N/A: Spoilers de aquí en adelante


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Capítulo 10

Anhelo e indiferencia

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Como cada mañana, esperó afuera del establecimiento de Kioto. Ya se había hecho amigo-o eso creía-de las aves que le acompañaban en las ramas de los árboles que rodeaban el colegio. Les había puesto nombres, pero siempre las confundía. Se apoyó en el tronco y miró atento hacia abajo. Desde la distancia no lograba ver en detalle lo que ocurría, pero si podría distinguirla si transitaba por ahí. Miró la hora en su móvil, iba tarde a la primera clase con sus estudiantes, pero decidió esperar unos minutos más. Ya no solía retrasarse 7-8 minutos como de costumbre, a veces tardaba 15 o 30, el director ya lo había regañado, pero le había restado importancia.

Cuando ya pasó media hora y ella no salió del colegio, decidió que era momento de irse. Usó sus encantamientos con un semblante aburrido, ya acostumbrado a abusar de su poder para fines egoístas. Y en menos de un minuto se trasladó al colegio de Tokio.

Algo cabizbajo, caminó por los pasillos, pensando si era buena opción ir a darse una vuelta por la tarde a su edificio.

Esa era su rutina en los últimos 4 años y medio desde que tomó distancia de ella. Si tenía tiempo-casi siempre se hacía el tiempo-, la iba a ver todos los días, ya fuera al colegio o a su departamento. Siempre manteniendo la distancia suficiente para que ella no lo notara, y cumpliera con su petición. Ella no quería volver a verlo, él respetaba eso, aunque no le gustaba, lo tenía que soportar.

Era difícil verla de lejos, pero era mejor a no hacerlo. Intentó las primeras semanas cumplir con su decisión al pie de la letra, pero la desesperación por saber si estaba bien pudo más. Le inquietó un poco al principio, verla andar tranquila sin señales de tristeza porque él no lo estaba pasando bien. No es que quisiera que sufriera por él, tal vez una parte suya sí lo deseaba, la egoísta que buscaba constantemente ser su centro de atención, pero rápido se calmaba y confirmaba que había tomado la decisión correcta.

Ella parecía estar bien. Y todos esos años siguió pensándolo, ella era joven. Naturalmente se recuperaría rápido del quiebre. Pero no pasaba igual para él. Trataba a menudo de distraerse con las misiones, con sus estudiantes, los invitaba a compartir y casi siempre resultaba si era a comer, pero cuando organizaba otro tipo de eventos como un camping, nadie le acompañaba. Y cuando estaba solo, rodeado de naturaleza mientras asaba un malvavisco o en su habitación viendo el techo, sobre pensaba en ella y lo que había dejado ir.

A menudo se cuestionaba si había tomado la decisión correcta. Para ella parecía funcionar, pero él no lo estaba pasando nada de bien a pesar de todo el tiempo que había pasado. Solía imaginar su vida sin haber ido esa tarde a Kioto; seguirían conversando por mensajes seguramente… tal vez ella lo habría convencido y su relación se hubiera consolidado. Y todos esos años los habrían vivido juntos, siendo parte de la vida del otro. Platicándose de su día a día, comiendo juntos, durmiendo sintiendo el calor del otro. Cogiendo ¡como extrañaba su cuerpo! La anhelaba en sueños, repitiendo momentos que vivieron que lo torturaban tanto a la mañana siguiente, pero podía aliviar un poco ese deseo como ya se había acostumbrado. Sin embargo, extrañar su sonrisa y voz era imposible de mitigar. A veces se preguntaba si había olvidado como se oía su timbre delicado, o su olor, y la respuesta le angustiaba.

No sabía si estaba viviendo-o sobreviviendo-a base de recuerdos y masturbaciones matutinas, de verla a hurtadillas a la distancia, pero le ayudaba a soportarlo un poco más. A no rendirse y mantener su determinación de esperarla. Ella ya tenía 23 años, faltaban unos meses para que cumpliera 24, podía aguantar un poco más. Pero... ¿y ella? ¿Qué pensaba ella?

Se inquietaba de solo imaginarlo. Kasumi no se había tomado bien su decisión, no sabía qué postura tenía ahora ¿ya se le habría pasado el enojo? Esperaba que sí, después de tanto tiempo no creía que su dulce Kasumi le guardara rencor. Ella no era así. Pero si notaba lo determinada que estaba de no encontrárselo.

Habían vivido al menos 5 misiones de emergencia a nivel local y en ninguna ella se presentó. En los intercambios, dejó de asistir con Utahime y no se atrevía a preguntar por ella. Sabía que a veces se reunía con Yuji y los demás, pero se enteraba al día siguiente o a la semana, nunca alcanzaba a aparecer de "casualidad" para poder verla de cerca.

Estaba cansado de verla a la distancia, solo ver su pelo sacudirse y nada más. Lo había dejado crecer, le llegaba quizás a la altura del trasero, no lograba verlo con claridad, ya no usaba su uniforme, pero tampoco podía apreciarlo desde los árboles, pero suponía que se le veía bien.

Se presentó animado al aula de clases, dejando su actitud de amante sufrido para cuando estuviera solo. Ignoró los reclamos de los estudiantes por su demora y en cambio, los llevó al patio para una jornada de entrenamiento.

Fue a la hora de almuerzo que se separó de ellos y fue al salón de profesores, dónde estaba Kusakabe comiendo mientras miraba su móvil.

—Hey… —le saludó incómodo y el hechicero de primer grado solo alzó ambas cejas en su dirección.

