ni comer, solo centrada en cuidar a Ran, y no había podido hablar con él a solas, pese a que él estaba buscándola.
—Hola.
—¿Cómo estás?
—¿Cómo estoy yo? —Rió por primera vez mientras observaba cómo se acercaba para sentarse a su lado, aún con semblante serio.
—Sí, sé que han sido unos días muy duros.
—La situación lo requería.
—Sí… —Ambos dudaban en si sacar el tema los beneficiaría o los perjudicaría, pese a que era una conversación que tenían pendiente. —Conque enfermera, ¿eh?
—Síp. —Dijo ella abriendo una botella de zumo de naranja. —Enfermera.
—Wow…
—¿Qué pasa?
—Nunca pensé que serías enfermera. Siempre pensé que te dedicarías a algo relacionado con los niños porque siempre te han gustado mucho.
—Bueno, de hecho, soy enfermera pediátrica. En Aomori estuve en la sección de maternidad.
—¿Ves? —Rió él, sabiendo que, pese a los años, Kazuha seguía siendo Kazuha. —Y… ¿Cómo es que no has tenido hijos? —Preguntó nervioso por la respuesta.
—No he encontrado a la persona adecuada, supongo.
—Ya. —Dijo con excesivo alivio, haciendo que la chica sonriera. —¿Qué pasa?
—Pareces contento.
—¿Eh? ¡No, no! —Intentó exculparse, pero se dio cuenta de que estaba volviendo a actuar como si fuera un crío y decidió que debería mostrarle una etapa más madura, más real. —Bueno… Me alegro de que no haya nadie en ese aspecto. Eso me da fuerzas para intentar que retomemos el contacto, aunque, esta vez, no como "amigos de la infancia".
A ella le sorprendió escuchar eso de él y, pese a que estaba feliz como no había estado en años, había un problema enorme que se interponía entre ellos.
—¿Tú qué opinas?
—¿Sobre qué exactamente?
—¿Crees que…? —Comenzó, aunque tuvo que hacer una pausa para tragar y para tomar aire. Kazuha notó que le temblaban las manos. Verlo tan vulnerable fue lo único que necesitó para sus sentimientos por él volvieran a obnubilarla.
—Heiji, hay algo que…
—Kazuha. —La voz temblorosa de Aoko hizo que la pareja se callara, pero sin dejar de mirarse a los ojos, como pidiéndose perdón el uno al otro e intentando comprenderse al mismo tiempo. —¿Puedes venir?
—Sí, claro que sí.
Hattori tragó saliva al ver que, con un pequeño gesto que no supo cómo interpretar, Kazuha se apartaba de él sin darle ni una sola explicación más, tan solo susurrando un "lo siento", que aún lo dejó con más dudas.
Kudo, por su parte, había escuchado la conversación por casualidad, pero no había querido moverse por no interrumpirla, aunque, sintiéndolo en el alma por su amigo, él ya sabía el secreto que ella quería confesarle. Y no le iba a gustar ni un poquito.
—¿Qué pasa?
—Es Ran. Se ha despertado.
—Oh, genial, eso es maravilloso.
—No… Dice que se va.
—¿Qué? ¿Que se va? ¿A dónde?
—No lo sé, pero no atiende a razones. Apenas puede andar, sigue con medicación y…
—¿Y…?
Aoko suspiró y se sentó cansada en el sillón. Todo aquello estaba siendo una tortura y ni siquiera sabian qué era lo que estaba pasando, aunque ella, al examinar a Ran, había descubierto algo que la escandalizó.
—Y tiene las costillas destrozadas. Es imposible que pueda irse.
—¿Y qué hacemos?
—Yo hablaré con ella. —Kaito había llegado en el momento indicado, sabiendo que, de los tres agentes, él era el único al que no conocía ella personalmente; si Ran aceptaba hablar con alguien, esa persona iba a ser él a la fuerza.
—¿Tú? ¿Y por qué crees que querría hablar conmigo?
—Pues porque tú no has podido convencerla de que quedarse aquí es lo mejor que puede hacer.
