Segunda actualización :D


Saudade

Capítulo XVI: La Muralla Escalonada

por Syb


Para shinsengumis


Kankurō solo sabía dos cosas: que la arena vendría densa en cualquier momento y que no estaba en una buena posición en la cima de la Muralla Escalonada. Se aferró a la piedra con sus hilos de marionetista y esperó a que la arena lo engullese como si fuese una ola gigante en el mar. La oía acercarse, frotar cada rincón de la piedra de la muralla; también veía cómo el fuego de las antorchas de los puestos de vigilancia y de los múltiples incendios que cubrían la piedra empezaba a extinguirse por el paso lento y envolvente de la arena.

El hijo irrelevante de Rasa miró por sobre su hombro y vio a un chico que a duras penas lograba aferrarse a una almena, nervioso por lo que sabía se acercaba. No debía ser más que un adolescente sin mucho entrenamiento ni que tampoco había asesinado a alguien en su corta vida. Bufó y le extendió una mano para ayudarlo a aferrarse cuando la luz de luna fue cubierta por la arena y todo se fue a negro.

—¡Salta! —ordenó el hermano del Kazekage.

El chico pegó un grito que fue rápidamente ahogado por la arena que se precipitó por las almenas hacia abajo. Kankurō maldijo y lo atajó antes de que él se cayera al vacío junto a cientos de hombres del desierto que no se esperaban la arena. Se aferró con una mano y con la otra intentaba no perder al chico en un esfuerzo titánico, ya que la arena era un flujo constante e imparable.

Solo esperaba que Tenten no estuviese cerca de la base de la muralla para cuando la arena aplastara a todos allá abajo.

Gaara debía estar intentando guiar a la arena lo mejor que podía, pero fácilmente se distraía al sentía que se llevaba a gente de la aldea también. Muchas veces, Baki murmuró con disgusto en los jardines que Gaara se hacía cada vez más blando con cada aniversario que ganaba la Alianza entre la Hoja y la Arena. Sin embargo, su hermano no podía culparlo, se sentía más blando que nunca, por eso no podía soltar al chico y no podía dejar de pensar en Tenten y en la rubia, dos chicas blandas de la Hoja.

Kankurō soltó un quejido, sin poder hacer nada en contra de la arena y, con cada segundo que pasaba, perdía más fuerza; pero si no soltaba al chico, también moriría él y Gaara no podría con la culpa de llevarse a su hermano.

La arena se llevó al chico en tres latidos de corazón y Kankurō, sin pensarlo mucho, llamó a Karasu para que este lo engullera y cubriera en la caída hacia el vacío. Con su mano libre por fin, sumergió la mano en el torrente de arena para poder aferrarse a la muralla con ambas manos y poder tener mejores posibilidades de supervivencia.

El flujo de la arena se acabó cuando ya no le quedaban fuerzas y la arena volvió más allá como si fuesen olas rompiendo en un roquerío desde afuera de la aldea. Apenas puso un pie dentro de la Muralla Escalonada, buscó a su hermano con la respiración agitada, pero lo que vio fue fuego provenir desde el interior de la Arena por el cuadrante del Mercado de Especias. Su quijada de apretó de impotencia, aunque ya lo hubiese intuido, no dejaba de frustrarle que hubiese tanta gente de la oculta de la tribu dentro de las murallas.

Esperaba que Temari o que Baki estuviese guiando escuadrones hacia el Mercado en esos mismos momentos, ya que él debía seguir enfocado en la muralla. No había visto a la jefa de Defensa y la Muralla desde que la había dejado en la mansión del Kazekage, por lo que debía quedarse el jefe de la División contra el Terrorismo, después de todo, la revuelta de las tribus era su departamento. Sin embargo, no podía dejar de pensar en que debía buscar a Karasu, al chico y a Tenten. Si bien ella era más irrelevante que él en su propia aldea y que probablemente nadie iría a preguntar por ella si no aparecía, seguía siendo de la Hoja y ella no podía morir aquí. No sería bueno ni para la Alianza ni para él, ya que Kankurō recién había podido probar el sabor de sus labios.

Bufó, seguro de que se arrepentiría de lo que estaba a punto de hacer: volvió a aferrarse a una almena con un hilo de marionetista y se arrojó al vacío, esperando a que Gaara no lanzara más arena por este lugar para aplastarlo. Su caída libre empezó a tomar velocidad casi al instante y casi no se percató que pequeñas gotas de agua le salpicaron el rostro mientras bajaba. Era una sensación parecida a la de la neblina, algo que había conoció en su adolescencia, la primera vez que visitó la Hoja.