Satoru contuvo el suspiro y miró a su alrededor, pensando si quedarse o salir a comer. Optó por lo segundo, simuló beber agua y salió de la habitación. Estar cerca de su colega le recordaba que el hechicero experto en la espada era cercano a su Kasumi, a menudo debía lidiar con las ganas de preguntar por ella.

Le pidió a Ijichi que lo llevara a un local de fideos cerca del colegio, de paso, lo invitó a comer. El asistente se mostró agradecido, pero también algo incómodo. No sabía si era por compartir con él, o algo más.

—Come, come —insistió viendo el plato con abundantes fideos—estás muy delgado.

—Gra-gracias, Gojo-san —susurró nervioso— ¿A… a qué se debe…?

— ¿Uh? —murmuró con la boca llena. Mascó rápido y miró al asistente que conocía hace tanto tiempo—si no querías venir, debiste decirlo.

—No es como si me hubieras escuchado… —susurró bajito y Satoru le frunció el ceño, no usaba su venda por lo que el asistente lo notó, pero no dijo nada. Continuó comiendo, revolviendo sus fideos y buscando los trozos de carne en el plato. — ¿Le pasa algo? —se atrevió a preguntar.

— ¿Cómo qué? —respondió y la imagen de Kasumi sonriendo se cruzó por su mente apenas habló. Tragó incómodo y bebió un sorbo de su jugo.

—Uhm no nada —negó sonriendo y tomó los palillos— ¿Ha visto a los muchachos hoy? —Satoru no necesitaba preguntar a quiénes se refería, era como un acuerdo implícito que se trataba de Yuji y los demás. El trío se había ganado el respeto y afecto de los asistentes y colegas del colegio de Tokio e incluso en Kioto, eran hechiceros fuertes de primer grado y confiables.

—No ¿pasó algo? —preguntó alzando una ceja.

—Ah… no nada grave —rio nervioso—Kugisaki ha tenido problemas con una misión, les pidió ayuda a los muchachos… Incluso a Maki-san—Satoru frunció el ceño y miró su móvil.

— ¿Cuándo pasó? No me han preguntado nada —se quejó receloso.

—Lleva varios días… no ha podido exorcizar la maldición —murmuró preocupado—están pensando en subir la misión a grado especial, quizás ahí le cuenten algo.

Kugisaki nunca recurría a él, a diferencia de Yuji o Yuta, incluso Megumi a regañadientes le pedía ayuda o consejos. Suspiró cansado y comió el resto de su almuerzo. Esperó que Ijichi terminara y pidió postre para ambos y luego un té a pesar de las protestas el asistente, que repetía una y otra vez que ya deberían estar en el colegio.

Cuando llegaron al establecimiento, Ijichi fue a reportarse de inmediato con el director, él por su parte fue al salón de profesores nuevamente, esperando encontrar el sillón rojo desocupado para estirarse unos minutos. Hizo una mueca cuando vio a Kusakabe sentado en medio con las piernas bien abiertas-similar a como él mismo se sentaba muchas veces, pero que reprochó indignado en su colega-, viendo unos documentos sobre la mesa de centro.

— ¿No tienes clases? —preguntó sin borrar su mueca, acercándose a ver qué hacía.

—Sí —dijo sin mirarlo—pero las chicas me pidieron ayuda con algo…

— ¿Las chicas? —frunció el ceño y se levantó la venda— ¿Maki y Kugisaki?

—Se —dijo y suspiró. Satoru frunció el ceño y estiró el cuello para ver lo que leía. Parecía ser un expediente.

— ¿De qué trata? —preguntó sentándose en frente del mesón, del otro lado. Su colega iba a responder, cuando entraron ambas hechiceras junto a Megumi y Yuji. —Hey… —saludó sonriendo.

—Acá está tu café expreso, ahora dime ¿A qué crees que se deba? —preguntó Nobara en tono golpeado, dejando el vaso en frente del hechicero.

— ¿Tiene azúcar? —cuestionó viéndolo de mala gana.

— ¡No tenemos todo el tiempo del mundo! —exclamó Maki.

Satoru alzó una ceja y tomó el expediente principal, lo ojeó rápidamente y frunció el ceño. Era una maldición problemática, tenía un índice de mortalidad del 100%. Aparecía en un viejo hotel abandonado en el sector de Shinjuku. Habían ido en varias ocasiones y aunque levantaban ventanas, no salía. Quizás por eso la querían subir a grado especial, pensó. Miró de soslayo a sus antiguas estudiantes, parecían más malhumoradas que de costumbre.

— ¿Han intentado ir solas? —preguntó Kusakabe, rascándose la oreja derecha.

— ¡Por supuesto! —exclamó Nobara, frunciéndole el ceño— ¿leíste el reporte? —preguntó cruzándose de brazos.

—Lo hemos intentado todo —habló Yuji—han ido solas, las hemos acompañado… y nada.

—Todas son mujeres… —susurró Satoru viendo la lista de víctimas, 17 mujeres jóvenes. Miró rápido la causa de muerte y frunció el ceño, en todas se repetía un hecho inquietante—pero ¿qué…?

—Sí —asintió Kusakabe—es primera vez que reportan una maldición que abusa sexualmente a sus víctimas y luego las asesina —suspiró—al menos que yo sepa…

—Uhm… ha habido casos de maldiciones que atormentan emocionalmente a sus víctimas que han llegado a pensar que suceden estas… cosas, pero no a este nivel —murmuró inquieto.

—Pensamos que yendo solo nosotras, saldría —habló Nobara—pero no hay caso… le pedí a Maki-san que fuera, no tiene energía maldita como para sentirse amenazado, pero ni así Salió. Aun con las barreras, no sale.