—¡Já! ¿Lo mejor que puede hacer? ¡Ahora resulta que la persona que le provocó tanto daño es la mejor opción para protegerla! ¡Qué ironía! Escucha, Ran es fuerte. No te necesita.
Con esa última frase, Aoko confirmó lo que Kaito y Kazuha estaban sospechando. Aoko no hablaba de Ran, hablaba de ella, era evidente. Kazuha hizo el amago de irse, pero su amiga le cogió del brazo; no podría soportar quedarse sola con él. El mago observaba la escena con tristeza, aunque esforzándose en que no se notara.
—Quizás te parezca una locura, pero, sí, creo que ella no va a estar más protegida que con él. —Le dijo intentando reconducir la conversación y apartar el foco de su persona.
—Permíteme que lo dude.
—Son hechos, no es nada subjetivo. Sabes que él daría su propia vida por ella, y lo haría de corazón.
—Esa frase me suena mucho.
Él miró hacia otro lado y resopló. La última vez que la había visto había sido completamente diferente: había cariño por su parte, incluso disposición a arreglar las cosas. ¿Por qué estaba actuando de esa manera? Kaito no lo entendía.
—Oye, han pasado 5 años.
—Lo sé y aún así, has vuelto demasiado pronto.
—Déjame que hable con ella.
—Es que no quiero que la convenzas. —Le dijo, casi a punto de llorar. De nuevo, él sabía que no estaban hablando de Ran. —No quiero que vuelva a creer tus mentiras, Kaito.
—No son mentiras, lo sabrías si me hubieras dado… —Se paró en seco al ver que, finalmente, se estaban filtrando sus verdaderos sentimientos a la conversación. —Escucha…
—Creo que me debes una explicación, Kaito.
—¿Por qué eres tan contradictoria?
—¡Porque aún no lo entiendo! —Gritó Aoko, esta vez echándose a llorar, cosa que le rompió el corazón al mago, quien estaba comenzando a dudar si de verdad el "no merece la pena intentarlo", comenzara a perder el poco sentido que había logrado darle.
—Aoko…
—No entiendo cómo pudiste mentirme en algo tan importante.
—Oye, yo no… No quería…
—¿Por qué lo hiciste? Pensé que éramos amigos.
—Aoko, yo…
—¿Por qué?
Kaito estaba empezando a sentir que le costaba respirar y le resultaba absurdo comenzar otra pelea con Aoko; ni tenía sentido, ni quería hacerlo; ella tenía su vida, y él tenía la suya. Estaba claro que no quería su protección y él estaba de acuerdo. Había vivido con su rechazo 5 largos años y podía seguir sobrellevándolo un poco más, o mucho más, el tiempo que fuera necesario.
—Disculpadme.
Salió de la habitación sin poder enfrentarse por más tiempo a las preguntas de la chica, ahora más voraces y directas que cuando eran unos adolescentes. Aoko era una mujer, ¿y él? ¿Qué era él? ¿Solo era un cobarde que se escondía tras una careta? Se dejó caer sobre la puerta y se agarró la camiseta, como si el dolor emocional fuera solo físico.
—¿Kuroba? ¿Qué pasa? —Preguntó Shinichi acercándose lo más rápido que pudo.
—N-no puedo. —Contestó entre una respiración y la siguiente. —No puedo hacer esto, es demasiado.
—¿No puedes hacer qué? —Preguntó Heiji preocupado por su estado.
—Aoko. No, no puedo.
—¿Aoko? —Preguntó el de Tokio mirando al de Osaka, quien no le había informado de la visita a Aomori.
—No tienes que enfrentarla ahora.
—No, no puedo hacerlo.
—Escucha, yo hablaré con ella, ¿vale? La protegeré como si fuera Kazuha. Tómate el tiempo que necesites.
—No. No vamos a hacer eso. —Dijo Shinichi con una sonrisa confiada. —Vamos a matar dos pájaros de un tiro.
Los chicos se miraron sin saber muy bien qué era lo que tenía en mente el de Tokio, aunque, cuando se lo contó supieron que solo podía salir o muy bien o muy mal. Decidieron que Heiji sería el encargado de hablar y tranquilizar a Aoko y a Kazuha, mientras que Kaito entraría en la habitación de Ran para calmarla. Shinichi se dedicaría a hacer una gestión importante.
