Perdón por el año sin actualizar, es que este fanfic está complicado, pero shinsengumis me envió un review y me dio tanto amor que tuve que luchar conmigo misma para lograrlo :D Y escribí mucho..., subiré dos caps al tiempo porque se me alargó mucho el ataque de las tribus nómades del desierto y necesito demasiadas perspectivas. ¡Espero no desaparecer tan pronto! Es que, en mi plan original, no iban a quedarse tanto tiempo en la Arena, pero aquí estamos, en el cap 15 y siguen allá.
¿El malo quién será?
Saudade
Capítulo XV: El Mercado de Especias
por Syb
Para shinsengumis
Raidō gruñó y se detuvo.
El viento empezaba a arrastrar las cenizas desde distintos puntos de la Muralla Escalonada y el rumor de las explosiones se acercaba con cada segundo que pasaba desde todos los rincones de la aldea. Hyuuga Hanabi se detuvo detrás de él y esperó alguna señal del guardaespaldas con la respiración agitada, podía sentir cómo la adrenalina empezaba a fluir en sus venas y terminaba por chorrear todos sus sentidos, pero toda esa energía se acumulaba sin poder liberarse. Aun no llegaban a la mansión del Kazekage y, por alguna razón, el capitán pareció dudar frente al Mercado de Especias. Necesitaba hacer algo o sus uñas le atravesarían la piel en sus puños, pero también debía mantenerse ilesa para así poder presentarse ante su padre y liberar a Namida Suzume.
Frente a ella, Raidō volvió a gruñir y negó con su cabeza mientras chasqueaba su lengua con disgusto.
—No pasaremos por ahí —dijo él y la miró de reojo antes de volver la vista al Mercado. Su brazo de guardaespaldas permaneció bloqueándola para que ella no diera un paso al frente, como si desconfiara de su imprudencia. Hanabi no podía culparlo, si fuese un poco más juiciosa, no estarían en la Arena en esos momentos—. Debe ser una trampa.
Hanabi asintió aun si él no estaba mirándola, tensó su mirada y vio el calor de una veintena de cuerpos emanar desde el interior del centenar de puestos que conformaba el Mercado de Especias. Raidō no le preguntó si veía algo, ya que el guardaespaldas hablaba como si ya lo supiera. La chica por primera vez sintió que sus ojos le habían nublado la visión que todos parecían tener y despreció el orgullo invalidante de su Clan. Ella habría atravesado el Mercado sin pensarlo dos veces, confiada de que, si los veía antes de que atacaran, todo estaría bien.
Hanabi apretó los labios, preguntándose si Tokuma se encontraba bien en la entrada de la Muralla Escalonada, pero por la cantidad de cenizas que fluía desde aquella dirección, no se sentía tan optimista.
Lo único que quería Tokuma era irse a la Nube junto a Tenten.
Raidō volvió a negar con la cabeza, llevó una mano a su chaqueta táctica para sacar un cartucho y le removió la tapa con los dientes. A los pocos segundos, el cartucho se encendió y Hanabi pudo ver que se trataba de una bengala. El capitán arrojó la luz roja a la entrada del Mercado y se volvió hacia la Hyuuga.
—Busca otro camino —ordenó y ella asintió, no era su trabajo destruir a los hombres del desierto que se ocultaban en el Mercado ni asistir al Kazekage en la guerra civil de la Arena, su trabajo era impedir una dentro de la Hoja. Sin embargo, antes de que ella pudiese contestar, algo en el suelo captó la atención del capitán—. Tenemos que irnos.
A sus pies, la arena empezaba a elevarse en un movimiento antinatural que solo significaba que el Kazekage estaba preparándose para el contraataque.
De un segundo a otro, el pequeño torrente se transformó en una tormenta y Hanabi tuvo que llevarse las manos a los ojos para cubrirlos de la arena. La pésima visibilidad solo le permitía distinguir el rojo del fuego de la bengala a unos cuantos metros de distancia, pero la arena del Kazekage la engulló rápidamente. Apenas la bengala se extinguió dentro de la tormenta, contó dos latidos de corazón antes de que el capitán Raidō la forzara a salir del camino.