Kusakabe miró la lista de víctimas, las edades, las fotos y frunció el ceño. Bebió un sorbo de café y continuó estudiándolas.

— ¿Fuiste armada? —preguntó Satoru a Maki, ella asintió—seguramente percibió la energía de tu arma.

— ¿Fuiste con el pelo suelo? —preguntó Kusakabe, llamando la atención del grupo que había rodeado la mesa de centro—no me miren así… mira —dijo levantando las hojas—todas tienen el cabello suelto, intenten vestirse como las víctimas.

—Uhm… es una idea absurda —se quejó Kugisaki—pero lo intentaremos.

Satoru los vio salir del salón y miró la ficha de una de las víctimas. Suspiró, y dejó los archivos sobre la mesa. Se puso de pie y fue al salón con sus estudiantes.

Luego de dos horas, les dio un pequeño descanso y aprovechó para ir por un té con algunas galletas. Al llegar, encontró a sus ex estudiantes junto a su colega otra vez.

— ¿Cómo les fue? —preguntó acercándose, pero ambas negaron—oh…

—Quizás no son las indicadas… —susurró Kusakabe que miraba una tras otra las víctimas.

—Que Megumi se disfrace de mujer —sugirió sonriendo y el aludido pareció lanzarle rayos con la mirada.

— ¿Por qué no lo hace usted? —preguntó Megumi, cruzándose de brazos.

Iba a responder cuando escuchó a Kusakabe tamborilear la mesa con sus dedos, pensativo observaba las fichas de las jóvenes. Soltó un profundo suspiro y habló.

—Hay varios factores que se repiten —comenzó diciendo—no solo son mujeres jóvenes, todas con el cabello largo y suelto —explicó.

—Pero ya lo intenté —respondió Maki, apoyando sus manos en su cadera—incluso fui con un vestido.

—Sí… pero ni así lograrías parecerte a una de estas chicas —dijo mirándola con una mueca, la joven frunció el ceño, sin saber si indignarse o no. —Todas son femeninas, aparentan ser indefensas y son guapas —alzó una ceja y las miró a las dos—ninguna de ustedes es de su gusto.

— ¿Qué estás insinuando? —preguntó entre dientes Nobara— ¿Qué ni Maki-san ni yo, somos lo suficientemente bonitas para una degenerada maldición? —estaba levantando su martillo mientras lo miraba con enojo, pero el maestro ignoró su indignación y suspiró encogiéndose de hombros.

—Solo digo que ninguna calza con estos patrones. Aunque vayan vestidas de princesas… seguirán viéndose como chicas fuertes y… bueno, como ustedes —dijo blanqueando los ojos.

— ¿Y qué propones? —preguntó Satoru—no podemos enviar a estudiantes, esta maldición casi se puede clasificar como categoría especial. Tal vez no por su fuerza, pero por sus condiciones…

—Pidamos ayuda a Kioto —dijo levantando la vista y Satoru se tensó. Soltó una risa breve y relamió sus labios, para luego morder su mejilla interna, y casi presintiendo qué diría, habló rápido.

—No creo que haya alguien en Kioto que nos pueda ayudar —dijo sonriendo—tendremos que arreglárnosla solos.

— ¡Miwa! —respondieron sus ex estudiantes al mismo tiempo. Satoru frunció el entrecejo y negó rápido— ¡Es perfecta! —exclamó Maki mirando las fichas.

—No —continuó negando, carraspeó su garganta y se rio nervioso, intentando disimular su inquietud—es muy peligroso… ella es ¿qué? ¿tercer grado? —se burló encogiéndose de hombros—será una víctima más.

—No —negó su colega, con seguridad en su voz, llamando la atención del grupo—es segundo grado. A ella le servirá, busca misiones para que la promocionen y le han asignado pura basura —Satoru desvió la mirada, un poco culpable, pues era quien había metido la mano para que a Miwa la mantuvieran lejos de situaciones peligrosas. Le había pagado una gran suma a un administrativo para conseguirlo en completa confidencialidad.

—Pe-pero es peligroso —insistió—tendrá que ir sola y… tal vez sin arma. Quizás ni siquiera saldrá viva—sonrió sin ganas.

—Vale la pena intentarlo —dijo Megumi, mirándolo fijamente y por un momento sintió que estaba leyendo sus pensamientos. Hizo una mueca desviando la mirada del suspicaz hechicero.

—Sí saldrá —habló Kusakabe—mira… —apuntó a las fotos de las mujeres—Miwa es perfecta, es del gusto de esta mierda. Pelo largo, delicada, femenina… —guapa, completó Gojo en su cabeza—y le servirá bastante el dinero.

—Bien, le escribiré —habló Maki tomando su móvil.

—Tal vez lo rechace… —susurró esperanzado.

—Nah… le sirve —asintió Kusakabe—y ella podrá con esto —dijo con convicción.

Satoru guardó silencio, prefirió omitir que ella no querría ir si estaba allí. En cambio, se sentó en el sillón desocupado y apoyó su barbilla en su mano derecha, esperando por la respuesta que traería Maki. Movió el pie nervioso, mordió su labio inferior y se quedó contemplando el suelo, ajeno al estudio de su ex estudiante que lo observaba con atención.

—Vendrá —dijo Maki entrando al salón—llegará en una hora.

Satoru contuvo el suspiro y pensó qué hacer. Sería una oportunidad para verla de cerca, pero no quería molestarla ni entorpecer en su misión. Sin embargo, debía asegurarse de que volvería a salvo. Sonrió para sí mismo, era una excusa patética después de todo.

