Surcaban Aeria cuando una tormenta se aproximaba. Zak insistió en que podían hacerle frente y llegar al próximo vórtice; sin embargo, Cece se opuso, recordándole que si exponían al Caos de esa forma, tal vez ya no podrían continuar.
—Tranquila, ya hemos pasado por muchas cosas. Atravesar una tormenta no ha de ser tan malo. ¡El Caos puede con esto! —Sonrió confiado y le palmó el hombro, irritándola.
—Capitán, voto porque deberíamos dar la vuelta —le dijo Caramba mientras abrazaba su tablet—. Además, no me gustaría morir electrocutado, mucho menos antes de volver a casa.
—¡Estaremos bien! No nos pasará nada malo.
Clovis apareció detrás de él entonces y le picó el hombro con un dedo.
—¿Quieres apostar?
—¡Crogar evita que amigos peligren! ¡Crogar tiene mucha fuerza!
—Arr... ¿De qué sirve sobresalir en fuerza si te pones en peligro? —se quejó Calabrass viéndolo resaltar sus músculos.
—Pues a mi parecer, de nada —señaló la princesa mientras se ocupaba del timón.
—Ah... ¿Zak? —Clovis lo llamó preocupado desde el mástil—. Tenemos compañía.
—¡El D-d-demoniac!
Inmediatamente se pusieron en guardia. Golden Bones podía perseguirlos cuanto quisiera, pero no dejarían que Skullivar se salieran con la suya.
Prepararon los cañones, y mientras el Caos aceleraba, comenzaron a disparar. Zak se subió a la tabla y se acercó a la nave enemiga, mientras Cece, Caramba y Clovis desarmaban a los pterodáctilos.
—¡Calabrass, dame el Ojo de Síno!
Le pareció una buena idea congelarlos, sin embargo, no logró retenerlos y al final volvió con el resto para ayudar.
Varios esqueletos subieron a bordo. Bones también saltó al combate, ansioso por hacer rodar la cabeza del surfista.
—¡Por Skullivar!
—¡Mami!
—¡Ragnarööök! —, y se oyó el grito de guerra, mientras los huesos volaban.
Zak llamó al Ojo de Aeria esta vez, pero la victoria no parecía estar de su lado. Tanto él como Calabrass se estaban quedando sin energía, y pronto vio al General noquear a Crogar al tiempo que capturaba a Clovis. Un grupo rodeó al wahooliano, mientras otro aprisionaba a Cece. Cuando quiso hacer algo, hicieron volar su espada.
—¡Calabrass! —Trató de alcanzarlo, pero alguien salto a su derecha. Al girarse, vio a Carver apuntarlo de frente; luego, este jaló el gatillo.
Despertó tras un grito, y jadeando, se sentó en la cama; entonces su padre entró a la habitación.
—¡Zak! ¿Estás bien?
—Sí —alcanzó a decir mientras se encendía la luz—. Sólo... tuve otra pesadilla.
—Ay... Zak...
El niño le hizo un lugar para que se sentara, y al ser envuelto por sus fuertes brazos, comenzó a llorar.
—¿Crees que hayan tenido una buena vida?
—Quiero pensar que sí —respondió su padre, acariciándole el cabello—. Tienes que ser positivo. Ellos también debieron extrañarte.
—Supongo que me acostumbré a su compañía.
—No pienses eso. Míralo de este modo: al final, todos volvieron a casa.
—Me gustaría saber qué fue de ellos... —Se sorbió los mocos y su padre suspiró.
Poco después volvió a dormirse, pero esta vez, soñó tranquilo al saber que su padre lo cuidaba.