Hanabi sintió el sabor al polvo en su boca apenas su rostro chocó contra la pared de un edificio, no se movió y esperó así hasta que la arena se disipara. Los hombres del desierto no debían que verlos cuando salieran de su escondite, aprovechando la distracción del Kazekage, pensó la chica. Kankurō les había explicado que los fanáticos de Rasa odiaban a Gaara y a sus aliados de la Hoja. Sus ojos eran los que la delataban en cualquier lugar del mapa y ellos intentarían usarla en contra de la Alianza, tal cual los viejos del Consejo de la Arena querían a Yamanaka Ino. Sin embargo, lo que los nómades de las Tribus del Desierto le harían sería mil veces peor que un matrimonio arreglado entre la Yamanaka y el Kazekage, con la promesa de que la rubia engendrara a los futuros Kazekage que ostentaran sus habilidades de mentalista. Seguramente, a Hanabi solo la usarían para parir la mayor cantidad de Hyuuga mestizos como pudiera. Intentó calmar su respiración para contener sus lágrimas, recordando las incontables veces que su padre salió de la aldea para la cacería de la genética Hyuuga y ella no entendía el por qué.
Maldito el día que había decidido manipular a Tokuma, y usar la debilidad del capitán Raidō y la señora Suzume en su contra, solo para que ella pudiese ver un poco de ese nuevo mundo.
—Mantén tus ojos cerrados —murmuró Raidō con molestia diluida en su voz—, no necesitan saber quién eres.
Hanabi asintió con la cabeza aun apoyada en la pared y el capitán la soltó. Sus ganas de espiar a través de sus pestañas eran enormes, por lo que tuvo que luchar contra su curiosidad y la falta de control. Toda su vida, el estilo de pelea había dependido de su vista; y se preguntó si es que alguna vez Inuzuka Tsume había entrenado a Hana en caso de perder su olfato, o si Yamanaka Inoichi había instruido a Ino a funcionar sin sus capacidades de sensor. Intentó concentrarse en su oído y pudo distinguir los pasos firmes del capitán alejarse de su lado, ocultos detrás del sonido de su propia respiración agitada. Era una veintena de nómades del desierto la que podía estar enfrente a su nariz y ella no era capaz de verlos.
—Estás lejos de tu aldea, verde —dijo alguien con la voz oxidada. Raidō no respondió, o al menos no alcanzó a oír su respuesta. Odiaba que su respiración amortiguara el resto de los sonidos; pero, por mucho que lo intentara, no podía calmarse—. ¿A quién ocultas ahí detrás?
—Nadie que te interese —resopló Raidō—, solo estamos de paso.
—¿Quién es la chica? —insistió el hombre sin siquiera prestar atención al capitán.
El pecho de Hanabi subió y bajó con su respiración agitada y sintió que un golpe de adrenalina que le erizó el vello del cuerpo. Su boca se frunció, al igual que su ceño, y su garganta se anudó. Nada de esto debía haber sucedido. Cruzar las puertas de la Hoja en medio de la noche y viajar hacia la frontera podría haber sido algo rutinario, si tan solo le hubiesen permitido cumplir misiones, como la habían entrenado. Quizás podría haber estado peleando junto a Hana, Tenten e Ino en aquella misión fallida en la Casa del Té de la frontea. Su respiración se agitó y sintió el corazón en la garganta. Luego del primer golpe de adrenalina, le siguió otro y otro, hasta que las ondas que recorrían todo su cuerpo parecían olas en un mar inmenso.
El recuerdo de su padre hizo que se alejara de la pared en la que se había protegido de la arena del Kazekage y la rabia que sentía corrió libremente por sus venas hasta que se acumuló en sus sienes. Sintió furia por su padre Hiashi, por haberla encerrado en su habitación y alejada del mundo; por enviar a Tokuma a cuidarla día y noche como si el genio no tuviese una vida propia, pero por sobre todo odiaba el hecho de que hubiese encarcelado a Namida Suzume, insultando así el intelecto de su propia hija. No necesitaba la ayuda de Yamanaka Ino ni de su maestra de Artes Femeninas para escapar de Tokuma, de Kiba y de Shino. Si lo hubiese hecho mil veces, mil veces Hiashi habría pensado que era culpa de un tercero. Yamanaka Ino y Namida Suzume solo estuvieron en el lugar y momento equivocados.