—Bien… los acompañaré para asegurarme que todo salga bien —sonrió mirándolos.

—Qué raro —dijo Megumi.

— ¿Qué cosa? —murmuró Yuji volteando a verlo, pero Satoru lo miró con recelo ya presintiendo que diría alguna pesadez en su contra.

—Hace años que no nos acompaña a una misión ¿por qué ahora? —preguntó en su tono plano y aburrido de siempre.

—Esto se ve interesante —prefirió decir e ignoró su mirada fija en él.

— ¿Irás tú entonces? —preguntó Kusakabe—perfecto, así me iré temprano a la cama —se estiró bostezando ruidosamente y se puso de pie, hizo sonar su espalda y cuello y caminó rápido hacia la salida, casi escapando—me saludan a Miwa.

—Seguro —habló Satoru, sin poder evitar que se le escapara una sonrisa.


(…)


Eran alrededor de las 11 de la noche cuando llegaron al viejo hostal en Shinjuku. Maki había ido a atender otra misión, eran nuevamente solo sus muchachos y él, como en los viejos tiempos. Bebían café mientras conversaba con Yuji y Kugisaki, intentando aparentar tranquilidad, pero con los ojos afilados de Megumi atentos a él todo el tiempo, no conseguía calmarse.

Sentía que lo vigilaba y no entendía a qué se debía. Pero en el fondo, podía hacerse una idea, después de todo no tenía un historial limpio en su conducta, pero por su relación informal con Kasumi, y eso nadie lo sabía aparte de Nanami. Era su propia paranoia la que lo empujaba a sentirse incómodo y bajo sospecha constante. Trataba de pensar que, aunque ahora se supiera algo como que estaba rondando a Kasumi, no tenían por qué juzgarlo pues ambos eran adultos, aun así, se sentía nervioso. Tal vez por sus sentimientos por ella, si incluso decir su nombre en voz alta le avergonzaba. Se volvía como un crío idiota e inexperto por ella.

—Está tardando —murmuró Kugisaki mientras movía el pie—le dije que fuera al colegio y así nos veníamos todos juntos…

—Tal vez algo evitaba —comentó Megumi y Satoru se tensó mirándolo de soslayo ¿qué diablos pasaba? ¿había algo que Megumi sabía? Pero ¿cómo y porqué no lo había confrontado antes si iba a estar constantemente lanzando indirectas? —ahorrarse tiempo —continuó diciendo y Satoru suspiró con disimulo. Definitivamente estaba paranoico.

Pero no podía sentirse de otra manera. Iba a verla después de todo lo que vivieron, de lo que se dijeron, de lo que sentían-o sintieron-, y no sabía cómo reaccionar ¿actuaba como un tipo genial o amable? ¿se mostraba encantador o desinteresado? Las manos le sudaron y tuvo que esconderlas en los bolsillos de su chaqueta, dejando el vaso de café sobre la banca en la que estaba sentado.

¿Cómo reaccionaría ella cuando lo viera? ¿sabría que estaría allí? Seguramente, Maki debió decirle ¿no?, no… él decidió ir luego de que Maki informara que ella había aceptado la misión ¿y si le incomodaba y prefería irse? Su pecho se apretaba, los latidos de su corazón eran rápidos y casi podía sentir su pulso zumbando en sus oídos de puros nervios. Lo mejor era decidir cómo actuar según como ella reaccionara, debía captar cada gesto de su rostro, quizás así tendría una señal de su postura frente a lo de ellos.

¿Realmente había un "ellos"? su semblante se ensombreció al pensarlo. No tenía sentido que lo hubiera si lo pensaba bien. En 4 años y medio no se acercó a ella ni ella a él, es más, Kasumi parecía evitarlo ¿cómo podía esperar que entre ellos aun hubiera algo? Era una estúpida esperanza, y no podía culparla si es que ya no sentía lo mismo. Era el riesgo que estuvo dispuesto a correr, pero que también sentía que fue necesario vivir. Que ella necesitaba ese tiempo para decidir sin presiones si quería seguir a su lado. Pero el panorama se veía bastante lúgubre.

—Pero ella me ama… —susurró cabizbajo, mirando sus zapatos perfectamente lustrados.

— ¿Qué cosa? —sacudió la cabeza y negó sonriendo, viendo a Yuji que lo miraba confundido.

Contuvo el suspiro y tomó su móvil, pero no lo desbloqueó. Se quedó viendo su propio reflejo en la pantalla y frunció el ceño. Se quitó la venda con cuidado y la guardó en su bolsillo, para cambiarla por sus lentes negros de diseñador dentro del bolsillo interior de su chaqueta. Peinó su cabello con sus dedos y volvió a guardar el móvil, ajeno a las miradas curiosas de sus estudiantes.

— ¿Para qué te arreglas? —preguntó Kugisaki.

—No me arreglaba —dijo sin mirarla—me dolía la frente por la presión que hace la venda —medio mintió.

— ¡Es tan molesto ver a la gente guapa arreglarse! —se quejó cruzándose de brazos—con todo se ven bien.

—No es mi culpa tener esta genética —dijo con orgullo.

—Ya confiesa, ¿cuál es tu rutina de limpieza facial? —preguntó mirándolo expectante.

—Solo me lavo la cara, ya te lo dije —blanqueó los ojos—esas mierdas de rutinas son basura para sacarte dinero, no caigas en eso. Eres una chica inteligente, Kugisaki —le regañó.

—Es fácil decirlo para alguien con el cutis perfecto —murmuró frunciendo el ceño.