Kaito entró en la habitación y vio una Ran que luchaba por mantenerse de pie, aunque sus debilitadas extremidades cedieron a su peso; él fue rápido y consiguió sostenerla antes de que se desplomara.
—Deberías volver a la cama.
—¿Y tú eres?
—Kaito Kuroba, soy detective de la unidad de homicidios…
—No, no, para. —Le dijo sabiendo que todo eso significaba que iba a estar del lado de Shinichi. —No quiero escuchar nada más. Puedes irte.
—No tienes mucha autoridad cuando ni siquiera puedes mantenerte en pie, ¿sabes? —Le dijo con una sonrisa burlona que no le gustó nada a la chica, pero tenía razón. —Déjame ayudarte, anda.
Con esfuerzo e intentando evitar que ella tuviera más dolor, Kaito la llevó a la cama y la tumbó, haciendo que sus caras estuvieran muy cerca. Entonces, ella notó algo, no supo muy bien, algo había en su forma de mirar, o en olor, que le recordó a otra persona.
—¿Nos conocemos de antes?
—¿Eh? N-no, creo que es la primera vez que nos vemos.
—¿Estás seguro?
—Seguro, seguro; lo que pasa es que tengo una cara muy común.
Ran se quedó en silencio, observándolo sin estar convencida de lo que decía, algo que le extrañó a Kaito. ¿De verdad Aoko había guardado el secreto de la identidad real de KID incluso con sus amigas más cercanas? ¿Por qué?
—Más importante. —Dijo apartándose de ella para poder reanudar la conversación. —He venido a hablar contigo.
—Oye, sé de qué va esto, ¿vale? Puedes ahorrártelo. No voy a quedarme aquí con él. No me importa lo mucho que diga que es el único que puede protegerme y cosas así; no quiero saber nada de mentirosos.
—Pero no has dicho ninguna mentira. Indudablemente, es quien mejor puede protegerte; está dispuesto a dar su vida por la tuya.
—Pues que la dé por otra, no se lo he pedido.
—¿Quieres morir a manos de la Organización? ¡Ah, no, se me olvidaba! ¡Fuiste la campeona nacional de kárate dos años seguidos!
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Me lo han contado tus amigas. Y si crees que con un poco de kárate te vas a saltar…
—Ya no hago kárate.
Kaito no pudo reaccionar a eso de forma instantánea. Recordaba perfectamente que esa chica adoraba ese deporte, y se le daba muy bien. Quiso preguntarle el motivo, pero una mueca de rabia y tristeza mal reprimida le dejó saber que no era una buena idea.
—Escucha…
—¡No vas a hacer que me quede con él por mucho que sea por mi protección! No quiero, y no hay más que hablar.
—¿Y si me encargo yo de ti?
Esa pregunta le había sentado muy mal a Ran. Vale, ellos no se conocían ni se habían visto nunca, a pesar de que ella no opinaba lo mismo, pero tenía la suficiente empatía como para saber que Aoko no querría esa situación tampoco.
—Olvídalo. No quiero protección de nadie.
—¡Vamos, sé razonable!
—¡He dicho que no y es que no!
—Vale, muy bien. —Le dijo, sacando de su bolsillo unas esposas y uniendo las manos de la karateka delante de su pecho.
—¿Qué haces? ¡Esto es completamente ilegal!
—Elige: o te quedas con nosotros en un piso seguro, o te mando a una cárcel de máxima seguridad. Aún no sé de qué voy a acusarte, pero te aseguro que no te conviene retarme.
—¡Serás imbécil!
—Veo que necesitas un tiempo para meditarlo. —Dijo empujándola suavemente para que se recostara sobre la cama. —Vendré a verte en un par de horas, ¿vale? Ya me das tu respuesta.
—¡Serás…!
—Descansa.
Kaito salió de la habitación anunciando su victoria, haciendo que Kazuha y Aoko se sorprendieran mucho. ¿Qué podía haberle dicho para convencerla tan rápido?