No se dio cuenta que estaba llorando de frustración hasta que una lágrima se resbaló desde su mentón hacia la arena seca bajo sus pies. Fue entonces que gruñó y miró al hombre que estaba frente al capitán Raidō. Era escuálido y su piel estaba tan quemada por el sol que parecía cuero seco y duro, pero no era nadie, así que levantó los brazos y los dejó en posición de pelea.
—Es una Hyuuga —dijo el hombre cuando la vio parada detrás del capitán de la Hoja.
—Hanabi —gruñó Raidō y la miró de reojo, para luego tensarse—. Quédate atrás.
—Ya nos vieron, capitán —respondió con la voz seca, y si se le quebraba era por la adrenalina que no podía esperar para poder liberarla por la palma de sus manos—. Son veinte, pero se ve que no tienen entrenamiento alguno. Podríamos repartirnos el trabajo, no creo que Kankurō se moleste en que ayudemos un poco. Entonces: ¿diez cada uno?
Hanabi sonó arrogante, pero su intención estaba lejos de serlo. Si bien estaba aterrada por todo lo que estaba en juego y en lo que podía perder, también estaba excitada y emocionada por lo que podría demostrarse a sí misma y a su padre Hiashi. Si llegaba a la Hoja con un pergamino firmado por el Kazekage junto a Yamanaka Ino, el capitán Raidō, Tokuma, Tenten y Hana, ¿podrían perdonarla?
Tokuma era un genio, sin importar todo el fuego y la ceniza que corría desde donde lo dejó, él podría volver junto a ella y Hanabi le conseguiría el perdón de su padre para que pudiese irse junto a Tenten a la Nube, aunque tuviera ponerse de rodillas y rogar con la frente pegada al suelo. Sin embargo, primero, debía golpear los puntos vitales de uno de los que intentaban ocultarse en los callejones adyacentes, seguro de que podría atacarlos de sorpresa, bastante ignorante de lo que el apellido Hyuuga significaba; luego, Hanabi lo terminaría con sus palmas para pasar al siguiente.
—Si eso es lo que quieres —murmuró el capitán, entendiendo que no tenían opción.
El Clan Hyuuga estaba en el punto más alto en la jerarquía de la aldea y Raidō todavía creía en ella. No podía evitar luchar contra la costumbre de ese recuerdo distante, como si fuese una memoria impresa en sus músculos desde lo más profundo de sus células, en el que él era el guardaespaldas de señores de clanes importantes y ella era una de las herederas.
A la distancia, la arena empezaba a arrastrarse hacia la cima de las murallas para luego caer desde lo más alto como si quisiera extinguir todo rastro de fuego y ceniza de la batalla, como también para arrastrar a todo hombre del desierto que intentaba escalar por ella.
Hanabi pasó saliva espesa y ancló sus pies firmemente al suelo, esperando el primer ataque con los brazos en alto. Hiashi le había repetido hasta el cansancio que, en campo abierto, primero debía analizar al enemigo y buscar sus puntos débiles; luego, debía esperar. Un golpe en el tórax del hombre que estaba frente al capitán, y que no dejaba de mirar sus ojos, probablemente le rompería las costillas y lo mandaría al suelo en unos instantes. Los demás no parecían especialmente fuertes, pero debían tener resistencia propia de habitar en el calor sofocante y el viento exfoliante del desierto, y esa era su fortaleza. Hiashi le diría que debía golpear poco y duro, guardar fuerzas para la resistencia que volvería un millón de veces por más.
Al menos tenía consigo al capitán, un veterano tan fuerte como resistente.