Iba a responder cuando oyó pasos acercarse, volteó rápido y se quedó tenso en su sitio. Sintió que el pulso se le detuvo por unos segundos, la mandíbula se le desencajó al abrir la boca, pero la cerró a los segundos fingiendo normalidad. Limpió las palmas de sus manos en sus pantalones sin dejar de verla caminar hacia ellos.

Su cabello definitivamente estaba más largo. Lo usaba suelto, parecía que unos mechones los tenía sujetos en un broche que no alcanzaba a distinguir, el pelo que rodeaba su rostro ahora le llegaba más abajo del pecho. Usaba una blusa con pinzas en la cintura de color rosa claro o crema, no traía chaqueta por lo que podía fijarse en su apariencia sin problema. Tragó en seco cuando vio sus piernas, los pantalones negros de lo que parecía ser cuerina eran ajustados y se adherían como segunda piel. Apretó sus labios observándola, mirándola de pies a cabeza, pero su escrutinio no duró demasiado cuando notó sus ojos al verlo.

Parecía sorprendida, fueron segundos quizás, en los que ella tardó en notar su presencia. Pero no dudó, continuó caminando con aparente calma y simplemente desvió la mirada, ignorándolo.

—Siento la demora —dijo reverenciándolos—hubo un problema en la estación —dijo en un tono suave que le derritió. Tragó con disimulo, se obligó a ponerse de pie y quedarse en su mismo sitio para no lanzarse a sus brazos.

—Debiste pedirnos que te fuéramos a buscar —dijo él, sonriéndole amistoso. Pero Kasumi no le miró, volteó hacia Kugisaki y habló.

—Maki-san me comentó que no debo ir armada ¿es así? —preguntó quitándose la espada de la cintura.

Satoru no se perdió detalle de sus movimientos y expresiones. Notó que tenía dos perforaciones en cada oreja, una en la punta del lóbulo y otra un centímetro arriba. No logró ver qué forma tenían los aros, se quedó idiotizado viendo sus pestañas pintadas y sus labios rosados. Usaba un maquillaje natural, pero él que la recordaba tan bien sonriéndole con dulzura, pudo notarlo enseguida. Le apretó el pecho verla tan hermosa, tan madura. Se culpaba por perderse esos cambios en primera fila, miraba incluso receloso su atuendo, sus manos y las uñas pintadas de un delicado degradado de blanco. Quizás se esforzaba por parecer una mujer adulta, y se veía demasiado atractiva, pero en su rostro aun había destellos de su apariencia inocente y amable. Excepto cuando lo miraba por segundos.

Quizás estaba pensándolo demasiado, pero le pareció que cada vistazo rápido que le dio fue de desprecio. Que sus ojos grandes se estrechaban mirándolo con rencor y sabía lo merecía, pero aun así era doloroso de presenciar.

—Intenta entrar con tu arma —habló Yuji—si no sale, probamos de nuevo ¿no?

—Es buena idea —asintió Megumi.

— ¿Debería cambiarme? —preguntó y el grupo miró sus pantalones.

—Estás bien así —habló Satoru, pero Kasumi no lo miró. Le pareció que incluso el comentario le molestó, no podía asegurarlo.

—Si no sale, probamos sin tu katana y usando un vestido —dijo Kugisaki—es probable que no se muestre —suspiró derrotada—tendrás que entrar sola ¿estás bien con eso? Apenas aparezca entraremos a ayudar.

—Está bien —dijo mirando hacia el edificio viejo y deshabitado—no entren a menos que corra real peligro, me servirá si lo exorcizo sola —dijo y caminó hacia el edificio.

—Levantaré la barrera —dijo Megumi y recitó el ritual en un murmullo.

Satoru se hizo a un lado al verla pasar, admiró cada centímetro de su cuerpo, embobado vio cómo su largo cabello dejaba un rastro al pasar. Sintió un leve calor en sus mejillas, y agradecía estar a oscuras en aquella calle olvidada. Sus ojos no se perdieron detalle de su caminar, los pantalones ajustados dejaban ver la forma natural y perfecta de su trasero, confirmó al verla alejarse que incluso su cuerpo ahora parecía haber madurado al de una mujer adulta, había ganado peso en las partes correctas dándole una voluptuosa forma a su cuerpo femenino.

No dejaba de repetirse que estaba hermosa. Pero su actitud distante le obligaba a bajar la temperatura e intentar pensar con la mente fría la situación. Soltó un ruidoso suspiro y miró hacia la barrera. Alerta por si debía intervenir, inquieto moviendo su pie derecho chocando con el suelo. Apenas Kasumi entró al edificio, la energía maldita de la maldición se hizo sentir con fuerzas.

— ¡Ése maldito…! —se quejó Nobara—Miwa iba armada ¡y salió de todas formas!

—Kusakabe tenía razón —dijo Megumi mirando hacia la barrera, al mismo tiempo que formaba con sus manos el sello para invocar a sus perros divinos—Maki-san y tú, no eran de su gusto.

— ¡Cállate! —exclamó Nobara sacando su confiable martillo, con el ceño fruncido y las mejillas sonrojadas por la rabia.

—Quédense aquí —habló Satoru sin mirarlos y caminó hacia la barrera.

—Pe-pero… ¡Gojo-sensei! —exclamó Yuji viéndolo alejarse— ¡Miwa-san dijo que no entremos! —Satoru levantó la mano en respuesta, pero continuó caminando y atravesó la barrera sin mirar hacia atrás.