«¿Agua en el desierto?», pensó el hermano del Kazekage. Apenas puso los pies en el suelo, empezó a correr sin saber dónde buscar a Tenten y a los Hyuuga, la rareza del agua podía esperar.

Parte de él esperaba no encontrarlos, ya que podría significar que habrían entrado a la aldea, lejos del ataque de las tribus y que podrían estar camino al jardín privado. Sin embargo, también podría significar que estaban enterrados bajo la arena o bien secuestrados por las tribus. Al irse Temari para casarse con un extranjero, había despertado la necesidad de robar la genética de los clanes; como si fuese un castigo, como si exigieran sangre por sangre.

De pronto, todo fue silencio y Kankurō vio que la arena se detuvo sobre las almenas como si esta se hubiese congelado en el acto. Frunció el ceño, preguntándose por qué Gaara había detenido el ataque tan repentinamente.

—¡Kankurō! —lo llamó una voz femenina y él la siguió con la mirada.

Tenten estaba cubierta de arena hasta los hombros y trataba de llamar su atención alzando una mano al cielo.

El hijo irrelevante de Rasa corrió hasta ella y, apenas llegó a su lado, se arrodilló y empezó a quitar la arena de cuerpo. Su corazón estaba en la garganta, Tenten debió estar lo suficientemente alejada de la base de la muralla como para no morir aplastada por el peso de la arena de Gaara. Debía desenterrarla lo antes posible para llevarla de vuelta a la aldea y resguardarla en el jardín, y llenarla de dátiles y vino dulce. Karasu y el chico podían esperar, si es que sobrevivieron a la caída.

Apenas vio una mata de cabello largo sobre el pecho de la chica, supo que ella había estado acunando el cuerpo de Tokuma mientras la arena caía. Solo esperaba que no estuviese muerto, Tenten no entendería si lo estuviera, Hyuuga había venido por ella luego de que la misión en la Casa del Té de la frontera se alargara demasiado en tiempos de paz.

Tampoco Hyuuga Hiashi entendería que un genio de su clan volviese muerto.

—Vámonos rápido de aquí —dijo él con una voz tranquila, o al menos, la más tranquila que pudo sacar de su garganta. Estaba muy blando por la chica—, no sé qué le pasa a Gaara, pero es el mejor momento de entrar.

—Es la niebla —murmuró ella.

Él también la había sentido al bajar de la Muralla Escalonada y eso no era bueno, ni Ino ni Tenten la imaginaban. Instintivamente se mordió la yema del dedo pulgar para sacar sangre. Tenten seguía conmocionada luego de que toda esa arena se precipitara sobre ella y Tokuma, por lo que él se tomó la libertad de acariciarle una mejilla con el dorso de su mano, como si quisiera prepararla para el tacto, antes de pintarle los labios con un poco de su sangre. No sabía si la sangre funcionara en contra de la neblina, tan bien como lo hacía con las hierbas del sueño de las tribus, pero podía intentarlo.

—Estaremos bien —le dijo él con voz queda—. Yo llevo a Tokuma, estoy acostumbrado a llevar peso en mi espalda y acabo de perder a Karasu.

Había intentado hacerla reír, pero falló miserablemente. La chica de la arena en sus ojos lo miró confundida mientras él seguía desenterrando a Tokuma, el hombre con el que tendría que pelear a muerte por Tenten, según la vieja estúpida del Mercado. Sin embargo, Tokuma estaba más muerto que vivo como para pelear con él, y no había cosa peor que intentar ganarle a muerto, ya que Tenten solo recordaría lo perfecto y hermoso que era. Kankurō deseó que la vieja bruja estuviese enterrada bajo seis metros de arena por meterle estupideces en la cabeza.

—Vámonos —le dijo a Tenten cuando por fin descubrió las piernas del Hyuuga.

Verlo inmóvil hizo que se le revolvieran las tripas porque se había vuelto más pálido de lo que ya era, y el contraste con su cabello oscuro lo empeoraba todo mil veces. Recordaba que Hyuuga Neji había muerto porque lo habían empalado en medio de la guerra y este Hyuuga parecía haber encontrado ese mismo final, con la única diferencia que, esta vez, lo habían atravesado con las lanzas de las Tribus del Desierto.