Raidō se puso en posición y Hanabi pudo ver cómo su mandíbula se tensaba al analizar a los hombres que tenía al frente, no debía estar nervioso, sino ansioso por terminar con ese inconveniente. Debían volver al jardín privado del Kazekage y esperar a que el conflicto cesara. Sin embargo, algo más allá alejó la atención del capitán del Mercado de Especias. Hanabi frunció el ceño y posó sus ojos blanquecinos contraídos en la figura de la rubia en la lejanía y pudo ver que Ino era la que corría rápidamente hacia la Muralla Escalonada, siendo escoltada por Temari de la Arena.
—Ino… —gruñó él.
No tenía sentido que ella corriera directo al peligro. Hanabi pudo percibir que algo estaba mal, tan mal que el capitán Raidō perdió el control en un solo latido de corazón y asestó el primer golpe al hombre de la piel de cuero, y luego otro y otro, con los nudillos de sus puños cerrados directo hacia la cara del hombre hasta que esta se hizo papilla y lo terminó con un golpe de su antebrazo para pasar al siguiente. Antes de que el hombre desplomara finalmente al suelo, otros dos asaltaron al capitán, uno por detrás con un hilo de metal que lo usó para ahorcarlo mientras el otro se le acercaba con una cuchilla para abrirle el vientre.
Hanabi quiso asistirlo, pero el hombre que se ocultaba en el callejón salió a la luz y cerró su puño entorno a su cabello para atraerla hacia sí. No iría a hacerle nada porque ellos iban por su útero y sus ojos Hyuuga. Hanabi nunca había tenido amor por su cabello, crecía muy rápido como para querer evitar que se lo arrancaran de raíz, por lo que llevó su cabeza hacia delante y se forzó a verlo a los ojos antes de golpearlo con todas sus fuerzas en el tórax con ambas palmas. Sintió que sus manos se hundieron en el pecho del hombre más de lo que esperaba, pero no se detuvo hasta que los interiores se sintieron vacíos y pudo rosar su espina.
Se volteó rápidamente para ver al capitán, pero otro se le puso enfrente y ella lo golpeó duro en la quijada con su palma extendida. Si se le desencajó, no le importó. Sin embargo, este no se movió y solo se cubrió su mandíbula con una mano como si quisiera verificar que esta no sangraba. Nadie entendía qué era ser una Hyuuga, quizás solo lo había entendido el que yacía en el suelo con su cara desfigurada. El hombre la tomó de la quijada de improviso con la misma mano con la que se acarició la propia y la levantó del suelo como si ella no pesara nada. Hanabi sintió que se ahogaría y que podría desmayarse si seguía suspendida de esa forma, pero sus palmas no era lo único con lo que podía contratacar. Pateó con todas sus fuerzas, enterrando sus pies directo en su vientre y, cuando eso no funcionó, lo pateó en sus genitales con toda la adrenalina que se le agolpó en los pies.
Hanabi pudo respirar de nuevo y sus pies volvieron a estar fijos en el suelo. Escupió al hombre que luchaba contra el dolor de su entrepierna y siguió avanzando. Debía volver a tener el control que el capitán Raidō había perdido al atacar primero; luego, debían ir por Ino y reagruparse con Tenten, Hana y Tokuma. Dos hombres del desierto menos, debía ir a por otros ocho.
Nuevamente buscó al capitán Raidō con la mirada, pero alguien la tomó por detrás e inmovilizó así sus brazos. Ya habían empezado a entender qué era una Hyuuga, para su desgracia. Miró por sobre su hombro y vio que el hombre que la había tomado entre sus brazos era gigante, quizás más grande que Akimichi Chōji y más alto que el capitán Raidō.
—Eres fea —le dijo él cuando notó sus venas contraídas alrededor de sus ojos y por todas sus sienes.
Ella lo escupió en la cara en respuesta, pero eso solo hizo que la estrujara más entre sus brazos. Nunca nadie le había dicho que lo más probable era morir asfixiada en el campo de batalla, más probable que ser cortada al menos.