Miró serio a su alrededor, la energía del ente que amenazaba desde el interior del viejo hostal no era peligrosa, al menos para él, pero no sabía si Kasumi podría contra eso. Kusakabe se había mostrado seguro de que ella podría contra la maldición, pero ser segundo grado no era la gran cosa a su parecer. Caminó rápido hacia el edificio, atento por si la entidad se escondía nuevamente si sentía su presencia, pero parecía cada vez más alterada, lo que no le inspiró confianza.

¿Y si el ente había derrotado a Kasumi y por eso su energía se había alterado y ahora se aprovechaba de ella? El pánico le paralizó, trató de calmarse con que ella no había estado allí dentro más de cinco minutos, por lo que estaba a tiempo de protegerla. Aceleró el paso y se quitó sus lentes, miró cada espacio del edificio que parecía que se caería con la próxima ráfaga y notó que ambos estaban en el tercer piso. Se impulsó con un trote rápido y brincó al aire, elevándose con su propio ritual para llegar al tercer piso y observar la situación desde la ventana.

Abrió la boca, perplejo al verla. Kasumi luchaba con ferocidad ante un ente de tres metros de alto, el cuello le colgaba y su rostro no tenía más que una enorme boca con filosos colmillos y una lengua grande y negra. Parecía encorvarse para intentar atraparla, no quería herirla se notaba en sus movimientos. La maldición buscaba otra cosa antes de matarla. Satoru pensó en involucrarse y terminar con la misión de una buena vez, pero no podía dejar de admirar en silencio como su Kasumi peleaba y se defendía de forma eficaz, sin titubeo ni nerviosismo o rastro de miedo.

Era otra Kasumi.

Estaba de cuclillas en un marco de una ventana mirando como corrían por el pasillo y la joven saltaba y se deslizaba debajo de las patas grotescas de la maldición que sonreía ampliamente a cada respuesta de la hechicera, no parecía ni un poco intimidado por su destreza. Se quedó admirado viendo como los pantalones-bendita cuerina-negros de la joven le permitían luchar sin problema, por lo que supuso eran elásticados. Se recordó cerrar la boca en más de una ocasión. Mientras el pelo de Kasumi se revolvía en sincronía con sus movimientos, no pudo evitar imaginar jalarlo en otro contexto.

Llegó un punto en que la maldición pareció descubrir el modo operandi de Kasumi, atacaba con su espada y se deslizaba por el suelo debajo del ser para reducir su movilidad y tratar de dar con su núcleo, por lo que cuando volvió a deslizarse por debajo, las patas traseras del ente intentaron atraparla. Kasumi frunció el ceño feroz y cortó su pata derecha, la maldición soltó un gran alarido cuando la extremidad cayó. Mientras la joven seguía en el suelo, intentó ponerse de pie, pero resbaló con la sangre oscura que botaba la herida.

—Mierda —le escuchó decir, justo cuando el ser volteó por completo y con la mano le buscó para atraparla. Se puso de pie tarde, una de las garras le hirió en el muslo izquierdo y se lo quitó de encima con espadazos a ciegas.

Era el momento de intervenir. Satoru apuntó al ente con sus manos e iba a pedirle a Kasumi que se quitara, sin embargo, la joven antes de alejarse un par de metros de la maldición enterró su espada en el suelo y se formaron tres aros a su alrededor en la superficie de un vibrante color cian, como su cabello.

—Un… —susurró atónito al ver como la joven mostraba un dominio semi completo. Los tres aros en el suelo se elevaron y aprisionaron a la maldición apenas pisó el primero, y Kasumi confiada, se detuvo a recuperar el aliento, para segundos después correr hacia él y formar tres aros más que usó como una pequeña escalinata hasta llegar a la horrible cabeza de la maldición y enterrar su espada en su cráneo.

Mientras la maldición desaparecía gracias al exorcismo, los aros fueron disolviéndose en una densa niebla. Kasumi respiraba agitada, miraba preocupada la herida en su muslo y Satoru lo único que podía hacer era mirarla sorprendido. Cuando ya no quedó niebla ni maldición, salió de su trance y aplaudió animado, sonriendo como solo él solía hacerlo, sorprendiéndola.

Kasumi pegó un brinco en su sitio, volteó hacia la ventana y frunció el ceño cuando lo vio. Guardó su espada y caminó de regreso a la escalera.

—No sabía que habías creado un ritual tan interesante —habló entrando, pero ella no le respondió y continuó caminando, cojeaba mientras dejaba un hilo de sangre en su camino.

Frunció el ceño, incómodo, pensando en sus opciones. No estaba nervioso ahora que estaba a solas con ella, pero si se sentía fuera de lugar. No sabía qué decir o hacer, era como si todo ese tiempo en que no se vieron les hubiera afectado profundamente. Tal vez no era el tiempo, sino más bien el cómo y porqué se distanciaron y la culpa cayó enseguida sobre sus hombros. Sintió la garganta seca, le costaba tragar y en ese momento agradeció estar lejos de los ojos curiosos de sus antiguos estudiantes, sobre todo de Megumi.

—De-deberías ir a que Shoko te revise —maldijo por lo bajo por titubear, esperó que ella respondiera algo o al menos mostrara alguna señal, pero Kasumi siguió caminando.