Tenten había cortado las lanzas salían de su pecho y lo había envuelto en tela para mantener la hemorragia lo menos abundante posible. Quizás un médico podría salvarlo si todavía seguía con vida, pero la Arena era una especialista en aquella rama. Parecía que la medicina había muerto con la vieja Chiyō.

Le pidió en silencio a Tokuma que no se muriera.

Se echó a Tokuma en la espalda y apremió a Tenten a que lo siguiera a una de las entradas de la Muralla Escalonada, si es que aún existía una. La arena de su hermano seguía congelada sobre las almenas, por lo que todavía tenían tiempo para cruzar al interior de la aldea. Kankurō pasó saliva espesa, no sabía lo que estaba ocurriendo, pero no era nada bueno. La niebla debía estar relacionada con la rubia, no quería saber cómo era que se relacionaban las ausencias de la Yamanaka con lo que dijo de querer lanzarse de una muralla y lo que había hecho Tenten esa misma noche, pero debía estar todo conectado. De ser cierto, la rubia no tenía un futuro prometedor.

—¿Dónde está Hanabi? —preguntó él de pronto.

Si Hanabi no volvía a la Hoja junto a Raidō, todo se acababa para la rubia y para la Arena. Los Hyuuga estaban bien posicionados en la jerarquía de la Hoja y podrían exigir que la Alianza de Gaara se terminara al instante. Tokuma parecía estar muerto y Hanabi desaparecida, si llegaran a encontraban el cuerpo de la heredera de Hiashi enterrado bajo la arena de su hermano, todo estaba perdido.

La chica no respondió.

—Tenten, ¿dónde está Hanabi? —insistió él.

—No estaba cuando llegué —murmuró como si hubiese despertado de un sueño y se volteó a ver hacia el desierto.

—Está bien —resopló Kankurō—. Debe estar bien —se corrigió—. Cuando atacaron, Tokuma debió enviarla de vuelta. Hanabi debe estar en el jardín privado.

—Sí… —respondió ella—. Él estaba en la entrada de la muralla. De haberla raptado, Tokuma habría salido a buscarla.

Debió quedarse protegiendo la entrada y, luego de ver la arena agolparse en la muralla, Tenten debió alejarlo de allí y Kankurō sintió la necesidad de escupir al suelo. Si realmente estuviese muerto en su espalda, esa noche Tokuma se habría transformado en un héroe de guerra de otra nación. Nunca podría vencer a un novio muerto con un título así. Si la vieja asquerosa del Mercado lo viera en esos momentos, seguramente diría que la muerte le pisaba los pies a Tenten y que tuviera cuidado si no quería morir joven como Neji y Tokuma.

Tomó de la mano a la chica extranjera para que lo siguiera hacia la Muralla Escalonada. La entrada debía estar cerca y podía sentirlo en su nariz por la humedad que emanaba desde el interior de la Arena.

—Muérdete la lengua —ordenó el jefe de la División contra el Terrorismo.

La sintió sollozar mientras corrían y escucharla hizo que se le anudara la garganta como el blando estúpido en el que se había transformado gracias a su hermano y la Alianza con la Hoja. Si la perdían por este ataque, Kankurō estaba seguro de que se perdería en medio del desierto por años, solo para asesinar a todas las tribus y toda su descendencia, y que también quemaría toda su cultura y sus máscaras. No solo él perdería su oportunidad con Tenten, si es que alguna vez la tuvo, sino que Temari perdería a su estúpido futuro esposo y Gaara perdería a sus estúpidos amigos.

La entrada Muralla Escalonada apareció ante ellos como si fuese la boca de un demonio muerto hace eras y Kankurō por fin pudo sonreír un poco por su suerte precaria. Le pidió mentalmente a Tokuma que resistiera un poco en el mundo de los vivos (o que se devolviera en caso de haberse ido) y suplicó a alguna deidad por que Tenten dejara de sufrir por el maldito estúpido que decidió ser un héroe.

—¡Kankurō! —gritó la chica e impidió que siguiera avanzando por el corredor de la muralla.

Un metro más allá, un hombre del desierto cayó y se reventó en el suelo. Al instante cayó otro detrás de ellos y luego otro, hasta que no dejaban de caer por todas partes. El sonido que hacían al estrellarse contra el suelo se le parecía demasiado al salpicar de un líquido y le revolvió el estómago al hermano irrelevante de Gaara.

—Es Ino —dijo él—, los está lanzando de la muralla.


Faltan Ino y Hana, mmm.

¿Tokuma está o no muerto?