Oyó que algo se rompió en la cabeza del hombre que la tenía prisionera, pero él no pareció inmutarse, ya que su misión era correr y huir de la aldea de la Arena con la heredera Hyuuga. Hanabi sintió que sus interiores se retorcieron, quizás ellos no eran parte del ataque a la Arena y al heredero blasfemo de Rasa; como el equipo de Ino y ella, Tokuma y Raidō, solo estaban en medio del enfrentamiento y decidieron formar parte del ataque desde adentro. Ahora, ellos eran solo oportunistas que vieron la posibilidad hacerse con la genética de otra aldea. Debía escapar de su agarre antes de salir de la Arena. Otra vez, algo se rompió en la cabeza del hombre y pudo distinguir el material que se hacía añicos en el cráneo; era adobe, como si hubiesen arrojado un ladrillo hacia su nuca.
—Oye —escuchó Hanabi desde atrás y se retorció para ver por sobre su hombro, era el capitán Raidō y se alegró de verlo de pie. Del costado de su cabeza había sangre como si le hubiesen cortado el protector de la frente y la hoja del puñal hubiese atravesado hasta su piel—. Suéltala. Ahora.
Raidō no tenía tiempo que perder con él, lo veía en su boca fruncida y sus ojos entornados, y en lo mucho que se distraía con lo que ocurría en la Muralla Escalonada. Ino ya debía estar en la cima y no podían verla desde su posición alejada en el Mercado de Especias. Hanabi agudizó la vista y comprobó que el ataque de la arena del Kazekage no había bajado en intensidad, no así el fuego y la ceniza que ya poco se veía.
Hanabi apretó la mandíbula, no sería la chica indefensa que retrasara la misión ni al capitán. Si no podía usar sus brazos, usaría sus piernas, y si no podía usar sus piernas, usaría sus dientes y su cabeza.
—No lo haré —respondió el hombre que la tenía entre sus brazos, como si el capitán le hubiese pedido cualquier otra cosa insignificante.
Hanabi mordió con todas sus fuerzas un brazo, hasta que de la piel brotó sangre y siguió mordiendo hasta que el hombre la soltó con un quejido. Apenas puso un pie en el suelo, se giró lo más rápido que pudo para luego golpearlo con sus palmas en el pecho cuantas veces pudo, hasta que los músculos de sus brazos quemaron. Faltaban siete hombres.
Raidō asintió imperceptiblemente y soltó el pedazo de adobe que todavía tendría entre las manos.
—Bien hecho —dijo él.
Hanabi lo siguió intentando reprimir una sonrisa. No había señales del resto de los que se ocultaban en el Mercado de Especias, por lo que ella intuía habían huido al ver pelear a un veterano de la Hoja junto a una Hyuuga. De todas formas, el capitán había perdido el control al ver a la rubia ponerse en peligro y no debió ser alentador para los fanáticos de Rasa verlo transformarse en un demonio de la Hoja. Por lo que podía ver en las consecuencias de atacar al capitán, supo que él no había tenido reparos en asesinar a quién intentaba dañarlo, reconoció a los primeros que lo habían atacado: el que quería cortarlo tenía el puñal enterrado en el cuello y el del hilo metálico había sido ahorcado con el mismo.
—Quiere ir donde Ino —murmuró ella al verlo con la mirada fruncida perdida en la Muralla Escalonada—. También puedo ir. Está el Kazekage, estaremos bien.
Raidō no respondió.
Por el rabillo del ojo, Hanabi notó un destello de brillo aparecer entre la arena suelta del suelo y dio con un protector de su aldea, pero el capitán no parecía interesado en recogerlo.
—Tienes que volver al jardín —masculló él.
Y, de pronto, sus ojos se llenaron de lágrimas y su corazón se encogió cuando sintió que una niebla densa la envolvió.
Si hay algo que no me gusta es el poder sin límites, me gusta que sean más humanos (?) Si Hanabi nunca salió de la aldea ni del alero de su padre, ¿cómo mierda sería una genio en combate? Papi Rai estuvo ahí para cagarla y luego la felicitó. Me gustan los hombres que no son padres, pero son más papis que los papás de verdad.
También vi Shingeki no Kyojin otra vez, así que me siento altamente influenciada.
PD: me cambié de país por cuarta vez en mi vida D: encontrar un lugar cómodo para escribir es difícil (y en teletrabajo jeje)