Blanqueó los ojos al mismo tiempo que soltó un profundo suspiro. Bien, estaba claro, ella seguía molesta con él ¿todas las mujeres guardaban rencor por tantos años? Seguramente, no pensó que su dulce y adorable Kasumi reaccionaría así; incluso en el momento que decidió hablar con ella, pensó que lo entendería. Grande fue su sorpresa cuando le pidió que se fuera y no volviera a aparecerse. Pudo entenderla-no en el momento-, al final del día ella era una jovencita que no había vivido lo suficiente y era normal que reaccionara dolida y con despecho. Pero había pasado tanto tiempo ¿era rencor o simplemente estaba dolida? Necesitaba saberlo, necesitaba una respuesta para saber qué paso dar.

— ¿Seguirás ignorándome? —preguntó en un tono cansado, escondiendo su frustración. Aceleró su paso para caminar a su lado, lo que no le costó demasiado con sus largas piernas y el ritmo lento de Kasumi por su herida. Se inclinó un poco para poder ver su rostro, buscando alguna sonrisa o rubor, o tal vez enojo, pero su serenidad le inquietó. Con el ceño fruncido, y algo ofendido, continuó hablando. —Ha pasado tiempo… creí serías más madura —dijo encogiéndose de hombros y por fin tuvo una reacción.

Ella detuvo su andar, volteó a verlo con el ceño fruncido y los labios sellados en una escueta línea que no le decía absolutamente nada. Pero sus ojos sí, en sus ojos pudo notar la ausencia de admiración y amor con la que antes lo miraba y su pecho se apretó. No pudo hablar más, acercarse, bromear o disculparse, nada. Su gélida mirada lo paralizó, la indiferencia-o incluso odio, no podía saberlo con seguridad-de su mirada le trazó una línea imaginaria en la que podía leer con claridad el mensaje: que no se acercara.

Bajó en silencio con ella, mirándola con un puchero en los labios sin darse cuenta. Apenado por no poder hablar o acercarse, pero era imposible hacerlo cuando Kasumi desprendía un aura impenetrable y temía molestarla más de la cuenta. En casi 5 años no se habían visto, quizás era normal que reaccionara así, y era él el extraño que actuaba como si nada hubiera pasado. Pero no es que ignorara lo que vivieron en ese tiempo, solamente buscaba acortar la distancia entre ellos.

Lo supo ahí, en ese momento en que la vio caminar hacia él-hacia todos, pero él prefirió quedarse con eso-, y lo comprendió ahora mientras no le dirigía la palabra. Kasumi ya no era esa adolescente condescendiente y dócil que a todo le diría que sí. Era una mujer ahora que imponía lo que quería y lo que no. Ella estaba lista, podía sentirlo ¿y él?

Él estaba dispuesto a todo con tal de recuperarla.

— ¡Estás herida! —exclamó Nobara cuando llegaron con ellos. Satoru miró de soslayo a Megumi que tal como pensó, no le quitaba el ojo de encima. No sabía que se traía entre manos, pero empezaba a molestarle.

—No es nada —sonrió—le enviaré mis datos a Maki-san para la transferencia —dijo seria, «una mujer de negocios», pensó Satoru.

—Pero ven con nosotros —dijo Yuji—que te revise Ieri-san, y descansas. Ya es tarde para que regreses a Kioto.

Satoru abrió los ojos esperanzado, pensó en hablar e intentar convencerla, pero por su actitud reciente, comprendió rápido que, si lo hacía, ella definitivamente no se quedaría. Y necesitaba más tiempo, que ella bajara un poco la guardia y le dirigiera la palabra. Miró inquieto a la joven, con las manos en los bolsillos y expectante a su respuesta. Kugisaki se acercó a Kasumi y la jaló del brazo para que se sentara en la banquilla cerca del tendido eléctrico y así poder ver mejor su herida.

—Parece que es profunda... mejor que te vea Ieri-san —dijo mirándola seria—Yuji te puede cargar.

— ¡No-no es necesario! —se apresuró a decir con las mejillas sonrojadas y moviendo las manos nerviosamente, negando. Satoru frunció el ceño y tragó en seco, molesto al imaginar la escena, iba a hablar y ofrecerse, pero su voz quedó atorada en su garganta cuando notó la mirada de Megumi. Carraspeó la garganta y sacó su móvil, marcó rápido y esperó a que le contestaran.

—Llamaré a Ijichi —dijo sin mirar al grupo de jóvenes.

Se apartó un poco del grupo y suspiró, miró de soslayo como Kasumi sonreía con dulzura a sus colegas, y su semblante se ensombreció. Se había ganado su frialdad, lo sabía, pero era aún más difícil verla y que actuara así a verla desde lejos. Incluso a unos metros de distancia, sentía que ella estaba muy, muy lejos y no sabía bien qué hacer para que lo dejara acercarse.


(…)


Nunca había visitado la sala médica de Tokio. Cuando vivió allí y fue tratada, siempre lo hicieron en su propia habitación. Su entrecejo se frunció al recordarlo; esos días pasados le apretaban el pecho y la angustia se hacía presente apenas lo recordaba. Visitar Tokio en el año 2007 había sido su punto de quiebre, había sido el comienzo de su desgracia amorosa y aun no se recuperaba del todo de ello.

Mordió su mejilla interna al pensarlo. Él estaba por allí en la misma instalación, actuando relajadamente como si no le hubiera roto el corazón cuatro años atrás ¿y se atrevía a hablarle? Definitivamente no había cambiado en nada. Seguía siendo un egoísta y desvergonzado.

No soportaba mirarlo, estar en el mismo espacio que él, escucharlo… todo le traía recuerdos que le dolían y, sobre todo, avergonzaban. Sentía tanta vergüenza al pensar en lo desesperada que estaba por él, por una caricia, por su atención, lo que quisiera darle. Se sentía humillada, y concordaba con él en un punto: hubiera hecho cualquier cosa por él y no estaba bien. Solo en eso le daba la razón, sus modos y sus palabras… no las perdonaba. Ahora entendía que él fue igual de idiota que ella, para decirle las cosas, por no ponerse en su lugar y a la única conclusión que llegaba era que al menos la situación no siguió avanzando más y pudieron alejarse a tiempo. Al menos para él, porque ella se había hundido hasta el fondo con su desprecio, y se había prometido a sí misma nunca más volver a caer.

— ¡Miwa-chan! —la monótona pero femenina voz de Shoko interrumpió sus pensamientos, sonrió al verla—que linda estás.

— ¿Uh? —sintió sus mejillas sonrojarse cuando le oyó, cayó en cuenta rápido que la doctora conocía su nombre— ¿Me recuerdas? —preguntó asombrada y los labios pintados de Shoko se curvaron en una sonrisa divertida.

—Algunas cosas —dijo y se acercó a ver su pierna—no es tan profundo… no te quedará cicatriz —dijo y posó sus manos sobre la zona, segundos después una energía verde brillante las envolvió, y el calor le pegó fuerte en la herida.

—Gracias —murmuró viéndola usar su ritual inverso en ella.

—Descuida… y ¿ya no te gusta Satoru? —preguntó de la nada y Kasumi la miró perpleja, al mismo tiempo que sus mejillas se enrojecían abruptamente—estaban juntos antes ¿no? —siguió diciendo como si nada.

— ¿Co-cómo dices? —pudo decir presa del asombro.

—En el pasado —explicó Shoko con una sonrisa suspicaz que le incomodó.

—N-no era nada serio —prefirió decir desviando la mirada ¿cuántos se habrían enterado? La vergüenza fue inmediata.

—Satoru siempre ha sido un idiota —bufó sin perder la concentración en su ritual— ¿y ahora estás soltera? —preguntó mirándola y Kasumi parpadeó confundida.

— ¿Por qué pregunta? —murmuró inquieta. Los ojos cafés de la doctora estaban fijos en su herida, por segundos solamente viró en su dirección y volvió su atención al ritual. Había algo en la actitud relajada de Shoko que le cohibía, sentía que hacía preguntas a las que ya sabía las respuestas.

—Pensé que se te lanzaría apenas volvieras… parecía realmente interesado —Kasumi desvió la mirada incómoda con la conversación, sintiendo el corazón latirle deprisa. Tenía ganas de huir solo por la vergüenza que la situación le causaba. Más ahora sabiendo que lo que pasó entre ellos lo sabían más personas— ¿están saliendo en secreto?

— ¿Qué? —la miró perpleja y negó— ¡no! no... me dejó las cosas claras apenas volví —dijo tragando con disimulo—se cansó de mí, supongo —susurró, pero Shoko la oyó.

—Uhm… siento algo de despecho en tus palabras —murmuró y desactivó su ritual. Kasumi vio la herida cerrada y tal como dijo, sin ninguna cicatriz.

—Puede ser… —susurró viendo su pierna.

—Se arruinaron tus pantalones… aunque ahora se usa así ¿no? —dijo viéndola bajarse de la camilla—ve a descansar, tómatelo con calma que, aunque se vea la herida cerrada, algunos tejidos internos tardarán un poco en sanar.

—Entiendo, gracias Ieri-san —la reverenció sonriendo y se despidió para salir rápido antes de que la conversación avanzara.

—Descansa... ¡Hey! —la joven volteó a verla curiosa—es un idiota, pero es un buen tipo —sonrió Shoko y Kasumi desvió la mirada—buenas noches.

—Buenas noches —murmuró antes de salir del salón.

No alcanzó a girar cuando lo vio apoyado en la pared. Sintió las mejillas sonrojarse ¿habría escuchado algo? No quería saberlo, bajó la mirada y continuó caminando, pero al oír los pasos cerca suyo se inquietó. Miró de soslayo hacia atrás y lo vio serio siguiéndole el paso. Se le hizo un nudo en el estómago, estaba segura que esta vez no podría evitarlo y no estaba lista para hablar con él. Lamentó el momento que aceptó esa misión, creyó ingenuamente que podría exorcizar la maldición e irse riendo con el dinero a Kioto.

— ¿Podemos hablar? —cerró sus ojos e hizo una mueca, el abdomen lo sintió pesado y los nervios pronto le dieron náuseas.

Ahí estaba otra vez… el estrés emocional que Gojo Satoru le causaba no se había ido, y temía que no se fuera jamás.

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N/A: Holiss, aquí de nuevo c: , sobre el cap, entonces, pasaron 4 años y medio, Kasumi está por cumplir 24; este cap fue principalmente desde el pov de Gojo. El ritual de Miwa me lo saqué del basurero hahha, se me ocurrió que fueran 3 anillos porque Miwa se escribe con el nro 3 en japón, y hace unos días Candle descubrió que hay un monte/templo que se llama miwa y lo relacionan con 3 aros entrelazados, así que dije: robado. Y bueno la niebla de después porque su nombre Kasumi significa neblina. Qué más, qué mas? no recuerdo qué más debía decir aquí.

Por ahí leí un comentario que Gojo era igual de inmaduro y me dije, sí, hahha tienen razón. Ahora lo pagará, o lo intentaré (debo ser honesta, me está costando porque pienso, cómo vas a rechazarlo? si es tan bello, tan hermoso, tan perfecto...), pero merece sufrir un poquito porque DRAMA! y venganza, obvio.

Y bueno, espero actualizar la otra semana C:

Nos leemos! y lamento los errores ortográficos